Capítulo 21

Lo recordaba...


Las semanas pasaron deprisa. Celebramos las Navidades con toda la intensidad posible. Las luces y los adornos que antes me resultaban tan dolorosos se convirtieron en algo más con lo que ilusionarme y el día que decoré junto con mi madre y mi hija el árbol de Navidad mientras Jiraiya y Sasuke conversaban en el sofá fue de los más felices de mi vida. Esa simple escena tan familiar hizo que me sintiera viva y llena de orgullo por la familia que estábamos construyendo. Sasuke también había sanado ese aspecto de mi vida.

El frío intenso de enero dio paso a un frío más helador en febrero, cuando, por fin, pudimos mudarnos a nuestro nuevo piso. Había pasado un año desde la muerte de Matsuri y no había un solo día en que no me acordara de ella. El día de su cumpleaños caminé entre la lluvia helada y me metí en una pequeña capilla, encendí una vela en su memoria y recé por ella, sintiendo su presencia conmigo.

Marzo llegó más frío y ventoso de lo habitual en esas latitudes y yo empecé a quejarme y a estar bastante molesta. La espalda me dolía y las piernas se me hinchaban al poco de estar de pie.

Un día cualquiera me encaré con Sasuke.

—¿Pero cuándo va a brillar el sol en este país de una puñetera vez?

—Si ya estamos en primavera, Cerezo —contestó frotándose la nariz enrojecida por el frío.

Un mes antes de que saliera de cuentas tuve el síndrome del nido, comencé a organizarlo todo con una firmeza y un orden realmente germánico. Sacaba una y otra vez la ropa y la volvía a lavar y a recoger, cocinaba mucho y compraba mucho más, como si la Tercera Guerra Mundial fuera a estallar. Me subía a las sillas para limpiar los altos de los armarios lo que sacaba literalmente de sus casillas a Sasuke, que contrató una mujer para que se encargara de la limpieza. Lo único que consiguió fue que yo la persiguiera de forma incansable repasando lo que ella acababa de limpiar.

Unos diez días antes de la fecha prevista del parto decidí darme un baño mientras Sasuke acostaba a Akane. Preparé velas aromáticas y llené la bañera de espuma. Aun así tenía todo el aspecto de una ballena varada en una playa. Mientras me relajaba, escuchaba la conversación que mantenía Akane con Sasuke, y me iba dando cuenta de que entre ellos empezaba a formarse una extraña y cordial alianza que nunca tuvo con su padre.

—¿No se ahogará el bebé? —oí la voz infantil de mi hija.

—No —contestó confiado Sasuke—. Él vive dentro de mamá y ella no dejará que se ahogue.

—Pero... —Akane vacilaba— si se mete bajo el agua no podrá respirar.

—No, el bebé ya vive dentro de una bolsa de agua en la tripa de mamá. Todavía no puede respirar —contestó Sasuke.

—Pero —mi hija seguía insistiendo— no lo entiendo, ¿entonces cómo puede vivir si no respira?

Por un momento no se escuchó nada. Yo sonreí. Akane también solía hacía a mí ese tipo de preguntas en las que evitaba darle demasiados detalles que ella todavía no entendería. Casi pude escuchar los engranajes del cerebro de Sasuke buscando la respuesta correcta.

—¿Has visto la tripa de mamá? —preguntó mi marido.

—Sí —contestó extrañada mi hija.

—¿Y has visto la canica que tiene en el ombligo?

—Sí —respondió mi hija con más interés.

—Pues esa es la nariz del bebé y por ahí respira —aclaró finalmente mi marido con un largo suspiro.

—¿En serio? —inquirió Akane no muy convencida.

—Por supuesto —afirmó la voz grave de Sasuke.

Después solo oí a mi marido leyéndole con voz suave su cuento preferido hasta que Akane finalmente se durmió.

Lo oí salir de la habitación y cerrar la puerta con cuidado, y lo llamé.

—¿Sí? —inquirió él abriendo la puerta.

Antes de que yo abriera la boca, me silenció.

—No, déjame que lo adivine. ¿Pepinillos en vinagre?

Yo negué con la cabeza.

—¿Piruletas de fresa?

Seguí negando.

—¿Chocolate? —inquirió por tercera vez algo dubitativo.

—No —dije.

—Me rindo. ¿Qué te apetece?

—Tú, tú me apeteces —murmuré agitando las pestañas, que era lo único de mi cuerpo que tenía un tamaño normal.

Él se acercó observándome intensamente.

—¿Y puedes explicarme cómo demonios voy a poder hacer algo contigo así? —su tono era divertido y su mirada rodeó toda la bañera ocupada en gran parte por mi inmensa barriga que sobresalía como una pequeña isla.

—¿No eres ingeniero? Ya te las apañarás —contesté atrayéndolo hacia mí.

Esa misma noche una fuerte contracción me despertó, haciendo que me encogiera y posteriormente me arqueara en un gesto de dolor.

—Ya viene —dije girándome sin levantar mucho la voz para no despertar a Akane.

—¿Quién? —preguntó Sasuke con voz adormilada.

—Mi tía la de Cuenca —contesté algo enfadada propinándole una pequeña patada en la espinilla.

—¡Ay! —protestó él levantándose de un salto y encendiendo la luz, lo que me hizo parpadear varias veces—. Tranquila, mo luaidh, yo me encargo de todo —afirmó comenzando a recoger la bolsa de maternidad y una pequeña bolsa de deporte donde metió lo indispensable para quedarse conmigo en el hospital.

Yo mientras tanto me incorporé con cuidado y me vestí despacio. Otra contracción más fuerte que la anterior hizo que me inclinara peligrosamente hacia delante hasta el punto de que casi me caí. En un segundo lo tenía a mi lado sujetándome.

—¿Cuánto tiempo ha transcurrido? —pregunté yo más para mí misma que para nadie en particular. Toda mi atención estaba centrada en el dolor que sentía en la parte baja de la espalda y el vientre.

—Nueve minutos treinta y cuatro segundos —contestó él—. Todavía tenemos algo de tiempo. Cogió el teléfono y llamó a Naruto y Temari para que se quedaran con Akane. Se habían trasladado a Edimburgo porque a Naruto le habían ofrecido un trabajo como profesor de literatura en la Universidad, lo que provocó no pocas discusiones con Temari, que veía en todas sus alumnas posibles rivales en su relación.

Como no tenía nada mejor que hacer me senté en el borde de la cama a esperar que Sasuke terminara de recoger todo.

—Ya está —exclamó cogiendo las dos bolsas y mi pequeño bolso de mano, que dejó en la entrada a la espera de que llegaran Naruto y Temari.

—¿Estás seguro? —pregunté mirándolo.

—Sí, está la bolsa del bebé, la mía, la documentación, tu ficha médica, tu bolso... —siguió enumerando un montón de cosas que luego probablemente no llegaríamos a utilizar.

—Dime, ¿has sido capaz de preparar todo eso tu solito, llamar a Naruto, dejar un mensaje a tu secretaria, cronometrar las contracciones y no te has olvidado de algo? —inquirí algo sorprendida, admirando su cuerpo totalmente desnudo.

—¡Mierda! —exclamó dándose cuenta por primera vez de su desnudez. Comenzó a vestirse a una celeridad que daría envidia a una modelo de pasarela.

Cuando terminaba de calzarse los zapatos escuchamos el sonido de la puerta al abrirse y vimos aparecer a Naruto y Temari con cara de sueño.

Llegamos al hospital pasada la medianoche. Nos llevaron directamente a la sala de preparación al parto. Después de examinarme, nos informaron de que el bebé estaba todavía muy alto y que tardaría unas horas. Yo no había dilatado lo suficiente para poder ponerme anestesia. Estaba desilusionada y enfadada, había supuesto que esta vez iba sería más rápida, eso es lo que nos había asegurado el ginecólogo, pero, por lo visto, el embarazo y el parto no eran ciencias exactas.

Apenas podía moverme, estaba completamente monitorizada y, además, tenía una vía, que tiraba cuando me giraba y escocía bastante.

—No volverás a tocarme en la vida —mascullé cuando una enfermera vino a comprobar por enésima vez si tenía fiebre y los latidos del bebé.

—Tranquilo, señor Uchiha, todas dicen lo mismo y luego repiten —contestó ella sonriendo a mi marido, que lucía una expresión pétrea y pálida.

Él no contestó y eso me extrañó, siempre era exquisitamente educado con la gente. Lo miré detenidamente. Estaba sentado en una incómoda silla a mi lado, con los hombros caídos hacia delante y se mesaba el pelo una y otra vez. Estaba nervioso. No, estaba asustado. Levantó la vista cuando sintió que lo observaba. Estaba aterrado.

—¿Qué ocurre, Sasuke? —pregunté olvidándome un momento de mi propio malestar.

—Nada, mo luaidh, tú intenta descansar y coge fuerzas. Yo velaré tu sueño —dijo como aquella lejana noche de agosto.

Eso me asustó más que nada.

—Sasuke, no puedo descansar si sé que te ocurre algo. Por favor, cuéntamelo —supliqué.

Cogió mi mano y la acarició con fuerza.

—Cerezo, me siento tan inútil... —confesó brotando un sollozo de su garganta—. Te veo sufrir ahí tendida y yo no puedo hacer nada más que sujetarte la mano. No puedo sentir tu dolor, aunque me duela más que nada en el mundo. Quisiera tener el poder de sentir por ti, de evitar que tú sufrieras y todo el dolor físico recayera sobre mí.

Mi marido, el hombre más fuerte y valeroso que había conocido nunca, había encontrado su talón de Aquiles. Acostumbrado a tener el control sobre todo lo que le rodeaba, aquello escapaba de su dominio. Quise abrazarlo y decirle que su simple apoyo a mi lado era más que suficiente.

—Sasuke —murmuré—. Te necesito a mi lado. Me basta con que me sujetes la mano, tu sola presencia conmigo es suficiente —remarqué.

Él me miró con tal gesto de dolor reflejado en sus ojos negros que me estremecí.

—Está bien, mo luaidh, haré lo que me pides —afirmó en un susurro.

—Busca en el bolsillo interior de tu mochila —le exigí.

Él me miró extrañado, pero hizo lo que le indiqué, sacando la petaca de plata labrada con el escudo de su clan.

—¿Es lo que creo que es? —preguntó volviendo a brillar una luz diminuta en sus ojos.

—Sí, los dos lo necesitamos —contesté.

—¿Los dos? —inquirió él.

—Los tres —corregí.

—De eso nada, no dejaré que bebas whisky en tu estado —repuso sujetando con fuerza la petaca.

—Oh, lo harás, Sasuke Uchiha, si quieres conservar tu vida más allá de estas cuatro paredes —repuse con la poca energía que me quedaba.

—Está bien —concedió pasándome la petaca con reticencia.

Di un largo sorbo y me atraganté, aunque al instante comencé a sentir un pequeño adormecimiento. Él me observaba con un gesto entre desconfiado y peligroso.

—¡Bah! —le dije—. Si esto no ayuda al pequeño escocés que llevo dentro a salir, nada lo hará.

Observé un atisbo de sonrisa en su rostro y él también dio un largo trago.

—¡Cómo lo necesitaba! —exclamó con más energía.

Los minutos pasaron y se fueron convirtiendo en horas. Me habían dado un pequeño calmante que hacía que dormitara a intervalos cortos, despertándome en un duermevela extraño, como si mi cuerpo levitara. Me distraía observando a Sasuke, que unas veces paseaba por la sala, otras miraba distraído por la ventana y la mayoría se sentaba a mi lado y me observaba con intensidad.

Casi al amanecer vino el ginecólogo a hacer otra exploración. Yo ahogué un gemido cuando noté su mano enguantada escrutando en mi interior. Pude notar que el cuerpo de Sasuke se ponía en tensión. El ginecólogo, cumpliendo con su trabajo y totalmente ajeno a las reacciones de mi marido, empujó con fuerza con la otra mano sobre mi estómago abultado obligando al bebé a moverse. Emití un grito agudo.

Al instante Sasuke sujetó la mano del médico impidiéndole moverse.

—No toque así a mi esposa —ordenó con voz baja y peligrosa.

—Señor Uchiha, si no puede controlarse, tendré que pedirle que abandone la sala —contestó el médico mirándolo con seriedad.

Sasuke siguió sin soltar su muñeca posada en un extremo de mi enorme barriga.

—Sasuke —susurré sin fuerzas—, te necesito conmigo, por favor.

Mi marido soltó de repente la mano del especialista y se disculpó por su reacción.

Nos informaron de que el bebé estaba demasiado alto y que si no descendía a su lugar en el plazo de dos horas tendrían que intervenir en una cesárea de urgencia. Ambos nos quedamos igual de preocupados. Nuestros semblantes cansados reflejaban toda la ansiedad y la angustia por el bebé.

—Sálvela, doctor —exclamó de repente Sasuke—, si considera que su vida peligra, sálvela a ella, ella es toda mi vida.

El médico apiadándose de nosotros sonrió.

—Tranquilo, señor Uchiha, dudo mucho que lleguemos a esos extremos, tanto su mujer como el bebé son fuertes y están bien —contestó abandonando la sala en compañía de una enfermera.

Pero yo sabía que algo no estaba bien, lo notaba dentro de mí, era una sensación extraña, como si nuestro bebé hubiera decidido no nacer. Todos los esfuerzos que hacía yo por intentar ayudarlo caían en saco vacío. Notaba que mi hijo y yo estábamos llegando al límite de nuestras fuerzas. Algo impedía al bebé llegar, quizá se había enredado con el cordón, o se había girado. Lo único que sabía con seguridad es que no iba como debía ir.

Sasuke también lo percibió y no se separó de mí ni un instante, controlando la monitorización de ambos y acariciándome la mano y la espalda cuando podía girarme.

—Tócame —exigí de repente.

—¿Qué? —preguntó él como si le hablara desde algún sueño.

—Tócame —insistí—, necesito sentirte.

—No puedo, yo... —sus palabras se perdieron en un susurro inacabado.

—Sí puedes, Sasuke, ahora es tu turno, hazlo por nosotros —dije levantándome el camisón hasta el cuello y ofreciéndole mi cuerpo desnudo.

Sasuke pareció dudar un momento, pero comenzó a acariciar con delicadeza mis pezones, erguidos e hinchados y demasiado sensibles. Yo gemí entre el límite del placer y del dolor. Mi vientre se contrajo involuntariamente. Él se inclinó y comenzó a succionar y lamer alternativamente uno y otro. Creí que me desintegraba en un estado de semiinconsciencia. Y en ese mismo instante noté como el bebé giraba en mi interior y sentí su empuje arqueándome de forma violenta.

Sasuke retrocedió asustado y enfocó mi rostro, pero yo ya no veía nada, estaba totalmente concentrada en la labor de traer a mi hijo al mundo.

Ginecólogo y enfermera entraron corriendo en la habitación, preocupados por el salto que habían dado los monitores y se pararon asombrados mirándonos. Era obvio lo que habíamos estado haciendo, pero yo no tenía tiempo para ruborizarme, mi hijo estaba naciendo.

—Sujétele las piernas —instó el médico a mi marido, que hizo lo indicado.

—Señora Uchiha, cuando le avise, inspire profundamente y empuje con todas sus fuerzas, ¿entendido? —preguntó.

Yo asentí, mordiéndome los labios.

—¡Empuje, ahora! —gritó el ginecólogo.

Lo hice quedándome exhausta.

—Pare, lo está haciendo muy bien. Ya ha salido la cabeza. ¿Quiere ver a su hijo, señor Uchiha? —inquirió.

Sasuke que hasta ahora había evitado mirar, se giró y se asomó entre mis piernas. Levantó la cabeza y sonriendo con todo el orgullo de un padre, exclamó:

—¡Es pelinegro!

Si hubiera tenido fuerzas suficientes le hubiera borrado la sonrisa de un rodillazo. En vez de ello seguí empujando y parando hasta que depositaron al bebé llorando en mi vientre ahora súbitamente vacío. Sasuke cortó el cordón umbilical y vigiló todo el proceso de limpieza y las primeras pruebas médicas que le realizaron al pequeño Fugaku, porque así, con una simple mirada, sin palabras, decidimos que se llamaría. Como se llamaba su padre, como se había llamado su abuelo.

Finalmente los dolores, los temores y los miedos cesaron, dejándonos envueltos en una nube de felicidad. Yo arrullaba a mi pequeño que manoteaba envuelto en una toalla y abría por primera vez los ojos mirando con curiosidad el mundo que lo rodeaba. Era pelinegro, sí, pero también tenía los ojos verdes más bonitos que había visto nunca, exceptuando los de mi orgulloso marido, que nos miraba con arrobo a un lado de la cama.

Aquella noche, ya instalados en una habitación de planta, cuando habíamos recibido la visita de familia y conocidos que nos habían llenado de buenos deseos, flores y bombones, nos quedamos los cuatro solos. Akane dormía acostada a mi lado y Sasuke acunaba a Fugaku cantándole en susurros nanas en gaélico mientras nos dirigía furtivas miradas de amor.

Mi madre solía decir que la felicidad es algo con lo que todos nacemos, que hay gente afortunada que la mantenía durante toda su vida y otros que lo son menos y la perdían con la edad. Que la felicidad estaba en los pequeños gestos, en una sonrisa, en un guiño de ojos, en una mirada, en todo lo que nos rodeaba y que si una persona era inteligente sabría apreciar todo aquello. Yo en aquel momento me sentí colmada de felicidad, tan llena de amor y de paz hacia mi familia que percibí que lágrimas de dicha se deslizaban por mis ojos. Yo fui una de esas personas que perdió la felicidad por el camino de la vida, pero también había sido una de las afortunadas que la había recuperado. Me quedé dormida con una plácida sonrisa de amor en el rostro y en mis sueños se deslizó la persona que me había ayudado a encontrar el camino.

—¿Qué haces aquí sola? —inquirió Matsuri asomando su cara de duende en la habitación.

Le señalé la botella de vodka medio vacía sobre la mesa. El sonido de la música demasiado alta hacía que tuviéramos que levantar la voz para entendernos.

—Estoy ahogando las penas —declaré melodramáticamente.

Ella rio con esa risa cantarina tan peculiar.

—Mi Saku, no te das cuenta de nada, ¿verdad? No puedes ahogar tus penas porque las muy putas saben nadar —prorrumpió en carcajadas.

La miré fijamente entornando los ojos.

—Vamos, sal, que la fiesta está en todo su apogeo, la mojigata de tercero se está intentando ligar al buenorro de Kiba —exigió.

—No quiero —contesté yo cogiendo otra vez la botella y bebiendo un largo trago.

—¿Qué ha ocurrido para que estés aquí encerrada?

—El imbécil de Yahico me ha dicho que necesita espacio. Espacio —repetí yo con sarcasmo—. Será fantasma, pero si solo hemos quedado tres veces.

—Tú lo has dicho es un imbécil y ¿que hacemos con los imbéciles? —preguntó.

—¡Mandarlos a la mierda! —contestamos las dos al unísono riéndonos.

Estuvimos unos minutos sentadas contra la pared, en el suelo de la habitación de estudiante de uno de los inquilinos de aquella casa, que ni sabíamos quién era ni nos importaba, mientras nos pasábamos mutuamente la botella.

—Ah, se me había olvidado —le dije arrastrando las palabras.

—¿El qué? —inquirió ella con los ojos nublados.

—He visto a tu pelinegro —contesté yo intentando enfocar la mirada.

—¿Dónde? —su tono ahora era de interés.

—Creo que trabaja en un bar de la Plaza Mayor, no sé cuál. Ya sabes que he estado quedando con el imbécil allí esta semana para terminar el trabajo. Y hoy me he fijado. Estaba parado al lado de la puerta del bar, fumando un cigarrillo tras otro —le conté balbuceando.

—Cuéntame más —pidió ella.

—No hay nada más que contar. Era alto, demasiado para ti —rememoré con dificultad—delgado, con el pelo corto y tenía los ojos negros, de un negro intenso, bordeados de rojo. Me miraba con intensidad y me puso nerviosa, igual es un loco, o un acosador. ¡Yo qué sé! —terminé mi explicación.

—Pues para no contar nada, lo acabas de describir perfectamente. ¿Estás segura de que no te ha gustado a ti? —inquirió volviendo a beber.

—¿A mí? —exclamé con un deje de sorpresa y de asco—. Sabes que odio a los pelinegros. Dan mala suerte.

—Ay, mi Saku, nunca digas nunca jamás —contestó ella sentenciando.

—Oh, te aseguro que jamás estaré con un pelinegro, con ese en especial —repliqué yo molesta.

—Ah, acabas de invocar la Ley de Murphy, mi Saku, acabarás liada con ese pelinegro, si lo sabré yo —apostilló riéndose.

—Tú no sabes nada, Matsuri, además, estás demasiado borracha. Seguro que mañana ni siquiera nos acordaremos de esta conversación —murmuré comenzando a enfadarme.

—No hace falta que la recordemos, ni tú ni yo, solamente él. Son las trampas del destino —volvió a reír inundando la habitación de carcajadas.

Fin.