Capítulo 16

Otra vez no...


Al día siguiente desperté con el olor del café recién hecho, que me hizo recordar la casa de mis padres, mi hogar. Me desperecé y me giré para seguir durmiendo solo un poco más. Unos tibios golpes en la puerta terminaron de despertarme. Me incorporé en la cama bostezando.

—Pasa —dije con voz ronca.

Sasuke entró vestido con pantalones cortos, deportivas y una camiseta. Pero lo que verdaderamente me llamó la atención fue que llevaba una bandeja llena a rebosar con varios platos de dulces, huevos revueltos, beicon y tostadas, y una taza humeante del café que antes había olido. Me reí, entre los dientes llevaba sujeto precariamente un jazmín blanco.

—Pareces un payaso —exclamé en tono de chanza.

—Gracias por tu amabilidad —pronunció entre dientes, pero percibí cierto tono simpático.

Depositó la bandeja sobre mis piernas y yo cogí la taza aspirando su aroma como si fuera opio. Me ofreció el jazmín y yo lo miré interrogante.

—¡Feliz cumpleaños! —se inclinó y me dio un casto beso en los labios que me dejó temblando por dentro.

—¿Despiertas así a todas las chicas que se quedan a dormir contigo? —inquirí ruborizada por el beso y el regalo.

—No, solo a las que cumplen años. ¿Por qué no habías dicho nada? —preguntó.

—No me gustan los cumpleaños. No tiene nada que ver con cumplir años, sino con la sensación de que ese día eres el centro de atención lo quieras o no, y eso me pone bastante nerviosa —contesté yo. Sobre todo me ponía nerviosa él.

—Bien, pues hoy vamos a cambiar eso en tu vida, ¿de acuerdo? Hoy vas a decidir todas y cada una de las cosas que quieras hacer. Si no quieres coger el teléfono no lo vas a hacer y si quieres que ignoremos que eres un año más vieja —le hice un mohín—, lo haremos.

Él sonrió.

—¿Qué decides? Hoy estoy a tus órdenes.

—Desayuna conmigo, esto es algo fácil de cumplir, ¿no?

Él se olió la axila y yo lo miré extrañada.

—Acabo de llegar de correr y estoy bastante sudado, ¿no te importa?

—En absoluto —afirmé, mi aspecto tampoco era precisamente perfecto, seguro que tenía los ojos hinchados y el pelo revuelto. Si a él eso no le importaba, a mí el olor tenue a sudor limpio, tampoco.

Miré la bandeja indecisa, todo parecía delicioso y recién hecho. ¿A qué hora se había levantado para tenerlo todo previsto?

—¿Qué te apetece? —preguntó sentándose frente a mí en la cama.

—Todo —aseveré.

Él rio.

—Pues adelante, yo me quedaré con las sobras.

Empecé sorbiendo el café caliente, que sabía a gloria, luego ataqué un pastel relleno de crema de manzana, después seguí con los huevos revueltos y el beicon, terminando con una tostada con mantequilla.

Levanté la vista por primera vez desde que había comenzado a desayunar. Su rostro era divertido y a la vez había en él un gesto de incredulidad.

—No has hecho dieta en tu vida, ¿verdad? —preguntó.

Yo lo miré con los ojos entrecerrados.

—¿Crees que estoy gorda? —inquirí algo molesta.

—No, no es eso —descartó el asunto con un gesto de la mano— es que da gusto ver a una mujer comer sin estar contando las calorías que ingiere.

—Bueno, conmigo ese problema no creo que lo tengas nunca. La verdad es que jamás he hecho dieta, me gusta la comida y disfruto con ella. Creo que mi habitual nerviosismo ya se encarga de que no engorde, eso o es que tengo una genética envidiable. Las famosas dirían —puse voz aguda— que beben mucha agua y duermen ocho horas diarias. Yo nunca he podido hacer ninguna de esas dos cosas y aquí estoy —repuse con una mueca.

Él seguía riendo a carcajadas.

—Eres la mujer más extraña que he conocido nunca —exclamó de repente.

—Gracias por tu amabilidad —le contesté atacando el segundo pastelito de manzana.

—¿Te ha gustado el jazmín? —preguntó con voz extraña, señalándolo sobre la cama donde reposaba la tierna flor, que ya comenzaba a marchitarse, arrancada bruscamente del sustento de su tallo.

—Sí, claro. Es una flor preciosa y sumamente delicada —contesté. No le mencioné que tenía especial aversión a que me regalaran flores, más que nada porque la mayoría de las veces querían demostrar un amor desmedido y, sin embargo, lo que mostraban era la misma fragilidad de ese amor marchitándose a los pocos días. Eso me dejaba con una sensación de futilidad que odiaba.

—¿Sabes lo que significa? —exhortó de forma directa.

—Creo que sí. Amistad, ¿no? —le respondí mirándole a los ojos.

—No es eso lo que me han dicho en la floristería, pero también puede servir —comentó en voz baja meditando la respuesta.

Yo le había mentido descaradamente, el jazmín significaba "amor voluptuoso, quiero ser todo para ti". Había trabajado demasiado tiempo rodeada de flores. Pero desde luego no se lo iba a decir. Aunque miré con especial cariño mi flor blanca.

Cuando terminamos de desayunar, él fue a ducharse y yo me cambié de ropa. Me puse un vaquero desgastado y un jersey de cuello cisne negro. Abrí la ventana para ventilar, el aire frío me golpeó el rostro.

Hice la cama y cuando creí que ya había pasado suficiente tiempo me dirigí al baño, pegué la oreja a la puerta y como no oí nada entré sin llamar.

—¡Joder! —exclamé viéndolo salir de la ducha tapándose con una minúscula toalla negra—. ¡Lo siento mucho! Creí que ya no había nadie —dije volviéndome para golpearme en el rostro contra la puerta—. ¡Ay! —
retrocedí frotándome la frente.

—Tranquila, Cerezo, no creo que vayas a ver nada que no hayas visto antes —dijo riéndose.

Y era cierto, pero no de él. Había visto más de lo que quería, pero menos de lo que deseaba. Su cuerpo esbelto y atlético desnudo, cubierto por pequeñas gotas que le caían del cabello mojado, haciendo que este adquiriera un color negro intenso.

Me volví tapándome los ojos con las dos manos, pero dejando espacio entre los dedos para observar mejor.

Él se había anudado la toalla a la cintura y estaba frotándose el pelo con otra toalla, mandando gotas de agua en todas direcciones. Oí su risa, que se convirtió en carcajadas.

—Volveré un poco más tarde —acerté a decir totalmente azorada.

—Vamos, Sakura, que no pasa nada. Solo voy a afeitarme —dijo.

Aparté las manos de mis ojos, observando su mirada oscura, con esa expresión risueña tan característica en él, como si algo que los demás desconocíamos le divirtiera. Ahora estaba claro que quién le divertía era yo.

Me puse a su lado frente al espejo. Quería lavarme los dientes, pero me parecía un acto tan íntimo que simplemente revolví los objetos de mi neceser buscando algo más simple. Cogí la crema hidratante y comencé a esparcírmela por la cara.

—¿Por qué te vas a afeitar? A mí me parece que estás bien así.

Le había crecido la barba desde el día anterior, pero solo lo suficiente como parecer algo... busqué la palabra exacta. Peligroso, eso era, tenía un aspecto peligroso.

—Me afeito porque tienes la piel tan delicada que puedo hacerte daño —replicó sacando el bote de espuma de afeitar del armario.

—¿Qué? —contesté sin entender.

Él suspiró.

—Dos días después de que Naruto te besara todavía tenías rosetones alrededor de la boca —explicó. Levantó mi jersey hasta la altura del codo y frotó su barba contra mi piel blanca.

—¿Ves? —explicó. Lo veía claramente, un surco rojizo se estaba formando en mi antebrazo. ¿Era una insinuación de que me iba a besar? El corazón comenzó a martillearme en el pecho. Él hizo caso omiso y se frotó la barba con la espuma de afeitar y cogió una cuchilla.

Ver a un hombre afeitarse es de lo más erótico, sobre todo si ese hombre es guapo, seguro de sí mismo y está observándote a través del espejo con unos profundos ojos negros.

Yo comencé a maquillarme ignorando su mirada.

—¿Por qué te maquillas? —preguntó con medio rostro afeitado.

—Porque... porque... ya no sé salir de casa sin algo de maquillaje —dije finalmente.

—No lo necesitas, tu piel está mejor sin nada en la cara —contestó.

—Está bien —claudiqué y salí del baño en dirección a la habitación. Antes pasé por la cocina y me lavé los dientes en el fregadero. No era algo muy habitual, pero cuando estaba cerca de él, hacía cosas bastante extrañas. Una vez en la habitación saqué un pequeño espejo de mi bolso y aunque no me maquillé del todo, sí me apliqué rímel y algo de brillo en los labios. Al fin y al cabo era mi día y decidía yo.

La primera llamada que recibí fue la de mi madre.

—¡Mami, felicidades! —oí la voz de Akane.

—Gracias, cariño —contesté y oí como soltaba el teléfono que rebotó en el suelo y un pequeño grito de mi madre.

—Cariño —oí que decía—. ¿Estás ahí?

—Sí, aquí estoy—dije riendo.

—¡Felicidades!

—Gracias por acordarte —contesté yo.

—¡Cómo no me voy a acordar si me tuviste cuarenta y siete horas de parto y sin anestesia! ¡Como para olvidarlo! ¿Cómo estás? —rio ella.

—Muy bien. Estoy en Edimburgo haciendo algo de turismo.

—¿Estás sola? Oigo otra voz—replicó ella con la mosca detrás de la oreja.

—Sí —mentí descaradamente—, es la radio.

En realidad era Sasuke cantando ¿cantando? desde su habitación una melodía en gaélico que no reconocí.

—¡Akane, no toques eso! Te dejo cariño, pásalo muy bien y cuídate. Y come bien, recuérdalo.

—Lo haré, si vieras lo que he desayunado...

—Espero que fuera solo comida —respondió ella.

Yo me quedé sin aliento.

—Es una broma cariño, solo eso. Te quiero. Ya volveré a llamar —contestó riéndose.

—Yo también. Adiós.

Me quedé pensando que cuando yo le decía a mi hija que las madres tenían ojos mágicos que lo veían todo para evitar que hiciera travesuras no era solo un juego. Mi madre estaba empezando a asustarme.

Permanecí en el salón esperando a que Sasuke terminara de vestirse. Me acerqué a la enorme biblioteca que adornaba una de las paredes, lo mismo que en su casa de las Highlands. Le gustaban los libros y leer, varios ejemplares estaban gastados por el uso y había de todos los temas, desde ficción hasta historia, pasando por tratados de ingeniería. Cogí uno de la historia de Escocia y me senté en el sofá a hojearlo. Las imágenes eran espectaculares.

—¿Ves algo que te gusta? —preguntó rompiendo mi ensimismamiento.

—Sí —mostré una gran sonrisa—. Me habías dicho que hoy podía elegir lo que quisiera.

—¿Sí? —inquirió él algo temeroso.

—Pues primero me gustaría ver Holyrood y después subir hacia las Highlands y pernoctar en un castillo. ¿Puedo? —lo dije con tanta emoción en la voz que no pudo negarse.

—Claro, no creo que sea muy complicado —contestó. Parecía más relajado. ¿Qué demonios había pensado que le iba a pedir? Abrió el ordenador portátil y tecleó buscando algo.

—¿Qué haces? —quise saber asomándome sobre sus hombros.

—Estoy intentando reservar una habitación en el Glenbroch Castle Hotel, ¿te gusta? —se apartó para mostrarme la foto en la pantalla.

—Me encanta. ¿Podría ser? —dije observando un magnífico castillo encuadrado entre bosques tupidos junto al Loch Oich. Había leído que este tipo de alojamientos no tenían muchas habitaciones, más o menos de diez a quince por castillo.

—Lo intentaré —cogió el teléfono y se apartó para hacer unas llamadas.

Llegó a mi lado al cabo de unos minutos con expresión contrita.

—No hay habitaciones, ¿verdad? —pregunté súbitamente decepcionada.

—No, sí que hay. Quedaba una, la última, que he podido reservar ¡por San Mungo! —dijo observándome con cuidado.

¿San Mungo? ¿Y quién era ese? ¿El patrón de las habitaciones perdidas?

—¿Una? —murmuré algo trémula. Había esperado que por lo menos esa noche pudiéramos dormir en habitaciones separadas. Tenerlo tan cerca suponía un exceso de control por mi parte que me estaba crispando los nervios—. Bueno, si no hay otra cosa, cógela —afirmé todavía dudando.

—Ya la he reservado —dijo simplemente.

Yo lo miré entre sorprendida y expectante.

—Querías dormir en un castillo, ¿no? —esbozó una sonrisa pícara.

—Sí —le dije sin amedrentarme—, pero quiero algo más —comenté al descuido volviéndolo a sorprender.

—¿Qué? —entrecerró los ojos.

—¿Tienes moto?

—Sí.

—Pues me gustaría hacer el viaje en moto, ¿es posible? —pregunté.

—Sí, eso es perfectamente posible, pero necesitaremos algo más —explicó dirigiéndose al vestidor. Sacó dos cazadoras de motorista y dos pares de guantes.

Se puso una y me ofreció la otra. Me quedaba enormemente grande y ni siquiera intenté ponerme los guantes, solo en uno de ellos me cabrían las dos manos.

Me observó un momento cabeceando.

—Está bien, no lleves los guantes, pero la cazadora te la quedas, no quiero ningún percance más —dijo avisándome de antemano.

—A sus órdenes —respondí levantando la manga que pasó a través de mi cabeza cayendo por el otro lado.

Sasuke rio y salimos en dirección al garaje. En la plaza contigua a la de su vehículo descansaba una moto BMW de carretera. Era una pieza sólida metalizada en negro, rápida y elegante. Metimos nuestras escasas pertenencias en las alforjas y montamos. Esta vez no miré donde podía sujetarme, directamente me abracé a su cuerpo y salimos por la empinada cuesta al bullicioso tráfico de Edimburgo.

Nos dirigimos a Holyrood y aparcamos la moto lo más cerca posible del palacio, frente al Parlamento. Como había hecho el día anterior, pagó la entrada y me ofreció una completa explicación de la historia del lugar, la residencia oficial de los reyes escoceses, entre ellos María Estuardo, tal vez la más conocida para los extranjeros como yo, debido a que acabó siendo asesinada a instancias de su prima Isabel I, reina en ese momento de Inglaterra. Curiosamente, ambas descansaban en el mismo panteón real en la Abadía de Westmister, en Londres. También fue la última residencia de Bonnie Prince Charles, el último pretendiente al trono escocés, antes de que Escocia perdiera para siempre su independencia. Me habló de pasadizos y túneles misteriosos, de fantasmas que habitaban sus salas y pasillos con tanta credibilidad que hasta creí ver uno vestido con un kilt entre las ruinas de la Abadía Agustina, iluminada tenuemente por la bruma matinal.

Almorzamos algo en un pub cercano y emprendimos viaje hacia el norte. Nunca había estado encima de una moto tanto tiempo como para saber si podría marearme, pero el solo contacto con su cuerpo y el tibio aroma que emergía de su cuello, junto con el viento de frente, disipó todas mis dudas. Me encontraba perfectamente, no había ni rastro de mareo.

Hicimos varias paradas, para observar el paisaje, en algunos lagos y en el valle de Glencoe, donde me explicó uno de los pasajes más viles y trágicos de la historia escocesa, cuando treinta y ocho miembros del clan Macdonald fueron asesinados por sus invitados, provenientes del clan Campbell la noche del trece de febrero de 1692. Otras cuarenta mujeres y niños murieron en los siguientes días de frío e inanición después de que fueran quemadas sus casas. Me estremecí parada a un lado de la carretera, observando el inmenso valle, coronado por las colinas llamadas "Las Tres Hermanas", iluminadas por la luz del atardecer, creyendo escuchar los gritos angustiosos de aquella gente cruelmente asesinada. Empezaba a entender un poco más el carácter fuerte y orgulloso de aquella raza de hombres, acostumbrados desde siempre a la lucha y la defensa de su tierra y de su libertad.

Cuando estaba comenzando a anochecer, llegamos a nuestro destino final, el Glenbroch Castle Hotel. Entramos por un camino de grava, disfrutando del paisaje de alrededor, tan tupido, lleno de bosques desde los que llegaba la fragancia a tierra mojada y naturaleza en estado salvaje, asombrándome una vez mas de los contrastes de esa tierra.

Sasuke aparcó la moto en un garaje escondido entre los jardines y nos dirigimos a pie a la recepción. Me dio la reserva protegida por una funda de plástico, mientras él discutía con el botones, que se empeñaba en cargar nuestras dos pequeñas mochilas en un carro dorado hasta nuestra habitación. Riéndome me enfrenté a la recepcionista.

—Buenas noches —dije entregándole la reserva.

—Buenas noches —contestó ella consultando el ordenador—, señora Uchiha. Tienen la suite nupcial. ¿Están de luna de miel?

—Oh, no soy la señora Uchiha —respondí, regodeándome en lo bien que sonaba esa expresión. ¿Suite nupcial?

—Lo siento —respondió ella fijando su mirada en mi alianza de oro que rodeaba mi dedo anular.

—Estoy casada, pero no con él —señalé al gigantesco pelinegro. Por su gesto sorprendido aunque discreto me di cuenta que no lo estaba aclarando mucho.

—Ah, bueno —dijo ella clavando la mirada en la pantalla del ordenador.

—Es mi jefe y este es mi regalo de cumpleaños —expliqué. Ella levantó la mirada un instante de la pantalla y pude observar cómo el rubor le subía desde el cuello hasta la frente. Vaya, cada vez lo estropeaba más.

—Un bonito regalo —añadió ella cortésmente.

—Sí, es una pena que no quedaran habitaciones libres —contesté yo.

—Esta mañana teníamos dos más libres, pero se reservaron casi a la vez que la suya.

Una idea me vino fugazmente a la cabeza y no pude contener el preguntar.

—¿Me puede decir quién las ha reservado?

—No, lo siento, no le puedo dar esa información —dijo.

—Bien, ¿ni siquiera me puede decir si fueron reservadas a nombre de Noble & Uchiha Associates? —pregunté.

Ella no contestó, pero un simple gesto que agrandó sus pupilas un milímetro respondió a mi pregunta. ¡Maldito escocés engreído! Conque esas teníamos, ¿eh?

Ella me entregó la llave con gran rapidez, deseando que yo desapareciera lo antes posible. Pero antes tenía una última pregunta.

—¿Podría decirme quién es San Mungo? —inquirí recordando la curiosa expresión de Sasuke esta mañana.

Pareció relajarse.

—Es el santo patrón de Glasgow —aclaró.

—¿Solo eso? —volví a inquirir fijando mi mirada en su rostro.

Noté que se ruborizaba y finalmente contestó con voz ahogada.

—También se le conoce como el patrón de las mujeres infieles —afirmó terminando casi en un susurro.

Yo estaba enfadada, muy enfadada. Volví mi mirada hacia el escocés furibundo que seguía agarrando su mochila como si llevara el oro escocés perdido en la guerra de independencia.

—Gracias, ha sido de mucha ayuda —contesté a la amable recepcionista frunciendo los labios.

—Qué pase una feliz noche —al decir esto se atragantó, carraspeando y disculpándose a la vez.

—Tenga por seguro que yo la pasaré. En cuanto a él, no sabría decirle —respondí dejándola otra vez roja como un tomate.

Me dirigí hacia Sasuke que seguía discutiendo con el pobre botones, un chico joven, que lo único que intentaba era hacer su trabajo. Cogí la mochila de su mano y le ofrecí mi mayor sonrisa.

—No hace falta que las suba, lo haremos nosotros —dije—. No obstante, el señor Uchiha le dará una buena propina por su intensa amabilidad.

Sasuke me miró enarcando una ceja, pero sacó de la cartera un billete de veinte libras que dejó al joven contento y asombrado.

—¿Estás enfadado? —pregunté mientras subíamos las escaleras principales forradas por una alfombra granate.

—No, no es nada —contestó brevemente. Por su tono noté que estaba algo nervioso. ¿Habría escuchado la conversación con la recepcionista? Su rostro era una máscara impenetrable, cuando quería ocultar algo lo hacía muy, muy bien.

Nuestra habitación estaba en el torreón izquierdo con vistas al valle y a los jardines. En cuando abrí la puerta me quedé asombrada y extasiada. El hotel era lujoso y en cada esquina asomaba la antigüedad y elegancia que en tiempos de la nobleza había atesorado. Las paredes eran de piedra vista, lo que hubiera provocado una sensación de frialdad y, sin embargo, quizá ayudadas por la chimenea encendida, ofrecían una sensación de cálido y confortable refugio.

En el centro de la estancia, muy amplia, más de cincuenta metros, había una enorme cama con dosel de madera maciza de la que colgaban cortinas de terciopelo marrón haciendo juego con la colcha de los colores de los valles de Escocia. Al fondo, un pequeño saloncito con un sillón estilo Luis XVI y una mesita de madera con patas en forma de garras. Todo ello iluminado por una ventana que circundaba el torreón haciendo que la luz entrara desde diferentes puntos a la vez, creando un juego extraño y mágico de luces y sombras. Entré en el baño a curiosear. Era inmenso, una bañera de hidromasaje con ducha y un amplio espejo con varias cestas con productos de aseo. Era todo precioso, tenía que reconocer que Sasuke tenía un gusto exquisito. Me pregunté si habría llevado a otras mujeres a ese sitio. Aparté ese pensamiento rápidamente de mi mente, era mi cumpleaños y no quería que nada lo estropease.

—¿Te gusta? —preguntó asomándose al baño.

—Me encanta —respondí sonriendo, casi se me había pasado el enfado por la treta de las habitaciones.

Mientras sacábamos algo de ropa de las maletas yo me senté en el sillón Luis XVI y comencé a responder a todas las llamadas y mensajes que tenía.

Uno en especial me hizo sonreír, era de Konan:
Felicidades tesoro. Este cabezón sigue sin querer salir, le doy tres días, si no lo sacaré yo con las tijeras de podar si es necesario.

Había también una llamada de Gaara, decidí contestarla.

—Gaara —dije cuando oí su voz.

—Sakura, ¿qué tal? Felicidades. ¿Lo estás pasando bien por la tierra de las brujas y los duendes? —preguntó. Parecía cansado, pero el deje triste estaba empezando a desaparecer.

—Muy bien, la verdad —contesté.

—¿Qué planes tienes para esta noche? ¿Saldrás de fiesta a celebrarlo? —inquirió.

—No lo sé, está todavía por decidir —dije mirando a Sasuke, que me observaba con curiosidad. A veces olvidaba que también entendía mi idioma.

—Pues ya sabes lo que diría Matsuri...

—Sí, lo sé. No hagas nada que yo no haría, lo que te deja un amplio margen de actuación —ambos reímos.

La expresión de Sasuke era de tal autosuficiencia que me dieron ganas de borrarle de un puñetazo aquella maldita sonrisa.

Nos despedimos con un beso y colgamos.

—¿Quién es Gaara? —preguntó Sasuke.

—El viudo de Matsuri —contesté con la mirada perdida. Cuánto me hubiera gustado que estuviera viva para poder contarle todo.

Sasuke, notando mi súbito abatimiento, se acercó a mí y comenzó a masajearme los hombros. No estaba acostumbrada a pasar tantas horas sobre una moto y estaba empezando a sufrir las consecuencias. Él en cambio, estaba tan fresco y ágil como siempre.

Recordando mi intención inicial le dije:

—Creo que este es un sillón muy cómodo para que tú duermas aquí esta noche, porque supongo que serás un caballero y me dejarás la cama, ¿no? —inquirí mirándolo con ojos inocentes.

Él apartó rápidamente las manos de mis hombros y se puso frente a mí, con las piernas un poco separadas y los brazos cruzados sobre el pecho.

—¿Cómo? —preguntó—. Creo que no he entendido bien. ¿Quieres que duerma en eso? —señaló el pequeño sofá, en el que yo apenas cabía con las piernas dobladas.

—Bueno —murmuré batiendo mis pestañas—, si lo prefieres puedes dormir en el suelo, está enmoquetado, no creo que pases frío.

—Ni lo sueñes —masculló enfurecido.

—¿Ah, no? —respondí yo sin inmutarme.

—Dormiré en la cama —afirmó rudamente—. Contigo —añadió como en un descuido.

—¿Vas a dejarme dormir en el suelo? —pregunté ignorando la última palabra.

—No, por supuesto que soy un caballero, dormirás en la cama. Conmigo —volvió a añadir.

Ambos enfrentamos nuestras miradas enfurecidas, calibrando quién ganaría esa noche.

—Muy bien —le dije finalmente—, dormiré en la cama, pero te advierto que doy patadas y ronco.

Sasuke sonrió, no estaba acostumbrado a perder.

—No roncas y ya me aseguraré yo de sujetarte las piernas —expresó poniendo punto y final a la discusión.

Yo bufé. ¡Ja! ¡Lo llevaba claro! "La venganza se sirve en plato frío", pensé. Lo que tenía que decidir era si de verdad me quería vengar.

Llamaron a la puerta, lo miré inquisitiva. ¿Esperaba a alguien? Él no pareció sorprendido y acudió a abrir. Allí estaba el joven botones portando tres bolsas de cartón primorosamente decoradas. Esta vez recibió otra cuantiosa propina del ya menos malhumorado escocés.

—¿Qué es? —pregunté acercándome a la cama, que era dónde las había depositado.

—Tu regalo de cumpleaños —dijo sonriendo ampliamente.

Sobre la cama reposaban tres bolsas con los anagramas de tres firmas internacionales de moda.

Lo miré entrecerrando los ojos. ¿Qué se proponía?

—¿Recuerdas cuando te quedaste enganchada en una valla el mes pasado? —preguntó suavemente pasándose la mano por el pelo.

—Sí —lo recordaba perfectamente. ¡Cómo para olvidarlo!

—Bueno, me dijiste que si te rompía el pantalón me lo harías pagar. Un pantalón de deporte me ha parecido poco regalo y como sabía que no tenías nada para ponerte para la cena de esta noche le he hecho un encargo a mi asistente personal esta mañana, que ha cumplido a la perfección. Igual le tengo que subir el sueldo —expresó con gesto pensativo—. Espero haber acertado y que te guste —explicó ofreciéndome las bolsas con una sonrisa.

Abrí primera bolsa con cuidado y desenvolví con diligencia lo que parecía un vestido envuelto en papel de seda. Lo cogí entre mis manos y lo dejé estirado a un lado de la cama. Era realmente precioso. Un vestido de cóctel negro, entallado y de palabra de honor, sobre el que estaban cosidas unas delicadas plumas de caribú tapando lo que parecía un generoso escote. Ahogué una exclamación de alegría, nunca me habían regalado algo tan precioso. Abrí la segunda bolsa, eran unos zapatos de salón a juego, con un tacón de aguja vertiginoso y la suela en un rojo carmesí, marca de la casa. La tercera bolsa me dio un poco de miedo. ¿Ropa interior? Saqué con cuidado el exquisito paquete envuelto en papel brillante satinado, lo desenvolví para encontrarme con un corpiño de seda y encaje negro con liguero, un tanga y unas medias de cristal con un ribete de seda a juego.

Me volví hacia él con expresión de circunstancias en la cara.

—¿Qué pretendes Sasuke? —inquirí con una mezcla de expectación y enfado en la voz.

—Hacerte feliz. ¿Lo he conseguido? —tenía el gesto de un niño, un joven anhelante y dispuesto a complacer.

—Esto —dije señalando la cama— es demasiado.

—No lo es. Para ti no. Este hotel es bastante sofisticado y estaba seguro de que no te sentirías cómoda bajando a cenar en vaqueros y zapatillas. Así que como sabía que no habías traído nada adecuado se me ocurrió regalarte algo que te hiciera sentir especial —explicó con algo de duda en su voz.

—Está bien. Me ha gustado mucho. Demasiado —afirmé, me acerqué a él y le di un beso en la mejilla —gracias. Es lo más bonito que me han regalado nunca —susurré a su oído.

Él se acarició la mejilla dónde había posado mis labios y noté que un pequeño rubor surgía de su cuello y como siempre paraba antes de llegar a sus mejillas.

—Me ducharé yo primero. Y luego te dejo el baño a ti para que te prepares. ¿Qué te parece? —preguntó algo azorado. ¿Lo había puesto nervioso? Era muy difícil hacer que ese hombre mostrara algún tipo de emoción.

—Perfecto —contesté sentándome en un hueco de la enorme cama.

Esperé solo unos minutos a que él saliera del baño. Estaba viviendo un sueño del que no quería despertar. Un sueño demasiado perfecto y eso me daba miedo. Un miedo aterrador que me encogía el estómago.

Salió vestido solo con unos bóxer grises de Calvin Klein, que, por supuesto, le quedaban como un guante en aquel trasero musculoso. Lo observé con más atención que esa misma mañana en su baño. Apenas tenía pelo en el torso, solo un pequeño remolino rizado en los pectorales, un torso firmemente esculpido y unos abdominales cincelados que terminaban en unas largas piernas cubiertas por suave vello oscuro. No estaba depilado. Odiaba a los hombres depilados. Él se dio cuenta de mi escrutinio.

—Me he dejado la ropa fuera —dijo simplemente encogiéndose de hombros. ¡Maldito sea! Estaba dándome una de cal y otra de arena, bailando una extraña danza de seducción.

Cogí mis regalos, mi neceser y entré en el baño a arreglarme. Me duché con calma dejando que el agua se deslizara por todo mi cuerpo, demorándome más de lo debido, con miedo a salir. Me sequé y me perfumé el cuerpo. Me puse el corpiño, el tanga y las medias con sumo cuidado. Ajusté cada pequeño enganche y lo giré sobre mi cuerpo hasta que estuvo en la posición correcta. Luego hice lo mismo con el vestido. Ni muerta le iba a pedir que me ayudara a subirme la cremallera.

Me miré al espejo y puse especial cuidado en maquillarme. Incluso me pinté los labios de un rojo carmesí, el vestido lo exigía. Me dejé el pelo algo húmedo para que se me rizara alrededor del rostro.

Me alejé un paso, apenas reconocía a la mujer que me miraba desde el otro lado del espejo. ¿Esa era yo? ¿Dónde había quedado la tímida y gris Sakura de siempre? El vestido me quedaba como un guante, cómo había averiguado mi talla correcta era todo un misterio. Se ajustaba a cada curva de mi cuerpo y, sin embargo, no caía en lo chabacano, sino que era lo más elegante que había llevado nunca. El corpiño incluso realzaba mi pecho haciendo que dos medias lunas asomaran por el escote.

Salí tímidamente del baño, poco acostumbrada a andar sobre esos altos tacones. Él estaba en la salita, mirando por la ventana. Se había puesto un traje negro y tenía las manos metidas en los bolsillos del pantalón. Se volvió al oírme y una sonrisa le cubrió el rostro.

Se acercó despacio y me cogió de una mano, haciéndome girar. Luego se paró frente a mí y se asomó a mi escote. Yo retrocedí un paso.

—¿Qué haces? —pregunté tapándome con una mano.

—Desde mi altura puedo verte hasta el liguero. No quiero ni imaginar las vistas que tendrá el camarero. Si hubiera sabido que te iba a quedar así te habría comprado también una toquilla o una chaqueta o una rebeca, no sé, algo que te tapara más —su mirada era de frustración.

—Sí, un traje de neopreno hubiera sido ideal, pero poco apropiado, ¿no crees? —le sonreí.

Él puso los ojos en blanco. Luego bajó la mano y la pasó por mi cintura.

—Vamos. La cena nos espera. Pero procura no respirar demasiado, cada vez que lo haces tu pecho se hincha como si fueran dos peces globo queriendo saltar por la borda —suspiró fuertemente.

Yo lo miré boquiabierta, pero no dije nada.

Ambos bajamos abrazados hasta el restaurante.
Nos acomodamos en una mesa para dos con velas en el centro. El restaurante era pequeño, íntimo, iluminado con luces tenues y con la elegancia que caracterizaba al resto del hotel. Había varios comensales más y al entrar observé miradas apreciativas hacia mí por parte de los hombres y de envidia de las mujeres. Sentía que flotaba en un ambiente de felicidad absoluta. Todo era perfecto. Hasta el servicio con un cuidado exquisito.

Sasuke pidió carne a la brasa, yo salmón salvaje sobre cama de verduras de temporada. Estaba delicioso. Lo acompañamos con vino de borgoña, un tinto para él y blanco para mí. Comimos en amigable conversación mientras mi mente daba vueltas una y otra vez a lo que sabía que acabaría pasando en nuestro torreón. ¿Estaba preparada para dar el paso? Lo observé mientras comentaba algo sobre el vino con el camarero, su gesto serio y a la vez esos ojos hipnóticos, el rizo que siempre le caía sobre la frente, la curva de su cuello, la suave clavícula que asomaba de la camisa abierta y la firmeza de sus hombros bajo el traje. Su mano sosteniendo la copa con dos dedos, larga y con las uñas cortas cuidadas, cubiertas por esa pelusa color negro. ¡Dios mío! No era un simple encandilamiento estival, me estaba enamorando de ese hombre. Corregí, estaba enamorada de Sasuke, completa y absolutamente, como jamás lo había estado de nadie hasta entonces. Sentí vértigo y volví a dudar. ¿Esto era cierto o era producto de un sueño que conjuraba mi mente deseosa de despertar de un largo y oscuro coma? Miré alrededor, nada se correspondía con mi vida real, con la vida que me esperaba a mi regreso en mi país.

Me cogió la mano y la acarició, en comparación con la suya se veía pequeña y delgada, frágil, como me sentía yo en ese momento.

—Cerezo —pronunció con voz ronca.

—Sí —dije yo pasándome la lengua por los labios.

Él gimió.

—No me lo pongas más difícil.

—¿El qué?

—Lo que tengo que decirte.

—Dímelo —murmuré yo, apartando mis temores y perdiéndome en la profundidad de sus ojos que captaban la luz de las velas haciendo que pequeñas estrellas bailaran en ellos.

—Lo que ocurre entre nosotros... ¿sabes a qué me refiero? —preguntó con voz ronca.

—Lo sé —contesté. Lo sabía, pero quería que él lo pronunciara y que se hiciera completamente real y no fruto del sueño en el que estaba perdida.

De repente paró y soltó mi mano. Maldijo susurrando y sacó mi teléfono de un bolsillo interior de su chaqueta. Yo no llevaba bolso así que se lo había entregado para que me lo guardara.

—No para de vibrar desde hace más de media hora —se quejó y me lo entregó—. Quizá es algo importante.

Yo miré la pantalla y todos mis sueños se rompieron como un cristal al chocar contra el suelo.

—Lo es —dije.

—¿Qué ocurre? —preguntó con gesto preocupado. De repente todo pareció fruto de un escenario en una obra, desdibujado y de cartón piedra.

—Es mi marido.

—No lo cojas —replicó él. La vena de su cuello comenzó a latir.

—Tengo que hacerlo, son cinco llamadas perdidas —afirmé levantándome y saliendo al pasillo buscando algo de intimidad. Me paré frente a un espejo con adornos isabelinos en dorado. No me gustó mi expresión y me giré dándole la espalda a mi imagen.

—¿Sasori? —contesté con voz ahogada.

—Mi amor —farfulló. ¿Estaba borracho?

—¡Qué! —repliqué bruscamente. No habíamos hablado desde hacía un mes y precisamente tenía que llamarme ahora.

—¡Felicidades! —exclamó, de fondo pude oír un pequeño coro cantando el cumpleaños feliz. Desde luego no estaba con su familia, que jamás me felicitaba, tenían que ser sus amigos o compañeros de trabajo, me daba igual, completamente igual.

—Gracias —contesté secamente.

—Te echo de menos, mucho, no puedo dormir pensando en ti, en lo que hice con el dinero. Lo siento, lo siento mucho —gimió, ahora me pareció que estaba llorando.

—Eso ahora no tiene importancia, Sasori, te tengo que dejar, me están esperando —intenté cortar la comunicación. Sí, parecía sentir lo del dinero, pero lo de los cuernos lo había pasado por alto.

—¿Quién? —preguntó de repente más sereno.

—Unos amigos —mentí.

—¿Hombres o mujeres? —inquirió.

—Ambos —mentí de nuevo—. Es mi cumpleaños y lo estoy celebrando. ¿Me quieres decir de una vez qué quieres?

—Te quiero a ti, Sakura. Siempre te he querido a ti. He cometido una estupidez, ahora me doy cuenta y no quiero perderte. Eres toda mi vida. No me dejes, por favor, no me dejes. ¿Es que no me quieres? —preguntó quebrándosele la voz.

No, no te quiero, ya no, después de todo lo que has hecho, no, quiero a otro hombre, a un hombre de verdad, no a uno que lloriquea borracho por teléfono. Pero sin embargo, dije:

—Claro que te quiero, Sasori, eres mi marido, el padre de mi hija, ¿cómo no habría de quererte? —en ese momento traicioné a mi corazón y me odié a mi misma. Me giré nerviosa en el pasillo al oír un sonido estrangulado a mi espalda y lo vi reflejado en el espejo. Sasuke estaba parado a unos pasos de mí y me había oído, todo. Su gesto de dolor me lo confirmó. En un segundo cubrió su rostro con otra expresión imperturbable. Se dio media vuelta y sin decir una sola palabra, subió por las escaleras.

Apagué el teléfono y corrí tras él. Lo alcancé cuando entraba en la habitación.

—Sasuke, espera —lo cogí por un brazo.

Se volvió con gesto cansado.

—Deja que te explique —supliqué.

—No tienes nada que explicar, ya lo he oído. Es tu marido, el padre de tu hija y todavía lo amas, ¿me equivoco en algo? —su voz era cortante y fría.

Quise gritar que había sido una estúpida, que solo quería calmarlo, que no lo quería, que a quién verdaderamente amaba era a él, pero no pude. Esta vez mi responsabilidad y mi conciencia pudieron más que mi corazón herido.

—Lo siento, lo siento mucho —susurré dejando que lágrimas de frustración se deslizaran por mis mejillas.

Él ya no me escuchaba, estaba metiendo sus cosas en la mochila.

—¿Adónde vas? —le pregunté.

—Tengo otras dos habitaciones más reservadas, lo que tú ya te has asegurado de averiguar. Vendré a buscarte por la mañana. Qué duermas bien, Sakura —respondió cerrando la puerta.

Me quedé apoyada con la frente en la puerta cerrada llorando como una idiota que había vuelto a estropearlo todo. Tiré el teléfono al suelo, que rebotó sobre la moqueta, y me dejé caer hacia el suelo, girándome con la espalda pegada a la puerta. No sé el tiempo que pasé allí, si fueron minutos u horas. Cuando me levanté miré el reloj. Marcaba las doce en punto, la hora de las brujas. Muy oportuno, así me sentía yo, como una bruja, una maquiavélica y desquiciada bruja. Ya no lloraba, no recordaba cuándo había parado de sollozar. Tenía las mejillas tirantes por el agua salada derramada. Me levanté algo envarada y me desvestí con cuidado de no estropear el regalo de Sasuke. Lo envolví en el papel de seda y lo guardé en las bolsas, que dejé sobre la cama. Desnuda me dirigí al baño, evitando mirarme al espejo, en ese momento quería romperlo, buscar algo cortante y hacerme daño, un daño físico que amortiguara el dolor de mi alma. Llené la bañera y me metí en ella, cabeza y todo. Cuando ya no pude aguantar la respiración, me incorporé bruscamente y me abracé, volviendo a notar que la angustia me ahogaba. Salí cuando el agua se había enfriado del todo y mi cuerpo estaba arrugado y sensible. Me sequé con la toalla que había utilizado Sasuke, aspirando su olor masculino y sentí que lágrimas desesperadas afloraban a mis ojos cansados.

Me vestí con unos vaqueros y una blusa y salí a la habitación. Todo estaba tranquilo y en silencio. Un silencio ensordecedor. Lamenté haber dejado mi iPod en Lewinston. Me dirigí a la ventana, por donde entraba tímidamente la luz de la luna, en ocasiones oculta por nubes oscuras. En los pocos momentos que lucía tenuemente podía ver los jardines del castillo, con sus parterres de azaleas y jazmines blancos. Volví a notar que las lágrimas descendían por mis mejillas.

A las cuatro de la mañana, cuando los pájaros comienzan su canto matutino, si no has dormido notas cómo la irrealidad te alcanza y te atrapa rodeándote como la niebla espesa. Tus párpados pesan y sientes cómo se va tiñendo de violáceo el contorno de los ojos. Pero no puedes hacer nada, el ritmo circadiano de tu cuerpo te impide dormir, cerrar los ojos y abandonarte al olvido del sueño.

Finalmente me senté en el sillón acariciando su textura de seda a esperar. ¿El qué? No lo sabía. Tenía miedo, miedo a haberlo estropeado todo con Sasuke, miedo a que él no me amase, miedo a amarlo con tanta intensidad, miedo a perder a mi familia. Acaricié con una mano el aro que circundaba mi dedo sintiéndome por primera vez prisionera de ese pequeño trozo de oro. No era lo que significaba en sí, sino todo lo que conllevaba, las promesas de una vida en común, el sentido de infinitud, el para siempre, en lo bueno y lo malo. ¿Estaba haciendo lo correcto? Yo tenía otra vida, una muy diferente esperándome en España, ¿estaba dispuesta a dejarlo todo por Sasuke? ¿Estaba él dispuesto a quererme con todo mi equipaje a cuestas?

Las primeras luces del alba fueron iluminando la habitación lentamente, cubriendo poco a poco la habitación antes en penumbra. Quise cerrar las cortinas y permanecer en la oscuridad un poco más. Pero no tenía fuerzas. Ya no tenía fuerzas para luchar. Quizá nunca las había tenido.

No oí el sonido de la puerta, pero sí sentí su presencia en la habitación.

—¿Sakura? —su voz sonaba alarmada y temerosa.

—Estoy aquí —dije sin volverme.

Sus pasos sonaron amortiguados por la esponjosa moqueta, se paró a mi lado. Yo no lo miré. En ese momento no podía mirarlo.

—Creí que te habías ido —susurró simplemente algo turbado.

—Yo creí que no volverías a por mí —murmuré notando que la voz se me quebraba. ¡Maldita sea no quería llorar otra vez!

Me levantó con suavidad cogiéndome por los hombros hasta que estuve frente a él, me cogió el rostro entre las manos y lo acarició.

—Cerezo, mo luaidh —dijo con voz suave, con esa voz que solo pueden tener los grandes hombres cuando susurran—, yo jamás te abandonaré.

Me abrazó con fuerza y yo me apoyé en su pecho escuchando los latidos fuertes y profundos de su corazón en mi oído.

—Perdóname, por favor, perdóname. Lo he estropeado todo, tu cumpleaños... lo siento ¿me perdonas? —su voz sonaba estrangulada.

—Sí, claro que te perdono —afirmé entre sollozos—, perdóname tú a mí también, por favor.

—No tengo nada que perdonarte. No debí dejarte y eso es algo que no me perdonaré a mí mismo —me abrazó con más fuerza.

Seguimos abrazados un tiempo más. Me acarició el pelo susurrando quedamente hasta que me calmé lo suficiente como para separarme y poder mirarlo a la cara.

—¿Dónde has dormido? —preguntó mirando la cama sin deshacer.

—No he dormido —contesté—, no podía dormir en esa cama, no podía —exclamé con más energía.

Masculló algo en gaélico.

—¿Qué has dicho? —pregunté.

—Es una plegaria a Dios para que me dé fuerzas, para que me ayude a entenderte y ayudarte —contestó.

—Espero que te escuche —suspiré hondo—. A mí hace mucho tiempo que me ignora.

—Él siempre lo hace, aunque no responda nunca —afirmó.

—Vaya, no creí que los protestantes fuerais tan... tan...

—¿Católicos? —respondió él.

—Sí.

—Será porque yo soy católico, me eduqué en un colegio católico en Edimburgo —explicó haciendo una pequeña mueca.

Me aparté de su abrazo y lo solté con sorpresa.

—¿Y sigues siendo católico? —respondí yo—. Yo estudié en la Compañía de María y, créeme, salí de allí creyendo más en el infierno que en el cielo.

Él sonrió.

—Algún día verás que tengo razón —fue su réplica.

Ahogué un bostezo. Y él puso los ojos en blanco.

—Vamos a desayunar, te vendrá bien un café —su ánimo volvía a ser casi el de siempre.

Desayunamos en amigable silencio. Mi estómago seguía cerrado y solo pude tomar una taza de café, que de tan aguado equivaldría a un triste y mínimo café americano. Él se pidió porridge, unas gachas de avena muy consumidas en Escocia, y un café solo.

Emprendimos camino sobre su moto, abrazada a su espalda, cuando noté que me estaba adormeciendo. Un brusco movimiento a la izquierda me despertó.

—Sakura —Sasuke se giró hacia mí—, te estás quedando dormida y eso es muy peligroso. Procura despejarte. Un poco más adelante haremos una parada para que tomes otro café y seguiremos camino a Culloden.

—Culloden, sí —murmuré, ya no lo recordaba, se estaba tan bien apoyada sobre su ancha espalda...

Procuré espabilarme hasta que llegamos a un pequeño pueblo y paramos en una confitería donde servían bebidas calientes. Me tomé otro café y esta vez me atreví con uno de los dulces que asomaban al expositor diciendo ¡cómeme! Me decidí por uno de chocolate, burdo sustituto de la noche de pasión que no habíamos disfrutado.

Allí comenzó a relatarme la historia de la última vez que los escoceses se alzaron contra el dominio inglés, lo que se llamó el Levantamiento del 45. Varios clanes de las Highlands se habían reunido en torno al pretendiente del trono, Jacobo Estuardo, conocido como Bonnie Prince Charles, a su llegada a las costas Escocesas, en Glenfinan. Pero no todos acudieron a su reclamo, entre los asistentes, los Cameron de Lochiel, los McDonald de Kepoch y otros que no logré recordar.

—¿Los Uchiha? —lo interrumpí yo.

—No, esa historia te la contaré en Culloden Moor —contestó prosiguiendo con su relato.

Eran pocos y estaban mal pertrechados, no tenían suficientes armas, algunas claymores mohosas recuperadas de sus escondites, ocultas tras el fracaso del Levantamiento del 15, hachas Lochaber y poco más. No eran hombres preparados para la batalla, la mayoría eran granjeros y ganaderos, pero lucharon con valentía y honor por la libertad de su tierra amada, Escocia, más que por su rey. Fue un milagro que las primeras campañas tuvieran éxito, llegando casi a conquistar Londres. La lucha duró escasos ochos meses en los que casi alcanzaron la independencia, que resultó en la pérdida de algo más que la vida, la libertad. Se los temía y se los admiraba por igual. Fueron grandes luchadores, hasta el último momento. Culloden fue el escenario de la última batalla que se libró en suelo escocés. Allí llegaron los clanes, agotados por la falta de comida y la larga ausencia de sus hogares, a enfrentarse al poderoso ejército inglés comandado por el duque de Cumberland, conocido como "el Carnicero", debido a la crueldad que mostraba con los perdedores.

Yo estaba hipnotizada por la historia, totalmente absorta. Era un buen narrador, podría haber sido profesor si hubiera querido.

—Te contaré la historia de mi clan junto a su tumba —dijo.

—¿Su tumba? —pregunté—. ¿Están enterrados en el campo de batalla?

—Sí, ni siquiera les dieron una digna sepultura, tal era su odio y su deseo de humillación. Y los ingleses nunca reclamaron como suya la victoria de deshonrosa que fue —afirmó con gesto furioso.

—Malaich sassenachs! —exclamé indignada.

Sasuke rio.

—Es curioso que la única palabra que hayas aprendido del gaélico sea un insulto.

—Bueno, Naruto no paraba de repetirlo cuando veía que Inglaterra seguía clasificándose en la Eurocopa —contesté encogiéndome de hombros.

Además, los españoles tenemos una amplia gama de palabras malsonantes en nuestro haber, que a veces resultaban demasiado sorprendentes incluso para los escoceses.

Cuando llegamos a Culloden Moor y aparcamos la moto, lo que me encontré fue un amplio páramo que recorrimos a pie, parándonos en una montaña de piedras, un monumento conmemorativo con una placa que homenajeaba a los caídos.

Desde allí me señaló la línea roja del ejército inglés y la bandera azul de los escoceses, en un amplio campo despejado, sin apenas vegetación, solo el brezo y algún serbal crecían en el páramo desolado.

Caminamos hasta la tumba del clan Uchiha, señalizada por una simple piedra clavada en la tierra con el nombre del clan parcialmente cubierta de musgo. Había flores y alguna piedra más pequeña sobre ella, en recuerdo a los caídos por la libertad de Escocia.

—¿Sabes quién fue lady Anne Moy? —preguntó.

Negué con la cabeza.

—Lady Anne Farquarson-Uchiha era una jacobita del clan Farquarson, casada con Tajima Uchiha, jefe del clan Uchiha. Su marido, como hicieron otros intentando proteger a sus clanes, luchó en el bando inglés, dirigiendo la Black Guard, mientras que ella intentó reunir a cien hombres para poder dirigir a su clan a la batalla. Consiguió noventa y siete, así que tuvo que recurrir a un primo de su marido, Ōtsutsuki, de Dunmaglass, para poder aportar a la lucha los hombres que le faltaban. Finalmente reunieron a más de trescientos hombres del clan Uchiha para luchar a favor del Príncipe Charles.

—¿Me estás diciendo que en aquella época una mujer luchó en el bando contrario a su marido? —pregunté asombrada.

—Sí —sonrió él—. Lady Anne, era una mujer de armas tomar, muy joven, no tenía más de veintidós años, pero consiguió unir las fuerzas del clan Chattan, el clan de los gatos. Bonnie Prince Charles la llamaba la Belle Rebelle. En Prestopans, la primera batalla, cayó cautivo su esposo y ella cuando lo encontró lo saludó con estas palabras: "A tus pies, mi capitán", a lo que él contestó: "Tu siervo, mi coronel". A partir de entonces se la conoció con el sobrenombre de "Coronel Anne". Aunque nunca entró en contacto directo con la lucha, protegió al príncipe en su casa de Culloden evitando que lo secuestraran los ingleses, con la defensa de apenas un puñado de escoceses. El 16 de abril de 1746 los hombres lucharon por última vez para defender Escocia, su libertad y su honor. Eran pocos y estaban cansados y desnutridos. El lugar elegido para la batalla no les favorecía, más acostumbrados a luchar en pequeños grupos en las montañas, pero aun así se enfrentaron con valentía a un ejército mucho más numeroso, preparado y descansado, que contaba con caballería y artillería pesada. El clan Uchiha fue el primero en cargar contra las tropas británicas. Se abrió paso entre las dos primeras filas de aterrorizados ingleses, pero se vio atrapado detrás de la líneas. Casi todos los guerreros Uchiha fueron asesinados. El resto de los clanes no tuvo mucha mejor suerte. Los pocos escoceses que quedaron con vida fueron rematados con violencia por sus enemigos ingleses, que llegaron a prenderles fuego, deseosos de sangre después de las humillantes victorias anteriores. Debajo de esta piedra descansan mis antepasados en una fosa común. Fue un acto vil y despiadado. Pocos pudieron huir. Lady Anne fue atrapada y recluida junto a su suegra, poco después se reunió con su marido y vivió con él hasta su muerte, muchos años después.

Guardó silencio y yo lo miré con reverencia. Casi me parecía vislumbrar en él la fuerza y el coraje de aquellos valientes guerreros que lucharon con tanto honor por su tierra amada. Era lógico que casi trescientos años después siguieran haciéndoles tributos y honrando su memoria.

—El duque de Cumberland después de Culloden persiguió a los clanes rebeldes hasta las Highlands, donde los pocos supervivientes se escondían. Destruyó un país y lo convirtió en un desierto. En realidad los pocos que no fueron asesinados, fueron deportados a las colonias —terminó él cortando un rama de brezo y dejándola cuidadosamente sobre la tumba de sus antepasados.

Un escalofrío me recorrió la espalda, no tenía miedo, solo estaba intimidada por el lugar, por su pétreo silencio sobrecogedor, como si las almas torturadas siguieran vagando por el páramo.

—¿Tienes frío? —preguntó Sasuke solícito.

—No, solo estoy un poco cansada —contesté.

—Vamos, aún nos queda camino hasta casa —respondió sujetándome por la cintura.

Cuando estábamos a punto de subir a su moto me volví hacia él. Él me miró de forma inquisitiva, entrecerrando los ojos. Sabía por qué me había contado la historia de lady Anne.

—Tuvo que ser difícil para la Coronel Anne, con su alma dividida entre el hombre que amaba y su familia —expresé.

—Lo fue, sí. Pero yo estoy seguro de que tú tienes la fuerza y el coraje suficiente para tomar la decisión correcta cuando llegue el momento —contestó acariciándome el rostro y mirándome intensamente—. Te he deseado desde el momento en que mi mirada se posó sobre ti, te he anhelado en la distancia y ahora solo espero ser digno de tu amor. Cerezo, soy un hombre paciente, de hecho demasiado paciente, llevo esperando más de diez años.

Yo me puse tensa y él lo notó, quise decirle que él sí era digno de mi amor, era yo la que no era digna de él. Me miró risueño.

—Sé que lo has leído, Cerezo, nadie tarda tanto en encontrar unos calcetines —afirmó fijando sus ojos en los míos—. ¿Me recuerdas? —preguntó con deje nostálgico en la voz.

—No —le contesté sinceramente—, he intentado recordar, pero no, no te recuerdo, lo siento —exclamé pesarosa.

—Pero ¿recuerdas al imbécil? —inquirió bruscamente.

—Sí, fue un novio que tuve en la universidad —contesté.

—Ya me lo imaginé por la forma en que te tocaba —masculló algo entre dientes—. De todas formas, déjame decirte que tienes un pésimo gusto con los hombres —su voz era ronca.

—¿Ah, sí? —enarqué una ceja mirándolo fijamente.

—Bueno, tengo que reconocer que vas mejorando con los años —terminó sonriendo él.

Llegamos a Lewinston al anochecer. Me dejó junto a la valla verde y pude ver como la cortina de encaje se movía y mi casera espiaba desde el salón. Él también se dio cuenta y se despidió con un gesto de la mano.

Entré en casa cansada y dolorida por el viaje. Saludé a mis caseros, que estaban cómodamente instalados en el salón, y subí arriba a bañarme en agua caliente y a dormir, soñando con bravos escoceses pelinegros que luchaban por el amor de su mujer.