Capítulo 19

Perdida


¿Qué se siente cuando estás muerta y, sin embargo, sigues viviendo? Yo lo podría definir: en el interior, tu alma, tu esencia vital se va apagando lentamente, consumiéndose como un pergamino antiguo que se resquebraja entre tus manos, como el resto deshecho de toda una vida, hasta que solo queda una carcasa de hueso cubierta de piel ajada y pálida.

Hablaba sin saber lo que decía y con frecuencia me daba cuenta, por los comentarios de Akane, que lo hacía en inglés, sin percatarme de ello. Cuando me lo hacía notar, lágrimas volvían a asomar a mis ojos cansados y enrojecidos.

No podía dormir y daba vueltas y más vueltas odiando a Matsuri por mandarme a un lugar en el que lo había perdido todo, y luego comencé a odiarme a mí misma porque yo era la única culpable de mi desgracia.

Al tercer día comenzaron las pesadillas, en las que unas veces luchaba entre la niebla tratando de alcanzar algo que se me escapaba, en otras aparecía la sonrisa de Sasuke en algún recuerdo perdido y yo alargaba la mano para tocar su rostro y él se desvanecía. La mayoría de las veces despertaba cubierta de sudor frío y con la respiración agitada, sujetando la sábana con ambas manos, como si eso pudiera salvarme. A veces gritaba, despertando a Sasori y a Akane, y avergonzada enterraba la cabeza en la almohada y sollozaba ahogando mis gemidos.

Sin embargo, dentro de todo el caos de mi mente, se fue instaurando poco a poco la rutina. Me levantaba, cuidaba de Akane y la llevaba todos los días a la piscina. No me bañaba, simplemente me sentaba en el borde observando sus progresos. Me concentraba en su rostro redondo e infantil, en su pelo mojado, cayendo en suaves bucles rojizos, en su sonrisa confiada y sentía que todo podía volver a la normalidad evitando que me despeñara por el precipicio. Pero solo duraba un instante.

Me intentaba convencer una y otra vez de que todo aquello era por ella, que llegaría un momento en que el dolor pasaría y quedaría solo un recuerdo amargo que reprimiría con el tiempo. Nunca el sentido de la frase "hacerlo todo por un hijo" había tenido tanto significado.

Escribí a mi trabajo comunicándoles mi reincorporación para el uno de septiembre, pero ellos me devolvieron una amable misiva informándome que mi puesto ya no estaba disponible, que cuando hubiera otro que se adecuara a mi currículo me llamarían. Ya no tenía ni trabajo, pero tampoco me quedaban fuerzas para llorar ni hueco en el alma para otro pellizco de dolor.

Mi madre iba todas las tardes a verme, a veces sola, a veces acompañada por Jiraiya, para ayudarme a bañar y a darle de cenar a mi hija, aunque su intención era no dejarme sola. Estaba muy preocupada y no se molestaba en ocultarlo. Apenas hablábamos y cuando lo hacía, yo notaba la voz demasiado ronca, extraña después de estar varias horas en silencio.

Nunca le expliqué lo que había ocurrido, aunque ella lo supo desde el principio y en esas largas semanas de verano, fue la roca en la que apoyarme.

Sasori pasaba todo el día fuera de casa. Un día que llegó demasiado tarde y demasiado borracho, me encaré con él.

—Como sigas así vas a perder el trabajo —le amonesté.

—Eso ya ha sucedido, Sakura, me despidieron el mes pasado —contestó con voz ruda.

Yo ahogué un gemido.

—¿Qué ocurrió?

—Me peleé con un compañero. No me han dado ni un euro de indemnización, me han dicho que es un despido procedente, así que no cobro paro. Pero pronto encontraré algo —afirmó con la confianza de un borracho.

—¿Qué? —exclamé. Ahora que yo no tenía trabajo y él tampoco, no había ningún ingreso en casa. Lo poco que yo había conseguido en Escocia se estaba agotando, debido a los numerosos pagos que teníamos. Me hundí un poco más en el pozo—. No lo entiendo —le dije enfadada—. ¿¡Qué has hecho para te echaran así de la empresa!?

—¡Basta! —gritó él dando un fuerte golpe con el puño en la mesa de cristal de la cocina que se hizo añicos.

Yo retrocedí asustada. Y la voz de mi hija resonó en toda la casa en un grito agudo.

—¡Mami! —corrí a consolarla.

Estaba muy preocupada y asustada. Akane ya no era un bebé y se estaba dando cuenta de muchas cosas que, a su forma infantil de entenderlas, lo único que hacían era ponerla más nerviosa. Notaba que su carácter habitualmente tranquilo y sonriente estaba cambiado, ella también estaba triste y, en ocasiones, percibía un temor en sus ojos que me encogía el alma.

A finales de agosto tuve una pesadilla de las peores. Me desperté con la terrible sensación de que algo malo había ocurrido. Algo le había sucedido a Sasuke. Estaba herido y sufriendo. Lo notaba en cada fibra de mi ser.

Cogí el teléfono en cuanto amaneció. Llamé a Temari, tardó bastante en contestar, pero finalmente lo hizo.

—¿Qué quieres? —su tono era brusco y directo, totalmente alejado al que yo conocía de ella.

—¿Qué le ha pasado a Sasuke? —murmuré con voz agonizante.

—¿Quién te lo ha dicho? —replicó sorprendida.

—Nadie. Lo he soñado —hasta para mí sonaba extraña la explicación—. ¿Qué le ha pasado?

—Ha tenido un accidente con la moto —explicó a modo de respuesta, dejando varios interrogantes en el aire.

—¿Está bien? ¿Qué le ocurre? —pregunté asustada.

Ella pareció apiadarse de mí y contestó más calmada.

—Sí, magullado y con dos costillas rotas, pero se recuperará. Un coche lo embistió de frente, no sé en qué estaría pensando... —dejó la frase sin terminar.

Yo respiré aliviada. Y oí otra voz de fondo, una voz cantarina con un peculiar acento escocés que instaba a Temari a colgar el teléfono, ya que no dejábamos descansar a Sasuke. Finalmente preguntó que quién era. La reconocí en ese instante, era Samui. El agujero de mi corazón se ensanchó más si eso era posible.

—No es nadie —contestó Temari cortando la comunicación.

No era nadie. Temari tenía razón. A veces sentía como si yo misma me estuviera disolviendo en la nada más absoluta.

Mi cámara seguía guardada en el fondo de la maleta. No había sido capaz ni de pasar las fotos al ordenador ni de mirarlas una sola vez. "Ya se pasará", me repetía una y otra vez, como en un mantra. Solo hay dejar correr el tiempo. No servía de nada, yo seguía encerrada en una espiral de dolor y desesperación. Notaba que mis amigos y conocidos, al principio alegres de mi vuelta, no volvían a llamar temerosos de mis reacciones bruscas y mis silencios. No me importaba, ya nada tenía importancia. El bebé de Konan nació por fin y no tuve fuerzas suficientes para enfrentarme a una habitación llena de felicidad. Simplemente, le envié un escueto mensaje. Ella, sin embargo, lo entendió y me dijo que cuando me recuperara hablaríamos de todo. No sentía nada, ni tampoco iba a hablar de nada, pero no se lo comenté. A veces cogía la corbata de Sasuke todavía guardada en mi bolso y la olía sintiéndome por un momento más cerca de él y al instante lloraba por la imposibilidad de tocarlo.

El último fin de semana de agosto mis suegros celebraban su aniversario de boda y nos invitaron a una comida en su casa. No tenía ganas de ir, pero estaba obligada a ello, más si quería que todo volviera a la normalidad.

Me vestí con un sencillo vestido de lino negro que caía hasta el suelo, anudado en el cuello. Había adelgazado bastante y ese vestido conseguía disimularlo, aunque dudaba que a ninguno de ellos le importara demasiado. Con un gesto de fastidio y componiendo una falsa sonrisa me enfrenté a mi familia política. Si antes no teníamos buena relación, ahora era prácticamente nula y no se molestaban en ocultar su animadversión hacia mi persona. Comimos en incómodo silencio, solo animado por algún comentario de mi hija, contenta de ver a sus abuelos y a su tía. "Por ella", pensé, "por ella tengo que hacerlo". Y me centré en su rostro dulce y alegre.

Después de comer, mi cuñada se la llevó a su habitación para enseñarle algún juego del ordenador. No tuve fuerzas para replicar y las seguí con desgana. Mientras ellas jugaban y exclamaban divertidas ante la pantalla del ordenador yo me senté en la cama, cerré un momento los ojos, estaba tan cansada...

Desperté empapada en sudor y me di cuenta de que estaba envuelta en el silencio opresivo de una tarde de verano. La pesada tarde de verano quitaba las ganas de asomar siquiera la nariz a la calle, aunque ellos probablemente habían bajado al parque cercano con Akane. Yo me incorporé deseando estar sola más tiempo, pero la pantalla encendida del ordenador reclamó mi atención. Como en una llamada extraña que tironeaba de mí me senté en la silla y cogí el ratón. La hermana de Sasori se había dejado Facebook abierto, no quería curiosear y estaba a punto de cerrarlo cuando una imagen me llamó la atención. Facebook puede ser una gran fuente de información si escarbas un poco. Yo conocía a aquella persona de la imagen de contacto, pero no recordaba de qué, ese pelo rubio demasiado teñido y ese rostro demasiado maquillado... La imagen fugaz de mi marido besando a una mujer apareció en mi mente con toda claridad. Ya no había vuelta atrás y cliqué sobre la imagen. Husmeé un poco por su página, con curiosidad por conocer algo más de la mujer con la que me había engañado Sasori. Finalmente, sin encontrar nada que mereciera la pena, fui directa al álbum de fotos. Pasé una a una las imágenes, sintiendo cómo mi cara pasaba de la indiferencia a la más completa estupefacción. Allí, en toda una serie de más de veinte fotografías, estaba la historia de su engaño, que no había consistido precisamente en un beso. Había algunas fotos explícitas. Vi consternada que habían llegado a acostarse en mi propia cama y ¿mi baño? Giré la cabeza, sí, lo era. Imprimí con premura las que me parecieron más comprometidas temiendo que volvieran a casa y las guardé en mi bolso. Otra foto en otro álbum mostraba a un joven que me sonaba de algo. La foto rezaba: Nuestro primer aniversario, debía ser el novio de esa chica, Suiren. Con un destello de lucidez, reconocí al chico porque lo había visto en compañía de Sasori, de hecho trabajaba con Sasori, hasta que lo despidieron. Ahora todas las piezas del puzle comenzaban a tener sentido. La pelea, el despido, los días enteros que pasaba mi marido fuera de casa. Me fijé con más atención en la fecha de la última foto que había colgado con Sasori. Estaban en una terraza, esa misma semana, el brazo de la chica reposaba tranquilamente sobre el brazo de mi marido. Sentí dolor, rechazo, enfado, furia, pero lo que realmente pensó mi mente torturada fue "¡te tengo, maldito cabrón!" y por primera vez en semanas esbocé lo que pretendía ser un amago de sonrisa.

Al día siguiente por la mañana llamé a la única persona que sabía que podía darme la información que necesitaba, Anko, la secretaria más veterana de mi anterior trabajo.

—Anko, hola, ¿qué tal estás? —pregunté.

—Yo como siempre. ¿Y tu querida? Ya nos hemos enterado, pero puedo intentar encontrarte algo, aunque sea por horas —me dijo confundiendo la intención de mi llamada.

—No, gracias, Anko. No te llamo por eso. Me gustaría que me recomendaras un buen abogado de divorcios. Con discreción, por favor, que te conozco —añadí algo apresurada.

—Bueno, bueno, con la pequeña Sakura, por fin tomas las riendas de tu vida, ¿eh? —dijo. ¿Pero qué le pasaba a todo el mundo conmigo?

Oí cómo revolvía unos papeles y consultaba la agenda.

—Este es el mejor que conozco. Bueno, todos son unos chupasangre, pero este es bastante honesto —comentó dándome su teléfono y su nombre.

—Gracias, Anko.

—De nada, cielo, mantenme informada, que esto puede ser una bomba... cuando pueda decirlo, claro —apostilló.

Llamé al abogado en cuanto colgué a Anko. Acababa de regresar de sus vacaciones estivales y no tenía citas pendientes, así que podía encontrarme con él en una hora. Me vestí deprisa, cogí las pruebas que tenía de la infidelidad de Sasori y dejé a Akane al cuidado de una vecina con la promesa de que regresaría en dos horas, no más.

Conduje hasta el centro y encontré aparcamiento a la primera. Era una buena señal, ¿no? Me recibió él mismo, ya que su pasante seguía fuera. Entramos a su despacho, lleno a reventar de expedientes por el suelo y sobre la mesa, que casi le tapaban el rostro. Era un hombre alto, rubicundo, pero con una cara amable, quizá demasiado amable para dedicarse a esa profesión.

Le expliqué el caso con precisión, frases cortas, y le mostré las fotografías. Él me indicó que lo principal si no queríamos enzarzarnos en un juicio interminable era llegar a un acuerdo con la otra parte. Me gustó cómo sonaba. La otra parte. Sasori ya no formaba parte de mí. También le expliqué que yo había tenido que viajar a Escocia a trabajar, omití el motivo original del viaje, y que durante mi ausencia mi madre había tenido que hacerse cargo de nuestra hija, ya que él no se veía capaz. Eso pareció cambiar el rumbo de las cosas. Aunque estaba implicado un menor y eso hacía que el Ministerio Fiscal interviniese, podría tener los papeles del divorcio en no más de sesenta días. Esperaba un plazo menor, pero tal y como me dijo, eso dependía de lo que tardáramos en alcanzar un acuerdo.

Sintiéndome un poco más libre y notando que mi corazón casi volvía a latir con normalidad, recogí a Akane y fui a casa de mi madre a comer con ella y Jiraiya.

Cuando entramos, me dirigí directamente a la cocina, donde mi madre preparaba un postre, otro de sus experimentos culinarios. Estaba emocionada y deseando contarle todo. Y a la vez temerosa de su reacción, pero ahora sí que estaba segura de que no había vuelta atrás.

—Hija, me has asustado, ¿qué ocurre? —exclamó cuando entré sin previo aviso, observándome con curiosidad.

—El león ha despertado —expliqué entre sonrisas y sollozos. Ella se acercó y me abrazó con fuerza. Con eso me lo dijo todo y la tensión acumulada en mi espalda se deshizo entre sus brazos.

Cerró la puerta de la cocina, dejando a Jiraiya y a Akane en el salón conversando. No era difícil, Jiraiya era capaz de hablar hasta con las piedras y a Akane le encantaba su acento y los modismos que empleaba.

—Cuéntame —exigió sentándose en la mesa.

Yo me senté a su lado y entre sollozos, sonrisas y frases entrecortadas le mostré las fotografías y le comenté mi reunión con el abogado. Por fin veía luz al final del túnel. Ella chasqueaba la lengua y al ver las fotografías su cara se convirtió en una máscara del más absoluto desprecio. Si algo sospechaba, se había visto confirmado.

—¿Qué estás cocinando? —pregunté sintiéndome de repente algo mareada. La puerta y la ventana cerradas no ayudaban.

—Es un bizcocho de chocolate —miró al horno cerrado que no desprendía olor alguno, después señaló hacia la vitrocerámica—. Y estoy haciendo café.

—¿Café? —pregunté yo sintiendo una náusea.

—Sí, ¿por qué? A ti te gusta el café. No lo habrás cambiado por el té en estos meses, ¿no? —inquirió observándome con más cuidado.

El penetrante aroma del café borboteando en la cafetera italiana llenó de pronto mis fosas nasales, haciendo que contuviera una arcada.

Salí corriendo de la cocina y apenas me dio tiempo a llegar al baño, vomité todo el desayuno en el lavabo. Noté la presencia de mi madre detrás, recogiéndome el pelo y acariciando la frente sudorosa mientras las violentas arcadas volvían una y otra vez al sentir como el agradable olor del café recién hecho se extendía por todo el apartamento.

—¡Oh, Dios mío! —dijo ella.

—¡Oh, Dios mío! —exclamé yo.

Me incorporé y nos quedamos mirándonos a los ojos.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—No lo sabía, no lo sé, quizá no sea más que una indigestión —murmuré yo, completamente aterrorizada.

—No lo es —afirmó ella—. Te conozco como si te hubiera parido —que de hecho lo había hecho— y reconozco perfectamente los síntomas que tienes. Aunque has adelgazado bastante, tu piel luce de una manera especial, más brillante, como cuando estabas embarazada de Akane.

Cuando pronunció la palabra "embarazada" todo se hizo real. El malestar que había sentido, el profundo sueño, el cansancio, todo lo que yo había achacado a mi pena era también el latido de un pequeño escocés en mi interior.

—¿Él lo sabe? —preguntó acariciando mi pelo.

—No, no quiere saber nada de mí —dije sintiendo que volvían las lágrimas a mis ojos.

—Tienes que decírselo, tiene que saberlo. Por lo poco que he hablado con él sé que es un hombre íntegro —contestó ella.

—Sí lo es mamá, pero también testarudo, mucho. No quiero que piense que le estoy pidiendo algo. De momento tengo que hacerme cargo yo sola —afirmé.

Ella levantó los ojos al cielo.

—¿Qué haces, mamá? —pregunté desconcertada.

—Siempre que dices que te encargas de algo tú sola, lo acabas estropeando. Esto ahora quedará entre nosotras. Pero cuando consigas el divorcio, yo misma te facturaré con destino a Escocia, ¿entendido? Si tengo que acompañarte, lo haré —afirmó con una voluntad desconocida en ella, ya que jamás se había montado en un avión del pánico que le tenía a las alturas.

—Gracias, mamá —la abracé con fuerza—. Este niño va a tener la mejor abuela del mundo.

—¿Cómo sabes que es un niño? ¿De cuántas semanas estás, Sakura?

—No pueden ser de más de cuatro. Solo hubo una vez —sentí un súbito rubor al recordar—, pero estoy completamente segura de que será niño. Aunque solo sea por la terquedad de su padre.

Ambas nos abrazamos riendo y llorando a la vez.
Dejé a Akane durmiendo con su abuela y por la noche me dirigí a casa directa a enfrentarme con Sasori de una vez por todas. Tuve que esperar bastante, ya que llegó al filo de la medianoche. Me asomé por la ventana y contemple la luna llena que brillaba en todo su esplendor. Recé a Dios y a los druidas escoceses para que me dieran la fuerza y el valor suficientes.

Cuando oí la puerta cerrarse, encendí la luz del salón.

—¡Ah, estás despierta! —exclamó con sorpresa.

—Sí, ven —le indiqué un asiento a mi lado en el sofá—. Tenemos que hablar —lo dije sin rabia ni odio, lo único que sentía era una indiferencia infinita.

—No tenemos nada de qué hablar —replicó él.

Vaya no empezábamos muy bien.

—Sí, lo tenemos. Quiero el divorcio, Sasori —afirmé con rotundidad.

—Eso ya lo hemos hablado. Si quieres a la niña, te quedarás conmigo —noté un profundo odio en su voz.

—Si quieres a tu hija, me escucharás —contesté yo—. No me chantajees, Sasori, que lo sé todo —no tenía ganas de dar muchos rodeos.

—¿Qué sabes? —preguntó suspicaz.

—Que estás con otra. Y no preguntes quién me lo ha contado porque lo sabe hasta el de la tienda de la esquina, no es que hayas estado escondiéndote precisamente —no pude evitar el tono sarcástico de mi voz.

Me levanté viendo que él no iba a acceder a sentarse. Iba a resultar más difícil de lo que pensaba.

—Eso no es nada serio. Si tanto te importa, puedo dejarla, solo si tú vuelves a ser cariñosa conmigo —se acercó y yo me alejé, no soportaba el simple contacto de sus dedos sobre mi piel.

—No, no la dejes. Por mí no lo hagas. Ya no importa. ¿No te das cuenta de que todo ha terminado? Hazlo por Akane, si tanto te importa, ella está sufriendo esta situación tanto como nosotros —le expliqué. Pareció vacilar un momento. La balanza se inclinó hacia mí temblorosamente. Decidí aprovechar el momento.

—Ven conmigo mañana a hablar con el abogado. Allí podremos solucionarlo, con calma, sin gritarnos continuamente. Nosotros no somos así, no éramos así y no vamos a volver a ser el matrimonio que tú recuerdas. Ambos hemos cambiado, nos guste o no —dije suavemente. Aunque estaba decidida, a mí también me dolían cada una de esas palabras, una parte muy importante de mi vida se estaba escapando entre mis manos como el agua que dejas correr sin poder atraparla.

—Está bien —concedió finalmente—. ¿A qué hora?

Le indiqué la hora y el lugar. Él se volvió y salió cogiendo otra vez las llaves.

—¿Adónde vas? —pregunté.

—Con ella, si no te importa... —dejó la frase inconclusa.

Aquella noche me acosté sola y por primera vez en semanas no tuve pesadillas. Abracé mi vientre con las manos y le hablé a mi pequeño Sasuke.

—Pronto estarás con tu padre —susurré a la habitación vacía.

Al día siguiente volvieron las dudas. ¿Y si Sasori no se presentaba a la cita? Nerviosa, abrí la puerta de casa para bajar al garaje y coger el coche y me encontré de frente con mi madre y Jiraiya.

—No pensarías que te íbamos a dejar sola, ¿no? —exclamaron al unísono. Yo sonreí y me dejé llevar.

Sasori acudió, y lo hizo acompañado por toda su familia, incluso por la tal Suiren. Formábamos un curioso grupo que sorprendió bastante al abogado. Solamente entramos mi marido y yo en el despacho, el resto se quedó en la sala de espera. Se sentaron en sillones opuestos, lanzándose miradas de odio mal disimulado, como en un duelo del Oeste. Yo crucé los dedos a la espalda esperando que se comportaran y no comenzaran a lanzarse objetos punzantes a la cara. A juzgar por su gesto, el abogado tuvo el mismo pensamiento que yo.

Dentro nos expuso el tema y explicó cómo iba a redactar el Convenio Regulador. Después de una fuerte discusión en la que nos echamos en cara bastantes cosas acumuladas ante el gesto inmutable del abogado, demasiado acostumbrado a ese tipo de escenas, este nos aconsejó que saliéramos a calmarnos y a pensar lo que verdaderamente exigíamos cada uno.

—¿Qué tal ha ido? —preguntó mi madre con gesto preocupado. De repente sentí lo mayor que era y lo que estaba sufriendo. Arrugas marcaban sus ojos verdes, que me miraban con decisión y firmeza.

—Lo quiere todo —contesté yo, pero no pude disimular algo de la alegría que sentía.

—¿La niña? —inquirió mi madre apoyando una mano sobre su pecho.

—Tranquila —le dije—, la custodia es mía, pasará solo un mes con él, preferiblemente en verano. De todas formas yo no quiero separarla de él, podrá verla cuando él quiera —que me temía que no iba a ser muy a menudo —. Lo que quiere es todo el dinero y el piso, incluso mi coche —exclamé en un murmullo.

Tanto mi madre como Jiraiya recuperaron el ritmo normal de su respiración. Mi futura exfamilia política discutía con algo más de ímpetu y Suiren se había colgado del brazo de Sasori como una lapa.

Finalmente fue Jiraiya el que habló.

—Sakura, firma los papeles y deshazte de esa mierda —dijo bruscamente.

Mi madre lo reprendió.

—Jiraiya, ese vocabulario.

—Perdón cielo mío. Firma los papeles y deshazte de esa basura —aclaró.

Yo esbocé una pequeña sonrisa.

—Me quedaré sin nada, sin absolutamente nada. No tengo ni dinero ni trabajo —exclamé.

—Sí, pero tienes lo más importante, tu hija, y nosotros estamos aquí para lo demás. Jiraiya tiene razón, firma y termina con esta angustia, cariño —terminó mi madre.

Llamé a Sasori y ambos entramos en el despacho. Firmamos el Convenio Regulador. A mí se me permitía sacar de casa mis enseres personales. El resto, todo lo acumulado en mi vida en los últimos diez años, era suyo. Pero me dejaba lo único que importaba, lo que siempre había sido más mío que suyo, mi hija, mi corazón y mi amor.

Esa misma tarde fui a casa y recogí lo imprescindible. Llené varias maletas con ropa y bolsas con calzado. Recogí algunos enseres del baño y todos los álbumes de fotos. No quería que se perdieran. Mi hija tenía derecho a saber quién era y qué habían compartido sus padres. Hice lo mismo en la habitación de Akane. Todavía quedaban bastantes cosas por recoger, pero se hacía tarde y toda su familia se turnaba para proteger no sé el qué, ya que no me iba a llevar nada que no me perteneciera.

Quedé en pasarme al día siguiente a recoger el resto. No pude hacerlo, ya había cambiado la cerradura. Quise protestar, llamar al abogado, pero no deseaba más problemas, lo importante era resolverlo todo lo más rápidamente posible.

Akane y yo nos instalamos en la habitación de invitados de mi madre. Dormíamos juntas y compartíamos muchas más cosas que antes. Intenté explicarle la situación y creo que ella la entendió a su forma. No le faltaba cariño, en todo momento estaba acompañada, ya fuera por mí, su abuela o su "nuevo abuelo" como llamaba a Jiraiya.

Pasaron las semanas y yo cada día estaba más intranquila. Acudí a la primera revisión ginecológica que me confirmó con alivio por mi parte que todo transcurría de forma correcta. Por primera vez oí el latido acelerado de mi pequeño Sasuke y esta vez lloré de verdad, pero lloré de felicidad.

Nos citaron en los juzgados la primera semana de octubre para ratificar el Convenio Regulador ante el juez. No había visto a Sasori desde entonces. Había cambiado, se le veía más delgado y la presencia de Suiren a su lado parecía molestarle, tenía la misma expresión que había mostrado conmigo los últimos meses. Sentí lástima, pero nada más. Ese hombre me había hecho sufrir lo indecible y no quería volver a verlo.

El abogado me informó que cuando tuviera la sentencia definitiva nos la haría llegar. Ya estaba todo hecho. Había entrado por la puerta acristalada del juzgado atada todavía a mi marido y ahora salía completamente libre. Levanté los ojos al cielo y di gracias, intentando pronunciar las palabras en gaélico que había escuchado más de una vez a Sasuke. El tiempo había refrescado y llegaba el otoño, aunque todavía los días soleados recordaban el calor infernal que habíamos tenido durante el verano. Volví caminando a casa, con paso tranquilo, pensando en cuál iba a ser mi siguiente paso mientras las hojas de los árboles caían como en un manto protector alrededor.

Cuando llegué, el apartamento estaba en silencio y aprovechando la breve calma, encendí el ordenador y busqué la empresa de Sasuke. Una foto de los dos socios llenó la pantalla. La acaricié como si acariciara su rostro, estaba serio y miraba fijamente el objetivo, vestido con un traje negro. Llevaba el pelo más corto, pero el mechón rebelde seguía cayéndole sobre la frente. De repente sentí miedo. ¿Me seguiría queriendo? ¿Me aceptaría a su lado? Un tirón en mi vientre me hizo confiar.

—¿Ves? —le dije a mi vientre—. Ese es tu padre. ¿A que es guapo? Es pelinegro, aunque no creo que te importe, seguro que tú también lo serás.

Sonreí y compré dos billetes de avión para Edimburgo con fecha de salida en tres días.

Mi madre me ayudó a preparar dos pequeñas maletas, una para mí, otra para Akane. No quería llevar demasiada carga, quizá tuviera que volver en poco tiempo, pero no lo sabría hasta estar allí. Además, en mi estado no me encontraba con fuerzas suficientes como para cargar con demasiados bultos y con mi hija a la vez.

Decidimos viajar en tren, mi estómago, aunque mejor debido a la medicación recetada por el ginecólogo, todavía no estaba debidamente asentado como para soportar un viaje en autobús.

Jiraiya nos llevó a la estación y me entregó un sobre lleno de libras.

—¡Es demasiado! —exclamé abriéndolo con cautela.

—No lo es, hija. Cógelo, puedes necesitarlo. No obstante, si algo falla o no va como debiera, llámanos y si es necesario iremos a buscarte —dijo.

—¡Uf! No creo que puedas meter a mi madre en un avión —contesté.

—Lo hará, no te quepa duda. Creo que sabes lo que una madre llega a hacer por una hija —respondió dándome un cálido beso en la mejilla.

Llegamos a Madrid sin incidencias, con Akane dormida sobre mis piernas. Allí cogimos el metro que nos llevó directamente a Barajas. Facturamos las pequeñas maletas, pasamos el control sin incidencias y nos sentamos a esperar. Yo estaba cansada, me dolía la espalda y las piernas, y notaba cada olor como si tuviera superpoderes. Tomé otra pastilla. Tenía que ser fuerte por mi hija, tenía que ser fuerte por mi hijo.


🍀 Solo nos quedan dos capítulos para finalizar esta historia.

🍀 Gracias por leer.