Capítulo 17

Me estoy ahogando de verdad...


Desperté descansada y feliz. Me vestí, desayuné rápido y pedaleé con impaciencia hasta llegar al pub.

Cuando entré, busqué con la mirada a Sasuke, que hizo lo mismo cuando oyó el sonido de la puerta al abrirse. Nos miramos y sonreímos. Temari y Naruto estaban detrás de la barra comentando algo. Se quedaron callados súbitamente. Los saludé y me encaminé al almacén a cambiarme.

Cuando salí, comencé a colocar las mesas y Temari entonó una canción entre risas: I feel it in my fingers... Naruto continuó: I feel in my toes... Y ambos entonaron a coro: Love is all around me, and so the feeling grows... Yo los miré con fastidio. Sasuke también. Ellos se rieron.

Finalmente hablaron entre ellos y nos encararon.

—¿Qué demonios ha pasado entre vosotros dos? —preguntó Naruto.

—¡Nada! —contestamos Sasuke y yo al unísono. Y nos echamos a reír mirándonos mientras saltaban chispas de nuestros ojos.

Habíamos llegado a un tácito acuerdo en el que no pensábamos soltar ni prenda, ni bajo tortura militar, que fue con lo que nos amenazó Naruto. De momento, nuestra historia era nuestra y de nadie más. No obstante y como suele ocurrir, todo el que pasó aquella mañana por el pub se dio perfecta cuenta de que algo sucedía entre nosotros. Intentábamos evitar mirarnos y conversábamos solo lo justo, lo que hacía todo más sospechoso si cabía.

Cuando terminé mi turno subí a comer con él en su apartamento. Nos sentamos en el sofá, pusimos la tele y devoramos la excelente comida de Chiyo.

—Tengo otra sorpresa para ti —me comentó brillándole los ojos.

—¿Cuál? —pregunté yo recelosa.

—Esta mañana ha venido Collum, que se encarga de los viajes de recreo por el lago. Ha comprado una nueva barcaza y la va a estrenar esta tarde. Estamos todos invitados. ¿Te apetece? Puede ser un viaje agradable.

—No creo que sea buena idea —respondí de forma cautelosa.

—¿Por qué? —inquirió él algo decepcionado.

—Tengo pánico al agua —confesé avergonzada.

—¿No sabes nadar?

—No, no es eso. Sé nadar perfectamente. Es solo que me dan pánico los espacios con agua, salvo las piscinas, el resto, lagos, mar... ¿Recuerdas la carta que te dije que me había escrito Matsuri? No creo que fuera una metáfora lo que decía de que me estaba ahogando, estaba haciendo referencia a algo real. Muchas veces he tenido pesadillas en las que me ahogo en un espacio de agua y la verdad es que el Lago Ness cumple con todos los requisitos de mis temores —respondí esperando que mi explicación fuera suficiente.

—Pero yo voy a ir contigo, no te soltaré ni un momento y solo va a ser un corto paseo, para que puedas ver parte de los valles. El paisaje es espectacular. Conmigo no tienes por qué tener miedo —afirmó intentando convencerme.

No hacía falta mucho para convencerme cuando me miraba con aquellos ojos.

—Está bien. Pero no te separes de mí ni un milímetro —le advertí.

—Eso será fácil de cumplir, lo que de verdad me cuesta es apartarme de ti —sonrió.

—Por cierto —pregunté acordándome de algo—. ¿Por qué me llamabas desde Brasil?

Su rostro se descompuso en un momento y al siguiente mostró una expresión de curiosidad.

—¿Lo hacía?

—Sí —contesté yo—. No hablabas, pero sabía que eras tú. ¿Me lo explicas? —entorné los ojos.

Él dudó un momento, pero comenzó a hablar.

—Las reuniones allí eran interminables. La mayoría de las veces no conseguía entender nada y, además, mi mente volaba una y otra vez hacia ti, así que sacaba el móvil y buscaba una foto que te hice la tarde que estuviste sola a la orilla del lago. Mientras la observaba, seguramente le daría al botón de llamada sin querer. Solo quería sentirte más cerca de mí —explicó mirándome directamente.

Yo sonreí abiertamente.

—¿Me hiciste una foto? —pregunté curiosa.

—Sí —sacó su móvil del bolsillo y me la mostró. En ella estaba sentada, con expresión dubitativa, alargando la mano intentando tocar algo que no estaba a mi alcance.

—Solía pensar que era a mí al que querías tocar, tenías una mirada tan intensa... —noté que se ruborizaba.

—Bueno, en realidad intentaba tocar una libélula, pero seguro que tú hubieras sido mejor opción, aunque creo que igual de escurridiza —expliqué sonriéndole con algo de pudor.

—No creas, me dejaría atrapar si tu quisieras —respondió con la sonrisa bailándole en esos extraños y fascinantes ojos negros.

A eso de las cinco de la tarde nos acercamos caminando hacia el embarcadero. En el primer viaje íbamos Sasuke y yo, luego relevaríamos a Naruto y Temari, que últimamente parecían estar pegados el uno al otro con cola.

Observé con reticencia y desconfianza el barco en el que nos íbamos a subir. Era una barcaza con espacio para unas quince personas. La parte de la cabina estaba cerrada, la trasera iba abierta, cubierta solo por una lona, con asientos en los laterales, para que pudiéramos observar el paisaje y sacar fotografías. Guardamos fila y nos encontramos de frente con Hotaru.

—¿Qué hace esta aquí? —pregunté en un susurro a Sasuke.

—No lo sé, pero no me importa y a ti no debería importarte tampoco —me rodeó la cintura con el brazo en una muestra de posesión.

Me subí algo tambaleante al notar el vaivén de las olas. ¡Madre mía! Y eso que era solo un lago. Sasuke me sujetó hasta que nos sentamos en un extremo. Dejé mi bolso a un lado. Hotaru se sentó justo frente a nosotros.

El paseo comenzó. La fuerte voz con un acento escocés difícil de descifrar del capitán hablando por los altavoces nos iba explicando lo que veíamos a nuestro paso. Pasamos por el castillo Urquart y nos alejamos un poco para que pudiéramos sacar una foto con mejor perspectiva.

Yo miraba las aguas oscuras con algo de temor. Sasuke lo percibió.

—Solo es la turba que descansa en el fondo del lago, nada más, el agua es tan cristalina como cualquier otra —explicó introduciendo su mano, que se perdió de vista una vez llegó a su muñeca. El concepto "aguas profundas" adquirió realidad por primera vez. Apenas se veían sus dedos moviéndose entre el líquido transparente.

En ese momento, ya bastante alejados de la orilla, el capitán nos instó a que miráramos a nuestra derecha, ya que decía que era el lugar donde más veces se había avistado el monstruo conocido comúnmente como Nessie. Yo hice lo que me ordenó y en ese momento, un flotador con forma de dragón emergió de debajo de la barcaza produciendo exclamaciones de asombro y algunos gritos de sorpresa. En especial el mío, que era la que más cerca estaba de la macabra broma. Me levanté de un salto y Sasuke hizo lo mismo. En ese momento sentí un fuerte empujón en la espalda que me hizo trastabillar y caer al lago de cabeza.

Me hundí como una pesada piedra. No podía respirar, en parte por el miedo y en parte por el intenso frío. Pataleé para salir a la superficie, pero solo conseguí hundirme un poco más. Abrí los ojos y solo percibí oscuridad. El pánico me atenazó y sentí que me estaba quedando sin aire. Agité los brazos entumecidos, pero no conseguí emerger a la superficie.

Una cara apareció ante mí asustándome aún más. Era Sasuke, con el pelo flotando a su alrededor. Estaba quedándome sin aire y creí que era producto de mi imaginación. Alargué la mano hacia él, pensando que estaba ahogándome y que era la última imagen de mi vida que iba a recordar.

Sus fuertes brazos me cogieron de los hombros y me arrastró como si fuera una pluma hasta la superficie, a la que emergí tosiendo y escupiendo agua, boqueando como un pez.

—¿Estás bien? —preguntó.

—No, no me sueltes —grité o sollocé o susurré, no lo recuerdo.

—No lo haré —contestó gritándoles a los del barco, que observé como se alejaban.

—No —volví a gritar esta vez en serio—, no les dejes que se vayan. Nos ahogaremos. Estaba desesperada.

Sentí sus manos apretando fuertemente mis hombros manteniéndome a flote.

—Confía en mí —dijo.

—No —contesté yo castañeándome los dientes. No podía moverme del intenso frío que me atenazaba.

—Vas a nadar hasta la orilla. Conmigo —explicó con el pelo cayéndole desordenado y tapándole media cara.

—No, no puedo —aullé completamente histérica.

—Sí puedes, Cerezo. Tú puedes hacerlo. Tienes que hacerlo —afirmó con rotundidad.

—No me sueltes —grité de nuevo. Él hizo caso omiso y se separó de mí observando mi reacción. Se mantenía atento por si volvía a hundirme.

Agité los brazos e intenté sujetarme a él. Él volvió a alejarse un poco más. Lo repitió dos veces más. Me estaba empezando a enfadar y mucho.

—Vamos, Cerezo, nada conmigo. Yo iré a tu lado —gritó alejándose de mí.

Yo lo seguí impulsada por la furia y el enfado, nadando en el agua fría y soportando el terror que me producía no saber qué había debajo de mí.

Miré la orilla, no debía de haber más de veinte metros. Mi orgullo venció a mi miedo y empecé a nadar con más fuerza, ahogando el miedo que me atenazaba el estómago con fuertes y largas brazadas.

Llegué a la orilla agotada y casi a la par que él, que tuvo que reducir el ritmo para mantenerse a mi lado todo el trayecto.

Me dejé caer en las piedras desmadejada, cansada y aterida. Tenía todos los músculos en tensión y aun así hubiera sido capaz de caer desmayada en ese momento. El frío viento se me colaba entre la ropa mojada, haciéndome sentir pinchazos helados por todo el cuerpo.

Levanté la vista y lo observé sacudirse el pelo para quitarse el agua de pie frente a mí con una sonrisa de satisfacción en el rostro y lo odié como nunca había odiado a nadie.

—¿¡Qué te crees que estás haciendo!? —lo increpé todavía tirada sobre las piedras.

—Quitarte los miedos —fue su lacónica respuesta, lo que hizo que me enfureciera todavía más.

—Y si te digo que tengo miedo a volar, ¿qué vas a hacer? ¿Atarme con cuerdas y meterme en la bodega de un avión en un vuelo trasatlántico? —sacando de la rabia fuerzas para levantarme y encararme a él. Me abracé a mí misma tiritando. Los dientes me castañeaban como si se me fuesen a partir de un momento a otro.

—Lo has conseguido, ¿no? —me miraba extrañado. Él en su maldita lógica escocesa pensaba que había hecho lo correcto. Quise patearle los testículos, pero en su lugar levanté el brazo con intención de cruzarle la cara de un tortazo. Sasuke atrapó mi mano al vuelo y me la retorció detrás de la espalda.

—Ni se te ocurra. Esta vez no me quedaré quieto —susurró enfurecido.

Nos quedamos un momento así retándonos con la mirada. Finalmente él aflojó mi muñeca y yo me solté y me aparté un paso de él.

—Te odio —le dije con todo el enfado que pude recoger en esas dos simples palabras—. ¡Maldito escocés arrogante! Te crees con derecho a todo. ¿Qué sabes tú de mi vida?

—¿Qué sé yo de tu vida? Pues muy bien, te lo diré si eso es lo que deseas, ya que veo que nadie ha tenido el coraje suficiente de decírtelo a la cara. Eres una mujer encerrada en un matrimonio sin amor, ¿desde cuándo? Quizá desde siempre y no lo quieres ver. Sin embargo, te aferras a él como si esa fuera tu única opción en la vida, temerosa de todo lo que se te ofrece, de lo que yo te ofrezco, escondiéndote de todo lo que puede hacerte feliz, escudándote en tu honorable capacidad para hacer siempre lo correcto. Pues déjame decirte que estás equivocada. Eres una cobarde, una niña que no ha terminado de crecer creyendo que va a estar siempre amparada por las convecciones sociales que te rodean. No se puede ser amigo de Dios y del Diablo a la vez, en algún momento tienes que elegir —terminó su discurso mirándome furibundo con los ojos oscurecidos por el enfado.

Sus palabras me dolieron más que nada. La verdad duele mucho. No hace daño quien quiere, sino quien puede decía mi madre y tenía mucha razón.

—Y tú, ¿qué te crees que eres? —le increpé yo a mi vez—. ¿El eterno salvador de damas en peligro? —repliqué sarcásticamente.

—Desde luego que contigo sí, Sakura, ya que no paras de meterte en problemas, una y otra vez —contestó.

—¡No necesito que nadie me salve! —grité otra vez—. Me valgo perfectamente por mí misma. Soy capaz de resolver mis propios problemas, que no te incumben.

—¡Ja! ¡Eso no te lo crees ni tú! Te has pasado la vida huyendo, esquivando los problemas en vez de enfrentarte a ellos. ¡Joder! Llevas huyendo de mí dos meses. Te lo he ofrecido todo, todo lo que soy y todo lo que tengo, y estoy cansado de esperar —gritó él también.

—¿Huyendo? ¿Es eso lo que crees que hago? ¿Qué es lo que quieres? ¿Que me tumbe sobre estas piedras y abra las piernas para recibirte? —espeté con desprecio.

Él se acercó peligrosamente hasta quedar a un palmo de mi cara. Yo intenté retroceder, pero él me sujetó por un brazo.

—Si quisiera eso —pronunció en un susurro ronco—, te tomaría ahora en el mismo suelo hasta que solo pudieras pronunciar mi nombre una y otra vez suplicándome que no parara.

Su cálido aliento me rozó el rostro helado.

Me solté bruscamente de su brazo y retrocedí un paso, sonrojada y excitada. Estaba tan dolida y furiosa que no pensé ni lo que decía. Él se giró dándome la espalda y comenzó a andar.

—Muy propio de ti, ya que eres tú el que ha estado acusado de violación y secuestro. No eres nadie para darme lecciones de cómo vivir mi vida —dije con toda la maldad que pude acumular en mi voz ronca por el esfuerzo de gritar. Me arrepentí de mis palabras nada más pronunciarlas.

Observé que él se había parado solo unos pasos delante de mí, estaba tenso y respiraba con dificultad.

Corrí hacia él y lo abracé por detrás, apoyando mi cara en su espalda, notando pese a al frío y a su camiseta mojada el calor de su piel y el furioso latido de su corazón. Él no se movió ni un ápice.

—Lo siento, lo siento mucho —susurré a su espalda—, no quería decir eso. Ha sido un error.

—Sí, Cerezo, un error, pero lo has dicho, como haces y dices otras tantas cosas, sin pensar en las consecuencias que acarrean —su voz sonó extraña y lejana.

Hizo un amago de separarse de mí, no lo dejé, apreté más fuerte mi cuerpo contra el suyo.

—Perdóname, por favor —supliqué con mi rostro apoyado sobre su espalda.

—Cerezo, estar cerca de ti es como tener una herida abierta a la que estuvieran arrojando sal continuamente y, sin embargo, cuando te alejas, siento que mi alma se va contigo. Hay veces que no puedo soportarlo. Déjame. No quiero que me toques —murmuró soltándose de mi abrazo.

Algo parecido me pasaba a mí con él. Si lo sentía cerca era como tocar el cielo y si se alejaba sentía el frío helador de la soledad. Debí decírselo en ese momento. Debí decirle que lo amaba, pero él no quería escucharlo.

Caminé detrás de él hasta llegar a la moto de Naruto, cogió unas llaves colgadas cerca de la puerta de la cocina y me instó a montar. Condujo rápido y con furia girando bruscamente en las curvas hasta casi tocar el suelo. Me dejó en casa sin decir una sola palabra más. Yo tampoco lo intenté. Ya estaba todo dicho.

Subí corriendo las escaleras, observando de reojo que mis caseros se asomaban a la puerta de salón. No saludé, ni dije nada, haciendo una demostración de mala educación, simplemente entré en mi habitación y me quité la ropa mojada. Seguía tiritando y tenía muchísimo frío. Me puse el pijama y lo noté helado al contacto con mi piel. Me metí en la cama y me arropé, seguía teniendo el pelo mojado, pero no me importó. Solo quería dormir y olvidarme de todo.

Me desperté cuando todavía era noche cerrada. Nada se oía en la casa ni en los alrededores, ni siquiera el ladrido de algún perro dirigido a la luna. Estaba enredada en la ropa de la cama, tenía mucho calor y muchísima sed. Busqué a tientas el botellín que siempre descansaba en la mesilla. Lo encontré y en mi torpeza lo tiré, mojando la moqueta de agua, que empapó rápidamente. Maldiciendo en silencio hice un esfuerzo por levantarme. Me dolía todo el cuerpo, como si me hubieran pegado una paliza y la garganta me tiraba de tanto gritar.

Me arrastré al baño y me miré en el espejo. Mi aspecto era espeluznante. Tenía el pelo todo enredado alrededor de la cara, me lo intenté alisar metiendo los dedos que se quedaron enganchados en los mechones todavía húmedos. Mi rostro mostraba un color carmesí y tenía la piel tirante. Unos ojos vidriosos y demasiado grandes me miraban con enfado desde el reflejo del espejo. Tenía que refrescarme, nunca había sentido tanto calor, la piel me quemaba como si me hubiesen estado frotando con una lija. Abrí el grifo del agua fría y la dejé correr entre mis manos, sintiendo el alivio del frescor en la piel ardiente. Ahuequé las manos y me eché agua fría en el rostro para despejarme. La sensación de estar ahogándome retornó con renovada fuerza y la oscuridad se cernió sobre mí.

Abrí un ojo con dificultad, me pesaban los párpados. Oía la voz de tres hombres, uno, dos, tres conté con demasiada lentitud. No los entendía, ¿en qué idioma hablaban? De repente me acordé. ¡Llegaba tarde al examen de lingüística de primero! Intenté incorporarme, pero mi cuerpo no me respondía. El hombre más alto se volvió rápidamente a la cama. "¿Estoy en la cama? ¿No estaba en el baño?", pensé fugazmente, pero el pensamiento desapareció con la misma rapidez que había aparecido, sin darme tiempo a atraparlo.

Un hombre con el pelo negro como la noche. Saqué la mano de las mantas y lo agarré por la camisa.

—Llego tarde al examen. Voy a perder el autobús —le dije con una voz demasiado ronca que no sonaba propia. ¿Dónde estaba Matsuri? ¿Qué hacían esos hombres en la habitación? Nos tenían prohibido estar allí con chicos. Me iba a meter en un problema y gordo si no me deshacía de ellos pronto.

—Shhh, tranquila —susurró el hombre del pelo negro, que hablaba en español pero con un acento extraño—, no tienes ningún examen. Duerme y descansa.

Me puso un paño frío sobre la frente. Sentí que el frío penetraba en mi piel hirviendo y la oscuridad me cubrió de nuevo.

Desperté otra vez, estaba oscuro. ¿Habían cerrado las ventanas? Esperé un poco hasta que mis ojos se acostumbraron a la oscuridad. Allí estaba otra vez ese hombre, sentado en una silla, que parecía demasiado pequeña para su tamaño, un halo sombrío lo cubría, lo único que destacaba con claridad era el pelo de un negro asombrosamente brillante. ¿Es el demonio? Intenté lloriquear y solo conseguí un gemido ronco. El hombre levantó la vista y me miró, acercó su mano y la posó en mi frente y en los labios con suavidad. ¿Qué haces? Quise preguntarle, pero no encontré las palabras en mi mente, estaba cayendo otra vez, me deslizaba a la oscuridad con la imagen de un diablo en mi cerebro. Intenté luchar, intenté buscar en mi mente confundida algo a lo que agarrarme. Apareció el rostro de una niña pequeña, con rizos color rosa que giraba riéndose sujeta por dos fuertes brazos.

—Papá —susurré—. ¿Eres tú? ¿Has venido ha buscarme?

—Shhh—otra vez la voz profunda de ese hombre, tocando mi rostro. Intenté dar un manotazo. Me molestaba. Quería volver a la imagen que recordaba y él la había hecho desaparecer.

Desperté de nuevo cuando la luz del día estaba alta. Me sentía desorientada y muy, muy cansada. Girarme en la cama suponía un esfuerzo de preparación y empuje extraordinario. El hombre seguía sentado en la silla. Tenía un libro en las manos y leía en silencio. ¿Quién es? Preguntó mi mente confundida. Es Sasuke, recordé de pronto, como si fuera la pieza del puzle que faltaba. La luz que entraba por la ventana quedaba atrapada por su pelo ondulado, creando un halo angelical a su alrededor. Casi no podía mantener los ojos abiertos y estaba a punto de cerrarlos cuando él levantó la vista del libro y me miró. Y volví a quedar atrapada en sus ojos, que ahora los iluminaba la luz de frente. Vaya, una fina línea roja le circundaba el iris, haciendo que sus ojos adoptaran esa tonalidad tan especial. No me había fijado hasta ese momento. "¿Será una persona real?" pensé, intentando alargar la mano. Sasuke me la cogió. Estaba caliente al contacto.

—Cerezo —se inclinó sobre mí con voz suave.

—¿Quién es Cerezo? —pregunté desconcertada, la garganta me dolía mucho, me apreté una mano contra ella. La notaba hinchada y que latía con fuerza.

—Tú, mo luaidh. Ahora duerme —susurró.

No quería dormir, no tenía sueño. Sasuke me tocó la frente y chasqueó la lengua. Miró el reloj y me dio una pastilla enorme, blanca y amarga que me obligó a tomar con un poco de agua. Estaba segura de que se pararía en mi garganta, de pronto estrecha e inflamada. No lo hizo. Me quedé mirándolo un momento mientras recogía y se volvía a sentar.

Sentí que me despertaba otra vez y esta vez hice un esfuerzo sobrehumano para mantener los ojos abiertos, aunque los párpados me pesaban demasiado. Quise incorporarme, pero no pude. Me dejé caer otra vez sobre la almohada, notando cómo me latía la cabeza. Me toqué la frente. A uno de los lados tenía un pequeño abultamiento redondo, como de un golpe. ¿Me he caído? ¿Dónde? No recordaba nada salvo que había salido esa noche a refrescarme al baño. Estaba sola en la habitación. Esperé un momento quieta hasta que mi cuerpo volvió a coger un poco de fuerza.

Sasuke entró en silencio y me miró de forma preocupada.

—¿Sasuke? —pregunté con esa voz que seguía sonando ronca y extraña para mí.

—Soy yo, sí. ¿Te encuentras mejor?

—No. No lo sé. ¿Qué ha pasado?

—Te desmayaste en el baño, tenías una fiebre muy alta cuando Hiruzen y Biwako te encontraron. Llamaron al médico y me avisaron. Has estado durmiendo y delirando a ratos desde entonces —explicó.

—¿Qué hora es?

Miró el reloj.

—Las cinco y media de la tarde.

—Vaya, sí que he dormido —exclamé con algo más de fuerza.

—Del miércoles treinta y uno de julio —contestó sonriendo.

—¿Qué?

—Has estado muy enferma, Cerezo. Delirabas y gritabas cosas incoherentes. Me has llamado demonio y has intentado pegarme, al día siguiente debiste de cambiar de opinión, porque me dijiste que parecía un ángel —su sonrisa se hizo más amplia.

—¿Has estado estos días aquí? —pregunté recelosa.

—Sí, he dormido en la silla y en el suelo, si es eso lo que te preocupa —respondió. No era eso lo que me preocupaba en ese momento. ¿Había pasado dos días enteros velándome?

—El médico dijo que no debíamos dejarte sola, que había que vigilar la fiebre y una posible deshidratación y Biwako estaba demasiado asustada, ya que el primer día nos gritaste a todos que nos fuéramos, que no entendías nada de lo que decíamos e íbamos a hacer que las monjas te expulsaran del colegio por meter hombres en tu habitación. La pobre mujer estaba impresionada y atemorizada, incluso le lanzaste una zapatilla, así que me ofrecí yo para cuidarte —explicó.

—¿Eso hice? —no recordaba nada.

—Sí, pero veo que ahora te encuentras bastante mejor. Los antibióticos han empezado a hacer efecto, pero te sentirás bastante débil durante unos días.

Cerré los ojos un momento. Me cansaba tenerlos abiertos, me dolía la parte interna, detrás de la frente y cerrarlos me aliviaba. Sasuke, se quedó callado, creyendo que me había vuelto a dormir. Entreabrí un ojo para hacerle ver que seguía despierta.

—Perdóname —suplicó. Me pilló de sorpresa y habría abierto los ojos de golpe si hubiera podido, que no era el caso.

—¿Por qué? —le pregunté. Poco a poco las imágenes de la caída en el Lago Ness y de nuestro enfrentamiento fueron haciéndose más nítidas en mi mente.

—Si te hubiera hecho caso y dejado que subieras otra vez a la barca, no hubiera sucedido esto. Debiste pasar mucho tiempo mojada y aterida y solo he conseguido que enfermaras —su tono era triste y se le notaba afligido.

—No tengo nada que perdonarte —abrí los ojos con gran esfuerzo, e incluso una sonrisa asomó a mi cara. Se le veía tan compungido.

—¿Te estás riendo? —preguntó sorprendido.

—Verás, nunca he cogido una baja, salvo la de maternidad, claro. He ido a trabajar, con catarros, gripes, hasta con varicela y llevo más de diez años trabajando, y llego aquí y debo ser la empleada más improductiva de la historia del pub. ¿No es así? —inquirí sonriendo.

—Nunca hemos esperado mucho de los jóvenes que venían a trabajar en el verano, ya que la mayoría estaban más dispuestos a divertirse que a aprender. Sin embargo, tú te tomaste el trabajo como algo serio desde el principio y con eso basta. Además, el que se te dislocara el codo y el que ahora estés enferma no fue culpa tuya, más bien de Naruto y mía —afirmó con gesto contrito.

De repente me acordé de una cosa.

—¡Mi madre! —exclamé—. Estará preocupada, todos los días le envío un mensaje para decirle que estoy bien.

—No hay problema —aclaró—. Ya se lo he explicado todo yo.

—¿Qué? —grité con voz ronca—. ¿Has hablado con ella?

—Sí, el primer día llamó varias veces y al final le contesté. Me dijo que estaba preocupada, que sabía que te había pasado algo. Es una mujer muy amable, me dio instrucciones para que te cuidara, porque en palabras suyas, tú siempre cuidas de los demás, pero te olvidas de cuidar de ti misma. Ya me conocía, ¿le has hablado de mí? —preguntó.

—No, nunca, ni una sola palabra. Ni siquiera sabe tu nombre —respondí sorprendida. Él me miró extrañado.

—Pues ella parecía conocerme muy bien. Cuando cogió el teléfono y me identifiqué como Sasuke Uchiha, tu jefe, me dijo: "¿Así que eres tú?", como si yo le fuera familiar —contestó extrañado.

Yo estaba empezando a creer que mi madre tenía poderes, o me había metido una micro cámara en el bolso y me espiaba desde España.

—También estuve hablando con Akane —siguió explicando—. Es una niña encantadora y muy simpática. Me dijo que se había vestido de hada para la función de la guardería y que su abuela y el novio de su abuela —aquí enarcó las cejas— le habían sacado muchas fotos para que las viera su madre cuando volviera de cazar al dragón que tenía cautiva a la princesa —me miró expectante.

Ahora la que estaba realmente estupefacta era yo. Akane no se ponía con nadie al teléfono. De hecho, a mí la mayoría de las veces me ignoraba completamente.

—¿También has hablado con mi hija? ¿Y qué les has dicho? —pregunté algo temerosa.

—Nada en particular, solo que habías tenido un pequeño accidente y algo de fiebre y que no te encontrabas en condiciones de hablar en ese momento. Tomé nota del teléfono y he llamado a tu madre todas las noches para informarle de tu estado —explicó.

—¡Ay, Dios mío! —suspiré.

—Por cierto, ¿qué dragón se supone que has venido a cazar, Cerezo? —sonrió ampliamente.

—Uno grande, pelinegro y escocés —mascullé yo cerrando los ojos mientras escuchaba su risa.

—Voy a bajar a calentarte algo de sopa que ha preparado Chiyo para ti. Tienes a todos bastante preocupados —dijo. La simple mención de la sopa hizo que sintiera ganas de vomitar.

—No quiero comer nada —afirmé frunciendo los labios.

—No quieres, pero lo harás, aunque tenga que obligarte a ello —amenazó saliendo de la habitación.

Volvió al poco rato con una taza humeante que olía a las mil maravillas. Solo era un poco de caldo de pollo, pero mi estómago rugió en respuesta al aroma que habían percibido mis fosas nasales.

Sasuke me ayudó a incorporarme un poco y me dio la sopa a pequeños sorbos hasta que después de muchas protestas consiguió que me la tomara toda. A ese hombre no le valía nunca un no como respuesta.

—Quiero bañarme —expresé cuando el calor del caldo se había aposentado firmemente en mi estómago. Casi me encontraba con fuerzas para levantarme.

—Ni lo sueñes, estás todavía muy débil —negó él.

Lo miré directamente. Después de estar tres días encerrada en la cama, durmiendo y sudando con la misma ropa, nadie, ni el Séptimo de Caballería del General Caster iba a impedirme que me diera un baño. Lo ignoré e intenté levantarme por mí misma. Él me sujetó con fuerza volviendo a tumbarme en la cama. El solo esfuerzo me dejó agotada y mareada.

—Está bien —dije viendo que yo sola no podría hacerlo—. ¿Me ayudas a llegar al baño?

Él pareció dudarlo mientras se frotaba mentón con la mano. Finalmente tomó una decisión.

—Te bañarás si dejas que te ayude, no estoy dispuesto a que te vuelvas a desmayar otra vez —afirmó con convicción.

Claudiqué, yo tampoco quería volver a caerme. Dejé que me cogiera entre sus brazos y me levantara. Una vez de pie fui yo la que me sujeté fuertemente a su cuerpo. La cabeza me daba vueltas y la habitación no dejaba de girar. Estaba tan débil que me costaba dar solo un paso.

Llegamos hasta la puerta y me dejó allí agarrada al quicio mientras él, siguiendo mis indicaciones, buscaba ropa en mi maleta para cambiarme. Se entretuvo demasiado entre mi ropa interior. Por lo visto no se decidía por ninguna en concreto. Yo me impacienté e hice un amago de ir por mi propio pie hasta el baño. Eso lo empujó a decidirse y cogiendo un conjunto de satén color lila, nada adecuado para estar en pijama, se levantó y me ayudó a llegar al baño.

Cerró la puerta con el pestillo y se volvió hacia mí, depositando un pantalón de chándal, una camiseta y el conjunto de lencería sobre un pequeño banco de tres patas.

—¿Necesitas que te ayude a desnudarte? —preguntó con la risa bailando en sus ojos.

—No —contesté con acritud—, creo que puedo sola.

Él se quedó apostado a mi lado con los brazos cruzados sobre el pecho.

—Vuélvete —le ordené.

—¿Qué?

—Que te gires —hice el gesto con mi mano—. No pienso desnudarme delante de ti.

De repente me sentía nerviosa y extrañamente pudorosa. Suspiró fuertemente y puso los ojos en blanco, pero se giró dándome la espalda.

Me acerqué a la bañera y dejé que se fuera llenando de agua caliente. Me desnudé y me metí en la bañera, sintiéndome al instante mucho mejor. Me enjaboné el cuerpo y el pelo. Demasiado tarde me di cuenta de que estaba demasiado débil para hacer las acrobacias dignas de un circo chino que debía realizar para aclararme el pelo. Maldije en voz baja, al final tendría que pedirle ayuda.

Me abracé las piernas dobladas cubriendo mi desnudez todo lo posible. Estaba tan pálida que dudo que notara que me había ruborizado.

—¿Sasuke?

—Umm —brotó de su pecho.

—¿Puedes aclararme el pelo? —pregunté.

—No puedo hacerlo en esta posición. Me has prohibido girarme —contestó.

—Vuélvete, Alasdair, y ayúdame —le ordené enfadada.

—Umm —fue su única respuesta.

—Por favor —supliqué frunciendo los labios.

—Eso está mejor —asintió girándose. Se quedó un momento mirándome fijamente.

—Vamos —le dije recurriendo a lo que él me había dicho en su casa de Edimburgo—, no creo que vayas a ver nada que no hayas visto antes.

Aun así junté todavía más mis piernas contra mi pecho.
Circundó con la vista el baño buscando algún recipiente adecuado con el que aclararme el pelo. Encontró un vaso dentro del armario. Lo enjuagó y comenzó la tarea arrodillándose a mi lado.

—Echa la cabeza para atrás —exigió con voz ronca.

¡Ja! Si hacía eso tendría que separar mis piernas dejándole ver mis pechos. En vez de eso estiré el cuello lo más que pude. ¡Maldito escocés testarudo!

—Eres Tauro, ¿verdad?

—Sí, nací el diecisiete de mayo, ¿cómo lo sabes?

—Es el mismo día que nació mi hija —dije yo sorprendida girándome un poco para ver su cara.

—Bueno —murmuró, noté como se encogía de hombros—, no me importa compartir mi cumpleaños con ella.

—Te haré una tarta de chocolate y una corona que ponga Felicidades, príncipe.

—¿Harías eso por mí? —preguntó con voz ahogada.

—Claro, es lo que hago siempre con ella. A Akane le encanta, espero que a ti también —repliqué algo azorada.

—Lo espero impaciente —dijo echando otro vaso de agua caliente sobre mi pelo. Lo hacía con eficacia, pero a la vez delicadamente, como si tuviera miedo de hacerme daño.

—Lo siento —me excusé, recordando cómo lo había herido acusándole de un delito que él no había cometido.

Él puso la mano sobre mi hombro, cálida y húmeda.

—No te disculpes, Cerezo, sé que no sentías lo que dijiste. Creí que me iba a echar a llorar y él lo notó.

—¿Por qué sabes que soy Tauro? —preguntó de repente distrayéndome.

—Porque eres un escocés testarudo —contesté yo al instante.

—Sí —afirmó él en tono jocoso—, sobre todo lo primero.

—Y terco como una mula —añadí.

—Eso decía mi abuela —rio con esa risa profunda que llenaba el espacio a nuestro alrededor.

—Y arrogante, muy arrogante —exclamé lanzada.

—¿Algún calificativo más que deba conocer? —preguntó, pero su tono no era de enfado, más bien de curiosidad.

—Sí, que tienes los ojos más bonitos que he visto nunca. Hasta ahora no me había fijado que están rodeados por una línea rojiza que hace que tu mirada sea especial —le dije totalmente desinhibida. ¿Serían los antipiréticos los que me estaban soltando la lengua?

—Vaya, ¡gracias! —exclamó—, eso me gusta más que lo de escocés terco y arrogante. ¿Algo más que deba saber?

—Sí —respondí en voz queda—, solo una cosa más.

—¿Qué? —parecía algo receloso.

—Que te quiero —pronuncié soltando toda mi tensión en esas tres simples palabras.

Él se quedó quieto y cogió mi rostro para girármelo y dejarlo a solo unos centímetros de distancia del suyo. Su gesto era extraño, entre serio y divertido, y sus ojos brillaban con una luz especial, algo oscurecidos.

Aguanté expectante y entreabrí los labios esperando que me besara. En lugar de ello dijo:

—Cerezo, ¿has esperado dos meses para decirme que me quieres precisamente ahora? —preguntó con voz enronquecida.

—Umm.

—¿Cuando estás demasiado débil como para que pueda hacerte más que una simple caricia y que además cuentas con la protección de tus caseros, que son como perros guardianes, todo el día revoloteando alrededor protegiendo tu inocencia? —replicó.

—¿Eso hacen? —inquirí sorprendida.

—Sí, de hecho apuesto doscientas libras a que Biwako está ahora mismo con la oreja pegada a la puerta escuchando —contestó bajando la voz.

—¡No me lo puedo creer! —afirmé.

—Te lo demostraré —dijo levantándose silenciosamente como un gato y deslizándose hasta la puerta que abrió de repente. Tenía razón. Allí, agazapada en el suelo, a solo unos milímetros de la puerta se encontraba Biwako frotando alguna mancha inexistente en el suelo.

Sasuke la encaró desde su metro noventa de estatura.

—Señora Sarutobi, ¿busca algo que se le ha perdido? —preguntó en tono serio, un tono que podría amedrentar a un batallón entero.

Sin embargo, Biwako se volvió hacia él sin inmutarse, echando una mirada dentro del baño. Pareció relajarse al ver que Sasuke estaba completamente vestido y le contestó que simplemente estaba arreglando la moqueta, que se había despegado por el uso.

—¿Quiere que le ayude? —inquirió demasiado solícito Sasuke.

—No será necesario, gracias —adujo ella levantándose con una agilidad impropia de una mujer de su edad y su tamaño.

Sasuke se volvió y cerró la puerta del baño.

Nos quedamos mirándonos en silencio y de repente prorrumpimos en sonoras carcajadas.

—Ayúdame a salir, me estoy quedando helada —lo insté comenzando a sentir que el agua se estaba enfriando.

Él cogió una toalla y la dejó extendida frente a mí. Me levanté con cuidado y Alasdair me enrolló con ella frotándome vigorosamente.

—No has podido evitar mirar, ¿no? —pregunté aun sin haberlo visto.

—No, pero que me quieras me da cierto permiso, ¿no crees? —inquirió aún desconfiado.

—Te lo da —concedí yo.

Me tambaleé un poco. De repente el cansancio había vuelto con toda su intensidad. Él me abrazó con fuerza.

—Nunca te dejaré caer, Cerezo, nunca —me susurró al oído.

Los siguientes dos días fueron un ir y venir de gente constante debido a la fiesta que habían preparado para el próximo sábado, quinto aniversario de la reapertura del pub Uchiha. Temari era la más entusiasta, afirmando entre exclamaciones y suspiros que aquella iba a ser "la noche". Yo me abstuve de hacer ningún comentario, deseando y cruzando los dedos involuntariamente que aquella fuera mi noche definitiva también. Pasó Hayate a contarme lo bien que se lo estaba pasando con la nieta de las hermanas Clarkson y lo que le iba a costar despedirse de ella ese mismo mes, a lo que yo chasqueé la lengua temiéndome una escena al final del verano entre lágrimas y desengaños. Al fin y al cabo eran solamente unos niños jugando a ser adultos. Naruto se acercaba antes del almuerzo, siempre cargado con grandes cantidades de comida preparada por Chiyo, que me enviaba recuerdos y que yo agradecía dada la escasa pericia culinaria de Biwako. Sasuke siempre pasaba a media tarde, después de llamarme por la mañana para saber cómo había dormido.

El viernes, sintiéndome bastante más recuperada y ante la firme oposición de mis caseros, decidí dar un paseo aprovechando que era uno de los escasos días en los que verdaderamente hacía calor y lucía el sol. Anduve solamente hasta una plaza cercana, en la que me tuve que sentar en un banco, totalmente agotada. Cuando repuse fuerzas entré en un pequeño colmado y compré algunas cosas, entre ellas una revista, que estaba hojeando mientras volvía calle abajo hacia mi casa.

Observé un hombre que venía de frente con paso demasiado apresurado. Me giré, pero en la calle no había nadie más. Cuando se acercó un poco más distinguí la estilizada silueta de Sasuke y me paré a esperarle.

—¿Qué demonios crees que estás haciendo? —exclamó enfadado cuando estuvo a mi lado.

Yo levanté la vista sorprendida.

—Dar un paseo. ¿Qué crees que hago?

—Eres una inconsciente, podrías caerte, marearte, tropezarte, desmayarte, no sé, algo... ¡seguro! —continuó con su diatriba ignorándome totalmente mientras gesticulaba.

Me apoyé en él con una mano y la otra me la llevé a la frente, me incliné un poco y susurré con voz ahogada.

—Sasuke —y me dejé caer en sus brazos.

Él me cogió con fuerza maldiciendo en brusco escocés, algo que sonó como "¡ya lo sabía yo!". Noté que me soplaba en el rostro y mencionaba mi nombre de forma suave y constante.

Yo abrí los ojos de repente y le saqué la lengua.

—¿No me vas a besar? Así me despertaría del todo —pregunté todavía tendida en sus brazos.

—No delante de todo el pueblo.

—¿Por qué? ¿Te da vergüenza? —inquirí sorprendida, incorporándome.

—Ninguna. Pero antes tienes un pequeño asunto que solucionar —expresó pasándose la mano por el pelo.

—¿Cuál?

—Tu marido —afirmó frunciendo los labios como si le doliera pronunciar esas palabras. Yo me quedé callada, en toda la semana no me había acordado de él, bueno, para ser sincera, lo había arrinconado en un oscuro y deprimente departamento de mi mente. Aquel que rezaba: Cosas desagradables que hacer cuando no se tenga más remedio.

—Ya, claro —dije de forma evasiva ganando tiempo.

Él elevó los ojos al cielo y pronunció lo que a mí me pareció una plegaria en gaélico.

—¿Qué has dicho? —pregunté algo mosqueada.

—Le he vuelto a pedir paciencia a Dios, sé que la voy a necesitar y mucho —dijo dándome un pellizco en el trasero e instándome a caminar junto a él.

—¿Te vas a quedar a cenar?

—Si tú quieres.

—Claro que quiero. Además, ponen en la televisión Expiación, ¿la has visto? Estaremos solos, mis caseros tienen una especie de competición de bridge en el club social —expliqué insinuando una noche en libertad.

—Sí la he visto, pero no me importaría verla otra vez contigo. ¿Es Chiyo quién ha enviado la cena? —preguntó suspicaz.

—Sí —reí yo—. No obstante también puedo prepararte algo yo.

—Déjalo, no me gustaría que en el intento prendieras fuego a la cocina o algo parecido —sonrió él.

—¡Ja, ja, ja! —exclamé con todo el sarcasmo que pude reunir.

Cuando nos sentamos en el sofá y encendimos la tele esperando el comienzo de la película, escuchamos el sonido de la puerta y a Hiruzen y Biwako que entraban discutiendo. Por lo visto había sido una mala mano de Hiruzen, que era el que estaba recibiendo la reprimenda, lo que les había hecho perder la partida.

Yo miré a Sasuke con una mezcla de fastidio y decepción. Él lucía la misma expresión que yo.

—¿Lo habrán adivinado? —le susurré.

—Seguro, parecen del servicio secreto británico —contestó el también en susurros.

Asomaron por la puerta con grandes sonrisas.

—¡Qué bien que estéis aquí! Ven, Hiruzen, así tendremos compañía esta noche —gritó Biwako a un Hiruzen bastante apurado que esperaba detrás de ella.

Nos acomodamos como pudimos en un sofá de tres plazas. Sasuke excusando las insistentes indicaciones de Biwako no se movió de mi lado, así que acabamos aprisionados en el centro, él tenía a su lado a Hiruzen con cara de fastidio y yo a Biwako con cara de grata satisfacción.

—Me siento como una adolescente vigilada —susurré a su oreja.

—¡Dios! A mí nunca me había pasado. ¿Qué creen que vamos a hacer? —preguntó.

—Yo tengo varias ideas, la que más me gusta es darme el lote contigo en el sofá, pero creo que no va a poder ser —expresé con voz pesarosa.

—Mujer libidinosa —sonrió él soplándome al oído.

—Mucho —contesté. Sobre todo con él. Ya que antes no me había ocurrido nunca.

Hiruzen comenzó a roncar cuando Briony todavía jugaba a representar una obra de teatro. Biwako daba cabezadas, pero se mantenía alerta y vigilante y, además, era del tipo de personas que no pueden estar calladas siguiendo el ritmo de la película. Lo tuvo que comentar todo, hasta los magníficos parterres de peonías de la finca familiar. Sasuke y yo nos lanzábamos miradas de fastidio, evitando contradecirla o contestarle, para ver si así Morfeo se la llevaba de una maldita vez. Finalmente, cuando Robbie estaba llegando a la casa invitado a la cena, oí los suaves ronquidos de mi casera. Me relajé y Sasuke lo notó apretando un poco más su mano, que descansaba sobre mi hombro.

En la famosa escena sensual de la biblioteca entre Robbie y Cecilia, yo puse mi mano sobre su pierna y lo observé, seguía con la mirada fija en la pantalla. Avancé un poco más arriba y desvié la mirada del televisor, olvidando a la pareja entrelazada contra la pared, y seguí subiendo la mano hasta alcanzar su entrepierna, cubierta por un pantalón vaquero. Todo su cuerpo se puso en tensión, incluyendo la parte donde yo había dejado descuidadamente la mano apoyada. Acaricié con algo más de insistencia, sintiendo que la tela se tensaba. Sasuke se removió y con la mano que tenía libre tomó la mía y la puso en mi pierna.

—¡Para! —susurró con voz ronca.

—No puedo —murmuré yo intentando volver a tocarle, aunque fue imposible, tal era la fuerza con que sujetaba mi mano sobre mi pierna. Era verdad. Deseaba tanto tocarlo y sentirlo que no podía parar.

—¡Aquí no! —volvió a protestar él, un rubor le subía por el cuello y la vena le latía de tal forma que parecía que le iba a estallar.

Nos revolvimos buscando una posición más cómoda. Lo que hizo que Hiruzen se despertara algo desorientado. Bostezó y estirándose se levantó como si no estuviéramos allí.

—Vamos —le dijo a su esposa ayudándola a incorporarse—, es hora de ir a dormir.

—Pero los niños —protestó ella.

—Creo que se saben cuidar solitos, Biwako —sonrió él. Nos dieron las buenas noches y se encaminaron a su habitación.

Cuando los vi desaparecer escaleras arriba, ahogué un ¡bien!

—Somos libres —le dije.

—No lo creo, me siento vigilado —se excusó él.

Yo hice un mohín.

—Cerezo, no quiero que nuestra primera vez sea deprisa y en el sofá de tus caseros, que además es bastante incómodo —ajustó su postura—. Ya te dije que era un hombre paciente.

—Está bien, pero no lo seas demasiado, ¿eh? —claudiqué yo.

Finalmente, y aunque era una de mis películas preferidas, me quedé dormida apoyada en el firme hombro de Sasuke. Me desperté justo para ver el final de la historia, me había deslizado hasta quedar tumbada sobre sus piernas y él me había cubierto con una manta. Cuando escuchamos los acordes de la máquina de escribir de la banda sonora y se mostraron los títulos de crédito lo miré.

—Creí que estabas dormida —murmuró.

—No, me he despertado hace solo un rato —contesté, sintiendo cómo me acariciaba el pelo—. ¿Por qué todas las historias de amor tienen que acabar tan mal? —pregunté con un nudo en la garganta.

—No todas. Yo no dejaré que esta se estropee, aunque tenga que dejarme la vida en ello —afirmó mirándome directamente a los ojos.

—¿Lo prometes? —susurré sintiendo de repente toda la intensidad de sus sentimientos.

—Lo prometo —contestó él inclinándose para darme un casto beso en la boca. Yo deseé más, pero no le dije nada.

—Me está engañando —confesé en voz queda.

—Lo sé.

—Veo que las noticias vuelan —dije algo molesta.

—Sobre todo en las Highlands —afirmó él sonriendo—. Naruto me lo contó. Dijo que lo habías visto besándose con otra en un programa de televisión.

—Sí, algo así. No sé qué hacer, Sasuke. No sé cómo enfrentarme a él.

—Sé valiente y deja las cosas claras, yo creo que a nadie nos gusta que nos mientan o nos utilicen —lo dijo con tanta firmeza que reprimí un escalofrío.

—Lo intentaré. Tengo todavía un mes para pensarlo —contesté. ¡Ay, si pudiéramos conocer el futuro!

El sábado por la tarde fue Temari a buscarme para ir a la fiesta organizada en el pub. Yo me encontraba en la misma situación de entusiasmo que ella, pero con un menor grado de histerismo.

—¡Necesito ayuda! —subió las escaleras gritando.

—¿Mucha o poca? —contesté yo saliendo del baño envuelta en un albornoz riéndome.

—Toda la del mundo —afirmó sofocada tirando una bolsa de deporte a mis pies.

—Vamos —dije cogiendo su bolsa y arrastrándola a mi habitación—. ¿Qué llevas aquí?

—Toda mi ropa —la cogió y la sacudió desperdigándola toda sobre mi cama.

—¿Y?

—No sé qué ponerme. Todo me parece viejo, demasiado usado, poco apropiado, nada sexy... Ayúdame, por favor —suplicó juntando las manos. Yo aguanté las ganas de reírme.

—¿Y si te presto algo mío? —sugerí.

—¿Harías eso por mí? —sus ojos brillaban de expectación.

—Sí, tendrá que ser un vestido porque los pantalones quedan descartados, te saco más de diez centímetros —expresé evaluando lo que le podía prestar. Revolví mi maleta y saqué un par de vestidos que podían valerle. Uno era gris, de lino con tirantes, no demasiado ajustado, pero con los complementos adecuados podía resultar. El otro era un palabra de honor elástico de fondo negro con dibujos geométricos en colores rosa, verde y amarillo fosforito, quizá demasiado atrevido para ella. Le encantó. Se puso a dar saltitos y palmadas, señalándolo.

—¿Me quedará bien?

—No lo sé, tendrás que probártelo. Es bastante elástico, así que no creo que tengas problemas —afirmé sonriendo ante su entusiasmo.

Se dirigió al baño y salió a los pocos minutos. Le quedaba como un guante, incluso mejor que a mí, ya que yo tenía más pecho que ella y me marcaba más. No obstante, sujetaba donde tenía que hacerlo.

—¿Te gusta? —preguntó algo indecisa girándose.

—Te queda perfecto —contesté con sinceridad— y creo que a Naruto le gustará mucho también —añadí, a lo que ella respondió ruborizándose hasta las cejas.

Yo me iba a poner un pantalón blanco con una blusa de seda anudada al cuello y estaba cogiéndolo cuando oí una exclamación a mi espalda.

—¿Te vas a poner eso?

—Sí, ¿por qué?

—Es una fiesta, Sakura, vístete con algo más sexy —exclamó sorprendiéndome.

Enarqué una ceja y revolví la maleta una vez más. Encontré un vestido que ni siquiera había estrenado, un vestido estilo griego, corto, con un hombro al descubierto en color cereza, sujeto a la cintura por un estrecho cinturón dorado. Lo saqué y se lo mostré.

—¿Algo como esto? —sugerí.

—Sí, por fin has pillado la idea —sonrió.

—Me moriré de frío —contesté tocando la delicada tela.

—Oh, yo no me preocuparía por eso. Seguro que Sasuke te mantiene caliente —afirmó como al descuido.

Finalmente nos maquillamos, peinamos y complementamos nuestros vestidos, ella con unos zapatos con unos tacones de aguja de infarto, yo con unas sandalias en tiras negras decoradas con piedras de colores, que se anudaban hasta unos diez centímetros por encima de mi tobillo.

Salimos contentas y dispuestas a comernos la noche, como solía decir Matsuri. Yo esperaba no ser devorada por la noche, como ya me había pasado otras veces.

Me monté en el coche de Temari y me llamó la atención un trozo de piel blanca cuando se sentó.

—Temari —le pregunté algo divertida—, ¿no llevas ropa interior?

—No —afirmó ella arrancando el coche.

—¿Y por qué? Si puedo preguntar —inquirí yo.

—Quiero que Naruto encuentre bien el camino —contestó con la mirada fija en la carretera—. Además, a tu madre le ha funcionado.

Ahí no tuve nada que objetar. Me eché a reír mirándola alucinada. La pequeña y modosita Temari se había convertido en devoradora de hombres de la noche a la mañana.

—Además —añadió—, hoy ellos se van a vestir por fin de hombres.

—¿Y de qué vestían hasta ahora? ¿De mujeres? —pregunté sorprendida.

—Hoy van a llevar el traje del clan, el kilt —explicó.

—Escoceses —murmuré yo—, la única parte del mundo en la que los hombres cuando se ponen falda se visten como hombres.

Aunque lo dije en voz baja ella lo escuchó y comenzó un largo discurso explicándome la historia y el significado del kilt, en la cual yo me perdí cuando iba relatando los ocho metros de tela de lana que se necesitaban para enrollar y bla, bla, bla.

Llegamos al pub poco antes del crepúsculo, cuando la mayoría de la gente ya estaba dentro. Estaba cerrado al público, solo se accedía por invitación, que a juzgar por la cantidad de coches que había en el aparcamiento cercano, había recibido prácticamente todo el pueblo y alrededores. Esa noche ninguno trabajaba. Habían contratado dos camareros suplentes y un DJ. El catering lo habían encargado a una empresa externa, para poder dar a Chiyo el día libre para que disfrutara de la fiesta.

Cuando entramos busqué a Sasuke con la mirada, estaba en el centro del pub conversando con Naruto. Como en una perfecta sintonía, él volvió el rostro y nuestras miradas se encontraron. Había visto a Sasuke en vaqueros y camiseta, en traje y corbata, vestido para hacer deporte, solamente en calzoncillos y prácticamente desnudo, pero nunca me había parecido tan impresionante como en ese momento, vestido con el traje típico de las Highlands, con el kilt a cuadros rojos cruzados con finas líneas verdes, recogido en torno a su cintura con un cinturón de cuero del que colgaba el sporran de suave piel negra, camisa blanca impoluta y chaqueta negra, con un broche de plata del tamaño de mi mano con el símbolo y lema del clan grabado que sujetaba la tela del kilt prendida sobre su hombro. El conjunto se completaba con medias de lana con el mismo dibujo que el kilt y unos zapatos de cuero con los cordones entrelazados. Abrí la boca sorprendida. Jamás me había parecido tan masculino y tan seguro de sí mismo como aquella noche, como si vestirse con la indumentaria de sus antepasados le infundiera parte de la fuerza de la que se enorgullecían los guerreros Uchiha. Toda la herencia celta y vikinga que ostentaba en su altura, su cuerpo y sus facciones nórdicas hizo que mis rodillas comenzaran a temblar de expectación y deseo.

Sasuke simplemente sonrió adivinando mis pensamientos, con una mirada de promesa bailando en sus ojos divertidos.

Se acercó a mí y me quitó el bolero, arrojándolo a una silla.

—Decirte que estás preciosa sería demasiado poco, Cerezo. Me has dejado sin respiración —murmuró acercándose más a mí. Yo noté el calor que desprendía su cuerpo y me pegué más a él. Ahogué un gemido. Pude notar perfectamente la erección de su miembro pegada a mi vientre, lo que hizo que me cosquilleara la entrepierna de deseo. En un acto involuntario me moví cuidadosamente sobre su masculinidad.

—¡Por Dios! No te muevas ahora —susurró. Las hermanas Clarkson se acercaban a saludarnos.

Me quedé pegada como una ventosa y sonrojada como un reflejo del color del vestido que llevaba, sin moverme ni un ápice, con todos los músculos del cuerpo en tensión.

Observé que Naruto, vestido de forma parecida a Sasuke, le comentaba algo a Temari y ambos nos miraban y se reían.

—Donella, Caristìona —Sasuke se inclinó levemente hacia ellas—. ¿Se lo están pasando bien? —añadió con educación.

—Ahora sí, querido, que es cuando verdaderamente empieza la fiesta, ¿no crees? —contestó Donella dándole un codazo a su hermana.

—Acérquense a la barra, pidan lo que quieran y disfruten —dijo indicándoles que se alejaran.

—¿En qué piensas? —pregunté yo notando cómo su erección bajaba.

—En algo muy desagradable —contestó él con voz ahogada.

Nos sentamos en una mesa y nos sirvieron una bandeja con varios canapés y dos vasos de whisky, a indicación de Sasuke.

El ambiente se iba caldeando, la música sonaba, la gente conversaba y bebía en una atmósfera distendida y relajada.

Observé como a nuestro lado Naruto bailaba o más bien se restregaba con una amiga de Temari, que miraba desde el otro lado de la sala con cara de enfado. En ese momento oí con claridad la voz de Naruto susurrándole a la chica: "nena, yo soy un capullo". Me atraganté con la bebida y tosí. Creí que se habría olvidado del tema, pero no era así.

—¿Alguna vez piensas decirle lo que significa verdaderamente capullo? —preguntó Sasuke sonriendo.

—Lo iba a hacer cuando ya no pisara suelo escocés, pero creo que es el momento —contesté. Saqué el móvil del bolso y tecleé un mensaje:

Capullo: dícese de una persona idiota, bien por su falta de inteligencia o por su falta de actitud. Se aplica como insulto a personas que hacen malas pasadas, es decir, que joden a otros y no precisamente a quien tienen que hacerlo.

Naruto, sorprendido al oír su teléfono, lo cogió con una mano mientras con la otra seguía sujetando a la joven y lo leyó. En su rostro observé primero sorpresa, luego incredulidad y por último enfado. Me miró con tal intensa expresión de ira que si no llega a ser porque Sasuke me sujetaba por el hombro hubiera salido corriendo. Yo le sonreí con dulzura y le guiñé un ojo.

Todavía con gesto de enfado dejó a la chica y se dirigió a buscar a Temari, a quien arrastró a la pista después de un corto intercambio de palabras y bailó con ella. Pude observar cómo deslizaba la mano por su trasero parándola ahí, para luego mirarla directamente a la cara. Ella le respondió encogiéndose de hombros. En un descuido, ambos desaparecieron de mi campo de visión.

Comenzó a sonar Save the last dance, de Jamie Collum y me vi arrastrada a la pista por Sasuke.

—No sé bailar, al menos esto —dije.

—Déjate llevar —me contestó haciéndome girar una y otra vez, hasta acabar en sus brazos. Yo me reía e intentaba seguirlo. Esperaba que fuera cierto eso que decían de que los hombres que bailaban bien eran unos expertos haciendo el amor, si era así, esa noche prometía ser muy, muy divertida.

Acabó la canción y comenzó una de mis canciones preferidas, una balada de Savage Garden, Truly, Madly, Deeply. Nos abrazamos y nos mecimos al ritmo de la melodía. Él la iba cantando a mi oído como si sintiera cada palabra. Yo me emocioné y lo abracé con más fuerza, quería sentirlo siempre así, cerca de mí, sin separarnos, sintiendo nuestros cuerpos moverse al unísono.

Cuando estaba terminando observé de refilón a Naruto y Temari salir del almacén, él recolocándose la ropa y ella atusándose el pelo. Pedí a Dios, a un Dios en el que empezaba a creer otra vez, que les fuera bien, que se amaran como lo hacíamos Sasuke y yo.

—Tengo una sorpresa para ti —susurró Sasuke con los últimos compases de guitarra.

—¿Cuál? —le miré algo desconfiada.

—Una que estoy seguro te gustará —contestó.

—¿Subimos a tu habitación? —sugerí.

Él rio.

—¿Es que siempre estás pensando en lo mismo?

—Contigo sí —contesté.

—Tendrás que esperar, antes tienes que hacer otra cosa —sonrió.

—¿Umm?

—Cumplir tu promesa —fue su escueta respuesta. Cogió su chaqueta que estaba colgada de la silla y mi bolso y salimos a la noche templada. Porque esa noche, como si las estrellas si se hubiesen aliado a nuestro favor, hacía calor, un calor inusual en las Highlands, que invitaba a estar en el exterior.

Me arrastró al Range Rover de Naruto y emprendimos camino.

—¿Adónde vamos? —pregunté.

—Ya lo verás —dijo de forma misteriosa sin apartar la mirada de la carretera.

No fuimos en dirección a Lewinston, sino que nos adentramos en los valles hacia el norte. Tras varias preguntas, no conseguí sacarle adónde íbamos, así que me callé y disfruté de las vistas, de las que tenía dentro del coche, claro, porque fuera la noche era oscura como la boca de un lobo.

Estacionó el todoterreno a la vera de un camino. Se bajó y sacó algo del asiento trasero, luego me ayudó a salir. En completa oscuridad me sujeté a su brazo para no caerme. Sasuke encontró el sitio con meridiana claridad, aunque yo no veía un paso por delante de mí.

Extendió una manta a cuadros sobre el suelo y dejó otra a un lado por si refrescaba.

—¿Y ahora qué? —le pregunté mirando su rostro tenuemente iluminado por la luna. Sabía perfectamente qué se había propuesto.

—Vas a cumplir tu promesa —dijo.

—No sé cantar —protesté yo—. Apenas recuerdo la canción Danny Boy.

—Soy escocés, Cerezo, no vamos a cantar una canción irlandesa, vamos a cantar una de mi tierra, Flower of Scotland. ¿La conoces?

—Sí, un poco, pero dudo que pueda cantarla.

—Lo haré yo por ti y tú me seguirás, ¿de acuerdo? —preguntó.

—De acuerdo —afirmé. Como para negarle nada.

Comenzó cantando primero suavemente y luego elevando la voz grave de barítono, que reverberaba con intensidad en el silencio de la noche y el refugio de los valles. Yo acabé siguiéndolo en el estribillo, sintiendo cada frase que pronunciaba, con el mismo orgullo que esgrimía él, intentando no perderme en la cadencia escocesa de su acento.

O Flouer o Scotland, Whan will we see Your like again,
That focht an dee'd for, Your wee bit Hill an Glen, An stuid agin him,
Prood Edward's Airmy,
An sent him hamewart,
Tae think again.

Cuando terminamos nos quedamos mirándonos fijamente, sosteniendo ese momento súbitamente mágico entre nosotros. Ya nada existía en nuestro alrededor. Solo éramos él y yo.

—No es una canción tan romántica como Danny Boy... —su voz se perdió y noté su súbito azoramiento.

—Oh, calla —le dije— y bésame.

Por primera vez fue él el que se rindió ante una exigencia mía. Se inclinó sobre mí, levantó mi cara con una mano y me besó, yo abrí la boca y le respondí. Entrelazamos nuestras lenguas con deseo y la pasión duramente reprimida en los dos últimos meses se desató. Sentí su mano sujetándome la nuca, apretando, y la otra abrazándome por la cintura. Yo me sujeté a él completamente mareada. No podía separar mis labios de los suyos, ni él los suyos de los míos, estábamos unidos por siempre en la profundidad y la magia de la tierra escocesa que nos rodeaba. Creí que me iba a desmayar, enfebrecida como estaba, me tambaleé y él, notándolo, me sujetó con más ímpetu y reforzó su ataque a mi boca.

Me sentí arrastrada hacia la manta y me dejé llevar sin querer separarme de él. Me tendió en ella y él se tumbó a mi lado. Me giré para atrapar una vez más su boca, pero él me frenó.

—¿Qué ocurre? —pregunté excitada y mareada a la vez. Nunca me había sentido así.

—Quiero darte una cosa —susurró con voz enronquecida. Sacó de su sporran un pequeño paquete envuelto en papel de regalo.

Yo lo cogí con manos temblorosas y lo abrí, dentro había un anillo de plata, decorado con nudos escoceses. Era bello precisamente por su simpleza. Pese a la escasa iluminación pude ver que tenía una inscripción grabada en el exterior: Mo anam cara.

—¿Qué significa? —pregunté.

—Significa que eres mi alma gemela, aquella a la que puedo revelar las verdades de mi vida, mi alma y mi corazón. Quiero que lo lleves en tu mano izquierda hasta que seas libre de llevarlo en la derecha y me pertenezcas por completo —explicó con voz ronca y susurrante de deseo.

—Te amo, Sasuke —murmuré dejando que él me lo pusiera en el dedo anular de la mano izquierda—. Te amo —repetí emocionada y sinceramente.

Se volvió sobre mí y me tumbó en el suelo, se inclinó lo suficiente sobre mí apoyándose en los brazos para evitar que yo cargara con su peso y volvió a besarme con más intensidad incluso que momentos antes. Yo arrastré las manos por su espalda e intenté sacarle la camisa, él subió su mano por mi pierna con suavidad, tanteando cada centímetro de mi piel desnuda, hasta dejarla apoyada en mi cintura por debajo del vestido.

Y en ese preciso momento la tierra tembló. No, más bien rugió. Sasuke levantó la cabeza separándose de mí.

Frente a nosotros estaba Naruto montado sobre la moto de montaña, que emitía por el tubo de escape un rugido promovido por los violentos giros de muñeca que hacía su dueño.

Sasuke se levantó de un salto y se dirigió hacia él con movimientos lentos y gatunos.

—¿Qué estás haciendo? —le increpó Naruto.

—Lo que llevo deseando desde hace mucho tiempo. Y eso es algo que a ti no te importa —la furia se desprendía de cada palabra.

—Está casada, ¿lo recuerdas? Es lo que esgrimiste en mi contra el mes pasado —amonestó él con igual fiereza.

—¿Crees que no lo sé? ¿Pero qué harías tú si fuera la única mujer que has amado? ¿Retirarte sin presentar lucha? ¿Sin ni siquiera intentarlo? —preguntó Sasuke en tono más conciliador.

—No, lo que haría es llevarla a casa y dejar que solucione sus problemas antes de que te cubran como el lodo del lago y acaben ahogándote —afirmó él girando la moto y despareciendo en la noche estrellada.

Sasuke se quedó un momento de pie, con los brazos a ambos lados, abriendo y cerrando de la tensión de sentía.

—Sasuke —susurré—, vuelve conmigo.

—No —murmuró él girándose—, es mejor que te lleve a casa.

—No —protesté yo—, no quiero, quiero estar contigo. Empezaba a parecerme a mi hija cuando le quitaban un juguete.

—Sí, pero todavía no es el momento —contestó recogiendo la manta y arrastrándome al Range Rover.

Me senté furiosa y contrariada. Quizá tuviera razón. Yo debía aclarar las cosas con Sasori y explicarle lo que había sucedido, lo que sucedería, corregí frustrada.