Capítulo 15

El dragón


El veinticinco de julio hice una pequeña bolsa de viaje y fui a la farmacia. Había decidido hacer el trayecto de Inverness a Edimburgo en tren, que era bastante más lento que el autobús, pero probablemente evitaría el malestar del viaje de ida. No obstante compré pastillas para el mareo.

En Inverness, antes de montarme en el tren, comprobé el prospecto de las píldoras. Una por cada sesenta kilos de peso calculé aproximadamente convirtiendo las onzas a kilos. Como no estaba muy segura de si había hecho bien el cálculo me tomé tres, para asegurarme de no pasarme el viaje con la cabeza metida en una bolsa y poder disfrutar del paisaje.

En el mismo momento que me senté y el tren se puso en marcha, acompañado por el bamboleo de los vagones y el lejano sonido de los raíles, me quedé completamente dormida. Y por segunda vez no vi absolutamente nada de la campiña escocesa.

Cuando llegamos a la estación de Edimburgo, el revisor vino a despertarme y tuvo que insistir bastante, ya que yo había caído en un profundo sueño. Limpiándome con disimulo el hilillo de baba que se deslizaba de la comisura de mis labios, le di las gracias y él me dijo que había tenido suerte de que no me robaran la mochila y el bolso, de tan profundamente como dormía.

Cuando bajé tuve que sentarme en un banco a esperar que se disipara un poco la espesura de mi mente y al frotarme la frente con mi mano fría, me di cuenta de que algún gracioso me había pegado un chicle, que despegué y lo tiré con asco al suelo. ¿Es que no podía hacer un simple viaje en condiciones?

Comprobé la dirección que me había facilitado Naruto. No estaba muy lejos, en pleno centro de la Old Town y podía ir caminando. En el momento en que comencé a recorrer sus estrechas callejuelas empedradas, me embargó la emoción. Iba a ser mi primer viaje sola y aunque solo fueran tres días, para mí constituía toda una aventura. Observé todo con excesiva curiosidad, la ciudad bullía de actividad, grupos de turistas se mezclaban con gente de la city, y las tiendas y pubs parecían estar a rebosar. El gris de la piedra confluía con el colorido floral, había flores por doquier, colgando de las farolas, de los pubs, de algunas tiendas incluso. Edimburgo era una ciudad atrayente y mágica, y estaba deseando explorarla.

En veinte minutos llegué a mi destino. Era una construcción antigua, de no más de cuatro alturas, de piedra gris. A simple vista no parecía un hostal, ni un hotel. Una puerta abierta y un letrero de madera colgado en la pared, que ondeaba con el viento, señalaban que esa era la dirección correcta. Justo a la derecha, cubriendo la esquina con la Royal Mile, había un pub con algunas mesas en la calle para disfrutar del buen tiempo escocés, unos veinte grados, más o menos como en mayo en España. Con ánimo decidido entré y tuve que esperar a que mi vista se adaptara de la claridad exterior al oscuro y estrecho pasillo con un mostrador al fondo que constituía todo el recibidor. Me identifiqué al joven, le pagué la estancia y me entregó la llave con gesto amable.

Subí al primer piso por las angostas escaleras cubiertas con una moqueta descolorida. Me habían asignado una habitación individual. Una cama pegada a la pared, cubierta por una colcha a cuadros y una mesilla. No había ningún otro objeto a la vista. Dejé la mochila y me senté un momento en la cama, saqué el plano de Edimburgo y me puse a organizar mis visitas. Suspiré hondo y reconocí un olor, un olor familiar y agradable, pero no provenía de mi habitación.

Salí al pasillo que estaba vacío y husmeé otra vez como un sabueso. Seguí el rastro del olor hasta dos habitaciones más a mi derecha. Del hueco de la puerta salía un pequeño hilo de humo, un humo picante y delicioso. El olor de la marihuana. En un impulso me puse de rodillas y pegué mi rostro al hueco de la puerta, aspiré con fuerza y el olor hizo que me picaran los ojos. Solo había fumado una sola vez en toda mi vida un cigarro de maría, en una fiesta cuando estudiaba periodismo. Matsuri y yo pasamos el fin de semana en un chalé de la sierra de Madrid, propiedad del padre de unos amigos. Allí sufrí las consecuencias de la droga en mi cuerpo, lo que Matsuri denominó "lloritis aguda". El porro de marihuana me había producido una sensación de euforia primero, para dejar paso a la mayor llantina de la historia. Matsuri, cansada de mis desvelos nocturnos, me prohibió terminantemente que volviera a probar uno. Sin embargo, su olor me atraía, era picante como el orégano y dulce como la miel. Y traicionero, como pude comprobar.

Estaba en esa posición tan incómoda pegada a la puerta cuando esta se abrió y un par de pies de hombre calzados con deportivas entró en mi campo de visión.

—¿Has perdido algo, guapa? —exclamo un joven con acento irlandés.

—Sí, mi vergüenza —acerté a decir incorporándome.

Él rio bruscamente.

—¿Quieres pasar? Hay para todos —ofreció.

¡Qué demonios!, pensé yo. Estaba empezando a creer que en algún momento al cruzar el mar del Norte, mi cuerpo había sido abducido por mi gemela malvada y peligrosa.

Entré en la habitación acompañada de Niall, que así se llamaba. Era un poco más amplia que la mía, ya que, por lo visto, la compartía con dos amigos más, Pete y otro cuyo nombre no llegué a memorizar.

Estaban sentados en el centro de la habitación alrededor de un cenicero hecho con cartones de grandes dimensiones. No era el primer cigarro de marihuana que fumaban, ya había por lo menos dos extinguidos.

Me presenté y me hicieron hueco entre dos de ellos.

—¿Has fumado alguna vez? —preguntó Niall.

—Claro, muchas veces —mentí yo descaradamente.

—Esta es bastante fuerte —apostilló Pete.

—Yo también —le dije fingiendo una seguridad que no sentía.

Me lo pasaron y di una fuerte calada, atragantándome con el humo, acostumbrada a los cigarros normales con filtro.

Tosí un par de veces, a lo que ellos respondieron con risas. Pero pronto empecé a sentir el poder de la droga colándose en todos mis sentidos. Me sentía maravillosamente. Si Matsuri me viera en este momento lo calificaría como "risitis aguda combinada con verborrea mental incluida".

A la tercera calada lo empezaba a ver todo con la claridad de un borracho, o de un drogado, daba igual. La luz que se filtraba por la pequeña ventana daba a todo una luminosidad especial, creando luces y sombras que danzaban por toda la habitación como máscaras venecianas. Había música que sonaba en un iPod con altavoces, algo celta, creí reconocer.

Me preguntaron qué hacía allí y les dije que turismo, que había ido a trabajar a las Highlands a un pub, donde trabajaba el mismísimo dios de los nórdicos, un escocés pelinegro, cuyo antepasado debió ser un vikingo que se quedó varado en una playa atrapado por la magia de ese país. Sí, muy a mi pesar les hablé de Sasuke, sin parar, lo que no había dicho en casi un mes lo estaba soltando en un rato. Cómo lo conocí, lo que me hacía sentir, lo enfadada que estaba porque se hubiera ido a Brasil, todo, y cuando me refiero a todo, es todo. Hablaba y hablaba sin parar y ellos me instaban a hacerlo riéndose y comentando mi curioso acento. Hacía tanto tiempo que no me divertía de verdad...

En un interludio, mientras Pete preparaba el segundo o tercer porro, quemando la piedra entre las manos ahuecadas, les pregunté qué hacían ellos allí. Ahora que me fijaba, no tenían mucha pinta de turistas.

Niall simplemente me señaló su entrepierna.

—Ah —asentí yo comprendiéndolo todo—, eres un puto, ¿no?

Más risas generalizadas y una expresión de estupor del chico irlandés.

—No, soy músico —contestó mirándome con extrañeza.

Yo bajé la mirada y observé con un poco más de atención que estaba sentado en la funda de piel negra de lo que parecía un tambor, o un violonchelo o algo parecido a un instrumento musical.

Algo avergonzada, me disculpé, pero ¿se puede estar avergonzada cuando la vergüenza ha desaparecido de tu persona? Me reí como una tonta. Me contaron que habían ido a disfrutar el próximo festival de Edimburgo, el Military Tatoo, y mientras tanto tocaban en la calle para sacarse algún dinero.

—¡Qué vida más maravillosa! —exclamé—, sin obligaciones, ni madrugones, ni maridos, ni hijos, sin tener que ser siempre perfecta... os envidio chicos... si yo hubiera nacido diez años después...

Todos rieron. Todo era muy divertido. Después del tercer canuto y viendo la hora, que mi reloj me mostraba en tres dimensiones, me levanté tambaleándome un poco y me despedí. Tenía que ver Edimburgo, la ciudad me esperaba.

Bajé las escaleras sujetándome a las paredes, ya que estas curiosamente se ondulaban a cada paso que daba. Después de un par de traspiés llegue al rellano. Me despedí con una sonrisa del joven de la recepción, que me respondió poniendo los ojos en blanco.

Salí a la claridad del día y me detuve un momento entrecerrando los ojos ante el golpe luz intensa, el olor de las flores y el sonido de la gente circulando alrededor, que me llegaba con una magnitud increíble. Hasta me pareció reconocer el olor a cítricos y madera de sándalo de Sasuke entre la mezcla de esencias.

Me paré a consultar el plano, no estaba muy segura de dónde tenía que ir para llegar al castillo, mi primera parada. Anduve unos pasos con el plano en la mano, observando las letras que saltaban como si fueran pequeñas pulgas inquietas que me impedían leer con claridad, y entonces tropecé con algo.

—Lo siento —dije levantando la mirada del plano.

Un dragón con los ojos como el fuego estaba plantado delante de mí, crecía y se extendía hasta oscurecer la luz del sol, haciendo que una bruma nos rodeara. Pude distinguir sus alas puntiagudas alzándose hacia el cielo y una garra extendida hacia mí. Las llamas danzaban a su alrededor y, sin embargo, no sentí miedo, sabía quién era. Era mi dragón, el que le había prometido a mi hija que iba a cazar, ahora solo tenía que pensar cómo hacerlo. Sonreí estúpidamente sintiendo un súbito calor.

—¿Qué haces aquí? —le pregunté a mi dragón.

—¿Yo? Vivo aquí. ¿Qué haces tú aquí? —contestó con voz risueña.

¿El dragón ha hablado? ¡Qué curioso! Tenía la misma voz grave de Sasuke.

—He venido a hacer turismo —sonreí de forma mecánica. Solté el plano que quedó colgando de una mano y alcé la otra para tocarlo. Tenía que comprobar si quemaba. El dragón se apartó un paso. ¿Le daba miedo? Quizá creyó que yo lo iba a cazar.

—¿Qué haces, Cerezo? —inquirió nuevamente con la misma voz de Sasuke.

—Quiero cazarte. Pero no tengas miedo. No te voy a hacer daño —le respondí suavemente alcanzando su rostro. Admirada me fijé en que llevaba barba de varios días y su rostro estaba bronceado. Además, vestía con traje, un traje gris oscuro, con una camisa blanca y corbata de seda con finas líneas transversales en negro. ¿Por qué iba vestido con traje? Los dragones no visten de traje, de hecho es normal que vayan desnudos, ¿no? ¡Qué extraño dragón! Mis dedos alcanzaron por fin lo que deseaba y pasé mi mano por su rostro sin afeitar, gozando de la espesura y dureza de su barba, bajé por su cuello y atrapé un rizo en su nuca. Noté la tensión que lo embargaba, pero nada importaba, era mi fantasía y podía hacer lo que quisiera.

Él tampoco se estuvo quieto, levantó una mano, me cogió el rostro por la barbilla y lo levantó, haciendo que mis ojos se cerraran ante la intensidad de la luz.

—¿Qué has tomado, Sakura? Tienes las pupilas completamente dilatadas. ¿Estás drogada? —preguntó con bastante incredulidad y algo de reproche en su voz.

—¿Sasuke? —inquirí yo confundida. Mi dragón ahora me miraba furibundo y echando humo por la cabeza, donde las llamas se habían apagado.

—¡Sí! —exclamó él bruscamente.

—Solo he fumado un poquito —expliqué algo intimidada.

Es que ni aun siendo mi fantasía podía ser yo la que la dirigiera...

—¡Dios! ¿Y ahora qué se supone que tengo que hacer? —preguntó más para sí mismo que para mí.

Mi dragón se había convertido en el objeto de mi deseo del último mes. Estaba totalmente desinhibida y relajada. Me gustaba mucho esa sensación. Nada tenía importancia porque el mundo que me rodeaba no era real.

—Pues podrías comenzar por besarme —contesté yo ofreciéndole mis labios o eso creía.

Me miró con tanta intensidad que hasta el sonido exterior desapareció y comencé a flotar sobre el suelo. Todo se quedó quieto por un instante y yo creí que esta vez sí me iba a besar.

Se acercó un poco más a mí y su voz no fue más que un susurro bronco que llegó plenamente a mis oídos.

—El día que te bese, Cerezo, espero que estés en condiciones de responderme como es debido. Hasta entonces tendrás que esperar.

¿Había dicho el día que te bese o si te beso algún día? Me quedé con la primera frase, me gustaba más.

Me aparté de él e intenté enfocar la vista. ¿Era Sasuke de verdad? No podía ser él, estaba en Brasil. De repente sentí miedo y deseé volver a la comodidad de la habitación con mis amigos irlandeses.

En ese momento pasaron Niall, Pete y el otro chico cargando a sus espaldas los instrumentos de música. Se pararon a nuestro lado y saludaron a Sasuke con fuertes golpes en la espalda, que fueron en vano, ya que Sasuke no se movió ni un ápice, como si estuviera clavado en el suelo.

—Hola, hombre, tú debes de ser Sasuke, ¿no? —preguntó Niall o Pete o el otro, no lo sé.

¡Por todos los Dioses del Olimpo celebrando una orgía! ¡Sasuke era real y no una fantasía de mi mente drogada! La idea se coló en mi mente demasiado desestructurada como para pensar con claridad.

—¿Te conozco? —inquirió Sasuke, entre divertido y enfadado.

—No, pero nosotros a ti sí y bastante se podría decir. Ella nos lo ha contado todo sobre ti. Yo no perdería el tiempo, hombre —saludó marchándose remarcando el adverbio de cantidad "todo".

Se giró un momento para inclinarse sobre él.

—Ah, otra cosa —murmuró al oído de Sasuke. No pude oír lo que decían.

—¿Les has hablado de mí? —preguntó con gesto incrédulo.

—No lo sé, bueno, sí, tal vez mencioné alguna cosa... —mi voz se apagó y mis mejillas se encendieron.

Sasuke resopló audiblemente.

—¿Qué te ha dicho al oído? —pregunté con cierta suspicacia.

—Algo que no debería haber oído y tú no deberías haber contado —me miró con gesto enfadado.

Entrecerré los ojos con un gesto que pretendía mostrar mi indignación por la crítica. Sasuke resopló con resignación.

—Primero me ha dado una serie de recomendaciones sobre qué hacer contigo, que no repetiré por educación, y luego me ha aconsejado que si él fuera yo, se desharía de un amigo tuyo que vibra y que te ha sido muy útil estas últimas semanas —explicó con media sonrisa.

Yo agaché la cabeza. ¿También les había hablado de mi vibrador? Pues claro que sí, mi gemela perversa se lo estaba pasando en grande, dando volteretas sobre mi hombro y susurrándome maldades, pero la Sakura real estaba empezando a despertarse y a sentirse como una completa idiota.

—Bueno, será mejor que me vaya —aseveré dándome la vuelta.

—¿Adónde vas? —preguntó él sujetándome del brazo.

—Al castillo —contesté yo sin girarme.

Él me soltó y yo empecé a caminar con lo que creía que era un paso firme y estable, aunque notaba como si flotara sobre el suelo empedrado. Oí que me llamaba, pero hice caso omiso. Esta vez lo había estropeado todo, otra vez. ¿Es que nunca tenía suficiente?

Noté sus pasos rápidos y sonoros a mi lado.

—Para —ordenó, sujetándome por los hombros.

—¿Qué? —murmuré yo evitando mirarlo a los ojos.

—Mira a tu espalda —dijo él simplemente.

Yo lo hice y observé la silueta impresionante del castillo de Edimburgo que se recortaba contra el cielo azul de finales de julio.

—Vale —asentí y comencé a andar en la dirección correcta.

—Espera —oí un suspiro hondo.

Yo me giré para mirarlo. ¿Quería reírse más de mí?

—Te acompañaré. No creo que estés en condiciones de ir a ningún sitio tú sola —afirmó.

Yo lo miré de arriba abajo, admirando su porte bajo el traje, que obviamente estaba hecho a medida.

—No creo que vayas vestido para hacer turismo —le dije, aunque mi estómago estaba empezando a brincar de emoción ante la idea de poder pasar con el al menos unas horas.

—Eso tiene fácil solución —se quitó la chaqueta, que dobló y colgó de su brazo y luego se deshizo de la corbata, dejando el primer botón de la camisa abierta—. Ya está —contestó con la corbata en la mano.

—Trae, ya la guardo yo —la cogí y la doblé cuidadosamente, escondiéndola en un bolsillo interior de mi bolso para que no se estropeara.

Recorrimos la Royal Mile dirección al castillo en animada conversación. Yo todavía notaba los efectos turbadores de la marihuana en la sangre, pero no estaba muy segura de si eran por la droga o por la presencia de Sasuke a mi lado. Seguía sintiendo como si caminara a un metro del suelo y en cualquier momento pudiera echar a volar. Cuando se estrechó la calle, próximos a la entrada, tuvimos que esquivar la marea de gente que bajaba hacia el centro. Sasuke me cogió de la mano y no me soltó. Me sentí joven y alegre, como una pareja de enamorados paseando. Yo no hice ninguna intención de soltarme y él apretó mi mano en la suya consciente de ello.

Traspasamos la regia arcada de piedra. Una vez atravesado el patio, ya decorado con gradas para las exhibiciones del festival, la magia me absorbió. Esperé paciente la cola en las taquillas y recogí el plano que mostraba los distintos lugares a visitar en el interior. Sin embargo, no necesité ningún guía que me fuera explicando lo que vimos, ya que tenía al mejor de todos a mi lado. Descubrí que era un perfecto conocedor de la Historia de Escocia y del castillo en particular, y enseguida me vi envuelta en la historia, igual que me había ocurrido en Drumnadrochit. Narraba con paciencia e intensidad, haciendo pausas en los lugares correspondientes. Visitamos la capilla de Santa Margarita, el edificio más antiguo de Edimburgo, admirando las exquisitas vidrieras ojivales. Luego pasamos dentro del recinto para visitar los Honores de Escocia y la Piedra del Destino, sobre la que se coronaba a los reyes escoceses. Paseamos por las exposiciones de objetos y reliquias militares, parándonos una y otra vez, mientras él me explicaba todo lo que me llamaba la atención con una extraordinaria paciencia y una sonrisa eterna en su rostro amable.

Cuando salimos al exterior amurallado, desde donde teníamos una de las mejores vistas de la ciudad, nos apoyamos en la piedra a descansar.

—¿De qué conoces a esos irlandeses? —preguntó.

—Son mis nuevos amigos —expliqué sonriendo.

—Que te drogan. Déjame decirte que no has elegido muy bien —replicó, pero no estaba enfadado. Su silueta se recortaba contra el cielo escocés que empezaba a cubrirse de nubes oscuras. Parecía un dios nórdico de bronce esculpido, mirando al infinito, como si pudiera conquistar el mundo entero. Se giró al sentirse observado.

—¿En qué piensas? —preguntó nuevamente. Vaya, qué extraño, los hombres normalmente evitan ese tipo de preguntas.

—Me preguntaba cómo un pueblo como el vuestro fue capaz de capitular ante el dominio inglés —expresé.

—¿Conoces Culloden?

Negué con la cabeza, que todavía no tenía muy despejada.

—Bueno, pues habrá que remediarlo. Allí te contaré nuestro trágico fin —dijo. ¿Había cierto tono de melancolía en su voz? ¿O fueron imaginaciones mías?

Me estremecí sintiendo una ráfaga de aire que mordía el rostro.

—¿Tienes frío?

—Un poco, tal vez será mejor que bajemos —sugerí.

—Vamos —contestó cogiéndome otra vez de la mano.

Callejeamos parándonos en algunos escaparates a observar. Le dije que buscaba un regalo especial para mi hija y que hasta ahora solo había encontrado lo típico. Me comentó que conocía una tienda diferente y me llevó hasta allí, no estaba muy lejos, solo un par de calles más abajo, escondida en un patio interior.

Entré en el comercio sin esperar nada especial, sin embargo, me sorprendió al instante: era una tienda de juguetes antiguos, elaborados de forma artesanal. Recorrí sus estanterías sin decidirme por uno, me gustaban todos, incluso para mí. Él me observaba sonriendo cerca del mostrador, conversando con la dueña. En ese momento las vi. En una pequeña mesa había una serie muñecas vestidas con el arisaid escocés, realizadas a mano, el letrero rezaba Piezas de colección. Recorrí con los dedos las cajas que las protegían, maravillada. Eran preciosas, cada una tenía un rostro diferente, trazado con absoluta precisión. Sin embargo, todas ellas lucían un gesto dulce y sonriente. Noté que se acercaba y me volví.

—Son preciosas, ¿no crees? —pregunté.

—Lo son —contestó él mirándome a mí y no a las muñecas.

Busqué con la mirada la del clan Uchiha. Él, adivinando mi intención, dijo señalando la otra esquina:

—Está ahí.

Me acerqué y cogí la caja. La muñeca era perfecta y curiosamente lucía un tono negro de pelo muy parecido al de Sasuke, con rizos que enmarcaban su carita tallada en porcelana. La giré para ver el precio, trescientas ochenta libras. Ahogué un gemido.

La dejé con cuidado sobre la mesa.

—Vamos —dije—, es demasiado cara para mí.

—Sí, pero no para mí —contestó cogiendo la muñeca.

—No —lo paré sujetándole un brazo, era como sujetar una viga de acero—, no puedo permitir que lo hagas. No podría pagártelo.

—No tienes que hacerlo, es un regalo que le hago yo a Akane —respondió. Algo hizo que una punzada se clavara en mi corazón—. Si ves que te gusta otra cosa, puedes comprársela tú, o bien decir que la muñeca es un regalo tuyo —sugirió.

Lo pensé y finalmente me decidí por un pequeño carrusel, que se ponía en marcha con una clavija y emitía una canción infantil en francés que solía cantarle cuando era más pequeña.

Con la muñeca y el carrusel pulcramente envueltos en papel de regalo, salimos a la calle de nuevo. El cielo se había tornado de un gris plomizo y la humedad danzaba filtrándose por los recodos.

—¿Estás cansada? Ha sido una larga caminata.

—Un poco, la verdad —sonreí.

—¿Quieres que vayamos a cenar algo? Conozco un restaurante muy bueno cerca de aquí —sugirió.

—Creo que antes debería cambiarme y dejar los juguetes, no quiero romperlos.

—Está bien, iremos primero a tu alojamiento. Aunque no me hace mucha gracia que compartas piso con tus nuevos amigos —lo dijo en un tono de tal frustración que yo comencé a reír.

—Sasuke, ya ha pasado todo, soy yo otra vez, no hay ni rastro de droga en mi sangre —sonreí—. Por cierto —inquirí acordándome de algo—. ¿Qué hacías tú por esa zona?

—Venía de una comida de negocios. Trabajo aquí —contestó.

—Sí, pero deberías estar en Brasil —repliqué yo.

—Llegué ayer, allí no hay más que hacer.

Pero aun así algo me decía que sabía dónde encontrarme. Mariposas nerviosas revolotearon en mi estómago.

—Sasuke.

—¿Sí? —se giró para mirarme.

—¿En qué trabajas?

—Soy ingeniero. ¿No lo sabías? —inquirió él sorprendido.

—Pues no, la verdad es que no —lo miré igual de sorprendida.

—No es nada especial, pero me gusta y me gano bien la vida. Estaba en Brasil intentando conseguir la concesión para construir una presa —explicó.

—¿Lo has conseguido? —pregunté interesada.

—No lo sé todavía. Allí la burocracia es un infierno. Supongo que tendré noticias después del verano.

—Seguro que lo consigues —afirmé.

—¿Tú crees? —me miró como si yo no entendiera una sola cosa de ingeniería, que de hecho no entendía, pero Sasuke estaba empezando a ser una de mis especialidades.

—Estoy segura de que si te propones algo, lo consigues —aseveré con voz firme.

—Espero que tengas razón Cerezo —contestó taladrándome con la mirada. Dudaba que se estuviera refiriendo a su trabajo concretamente.

Caminamos calle abajo hasta el Bed & Breakfast donde me alojaba. Cuando estábamos a punto de girar escuchamos las sirenas de policía y los bomberos. Los dos apuramos el paso. Nos quedamos mirando con sorpresa el edificio de apartamentos, rodeado por una valla de contención y varios policías que impedían el paso. Un gran camión de bomberos arrojaba agua por una manguera al primer piso de donde salía un humo negro.

—No he sido yo. Lo prometo —contesté a una pregunta sin palabras de Sasuke.

—Espera aquí —dijo dejándome con las bolsas a una distancia prudencial de unos diez metros.

Estuvo hablando con uno de los policías un momento y volvió con cara de circunstancias.

—¿Qué ocurre? —pregunté algo asustada.

—Ha habido un pequeño incendio en una de las habitaciones del primer piso, alguien —remarcó la palabra— se ha debido dejar un cigarro encendido que ha prendido en una de las colchas. Nada importante. No hay heridos, pero han cerrado el establecimiento. Nadie puede pernoctar ahí esta noche.

¡Ay, madre! ¡Igual sí que había sido yo!

Mi rostro lo dijo todo, pasé de una expresión de incredulidad a otra de sorpresa y, finalmente, a una de culpabilidad en solo unos instantes.

—Ya me lo imaginaba —dijo poniendo los ojos en blanco.

Como siempre se hizo cargo de la situación.

—¿Cuál era tu habitación? Están dejando pasar a la gente a recoger sus pertenencias acompañados de personal de seguridad. ¿Qué habías traído? —preguntó.

—Solo una mochila —contesté.

—Está bien. Espérame aquí —ordenó volviendo a acercarse. Lo vi agacharse y pasar el control de seguridad para acceder al edificio. Unos minutos más tarde salía con mi pequeña mochila al hombro.

—¿Es esta? —preguntó dejando la mochila en mis manos.

—Sí —afirmé asintiendo con la cabeza.

Sin darme tiempo a expresar nada más, paró un taxi y ambos nos subimos.

—¿Adónde vamos? —lo miré inquisitiva. No conocía la dirección que le había dado. Quizá era de algún otro hostal.

—A mi casa —contestó sin más explicaciones.

—No puedo ir a tu casa —repliqué.

—¿Por qué? Tengo dos habitaciones —se volvió a mirarme.

Medité la respuesta. Porque estoy casada y no me parece correcto dormir en tu misma casa; porque es impropio de mí; porque me parece abusar de tu amabilidad; porque creo que si te tengo cerca de mí toda la noche no podré resistirme y te asaltaré en tu cama...

—Porque creo que puedo encontrar otro hotel, ¿no? —fue mi respuesta final.

—Estoy seguro, pero no puedo arriesgarme a que te detengan por prenderle fuego a más hoteles de Edimburgo —murmuró bajando la voz, para que no nos oyera el taxista—. Por lo menos en mi casa podré tenerte vigilada.

La última frase creó remolinos de excitación en mi vientre.

—Está bien —claudiqué fingiendo que me daba igual dormir en un sitio que en otro.

Recorrimos el breve trayecto en un tenso silencio. Ambos mirábamos por la ventanilla opuesta temiendo mirarnos a los ojos. Atravesamos rápidamente North Bridge para adentrarnos en la New Town, la calzada se amplió dando paso a edificios nuevos que carecían del encanto antiguo. Finalmente estacionamos frente en una intersección desde donde se podía ver una iglesia rodeada por un pequeño jardín. Bajamos, todavía en silencio y me sujetó la mano con fuerza, como si temiera que fuera a salir huyendo. Me introdujo con rapidez en un edificio reformado, con cristaleras ahumadas que ocultaban el interior. Había oscurecido y de un momento a otro comenzaría a llover. En el vestíbulo nos recibió un portero de avanzada edad, que saludó formalmente a Sasuke.

—Señor Uchiha —dijo inclinando la gorra y mirándome inquisitivamente.

—Buenas noches —saludó él a su vez, sin ofrecer ninguna explicación más.

Y me pregunté cuántas mujeres habrían pasado por el mismo sitio y saludado al mismo portero.

Nos dirigimos a los ascensores y Sasuke pulsó el botón, mientras yo observaba todo con curiosidad. Era un edificio lujoso, el suelo del vestíbulo era de mármol rojizo y las paredes estaban cubiertas de espejos. Me vi reflejada en uno de ellos y me avergoncé de mi aspecto. Llevaba los pantalones manchados de barro y el pelo enredado. Intenté alisármelo con una mano, pero solo conseguí que se quedara enganchado entre mis dedos. Hasta que fijé la vista en el reflejo que el espejo ofrecía de Sasuke, riéndose en silencio. Yo entrecerré los ojos y crucé los brazos en respuesta, haciendo un mohín con los labios, lo que provocó que su sonrisa se hiciera aún más amplia.

Entramos en el ascensor y tecleó un código, que nos llevó directos al último piso. Salimos a un descansillo con alfombras de color granate y luces de bronce en las paredes. Solo había dos puertas de madera oscura maciza, completamente lisas. Sasuke abrió la de la izquierda.

Me dio paso y encendió las luces. "Me he muerto y he subido al paraíso", fue lo primero que pensé. El pequeño recibidor se abría para dar paso a un espacio abierto, un gran salón comedor, decorado en grises, blancos y negros, todo moderno y a la vez funcional, rodeado por cristaleras a ambos lados. Fui directa hacia ellas, tenía una vista espectacular de Edimburgo. Podía verse perfectamente el castillo en la lejanía, ahora totalmente iluminado, recortándose en la penumbra. Y estaba completamente insonorizado, no se oía el ruido del tráfico que bullía a nuestros pies. Solamente se oían mis expresiones de asombro.

Me giré para encontrarme a Sasuke parado en el centro de la habitación mirándome.

—¿Te gusta? —preguntó con una voz extraña.

—¿Que si me gusta? ¿Estás loco? —casi grité emocionada, su rostro demostró sorpresa—. Es lo más bonito que he visto nunca. Si yo viviera aquí no querría salir nunca de casa.

Él profirió una sonora carcajada.

—Déjame que te muestre el resto —sugirió invitándome a que lo siguiera.

A la izquierda, disimulado tras unas puertas correderas, casi invisibles, estaba la cocina. Con muebles en color acero, no muy grande, pero con todo lo indispensable. En el centro había una península con sillas altas. A primera vista comprendí que era una cocina donde se cocinaba bastante poco.

Del salón salimos a un pequeño pasillo de no más de tres metros con cuatro puertas. La primera era la habitación de invitados, explicó, dejando mi mochila sobre la cama. Era una habitación sencilla, con una cama de matrimonio y un gran ventanal con las mismas vistas que ofrecía el salón, decorada en tonos suaves y cálidos. El suelo ¡gracias a Dios! no estaba cubierto por moqueta, sino que era de madera oscura pulida, muy parecida a la que tenía su vivienda de las Highlands.

La siguiente puerta era su habitación, que curioseé con total descaro. Una cama de dos por dos en el centro cubierta con un nórdico en tono negro satinado, con cojines en grises y morados. Los muebles eran de madera oscura, solo había dos mesillas bajas a cada lado de la cama. En una de ellas reposaba un despertador y un libro, no alcancé a ver cuál era, y una cómoda en el frente con un espejo. Un cuadro abstracto sobre la cama y unas alfombras en tonos morados y grises eran todo su adorno. Pero yo solo tenía ojos para la cama, esa cama donde dormía Sasuke. Cuando me pareció prudente, me volví a mi improvisado casero que observaba cada gesto mío con gran atención y alabé el gusto de la decoración.

Pasamos a la otra puerta, que era el baño, amplio y completamente masculino. Hurgué dentro de la mampara que rodeaba la bañera, buscando lo que llevaba casi dos meses deseando utilizar.

—Ahora mismo podría besarte —le dije con un suspiro todavía con la cabeza metida en la bañera.

—¿Sí? —contestó él con voz ronca.

Yo me volví ignorando por completo su tono, ya que estaba bastante más emocionada por otra cosa.

—¡Tienes ducha! —casi grité—. No sabes lo que he añorado poder ducharme en estos meses. Sentir el agua golpeando en mi rostro con fuerza y no tener que bañarme como las abuelas chapoteando en una bañera.

—Si llego a saber que te iba a emocionar tanto, hubiera dejado que utilizaras la del piso del pub —afirmó riéndose.

—¿Qué es la otra puerta? —pregunté cuando salimos.

—El vestidor —explicó abriéndola.

Yo me paré frente al sueño de mi vida. Se acabaron esos malditos armarios empotrados, donde todo estaba apiñado y se arrugaba la ropa, los zapatos en sus cajas, poniendo los nombres para recordar cuales eran, recovecos en los que metía de todo como podía hasta que casi no cerraban las puertas.

—Creo que me acabo de enamorar —murmuré.

—Mmmfffgsg—fue su respuesta emitiendo ese sonido gutural tan típico en él.

Entré en el amplio vestidor admirándolo todo, su orden, su simplicidad, su capacidad, su enorme espejo de techo a suelo... Siempre había querido algo así en mi vida, pero siempre lo consideré como algo de las revistas donde los ricos y famosos muestran sus casas de ensueño. De repente una idea me vino a la mente.

—¿Eres rico? —pregunté volviéndome a mirarlo fijamente.

—¿Quién? ¿Yo? —pareció extrañado.

—Sí, tú.

—No, no lo soy.

—Pues este piso no dice lo mismo —apostillé.

—Bueno, el piso todavía es del banco y no mío —sonrió.

—También mi piso en España es del banco y te puedo asegurar que no se parece en nada a esto —exclamé emitiendo un gran suspiro mirando a mi alrededor.

Una súbita tristeza se apoderó de mí. Sasuke y yo éramos completamente diferentes, empezando porque ni siquiera compartíamos la misma nacionalidad, pero mirando alrededor comprendí que él estaba a más de una galaxia de mi mundo real.

—¿Te has enfadado porque te gusta mi casa? —preguntó extrañado.

—No, no es eso, es, es... —estaba casi a punto de echarme a llorar. ¿Pero qué demonios me estaba ocurriendo?—. Es que esto es como un sueño. Tienes la casa que yo siempre he deseado y si vieras mi piso en España, probablemente te avergonzarías. Es tan pequeño y está todo tan... tan... aprisionado —terminé de forma ahogada.

—Vamos —me dijo cogiéndome por los hombros—, estás cansada, ha sido un día muy largo. Date esa ducha tan deseada y pediré algo para cenar. Llegué ayer de Brasil y tengo la nevera vacía. ¿Qué te apetece? —preguntó.

—Cualquier cosa —contesté yo.

—¿Te gusta la comida china? —recurrió a un clásico internacional.

—Sí, en realidad me gusta comer de todo —repliqué. No me di cuenta del error gramatical hasta que vi su gesto, entre sorprendido y sonriente.

—Quiero decir, que... que... me gusta cualquier tipo de comida, que no tengo preferencias... de... de... un chino, una hamburguesa, no sé... lo que más te apetezca a ti —terminé diciendo totalmente azorada.

—Está bien —él sonrió—. Tienes toallas en el armario del baño, utiliza lo que necesites.

Me di la ducha deseada dejando que la fuerza del agua caliente desprendiera de mí el cansancio del día y parte de la tristeza. Me sequé con toallas que tenían un leve aroma a naranja y bergamota, de suave algodón. No encontré ningún secador, así que dejé el pelo húmedo. Me vestí con una camiseta blanca de manga corta y unas mallas negras. Había olvidado las zapatillas, así que salí descalza.

Lo encontré en la cocina, entre varias cajas de cartón con serigrafía china. Se había cambiado, llevaba una simple camiseta de manga corta negra y unos pantalones de chándal, que se le ajustaban justo en las caderas. Lo observé un momento antes de hablar, mientras él sacaba platos y cubiertos de un cajón y abría las cajas. Estaba tanto o más atractivo que si llevara el traje hecho a medida. Al darse cuenta de que lo observaba levantó la vista.

—¿Mejor? —preguntó sonriendo.

—Mucho mejor, gracias. Pero no tengo zapatillas, ¿podrías prestarme unos calcetines? —levanté mi pie descalzo.

—Claro, están en el segundo cajón a la derecha, en el vestidor. Coge los que quieras. Mientras yo prepararé la cena —indicó.

Entré en el vestidor y cerré la puerta. Por un momento volví a observarlo todo con atención. En un lado, pulcramente colgados había una fila de trajes, en diversos tonos oscuros, debajo varias filas de calzado de vestir. El otro lado estaba destinado a los abrigos y la ropa más deportiva. Me dirigí a los cajones centrales y abrí el segundo, donde estaban doblados más calcetines de los que yo había visto juntos en toda mi vida. De hecho, dedicar en mi casa un solo cajón a calcetines sería extraordinario.

Cogí el primer par, unos calcetines de algodón blanco de deporte, y entonces me fijé en algo que estaba debajo, casi al fondo del cajón. Sin pensarlo siquiera, alargué la mano y lo saqué. Era un pequeño libro, no más grande que una cuartilla, de tapa de piel marrón, algo ajada, cerrado por una goma.

Sabía que debía dejarlo, no debía curiosear entre sus cosas, pero algo me impulsó a abrirlo.

Solté la goma y un pequeño papel cayó al suelo. Me senté con las piernas cruzadas y lo recogí. Era una servilleta de papel con un rostro de mujer dibujado a lápiz, en el borde unas letras negras impresas, Bar... El nombre se había borrado. Madrid. ¿Madrid? Abrí el cuaderno con curiosidad, demasiada curiosidad. Estaba escrito con la elegante caligrafía de Sasuke, con algunas palabras tachadas y algunos dibujos en las esquinas. Pasé las hojas con rapidez, temiendo que me descubriera. Paré en una señalada con un pequeño doblez en la esquina superior y empecé a leer.

Hoy la he vuelto a ver, sentada en la mesa esperando otra vez. ¿Será el tío que viene a buscarla u otra persona? Ha pedido una cerveza y ojea unas hojas escritas que lleva guardadas en una carpeta de estudiante, forrada con fotos, que no llego a ver con claridad.

Va vestida con unos Levi's de hombre, que le caen justo en la curva de sus caderas, marcando su trasero redondo, los bajos están desgastados y calza unas Converse negras. Me gustaba más ayer, con la minifalda de cuero y las botas negras. Tiene unas piernas de infarto, largas y torneadas. Debería vestir siempre con falda y no cubrirse con pantalones como si le diera vergüenza mostrarlas... Lleva una camiseta negra con unas letras impresas en blanco. No sé lo que pone, se lo tapa el pañuelo que lleva anudado al cuello, ese cuello largo y blanco, que se toca cuando está cansada. Se ha quitado la chaqueta de cuero y ahora veo la inscripción. Pone: No soy tu princesa. ¡Joder nena!, si me dejaras yo te construiría un reino.

Está impaciente. Por lo visto el imbécil vuelve a llegar tarde. Ha mirado varias veces el reloj y se hace nudos en el pelo con una rapidez que me asombra. Coge un mechón de pelo rosa, lo enreda y desenreda de forma mecánica mientras estudia. No ha levantado la vista de la mesa ni una sola vez. Ya van tres días seguidos y no me ha mirado ni una sola vez. Teclea algo en el teléfono de forma furiosa y rápida. Vaya, el imbécil va a recibir una bronca por llegar tarde. Me alegro, nadie debería dejar esperando a una chica como ella. El idiota ha llegado, apartándose el pelo rojizo del rostro. Parece que pide disculpas. Ella no se amedrenta, lo mira con furia con esos ojos que parecen querer traspasar tu alma. Al final esboza una sonrisa y termina sonriendo del todo ante un comentario del imbécil. Tiene una sonrisa que podría iluminar la noche de mis Highlands.

Se levantan. Parece que tienen prisa. Van a pasar justo a mi lado. Tiro el cigarro que estoy fumando, en mi torpeza casi le doy a ella en las zapatillas. Levanta la mirada y por primera vez me mira directamente a los ojos. Parece sorprendida, no, horrorizada sería la expresión. Se palpa la chupa de cuero cerrada buscando algo y finalmente se toca el pecho izquierdo. Yo miro hipnotizado el lugar donde reposa su mano. Ella se da cuenta y me devuelve la mirada con desprecio. Ya ha pasado. El imbécil la agarra por la cintura y mete una de sus manos en el bolsillo trasero de su pantalón, ella lleva su mano hacia la espalda de él y por un momento tengo la esperanza de que vaya a quitarse esa mano invasora de su trasero, pero, sin embargo, lo que hace es cruzar los dedos. No lo entiendo. No la entiendo, pero llevo varios días soñando con ella, se cuela en mis pesadillas y me da calma, una calma que no conseguía desde que dejé mi casa.

Dejé de leer con el corazón desbocado. Cogí otra vez el dibujo. Me resultaba familiar básicamente porque era yo, yo con dieciocho años, el pelo más rosa y más corto, pero definitivamente yo. Recordaba perfectamente al imbécil, era un compañero de clase con el que tenía que hacer un trabajo sobre los medios de difusión en papel. Siempre llegaba tarde, pero tenía una sonrisa tan simpática y una melena rojiza tan envidiable que se lo perdonaba todo, hasta que descubrí que yo no era su única compañera de estudios. Quedábamos siempre en una cafetería de la Plaza Mayor, ya que él vivía cerca, en un piso de estudiantes. En un piso donde perdí mi virginidad con él. Recordaba todo eso, pero no recordaba haber visto a Sasuke en ningún momento, ni siquiera haber pasado a su lado.

—¿Los has encontrado? —la voz de Sasuke me sacó del ensimismamiento. ¿Me habría reconocido después de tantos años? Estaba segura que sí.

—Sí, ya voy—contesté levantándome deprisa y guardando el cuaderno donde lo había encontrado.

Salí algo nerviosa, como cuando un niño ha hecho una travesura, como era el caso, y teme que lo pillen por la simple expresión de su cara. El rostro de Sasuke no me dio indicios de nada. Había preparado la mesita del salón para la cena. La luz era tenue, había puesto música y encendido la chimenea escondida en la pared frontal justo debajo de la gran tele de plasma.

—¿Cerveza? —preguntó.

—Sí —afirmé yo sentándome en el sofá de piel negra. El olor de la comida llegó a mi nariz haciéndome sentir súbitamente hambrienta. Esperé a que él también se sentara y sirviera las cervezas. Ambos nos lanzamos con igual desesperación a devorar la comida china.

—¿Quiénes son? —inquirí dirigiéndome al equipo de música.

—Albanach, un grupo folk escocés, ¿te gustan? —preguntó dando un largo trago a su bebida.

—Mucho —respondí. La verdad es que la música celta estaba empezando a ser una de mis preferidas.

—Algún día, si quieres, te llevaré a un concierto suyo —propuso.

—Algún día —respondí yo. Pero ¿cuándo? Solo me quedaba un mes de estancia y ya empezaba a echar de menos Escocia.

—¿Por qué ibas a ir a Irlanda en vez de venir aquí? —preguntó cambiando de tema. Tenía una facilidad extrema para desconcertarme y pillarme desprevenida.

Abrió otra cerveza y me la ofreció, dándome unos minutos para responder.

—Fue por mi amiga Matsuri —dije sintiendo que se me quebraba la voz.

—¿Qué ocurre con tu amiga? —inquirió con gesto serio y preocupado por mi extraña reacción.

—Ella... ella... está muerta —expresé finalmente demostrando toda la tristeza que sentía en una simple frase.

Me di cuenta de que no lo había pronunciado en voz alta nunca y hacerlo fue como admitir que lo estaba, que estaba muerta.

Él me cogió la mano y la acarició, trazando círculos con su dedo índice en mi palma. Ese simple gesto me tranquilizó y me dio fuerzas para contarle el resto de la historia.

—Nos conocimos en Madrid, cuando yo estudiaba periodismo. Compartíamos habitación en un colegio mayor. No podíamos ser más diferentes, sin embargo, finalmente se convirtió en más que una amiga, en mi hermana. Cuando terminamos el primer año íbamos a ir a Irlanda a trabajar de au pairs para mejorar nuestro inglés y para ir de fiesta, como decía ella. Yo no pude ir porque mi padre enfermó y tuve que volver a casa —paré, a esas alturas de la historia lágrimas ardientes se deslizaban por mis mejillas.

Él esperó con paciencia hasta que me serené lo suficiente para continuar con el relato.

—Ella finalmente viajó a Irlanda, allí conoció a su marido. Yo volví a casa y dejé de estudiar. Mi padre empeoró, falleció esas Navidades y tuve que ayudar a mi madre, que tenía una floristería. Pero seguimos siendo amigas, pese a la distancia y los diferentes caminos que siguieron nuestras vidas —expliqué quedamente.

Sasuke me miraba fijamente, prestando atención pero sin interrumpir. Cogí fuerzas en sus ojos ónix.

—En enero ella tuvo un accidente de coche y murió—confesé.

—Sí —contestó él—, pero hubo algo más, ¿no?

—Ese mismo día recibí un paquete en casa. Era de ella, había una carta y esto —le mostré la pulsera que no me había quitado desde que emprendí el viaje. Él la cogió y observó con cuidado.

—Un trébol, un corazón y una estrella. El trébol sé lo que significa, pero el corazón y la estrella no —pronunció suavemente.

—Ella compró dos pulseras iguales, una para cada una, para nuestro viaje a Irlanda. A veces estaba un poco loca. Según ella, nos darían suerte por el trébol de cuatro hojas y allí en Irlanda encontraríamos el amor, de ahí el corazón, con un pelinegro fogoso —me ruboricé. Sasuke sonrió.

—Pero a ti no te gustan los pelinegros, ¿o me equivoco? —preguntó con voz ronca.

—No, en aquel momento no me gustaban nada de nada —recordé lo que había leído en el cuaderno.

—¿Y la estrella?

—Ella quería ir a una pradera de Irlanda a cantar a pleno pulmón Danny Boy con su irlandés pelinegro y hacer temblar la tierra de Tara. Esas fueron sus palabras exactas —dije sonriendo entre lágrimas al recordarlo.

—¿Y tú qué querías, Sakura? —inquirió atravesándome con la mirada.

—No lo sé, supongo que acompañarla y disfrutar de un viaje diferente. Me imagino que también habrá irlandeses pelirrojos. —aduje sonriendo. Él no me devolvió la sonrisa.

—¿Qué hay de la carta?

—Ella sabía que se estaba muriendo y no quería que su familia pasara por lo que habíamos pasado nosotros con la enfermedad de mi padre, así que tomó la decisión que en ese momento le pareció la correcta. Se mató. Matsuri se suicidó —terminé, llorando con desconsuelo. Me sentía cómoda contándole todo. Escuchaba con atención y paciencia.

Sasuke me abrazó y dejó que me tranquilizara en sus brazos. Estuvimos así varios minutos. Yo me hubiera quedado toda la vida arropada por su cuerpo.

Me separé un poco y continué.

—En la carta me decía que yo estaba ahogándome, que todos lo veían menos yo y que me obligaba a cumplir la promesa que había hecho con dieciocho años, que no era sino pasar un verano en Irlanda, porque lejos de casa vería las cosas con más perspectiva, y aún estaba a tiempo de reconducir mi vida —mis palabras murieron en un suspiro.

—Y ahora me dirás que te equivocaste de avión o algo así, ¿no? Porque tanto Naruto como yo esperábamos a un tal Rodolfo —afirmó sonriendo intentando que yo sonriera a mi vez.

—Algo así. Llegué tarde a la agencia donde Matsuri había contratado el viaje, así que lo único que me pudieron ofrecer fue un puesto de camarera en un pueblo perdido de las Highlands de nombre impronunciable y aquí estoy. Cumpliendo la promesa que le hice a Matsuri —me sentía mucho más tranquila después de haber soltado toda la angustia acumulada en los últimos meses, la losa de dolor y culpabilidad que llevaba sobre mis hombros se estaba deshaciendo.

—Así que estás aquí cumpliendo una promesa.

—Sí.

—¿Te arrepientes de haber venido? —preguntó sin soltar mi mano.

—No, creo que en parte Matsuri tenía razón, solo que a veces tengo la sensación de que todo lo que estoy haciendo está mal y que tal vez hubiera sido mejor continuar mi vida ignorando aquella carta —lo dije con el corazón, porque así me sentía en realidad. Estaba viviendo aquellos meses con tanta intensidad que a veces me sentía completamente agotada y desconcertada.

—Creo que fue el destino el que te hizo llegar hasta mí —dijo suavemente y se inclinó unos centímetros. "¡Dios! ¡Va a besarme!", pensé y retrocedí un poco asustada en el sofá. ¿Por qué retrocedí? Nunca lo sabría, ya que yo deseaba más que nada que me besara.

—Mi madre diría que los caminos de Dios son inescrutables y que los míos en particular son retorcidos como el demonio —repliqué intentando que el momento romántico pasara.

—Tu madre es una mujer sabia —expresó él esbozando una pequeña mueca.

—Lo sé —afirmé—, pero ya te he desnudado mi alma. Hablemos ahora de ti. ¿Por qué te hiciste ingeniero? —pregunté cambiando bruscamente de tema.

—Bueno, de pequeño me gustaba desarmar cosas y volverlas a montar, tal vez demasiado, porque mi madre siempre se quejaba a mi padre de que algún día desmontaría la casa entera y acabaríamos los tres enterrados debajo —reí imaginándome a un pequeño azabache travieso y curioso.

—Vivíamos aquí, en Edimburgo, en la colina, en una casa con jardín. Fueron días felices —paró un momento y fue al aparador a sacar una botella de whisky, que sirvió en dos vasos. La historia se iba a complicar, pensé.

—¿Y entonces? —pregunté aspirando el dulce aroma de Escocia de mi vaso.

—Mi padre murió en unas maniobras. Era militar de alto grado. Lo mismo que mi tío, el padre de Naruto. Yo tenía once años. Creo que mi madre se vio sola y desbordada con un niño tan pequeño. Yo no me tomé muy bien la muerte de mi padre y mi comportamiento no fue lo que se dice adecuado. Empecé a tener problemas en el colegio y a enfrentarme en peleas con mis compañeros. Finalmente, mi madre me envió con mis abuelos a las Highlands, ellos me criaron. Mi madre solía venir en verano. Se casó al poco tiempo, creo que mis padres no se amaban, él pasaba mucho tiempo fuera y ella se sentía demasiado sola aquí —pude notar la tristeza que denotaba su voz y quise abrazarlo y acunarlo como hacía con Akane cuando tenía algún problema.

—¿Dónde está tu madre ahora? —inquirí curiosa, nunca la había oído mencionar.

—Vive con su tercer marido, sí, se volvió a divorciar, en la Toscana. Él es un diplomático inglés retirado. Una o dos veces al año voy a visitarlos, pero me siento como si no fuera mi madre, como si no hubiera ningún lazo de sangre entre nosotros. Por eso me extraña y me admira cómo hablas de tu hija, el amor que le profesas, lo importante que es ella para ti —dijo mirándome fijamente.

—Lo es, no hay palabras que sirvan para describir lo que una madre siente por un hijo —contesté, pero siempre habría madres desnaturalizadas y yo desde ese momento odié a su madre, porque no podía comprender cómo había abandonado a su hijo de ese modo. Porque en realidad lo había abandonado para seguir su vida, sin importarle nada más. Yo era algo que jamás podría hacer. Algo a lo que no podría renunciar. De eso estaba segura.

—De todas formas fui feliz en Drumnadrochit, muy feliz, estudié allí la secundaria y entré con una beca en St. Andrews. Volví a casa ese verano y ocurrió lo de Hotaru. Luego mi madre volvió de la Toscana y entre ella, mi tío que tiene bastante influencia y mis abuelos decidieron que lo mejor sería que me fuera un año lejos de Escocia. Yo lo único que decidí fue el lugar, tenía claro que tenía que ser España, siempre me había fascinado ese país y sus edificios —hizo una pausa en su relato. ¿Estaría pensando que me había conocido en Madrid? No lo sabría nunca. Sasuke guardaba un completo dominio de sus facciones y era muy difícil saber qué pensaba en cada momento.

—¿La querías? —pregunté sin mencionar su nombre. Él supo a quién me refería.

—En ese momento creía que sí. Íbamos a tener un hijo y eso para mí era lo primordial. No me importaba dejar de lado todo lo que quería ser para poder darle un hogar a mi hijo, pero ella no lo tenía claro, como ya sabes —se pasó la mano por el pelo, lo que hacía cuando algo le preocupaba—. De todas formas —continuó— cuando regresé de España estaba decidido a cumplir mi sueño. Me matriculé aquí en Edimburgo en la Facultad de Ingeniería y me saqué el título. No pude entrar en el ejército en el cuerpo de ingenieros por el asunto de Hotaru, pero empecé a trabajar a los pocos meses, en la misma empresa que ahora dirijo. Uno de los socios era mayor y se jubiló hace dos años. Yo compré su parte de la empresa, ahora somos Noble & Uchiha Associates, lo que me da bastante más libertad para elegir los proyectos y para viajar a las Highlands con más frecuencia —terminó.

—Vaya, entonces ya tienes todo lo que deseas.

—No todo. Me falta lo indispensable —respondió él mirándome fijamente.

—¿El qué? —pregunté yo con voz ronca.

—Una esposa, unos niños, un perro y una casa en las afueras —declaró él riendo.

Yo reí a su vez, pero no con demasiado entusiasmo. A veces parecía que se acercaba tanto que ardía, para luego separarse hasta el Polo Norte.

—Pero estoy en ello —afirmó súbitamente serio.

—¿Samui? —aventuré yo.

—No, entre Samui y yo no hay nada, solo es una amiga —contestó rápidamente apurando el vaso de whisky. Pude notar que el rubor le subía por el cuello, sin embargo, no alcanzó su rostro, lo que me hizo pensar en otra cosa.

—Eh... yo... —tartamudeé—. Creo que me voy a acostar. Parece que... se ha hecho algo tarde... y estoy muy caliente.

—Mufmfm —ese gruñido otra vez que brotaba de su garganta y me atravesaba como una lanza.

—Quiero decir —exclamé levantándome, ¡maldita sintaxis inglesa!—, que hace calor, mucho calor aquí.

—Está bien —asintió él también levantándose algo reticente.

Me acompañó a la habitación.

—Buenas noches, Cerezo —susurró— que tengas dulces sueños.

—¿Tú también te vas a acostar? —pregunté.

—No, yo voy a darme una ducha —dijo alejándose—. Fría —añadió cerrando la puerta del baño.

Entré en mi habitación y encendí la luz de la mesilla. Me quedé un momento mirando la noche escocesa por la ventana, deseando tener la valentía de meterme con él en la bañera. Pero todavía no estaba preparada, ¿o sí? Para cuando terminé de decidirme, oí la puerta del baño y que se metía en su habitación. El romance había terminado.

Me acosté e intenté memorizar este día como uno de los mejores de mi vida, exceptuando claro que había estado colocada hasta la mitad de la tarde y que había prendido fuego a un hotel.