Esta historia es hermosa y terrible, y por lo tanto el crédito es de White Squirrel.


Capítulo 40

–¿En qué demonios estabas pensando, Albus?

Después de escuchar el regaño de la familia de Harry, al igual que el de Minerva, Albus Dumbledore se estaba cansando de escuchar lo mal que había arruinado las cosas, no que no fuera cierto, pero Severus Snape era quien sabía la mayoría de sus planes, y él tampoco se lo estaba tomando bien.

–Estaba pensando –respondió–, que teníamos la oportunidad de terminar con la amenaza de Voldemort de manera permanente, con un mínimo riesgo a la seguridad del niño.

–Su seguridad física, quieres decir –respondió Severus.

Albus elevó una ceja.

–¿Acaso tú, Severus, has comenzado a encariñarte con el muchacho? –preguntó.

Pero Severus ignoró la pregunta.

–Me diste la tarea de mantenerlo a salvo, y aun así fue tu propia evaluación de los riesgos lo que parece haber fallado. ¿O crees que terminar en coma por culpa del mismísimo Señor Oscuro era un riesgo mínimo?

–Cometí errores, Severus. Lo admito. Fue un error el intentar abarcar demasiado en mi plan, y fue un error no aislar a Quirrell de los estudiantes. Pero el niño se recuperará en un día o dos, así que continúo creyendo que mi evaluación fue correcta. Era una oportunidad invaluable para acabar con Voldemort de una vez por todas, y es por lo que te pedí que vinieras.

Severus elevó las cejas.

–Crees que… ¿crees que lo lograste, Albus? –gruñó–. Permíteme iluminarte. –Se removió su manga para mostrar el tenue contorno rojo de una serpiente saliendo de la boca de un cráneo.

Albus dejó salir un grito ahogado, uno bastante fuerte, mientras se daba cuenta de lo que implicaba.

–No –respiró.

–Sí, Albus, sigue ahí. Parece que tu plan no fue tan exitoso como lo pensaste. Y te olvidaste mencionar el error de involucrarme a mí en esta locura en primer lugar. Tuviste suerte de que el niño no resultara más lastimado, sin mencionar a la niña. La próxima vez que quieras ponerlo en peligro con un plan tan loco, hazlo tú solo, y déjame fuera para que pueda protegerlo como se supone que debo hacer.

El rostro del anciano se endureció.

–Severus, no tienes el derecho de… –comenzó.

–Tengo todo el derecho.

–Me juraste hace once años que realizarías los deberes necesarios…

–¡Juré proteger a su hijo! –gritó el hombre más joven–. Espié por ti para su protección. He trabajado contigo los últimos diez años, a pesar de lo mucho que me molesta enseñar a estos imbéciles a hervir babosas, porque tú lo pensaste esencial para su protección, y espero que todo eso no haya sido un error. Te dije a quién le pertenece mi lealtad, Albus, y tus acciones este año no me dejan confiar en la tuya.

El anciano suspiró.

–A pesar de mis errores, mi lealtad siempre ha estado en el lado de la luz. Lo sabes muy bien, Severus, y puedes quedarte tranquilo sabiendo que protegeré a Harry y a su familia como pueda.

–Más te vale.


Los primero de lo que Harry estuvo consciente fueron las voces apagadas a su alrededor. Había varias voces, amables, no como las de Quirrell y Voldemort, pero no podía comprender lo que decían. La segunda cosa que Harry notó cuando sus ojos comenzaron a abrirse fue una masa alborotada bloqueando su visión, rodeada por la luz del sol. Parpadeó una vez y la masa tomó la forma de la familiar cabeza de cabello castaño con una sonrisa.

–¿Her...Her...Hermione? –dijo lentamente.

–¡Oh, Harry! –Su hermana se lanzó contra él y lo rodeó con sus brazos.

Harry le dio unos golpes suaves en la espalda.

–Me salvaste, Mione.

Hermione se hizo atrás, luciendo bastante sonrojada. A pesar de su sonrisa sus ojos estaban rojos e hinchados. Resopló una vez.

–Tú me salvaste primero, Harry. Si no hubiera confiado tanto en Quirrell…

Harry comenzó a sacudir su cabeza cuando el resto del recuerdo regresó. Intentó sentarse.

–¡Quirrell! ¡La piedra…!

–Todo ha sido solucionado.

Movió su cabeza y vio el rostro amable de Albus Dumbledore mirándolo.

–Buenas tardes, Harry –dijo el anciano.

Harry miró a su alrededor y vio más rostros familiares alrededor de lo que ahora sabía era la enfermería, cada uno sonriendo con lágrimas en los ojos.

–Mamá… papá… Sirius… Remus… –dijo, su sonrisa creciendo cada vez más cuando reconocía a cada uno–. Están aquí…

–Por supuesto que estamos aquí, cariño –dijo su mamá–. Estábamos tan preocupados por ti.

Harry no dijo nada. Podía imaginarse la reacción de sus padres al ser despertados por la alarma de la red flu en medio de la noche y ser llevados a toda prisa a Hogwarts para verlo.

–Pero Quirrell… la piedra… ¿qué ocurrió?

–El profesor Dumbledore llegó justo cuando te desmayaste –dijo Hermione–. Fawkes, su fénix, nos trajo aquí. Pero Quirrell… no sobrevivió. –Se dio la vuelta, luchando contra las lágrimas–. No fue tu culpa, Harry. Tú lo viste… ya estaba muriendo.

Harry cerró los ojos y se recostó en su almohada. De algún modo, sintió que ya lo sabía. Sus padres se acercaron a cada lado de su cama. Colocaron sus manos sobre él de manera reconfortante.

–¿Y… Voldemort? –preguntó.

Se escuchó un solo grito ahogado cerca.

Harry se inclinó y vio a alguien alto y pelirrojo en la cama de al lado.

–¿Percy? –preguntó con confusión.

–Quirrell lo envenenó –explicó Hermione–. Una distracción para el profesor Snape.

–Oh, lo siento –dijo Harry.

Percy hizo un gesto de dolor.

–Fue mi culpa, Sr. Potter –respondió con formalidad–. Fallé al no estar lo suficiente atento.

–Fue un error fácil de cometer, Sr. Weasley –le aseguró Dumbledore, y después se dirigió a Harry–. Parece que Quirrell pensó bien su plan. Llevó a Hermione para obtener la piedra por él, como tú sabes. Colocó a la señorita Audrey MacDougal bajo la maldición Imperio para hacerlo, y envenenó al Sr. Weasley para remover al profesor Snape de la ecuación.

–Me aturdió –le dijo Hermione–. Me desperté de pie sobre el tablero de ajedrez.

–Lo único con lo que no contaba era contigo y tus maravillosas reliquias familiares –concluyó Dumbledore–. Cuando fue claro que triunfarías, Voldemort escapó del cuerpo de Quirrell, y lamento decir que lo dejó muy dañado para que pudiera sobrevivir. Pero te aseguro que nada de la culpa cae en ti. Claramente, fue una terrible batalla. Confieso que temí lo peor por un momento cuando los encontré.

Harry sólo asintió, su mente abrumada por las revelaciones.

–Nos asustaste, cachorro –dijo Sirius con cautela–. La mayoría de nosotros estuvimos aquí todo el día de ayer.

Los ojos de Harry se abrieron de golpe.

–¿Ayer? –dijo–. ¿Qué no es sábado?

–No, Harry –dijo su madre amablemente–. Es domingo. Has estado dormido por un día y medio.

–Y tienes suerte de estar en tan buena forma, o hubiera sido peor. –Harry reconoció la voz de Madame Pomfrey mientras se acercaba a su cama–. Cuales sean los ejercicios que estás haciendo, continúa cuando te recuperes… Y ahora, el niño necesita de su descanso. Quiero solo dos personas al mismo tiempo de aquí a la cena. Pueden discutir lo que ocurrió esta noche, si se siente mejor.

Hermione se levantó.

–Te dejaré que te pongas al corriente con mamá y papá –dijo ella.

–Hasta la noche, Harry –dijo Dumbledore.

–Hasta luego, cachorro –agregó Sirius.

–Me alegra ver que estás bien, Harry –dijo Remus.

Mientras sus visitas se iban, Harry escuchó a la enfermera gritar.

–¡No, no dejaré que le entreguen una taza del baño!

Después de eso, escuchó varias risas masculinas, el sonido de varias palmas, y a Sirius celebrando la broma.

Harry no lo admitió en voz alta, pero era mejor estar con solo dos visitas a la vez.

–Harry, estamos muy orgullosos de ti por correr tras tu hermana de tal modo –le dijo su papá–. Quizás hubiera sido una mejor idea el ir directo con McGonagall tú mismo, pero estamos orgullosos… Así que decidimos no castigarte por casi terminar muerto.

Harry se rio. Nervioso.


–Sólo cinco minutos –insistió Madame Pomfrey–. Su familia es una cosa, pero no puedo dejar entrar a todos los admiradores.

Con eso, Ron y Neville corrieron dentro del cuarto.

–¡Harry! ¿Estás bien? –dijo Ron–. La escuela entera está hablando…

–Hermione nos contó lo que ocurrió –dijo Neville–. No puedo creer que hiciste eso.

–¡El perro de tres cabezas y todo! –agregó Ron.

–Tuve que hacerlo –dijo Harry–. ¿Qué hicieron ustedes?

–No mucho –dijo Ron. Sonaba algo decepcionado–. Encontramos a McGonagall. Comenzó a quitarnos un montón de puntos, pero le dijimos lo que ocurrió y se espantó y corrió a enviar un mensaje a Dumbledore.

–Nos dijo que regresáramos a la cama, pero dijimos que queríamos permanecer despiertos hasta saber si tú y Hermione estaban bien –agregó Neville.

Harry sonrió.

–Gracias, amigos… por todo.

–No hay problema –dijo Ron–. Espera hasta que le diga a Ginny que ayudé a salvar a Harry Potter. Así que, ¿aún vas a jugar la final de quidditch el sábado?

Los ojos de Harry se abrieron más. Se había olvidado por completo.

–No lo sé. Eso espero.

–Más te vale. Nos destrozarán sin ti.

Neville lucía algo incómodo.

–Yo sólo me alegro de que tú y Hermione están bien, Harry –dijo.

–Sí, yo también –dijo Harry.


Durante el transcurso de la tarde, Harry fue puesto al tanto de los eventos más recientes. Dumbledore había logrado posponer la votación de la Ley de Defensa de los Muggles hasta el mes siguiente, aunque con dificultad. Había ofrecido quedarse con Harry el día anterior para estar ahí cuando se despertara, pero Hermione lo había vetado.

–A Harry le gustaría que fuera y lo resolviera.

Harry esperaba ser dado de alta de la enfermería el día siguiente, pero sería excusado de sus exámenes y los tomaría el viernes, y, si se comportaba, no habría problema de que jugara la final de quidditch el sábado.

Percy fue dado de alta esa tarde, a recomendación de Dumbledore. Era en contra del buen juicio de Madame Pomfrey, pero estaba tan preocupado por sus TIMOs que sería mejor hacerlos de una vez. Sin embargo, Harry sospechaba que era para que pudieran hablar sin ser escuchados.

Cuando llegó la hora de la cena, Harry se sentía mucho mejor, lo cual era bueno porque tenía muchas preguntas para Dumbledore sobre todo el asunto. Estaba recargado en su almohada, sus ojos cerrados, mientras su familia lo rodeaba.

–Harry, ¿estás despierto? –preguntó Emma. Abrió los ojos a medias y la miró.

–¿Cómo te sientes, Harry? –preguntó Hermione.

–No quiero subirme al carrito –gruñó.

Hermione le dio un leve golpe en el brazo.

–Ya está bien –lo regañó.

–De acuerdo, Harry –dijo Dan–. Conocemos el lado de la historia de Hermione, pero queremos escuchar lo que te pasó a ti, si estás dispuesto.

Harry asintió y comenzó a decirles cómo estaba preocupado por la piedra y estaba observando el mapa del merodeador por algo extraño (Sirius y Remus se habían sentido algo extraños al tener que revelar la existencia del mapa a Dumbledore, pero decidieron que ya que sabía sobre la capa y se la había entregado a Harry no había mucha diferencia). Harry les explicó cómo se había apresurado cuando vio que Quirrell se había llevado a Hermione y envió a Ron y Neville por ayuda, como los había seguido invisible a través de todas las trampas, y finalmente, la lucha enfrente del espejo. Aun cuando ya habían escuchado todo eso, su familia aún lucía horrorizada mientras lo describía, aunque Hermione soltó una exclamación de entusiasmo y lo abrazó de nuevo cuando le dijo que finalmente había logrado hacer el encantamiento de las llamas azules sin varita.

Entonces, cuando parecía que nadie más tenía algo que decir, se dirigió a Dumbledore.

–Pero, profesor, tengo unas preguntas –concluyó.

–Eso es comprensible –respondió el mago anciano–. Y haré lo posible por contestarlas. Quizás haya algunas que no pueda, pero por supuesto, no mentiré.

Harry elevó una ceja ante eso.

–¿Qué ocurrirá con la piedra filosofal?

Dumbledore sonrió un poco más.

–Nicolas y Perenelle se la han llevado de regreso a su mansión oculta. Dejé que ellos decidieran que hacer con ella. Sin embargo, después de casi setecientos años, creo que ha está pesando más en ellos y han estado considerando arreglar sus asuntos por un tiempo. –Una expresión de sorpresa atravesó los rostros de Harry y Hermione (y el de Sirius)–. Pero no se preocupen por ellos, niños, después de todo, para la mente bien organizada, la muerte es sólo la siguiente gran aventura.

–De acuerdo –dijo Harry con escepticismo y continuó–. Eh, señor… en la cámara… Voldemort dijo que fue a matarme cuando era un bebé… no a mis padres. ¿Por qué fue tras de mí en lugar de ellos? –Dan y Emma elevaron sus cejas.

–Ah, Harry, esto no puedo decírtelo –dijo Dumbledore–. Lo sabrás algún día, pero no hoy, no ahora.

–Disculpe –interrumpió Dan–. ¿Por qué no puede decirle?

–Es muy joven para esa carga, Sr. Granger

–Pensaba que acordamos que debería de estar lo más preparado posible.

–Sr. Granger, hay veces en las que los riesgos por tal información superan los beneficios.

–No, tiene razón, Dumbledore –lo contradijo Sirius–. Si no se lo dices, yo lo haré. Debí decírselo hace meses.

–¿Decirme qué?

Dumbledore suspiró. Había esperado no llegar a ese punto. Incluso con su acuerdo de ser abierto con su información, esto era mucho… muy peligroso. Ciertamente no sería capaz de decirle al niño todo. Por otro lado, el niño era discreto. Y la mitad de lo que Voldemort ya sabía no causaría más daño si era conservado en la familia… esperaba.

–Muy bien. La verdad, Harry, es que antes de que nacieras… se produjo una profecía que te involucraba.

–¿Una profecía?

–Sí. Fue nuestra propia Sybill Trelawney quien la realizó. –Dumbledore elevó una mano–. Sé que su reputación es conocida incluso entre los de primero, pero era una profecía genuina, posiblemente la única que ha realizado. Cayó en un trance en una voz que no era la suya, recordando nada después, las características de una profecía verdadera. Su profecía indicaba que , Harry, tendrías el poder para derrotar a Voldemort.

–¡Qué! –Gritaron Dan, Emma, y Hermione.

–¿Quiere decir que tendrá que enfrentarse a Voldemort algún día? –demandó Emma.

–¿Y no lo mencionó antes? –Agregó Dan.

–No hubiera hecho ninguna diferencia –se defendió Dumbledore–. Les advertí que Voldemort perseguiría a Harry si alguna vez regresaba. La razón de sus acciones es inmaterial.

–Sí, pero hubiera sido agradable saberlo para prepararlo para… para eso, no sólo defensa personal –dijo Dan–. Básicamente está diciendo que Harry fue… fue reclutado para algo.

–La profecía está más allá de nuestro control, Sr. Granger. Sin embargo, puedo comprender sus preocupaciones. Desafortunadamente, las profecías son bastante inciertas. Quizás no se cumpla por años, o nunca, pero lo importante es lo que pudiera pasar. Algún día Harry podría poseer el poder para derrotar a Voldemort. Y, más importante, Voldemort cree esto y considera a Harry la amenaza más grande.

Harry soltó un quejido felino.

–Ahora que sabemos porque… –Dan gruñó mientras sostenía las manos temblorosas de Emma–. Bien, ¿hay algo más que debamos saber?

Dumbledore titubeó.

–Nada que pueda confirmar por el momento –dijo sintiéndose acorralado–. Por supuesto, los mantendré informados, como lo he hecho.

–Señor, ¿qué dice la profecía? –preguntó Harry con timidez.

–Lo siento, Harry. No puedo decírtelo… no, juro que no puedo decirte más. Los detalles de esta profecía son muy peligrosos. Ni siquiera dije las palabras exactas a tus padres biológicos. Algún día se los diré, pero deben aprender a proteger su mente primero. Hay personas que pueden sacar secretos directamente de tu mente a menos que estés entrenado para bloquearlos, y es una de las mejores habilidades de Voldemort.

–¿Quieres que Harry aprenda Oclumancia? –preguntó Sirius.

Dumbledore titubeó de nuevo.

–Sí. No había pensado que debería hacerlo tan pronto, pero creo que sería lo mejor.

–¿Oclumancia? –preguntó Harry.

–El arte de proteger la mente contra la Legilimancia –dijo Remus–. Lo que ustedes llamarían "leer la mente", aunque es una manera cruda de describirlo. Sirius y yo somos bastante decentes. Podríamos enseñarles las bases, aunque nunca tuvimos a alguien que practique Legilimancia enseñándonos de manera adecuada.

–¿Tú le enseñarás, Albus? –preguntó Sirius.

–No, Sirius, es mucho el riesgo considerando mis secretos. Sin embargo, creo poder persuadir a Severus de hacerlo.

–¡No! ¡De ningún modo! –ladró Sirius–. No voy a dejar que Snape se acerque a la mente de mi ahijado.

Dumbledore inclinó la cabeza un poco.

–¿Harry…? –recurrió al muchacho.

–Yo… preferiría que no, profesor –dijo. Snape no le disgustaba tanto como a Sirius, pero no lo quería leyendo su mente.

–Soy el guardián mágico y no permitiré que Snape le enseñe Oclumancia a menos que sea una emergencia –dijo Sirius–. Preguntaré en el Departamento de Aplicación de la Ley Mágica por un instructor. Probablemente logre encontrar uno para el próximo año escolar.

–¿Yo también puedo aprender? –preguntó Hermione.

Sirius se detuvo.

–¿Tú…? ¿Estás segura, gatita?

Ella asintió.

–Si es un secreto, no quiero quedarme fuera.

–De acuerdo. Si Dan y Emma están de acuerdo, también preguntaré por ti.

Después de eso, Harry permaneció en silencio por un tiempo en lugar de hacer la siguiente pregunta que tenía planeada. Había una profecía para derrotar a Voldemort. De hecho, ya lo había hecho dos veces, de algún modo… una por accidente, y esta vez…

–Profesor, ¿por qué no podía tocarme Quirrell? –preguntó.

Dumbledore le mostró otra pequeña sonrisa.

–Tu madre biológica murió por ti, Harry. No sólo murió intentando salvarte. Creo, aunque no puedo confirmarlo, que porque Voldemort fue tras de ti y no ella, ella tomó una decisión deliberada, con anticipación, de morir en tu lugar. Eso es magia antigua… magia que Voldemort rechazó, para su ruina. Ante sus ojos, sería una decisión irracional, porque lo único que no entiende es el amor, pero en realidad, era una agonía para él el tocar a alguien marcado por algo tan bueno.

Harry comenzó a llorar abiertamente. Se colocó de rodillas, como en cuatro patas, estirando su espalda y temblando mientras era sobrellevado por sus emociones. De repente, miró a Dumbledore.

–Profesor –dijo–, ¿Madame Pomfrey regresará pronto? Creo que necesito unos minutos… –Agitó su cabeza de manera felina.

Dumbledore asintió con comprensión y agitó su varita en un patrón que Harry no reconoció.

–Creo que puedo darte algo de privacidad por el momento.

–Gracias, señor. –Harry se transformó al instante en Raticida y cayó sobre la cama con cansancio. Emma se acercó y acarició su pelaje.

En su forma felina podía tranquilizarse y pensar con más claridad. No tenía palabras para describir sus sentimientos por el sacrificio de su madre. Fue amado… más de lo que nunca supo… y protegido más de lo que pudiera haberse imaginado. Y mientras estaba recostado sintiendo las caricias de su madre adoptiva, reflexionó que quizás nunca había apreciado, o por lo menos no desde que era pequeño, lo afortunado que era al tener dos familias que lo amaban tanto. Podía olfatear su amor por él, con todo y bigotes, y el cariño de parte de su familia extendida, incluyendo a Dumbledore, llenando el aire.

Harry se recostó regocijándose en esa sensación por más de unos minutos. Comenzó a ronronear, para el infinito entretenimiento de Sirius y Remus. Finalmente, se permitió a sí mismo el pensar sobre todo lo que había ocurrido desde (lo que parecían años) que había visto a Hermione con Quirrell en el mapa del merodeador. Quirrell y el maldito Voldemort.

Recuperó su forma humana al instante, accidentalmente arañando las sábanas en el proceso.

–Profesor, ¿cómo demonios logró contratar a Voldemort para enseñar Defensa? –demandó.

Remus y Sirius se rieron.

–Cuida tu vocabulario, Harry –lo regañó Hermione.

–Eso fue lo que yo dije –le dijo Dan.

–Y lo que yo dije, aunque creo que lo dije con más color –agregó Sirius–. Y aún no puedo entender cómo es que no lo sabías, Albus. ¿Por qué otra razón cambiarías a Quirrell a Defensa si no era para deshacerte de él?

–Cómo les dije ayer –respondió Dumbledore con rigidez–, sospechaba que Quirrell trabajaba para Voldemort desde que regresó a Gran Bretaña, pero no tenía razón de creer que estaba poseído hasta que comenzó el año escolar.

Para deshacerte de él, pensó Harry. ¿Pero de qué se trató todo el asunto de la piedra?

–Pero señor –dijo–. Dijo que las protecciones en la piedra eran una trampa. ¿Estaba intentando capturar a Voldemort dentro de Hogwarts?

Repentinamente Dumbledore comenzó a lucir bastante nervioso, probablemente porque todos en el cuarto lo estaban mirando molestos.

–Esa era una posibilidad, lo admito –dijo–. Sin embargo, en ese momento, la consideré mínima, No pensé que Voldemort se atrevería a entrar él mismo a Hogwarts en su débil estado mientras yo estuviera presente. Inicialmente esperaba que Quirrell me llevaría a él.

–Pero eso cambió –notó Harry.

–Concluí que la trampa funcionaría igual si Voldemort estaba, en verdad, poseyendo a Quirrell –se defendió el director–. Estaba débil, y no arriesgaría su oportunidad de obtener la piedra lastimando a alguien más. Y, por supuesto, no hubiera logrado obtener la piedra del espejo.

–Excepto que casi lo logró.

–Sí –suspiró Dumbledore. Miró a Hermione–. Ese fue el problema en mi plan. Quirrell eligió a un estudiante al que le importa más aprender que enriquecerse o tener una larga vida, una cuyo deseo más grande es obtener un Doctorado en Hechicería.

Los niños se pusieron tensos.

–¿Cómo sabe eso, profesor? –exclamó Hermione.

–Un encantamiento supersensorial, por supuesto –sonrió el director.

–Eh, lo siento, ¿qué ocurre? –dijo Emma.

Con renuencia, los niños le dijeron a Dan y Emma sobre su excursión nocturna en la que encontraron el espejo por primera vez. No estaban felices, pero abrazaron a los niños de nuevo cuando escucharon lo que vieron en el espejo.

–¿Pero qué de las otras trampas, entonces? –preguntó Harry mientras comprensión llegaba a su mente.

–¿Qué quieres decir, Harry?

–Todo está muy arreglado. Hagrid soltó como pasar a Fluffy. Usted me dejó aprender cómo funcionaba el espejo. Neville es bueno en Herbología. Yo pude volar para capturar la llave. Ron es bueno para el ajedrez. El troll fue la idea de Quirrell y no algo muy difícil de derrotar. Y si las pociones eran un acertijo, como suena, esa es la fortaleza de Hermione.

–Harry, ¿qué estás diciendo? –preguntó Emma preocupada.

–Pues, piénsalo mamá, dejó que Hagrid me dijera sobre la piedra. Me dio la capa. Creó las trampas en base a mis habilidades y las de mis amigos… –se dirigió a Dumbledore–. ¿En verdad planeaba que yo fuera tras la piedra, no?

–¡No! –dijo Dan con firmeza. Pero el silencio incómodo de Dumbledore era todo lo que necesitaban–. ¡Lo hizo!

Todos comenzaron a gritar al mismo tiempo y nadie podía entender lo que se estaba diciendo, pero estaba lleno de expresiones de incredulidad y enojo porque el anciano pudiera hacer algo tan estúpido. La llama en la lámpara de aceite se intensificó, y los dulces, regalos, y objetos pequeños en la mesa temblaron en respuesta a la magia incontrolable de los niños.

–¿Cómo pudiste creer que era una buena idea? –Sirius habló con más volumen que el resto del grupo, y estaba de pie, con una expresión que parecía que quería arrancar la garganta de Dumbledore como Canuto.

–Si puedo… –Dumbledore lucía derrotado–. Mi segundo plan, el que abandoné después –enfatizó–, era el llevar a Harry a la piedra con las pistas y herramientas que le di, con la esperanza de que pudiera terminar con la amenaza de Voldemort de manera permanente. Pero ciertamente no consideré este plan sin cuidadosa consideración, y confiaba en que tanto él como sus amigos no saldrían lastimados.

–¿Pero cómo podrías saber eso, Albus? –demandó Remus. También estaba de pie, sosteniendo a Sirius.

–¡La botella de poción pequeña! –soltó Hermione. Todas las miradas se dirigieron a ella–. Arregló las cosas para que Harry tuviera que enfrentarse a Quirrell solo, porque… ¡porque es el único que tiene la protección de su madre!

Harry abrió su boca. Había veces (raras veces) en las que olvidaba lo brillante que era su hermana.

–¿Así que ese era su gran plan? –Deliberadamente hizo sentir su magia en el cuarto de manera intimidante. Los objetos sueltos temblaron de nuevo. Sirius y Remus dieron un paso atrás por la sorpresa de que pudiera controlar su magia de ese modo, y Dan y Emma, para su sorpresa, pudieron sentir un shock eléctrico rebotando de sus collares encantados–. ¿Forzar una confrontación entre Voldemort y yo mientras él estaba débil, esperando que pudiera acabar con él de una vez por todas? –dijo Harry–. ¿Cómo pudo…? –La conclusión llegó a su mente un segundo después que a Hermione.

–¡Por la profecía! –dijeron al mismo tiempo.

El silencio reinó. Sirius y Remus no parecían saber cómo responder a eso. Incluso ellos tenían que admitir que era un plan brillante, aún si estaban completamente en contra.

–Déjame ver si lo entiendo –dijo Dan una vez que creyó comprender–. Básicamente intentó engañar a nuestro hijo para que se enfrentara al terrorista más malvado y peligroso de este lado de la Cortina de Hierro. Creyó que era capaz de derrotarlo porque lo dijo esta profecía, y creyó que Harry estaría bien gracias a la protección de su madre. ¿Creyó tanto en todo esto que apostó su vida?

Dumbledore respiró profundamente y respondió con determinación...

–Así es.

Sirius y Remus gruñeron en voz baja. Harry bufó.

–Pues, hubo un problema en tu plan –se quejó Dan.

Para la sorpresa de la familia, Dumbledore asintió su acuerdo.

–Varios problemas, de hecho.

–Sí, como el hecho de que sólo tengo once malditos años –soltó Harry. El vaso con agua en la mesita a su lado explotó–. Lo siento –murmuró. Acercó su mano.

–No, yo me encargo, Harry –dijo Hermione con voz calmante. Movió su mano y levitó los trozos de vidrio de regreso a la mesa y reparó el objeto.

–Dumbledore, ¿cómo pudo pensar en enviar a un niño a una situación así? –lo regañó Emma.

El anciano agachó la cabeza.

–Como dije, fue un error. Cuando te acercaste tanto a la verdad hace dos meses, Harry, me di cuenta de que era un plan terrible y lo abandoné. Entonces esperé poder capturar a Quirrell y rogar por tu asistencia después.

–Ajá –dijo Harry sin sonar convencido–. Bueno, vimos lo bien que eso resultó. ¿Por lo menos funcionó?

Dumbledore suspiró.

–No. La marca tenebrosa del profesor Snape permanece. Se hubiera desvanecido si Voldemort en verdad hubiera muerto. Parecería que tiene más maneras de preservar su vida de lo que esperaba.

Ante eso, Sirius y Remus gimotearon y se sentaron con expresiones de absoluto terror.

–¿Qué ocurre? –dijo Harry.

Remus negó con la cabeza.

–Oclumancia –murmuró–. Hay algunas cosas que son mejor no dichas.

Harry se tranquilizó un poco, pero aún bufó en voz baja mientras se dirigía de nuevo a Dumbledore.

–Así que ni siquiera funcionó. Y de cualquier modo, es el mismo problema. Si tengo que enfrentarme a Voldemort algún día… si tengo… –su voz tembló–. Si tengo que matarlo… –sintió escalofríos de tan sólo pensarlo–. O capturarlo, o… ¿qué dijo? ¿"Derrotarlo"? Quiero estar mucho más listo de lo que estoy ahora antes de hacerlo.

–Y nosotros también –dijo Dan.

–Lo entiendo –respondió Dumbledore–. En verdad. Sin embargo, debo advertirles que es posible que no tengan ese lujo. Voldemort continuará intentando regresar, y continuará buscándote. Y aprenderá. La protección de tu madre no te protegerá de métodos de ataque menos directos. Estoy consciente de lo joven que eres… dolorosamente consciente. Una profecía como esta es una carga terrible a cualquier edad, mucho más para un estudiante de primer año. Pero dadas las circunstancias, me vi obligado a concluir que esta era una de las mejores oportunidades para acabar con él, y pensé que ya que demostraste ser bastante capaz… pues…

–¿Qué? –dijo Harry–. ¿Pensó que tenía el derecho de enfrentarme a Voldemort si podía? ¿Está loco? En caso de que lo haya olvidado, ¡su pequeño plan casi me mata! –El vaso se rompió de nuevo, esta vez hecho polvo (el encantamiento para arreglar nunca dejaba las cosas tan bien como nuevas). La mesita de noche, las sillas (especialmente la de Dumbledore), e incluso la cama comenzaron a moverse y rechinar, y el aire en el cuarto se movió con violencia. Sirius y Remus se encogieron con admiración ante la magia fuera de control.

–Por favor, cálmate, Harry, o te agotarás y Madame Pomfrey no se lo tomará bien –lo regañó Dumbledore. El zumbido de la magia se redujo lentamente. Harry se sintió algo mareado y se recostó en la cama–. No me comprendiste –continuó–. Mi plan falló no porque sobreestimé a Voldemort, sino porque te sobreestimé a ti.

Harry parpadeó un par de veces, al igual que el resto de su familia.

–¿Eh?

–Sabía lo que habías visto en el espejo de Oesed. Viste a tus familias… a ambas, juntas y unidad… lo único que en verdad te falta en tu vida. Confiaba en que verías lo mismo en el espejo de nuevo, y la piedra estaría a salvo. En lugar de eso, viste la clave para recuperar la piedra filosofal: no desear usarla, pero sólo tomarla para salvar a tu hermana y detener a Voldemort. No creo que te das cuenta de los pocos magos que hubieran visto eso en el espejo. –Se detuvo para dejar que lo comprendieran–. Aunque la protección de Lily te hubiera salvado del ataque de Quirrell, tú luchaste contra él, y fue el esfuerzo involucrado en mantener la piedra fuera de su alcance lo que casi te mató.

Harry estaba callado. Supuso que debería sentirse halagado, pero no era el caso.

–No puedo creer que nos hiciera esto después de todos estos años –dijo Emma a Dumbledore en un tono que Harry pensó, si hubiera sido dirigido a él, hubiera sido tan aterrorizante como Quirrellmort–. Usó a su amigo, usó a nuestros niños, y suena a que también intentó usar a otros niños y maestros. Y si esa fue su idea de un plan inteligente, tengo que preguntarme si a sus ciento once años de edad, no está volviéndose muy viejo para esto. –Eso último pareció doler–. Fue tonta suerte que nadie murió.

Dumbledore la miró a los ojos con dificultad.

–Tiene razón, por supuesto, Sra. Granger. En mi fervor por terminar con la amenaza de Voldemort me permití el estar tan cerrado en mi tarea que no presté la atención adecuada a la seguridad de los demás. Si pudiera regresar y hacerlo de nuevo, mantendría mi plan más lejos de la población estudiantil y de su familia en particular.

–Eso espero –dijo Emma.

Pero Dan no había terminado.

–Sirius, Remus –dijo–, aún no hemos planeado nuestras vacaciones de verano. La escuela francesa… Beauxbatons, ¿verdad? ¿Hay algún pueblo mágico cerca que podamos visitar?

Harry y Hermione se sorprendieron, y Sirius lució escandalizado, pero Remus no ignoró que Dumbledore había comenzado a sudar y comprendió el plan.

–Lo hay, Dan. Se llama Baton Vert… mis padres consideraron enviarme a Beauxbatons para mis estudios. Puedes llegar desde el distrito mágico de Paris. Puedo ayudarte con las reservaciones.

–Si están pensando… –comenzó Dumbledore.

–Sólo mantenemos nuestras opciones abiertas –dijo Dan con una sonrisa traviesa–. Creo que tenemos razones suficientes para reevaluar la educación que reciben nuestros hijos.

–Lo entiendo, pero…

Pero antes de que el director pudiera terminar, Emma le explicó las reglas.

–Dumbledore, cuando adoptamos a Harry nos dijo que sería abierto con nosotros, y no ha sido el caso. Dijo que había aprendido de sus errores, y en este momento, no lo parece. Así que más vale que comience de ahora en adelante, sin importar a donde vayamos, y si quiere considerar un plan tan loco como este de nuevo, más vale que nos consulte primero.

Dumbledore decidió en ese momento que si colocaba el cabello de Emma Granger en un rodete, sería una Minerva veinte años más joven.

–Sra. Granger, en verdad me disculpo –respondió–. Pido perdón a todos ustedes. He cometido muchos errores este año, pero veo ahora que considerando el destino de Harry, es importante mantenerlos completamente involucrados e informados en lugar de intentar proteger a sus niños de la verdad. Prometo que tienen mi confianza completa, con la excepción de aquello que necesita ser protegido por Oclumancia.

Dan y Emma asintieron con seriedad. Dumbledore estaba seguro de que lo harían cumplir esa promesa.

–Ahora, ha sido un día difícil –concluyó–. Creo que Harry necesita de su descanso, y el resto de nosotros también. Si no hay nada más, los dejaré por esta noche. Creo que no habrá problema alguno si dejo los encantamientos de privacidad por otra hora. –Lanzó una mirada en especial a Harry.

Los Granger decidieron que habían tenido suficiente por un día y lo despidieron. Harry se transformó de nuevo en Raticida y maulló con alivio.

–Un gato –dijo Sirius mientras Hermione acariciaba a Harry detrás de las orejas–. De entre todas las cosas…

–Sirius –preguntó Emma, siempre práctica–, ¿los muggles pueden aprender Oclumancia?

Sirius parpadeó con sorpresa.

–¿Los muggles pueden…? –Se preguntó en voz alta–. No tengo idea. No se lo suficiente sobre la magia mental… aunque no duele el intentarlo.

–¿Podrías ver si puedes encontrar a un instructor para los cuatro?

–Puedo intentarlo, Emma. No será fácil, pero los galeones hablan más fuerte que las palabras.

–Bien.

–Papá… ¿no quieres que dejemos Hogwarts, verdad? –preguntó Hermione a su padre nerviosa. Harry maulló su apoyo.

–Probablemente no… –respondió Dan–. Ciertamente no si Dumbledore aprende su lección. Pero él no necesita saber eso.