Capítulo 14
El amargo sabor de la realidad
Ese fin de semana hice caso de las indicaciones de Sasuke y decidí pasar el sábado en Inverness. Cogí el autobús de la mañana y llegué cuando la ciudad estaba despertando. Caminé por sus calles y subí hasta el castillo desde donde se tenían las mejores vistas de la capital de las Highlands. Paseé por las orillas del río Ness, con sus puentes que conectaban las pequeñas islas, luego me adentré en el centro y callejeé observando todo con curiosidad, parándome en los escaparates de las tiendas y buscando objetos para regalar a amigos y conocidos cuando regresase. Fue un día de calma y tranquilidad. Cuando cogí el último autobús a Lewinston, ya había decidido lo que hacer. Mi madre decía siempre: "cuando tengas un problema y no sepas cómo solucionarlo, empieza por el principio y termina por el final". Eso iba a hacer yo. Mi principio era solucionar las cosas con Temari, la consideraba una amiga y no quería perderla por un malentendido. El final todavía estaba por decidir.
Esa misma noche, cuando ya estaba acostada, la notificación de un mensaje llegó al teléfono. Di la luz y lo cogí de la mesilla. Era un mensaje de mi madre. ¿De mi madre? ¿Cuándo había aprendido mi madre a escribir mensajes? La sorpresa inicial dejó paso a la estupefacción:
Amor, puedes venir cuando quieras, te estoy esperando y no llevo ropa interior debajo del camisón...
Obviamente el mensaje no iba dirigido a mí. ¿Pero a quién demonios iba destinado? Tecleé una rápida contestación.
Mamá, andar por ahí sin bragas no es de mujeres decentes.
A los dos minutos exactos mi teléfono timbró fuertemente. Yo reprimí una sonrisa antes de contestar.
—¿Sí? —pregunté aguantando la risa.
—El mensaje no era para ti, Sakura —contestó ella azorada. Vaya, si encima parecía enfadada y conmigo precisamente.
—Eso es obvio, mamá. El caso es ¿a quién iba dirigido?
—Era para Jiraiya —respondió rápidamente.
—¿Qué Jiraiya? —inquirí desconcertada. No conocía a ninguna amistad de mi madre que se llamara así.
—Jiraiya, el vecino del tercero A.
—¿El argentino?
—Sí, él. Y no es argentino. Es español, solo que sus padres emigraron cuando él era solo un bebé. Enviudó hace dos años y se vino a vivir a España —explicó mi madre atropelladamente.
Intenté visualizarlo en la mente. Que yo recordara lo había visto dos o tres veces. Era un hombre de unos setenta años, de aspecto jovial, con una mata de pelo blanco y siempre impecablemente vestido. Era cariñoso con Akane y siempre llevaba algún caramelo para darle.
—Ah. ¿Y puede saberse qué hay entre él y tú para que andes sin bragas por ahí? —pregunté. Mi tono no quería ser brusco, sin embargo, sonó bastante áspero.
—Estamos saliendo —contestó brevemente.
—¿Saliendo? Y ya le invitas a tu casa para, para... —la imagen de mi madre con un hombre haciendo el amor se me atragantó y enrojecí violentamente—. ¡Ya sabes para qué! —grité.
—¡Y tú también sabes bien para qué! Que no eres ninguna niña. Y no tengo que darte explicaciones, soy tu madre, las explicaciones me las debes tú a mí y no me das ninguna —se defendió ella gritando como yo.
—Yo no tengo que darte ninguna explicación de lo que hago, mamá, porque básicamente no estoy haciendo nada —aseguré yo demasiado deprisa.
—¿Seguro?
Yo tenía razón, hay cosas que a una madre no se le pueden esconder.
—¿Vais en serio? —quise saber cambiando de tema rápidamente.
—Eso creo. Él me hace sentir cosas que creí que no volvería a sentir desde la muerte de papá, me trata con respeto y adora a Akane. Y Akane parece quererlo mucho también. A estas edades, cariño, hay que darse prisa, no nos queda mucho tiempo a ninguno de los dos —su voz al principio melancólica se fue apagando poco a poco.
Sentí unas ganas tremendas de abrazarla. Había estado muy sola los últimos años. Yo había hecho mi vida y ella había estado a mi lado apoyándome, siendo la sombra de lo que un día fue.
—¿Pues sabes una cosa?
—¿Qué? —preguntó ella algo desasosegada.
—Que me alegro mucho de que te haga feliz, que creo que te lo mereces, así empiezas a preocuparte un poco más de ti y un poco menos de nosotros —expresé con rotundidad.
—Gracias, hija —dijo suavemente. ¿Estaba llorando?
—Anda, envíale a él el mensaje, que seguro que está esperando. ¡Y qué demonios! Si lo vas a hacer, hazlo a lo grande y ¡quítate también el camisón! —terminé sonriendo.
—Eres una descarada, pero... me lo pensaré —contestó riendo ella también.
Me dormí con una sonrisa en los labios, algo comenzaba a cambiar y para bien. Y por supuesto no volví a conjurar la imagen de mi madre desnuda recibiendo a Jiraiya, o por lo menos lo intenté.
El lunes, aunque tenía las ideas claras, entré en el pub algo temerosa. Dos pares de miradas me recibieron. La de desagrado de Temari. Me alegré de saber que, de momento las miradas no tenían el poder de matar. Y la de Naruto, intensa, difícil averiguar lo que estaba pensando. Su rostro estaba bronceado y parecía descansado, aunque algo disgustado.
Me cambié dispuesta a comenzar mi jornada. Ninguno de los dos me hablaba excepto para dirigirse a mí con órdenes y frases cortas. A media mañana llegó Neji a almorzar. Lo atendió Temari y observé que conversaban entre risas. Aprovechando que parecía estar de buen humor me acerqué a ella en un pequeño descanso.
—¿Te ayudo? —sugerí. Estaba limpiando los vasos antes de meterlos al lavavajillas.
—Haz lo que quieras —contestó fríamente.
Vaya, no empezábamos muy bien. Aun así lo intenté.
—¿Sabes que mi madre se ha echado novio? —comenté. Yo ya le había comentado que era viuda.
—¿Y? —dijo ella más por educación que por curiosidad.
—El sábado recibí un mensaje que iba dirigido a su pareja diciendo que lo esperaba sin ropa interior, ¿te lo puedes creer? Para mí ha supuesto un shock —expliqué sonriendo.
Me miró despectivamente.
—Me lo puedo creer, es igual de desvergonzada que su hija. Ya sabes, de tal palo tal astilla —me sentí como si el palo me lo hubiese clavado en el centro del estómago.
No dije nada, terminé mi fila de vasos y salí fuera. No por la puerta principal, sino por la puerta trasera, al callejón, más resguardada y lejos de miradas.
Me apoyé en la pared y me dejé caer hasta acabar sentada en el suelo. Me abracé las rodillas y, aunque no quería, las lágrimas volvieron a brotar de mis ojos, dejando regueros ardientes en mis mejillas.
Estaba en esa posición cuando oí un ruido, me giré y vi a Chiyo pasar a través del pequeño cercado que dividía la casa colindante del edificio del pub. Iba con delantal y en zapatillas de estar por casa. Yo siempre había creído que era parte de su uniforme y que se vestía en el pub, pero por lo visto vivía tan cerca que pasaba de un lado a otro vestida cómodamente como si tal cosa.
Se paró a mi lado al verme sentada. Yo me froté las lágrimas con furia. No quería que nadie me viese llorar.
—Hoy hace un bonito día, ¿no crees? —comentó al descuido, dejando que yo me calmara.
—Cierto, por lo menos no llueve —contesté.
—¿Te apetece una taza de té? ¿O prefieres un whisky? —ofreció.
Los escoceses lo solucionaban todo bebiendo.
—No, gracias, prefiero quedarme aquí un poco más —afirmé.
—Eres una buena persona, Sakura, y al final se darán cuenta, solo tienes que tener un poco de paciencia. Para Temari ha sido un duro golpe y para Naruto me atrevería a añadir que también.
¿Aquella mujer tenía instalados micrófonos dentro del pub o qué? Los rumores no podían correr tan rápidos.
—Gracias, Chiyo, intentaré ser paciente, aunque a veces no lo consigo del todo —respondí.
—Sí, algo me han contado —no quise preguntar el qué, ya que había varias cosas por ahí danzando y yo había escuchado versiones de todo tipo, a cuál más peregrina.
—¿Necesitas ayuda en la cocina?
—No, gracias, querida. Voy a limpiar el piso de arriba. También me encargo de ello. Mi pensión no da para mucho y lo que pagan los Uchiha está bastante bien —aclaró con un pequeño suspiro.
Ahora entendía que tuvieran siempre la vivienda impoluta.
Cuando estaba a punto de entrar se giró y me miró como si hubiese olvidado algo. Yo enarqué las cejas.
—Cuando estuvo aquí Samui solo encontré en la basura un preservativo y estuvo aquí con ella tres días. Sin embargo, el año pasado, cuando vino con esa estirada encontré cuatro ¡cuatro! y solo pasaron aquí día y medio —comentó como al descuido.
Yo la miré con la boca abierta.
—Señora, Higgison, ¿tiene usted por costumbre revolver entre la basura de la gente? —pregunté estupefacta.
—Solo cuando es necesario —respondió ella lacónicamente y entró a la cocina.
Cabeceando, sonreí. El carácter escocés me sorprendía y aterraba por momentos. Me levanté y me acerqué a la moto de Naruto, tocando el manillar y recordando el día que monté en ella por primera y única vez.
No noté que Naruto estaba detrás de mí hasta que habló. Yo di un respingo.
—¿Qué buscas?
—Nada —contesté como si me hubieran pillado cotilleando, que era precisamente lo que estaba haciendo—, me preguntaba para qué sirven estos dos aros que sobresalen del asiento.
—Son para que se sujete el que va de paquete.
—Ah, vaya —carraspeé yo—, creí que había que sujetarse al que conducía.
—Eso es solo si quieres que el que vaya de acompañante se sujete a ti —aclaró sonriendo.
¡Maldito escocés pelinegro!
—¿Te gustan las motos? —inquirió él.
—La verdad es que sí, aunque no he conducido ninguna —contesté con precaución.
Naruto pareció dudar un momento.
—Verás, Sakura, a mí me encantaría enseñarte a conducir mi moto, pero no creo que sea lo más apropiado. Todavía me cuesta estar cerca de ti sin tocarte. Será mejor que se lo pidas a Sasuke, él también tiene una moto, pero de carretera, la guarda en Edimburgo. Si lo conozco bien, y lo conozco, creo que estará encantado de enseñarte —explicó fijando su brillante mirada en mí.
—Lo entiendo, Naruto, y siento mucho si alguna vez te hice pensar que podía haber algo entre tú y yo —me disculpé de forma sincera.
—No pasa nada, preciosa, el mar está lleno de peces —respondió haciendo una mueca.
—Naruto.
—¿Sí?
—Yo que tú no me fijaría en el océano, más bien en el otro lado de la barra —estaba refiriéndome el lugar que ocupaba Temari normalmente para trabajar.
Él me miró entrecerrando los ojos.
—¿Tú crees? —preguntó.
—Estoy segura —afirmé.
Naruto entró con una sonrisa diferente al pub, más abierta y confiada. Lo menos que podía hacer por ellos era darles un pequeño empujoncito.
Al día siguiente recibí una llamada de Konan, mi amiga embarazada. Dije que era algo urgente y salí fuera para hablar con libertad. Esperaba recibir la noticia de que su pequeño por fin había nacido. Pero últimamente no abundaban las buenas noticias.
—¡Konan! —contesté alegre.
—Hola, Sakura, ¿qué tal? —su tono distaba mucho de ser abierto y cordial. Más bien parecía preocupada.
—Bien. ¿Qué tal tú? ¿El bebé se niega a nacer? —pregunté.
—Oh, Dios, sí. Con lo poco que le cuesta encontrar a su padre el camino de entrada y lo que le está costando a este enano encontrar la salida —lo dijo con tal tono de fastidio que yo solté una carcajada.
—Bueno, ten paciencia. Ya sabes que los últimos días son los peores.
—Lo sé, lo sé. Pero no te llamo por eso, Sakura, es por otra cosa —su tono se había vuelto formal.
—¿Qué ocurre? —inquirí preocupada.
—¿Recuerdas que me dijiste que si me enteraba de algo que no estuviera bien te lo dijera? —expuso bruscamente.
—Sí, lo recuerdo. ¿Qué ha pasado? —pregunté. Después del desfalco del banco no había querido llamar a Sasori y él por supuesto no había llamado ni una sola vez.
—Verás, tal vez me esté equivocando, pero... el otro día vi en la televisión local la celebración de la victoria del partido. Ya sabes, aquí están todos como locos. Cada vez que gana España, salen a la calle como toros desbocados. El caso es que mientras el reportero explicaba cómo se celebraba la victoria, me fijé en un hombre que había detrás. No sé, Sakura, pero creo que era Sasori y estaba besando a una chica. Podría equivocarme, pero no lo creo, he visto el vídeo varias veces y es él, aunque desconozco quién es la chica... ¿Estás enfadada porque te le he contado? —preguntó suavemente.
Yo me mantuve un momento en silencio. Me sentí como si un jarro de agua helada me hubiera caído encima dejándome inerte, pero no, no estaba enfadada. Al menos no con Konan.
—No, no lo estoy. Gracias por avisar. Lo comprobaré yo misma. Cuídate y avísame cuando nazca el bebe ¿de acuerdo? —mi voz sonaba extraña, fría y formal.
—Sí, lo haré. Sakura...
—¿Qué?
—Estamos contigo, recuérdalo, ¿vale?
—Gracias, lo recordaré.
Entré con gesto serio al pub. Naruto y Temari estaban en la barra. Me dirigí directa a Naruto. Temari me siguió curiosa con la mirada.
—Naruto, ¿tenéis aquí algún ordenador con conexión a Internet? —pregunté.
—Sí, está arriba. Rebuscó en su bolsillo y me entregó la llave. ¿Ha pasado algo? —inquirió preocupado.
—No lo sé todavía —respondí cogiendo las llaves.
Subí las escaleras de dos en dos y me planté frente a la puerta de madera cerrada. ¿Quería verlo? Me giré para bajar y luego me volví a girar para subir. Sí quería, quería verlo con mis propios ojos.
Entré y un ligero aroma a rosas me envolvió. El ambientador que utilizaba Chiyo. Miré alrededor de la sala. El ordenador estaba situado en la mesita de centro, ya arreglada después del desperfecto que ocasioné cuando tiré a Samui sobre ella.
Me senté en el suelo, abrí la tapa y lo encendí, escuchando el rumor del ordenador cargando la información. No tenía contraseña. Pinché directamente el acceso a Internet y tecleé la web de la televisión local. Una vez dentro busqué con el ratón los vídeos guardados. Al tercer intento lo conseguí. La presentadora daba paso a su compañero, al que apenas se le podía escuchar por el barullo de la gente a su alrededor, las bocinas de los coches, las bengalas y el jolgorio general. Pero allí estaba, justo detrás. Llevaba una camiseta que yo le había regalado por su cumpleaños en abril, su apostura me confirmó que era Sasori, aunque el rostro estaba oculto a la cámara. Tenía literalmente colgada a una chica a la que sujetaba por las piernas desnudas. Parecía bastante joven, vestida con una camiseta con la espalda al aire y unos shorts vaqueros con chancletas. El pelo rubio teñido le caía a un lado dejando ver cómo se comía la boca de mi marido. ¿O era mi marido el que le comía la boca a ella? Probablemente lo segundo. Sasori parecía cooperar en todo. No se separaron mientras el locutor siguió hablando durante un minuto y cincuenta y tres segundos que duró la conexión. Las piernas de la chica se aferraban a la cintura de mi marido y él se las ingeniaba bastante bien para sujetarla pasando las manos desde sus piernas a su trasero y luego a su espalda.
De repente sentí arcadas y una tremenda congoja que me ahogaba. Revisioné el video varias veces, pulsando la tecla de reproducción una y otra vez, como si no pudiese parar. Veía al reportero despedirse y a la presentadora darle paso, de nuevo, con la mirada fija en mi marido y la otra mujer detrás. Finalmente puse la imagen en pausa y seguí mirando de forma hipnótica hasta que me dolieron los ojos.
Temari entró sin que yo la oyera.
—¿Qué haces? Hay demasiado trabajo —espetó bruscamente.
Yo me volví. Algo en mi rostro hizo que retrocediera un paso.
—Es mi marido —dije señalándole la imagen estática en la pantalla—, es mi marido, besándose con otra —repetí de forma mecánica.
Ella esbozó una sonrisa torcida, una sonrisa de bruja, de alegría incluso.
—Bueno, Sakura, pues ya sabes lo que se siente. Quién las da, las toma —respondió agriamente.
Me hizo más daño su comentario que la imagen de mi marido besándose con otra. Me levanté despacio. Ella se apartó. Bajé las escaleras con lentitud, respirando por la boca y aguantando las ganas de gritar, de llorar, de golpear algo, probablemente mi propia cabeza contra una pared. Entré en el pub. Naruto me vio. Le hice un gesto negativo con la cabeza y me escondí en el almacén.
Allí en la penumbra, rodeada de cajas y estanterías, pensé en lo que había visto. Sentía un dolor sordo que me llenaba el pecho y me estrujaba el estómago, pero también sentía algo de alivio, mi gran sentido de culpa por besar a Naruto ya no era tan difícil de sobrellevar.
Mi matrimonio se estaba rompiendo. Quizá no tuviéramos la culpa ni él ni yo, o tal vez los dos. Daba vueltas y vueltas, y solo se me ocurría que si en ese momento hubiera estado en casa, nada de eso habría ocurrido. Pero ¿habría ocurrido más tarde? ¿En otro momento? ¿O tal vez ya había sucedido antes? Esa idea se filtró en mi mente con meridiana claridad. Los silencios incómodos, las largas semanas sin que buscara mi contacto, ni yo el suyo, lo tarde que llegaba del trabajo algunos días. ¿Suponían indicios que yo no había querido ver? Mi matrimonio no se estaba rompiendo, mi matrimonio estaba roto ya cuando llegué a Escocia, o por lo menos agonizando y todo el mundo lo había visto menos yo.
¿Lo amaba? ¿Era dolor por perderlo lo que sentía? ¿Me dolía perder lo que habíamos compartido? Comencé a llorar de una forma callada y silenciosa hasta que el pánico me atenazó y los sollozos se volvieron tan violentos que tuve que sujetarme las piernas para dejar de temblar. No podía perderlo todo. No podía perder a mi familia, a mi hija. No era posible. No podía estar ocurriendo y, sin embargo, estaba pasando delante de mis narices sin que yo me diera cuenta de nada. Deseé que Sasuke estuviera aquí, deseé el consuelo de su abrazo y sus amables palabras, deseé que él me amara para poder sujetarme a algo real y dejar por fin que mi alma dejara de tambalearse peligrosamente al borde de un precipicio.
Entró Temari dando un portazo sobresaltándome.
—¿Vienes a regodearte? —le pregunté bruscamente levantándome de la caja de conserva de tomate en la que me había sentado.
—Sí, bueno, no. ¡No sé! ¡Maldita sea! Me alegro porque así sabes lo que sentí yo al verte besándote con Naruto.
—¿Crees que es lo mismo? —pregunté. Yo no estaba enfadada, sino triste. Hablé con voz calmada—. ¿De verdad crees que es lo mismo? Yo conozco a Sasori desde hace diez años, llevo siete años casada con él, tenemos una hija en común y acabo de descubrir que él me engaña con otra. De verdad, Temari, ¿crees que es lo mismo? Tú y Naruto no estabais juntos, él ni siquiera se ha fijado en ti —no pude reprimir cierta malicia en mi voz—. ¿Te haces una ligera idea siquiera de lo que esto significa para mí? Mi matrimonio está roto. Toda mi vida se ha ido a la mierda, ¿sabes cómo me siento? ¡Ni yo misma sé cómo me siento! —terminé gritando.
Ella retrocedió unos pasos hasta la puerta. Yo avancé en su dirección.
—¿Crees que voy a pegarte?
—No, claro, no lo harías, ¿no? —contestó titubeando.
—Por supuesto que no. ¿Por quién me tomas? —pregunté estupefacta.
—No lo sé, creí que eras mi amiga y luego hiciste eso. Y eres, eres... tan... tan impetuosa, siempre con la cabeza alta, mirando a los demás como si estuvieras por encima de ellos. Muestras tanta seguridad en cada uno de tus actos que a veces me das miedo. A mí me costó mucho hacerme con el trabajo, con los clientes, y llegas tú, sin tener ningún tipo de experiencia, y en una semana conoces a todos, ayudas a Neji y a su mujer con el bebé, las señoras Clarkson te adoran, Hayate viene siempre a verte y hasta Chiyo te prepara más pastelitos a ti que a mí. ¡Mierda! Aunque tengamos un día horrible, tú siempre estás sonriendo, como si nada te afectara, y... y... siempre llevas esa melena perfecta, con los rizos cayéndote como una cascada. Te odio, te odio. Y no me gusta sentirme así. Y sé que Naruto te quiere y eso me duele más que nada, porque sé que le has destrozado el corazón —gritó de forma aguda y respirando entrecortadamente.
—¿Eso piensas de mí, Temari? —me sentía dolida y no conocía a la persona que acababa de describir—. Temari, yo no soy así, tienes una idea equivocada sobre mi persona. ¡Pero si yo estaba aterrorizada cuando llegué aquí! Apenas comprendía el idioma y me sentía tan perdida que al tercer día quería volver a casa, aunque fuera andando, pero gracias a vuestra amabilidad y paciencia me hicisteis sentir como si fuera parte de una gran familia. Soy tu amiga, quiero ser tu amiga. Aunque pienses que el beso con Naruto fue deliberado, no fue así. Fue un maldito error. Ya se lo dejé claro a él, he intentado hacer lo mismo contigo. ¡Pero si soy un completo desastre! El primer día le rompí a mi jefe la luna del coche tirándole una piedra —finalicé mi diatriba. A mi pesar había gritado y ahora lloraba con sollozos furiosos que intentaba silenciar tapándome la boca con la mano.
Ella no dijo nada. Solo siguió mirándome intensamente, con los puños apretados a ambos costados.
—Lo siento, de verdad, siento mucho haberte hecho daño y si puedo hacer algo para remediar el agravio, dímelo, que lo haré. Pero no me odies por lo que no soy—añadí notando que volvían a brotar las lágrimas de mis ojos.
—Todo es por Sasuke, ¿verdad? —preguntó casi en un susurro.
Tardé un momento en contestar. Mi corazón y mi mente estaban enfrentados en una lucha por la razón. Ganó como siempre la pasión.
—¡No! ¡Sí! ¡No lo sé! Pero eso ya no importa, ¿no crees? —respondí sollozando.
Ella se acercó a mí.
—Creo que sí que importa y creo que tú le importas mucho a Sasuke, pero se ha mantenido al margen porque estás casada. ¡Dios santo! Ese hombre se ha comportado de una forma muy extraña desde que estás aquí y creo que tú eres la razón —afirmó.
—¿Tú crees? —murmuré entre sollozo y sollozo.
No contestó. Simplemente me abrazó.
—No sé qué voy a hacer —repliqué entre hipidos.
—Ni yo tampoco —respondió ella riendo.
—Somos un par de tontas —dije yo riendo y llorando a la vez.
—Sí, lo somos —cabeceó ella.
Cuando ambas nos calmamos un poco y fuimos capaces de hablar con normalidad otra vez, le sugerí algo.
—Puede que tú sí que tengas alguna oportunidad —la miré frotándome los ojos enrojecidos.
—¿Cómo? —preguntó ella interrogándome con la mirada.
—Si cambiaras tu actitud hacia Naruto, es decir, si dejaras de mirarlo como si fuese el arcángel San Miguel bajado del cielo y empezases a comportarte un poco más, no sé... no sé cómo explicarlo —me aparté el pelo de la cara con fuerza.
—¿Como tú? —sugirió ella dubitativa.
—Sí, como yo, ya sabes, dale de beber su propia medicina, ignóralo lo que puedas y muéstrate con otros hombres. Quizá si se da cuenta de la mujer que puede perder, reaccione a tiempo —respondí.
—Lo intentaré. ¿Me ayudarás? —preguntó.
—Por supuesto —aseguré yo—. ¿Para qué están las amigas si no?
En ese momento, invocando al mencionado arcángel asomó por la puerta la cabeza de Naruto.
—Eh, chicas, dejaos de cháchara, que hay trabajo que hacer —exclamó bruscamente.
Temari en un impulso repentino cogió una de las latas de tomate y se la lanzó a la cara.
—¡Vete a la mierda! ¡Esto es importante! —gritó.
Naruto lo suficientemente asombrado, pero también con unos reflejos excelentes, tuvo la prudencia de esquivar el golpe cerrando la puerta tras él y la lata golpeó fuertemente contra la madera, haciendo una pequeña muesca.
Ambas nos miramos y reímos como dos niñas.
—¡Esa es la actitud! —exclamé yo.
Todavía reíamos cuando salimos al pub lleno de gente esperando sus bebidas.
Naruto nos miró furioso a las dos. Yo no dije nada y me dirigí a la barra, como de costumbre. Temari sí habló:
—¿No te habré hecho daño? —murmuró agitando las pestañas sobre sus ojos verdes azulados que brillaban con intensidad. La verdad es que estaba muy guapa,
todavía arrebolada por la discusión.
—En una pelea de gatas, el perro siempre es que el que sale herido —contestó Naruto entornando los ojos.
—Pues ten cuidado con esta gata, no vaya a ser que te arañe —añadió Temari rozándolo con su cuerpo al pasar a su lado en el estrecho espacio de la barra.
Naruto se puso recto y se volvió a mirarla, bueno más bien a mirar su trasero. Sus ojos brillaban de una forma especial, intensa, como valorando el comentario y las futuras posibilidades.
Yo agaché el rostro y contuve una sonrisa. ¡Vaya con la pequeña escocesa! ¡Sí que aprendía rápido!
Las semanas siguientes pasaron rápidas y lentas a la vez. Me concentré en el trabajo y en la amistad renovada con Temari. Me gustaba hablar con ella y solíamos quedar cuando terminaba el turno. Necesitaba una amiga, una de verdad. Nadie podría sustituir a Matsuri, pero Temari, notando que había días en que todo me superaba, estuvo ahí, animándome, y yo a mi vez intentaba ayudarla en todo lo que estaba en mi mano. Alababa su aspecto y su comportamiento con Naruto, e incluso cuando un compañero de la universidad vino a visitarla unos días, comenté como al descuido que seguro que había algo más que amistad. Naruto, desde luego no era un hombre tonto y se daba cuenta de que algo nos traíamos entre manos, pero a la vez comenzó a prestar más atención a su compañera rubia y mucha menos a mí, lo que agradecí enormemente.
Entré en la fase que mi madre llamaba "el reposo del león".
Una vez, viendo la película Leyendas de pasión con ella en mi casa, cuando Akane era todavía un bebé, le comenté al descuido:
—Ese indio americano te ha copiado —señalé haciendo referencia a cuando se relata que el protagonista, Brad Pitt, al haber herido a un oso de joven, se había embebido de su espíritu y sus actos de él dependían.
—¡Bah! —contestó mi madre sin darle mucha importancia—, todo está inventado, hija mía. Y si Brad Pin tiene el espíritu de un oso dentro de su cuerpo, tú tienes el de un león, que es bastante peor, créeme. Ya le diría yo dos o tres palabras a ese anciano que se cree tan sabio —sentenció como solo lo haría una madre.
—Claro, mamá, es que según tú no hay nadie más sabio que las madres —dije algo molesta.
—No conozco la sabiduría de otras madres, pero sí la mía y te conozco a ti. Y sé que ahora el león está dormido. Lo que no sé es por cuanto tiempo, espero que mucho, porque cuando despierte... —hacía una clara referencia a mi signo del zodiaco, Leo—. Además —añadió—, a mí déjame de viejos indios que quien me interesa es ese Brad Pin, que está el joven...
—Mamá, es Brad Pitt —la corregí yo—, que no es un broche que te puedas prender en una chaqueta.
—Pin, Pit, ¡qué más da!, si te dijera yo dónde quiero llevar prendido a ese hombre... —suspiró con fuerza.
—¡Mamá, por Dios! —contesté yo ruborizándome— que estoy delante y Akane también.
Volví mi mirada al dulce bebé que dormía en el cuco.
—Sí, pero Akane todavía no sabe nada y tú ya sabes demasiado —afirmó fijando su vista en el televisor, donde Brad Pitt cabalgaba a través de las praderas norteamericanas. La verdad, es que yo también le habría hecho un arreglito...
No volví a llamar a Sasori, ni él a mí. Desconocía si él estaba al tanto de que habían llegado a mis manos las imágenes de su affaire callejero y la verdad, tampoco me importaba. Era mi as en la manga. Sin embargo, hablaba a menudo con mi madre y con Akane, e incluso un par de veces con Jiraiya, que con un fuerte acento argentino me aseguró que cuidaría de sus dos princesas. Yo me reí, era tan distinto a mi padre, siempre tan serio y circunspecto. Pero hacía reír a mi madre y nunca la había oído tan feliz, así que por lo menos algo en mi vida se estaba solucionando. Empezaba a achicar algo de agua de la barca que amenaza con hundirse, ya solo quedaban pequeños charcos, no por ello menos importantes, pero que de momento estaban aparcados en un rincón de la mente.
A veces por las tardes solía recibir llamadas extrañas de un teléfono extranjero que no conocía. Al principio me quedaba con la oreja pegada al móvil intentando entender algo. Hasta que la tercera o cuarta llamada me di cuenta que hablaban en portugués, pero se oía lejano, como si el portador del teléfono se lo hubiera dejado conectado sin querer; otras veces oía a un hombre carraspear e incluso toser o suspirar. Una de las veces, cuando ya estaba segura de dónde procedían las llamadas, oí la voz grave y profunda de Sasuke hablando en un portugués que hacía daño al oído. Por lo visto no todas las lenguas se le daban tan bien. Esperaba ansiosa cada llamada y me quedaba escuchando con atención en silencio esperando escuchar su voz una vez más. Tenía curiosidad por saber qué demonios estaba haciendo con el teléfono, pero hasta que llegara no podría preguntárselo, ya que más de una vez intenté hablar, pero él no contestó.
—Naruto —pregunté un día después de una de esas misteriosas llamadas —, ¿cuándo vuelve Sasuke?
Era la primera vez que lo mencionaba, siempre estaba en mi mente, pero procuraba no hablar de él.
—Creo que se va a quedar en Brasil unas semanas más, ¿por qué? — preguntó a su vez entrecerrando los ojos.
—Oh, nada, como dijo que iban a ser unas dos semanas —contesté vacilando.
—Sí, pero las cosas allí se han debido complicar —respondió de forma escueta.
—Ah, ya... —dije sin mucho entusiasmo.
—¿Necesitas que le diga algo? —inquirió con una sonrisita que no me gustó nada.
—No, no es necesario. Solo era simple curiosidad —me alejé a seguir con mi trabajo.
Finalmente la Eurocopa 2012 terminó. Inglaterra fue eliminada y España ganó. Y ambas cosas las celebramos como propias, haciendo una fiesta en el pub. Me di cuenta, con algo de asombro, de que era feliz, me sentía feliz de estar allí. Aunque también notaba que tenía muchísimas cosas que solucionar una vez llegara a casa que persistían como el hueso de un melocotón enquistado en mi mente.
El último fin de semana de julio decidí pedirle a Naruto el viernes libre. No puso ninguna objeción.
—¿Qué tienes en mente? —preguntó.
—Quiero bajar a Edimburgo y conocer la ciudad —contesté.
—Ah, bien, parece una buena idea. ¿Tienes algún sitio donde pernoctar?
—He buscado alguno en Internet, pero no estoy muy segura. No puedo pagar demasiado —confesé.
Él apuntó una dirección en un papel.
—Ve a este sitio. Es un Bed & Breakfast. No es muy lujoso, pero está limpio y en el centro, en Cannongate. Déjame a mí y te haré la reserva para el viernes y el sábado —ofreció.
—Gracias —contesté sonriendo.
