Capítulo 6
¿Rutina?
Esta vez pedaleé despacio, disfrutando del paisaje cambiante del amanecer y de la música del iPod. Y llegué puntual, cuando Naruto acababa de aparcar su moto y abría las puertas del pub.
El olor a madera y suelo pulido con cera me envolvió de una forma agradable y familiar.
Me cambié y acudí a la cocina a ayudar a Chiyo mientras los primeros clientes entraban a desayunar. Naruto me dejaba atender a la mayoría y me observaba con atención, examinándome. Yo hacía equilibrios con la bandeja, pero milagrosamente no derramé nada. Me sentía un poco incómoda por ese escrutinio, pero supuse que era su trabajo, de hecho estaba todavía en periodo de prueba.
A media mañana salí a almorzar al exterior, seguía sin llover y por un momento me pregunté si la fama de país lluvioso y oscuro sería una leyenda negra. Si bien hacía bastante frío, el sol lucía en todo su esplendor y aunque sus rayos no calentaban demasiado, los lugareños se habían desprendido de sus chaquetas y abrigos y tomaban el sol sintiendo su temerosa caricia en sus pieles blancas. Yo sentí un pequeño escalofrío, mi cuerpo seguía estando muy acostumbrado a una temperatura bastante más cálida.
Le envié un mensaje a mi madre: ¿todo bien? Ella me respondió con nuestra contraseña, una llamada perdida de tres tonos. Sonreí e intenté pensar en qué estaría haciendo ahora mi pequeño monstruo, seguramente atormentando a alguno de sus compañeros de la escuela infantil. Dios mío, ¡cuánto la echaba de menos! Guardando el pensamiento en una esquina de mi mente, entré al pub a continuar mi jornada.
Estaba en la cocina recogiendo platos y vasos, y metiéndolos en el lavavajillas cuando me llamó Naruto.
—Alguien te busca —su miraba sonreía divertida.
—¿Quién? —pregunté desconcertada.
—Sasuke, el dueño del pub y el gran jefe —contestó.
Me sequé las manos en un paño y compuse mi mejor sonrisa esperando causar buena impresión.
Cuando salí al pub, me paré en seco. En la barra había un único hombre, un hombre alto y pelinegro, con los ojos más negros que había visto en mi vida.
—También conocido como el idiota del Audi —me susurró Naruto riéndose maliciosamente en mi oído.
Perdí todo el color del rostro. Esto pintaba mal. Muy mal. En una rápida sucesión de acontecimientos me vi recogiendo mis maletas y tomando el primer vuelo de regreso a España con el rabo entre las piernas.
Un pequeño empujón de la mano de Naruto a mi espalda me instó a moverme.
—Vamos, que no muerde, al menos no todavía —ahora estaba riendo abiertamente.
Le lancé una mirada que lo fulminó y congeló su risa.
Me acerqué a Sasuke y nuestras miradas se encontraron. La mía estaba seria y preocupada, la suya brillaba con esa luz divertida que hacía que el negro chispease en sus pupilas. Una corriente de electricidad recorrió la estancia con tal fuerza que hasta las motas de polvo dejaron de flotar en el aire y se quedaron quietas.
—Sakura —pronunció con la misma voz grave que recordaba y esa leve cadencia escocesa— encantado de volver a verte.
—Igualmente —le dije yo tartamudeando un poco.
—Tenemos que hablar, pero antes quisiera que me pusieras una pinta de Brewdog Punk Ipa —pidió con voz suave pero firme.
—Sí, por supuesto —traspasé la barra sintiéndome como en un examen e hice lo que me pidió.
Había una pareja sentada en una mesa cercana, con un bebé que no dejaba de llorar, el sonido estaba taladrándome y poniéndome más nerviosa todavía.
Le puse la cerveza en la jarra con la cantidad justa de espuma, casi inexistente en ese tipo de cerveza, y esperé conteniendo el aliento.
Él le dio un sorbo, pero no dijo nada. Acercó una carpeta que tenía depositada a un lado y sacó un papel que me mostró.
—Es la factura de la luna de mi coche —expresó con voz átona.
—Ah —fue lo único que se me ocurrió contestar.
El bebé seguía llorando, ahora con una fuerza atronadora.
La miré dirigiendo mi vista directamente a la parte inferior del papel. Cuando vi la cantidad, mi estómago dio un vuelco y casi se me salieron los ojos de las órbitas. Al cambio eran más de quinientos euros. Sentí ganas de llorar. Tendría que pedirle el dinero a mi madre. Además, no me apetecía nada que Sasori se enterase, seguro que ponía el grito en el cielo y con toda la razón, además.
El bebé aulló, haciendo que tanto Sasuke como yo nos sobresaltásemos. Miré a la joven pareja y tomé una decisión. Lo primero era lo primero. Como madre, no podía tener a un bebé llorando cerca de mí sin hacer nada al respecto. Era un instinto natural.
—Espera un momento, por favor —le dije a Sasuke, que me miró extrañado.
Salí de la barra y me dirigí a la joven pareja. La madre estaba intentando calmar al bebé bailoteándolo sin conseguir otra cosa que alterarlo más.
—¿Necesitas ayuda? —pregunté.
Me miró como si yo fuera a llamarle la atención por tener al bebé armando alboroto. Pero no contestó. Profundas ojeras rodeaban sus dulces ojos castaños, el pelo le caída desordenado en mechones sueltos de una coleta atada con demasiada premura. El rostro limpio de maquillaje y cansado era el mismo que todas las madres primerizas hemos tenido durante los primeros meses de vida de nuestros hijos.
—Déjamelo —exigí sentándome en una silla a su lado. Mi tono no dejaba lugar a discusión. Pero ella aferró al bebé con más fuerza, lo que hizo que el pequeño protestara con otro grito todavía más agudo que el anterior.
—Soy madre de una niña de tres años, déjamelo, intentaré calmarlo —murmuré de nuevo, esta vez suavemente.
Ella después de una pequeña vacilación y la mirada de aprobación de su pareja, me lo entregó con tanto cuidado que reprimí una sonrisa.
—Ven aquí, enano —susurré.
Lo cogí en brazos y comencé a acunarlo, como no surtía efecto, mientras lo bailaba empecé a cantarle una nana, la preferida de mi hija:
—"Este niño tiene sueño, pero no se puede dormir, tiene un ojito cerrado y el otro no lo puede abrir..." —canté en voz baja y en mi lengua materna. Lo bueno que tienen los bebés es que puedes decirles cualquier cosa, incluso cualquier insulto o barbaridad siempre que se lo digas en un tono cariñoso y suave.
El bebé dejó de llorar y de apretar los puños, abrió los ojos y se centró en mi cántico. Alargó una manita e intentó coger un mechón de mi pelo que danzaba sobre su cabeza. Finalmente emitió un gorgoteo tranquilo.
Su madre habló, después de observarme con la mirada aprensiva.
—No quiere tomar el biberón, no quiere comer y tiene que hacerlo. El pediatra me ha dicho que mi leche no es suficiente y no ha ganado el peso que debía —noté un deje desesperado en su voz.
—Trae —le dije en el mismo tono que había utilizado para hablar con el bebé.
Su madre me acercó el biberón. Yo lo cogí y dirigí mi atención al pequeño mostrándome confiada.
—Venga, campeón, a que te lo vas a tomar todo, ¿a que sí?, no me puedes dejar en mal lugar, no, no, no —y se le metí la tetina en la boca entreabierta, aprovechando la distracción del bebé.
Él atrapó la tetina y comenzó a succionar con fuerza, creando columnas de burbujas en el interior del biberón. Se le oía chasquear y chupar una y otra vez la tetina sin soltarla.
—¡Se va a ahogar! —exclamó el padre angustiado.
—No —susurré yo para no asustarlo—, cuando se canse lo dejará.
Al final tuve que retirarle yo el biberón cuidando de que no tragara aire. Incorporé al pequeño sobre mi hombro y le di pequeñas palmaditas en la espalda hasta que él, ayudado por mis golpecitos emitió un sonoro eructo tan cerca de mi oreja que pude oler hasta la leche.
—No hay duda de que eres su padre, Neji, suena igual que tú una noche de borrachera —era Naruto el que había hablado, estaba en la puerta del pub mirándome fijamente.
—Esas noches pasaron a la historia, amigo —contestó Neji.
—Es una pena —Naruto chasqueó la lengua.
—No te creas. No las echo de menos. No demasiado, al menos. Sobre todo cuando veo su carita y de repente sonríe, es... todo lo que necesito —añadió con una mirada soñadora.
Yo sonreí. Conocía a la perfección esa sensación.
Entregué el bebé a su madre, que me miraba con tal mezcla de adoración y agradecimiento que me hizo sonreír.
—¿Cómo lo has hecho? —preguntó—Yo llevo luchando varios días y no lo consigo.
—Bueno, tal vez se deba a que él percibe vuestro nerviosismo y se pone nervioso también. Solo tenéis que ir conociéndoos poco a poco. A mí también me costó lo mío, no te creas, mi hija y yo librábamos continuas batallas a la hora de la comida y todavía lo seguimos haciendo —pensé en mi madre—, probablemente lo haré toda mi vida. Es lo que tiene ser padres.
Los dejé acunando al bebé que ya se había dormido, cansado de llorar y con la barriga llena, y me volví hacia Sasuke.
Estaba apoyado con el codo en la barra, mirándome de una forma extraña e indescifrable, sus ojos por lo general divertidos, estaban entrecerrados.
Temiendo una regañina apresuré el paso y me metí a toda prisa detrás de la barra.
—Lo siento —me excusé—, pero es que soy madre y me estaba dando tanta pena que no he podido evitarlo. Recuperaré el tiempo perdido y me quedaré un poco más.
—No es necesario —contestó el todavía serio.
—Gracias —respondí yo aliviada. No parecía enfadado, sino más bien extrañado por mi comportamiento.
—Volviendo al tema de la luna...
—Sí —le dije cogiendo otra vez la factura —llamaré a casa y ordenaré que te hagan una transferencia por el importe señalado, me imagino que cuatro o cinco días te lo abonará el banco.
—No —contestó él.
Yo lo miré confundida.
—No tengo este dinero en metálico —señalé.
—No. Me refiero a que no hace falta que me lo abones. Finalmente se ha hecho cargo el seguro de todo. Yo no he tenido que poner ni una sola libra —explicó.
—Ah, eso está muy bien, ¿no? —no sabía cómo reaccionar.
—Sí —contestó él de forma brusca. Tampoco parecía muy contento—. Sube al despacho tengo que hablar contigo —añadió.
—¿Dónde? —pregunté. Naruto no me había mostrado ningún despacho.
—Ven —se dirigió con paso firme hacia el fondo del pub. Iba vestido con unos vaqueros negros y jersey del mismo color. No pude evitar fijarme en su trasero, firme y musculoso bajo la tela tirante del pantalón. Me mordí el labio reprendiéndome a mí misma y luego me relajé. ¡Que también tengo ojos en la cara!
Abrió una puerta escondida detrás del escenario que daba a unas escaleras estrechas. Encendió una luz y subió él primero, con agilidad. Abrió otra puerta de madera cerrada con llave y me dio paso a lo que en realidad era un pequeño salón, escasamente amueblado pero con un gusto excelente, pero que combinaba a la perfección las bases de una casa tradicional escocesa, chimenea incluida, con la modernidad. Era claramente el domicilio de un hombre soltero. Pantalla plana y un cómodo sofá de piel negra, con una lámpara de pie de acero con luz dirigible. Una estantería con libros en la pared frontal y una pequeña mesa central constituían el único adorno.
—Como puedes ver no es exactamente un despacho, pero no tengo nada mejor —explicó observándome.
—¿Vives aquí? —pregunté. No fue una pregunta con intención, solamente tenía curiosidad.
—No, solo lo utilizo cuando vengo a las Highlands. Esta era la casa de mis abuelos. Cuando murieron, nos dejaron el pub y la casa a Naruto y a mí. Estaba en condiciones deplorables, así que invertí en él y lo pusimos en marcha. Decidimos que yo me quedara con la vivienda superior, que en realidad es poco más de lo que ves —extendió la mano a su alrededor.
—Me gusta. Es acogedor —dije.
Él sonrió.
—Sobre todo es muy cómodo trabajar solo a un tramo de escaleras de tu casa.
—Sí, claro. Pero me habían dicho que no vienes mucho. Solo a veces los fines de semana —repliqué.
—Es verdad. Yo trabajo en Edimburgo. Tampoco tengo mucho tiempo libre para pasarlo aquí, pero me escapo cuando puedo. Espero que este verano pueda venir más veces —sonrió levantando a medias las comisuras de su boca.
Yo sonreí a mi vez, pero no contesté. Esperaba lo contrario. Ese hombre me inquietaba, hacía que tuviera que pensar varias veces la respuesta antes de hablar y eso me intimidaba.
Revisamos mi contrato y me preguntó si Naruto me había explicado cómo funcionaba el pub. Le contesté que sí, que había sido muy amable. También me preguntó si estaba contenta allí. Pero no me preguntó por qué había solicitado ese puesto. Mejor, porque a veces ni siquiera podía explicármelo ni a mí misma.
Me dijo que me iba a extender un cheque semanal, que dejaría preparado y firmado. Me dio el de mis primeros dos días. Miré la cantidad de reojo y me sorprendí. Había creído que ganaría menos. Me habían comentado que el empleo de camarera en Escocia era el último escalafón de los trabajadores, que se trabajaban muchas horas por muy poco dinero. Haciendo cuentas hasta podría volver a España con algo de dinero ahorrado.
—Es la hora —dijo finalmente.
—¿La hora de qué? —contesté yo.
—Ha acabado tu turno, puedes irte a casa —me miraba divertido.
—Sí, claro —balbuceé. No me hubiera importado charlar un poco más con él. Ese hombre me fascinaba y me aterraba a la vez. Pero, sobre todo, ejercía sobre mi persona una atracción intrínseca. Como si siempre me quedara a medias, como si el tiempo cerca de él no fuera nunca suficiente.
Cuando estaba a punto de abrir la puerta volvió a hablar.
—Ha estado muy bien lo que has hecho por el pequeño Neji. Se nota que se te dan bastante bien los niños.
—Bueno, si se me diera mal, tendría un gran problema —contesté yo.
—Espero que estés a gusto aquí, somos como una pequeña familia —dijo a modo de despedida.
—Gracias —respondí yo agitando la mano y cerrando la puerta tras de mí.
Una vez en casa, me cambié y me puse cómoda. Estaba sola, mis caseros habían dejado una nota en la mesa de la cocina diciendo que habían salido. Lógico, era sábado por la tarde, probablemente solo yo en kilómetros a la redonda no tenía ningún plan. Me preparé un té, que había empezado a gustarme si le añadía mucha leche, y cogí el paquete de galletas de mantequilla.
Sin nada mejor que hacer me senté en el sofá y encendí la tele. En Gran Bretaña existía un impuesto por cada televisor de casa, así que ese era el único que tenían. Tampoco había mucha variedad. Después de cambiar de canal varias veces, lo dejé en un programa de entrevistas y cogí mi libro electrónico con intención de leer un poco. Antes del viaje lo había cargado con más de cien libros, con uno de mis ataques de "por si acaso". Esta vez el "por si acaso" se había cumplido. Una vez que salía de trabajar y sin conocer a nadie, poco más podía hacer. Decidí que el próximo fin de semana que tuviera libre lo dedicaría a hacer un poco de turismo. La comarca ofrecía un sinfín de rutas de una belleza difícil de encontrar en cualquier otra parte del mundo y no quería desaprovecharlas.
No conseguía concentrarme en la lectura, leía una y otra vez la misma línea sin llegar a comprenderla del todo. Repetidamente venía a mi mente la imagen de Sasuke mirándome con esos ojos negros, su costumbre de apartarse un mechón de pelo que rebelde se empecinaba en caerle sobre la frente, su espalda ancha con los hombros firmemente marcados bajo la lana del jersey. Pero, sobre todo, pensaba en la sensación que me producía estar a su lado, como una especie de anhelo, de necesidad física. Nunca me había sentido así con otra persona salvo con Matsuri. Ella solía decir que en otra vida fuimos hermanas o amantes y que nuestras almas después de errar perdidas durante siglos se habían vuelto a encontrar, sintiendo ese nexo de unión que nunca se había terminado de romper. Finalmente dejé el libro a un lado y cogí el teléfono para llamar a Sasori. No fue una buena idea.
Contestó al segundo tono. Se oía bastante barullo de fondo.
—Sasori, ¡Sasori! ¿Dónde estás? —pregunté elevando la voz.
—¿Eh?, sí otra, esta a mi cargo. Espera un momento, que salgo —no sabía muy bien si se refería a mí o hablaba con otra persona. Esperé impaciente mientras escuchaba el sonido de música y voces entremezcladas. Luego un súbito silencio.
—Sakura.
—¿Sí? ¿Es a mí o hablas con otra? —inquirí algo molesta.
—Contigo, ¿qué pasa? —contestó con brusquedad.
—Oh, nada, solo que estoy en la otra punta del mundo y como no sé nada de ti desde hace tres días, pues he decidido llamar. Solo eso. ¿Dónde estás? —expliqué con voz seca y disgustada.
—Estoy con los colegas del curro tomando unas copas —replicó él en tono brusco.
—Bien —mi voz sonó extraña hasta para mí.
Estaba enfadada y no entendía muy bien el porqué.
—Y tú, ¿qué tal? —quizá eran imaginaciones mías, pero me pareció que lo preguntaba con bastante desidia.
—Bien.
—Oh, vale.
Parecía una conversación de besugos más que de un matrimonio que llevaba sin verse varios días.
—¿Qué tal Akane? —recurrí a nuestro único nexo de unión.
—Bien. Esta tarde la he llevado al parque. Se ha caído, tiene un pequeño morado en la frente, pero no ha sido nada serio...
—¡Sasori! Ten más cuidado —lo interrumpí. Mi instinto de madre estaba ese día en particular demasiado sensible.
—Eh, eh, tranquila. Que si no quieres que se caiga en el parque no la vuelvo a llevar y ya está. O si no, mejor, vienes tú y la paseas. Ah, no, que no vuelves hasta dentro de tres puñeteros meses —contestó gritando.
La verdad escuece y mucho.
—Sasori, no empieces —susurré yo.
No me contestó. Me lo imaginé en la puerta de cualquier bar con el teléfono pegado a la oreja y con el gesto adusto que tenía cuando algo le molestaba.
—¿Estás ahí? —pregunté con tono conciliador.
—Oye, tengo que volver dentro, me esperan. Cuídate —colgó. No me dio tiempo a replicar nada.
Me quedé mirando el teléfono con cara de enfado mientras este parpadeaba señalando que la llamada había finalizado.
Subí a la habitación sintiéndome fatal. Un remolino de sensaciones, la mayoría opuestas, se enfrentaban haciéndome sentir, a ratos culpable, a ratos triste y a ratos enfadada. Culpable por haber dejado a mi familia en busca de una quimera que empezaba a encontrar absurda. Triste porque añoraba tanto a mi hija que el corazón me dolía solo de pensar en ella, en no haber estado a su lado y haberla consolado cuando se había caído. Enfadada porque no entendía que Sasori se fuera de fiesta mientras yo estaba en una casa escocesa a las nueve de la noche de un sábado, en la habitación de un adolescente, tapada con un edredón de Cars y deseando estar más en la compañía de mi jefe que de mi propio marido.
Cansada de que mis pensamientos giraran sin encontrar una salida, me quedé dormida. Soñé con bebés que lloraban, con bebés pelinegros y con unos enormes ojos negros a los que yo cantaba y cantaba nanas, y no conseguía calmar. Y un olor, un olor a fresco, a cítricos y madera de sándalo, un olor que me era familiar, y, sin embargo, desconocido. El olor de un hombre pelinegro que me arrebataba el bebé de los brazos y me decía con voz grave: "vete, es mío. Déjamelo antes de que nos abandones como haces con todos.". Desperté agitada y con el corazón latiéndome a mil por hora. Todavía era noche cerrada, salvo el graznido lejano de alguna gaviota nocturna no se oía nada, la casa estaba en calma. Mi alma no. Me acurruqué y lloré con desesperación. Quería volver a casa. Quería abrazar a mi hija y a mi madre. Decirles que me perdonaran, que había vuelto y no las dejaría otra vez. Volví a quedarme dormida, soñé con Matsuri, estábamos envueltas en la niebla, yo corría para alcanzarla y ella se escapaba riendo, no sabía cómo pero reconocía el lugar, estaba en Escocia, el aire era frío, olía a hierba mojada, resbalé y la llamé gritando. Ella se paró lejos de mí, casi no la veía, jirones de bruma la envolvían haciéndola desaparecer y aparecer como si fuese un fantasma. "¿Qué hago aquí?", le pregunté llorando. Ella rio, con esa risa cristalina y franca. "¿No lo sabes?". "¡No!", contesté yo gritando. "Estás buscando", respondió ella seria. "¿El qué?". Levanté la mirada del suelo mojado. "Lo que has perdido", respondió con voz cantarina. "¿Qué he perdido?", notaba los sollozos ardiendo dentro de mí. "¿No lo sabes, mi Saku?". Sentí su mano en mi rostro. Alargué mi brazo para tocarla y casi se desvaneció. Quise suplicar: "¡no te vayas!", pero abría la boca y no brotaba ningún sonido. Ella me volvió a acariciar el rostro, secando mis lágrimas. "Tú, mi querida Saku, tú es lo que has perdido". Se desvaneció y yo grité, desgarrado mi corazón.
Desperté con el rostro de Hiruzen sobre el mío.
—Muchacha, ¿estás bien?
—¿Qué? —pregunté desconcertada entrecerrando los ojos. Había demasiada luz en la habitación.
—Estabas gritando. Creemos que has tenido una pesadilla —explicó.
Giré mi rostro hacia la puerta, donde estaba Biwako asomada, mirándome con cara de miedo. No entró, quizá yo era la que le daba miedo, pensé con una lucidez algo tardía.
—Estoy bien. ¿Qué hora es? —mi voz sonaba ronca y me dolía la garganta.
—Las cinco de la mañana. Todavía puedes descansar un poco más —me informó Hiruzen con voz preocupada.
—No, será mejor que me levante. Estoy bien, de verdad. Solo ha sido una pesadilla.
—Está bien. Si necesitas algo, ya sabes dónde estamos —dijo saliendo de la habitación y arrastrando con él a su esposa que seguía mirándome con gesto temeroso.
—Gracias —hice una mueca que intentó ser una sonrisa.
Desde luego, si mi casera ya pensaba que yo era una persona extraña, aquello no iba a mejorar la opinión que tenía de mí.
