Siempre traten a Harry Potter como si perteneciera a JK Rowling. Nunca apunten a Harry Potter a nada a lo que no estén dispuestos a lanzar un Expelliarmus. Mantengan sus dedos lejos de Harry Potter hasta que entiendan que esta historia le pertenece a White Squirrel.


Capítulo 35

El semestre de primavera era tan normal como las cosas eran en Hogwarts. Hechizos ocasionales volaban entre los Gryffindor y los Slytherin… Neville fue atacado por un terrible hechizo paralizador de piernas por parte de Malfoy. La tarea era tan difícil como nunca, y la nieve de diciembre había sido reemplazada por la interminable lluvia de enero, la cual era extraña porque se suponía que enero era el mes con más nieve. Hermione sospechaba que era algún tipo de magia que modificaba el clima alrededor del castillo ya que incluso las Tierras Altas no recibían tanta nieve en diciembre como habían recibido. Eso, o quizás era un año extraño.

Era un mes antes del siguiente partido de quidditch en contra de Hufflepuff cuando Oliver Wood soltó la sorprendente noticia de que el profesor Snape sería el árbitro del partido en lugar de Madame Hooch. Harry y el resto del equipo estaban conmocionados, pero Hermione estaba nerviosa.

–Oh, Harry, ¿qué vas a hacer? –dijo, abrazándolo con fuerza.

–Tengo que jugar, Mione –le dijo–. No hay buscador suplente, y si falto, los Slytherin pensarán que lo hice por Snape.

–Pues, quizás deberías hacerlo. Después de lo que pasó en el primer partido…

–Aún no tenemos evidencia de que fue Snape quien lo hizo –insistió Harry–. Y los maestros revisaron mi escoba y no encontraron nada malo en ella.

–Eso es porque tenía que continuar realizando el maleficio para que durara.

–¿Pero qué más se supone que debo hacer? No puedo decepcionar al equipo sólo porque Snape será el árbitro.

Hermione suspiró. ¿Había alguna manera de hacer entrar en razón a su hermano? Espera, quizás lo había. Sabía de por lo menos una persona que compartía sus sospechas sobre Snape.

–Quizás podemos preguntar a Sirius sobre esto –sugirió–. Es nuestro padrino. Debería de ser capaz de darnos un consejo decente.

–A él tampoco le agrada Snape –dijo Harry.

Hermione cruzó miradas con él… algo que no podía hacer por mucho tiempo por sus tendencias felinas, pero años de práctica habían mejorado sus habilidades.

–Supongo que podemos intentarlo –admitió–. Iré por el espejo. –Unos minutos después, Harry bajó su espejo de doble sentido y los hermanos fueron a un rincón de la sala común–. Sirius Black –dijo.

Un minuto después, la sonrisa de su padrino apareció en el espejo.

–Hola cachorros, ¿qué ocurre?

–Pues –comenzó Harry, lanzando una mirada a Hermione–. Creemos que el profesor Snape está tramando algo.

Sirius los miró con sospecha.

–¿Por qué? ¿Qué está haciendo?

–Va a ser el árbitro en nuestro próximo partido de quidditch.

–¡Qué! –Fue la respuesta en eco cuando el rostro de Remus también fue visible. Harry sostuvo el espejo horizontalmente para poderlos ver mejor.

–¿Qué no es conflicto de interés? –dijo Remus.

–Debería de serlo –se quejó Hermione–. Probablemente lo justificará diciendo que Slytherin no está jugando. Pero más importante, estoy segura de que fue él quien hechizó la escoba de Harry durante el primer partido.

Ella está segura –enfatizó Harry–

–No lo sé, cachorro –respondió Sirius con seriedad–. No me gusta como suena. En el aire contigo sería la oportunidad perfecta para que intentara algo.

–¿Pero por qué? Nunca me ha dado muchos problemas.

–¿Recuerdas cuando te dije lo mucho que odiaba a tu padre?

–Sí, pero debería de saber que no soy mi padre. Y si Snape me odia tanto, dicen que apenas y logró esquivar Azkaban después de la guerra. No creo que lo arriesgaría todo por intentar matarme.

–No estaría tan seguro –dijo Sirius–. Después del pequeño incidente en nuestro sexto año…

–¿Qué incidente?

–Sirius jugó un truco cruel y peligroso que casi mató a Snape, excepto que James tuvo la sensatez de detenerlo –dijo Remus.

–¡Lo estaba pidiendo! Espiando, intentando seguirnos para meterte en problemas, Lunático.

–Y nunca hubiera descubierto nada si no le hubieras dado una pista.

–¿Qué ocurrió? –dijo Hermione.

–De acuerdo, de acuerdo –dijo Sirius–. La cosa es, Snape siempre nos intentaba seguir cuando nos escapábamos en noches de luna llena. Pensó que podría hacer que nos expulsaran si nos encontraba, y no lo iba a dejar, así que un mes, yo… pues, intenté que Lunático se lo comiera.

–¡Qué! –gritaron Harry y Hermione.

–Sí, era joven y estaba enojado, y fue cruel y estúpido, y probablemente hubiera terminado en Azkaban de manera legítima si hubiera funcionado –admitió Sirius–. Por suerte, James lo descubrió y tuvo la sensatez de detenerlo. Pero Snape nos odió aún más después de eso, incluyendo a James. No sé si pensaba que James había estado involucrado y se había arrepentido, o quizás no podía aguantar estar en deuda con alguien a quien odiaba tanto. Probablemente ambos. De cualquier modo, es por eso que dije que no me sorprendería que Snape te guardara resentimiento, Harry. Y entre los dos partidos de quidditch, comienza a parecer sospechoso.

–Pues no importa, ¿o sí? No hay buscador suplente. Tengo que jugar –respondió Harry.

Sirius titubeó por un momento, pero asintió con renuencia.

–No tiene caso interponerse entre quidditch y un Potter. Sólo ten cuidado.

–No te preocupes, Canuto, lo haré.

–Aún no me agrada esto, Harry –dijo Hermione–. Creo que deberías de hablar con el profesor Dumbledore. Si Snape estará en el campo, no hay manera de saber que podría hacer.

–Esa es una buena idea –dijo Remus–. No sé porque o como Snape logró ser el árbitro, pero si le preguntas a Dumbledore probablemente puedas obtener aunque sea una explicación.

–De acuerdo, haré eso –dijo Harry–. Nos vemos después.

–Los amo, cachorros –dijo Sirius.

–Nosotros también –respondió Harry–. Espejo apágate.

Harry eventualmente fue a hablar con Dumbledore, en respuesta a la continua insistencia de su hermana. Sin embargo su única respuesta fue:

–Confío en el profesor Snape, Harry, y tú también deberías.


El clima mejoró lentamente. Aún estaba nublado, pero el suelo estaba seco por primera vez en todo el año. Pero un día, mientras la mayoría de los estudiantes mayores se obsesionaban sobre el próximo fin de semana de San Valentín en Hogsmeade, el profesor Quirrell entró a su clase doble de Defensa, su turbante oscilando, para dar lo que sería una lección muy diferente.

–Este año –comenzó–, como todos ya deben de saberlo, nos hemos concentrado en defensa personal en el mundo muggle. Un buen estudiante debería, al finalizar su primer año, ser capaz de defenderse el tiempo suficiente para escapar de un muggle atacándolos con golpes, cuchillos, objetos filosos, un perro de ataque, y más.

Sin embargo, éstas no son las únicas armas que los muggles usan. ¿Quién puede decirme que otras armas muggle son conocidas…? ¿Sí, Sr. Smith?

–Creo que son llamadas armas de juego, profesor –respondió Zacharias Smith.

Todos los estudiantes hijos de muggles se rieron.

–Me parece que no todos están de acuerdo –dijo Quirrell. Se acercó a Dean Thomas, quien se puso nervioso ante su mirada–. ¿Tienes algo qué decir, Sr. Thomas?

–S...se llaman armas de fuego, profesor –dijo–. Pero normalmente les decimos pistolas.

–Sí, pistolas –repitió Quirrell–. Los muggles tienen cierto cariño por sus pistolas. Claro, en lo que se refiere a armas de guerra, eso apenas es el comienzo. A lo largo del último siglo, los muggles se han vuelto muy, muy buenos para matarse los unos a los otros… –Y ahí, Quirrell comenzó lo que sólo podría ser descrito como un discurso anti-muggles. Estos habían comenzado a ser más comunes y obvios con el paso de los meses. Ocurrían repentinamente y pasaban igual de rápido, y parecían cada vez más inquietantes. Su rostro se contorsionaba por el enojo mientras enumeraba las armas de guerras muggles–. Hay cosas llamadas "cañones", los cuales son pistolas tan grandes que pueden destruir edificios; "ametralladoras", las cuales pueden masacrar a un escuadrón de enemigos en segundos; gas venenoso, el cual condena a las víctimas a una muerte dolorosa que destroza los pulmones; "tanques", o instrumentos de muerte que tienen más resistencia que la piel de dragón y destruyen todo a su paso; "bombas blockbuster" que son lanzadas de aeroplanos, lo suficiente poderosas para destruir a una calle entera llena de edificios; "misiles", como fuegos artificiales, pero con bombas enormes adjuntas; y por supuesto, "bombas atómicas", ¡las cuales son tan poderosas que pueden destruir a una ciudad entera! Sí, a los muggles les gusta tanto matarse los unos a los otros que inventan nuevas y mejores maneras cada año, ¡y muy frecuentemente nosotros terminamos involucrados!

De repente, Quirrell tembló y puso una mano sobre su pecho. Su salud también parecía haber empeorado esa primavera. Pero permaneció de pie y su rostro se relajó.

–De cualquier modo, los muggles civiles no usan estas armas. Usan pistolas normales… armas tan anticuadas que raramente son usadas en guerras, pero aún mortales…

–¿Pero quizás no me creen? –dijo con tono de burla, mirando a cada uno de los sangre pura–. Después de todo, ¿cómo es que los muggles tienen ese poder…? Levante la mano los que hayan visto un arma de fuego.

La mitad de la clase levantó sus manos, incluyendo a todos los estudiantes hijos de muggles.

–Muy bien. Ahora, ¿cuántos han disparado un arma de fuego?

Sólo Harry, Hermione, y Justin Finch-Fletchley levantaron sus manos.

–Tres de ustedes. Nada mal. Resulta que aquí tengo un arma de fuego. –La clase se inclinó con interés. Quirrell fue a su escritorio y sacó lo que cualquier aficionado pudiera reconocer como una escopeta de dos cañones de calibre 12–. Esto… –Elevó la pistola–... se llama "escopeta". Es una de las armas de fuego más comunes que los muggles Británicos usan. –Dejó su escritorio, casualmente moviendo la escopeta en varias direcciones. Ante eso, todos los estudiantes hijos de muggles se encogieron. Hermione y Justin dejaron salir una exclamación de sorpresa, pero Harry tuvo la reacción más fuerte. Rápido como un parpadeo, empujó su silla atrás y se escondió debajo de su escritorio mientras soltaba un bufido. Después de todo, el dedo de Quirrell estaba en el gatillo.

Los niños criados en hogares mágicos lo observaron sorprendidos. ¿Qué eran tan aterrador que asustaba al Niño Que Vivió?

–¿Algún problema, Sr. P...Potter? –dijo Quirrell con un tono amistoso exagerado, aun tartamudeando su nombre. Harry comenzaba a preguntarse si lo hacía a propósito. Quirrell agitó la escopeta de nuevo.

Hermione soltó un grito de nuevo y se escondió también.

–¡Profesor! –lloró. ¿Qué no se supone que Quirrell había sido profesor de Estudios Muggles? ¿No debería de saber sobre eso?

–¿Tienes algún problema, señorita Granger? –dijo el profesor con calma.

Hermione se levantó de detrás del escritorio para responder, pero Quirrell comenzó a agitar la escopeta por tercera vez, fue Justin quien le gritó:

–¡Quite su dedo del gatillo!

Quirrell mostró una falsa expresión de sorpresa.

–Oh, ¿así? –dijo inocentemente, y removió su dedo del gatillo.

–Gracias –dijo Justin–. Ahora, ¿podría apuntar esa cosa en otra dirección?

La mitad de la clase pensó que Justin se metería en problemas por hablar así, pero Quirrell apuntó la escopeta en otra dirección sin decir más.

–Sr. P...Potter –dijo mirando a Harry–, ¿podrías explicar a la clase lo que estaba haciendo mal?

–¿Mal? –gritó Harry–. Estaba ignorando las reglas básicas de seguridad alrededor de armas de armas de fuego: tratar al arma como si estuviera cargada, no apuntarla a nada que no quiera que muera, y por Dios, ¡mantener el dedo lejos del gatillo a menos que se esté listo para disparar!

Todas las miradas se dirigieron a Potter. La mayoría de la clase nunca lo había visto tan agitado. Lo habían visto volar como loco en una escoba. Habían escuchado que había obtenido puntos de Snape. Habían escuchado que había capturado a un mortífago sin ayuda. La mitad de ellos lo había escuchado decir el nombre de Quien-No-Debe-Ser-Nombrado sin temblar. ¿Y ahora se estaba asustando por eso? ¿Un arma muggle?

Pero Quirrell dejó la escopeta en su escritorio y continuó recordando a la clase sobre lo que había dicho el primer día:

–Noten como reaccionaron todos sus compañeros criados por muggles. Nadie se esconde cuando alguien agita una varita. ¿Qué es tan aterrador de esta escopeta… señorita Granger?

Hermione palideció aún más. Era la primera vez que tenía que cuestionar los métodos del profesor Quirrell.

–Es un arma mortal, profesor –dijo en voz baja–. Quiero decir, fue diseñada específicamente para matar a personas y animales.

–Cierto –respondió Quirrell casualmente, recargándose en su escritorio. Sacó su varita y comenzó a agitarla–. ¿Pero qué una varita no es también un arma mortal? Después de todo, muchos más magos han muerto por varitas que por pistolas.

–Sí, pero… –No había pensado antes sobre eso–. Pero es mucho más fácil matar a alguien por accidente con una pistola. Se tiene que querer lanzar un hechizo para matar con una varita, y el hechizo es visible. Con una pistola, un desliz del dedo puede matar más rápido de lo que cualquiera puede reaccionar.

Los sangre pura la observaron. ¿Mata más rápido de lo que se puede reaccionar? Zacharias se burló de la idea.

–Es cierto –dijo Hermione ante las exclamaciones de incredulidad.

–Así es –agregó Quirrell–. ¿No lo cree, Sr. Smith? Quizás debamos hacer una demostración. –La clase se tensó–. Curiosamente… –Tomó la escopeta de nuevo y la abrió–... esta escopeta no está cargada. Pero tengo unos cuantos cartuchos. –Los sacó de su bolsillo y sonrió a Harry con maldad–. Sr. P...Potter, si coloco un blanco, ¿podrías demostrarnos cómo funciona esta arma?

–No adentro, profesor –dijo Harry, aún con algo de estrés en su voz.

–Prudente como siempre, Sr. P...Potter. De acuerdo, todos síganme, por favor. –Con eso, Quirrell caminó a la puerta y llevó a la clase a la zona de entrenamiento. Cerca de las paredes del castillo había una pieza de equipo nuevo que los que tenían experiencia reconocieron como un aparato para tirar platillos.

–Aquí estamos, Sr. P...Potter –dijo Quirrell con voz condescendiente, como si no le importaran las tontas reglas de seguridad de Harry–. Un espacio amplio y abierto con nada cerca. Incluso te estoy proveyendo protección para los oídos. –Sostuvo un par de orejeras rosas–. ¿Sabes tiro al vuelo, Sr. P...Potter?

–Sí, profesor. –De hecho, los Granger habían ido a un campo de tiro algunas veces para que pudieran controlar un arma si era necesario. Pero Harry, con sus reflejos felinos, tenía un talento natural para eso.

–Excelente. –Se dirigió a la clase–. Pueden pensar sobre una escopeta como un tipo de varita… excepto que esta varita sólo lanza maldiciones y las dispara muy, muy rápido. Hay otros tipos de pistolas como revólveres y rifles, los cuales son como varitas que sólo lanzan maleficios de perforación, de nuevo, muy, muy rápido. El Sr. Potter ahora nos demostrará el poder y la velocidad de esta arma con estos blancos de arcilla. –Mostró dos platillos de arcilla de color naranja y los colocó dentro del aparato.

Harry se resignó y se puso las orejeras las cuales cancelaban todo el ruido, y Quirrell le entregó la escopeta y dos cartuchos, y Harry la cargó, colocándose en posición. Hermione y Justin dieron unos cuantos pasos atrás e indicaron al resto de la clase que hicieran lo mismo.

Cuando estaba seguro de que todos estaban en un lugar seguro, Harry acomodó el arma en su hombro.

–¡Ah! –Dos discos naranjas salieron volando sobre la zona de entrenamiento y después… Hubo dos detonaciones ensordecedoras que hicieron que los sangre pura saltaran y gritaran. Ambos platillos de arcilla desaparecieron entre nubes de polvo naranja… dos tiros de suerte, incluso para él.

Harry se dio la vuelta y vio a los sangre pura observando con terror a lo rápido que la escopeta había destrozado los blancos. Gruñó internamente. De algún modo, de alguna manera, eso probablemente sería agregado a la leyenda de Harry Potter.

Quirrell le hizo un gesto para que se quitara las orejeras.

–Creo que eso prueba mi punto muy bien. Las armas de fuego muggles no son una nimiedad. Su poder debe ser respetado, incluso por los magos… Por otro lado, un mago competente no debe de temerlas. Después de todo, hay un número de hechizos que se pueden usar para neutralizar la amenaza. Por ejemplo… Sacó su varita–. Conprimo Armum.

Hubo un extraño ruido y Harry bajó la mirada e intentó usar el arma de nuevo.

–Está atascada –dijo.

–Correcto. No disparará de nuevo sin que se trabaje en ella por un minuto, lo cual daría a un enemigo la oportunidad de responder o escapar. Y si se encuentran con un arma de fuego y no son capaces de lanzar un hechizo tan especializado, siempre puede usar… Expelliarmus.

La escopeta salió volando de las manos de Harry y cayó en las de Quirrell. La varita de Harry también salió de su funda, pero fue sostenida por la correa de su muñeca. Nadie pareció notar esto.

–Por supuesto, dada la ventaja que tiene la escopeta en velocidad, sería una gran ventaja el aprender a lanzar ese hechizo en silencio –dijo Quirrell a la clase con seriedad–. Presten atención a sus alrededores, sean conscientes de lo que es capaz su oponente, y la mejor respuesta. Y ahora, señorita Granger y Sr. Finch-Fletchley, ¿cómo calificarían sus propias habilidades para disparar? –Lanzó a Harry lo que él estaba seguro era una mirada furiosa antes de arreglar el arma y continuar.

Hermione se negó con amabilidad, pero Justin probó ser tan bueno con las armas de fuego como con el fuego normal y logró destrozar dos platillos de arcilla, para la admiración de los Hufflepuff.

Pero al momento en que lo hizo, justo cuando se escuchó la detonación en los terrenos, Harry sintió un dolor agudo en su cicatriz, el cual provocó que se tambaleara mientras colocaba su mano en su frente.

–¡Harry! –susurró Hermione, acercándose con rapidez para ayudarlo.

Pero el espasmo ya había pasado.

–Estoy bien –dijo.

–¿Acaso fue…?

–Más tarde –siseó.

–Más te vale –murmuró Hermione.


–Eso es todo –dijo Harry cuando comenzaron a almorzar. –Voy a realizar una queja formal contra Quirrell. Se irá a finales del año si la maldición es cierta, pero aun así, no puede agitar una escopeta así enfrente de la clase, ¿verdad, Mione?

–Lo sé, Harry –concedió su hermana–. Tenía un buen punto, pero sí, esa fue una manera estúpida de demostrarlo, incluso bajo estándares de magos. Me sorprende que un antiguo profesor de Estudios Muggles hiciera eso.

–Quizás porque tiene algo contra mí –respondió Harry, sobándose su frente de nuevo de manera inconsciente.

–No estoy segura de eso. Aún no creo que sea tan mal profesor. Quizás es la maldición. Quizás le está afectando la cabeza. Y tú vas a ir a ver a madame Pomfrey por tu cicatriz.

–Sí, de acuerdo, al terminar las clases –dijo con molestia.

–¿Es cierto, Potter? –Los Gryffindor se dieron la vuelta para ver a Draco Malfoy dirigiendo a un grupo de cinco Slytherin a la mesa de Gryffindor–. ¿Te escondiste debajo de tu escritorio de Quirrell? –Los Slytherin se burlaron. Los susurros viajaban bastante rápido en Hogwarts.

–Y qué si lo hice, Malfoy –gruñó Harry–. Tú también lo hubieras hecho si supieras la mitad de lo que yo sé de pistolas.

Creo que estaría más tranquilo alrededor de una simple arma muggle –respondió Malfoy.

Harry se puso de pie e intentó mostrar una postura formal. No era fácil.

–Sabes, debería de reservar su juicio hasta ver la lección por si mismo, Sr. Malfoy –dijo–. No se preocupe. Estoy seguro de que Quirrell dará la misma lección esta tarde.

–Me aseguraré de permanecer en calma cuando alguien agite una varita muggle, Potter.

–Agitar una pistola es mucho más peligroso que agitar una varita, Malfoy –explotó Harry–. Lo pondría sólo debajo del mismo Voldemort agitando su varita enfrente de mí.

Todos los Slytherin soltaron un grito ahogado, y Malfoy palideció.

–¿Te atreves a decir el nombre, Potter? –dijo.

–Sí, me atrevo. Las únicas personas que deben temer decir su nombre son aquellas sobre las que tiene poder, y lo último que escuché es que yo vencí a Voldemort.

–Harry… –lo regañó Hermione mientras incluso los Gryffindor soltaban gritos ahogados. Malfoy parecía no saber cómo responder.

–Oh, vamos, ¿en verdad van a seguir haciendo eso cada vez que diga "Voldemort"?

–Harry, ¿puedes parar? –se quejó Ron.

–Sólo es un nombre, Ron. No es como si va a aparecer si dices su nombre tres veces… –Una idea curiosa cruzó su mente–. ¡Voldemort, Voldemort, Voldemort! –Miró a su alrededor–. No, nada.

Pues, no era nada. Neville casi se desmayó, Ron se quejó, Lavender y Parvati dieron un salto y salieron corriendo, y el resto de los Slytherin dieron un paso atrás como si Harry fuera algún tipo de loco peligroso.

–Harry, creo que ya es suficiente –dijo Hermione.

–¡Potter! –El profesor Snape se acercó a la mesa–. Diez puntos menos para Gryffindor por interrumpir el almuerzo. Ahora, siéntate. –Harry gruñó y se sentó–. Creo que eso es suficiente, Sr. Malfoy –agregó Snape–. El Sr. Potter claramente está… perturbado en este momento.

Malfoy se hubiera reído de eso mientras se alejaba, excepto que, Harry notó con orgullo, él era quien parecía estar aún perturbado.


–Potter –dijo Madame Pomfrey una vez que Hermione logró llevarlo a la enfermería–, he escuchado varias cosas interesantes sobre ti hoy.

–Sí, me escondí de Quirrell debajo del escritorio –gruñó Harry–. Estaba actuando como un maníaco con una pistola. Muchos muggles hubieran reaccionado igual.

–Sí, sé algo sobre pistolas. Pero me refería a cómo aterrorizaste a la mitad de la escuela durante el almuerzo. ¿Te sientes bien?

–Oh… eso. Sí, lo siento, supongo que la lección de Quirrell en verdad me molestó –dijo con pereza.

–Oh –respondió Pomfrey–. ¿Así que eso no es por lo que estás aquí?

–No, Madame… –dijo Hermione–. Harry, dile.

Harry suspiró.

–Madame Pomfrey, durante la lección de Defensa de hoy, sentí un extraño dolor en la cicatriz.

Pomfrey se detuvo de golpe.

–¿Tu cicatriz? –preguntó nerviosa.

–Sí, justo aquí. –Marcó el lugar con su dedo.

–Mmm… –La enfermera sacó su varita y comenzó a murmurar hechizos–. ¿Qué tipo de dolor?

–Un dolor agudo y breve. Sólo duró unos segundos. Sólo vine aquí porque es algo extraño… Quiero decir, las cicatrices viejas se supone que no duelen, bueno, por lo menos las no-mágicas.

–¿Te ha dolido la cicatriz antes?

–Sólo una vez que pueda recordar. Lo mismo ocurrió durante el banquete de bienvenida, pero nunca antes.

–Mmm… muy extraño. Bien, Potter, no veo nada malo en ti. Estás en muy buen forma para tu edad. Sospecho que fue un dolor al azar, pero regresa si se vuelve frecuente.

–Sí, Madame.


Las personas observaron de manera extraña a Harry después del incidente. Unos cuantos de los estudiantes más sensibles comenzaron a evitarlo en los pasillos, en caso de que hiciera algo tan loco como gritar el nombre de Voldemort de nuevo. Pero las miradas y los susurros se calmaron mientras se acercaba el día de San Valentín.

El día de San Valentín en Hogwarts estaba marcado por los estudiantes de tercer año para arriba lanzándose miradas los unos a los otros, sufriendo por sentimientos no correspondidos, y frenéticamente planeando citas en Hogsmeade para el día siguiente. Lo que no era esperado (por lo menos para el desafortunado destinatario), era que media docena de lechuzas irían a la mesa de Gryffindor a dejar cartas en el plato de Harry Potter, la mayoría en sobres rojos o rosas.

–¿Qué es todo esto? –demandó sorprendido.

Todas las niñas a su alrededor comenzaron a reír sin control, incluyendo a Hermione, y los niños se burlaron de él.

–Bueno, Harry –dijo Hermione entre risas–, parece que tienes admiradoras.

–¡Qué! ¡Pero sólo tengo once años!

–Como si eso las fuera a detener –dijo Ron–. Todas las niñas van a querer que el Niño Que Vivió sea su cita de San Valentín.

Harry gruñó.

–¿Pero por qué vendrían aquí? Todo mi correo es desviado.

–No los mensajes internos –explicó Neville–. Estas son las que fueron enviadas dentro de Hogwarts. La cosa es, nadie se molesta en enviar cartas dentro de Hogwarts excepto por San Valentín y las bromas de Fred y George.

–¿Y cuántas tendré de afuera de Hogwarts? –se preguntó Harry–. No lo respondan. Bueno, supongo que será mejor abrirlas. –Tomó la primera carta.

–Oh, deberías de tener cuidado al abrirlas, Harry –le advirtió Neville–. Si alguna de ellas huele extraño, déjala de lado. Probablemente no haya problemas, pero no dudaría que algunas de las estudiantes mayores les pondrían alguna poción de amor.

–¡Qué! –demandaron Harry y Hermione.

–¿Eso es legal? –agregó Hermione.

–Sí, excepto por las fuertes. Pero de cualquier modo, una carta no te afectaría mucho, aunque es mejor tener cuidado.

Harry suspiró con pesadez y abrió las cartas con cuidado, pero la tercera le extrañó.

–Espera, esta no es interna. Tiene una dirección de remitente. Es de… ¿Ginny Weasley?

–Oh, no –gruñó Ron, poniéndose tan rojo como el sobre que su hermana había usado antes de enterrar su rostro en sus manos. Por supuesto, el correo de su familia no sería desviado.

Al ver la reacción de Ron, Harry continuó con valentía.

–No puede ser tan mala –y leyó la nota en voz alta, pensando que sería más vergonzoso para su amigo que para él–. "Querido Harry…"

–¡Para! ¡Para! –se quejó Ron.

–"Gracias por salvarnos a todos de la rata. Eres mi héroe. Espero que podamos ser amigos el próximo año. Feliz día de San Valentín, Ginevra Molly Weasley…" Firmada con cursiva.

–Oh, supongo que eso no es tan malo –admitió Ron–. Por lo menos no escribió un poema.

–Creo que es dulce –dijo Hermione, para más risas de las otras niñas.

–Sí, dulce… recibí una carta de San Valentín de una niña que obtuvo la mayoría de su información sobre mí de esos libros de Las aventuras de Harry Potter.

–Bueno, eres Harry Potter. Tendrás que acostumbrarte –dijo Hermione, riéndose de nuevo.

Pero sus risas fueron interrumpidas, y se puso de color magenta cuando una lechuza dejó una carta de San Valentín sobre su plato.

–Mira, mira –sonrió Harry–. Parece que la "hermana de Harry Potter" también es popular.

Hermione le lanzó una mirada molesta y abrió el sobre. Después suspiró con alivio.

–Oh, es sólo una nota de cortesía de Sullivan Fawley. Rayos, debí de enviarle una. –Saludó a su primo desde el otro lado del comedor y tomó nota mental de enviarle una respuesta el día siguiente.