Capítulo 20

Encontrada


Aterrizamos en Edimburgo sin novedad. Yo llevaba en mis brazos el abrigo acolchado de Akane, que con una terquedad infantil se negaba a ponérselo. Habíamos salido de Madrid con una temperatura de veintitrés grados y al llegar a Edimburgo había doce. En cuanto salimos al exterior y notó el frío húmedo me arrancó el abrigo de las manos y se lo puso ella sola, sin recurrir para nada a mí. Me sorprendió la velocidad con la que estaba creciendo. Esperaba que pronto encontráramos la estabilidad necesaria, tanto para ella como para nosotros.

Yo vestía un sencillo vestido de punto negro, con un abrigo regalo de mi madre, de corte imperio, que se ensanchaba debajo del pecho en pequeños pliegues. Todavía no se me notaba el embarazo, pero me sería de bastante utilidad en los próximos meses. Calzaba unas botas altas negras de piel. Y como único adorno llevaba un pañuelo rojo anudado al cuello a juego con el bolso del mismo color y la pulsera que me había regalado Sasuke.

Cogimos un taxi y le di la dirección de la empresa que había apuntado cuidadosamente en un papel, completamente manoseado de tanto abrirlo y cerrarlo. En ese viaje no tuve momentos de admiración para la ciudad que había amado. Mi objetivo era directo y claro, y me latía el corazón a causa del miedo y la expectación.

Un pequeño atasco nos retrasó más de media hora y, por fin, nos dejó en nuestro destino casi hora y cuarto después de haber salido del aeropuerto. Frente a nosotras, en una calle transversal a Princess Street, se elevaba un imponente edificio de oficinas con las paredes revestidas de paneles de cristal negro. Observé a la gente que entraba y salía por las puertas giratorias con un súbito ataque de pánico. Mi hija me sacó de mi estupor.

—Mami, llueve, ¿entramos? —preguntó poniéndose la capucha del abrigo.

—Sí, mi amor —sujeté su mano y apreté firmemente, sacando la fuerza que necesitaba de su manita.

Una vez dentro estudié las placas de bronce que indicaban las distintas empresas y encontré Noble & Uchiha Associates en el quinto piso. Cogí el ascensor con otras cuatro personas, cruzando los dedos mientras hacía cada una de las paradas. Finalmente, cuando quedábamos solo Akane y yo, se detuvo por última vez. Salimos directamente a un espacio abierto, con una recepción principal y varias mesas donde los empleados se afanaban frente al ordenador, no más de quince personas. Maquetas adornaban estratégicamente el lugar iluminadas por focos. Imaginé que serían algunas obras de la empresa.

Pregunté al recepcionista, un joven de no más de veinticinco años, por el despacho de Sasuke Uchiha. Se me veía fuera de lugar, con una niña pequeña agarrada fuertemente de la mano. Akane también impresionada por lo que la rodeaba, me sujetaba con la misma fuerza.

—¿El señor Uchiha dice? —preguntó algo extrañado. Me temí lo peor.

—Sí —exclamé con un murmullo.

—Al fondo, a la derecha está su secretaria, la señorita Taweson —me informó mirándome desde la punta del pelo hasta la suela de los zapatos.

Musité un gracias y atravesé la sala. Notaba las miradas furtivas que nos dirigían los trabajadores asomándose por encima de las pantallas de los ordenadores. Comenzaron a temblarme las piernas y Akane se acercó un poco más a mí. A ese paso la iba a tener que llevar colgada de una pierna.

Me situé frente a la secretaria de Sasuke. Ella levantó la cabeza de unos papeles que tenía sobre la mesa. Era una mujer de más de cuarenta años, en esa edad en la que es difícil saber si está más cerca de los cuarenta que de los cincuenta, vestía un traje de chaqueta oscuro y llevaba el pelo corto a lo garçon.

—Buenos días —saludé.

—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarla? —su tono era amable y eficiente.

—Vengo a ver al señor Uchiha —dije notando como me temblaba la voz.

—¿Tiene cita? —inquirió consultando la agenda.

—No —balbuceé. Ni siquiera se me había ocurrido pensarlo. Maldije mi estupidez. ¿Qué creía? ¿Que se abrirían las puertas de pronto y él saldría a recibirme con los brazos abiertos?

—Bueno, pues tendrá que concertar una cita. De todas formas está de viaje, no creo que vuelva hasta dentro de una semana por lo menos —me informó mirando con curiosidad a Akane, que, cansada del viaje y con la inocencia de una niña, como no había visto ninguna silla donde sentarse, directamente lo había hecho en el suelo a mi lado.

—¿Está en Brasil? —pregunté. Me había dicho que después del verano tendría una respuesta. Eso quería decir que le habían dado el trabajo. Por una parte me alegré por él, por la otra mi corazón cayó hasta el mismo sótano.

La mujer percibiendo que conocía personalmente a Sasuke, compuso el gesto.

—No ha ido a Brasil, de hecho acaba de llegar de allí, ahora ha tenido que salir de viaje a otro lugar. Es algo personal. Lo siento, no puedo decirle más —explicó en tono más conciliador.

—¡Dios mío! —dije yo en castellano—. ¿Y ahora qué voy a hacer?

—¿Es usted española? —preguntó la secretaria sorprendida.

—Sí, lo soy, ¿por qué? —inquirí.

—Espere un momento, por favor —pidió cogiendo el teléfono y marcando una extensión.

Esperé en tensión. ¿Estaría llamando a seguridad? Quizá Sasuke había dejado instrucciones de que me echaran si aparecía por allí.

—Señor Uchiha —dijo la mujer hablando por teléfono.

Me dio un vuelco el corazón.

—Sí, ya se que ha dicho que no se le molestara a menos que fuera urgente. Pero creo que lo es —exclamó ella poniendo los ojos en blanco.

Yo escuchaba atentamente sin perderme una palabra.

—Verá, creo que lo que ha ido a buscar ha venido a buscarlo a usted —contestó ella a alguna pregunta de Sasuke.

Me comenzaron a temblar las piernas otra vez y sentí un sofocante calor.

—Sí, es alta, con el pelo rosa y muy guapa —añadió sonriéndome—. Sí —esta vez su sonrisa era más amplia—, también ha venido con una niña pequeña, que no se separa de su lado, también es muy guapa, se parece mucho a su madre.

—Está bien, está bien, señor Uchiha, lo he entendido. Tranquilo. Lo esperaremos —colgó la comunicación.

—¿Qué ocurre? —pregunté con voz ahogada.

Ella se levantó y abrió con una llave que tenía sobre la mesa el despacho a su derecha, que ocupaba toda la pared frontal.

—Me ha dicho que me asegure que no van a ningún sitio. Él está en el aeropuerto, tenía un vuelo a Madrid, estaba a punto de embarcar. Tardará una media hora en llegar. Si necesita algo, dígamelo. Voy a cerrar con llave. Lo siento, son sus instrucciones —dijo saliendo del despacho.

Yo me quedé mirándola con total estupefacción mientras la veía cerrar la puerta con llave por el exterior.

—¿Nos ha encerrado, mami? —preguntó Akane igual de sorprendida que yo.

—Sí, cariño, eso creo —contesté.

—Ah, como a las princesas en los castillos —murmuró ella con toda naturalidad.

—Yo no lo hubiera expresado mejor —afirmé sonriéndole.

Paseé la mirada por el despacho en el que podría caber entera la que había sido mi casa en España. En el centro una gran mesa de caoba, detrás una biblioteca y, alrededor, junto a las paredes varias maquetas, algunas terminadas, otras en proceso de desarrollo. El suelo estaba cubierto por alfombras mullidas que amortiguaban mis pisadas. Todo el frente izquierdo lo componía una gigantesca ventana con vistas a Edimburgo. En todo el despacho se respiraba la esencia de Sasuke. Lo imaginé trabajando detrás de la mesa hasta altas horas de la noche, quitándose la chaqueta y remangándose la camisa para maniobrar mejor entre planos. Incluso pude percibir el tenue aroma a su perfume de cítricos y madera de sándalo, que se mezclaba con el olor de la goma y el pegamento de las maquetas.

Había una puerta a la derecha, cogí el picaporte. Estaba abierta. Entré y encendí la luz. Era una pequeña sala de reuniones, con una mesa central con espacio para unas diez personas y un sofá de cuero marrón apoyado en la pared izquierda. Akane corrió hacia él y se subió, apoyándose en el reposabrazos.

—¿Estás cansada, cariño? —le pregunté.

Ella asintió levemente con la cabeza. La arropé con su abrigo y le acaricié el pelo hasta que se quedó completamente dormida. Salí de la sala de juntas pisando con delicadeza para no despertarla y cerré la puerta con cuidado.

Una vez fuera, en el despacho de Sasuke, me quité el abrigo, lo deposité un una silla y me quedé de pie admirando la ciudad de Edimburgo a mis pies. Estaba cansada, pero demasiado nerviosa como para hacer otra cosa que permanecer de pie esperando. Llevé las manos a mi pelo y empecé a hacer nudos marineros en mi melena. No podía fumar por el embarazo, así que ese gesto tendría que servir para calmar mi tensión.

No oí el sonido de la cerradura engrasada al girar, ni la puerta al abrirse, pero sentí su presencia llenando la estancia. Me giré despacio.

Frente a mi estaba Sasuke, vestido con unos vaqueros y un jersey negro de cuello vuelto, muy parecido a como iba la primera vez que lo vi, plantado en la carretera, con los brazos cruzados sobre el pecho y las piernas largas y musculosas ceñidas por el pantalón. Le había crecido el pelo, casi le llegaba a los hombros y se le rizaba en las puntas. Sentí un cosquilleo en los dedos de ganas de tocarlo.

—¿Cerezo? —preguntó suavemente, como si no se creyera que yo estaba allí.

—¿Sasuke? —contesté yo con la misma suavidad.

—¿Eres tú de verdad? —se acercó y posó las manos en mis hombros.

—Soy yo —respondí divertida—. ¿Acaso pensabas que era un fantasma?

—No sé qué pensar. He imaginado tantas veces esta situación, que me da miedo que te disuelvas entre mis brazos —exclamó sujetándome con más fuerza.

—No lo haré, ya no —dije— si tú no quieres —añadí con voz trémula.

—¡No! —exclamó—. ¡No! —repitió con seguridad. Me atrajo hacia él y me abrazó con fuerza. Enterré la cabeza en su cuello aspirando su aroma tan familiar y tan añorado. El olor de su perfume invadió todo mi ser y de repente me aparté tapándome la boca con una mano.

Él me miró totalmente sorprendido.

—No te acerques —le exigí extendiendo la otra mano. Él se quedó parado con gesto extrañado enarcando una ceja ante mi ímpetu. El perfume, su perfume, el que tanto me había gustado y que tanto había añorado, me estaba provocando náuseas.

Él dio un paso con deliberada lentitud.

—¡Quieto! —le dije—, voy a vomitar. Miré alrededor buscando algo donde enterrar mi cabeza y mi vergüenza.

Corrí hasta la mesa, donde vislumbré una papelera de metal gris. Me agaché y vomité todo el contenido de mi estómago.

Él se agachó a mi lado y me recogió el pelo con dulzura mientras me acariciaba la espalda.

—¿Cerezo? —preguntó suavemente.

—Umm —contesté yo completamente avergonzada.

—¿Tienes algo que decirme? —su mano se deslizó por mi estómago hasta alcanzar la suave redondez de mi vientre y lo acarició con ternura.

—¡No! ¡Sí! Pero no quería que fuera de esta forma —di un golpe a la papelera que sonó como un gong chino maldiciendo mi cuerpo traicionero.

Él mientras tanto se había levantado y me ofrecía un vaso de agua, que bebí hasta el fondo disfrutando de la frescura líquida en mi interior. Por el momento las náuseas habían pasado, pero no sabía cuánto iba a durar el momento.

Rebusqué en mi bolso y saqué una piruleta de fresa. Sasuke me observaba con absoluto asombro. Me puse a chuparla con desesperación. Había descubierto que era de las pocas cosas que me ayudaban a pasar el malestar del primer trimestre del embarazo. Me di cuenta de que debía parecerle ridícula. Aunque él no se reía, se limitaba a observarme con una intensidad que atravesaba mi cuerpo.

—¿Cuándo pensabas decírmelo? —su tono no era de sorpresa, sino de curiosidad.

—Cuando supiera que me quieres a mí y que... yo... —las palabras se me trababan— no quiero que tú... que te veas obligado... porque... ya sabes lo que ocurrió con esa mujer... yo... yo no quiero que...

Él apartó la piruleta de mi boca y me acalló con un beso. Un beso profundo que me mostraba todo el amor y el deseo acumulado en más de dos meses de separación. Yo levanté los brazos y lo abracé, entrelazando mi lengua con la suya. Nos besamos durante unos minutos viendo como crecía la pasión entre nosotros. En ese momento supe cuánto duele el amor, ese dolor que es ansia y pasión y necesidad de ser amado con la misma intensidad. Nos separamos cuando noté que él deseaba más. Bajé mi mano y acaricié su entrepierna abultada. Él puso una mano sobre la mía y la apartó.

—No —dijo simplemente.

—¿Por qué? —pregunté yo.

—No quiero haceros daño —repuso.

—No nos lo harás —contesté excitada.

—¿Y Akane? —preguntó quedamente. ¡Maldito escocés! Estaba en todo. Yo me había olvidado de ella completamente.

—Está dormida en la sala de juntas, no creo que se despierte —expliqué intentando convencerlo.

—¿Y si lo hace? No quiero que la primera imagen que tenga del futuro marido de su madre sea con mi cabeza enterrada entre tus piernas. Ya habrá tiempo para todo, cuando me asegure de que no os pongo en peligro — contestó sonriendo de forma sardónica.

Entrecerré los ojos y lo miré enfadada.

Él me atrajo entre sus brazos otra vez.

—Soñé contigo —me dijo— cuando estaba en Brasil, no eran las pesadillas que solía tener donde no conseguía atraparte. Fue diferente, una mujer se coló en mis sueños y me dijo que me necesitabas, que tenía que ir a buscarte.

—¿Cómo era esa mujer? —pregunté de repente.

—Bajita y con el pelo castaño, tenía los ojos marrones y parecía un duendecillo. ¿Por qué? ¿No estarás celosa?

Yo nunca le había descrito a Matsuri y él jamás había visto una imagen suya. Sin embargo, la mujer que dijo que apareció en sus sueños, era ella, sin la menor duda.

—Era Matsuri —murmuré con voz queda.

Un suspiro fue su única respuesta.

—Yo también soñé contigo —le conté—. Supe que te había pasado algo, lo noté dentro de mí. Y cuando llamé oí la voz de Samui.

—¿Samui? Me llevaron al hospital donde trabaja, pero al final no fue nada grave. ¿Llamaste? Nadie me dijo nada —murmuró algo enfadado.

Lo miré directamente a los ojos.

—Sasuke, quiero que sepas algo. Tú has sido él último hombre que me ha tocado desde nuestra primera y última vez, y quiero que seas el único a partir de ahora. Ya tengo la sentencia de divorcio y soy libre, si tú me aceptas —terminé con la voz casi ahogada por el súbito pánico a su rechazo.

—Oh, Dios —exclamó él poniendo los ojos en blanco—. ¿Que si te acepto? Cerezo, has sido mía desde el mismo momento en que posé los ojos sobre ti, solo que tú no lo supiste hasta que me dejaste. En nuestra última noche supliqué a Dios que pudiera dejarte embarazada porque creía que solo así tendrías las fuerzas suficientes para volver a mi lado.

—Ya lo había decidido sin ni siquiera saberlo, Sasuke. No podía vivir sin ti, estos dos meses han sido una completa agonía —comencé a llorar enterrando el rostro en la lana de su jersey.

Él me consoló hablándome de forma pausada.

—Mo anam cara —susurró sacando de su bolsillo un pequeño objeto, cogió mi mano derecha desnuda e introdujo el sencillo anillo de plata—, ahora ya puedes llevarlo en el lugar que le pertenece —me besó otra vez con pasión.

Despertamos a Akane, que seguía profundamente dormida. Pareció alegrarse de volver a verlo. Nos tomó a cada uno por una mano y salimos del despacho.

Cuando llegó a la altura de su secretaria, se detuvo.

—Señorita Taweson, me voy a casa, con mi mujer y mi hija. No me llame a no ser haya alguna urgencia, estos días son solo para ellas —aclaró. A mí me retumbó el corazón en el pecho al oír sus palabras.

La mujer, en un alarde de valentía, alzó los brazos al cielo.

—¡Ya era hora, por Dios! —como en un coro, las diez o doce personas que estaban en la oficina, rieron y aplaudieron a nuestro paso. Yo agaché la cabeza algo azorada, Akane los miró con sorpresa saludando con su pequeña manita a todos, como si se tratara de una princesa en miniatura y Sasuke les dirigió una mirada feroz que hubiera podido convertirlos en estatuas de sal.

—Has estado un poco enfadado últimamente, ¿no? —pregunté en un susurro.

—Bastante —contestó con alegría bailoteándole en sus inusuales ojos.

Desperté varias horas después, cuando todavía no había anochecido. Me quedé un momento tendida en la enorme cama de Sasuke, escuchando murmullos de la conversación que mantenían Akane y él. Me levanté tanteando mi equilibrio y salí al pasillo descalza. Me quedé parada en el quicio de la puerta que daba al salón sin que me vieran. Estaban ambos sentados en el suelo, Akane con las piernas cruzadas, Sasuke completamente estiradas conversando animadamente delante de la televisión.

—¿Puedo quedarme con todos los muñecos? —preguntó Akane girando la cabeza hasta el sofá, donde reposaban en perfecto orden no menos de siete peluches.

—Sí, son todos para ti, para tu nueva habitación. Cuando mamá se encuentre mejor elegiremos una habitación a tu gusto —contestó Sasuke ofreciéndole una patata frita de una bolsa gigantesca que tenía en la mano. Se los veía relajados y en armonía. Una parte de la tensión acumulada se fue deshaciendo frente a esa imagen tan acogedora y familiar.

—¿Y mamá dónde va a dormir? —inquirió mi hija.

—Pues en la habitación donde está descansando —repuso él enarcando una ceja en su dirección.

—¿Y tú? ¿Dónde vas a dormir tú? —continuó la inquisidora de mi hija.

Sasuke pareció sorprendido y azorado, noté cómo se ruborizaba. Yo me mordí los labios reprimiendo la carcajada que amenazaba con salir de mi garganta.

—Umm —brotó de su pecho y miró hacia atrás, valorando descansar en el sofá, pero, finalmente se decidió y con valentía se enfrentó al pequeño monstruo—. Con ella —dijo con voz ronca—. Dormiremos en la misma habitación —contestó esta vez con voz más firme.

—¿Harás que grite? —volvió a preguntar mi hija mirándolo desafiante a los ojos.

Sasuke se atragantó con una patata frita y tosió fuertemente, disimulando su sorpresa. Yo me tapé la boca ahogando una carcajada.

—¿Cómo? —exclamó finalmente Sasuke.

Akane, sin inmutarse por la reacción, lo encaró como si fuera un caballero medieval defendiendo el honor de su dama.

—En casa gritaba, casi todas las noches. Eran los monstruos —aclaró.

Sasuke respiró aliviado.

—No, pequeña, no dejaré que grite más. Ahora estoy yo para protegerla —afirmó con dulzura.

—Ah, bien, entonces podré dormir por fin tranquila —suspiró haciendo que Sasuke riera.

Decidí que era el momento de entrar.

Ambos se volvieron para mirarme. La mirada de Sasuke me traspasó con intensidad.

—¿Estás mejor?

—Sí, bastante más descansada —sonreí—. ¿Qué habéis hecho mientras dormía? —pregunté ante la obviedad: salón y cocina rebosaban de bolsas sin abrir.

—Hemos estado de compras —respondieron los dos al unísono riendo.

Yo observé las bolsas de jugueterías y los muñecos del sofá.

—¿Algo comestible? —inquirí enarcando una ceja.

—Sí —contestó Sasuke—. ¿Quieres una patata? —me ofreció levantándose de un salto—. Ven —me dijo cogiéndome de la mano. Sobre la repisa de la cocina había varias bolsas de cartón llenas de todo lo que me pudiera apetecer. Revolví curiosa y saqué un frasco de perfume, lo abrí y olí el fuerte aroma a fresco con un toque de limón.

—¿Y esto? —pregunté.

—Bueno, no puedo permitir que no te acerques a mí, así que estoy dispuesto a hacer un sacrificio. Los próximos meses oleré como un limonero si es necesario. Akane dijo que te iba a gustar —enarcó una ceja dudando.

Aspiré otra vez el aroma a fresco.

—Sí, me gusta —dije.

—Bien —me dio un beso en la coronilla—. Lo demás es comida y algunos objetos de aseo que podéis necesitar. Mañana si te encuentras bien ya iremos a por más cosas. No obstante tenemos cita a las cuatro con un ginecólogo amigo —comentó como al descuido.

Yo lo miré entornando los ojos.

—No necesito ir a ningún ginecólogo. Todavía es muy pronto —contesté. Más tarde le enseñaría la foto de la primera ecografía.

—Tú no, pero yo sí, así que no se hable más. Es hermano de un compañero, de toda confianza —añadió para convencerme.

Suspiré con fuerza.

—Está bien, iré —Sasuke el protector se había convertido en Sasuke el superprotector, y eso aunque me fastidiaba un poco, también me gustaba mucho.

Bañé a Akane mientras él preparaba la cena. Cuando salimos del baño, envueltas en una nube de vapor, nos recibió el agradable aroma a salchichas, huevos, tostadas y algo que parecía verdura. ¿Tomates asados quizá?

Observé los tres platos perfectamente preparados. Todos con la misma cantidad. Me reí y le dije que para Akane era excesivo, así que él se sirvió el resto.

—Sasuke.

—Umm —respondió él metiéndose un trozo de salchicha en la boca.

—Preparas unos desayunos estupendos —exclamé riéndome.

—Bueno nunca estoy en casa lo suficiente como para cocinar. Ahora tendré que aprender, tengo una familia que cuidar —dijo atrayéndome por la cintura.

Acostamos a Akane y Sasuke, por insistencia de ella, le leyó un cuento que habían comprado esa tarde. Aquella misma noche comenzó a enseñarle inglés, leyendo en los dos idiomas con extraordinaria facilidad.

Cuando salió yo estaba recogiendo la cocina.

—Tendré que buscar una escuela infantil y pronto —comenté.

Él revolvió en uno de los cajones y sacó varios impresos, que dejó encima de la mesa.

—Ya está preinscrita en tres, las que me han parecido mejor. Cuando quieras vamos y las vemos juntos a ver qué nos parecen —yo lo miré asombrada.

—¿Cómo sabías...? —no me dejó terminar.

—Solo estaba seguro de una cosa, Cerezo, que si venías para quedarte, vendrías con ella, así que fui preparando el camino —contestó encogiéndose de hombros.

Cuando terminamos de recoger, ahogué un bostezo.

—Voy a ducharme —dije.

—Voy contigo —contestó él.

—¿Ah, sí? —insinué yo.

—Sí, pero para vigilarte, no vaya a ser que te resbales y te caigas. He leído que las caídas en tu estado pueden ser muy peligrosas —repuso seriamente.

Yo bufé y me dirigí al baño. Si quería mirar, que mirara.

Me observó con cuidado hasta que estuve totalmente desnuda.

—¿Ves algo que te gusta? —pregunté con la voz ronca por la intensidad de su mirada.

—Has cambiado —susurró con voz soñadora. Se acercó a mí y me circundó los pezones, que se irguieron ante el simple contacto con su piel, luego bajó por mis cada vez más redondeadas caderas y subió hasta posar su mano en mi vientre—. Tus pezones son del color de las cerezas maduras, jugosos y engrandecidos, y tu pecho ha crecido bastante —aseguró cogiéndolo con las dos manos. Yo respiré de forma acelerada—. Tu piel es todavía más suave —se acercó y enterró su rostro en mi cuello— y tu olor es diferente, más intenso.

—Sasuke —susurré.

—Ummm —contestó él lamiendo mi cuello.

—Vamos a la cama.

Nos amamos con delicadeza y sin prisas, saboreando cada centímetro de nuestra piel, sabiendo que habría muchos más momentos como aquel. En el instante en el que sus manos alcanzaron la carne ardiente entre mis piernas, yo ya estaba preparada para entregarme y él también para recibirlo. Nos movimos lentamente, de forma cadenciosa, siguiendo un ritmo impreso genéticamente hacía miles de años en nuestros cuerpos. Sasuke fue suave y cuidadoso como solamente puede serlo un hombre tan grande y seguro de sí mismo. Alcanzamos el clímax, entrelazados, meciéndonos con pasión y permanecimos así, hasta que nuestros corazones comenzaron a latir de forma acompasada.

Dormimos abrazados y en esa noche y las siguientes ya no hubo pesadillas.

Al día siguiente, dejamos a Akane con una niñera que nos habían recomendado. Era española, sevillana, la aprecié desde el momento en que la conocí. Era una joven que estaba estudiando en la Universidad de Edimburgo y en sus ratos libres ganaba algo de dinero cuidando niños. Intercambiamos instrucciones mientras ambos vigilábamos su actitud con la niña, que era cariñosa y afectuosa.

Cuando salimos, ya en el ascensor, Sasuke comentó:

—¿Estará bien? —su tono era de preocupación.

—Sí, tranquilo lo estará —le aseguré yo.

—No he entendido nada de lo que ha dicho. ¿Es española? —preguntó no muy seguro.

—Sí —me reí, el acento cerrado sevillano de la niñera a veces era incomprensible hasta para mí—. Yo tampoco te entiendo muchas veces, aunque suelo pillar la idea central, que, según mi profesor de inglés, es lo importante.

—¿Y cuál es? —inquirió curioso.

—Que me quieres, con eso basta —respondí besándolo.

En la consulta del ginecólogo, sentados frente a la mesa de su despacho, nos hizo las preguntas pertinentes para crear mi ficha médica.

—¿Cuándo fue su última regla? —preguntó en tono formal. Sasuke se removió en su silla.

—El veintidós de julio.

—Entonces —dijo consultado una tabla —la fecha de concepción aproximada ha sido...

—El cinco de agosto —contestamos Sasuke y yo al unísono ruborizándonos.

—Vaya —sonrió él—veo que lo recuerdan perfectamente.

En la mesa de exploración, Sasuke pudo por fin ver a su hijo o en realidad el pequeño garbanzo que crecía en mi interior. Miraba con atención sin soltar mi mano, como si tuviera miedo a que saliera corriendo. Cuando conectó el aparato y escuchó el sonido de nuestro pequeño por primera vez, noté que se emocionaba y mi corazón se hinchó de orgullo.

—¿Suena siempre tan acelerado? —preguntó entre curioso y nervioso.

—Siempre. Eso es muy buena señal —respondió el médico sonriendo.

—Pues es digno hijo de su madre, ya que su corazón retumba igual de deprisa —esbozó una sonrisa divertida y yo le saqué la lengua mientras el ginecólogo reía.

Al mes siguiente nos confirmaron que iba a ser un niño y Sasuke se creció unos centímetros más, si es que eso era posible. Yo me reí. ¡Hombres!

El espacio comenzó a ser un problema, nos faltaba una habitación. Consultamos con una agencia. Yo no quería deshacerme del apartamento que había llegado a adorar y como si los hados se hubieran puesto de acuerdo, los vecinos de enfrente, que tenían un piso de una habitación más, lo pusieron en venta. Hicimos una oferta y aceptaron, así que mientras la empresa de Sasuke se encargaba de las reformas pertinentes, yo me dediqué a pasear con mi hija por tiendas de decoración.

Akane entró en una escuela infantil cercana a nuestra casa para que yo pudiera llevarla y recogerla caminando. La adaptabilidad de los niños me llenaba de asombro. En una semana chapurreaba una mezcla de spanglish muy graciosa y parecía contenta de acudir cada día a su cole de mayores, como lo llamaba ella.

Decidimos casarnos antes de que terminara el año. Sasuke estaba dispuesto a hacerlo desde que llegué a Edimburgo, pero yo quería que fuera especial. El lugar elegido fue el Glenbroch Castle Hotel.

—¿Estás segura? No es que allí acabara todo muy bien la última vez —comentó él.

—Sí, estoy segura, quiero por fin estrenar la suite nupcial —afirmé.

Nos casamos el veinte de diciembre. Hacía muchísimo frío y había nevado. Teníamos muy pocos invitados. Por mi parte llegaron mi madre y Jiraiya, y también Gaara con Eyre, afirmando que no se lo perderían por nada del mundo. Por su parte, su madre con su tercer marido, sus tíos, los padres de Naruto y algunos de los conocidos de las Highlands, como las hermanas Clarkson, Neji y su mujer con el pequeño Neji, que ya tenía diez meses, Chiyo y, por supuesto, mis caseros Hiruzen y Biwako, ambos emocionados e ilusionados como dos chiquillos.

Su madre cuando me conoció me observó de arriba abajo sin ocultar su disgusto. Por lo visto era demasiado poco para su hijo y además, ¡ya tenía una hija!, como comentaba cuando yo me daba la vuelta. No me importó nada y a Sasuke tampoco. Yo ya le había confiado que mi especialidad no eran las suegras. Él me contestó que esperaba que mi especialidad durante el resto de nuestras vidas fuera él y nuestros hijos, y que eso era más que suficiente.

Mi madre me llamó tres días antes de volar a Escocia.

—Hija.

—Hola, mamá, ¿qué tal?

—Mal, muy mal. El médico me ha recetado unos ansiolíticos para el viaje, pero Jiraiya me ha dicho que va a tirar por la directa y que me va a aplicar el método M.A. Barraca. ¿Tú sabes qué es eso?

Yo me reí.

—Mamá, M.A. Barracus, el de la serie Equipo A, que tenía miedo a volar y siempre lo drogaban o lo golpeaban para que perdiera el conocimiento. ¿No lo recuerdas?

—¿Crees que Jiraiya será capaz de hacerme eso? —preguntó con un deje asustado en la voz.

—Yo no me preocuparía, mamá, solo relájate y disfruta del viaje, ya verás como no es para tanto.

—¡Ja! Ya te lo diré cuando aterrice —colgó el teléfono malhumorada.

Llegamos por la mañana temprano al castillo y nos recibió la misma recepcionista que la última vez. Nos acercamos a recepción y pedí la llave de la suite nupcial. Ella me miró reconociéndome y abrió desmesuradamente los ojos. Sasuke la observó extrañado.

—Verá, señora Haruno, esa suite está reservada para los novios. Esta tarde se celebra una boda —contestó de forma educada pero cortante.

—Sí, le dije. Lo sé, yo soy la novia —contesté riendo.

—¿Ustedes son los señores Uchiha? —preguntó enarcando ambas cejas.

—Sí, lo somos —contestó Sasuke en mi lugar, abrazándome por la cintura, que ya dejaba notar mi embarazo.

Ella bajó la vista avergonzada y se fijó en mi abultada tripa, sofocando un gesto de sorpresa.

Cuando subíamos por las escaleras, Sasuke me cogió de la mano inclinándose sobre mí.

—¿Me lo vas a explicar?

—Sí, algún día, mi amor —respondí mirándolo con adoración.

Me vestí con ayuda de mi madre, que era la madrina. Así lo había decidido Sasuke y dejé que la peluquera creara un complejo recogido lleno de rizos que caían en cascada, sujetándolos con horquillas adornadas con mariposas de seda. Cuando terminaron, esperé pacientemente a que llegara el padrino, que era Naruto, quien había llegado acompañado de Tema, que esperaba en el salón con el resto de los invitados.

Oí unos suaves golpes en la puerta y me levanté de la cama. Naruto entró tímidamente y suspiró.

—Estás preciosa, Sakura —exclamó.

—¿De verdad? —pregunté yo algo insegura mirando mi vestido corte imperio de satén y encaje blanco hielo.

—Nunca has estado más bonita. A Sasuke le dará un infarto cuando te vea —concluyó.

—Gracias —le sonreí con sinceridad acercándome para bajar al salón donde se celebraba el enlace.

—Sakura —su tono hizo que me parara y lo miré a esos ojos azules tan diferentes a los de su primo—. Siempre fue él, ¿verdad? Hasta cuando me besaste estabas pensando él, ¿no? Yo no tuve nunca la más mínima oportunidad —dijo suavemente.

Me resultó extraño que sacara justo en ese momento el tema que yo creía enterrado hacía tanto tiempo.

—Sí, Naruto, siempre fue él —afirmé.

Él contestó algo en gaélico, que por supuesto no entendí.

—¿Qué has dicho? —pregunté algo molesta.

—Maldito cabrón afortunado —fue su lacónica respuesta. Me cogió del brazo y salimos.

Las puertas del pequeño salón con techo artesonado en madera estaban abiertas de par en par. Habían acondicionado un pequeño altar, nos iba a casar un sacerdote católico y todo estaba decorado primorosamente con flores. A ambos lados del pasillo unos pocos bancos daban cabida a nuestros invitados.

Me quedé parada un momento en la entrada, mientras oía de fondo la marcha nupcial de Mendelssohn, recordando lo diferente que estaba siendo esa boda comparada de la anterior, ya que me casé en un juzgado con otras tres parejas esperando en el exterior. El novio estaba impresionante, vestido con las mejores galas escocesas. Su altura y su apostura obligaban a todos a mirarlo con demasiada atención. La novia en cambio, parecía un barrilete de cerveza. Ya estaba de seis meses y parecía que me había tragado un balón de fútbol.

Akane y Eyre nos esperaban en la entrada, vestidas de princesitas, con sendas cestas llenas de pétalos de rosas, que a una señal de Naruto comenzaron a lanzar a diestro y siniestro, unas veces al suelo, otras al aire y, de común acuerdo, cuando llegaron a la altura de mi suegra ambas le lanzaron dos puños de pétalos directamente a la cara, haciendo que escupiera y tosiera molesta y enfadada. Yo ahogué una sonrisa y me centré en la mirada de Sasuke, que no se había separado de la mía en ningún momento, como si un lazo invisible recorriera la estancia uniéndonos.

Pronunciamos los votos y nos dimos el sí quiero para siempre, para toda la eternidad. Lo hicimos con firmeza y sin titubear. Finalmente nos besamos y los invitados prorrumpieron en un espontáneo aplauso.

Cenamos y bailamos danzas tradicionales escocesas hasta acabar agotados. Sasuke no se separaba un momento de mí, preocupado por si me empujaban, por si me resbalaba, por si me mareaba, por si me caía... Parecía un abejorro revoloteando sobre una flor. Estaba tan molesta que contuve varias veces la mano a punto de darle un manotazo como a un mosquito. Jiraiya se había sentado en la mesa de las señoras Clarkson y conversaba con ellas animadamente. Me pregunté con curiosidad de qué estarían hablando, ya que ni ellas entendían el castellano, ni él hablaba demasiado inglés, pero era argentino y eso en fin, lo explicaba todo...

Mi madre se pasó llorando emocionada toda la ceremonia y siguió llorando después. Cuando yo me acerqué a ella preocupada, intentó aclararlo.

—Son los ansiolíticos del viaje, que me han cambiado el carácter —sonrió entre lágrimas. La echaba mucho de menos, pero había decidido vivir mi vida en otro país, en compañía del hombre al que amaba y no podía evitar comprenderla y justificarla.

Añoraba a dos personas que quería mucho y que no estaban con nosotros, mi padre y Matsuri, aunque estaba segura que allí donde sus almas descansaran velarían por nosotros.

Finalmente algo cansados, yo bastante más que Sasuke, nos retiramos entre comentarios subidos de tono y palmadas en la espalda de mi ya marido, a la suite nupcial.

Allí, después de un largo y tortuoso camino de desencuentros, estrenamos nuestra cama con dosel. Una vez que pasado el malestar del primer trimestre, había llegado el momento del deseo sexual. Incluso iba varias veces por semana a su trabajo a recogerlo a la hora de comer, con la única intención de que me hiciera el amor en su mesa, en la mesa de la sala de juntas, en el sofá y hasta en el suelo. Sasuke estaba sorprendido y halagado, y yo me limitaba a encogerme de hombros y a decir que eran las hormonas.

Cuando salíamos del despacho, su secretaria siempre nos recomendaba lo mismo.

—Ahora a reponer fuerzas con una buena comida —yo la miraba avergonzada. Sasuke la fulminaba con la mirada.

Ella, indiferente a nuestras reacciones, añadía:

—Lo digo por el bebé, para que crezca fuerte y sano —agachaba la cabeza y sonreía.

—¿Cómo lo saben? —le pregunté yo un día a Sasuke.

—Por tu rostro, mo luaidh. Llegas al despacho como un caballo de fuego y sales dócil y arrebolada como un corderito —sonrió él orgulloso.

A partir de ese momento comencé a espaciar un poco más mis visitas a su despacho y empecé a atacarlo antes de que saliera de casa y nada más llegar. No recordaba que me hubiera ocurrido eso durante el embarazo de Akane, quizá fuera porque esperaba un niño y tenía la fogosidad de su padre creciendo dentro de mí. Lo cierto es que esos meses fueron muy pero que muy divertidos.

Una vez que estuvimos arropados y abrazados en nuestra cama nupcial, decidí averiguar algunas cosas que llevaba tiempo queriendo saber.

—¿Señor Uchiha? —pregunté.

—¿Señora Uchiha? —respondió él.

—¿Podría explicarme por qué en su baño había un frasco de mi perfume?

La pregunta lo pilló por sorpresa, lo noté por la tensión de su cuerpo. Lo meditó un momento.

—Cuando te vi por primera vez y te olí ya no pude sacarte de mis pensamientos. Iba por la calle olisqueando a todas las mujeres buscando ese misterioso olor que te rodeaba hasta que un día entré a Fraser House y una amable señorita, siguiendo mis instrucciones y llenándome de pruebas de perfumes de mujer, dio con el tuyo. No tuve más remedio que comprarlo. Cuando me sentía solo en Edimburgo y te añoraba, simplemente, lo abría y aspiraba tu aroma —explicó con voz ronca.

Yo reí.

—¿Algo más señora Uchiha?

—Sí, una cosa más. ¿Por qué demonios te presentaste con Samui en el pub? —inquirí algo celosa y enfadada.

Él bufó contra mi pelo.

—Ese fue uno de los "sabios consejos" de Naruto. Le comenté que estaba interesado en una mujer que me ignoraba y el sugirió que la pusiese celosa mostrándome en público con otra mujer. Lo siento, no fue una de mis mejores ideas. Ella se dio cuenta al instante de lo que significabas para mí y creo que la herí. Naruto, sin embargo, no se percató de nada —contestó algo pesaroso.

—Te equivocas, Sasuke —le dije suavemente—. Naruto siempre se dio cuenta de todo.

Él me abrazó con fuerza y acarició mi vientre abultado. En ese mismo momento, en respuesta a la caricia de su padre, nuestro hijo decidió por fin darse a conocer de manera más personal y girándose dentro de mí le propinó una patada en el centro de su mano.

Sasuke se irguió apoyándose en los codos.

—¿Lo has notado? —preguntó.

Yo gemí asintiendo.

—¿Tú qué crees?

—¿Te hace daño? —inquirió preocupado.

—No demasiado, pero creo que va a tener bastante fuerza, solo estoy de seis meses, no me lo quiero ni imaginar cuando esté de nueve —hice una mueca.

—Oh, yo os cuidaré. No te preocupes —afirmó abrazándome otra vez.

No respondí, ya que él poco podía hacer, pero era tan feliz que me dormí con una sonrisa de satisfacción en el rostro.