Capítulo 18

La decisión final


Después de levantarme con una sonrisa estúpida en la cara y vestirme con el pantalón blanco y la camisa de seda negra que me iba a poner la noche anterior, me senté en la cama a esperar que Sasuke viniera a buscarme, ya que me había invitado a comer "verdadera comida escocesa", aunque me daba un poquito de miedo después de haber saboreado los guisos de mi casera, escocesa de décimo octava generación. Aun así estaba deseando verlo de nuevo.

Cogí entre los dos dedos el anillo que me había regalado y me lo saqué observando con más detenimiento las palabras grabadas Mo anam cara, mi alma gemela. Sonreí y me lo volví a poner. Luego miré mi alianza, un simple anillo de oro, deseando podérmelo quitar cuanto antes. ¿Por qué no lo había hecho ya?

De improviso sentí un vuelco en el estómago y un fuerte tirón en el ombligo que hizo que me inclinara hacia delante, sujetándome a la cama para no caer. "¡Dios mío! ¡Akane!" exclamé en voz alta y me levanté corriendo escaleras abajo. Casi atropello a Hiruzen, que subía a buscarme.

—Es tu madre —dijo simplemente resollando—, o eso creemos.

Llegué a trompicones hasta el salón, donde una atribulada Biwako gritaba que no entendía nada y se disculpaba a la vez con su otra interlocutora por teléfono. Le arrebaté el teléfono de las manos, a lo que Biwako respondió con un gritito histérico.

—¡Mamá!

—¡Hija! Sakura, ¿eres tú? —preguntó todavía dudando.

—Sí, ¿qué ha ocurrido? —inquirí con voz ahogada, porque estaba segura de que algo grave había sucedido.

—Es Akane. Ayer por la mañana vino su padre a recogerla, me dijo que quería pasar el fin de semana con ella. Y no sé, me dio mala espina, así que hoy le he llamado y no me contesta. He intentado localizar a sus padres y me dicen que no saben dónde está, que es su hija y tiene todo el derecho a estar con ella. Pero sé que me mienten, lo siento en el fondo de mi alma. ¿Sabes dónde está? —explotó.

—No, no lo sé. Hace tiempo que no hablo con Sasori. Tranquila, voy a intentar averiguar algo —dije con voz susurrante y bronca.

—Un momento —replicó mi madre. Esperé una diatriba a mi comportamiento o una crítica a mi descuido para con el padre de mi hija y me puse a la defensiva.

—¡Qué! —contesté bruscamente.

—Haz lo que tengas que hacer, Sakura —contestó con voz firme y colgó el teléfono.

"Necesito localizar a Sasuke", pensé en un primer momento y como si respondiera a mi invocación mental, oí el ruido del Range Rover aparcando en la puerta de la casa.

A partir de entonces las cosas se desarrollaron a un ritmo vertiginoso, como si yo fuese una simple espectadora de mi propia vida.

Salí corriendo a recibirle, con trazas de angustia reflejadas en la cara.

Él se bajó del coche y me abrazó.

—Es Akane —dije contra su pecho sintiendo los fuertes latidos de su corazón.

—Lo sé, está aquí. Han venido a buscarte —explicó susurrando en mi oído. Pese a la tranquilidad que expresaban sus palabras, podía notar la tensión latente bajo la voz tranquila.

—¿Los dos? —pregunté aun sabiendo la respuesta.

—Sí, el muy cabrón ha escogido el mejor escudo que tiene para que yo no pueda abrirle la cabeza, tu hija —respondió sujetándome para subirme al coche. Su ímpetu me asustó. Sasuke raramente utilizaba palabras malsonantes y nunca lo había oído dirigirse así hacia otra persona.

Me senté deprisa, dándome cuenta de que el bolso estaba en el mismo lugar que me lo había dejado la noche anterior. Comprobé el móvil, tenía numerosas llamadas de mi madre, pero ninguna de mi marido y eso me asustó todavía más.

Sasuke conducía deprisa, de forma brusca y decidida. En un momento dio un volantazo y paró al margen de la carretera.

Sentí que sujetaba con fuerza el volante, sus tendones marcaban la tensión de sus brazos.

—Estoy contigo, ¿lo comprendes? Contigo en todo, si me necesitas, para cualquier cosa solo tienes que mirarme y acudiré a tu lado. Si tú caes, yo caigo, Cerezo —afirmó mirando siempre al frente.

—Lo sé —murmuré apoyando una mano en su brazo. Con esa simple indicación, volvió a acelerar y llegamos al pub.

Sin apenas darle tiempo a apagar el motor salté del coche y entré como una tromba en el local. Adapté mi mirada a la tenue oscuridad del interior y busqué con la mirada. Sasori estaba sentado en una de las mesas que daban a la cristalera principal. Se levantó y se acercó a mí. Yo lo esquivé y corrí dentro.

—¡Mami! —me giré hacia el sonido más precioso del mundo.

—¡Mi amor! —corrí hacia ella y la cogí en mis brazos, enterrando mi rostro en su cuello, oliendo su colonia infantil y sintiendo su frágil cuerpecito pegado al mío.

Estuvimos unos minutos así, abrazadas, reconociéndonos mutuamente, absorbiendo el largo tiempo separadas. Finalmente, la deposité con cuidado en el suelo y me agaché para estar a su altura.

—Cariño —dije con lágrimas en los ojos—, ¿estás bien?

—Sí, ¿por qué? —preguntó ella extrañada—. Hemos venido a buscarte —añadió— porque te echamos mucho de menos.

Noté que empezaba a hacer pucheros y la volví a abrazar, acariciando su cabeza y su espalda.

—Ya está, ya está —decía yo con voz suave—, ya ha pasado todo. Estoy aquí, mamá está aquí.

Noté que Sasuke se acercaba por detrás por el sonido de sus pisadas; sin mirar siquiera supe que era él. Se agachó y mirando a Akane, le dijo en español:

—¿Te vienes conmigo? Tengo pastelitos y dibujos animados en el ordenador, ¿quieres que te los ponga? Vamos, que papá y mamá tienen que hablar —la dulzura con la que habló a mi hija terminó de desarmarme. Sollozando dejé que se la llevara de la mano hasta una mesa del fondo, donde reposaba su portátil.

Me giré y observé a Naruto detrás de la barra. No había dicho nada, pero con una simple mirada me transmitió que él también estaba ahí para ayudarme. Se lo agradecí con un gesto casi imperceptible de la cabeza.

Me volví a Sasori, que se había vuelto a sentar y observaba la escena con curiosidad. Me acerqué algo temerosa y enfadada a la vez.

—¿Qué haces aquí? —lo increpé sentándome en la silla opuesta.

—He venido a buscarte. ¿No te alegras, cielo? —pregunto de forma sibilina.

—Me queda todavía un mes de contrato —dije excusándome. Quería saber la verdadera razón de su llegada.

—Lo sé, pero tanto Akane como yo no podíamos aguantar más sin verte, sin estar contigo, sin tocarte... —alargó la mano para coger la mía que reposaba en la mesa. Yo me solté bruscamente. Una corriente de electricidad recorrió el pub. Sabía perfectamente que Sasuke observaba como una pantera.

—Ni siquiera me has llamado desde mi cumpleaños y ahora apareces. ¿Qué quieres realmente?

—Sí te he llamado, por lo menos veinte veces y todas me has colgado el teléfono. Soy yo el que he venido a pedir explicaciones —me giré a mirar a Sasuke. ¿Había sido él el que le había colgado el teléfono cuando estuve enferma? Ningún gesto de su rostro pétreo me dio la respuesta.

—No quiero volver todavía —afirmé.

—Oh, lo harás —fue su lacónica respuesta.

—¿Por qué? —pregunté desafiándolo.

—Porque aunque no lo hagas por mí, lo harás por tu hija —respondió.

—Mi hija está perfectamente —contesté. En ese momento Akane emitió una carcajada y señaló entusiasmada algo que veía en la pantalla del ordenador.

—Sí, pero no querrás perderla... —dejó la frase en suspenso.

—¿Cómo?

—Perderla para siempre —sacó su móvil y me mostró el vídeo que nos había grabado Temari a Naruto y a mí en lo que a mí me parecía una noche demasiado lejana. Intenté pararlo y él lo impidió obligándome a ver todo el contenido. Yo intenté memorizar el teléfono desde donde se lo habían enviado.

—Eso fue una tontería —contesté con algo menos de fuerza—, no tuvo importancia, había bebido y no pasó nada más. ¿Me estaba chantajeando?

—Seguro que a un tribunal no le parece lo mismo —afirmó con una voz fría como el hielo. ¿Aquel era mi marido? ¿El mismo con el que había compartido los últimos diez años de mi vida? No lo reconocía, ni en su voz ni en sus actos, o quizá la que había despertado a la realidad era yo. Una realidad que golpeaba muy fuerte precisamente donde más dolía.

—¿Crees que los tribunales españoles son como los de las películas americanas? Estás muy equivocado. Además, yo también tengo pruebas de que me has estado engañando —apostillé jugando el as que guardaba en la manga.

—No es cierto —replicó, pero la duda danzaba en sus ojos.

—Sí, lo es. No solo lo he visto yo, lo sabe todo el mundo —dije con más fortaleza.

—¿Y serías capaz de quitarle una hija a su padre? —cambió de táctica de pronto. Descubrí que esta conversación ya la tenía ensayada de antemano.

—Sabes que jamás haría eso —contesté—, pero no quiero seguir contigo. Nuestro matrimonio se ha convertido en una farsa.

Su reacción me sorprendió. Prorrumpió en sonoras carcajadas.

—¿Una farsa dices? Es cierto, pero desde hace mucho tiempo. Y no es precisamente porque yo no lo haya intentado, pero tú, Sakura, tienes la culpa de todo, me embaucaste para casarme contigo y para tener hijos, me ataste a ti cuando yo quería ser libre y ahora vas a pagar las consecuencias —espetó brutalmente.

¿Quién era ese hombre?, me pregunté. Algo amenazador y terrible se cernía sobre él y exudaba tanto odio hacia mí que me eché hacia atrás en la silla. Yo jamás lo había obligado a nada y mucho me temía que esas palabras tan cuidadosamente escogidas no provenían de él, sino de su familia.

—Ve al grano y dime qué es lo que quieres —le insté.

—Quiero que vuelvas, ya te lo he dicho.

—¿Y si no lo hago? —pregunté obligándole a mirarme directamente a los ojos.

—Haré todo lo posible por quitarte lo que más quieres. Conseguiré de un modo u otro la custodia de Akane, tengo pruebas suficientes y dinero para pagar al mejor abogado. No me importa pasar años litigando. Ya me he informado y tengo muchas, muchas posibilidades de ganar.

No me explicó dónde se había informado, si había sido a través de sus amigos, sus compañeros de borrachera, de su familia o de un abogado, pero el terror que sentí en ese momento fue inenarrable.

—¿Te imaginas ver a Akane solo un fin de semana al mes? No creo que puedas soportarlo, Sakura —susurró frío y letal como el iceberg que llevó a pique al Titanic. Y así me sentía yo en ese momento, a punto de hundirme en aguas heladas.

—¿Por qué me haces esto? —sollocé.

Me cogió la mano y yo no tuve fuerzas para soltarme.

—Porque pese a todo te sigo queriendo y quiero que seamos una familia otra vez —contestó con la voz de mi marido, la real, la que yo verdaderamente conocía. Pero a mis oídos sonó como una condena, una terrible condena de por vida. Estaba loco. No podía ser de otra manera. Y me odiaba como nadie me había odiado nunca.

Sopesé la decisión un momento. Él me conocía demasiado bien. Siempre había sabido que lo más importante en mi vida, más que él, había sido Akane, la hija de mi corazón. Quise gritar al cielo, a los dioses y a los druidas. Sin embargo, me levanté en silencio.

—Tengo que hablar con mi jefe —dije como explicación. Su sonrisa de satisfacción me hirió como un puñal. Había ganado y lo sabía.

—¿Cuál? ¿El rubio?

—No, el pelinegro.

—¡Joder, Sakura! Ya sabes que los pelinegros siempre dan mala suerte —se rio sardónicamente.

—¡Vete a la mierda! —le respondí con todo el odio que pude reunir flaqueándome las fuerzas.

Me acerqué con paso lento hacia Sasuke que me observaba con intensidad intentando memorizar en mis recuerdos su rostro amable, sus ojos con el iris circundado de un rojizo profundo, su pelo negro, la firmeza de su cuerpo que aun sentado al lado de mi hija demostraba. Él vio mi gesto y se puso en tensión.

—Tengo que hablar contigo.

En silencio Sasuke se levantó y nos dirigimos a la puerta escondida detrás del escenario y subimos sin pronunciar palabra hasta su piso.

Cuando cerró la puerta tras él se volvió a mirarme.

—Ya has elegido, lo has elegido a él —dijo simplemente.

—No, he elegido a mi hija —contesté echándome a llorar con violentos sollozos.

Él me abrazó y me acarició el pelo y la espalda como solía hacer. Se estaba empezando a convertir en una costumbre. Una costumbre que se acababa ese mismo día.

—No dejaré que te la quite —afirmó.

—Puede hacerlo, Sasuke, yo le he dado suficientes motivos para ello, o por lo menos para que lo intente con tanta fuerza que me deje prácticamente al margen de la vida de Akane y eso no podría soportarlo, por nada en el mundo —sollocé.

—Yo te ayudaré, contrataré al mejor abogado y lucharé, lucharemos juntos por ella, Cerezo, no te rindas ahora —había una súplica en su voz. Eso me dio más miedo todavía, él jamás suplicaba.

—Lo siento, Sasuke —dije separándome un paso de él—, esto se ha acabado.

—No, esto no ha hecho más que empezar. Mírame a los ojos y dime que no me quieres, que no me has querido —instó sujetándome con fuerza por los hombros.

—No me obligues a hacerlo, tú no Sasuke —supliqué.

—Hazlo y solo si lo haces te dejaré marchar —sus manos apretaban con demasiada fuerza mis hombros haciéndome daño. Finalmente, vendí mi alma al diablo.

—No te amo, Sasuke, creí que era así, pero al ver a mi hija y recordar mi vida real me he dado cuenta que he estado viviendo un sueño que no me pertenece —susurré perdiéndome por última vez en las profundidades de sus ojos ónix, ahora oscurecidos por el dolor.

Él me soltó como si le quemara tocarme. Su cuerpo se había vuelto a tensar y la vena del cuello latía peligrosamente.

—Si sales por esa puerta ahora, Sakura, no te molestes en volver nunca —pronunció con voz tensa y ronca—. Soy un hombre fuerte, un hombre paciente, pero también orgulloso. No consentiré otra muestra de cobardía por tu parte. Si quieres irte, hazlo, pero no mires atrás.

Ya estaba todo dicho. Recurriendo a las pocas fuerzas que me quedaban me giré y apoyé mi mano izquierda sobre la pared, donde un reflejo de luz de la ventana entornada captó el brillo de la plata que circundaba mi dedo. Cogí el anillo y con cuidado lo saqué de mi dedo. Lo deposité en la mesita que había a la entrada. No me volví a mirarlo y cuando cerré la puerta a mi espalda oí un sonido bronco, como el aullido de un animal herido. Sasuke, el hombre más fuerte, honorable y orgulloso que conocía, estaba llorando y eso terminó de romper mi corazón.

Bajé despacio las escaleras, mareada y confusa, queriendo memorizar cada textura, cada olor, cada sentimiento y a la vez queriendo olvidarlo todo lo antes posible.

Salí al pub y me dirigí a Naruto. Mi rostro desencajado lo expresó todo. No hizo ningún comentario. Cogí una servilleta y garabateé un número de teléfono. Se lo entregué.

—Averigua a quién pertenece. Esta persona le ha enviado el video que grabó Temari aquella noche.

—Sé a quién pertenece —contestó sin cogerlo—, es de Hotaru. Después de que te empujara al Loch Ness, vino a dejarnos el bolso, que se quedó en la barcaza. Tuvo que ser ella. Creímos que Sasuke lo había solucionado, se enfrentó a ella por tirarte al agua y la llevó a casa de sus padres, a los que hizo frente por primera vez desde que sucedió aquello. Esa mujer es como el demonio —suspiró y se pasó la mano por la nuca.

Yo estaba tan aturdida que ni siquiera había recordado que no me caí, que en realidad me empujaron. De todas formas ahora ya no tenía importancia.

Nada la tenía ya.

—Cuídalo —le supliqué—, cuídalo mucho.

—Yo siempre lo hago —contestó Naruto con una clara insinuación a que yo no lo había hecho.

Cogí a Akane de la mano y manteniéndome alejada de Sasori salimos a la calle. En respuesta a mis oraciones, Dios se había limitado a conjurar una de las peores tormentas que se habían conocido en años. Corrimos a refugiarnos en el coche. Até a Akane, mojándome la espalda y entré completamente empapada en el coche. Miré hacia la ventana de la habitación de Sasuke. Estaba cerrada. No percibí ningún movimiento. De repente sentí un frío helador que se filtraba hasta lo más profundo de mi cuerpo. Agarré la manilla de la puerta con fuerza, temblando, la froté una y otra vez mientras Sasori manipulaba el GPS del coche. Quise abrir la puerta y salir corriendo a buscar al hombre que más había amado nunca.

—Mami, ¿nos vamos a casa? —preguntó mi hija interrumpiendo mis pensamientos desde el asiento de atrás.

—Sí, cielo, volvemos a casa —solté mi mano de la manilla y Sasori arrancó el coche.

Hicimos una pequeña parada en casa de Hiruzen y Biwako para recoger mis cosas. No les di demasiadas explicaciones. Ellos por una vez no preguntaron más. Me devolvieron el pago del mes de agosto. Salieron a despedirse a la puerta. Por la ventanilla del coche pude ver a Hiruzen enjugarse los ojos enrojecidos con el borde de su bata de felpa verde y a Biwako hacer lo mismo con la esquina del delantal floreado. Les había cogido cariño. Comencé a llorar en silencio, con lágrimas ardientes que caían sobre mi blusa de seda, creando pequeños charcos oscuros de soledad.

Llegamos al aeropuerto de Edimburgo sin perdernos ni una sola vez. Cómo había conseguido llegar Sasori a Escocia, alquilar un coche y encontrarme sin saber una palabra de inglés constituía un misterio para mí, un misterio que ni me importaba, ni quería preguntar.

Facturamos mis maletas, ya que ellos solo llevaban equipaje de mano, y nos sentamos a esperar la llamada al embarque. Ni siquiera pitó la máquina cuando pasé, supongo que me estaba apagando tanto que ni siquiera el detector había notado mi presencia.

—¡Maldito whisky escocés! Y eso que el rubio me dijo que era su reserva especial —exclamó Sasori la tercera vez que volvió del baño.

Yo lo miré extrañada. Guardábamos una botella de un engrudo imbebible al que llamábamos nuestra reserva especial, que producía un terrible malestar durante días. Lo reservábamos para algún cliente demasiado molesto. En mi tristeza no pude evitar dirigir mentalmente mi agradecimiento a Naruto.

—Crees que soy tonto —afirmó—, pero sé que entre el rubio y tú había algo más que lo que has contado.

Yo no me molesté en contestarle. Además de idiota era ciego, pero no se lo iba a decir.

Montamos en el avión en tres asientos contiguos, yo le dejé a Akane la ventanilla, porque estaba muy emocionada por ver el cielo de cerca. Sasori se sentó a su lado, en un alarde de protección masculina impropia de él y yo simplemente me dejé caer en mi asiento de pasillo.

Ambos se durmieron nada más despegar el avión. Yo no podía cerrar los ojos. Los tenía tan enrojecidos e irritados de llorar que me era completamente imposible. Busqué en mi bolso una toallita húmeda para refrescármelos. Revolví y encontré un pequeño paquete cuadrado y plano, del tamaño de una mano, envuelto en papel de plata. Lo cogí extrañada, parecía un regalo, pero ¿de quién? De Sasuke, no podía ser de otra persona.

Lo abrí con cuidado de no rasgar el papel. Dentro había una caja de madera oscura tallada. La abrí y del interior cayó un papel doblado, que sujeté con una mano. Con la otra cogí lo que escondía la caja, una pulsera de oro blanco con tres colgantes, el primero era una delicada flor de cerezo escocés con un rubí en el centro, el segundo una bola del mundo con pequeños diamantes prendidos en los cinco continentes y el tercero dos corazones uno más pequeño que el otro con una pequeña llave tallada. La dejé caer en mi mano escuchando el tintineo de las joyas y la giré a la luz artificial del avión. En el reverso había algo escrito con letras gaélicas Mo cion daonnan, no lo entendí y supuse que nunca lo sabría. Me froté las mejillas, arrasadas otra vez por lágrimas ardientes y saladas que herían mi ya delicada y expuesta piel.

Cogí la hoja de papel con manos temblorosas y comencé a leer, eran párrafos cortos escritos a pluma con la elegante y estilizada caligrafía de Sasuke. Los reconocí en la segunda frase:

Verdadera, loca y profundamente Yo seré tu sueño,
Tu deseo, tu fantasía.
Seré tu esperanza, tu amor,
Seré todo lo que necesites.
Y cuando las estrellas brillen Con más fuerza en el cielo aterciopelado, pediré un deseo para enviarlo al cielo.
Te amaré más con cada aliento, Sinceramente, loca y profundamente.
Seré fuerte, seré fiel,
Porque estoy contando con Un nuevo principio,
Una razón para vivir, un significado más profundo. Sinceramente, loca y profundamente.

Tha gràdh agam dhut, te amo, mi Cerezo. Tú eres para mí Mo Cion Daonnan, mi amor eterno.

He visto el video clip de la canción esta noche y me he dado cuenta que somos como los protagonistas, buscándose sin cesar hasta que finalmente nos hemos encontrado, para no separarnos jamás.

Sasuke.

Era parte de la letra de mi canción favorita, Truly, madly, deeply, de Savage Garden, la que habíamos bailando la noche anterior. ¿De verdad habían transcurrido solo unas horas? Para mí parecía haber pasado un siglo, un siglo de soledad que pesaba en mi alma herida.

Y mientras mi marido y mi hija dormían acunados por el ronroneo de los motores del avión dejé que mi mente vagara a lugares mucho más hermosos.

—Para el coche —le grité.

—No —contestó él—, tengo que hacer lo correcto.

—Lo correcto lo decido yo y quiero que me lleves a tu casa —él siguió ignorándome por completo.

—¡Ahora! —exclamé.

Y Sasuke, un hombre con fuerte voluntad, acató por fin mis órdenes. Con un volantazo giró el coche ciento ochenta grados y me llevó a su casa. Aparcamos en el callejón y subimos por la escalera trasera, como dos adolescentes, corriendo y escondiéndonos entre las sombras.

Entró y cerró la puerta. Me miró fijamente y cogió mi rostro entre sus manos.

—¿Estás segura, Sakura? —preguntó.

—Completamente —contesté yo sujetándome a él.

—No quiero ser el otro, quiero ser el único. Quiero que eso quede claro —exclamó atrapando mi mirada.

—Completamente claro —repetí empezando a subir mi mano por debajo de su falda disfrutando con el contacto de su piel caliente y la suavidad de su vello oscuro. Alcancé mi objetivo con rapidez y decisión. Sujeté su miembro con firmeza, acariciando su piel suave y las venas que latían con fuerza, sintiendo cómo se erguía a mi contacto. Entonces bajé un poco la mano y tomé sus testículos pesados y tensos.

Él emitió un gemido e intentó apartarse.

—Para, Cerezo, o terminaré antes de haber empezado —exclamó con voz ahogada.

Mientras tanto sus manos habilidosas no habían dejado de moverse. Me había quitado el bolero de piel, arrojándolo a una esquina, y palpaba mi vestido buscando una cremallera o un corchete. Yo lo ayudé y simplemente me quité el cinturón, dejando que el vestido se deslizara por mi cuerpo hasta quedar enrollado a mis pies. En un alarde de valentía no me había puesto sujetador. Él se apartó un momento y puso los ojos en blanco.

—No sé cómo lo haces, pero siempre me sorprendes —exclamó con voz ronca.

—Bueno, tú no llevas calzoncillos —contesté yo encogiéndome de hombros. Él respondió con una sonrisa irónica.

Cogió mi braguita de encaje negro por los laterales con dos dedos y la deslizó con cuidado por mis piernas, hasta dejarme completamente desnuda, solo vestida con las sandalias de tiras de cuero negro. Ese simple gesto hizo que estuviera completamente excitada y preparada para él.

Se apartó un momento y me observó intensamente a la luz de la luna que se filtraba por la ventana. En un pensamiento fugaz me di cuenta de que esa ventana daba directamente a la casa de Chiyo, que si estaba despierta, y casi estaba segura pues había visto luz, le íbamos a ofrecer un espectáculo estupendo. "Disfrute, señora Higgison y prepárese unas palomitas para ver el espectáculo". Olvidé mi rubor y mis pensamientos se centraron en lo verdaderamente importante. Le quité la chaqueta y desabroché su camisa con urgencia, acariciando sus pectorales al hacerlo, notando la suavidad de su piel y la firmeza de sus músculos, las pequeñas depresiones que formaban sus pezones, pequeños y oscuros. Él se inclinó para besarme y tuve una vista directa de las pecas que tenía en los hombros, pequeñas manchitas marrones ocultas hasta ahora a mis ojos hambrientos. Devoré su boca con la misma intensidad que él lo hacía con la mía, nuestros cuerpos juntos, y sentí toda la fuerza de su contacto, escuché el tamborilear de su corazón y supe que el mío estaba igual de acelerado. Los pequeños remolinos de pelo oscuro me hacían cosquillas en mi ya de por sí inflamado pecho...

Deslicé mi mano para soltar la hebilla del cinturón de cuero y él me ayudó con unos dedos rápidos que maniobraron para soltar el ajuste... En un instante nos quedamos completamente desnudos, pegados el uno al otro.

Se separó un momento y se agachó para quitarse las medias y los zapatos, hizo lo mismo con mis sandalias. Se irguió en toda su altura y me alzó en brazos. Yo lo rodeé con mis piernas desnudas, sintiendo la dureza de su miembro rozando la carne inflamada entre mis piernas. Me llevó en brazos hasta la cama y me tumbó.

Se quedó un momento observándome. Yo me erguí y me apoyé sobre un codo, también admirando lo que llevaba tanto tiempo deseando ver. A mi boca asomó una sonrisa.

—¿Qué te hace tanta gracia? —preguntó algo enfadado.

—Cuando te conocí, lo primero que pensé fue si tendrías el pelo negro en otras partes de tu cuerpo además de en la cabeza —expliqué ruborizándome.

—¿Y bien?

—Ven aquí —exclamé atrayéndolo hacia mis brazos.

Se tumbó sobre mí con cuidado de no aplastarme con su peso y volvió a besarme. Yo exploré y enrosqué mi lengua con la suya con una pasión desesperada, saboreando el gusto a whisky que perduraba en su boca. Deslizó su lengua por mi cuello sintiendo cómo me estremecía y lo abrazaba con más ardor. Su boca atrapó uno de mis pezones, erguido al mero roce de sus labios, gemí y me arqueé deseando más, el succionó más fuerte soltándolo con un suave mordisco mientras me acariciaba con los dedos el otro pezón con pericia. Sentí que me derretía bajo él y creí que iba a llegar al orgasmo con ese simple contacto. Paró un momento y me observó. Yo clavé mi mirada en la suya con una súplica silenciosa.

—Eres tan frágil, Cerezo, temo hacerte daño —murmuró.

—Soy más fuerte de lo que parece —contesté enterrando mi boca en su cuello.

Aspiré su olor a cítricos y madera de sándalo, y chupé su cuello salado y algo picante por el perfume, notando la vena que palpitaba bajo mi lengua. Él me abrió las piernas con una sola mano y se situó entre ellas. Bajó su mano y me acarició la carne inflamada y palpitante. Volví a gemir con más fuerza. Él gruñó e introdujo un dedo en mi interior. Yo me revolví buscando más, deseando más. Sacó el dedo e introdujo la punta de su pene duro y tenso. Gimió y se arqueó sobre mí. Yo respondí abriendo más las piernas y sujetándome a su espalda con desesperación. Empujó con fuerza y lo noté dentro de mí hasta el límite del dolor. Emití un pequeño grito.

—No puedo parar, ahora no —exclamó con voz agonizante.

—No lo hagas —respondí yo.

Se deslizó fuera un poco solo para arremeter con más fuerza. Sentí que me partía en dos y comencé a moverme con más rapidez queriendo sentirlo dentro, muy dentro de mí, frotando, rozándome, dándome placer. Sentí que llegaba el orgasmo tan esperado en un súbito estallido de placer que contrajo todos mis músculos e hizo que mi mente palpitara al ritmo de mi corazón, haciendo que él se arqueara con fuerza y emitiera lo que parecía un grito de guerra. Nos quedamos abrazados sintiendo los latidos acompasados y rápidos de nuestros corazones, notando pequeñas sacudidas de placer en cada centímetro de nuestra piel.

Todavía dentro de mí susurró sobre mi rostro arrebolado.

—Te amo, Cerezo, te amo tanto que creo que podría deshacerme entre tus brazos.

Le sonreí con dulzura sintiendo lo mismo que él y acaricié con menos premura su espalda admirando su piel tan aterciopelada y la firmeza de los músculos tensos por el esfuerzo de quedarse lo suficientemente separado de mí como para no aplastarme con su peso. Recorrí con un dedo la línea de sus vértebras hasta llegar a sus glúteos cubiertos por suave vello, pasando la mano por la pequeña depresión de sus laterales. Con tan sencilla caricia noté cómo él iba creciendo otra vez dentro de mí y me arqueé ofreciéndole mi pecho de nuevo, que él atrapó sin perder un instante entre sus labios.

Volvimos a mecernos, esta vez con más calma, sintiendo cada movimiento, cada nuevo empuje, el roce de la delicada piel del interior de mis muslos contra los músculos tensos de su cadera. Agarré su trasero con las manos y lo atraje hacia mí hincándole las uñas, notando cómo llegaba otra vez. Él apremió el ritmo y yo me dejé llevar, escuchando el chasquido de la piel húmeda contra piel húmeda, revolviéndome debajo de él hasta casi perder el sentido, deseando escapar, deseando quedarme siempre allí.

—Más —susurré o grité, no recuerdo.

Él levantó una de mis piernas y su penetración se hizo más profunda. Sintiéndome perdida y a la vez encontrada todo volvió a estallar de un modo ensordecedor, latiendo de forma desenfrenada a lo largo de cada fibra sensible de mi cuerpo. Gemí una y otra vez hasta que, arropada por su cuerpo sobre el mío, encontré la calma que había estado buscando toda mi vida.

Un rato después, cuando nuestros corazones se calmaron, se giró y se puso detrás de mí, me rodeó con una mano y me apretó contra su cuerpo. Posó la mano en mi estómago y comenzó a trazar pequeños dibujos invisibles sobre la piel.

—Dime —comentó susurrando a mi oído—. ¿Dónde te gustaría ir de luna de miel?

Intenté girarme para verle el rostro, pero la fuerza de su abrazo lo impidió.

—¿Me estás proponiendo matrimonio, Sasuke? —pregunté yo con el corazón desbocado de nuevo y la mirada perdida en algún punto de la pared.

—¿No ha quedado claro cuando te he entregado el anillo? ¿O quizá esperas que me arrodille y te lo pida más formalmente? Tendré que hablar con tu madre al respecto, pero no creo que se oponga. Y bien, ¿te casarás conmigo? —respondió ofreciéndome las suficientes explicaciones como para que yo supiera que eso era algo que ya tenía meditado y no era fruto de la pasión compartida esa noche.

—¿Acaso lo dudas? Además, mi madre te adorará, estoy segura. Y sobre la luna de miel —medité un momento la respuesta y dije con voz soñadora—, me gustaría hacer un viaje por Europa, no uno de esos en los que te levantas viendo la torre de Pisa y te acuestas con la torre Eiffel de fondo. No, me gustaría pasar varios días en cada país, pasear de la mano, descubrir sus calles y restaurantes, y hacer todas las noches el amor contigo. ¿Es demasiado? —pregunté algo azorada.

—En absoluto —noté su respiración junto a mis mejillas—. Yo estaba pensando en una vuelta al mundo —dijo riéndose, pero empezaremos con Europa si eso es lo que prefieres.

Nos quedamos un momento callados, meditando lo que acababa de suceder y lo que sucedería en adelante.

—¿Me reconociste, Sasuke? ¿Cuándo me viste por primera vez? —era algo que deseaba saber desde que había leído su diario.

Él soltó un fuerte suspiro que revolvió mis cabellos.

—Sí. Bueno, si te soy sincero lo primero que vi fue tu trasero asomando en el brezo y, la verdad, aunque tenía ganas de darte una lección, me hizo bastante gracia. Luego te levantaste y te enfrentaste a mí como si yo fuese el verdadero culpable de que lanzaras una piedra contra mi coche y me quedé sin respiración. Ante mí estaba la única chica que había conseguido que mi corazón se acelerara y que mis... eh... mis... ya sabes, me dolieran bastante durante bastante tiempo. Además —yo me reí contra la almohada—, tenías el pelo revuelto y parecía que te hubieses pegado con la mitad de los clanes de Escocia y, sin embargo, me mirabas con la misma fiereza que la vez en que te diste cuenta de mi presencia en Madrid. No obstante, aunque tu rostro era el mismo, algo había cambiado, una tristeza ocultaba parte del brillo que solía tener tu mirada, estabas más delgada y pálida, el pelo más claro y largo, pero la misma nariz respingona que erguiste frente a mí entonces, como si fueras la mismísima reina de Inglaterra. Creí que eras parte de un sueño, que un hada revoltosa y traviesa había venido para torturarme con mis recuerdos, por eso tuve la necesidad de tocarte, de sentir que verdaderamente eras real. Casi me abofeteas —explicó.

—Lo deseaba. Te presentaste ante mí como si fueras un genio nórdico y encima pelinegro —contesté ahogando otra risa en la almohada de plumas.

Bufó haciendo que una guedeja de mi pelo volara hasta posarse sobre mi mejilla.

—Algún día, Cerezo, tendremos que hablar de esa fobia que sientes por los hombres de pelo negro —murmuró, pero no había enfado en su voz—. Cuando te vi, allí en medio del valle, cubierta de barro hasta la rodilla y con los brazos en jarras, recordé una frase de mi abuelo —dijo con voz soñadora.

—¿Cuál? —pregunté yo en un susurro.

—Una vez, hablando de mujeres. La verdad es que era bastante complicado hablar de mujeres con los hombres Uchiha. Por un lado estaban los sabios consejos de Naruto —masculló algo entre dientes— y por el otro las costumbres anticuadas de mi abuelo. Así que tenía un pequeño lío en la cabeza y mis partes bajas ardiendo la mayoría de los días como en el fuego del infierno. Entonces le pregunté a mi abuelo qué mujer haría que calmara todo lo que sentía. Él cogió su pipa con tranquilidad, la golpeó contra la pared para vaciarla, sacó el tabaco del interior de su chaqueta de punto, la llenó hasta casi el borde y le acercó el fuego. Yo a esas alturas estaba a punto de quitarle la maldita pipa y aplastarla en el suelo hasta hacerla mil pedazos. Por fin y después de lo que pareció una eternidad, exhaló el humo y con calma, como si profiriera una sentencia exclamó con voz cascada: "hijo, cuando algo en el camino te haga parar, recógelo". Yo me quedé mirándolo con cara de estúpido y sin entender absolutamente nada. No volvimos a mencionar el tema hasta que te vi emerger de entre las aliagas y, por fin, comprendí las palabras de mi abuelo.

Yo a esas alturas ya me reía abiertamente sujetándome el esternón. Mis movimientos despertaron algo que estaba dormido desde hacía rato.

Su mano subió hacia mi pecho, acariciándolo y pellizcándolo suavemente y bajó hasta la hendidura entre mis piernas. Yo las separé solo unos centímetros, lo suficiente para que sus dedos alcanzaran el objetivo. Acarició y pellizcó mi carne inflamada hasta que le respondí gimiendo y abriendo más las piernas. Él sujetó mi pierna derecha contra su cuerpo y entró dentro de mí con fuerza y sin titubear. En un reflejo intenté apartarme ante el impacto, a lo que él respondió sujetándome con más fuerza posando su mano en mi vientre e inclinándome hacia delante, tras lo cual volvió a acariciar la parte más sensible de mi cuerpo. Me dejé llevar, ya que no tenía mucho más margen de acción. No me permitía tocarlo, solo sentirlo dentro de mí, con fuerza, hinchándose más a cada embestida, hasta que ambos nos arqueamos con la misma fuerza y prorrumpimos en un grito agónico.

—Sasuke —le dije respirando con dificultad—, vas a acabar conmigo.

—¿Te he hecho daño? —preguntó preocupado poniéndome de espaldas para mirarme.

—No, es que, simplemente, creo que no puedo más —me temblaban todos los músculos del cuerpo que sabía que tenía y otros de los que no tenía constancia.

—Duerme, mo luaidh—dijo con voz queda.

—¿Qué significa mo luaidh? —pregunté con voz adormilada.

—Mi amor —contestó en susurros. Yo quise contestar algo, pero el cansancio me estaba ganando la partida. Al instante y con la cabeza apoyada en su pecho escuchando el tranquilo latido de su corazón abracé a Morfeo.

Desperté tiempo después y me giré notando su ausencia de la cama. Abrí los ojos y lo observé, al lado de la ventana. Su piel brillaba iluminada por la luna, estaba completamente desnudo, de pie, con los brazos cruzados en el pecho. Tenía una expresión dura, como buscando algo entre los valles que nos rodeaban.

—Sasuke —murmuré incorporándome un poco.

—¿Te he despertado, mo luaidh? —preguntó en tono preocupado.

—No, me he despertado al no sentirte a mi lado —de repente la cama vacía me hizo sentir una soledad inmensa—. ¿Qué estás haciendo?

—Velar tu sueño —dijo acercándose.

—¿Por qué?

—Es difícil de explicar. He sentido algo, una presencia oscura, una punzada en la nuca... —su voz se perdió cuando se sentó a mi lado.

—¿Crees en ese tipo de cosas? —pregunté extrañada.

—Soy escocés —replicó—. He sido educado y he vivido lo suficiente en esta tierra para ser lo suficientemente precavido y no ignorar ciertos avisos.

—¿Qué piensas que es? —inquirí estremeciéndome.

—No lo sé, quizá un alma perdida que se ha acercado para que la perciba, o un aviso de algo que está por suceder. Lo único que sé es que debería estar atento y no reírme de estas supersticiones. He sentido que iba a perderte —confesó con voz queda.

—No lo harás. Nunca —afirmé acercándome a él.

Lo abracé y el respondió a mi abrazo con fuerza. Aspiré su tenue olor a madera de sándalo y cítricos, ahora difuminado y mezclado con el olor salado del sudor y el almizcle del sexo.

—Vamos a ducharnos, nos sentará bien —le ordené cogiéndolo de la mano.

Entramos en el baño sin separarnos. No había bañera, solo una ducha enorme, algo completamente extraño en esas tierras, pero normal si conocías lo suficiente a mi futuro marido.

Abrimos el grifo del agua y dejamos que corriera por nuestros cuerpos. Él me enjabonó con cuidado deteniéndose más de lo necesario en ciertas partes. Yo hice lo mismo, riéndome cuando empecé a notar que se volvía a excitar. Me arrodillé y lo tomé en mi boca. Él contuvo la respiración sorprendido por el súbito ataque. Me sujetó la cabeza y con suavidad pero con insistencia me instó a que siguiera. Yo succioné y chupé con ansia y desesperación. Ahora él era mío, completamente mío. Cuando creí que se iba a derramar en mí, me separó de pronto y me levantó, apoyándome en la fría pared de cerámica.

—¿Qué haces? —pregunté con voz entrecortada.

—Ahora lo verás, futura señora Uchiha, desvergonzada y libidinosa. Quiero saborearte, voy a hacerte el amor con mi boca, ya que creo que no tengo fuerzas para nada más por esta noche —dijo arrodillándose y obligándome a abrir las piernas.

Nunca me había sentido tan expuesta, tan desnuda, tan vulnerable como entonces y, sin embargo, tan amada. La sensaciones se mezclaron a mi alrededor, la frescura de la cerámica en mi espalda, la fuerza de sus brazos sujetándome la cintura, el roce de su barba en la piel del interior de mi piernas y su lengua, cálida y experta, que chupaba y lamía con maestría, sabiendo cuando parar y cuando cambiar el ritmo hasta que sentí cómo me estremecía.

—No puedo —susurré.

—Sí puedes —contestó el. Y yo sentí el aliento en la carne expuesta. A Sasuke nunca le podría decir que no, esa palabra no estaba en su vocabulario.

Me dejé llevar creyendo que ahora la que se iba a romper en mil pedazos era yo. El orgasmo llegó haciendo que la sangre reverberara en todas las venas y las terminaciones nerviosas de mi cuerpo, tensándome con violencia. Él se irguió frente a mí con una sonrisa de suficiencia, me levantó las piernas y me penetró con ferocidad, hasta lo más profundo de mí ser. Me dolía y me excitaba a partes iguales. Quería parar y quería seguir eternamente. Todo volvió a estallar alrededor y ambos nos sujetamos en un estremecimiento compartido. Grité y el ahogó un gruñido en mi cuello. Después de un momento me dejó de pie sobre la ducha, yo me tambaleé todavía mareada y el me sujetó con fuerza, a la vez que cogía una toalla para arroparme.

Me secó con suavidad y luego dejó caer la toalla al suelo. Me miró con una mezcla de enfado y tensión en su mirada.

—Mira lo que te he hecho —susurró acariciando mi piel y haciéndome girar para contemplarme en el espejo.

Me miré con curiosidad. Mis ojos estaban febriles y rodeados por unas profundas ojeras. Sin embargo, mi rostro lucía brillante y ligeramente arrebolado. Pero no era eso lo que preocupaba a Sasuke. Alrededor de mi boca y en mi cuello se veían marcas rojas y mis pezones tenían un color cereza bermellón y a su alrededor se veían unas sombras rojizas, más otras dos de un tono violáceo que comenzaban a verse en mi cadera y en la suave y blanca piel del interior de mi muslo derecho.

Observé su rostro a través del espejo y lo vi preocupado y compungido.

—Yo me veo estupendamente —afirmé—, algo cansada, pero me siento perfectamente —esto lo dije con total sinceridad. Todos los miedos, la congoja y la angustia del último año habían sido borrados como si estuvieran escritos a tiza en una pared.

—¿Seguro que estás bien? —pasó su mano por las rojeces producidas por la dura barba que comenzaba a crecerle dándole el aspecto de un diablo y por los moratones, que seguro que al día siguiente tendrían mucho peor aspecto.

—Perfectamente —contesté girándome y besándolo con pasión. ¡Dios! ¡Qué me pasaba! ¡No podía separarme de ese hombre!

Él se separó con cuidado.

—Creo de deberíamos esperar unos días por lo menos antes de... —su voz se perdió y su cuello se ruborizó.

—Está bien —concedí—, un día, dos a lo sumo. Ni uno más.

Él se rio y me acompañó a la habitación.

—¿Qué hora es? —pregunté.

—O demasiado pronto o demasiado tarde, según quieras verlo. Son las seis de la mañana —dijo mirando su reloj.

—¡Tengo que volver a casa! —exclamé—. ¿Qué pensarán Hiruzen y Biwako?

—Bueno, creo que lo que han pensado todos cuando hemos abandonado la fiesta. Así que supongo que no se mostrarán sorprendidos —sonrió dándome un beso en la frente.

Me vestí deprisa, lo mismo que él y con las primeras luces del alba me dejó en casa de mis caseros. Subí con cuidado las escaleras, aun así los oí murmurar en la habitación. Me acosté y oí el crujir de un colchón demasiado antiguo con un ritmo muy familiar y pequeños grititos de Biwako que seguían el ritmo sin perder el compás. Me quedé dormida, pensando que ellos también habían tenido su noche de fiesta.

*
La voz del piloto informándonos que sobrevolábamos el aeropuerto de Barajas, me sacó de mi ensoñación. Guardé rápidamente la caja y la hoja de papel en el bolso y me volví a mirar a Akane, que seguía profundamente dormida.

—¿Qué dice? —preguntó Sasori observándome con una mirada intensa y desconocida para mí.

—Que vamos a aterrizar, hay que ponerse los cinturones de seguridad. Despierta a Akane e incorpórala —contesté en voz átona.

Hizo lo que le pedí y aterrizamos en suelo español. Esta vez mi maleta salió la primera y nos dirigimos al mostrador de los coches de alquiler para recoger el que nos esperaba.

Cuando salimos del refugio del aeropuerto un fuerte golpe de aire caliente proveniente del desierto del Sahara nos golpeó. Según informaban las noticias estábamos viviendo el verano más caluroso de los últimos sesenta años. Eso hizo que mi dificultad para respirar desde que salí de Escocia empeorara bastante y, boqueando y sudando a mares, llevé a Akane hasta el coche que esperaba en un aparcamiento exterior. Todavía era pronto, tendríamos varias horas de luz y con suerte llegaríamos a casa sobre las diez de la noche.

Me monté en el coche. Sasori y yo solo hablábamos para concretar lo importante, como cargar mis voluminosas maletas o qué ruta seguir para salir de Madrid.

Cuando empezó a conducir, el mutismo se instaló dentro del vehículo. Solo Akane, despierta y excitada, iba comentando lo que veía a través de la ventanilla. Había tenido la gran suerte de que mi hija no heredara la maldita costumbre de marearse de su madre. Yo, sin embargo, no sentía nada, aparte de un terrible cansancio emocional, no había ni rastro de mareo, lo que hizo que el viaje pareciera todavía más largo y pesado de lo habitual.

Llegamos a casa y mientras Sasori llevaba el coche a la central de alquiler, yo abrí todas las ventanas intentando, sin conseguirlo, refrescar algo el ambiente, sintiéndome atrapada en esas cuatro paredes que tanto había llegado a amar y que en esos momentos eran como una cárcel.

Mis manos temblaron cuando conecté el teléfono para que recibiera la señal en España. No tenía ninguna llamada, ningún mensaje de Sasuke. En el fondo de mi alma y mi corazón, sabía que nunca lo iba a tener. Era un hombre de fuertes convicciones. Si yo había salido de su vida, él lo había hecho de la mía para siempre.

Bañé a Akane, cansada y sudorosa por el viaje, y la acosté. Sasori seguía sin venir. Yo me desnudé en el espejo de la habitación y observé los restos en mi piel de la pasión de la noche anterior. Además de los moratones, tenía un fuerte chupetón en el cuello, que tapé dejándome el pelo suelto. ¿Lo habría visto Sasori? Estaba segura que sí. No me duché, quería conservar los restos de su aroma que todavía pervivían entre los pliegues de mi piel. Con las ventanas abiertas me acosté en la cama, tapada solo con una sábana hasta la cintura. Recordé mi edredón de Rayo McQueen y ese simple acto hizo que comenzara a llorar atravesada por violentos sollozos. Me quedé dormida mojando la almohada con lágrimas saladas y calientes...

No oí llegar a Sasori.