Ya sea que encuentren o no su propio Harry Potter, siempre encontrarán algún Harry Potter. Si encuentran el Harry Potter de JK Rowling, devuélvanlo por favor. Yo no he encontrado el mío, pero aquí les dejo uno de los de White Squirrel.
Capítulo 63
La reunión del Wizengamot del día siguiente resultó ser bastante aburrida. Amos Diggory introdujo la ley en contra de los hombres lobo y dio un discurso apasionado sobre "seguridad pública", "reforma", y "regularización del control de los hombres lobo". Solomon Monroe fue la voz principal en contra ese día. La familia de Harry había acordado controlarse por el momento y ver cómo se alineaban los batallones. El debate sobre la ley fue corto, y fue postergado hasta la siguiente reunión, oficialmente para recibir los comentarios del público, aunque en realidad para crear coaliciones.
La parte más interesante de la reunión fue cuando Dora corrió a la familia antes del comienzo.
–¡Pasé! ¡Pasé! –gritó y abrazó a todos con entusiasmo.
–Que bien, Dora –gruñó Hermione mientras la abrazaba con fuerza–, pero ¿qué pasaste?
–¡Sigilo y Rastreo! –dijo ella–. Es el tema más difícil para mí en el entrenamiento para ser aurora. Casi lo repruebo… Apenas y puedo caminar en línea recta. Pero lo pasé. Ahora sólo tengo un año más y estaré completamente cualificada.
–¡Qué bien! –dijo Hermione–. Estoy segura de que harás un buen trabajo.
Además de eso y una sesión con Maxwell Barnett para practicar Oclumancia, el verano comenzó bastante tranquilo. La noticia más grande en el mundo muggle (para Harry y Hermione) llegó el lunes siguiente, mientras su padre leía el periódico.
–Harry, Hermione, querrán escuchar esto –dijo él.
–¿Qué es, papá? –dijo Harry
–La BBC ha anunciado que una nueva película para televisión de Doctor Who llamada La dimensión oscura saldrá al aire durante el aniversario número treinta de la serie este noviembre.
–¿Nueva historia de Doctor Who? –dijo Harry con entusiasmo.
–¡Finalmente! –exclamó Hermione–. No puedo creer que les tomara tanto tiempo comenzar de nuevo. Han pasado casi cuatro años. Tendrás que grabarlo para nosotros, papá.
–No se preocupen, lo haré. Su madre y yo crecimos con esa serie. No nos lo perderíamos por nada.
–Bien –dijo Hermione–. Saben, deberíamos buscar una manera de introducir a los magos a Doctor Who. Ellos creen que están protegiendo antiguas tradiciones británicas, ¿pero qué es más británico que esconderse detrás del sofá cuando aparecen los daleks?
Todos los Granger se rieron.
Sin embargo, sin saberlo los Granger, los eventos en el Wizengamot eran noticias importantes en ciertos círculos. Justo en ese momento, en un lugar remoto en lo que ahora es Eslovaquia, un hombre usando un abrigo negro raído y sin camisa leía un periódico tomado de un bote de basura en el distrito mágico de Bratislava… específicamente, la sección de política internacional. El hombre se aseguraba de seguir la mayoría de los eventos políticos en Europa para encontrar nuevas áreas en las cuales enfocarse, y nuevos refugios. Estaba acostumbrado a moverse con frecuencia.
El hombre gruñó cuando vio la nueva legislación propuesta en Gran Bretaña. Esa pequeña pieza de intolerancia era lo peor que había visto en mucho tiempo… la peor propuesta, por lo menos. Unos cuantos países eran crónicamente peores. Pero este no era uno de esos antiguos y duros gobiernos. Este era un blanco fácil… y una oportunidad. La revolución estaba en camino.
Pero necesitaba moverse rápido. Tenía que llegar a Gran Bretaña antes de la luna llena del sábado. Se dirigió a sus acompañantes de viaje y anunció su decisión.
–Hora de moverse.
Los Granger recibieron una gran sorpresa el cuatro de julio cuando Sirius y Remus se aparecieron en su puerta, completamente mojados gracias a la lluvia de esa tarde, y apenas capaces de continuar de pie. Ya que era el día después de la luna llena, Remus no debería de estar moviéndose, pero lo estaba, y lucía agitado. Sirius tuvo que sostenerlo para que no cayera, pero Remus fue quien lo empujó dentro y llamó a todos a gritos para que se acercaran, como un hombre con una mala resaca.
–¿Remus? ¿Qué pasa? ¿Estás bien? ¿No deberías estar descansando hoy? –dijo Emma con preocupación. Intentó que se recostara en el sofá pero él se rehusó.
–Tenía que venir –dijo–. Tenemos un problema. –Y entonces le mostró el periódico mojado que no habían visto aún.
El Profeta Vespertino
Edición Especial
¡FENRIR GREYBACK ES VISTO EN GRAN BRETAÑA!
¡HOMBRE LOBO SALVAJE REGRESA A SU PATRIA!
¡FAMILIA MUGGLE ASESINADA EN UPPER FLAGLEY!
Debajo de los encabezados había una foto policial mágica o algo como un hombre gruñendo a la cámara con dientes amarillos puntiagudos. Era de aspecto corpulento y con un rostro imposiblemente peludo. Su pecho, el cual era visible debajo de su abrigo, lucía lleno de pelaje. Pero la cosa más extraña sobre él eran sus ojos. Tenían dos colores, con un aro de pálido azul dentro de uno negro. Ciertamente lucía salvaje.
–¿Hombre lobo? –preguntó Dan con confusión–. ¿Acaso es peor que otros hombres lobo o algo?
–Mucho peor –exclamó Remus sin aliento–. Greyback es...
–Remus, debes recostarte –dijo Emma–. Con o sin poción matalobos, el que tu cuerpo sea cambiado de ese modo no puede ser bueno para ti.
–¿Perdón? –dijeron Sirius, Harry, y Hermione, quien aún estaba en entrenamiento, al mismo tiempo.
–Oh... saben lo que quiero decir –dijo ella–. No tenemos muchas pociones aquí, pero puedo darte ibuprofeno o paracetamol, si te parece.
–Lo que sea… lo que sea que tengas está bien –se quejó mientras se recostaba–. Las cosas muggles no son las mejores, pero ayudan un poco. –Unos minutos después, consumió con impaciencia un par de píldoras y estuvo lo suficiente relajado para continuar la conversación.
–De acuerdo, Remus, ¿quién es ese tal Fenrir Greyback y qué tiene de malo? –preguntó Dan.
Remus tomó un gran aliento y comenzó a hablar.
–Greyback… es el hombre lobo que me mordió. –Los Granger soltaron un grito ahogado–. Pero es sobre mucho más que yo. Greyback es un revolucionario. Odia el tratamiento prejuicioso de los hombres lobo, pero su respuesta es infectar a cuantos hombres lobo pueda para crear un ejército que tome control del mundo mágico. También es el hombre lobo más salvaje en Europa… el peor de probablemente miles de nosotros. Es buscado por asesinato o tortura en por lo menos veinte países. Cuando está cerca todos cierran sus puertas con seguridad adicional porque es perseguido con fuerza, pero siempre se escapa de los aurores.
–¿Pero qué es lo que hace? –dijo Emma–. ¿Qué lo hace peor que todos los demás?
–Ataca en especial a niños pequeños –dijo Remus con seriedad, para el horror de los que lo estaban escuchando–. Alrededor de cinco años es como los prefiere. Se coloca cerca de ellos la noche de la luna llena, los infecta, y si puede, los secuestra… para criarlos junto a su manada y que odien a los magos normales como él lo hace.
–¡Eso es horrible! –exclamó Hermione, para el acuerdo de todos.
–¿Eso… eso es lo que intentó contigo? –dijo Harry con cautela.
–¿Conmigo? No… no exactamente. Era un ataque en venganza. Antes de ser infectado, mi padre era uno de los magos más intolerantes de los hombres lobo en el Ministerio, lamento decir. El Ministerio de hecho capturó a Greyback en 1964, cerca del comienzo de su reino de terror, pero se hizo pasar por un vagabundo muggle y lo dejaron ir. Mi padre era el único que había sospechado de él, y fue tras de mi por eso.
–Verán, Greyback quizás actúa como un animal, pero es bastante astuto. Logró convencer al Ministerio de que lo dejaran libre, y la noche de la luna llena además. Deliberadamente creó resistencia al encantamiento Homorphus, así que es inútil en él. Y el ir tras niños no sólo es una táctica de terror, y es mucho más que una manera fácil de conseguir seguidores. Es una manera de construir su propia manada de la manera que quiere. La estructura de una verdadera manada de lobos es bastante sencilla. Usualmente es una pareja líder y sus pequeños por varios años, hasta la camada más reciente de cachorros. En las condiciones correctas, manadas grandes pueden tener dos o tres parejas de apareamiento. La mayoría de las manadas de hombres lobo parecen grupos humanos sociales, pero Greyback intenta que la suya imite a las manadas de lobos… excepto que adquiere "cachorros" a través de la "adopción". Es difícil cuidar de los infantes en esas condiciones, y es mucho más difícil educar a magos, así que intenta infectar a niños pequeños.
–En otras palabras, es mala noticia –resumió Dan. Dio otra mirada al periódico–. Esto dice que una familia muggle fue asesinada. ¿Los muggles se pueden convertir en hombres lobo? –preguntó preocupado.
–Pueden, pero es raro. El Lobo buscará infectar a magos, pero ve a los muggles como caza. Así que aunque son más difíciles de encontrar y atrapar, los muggles raramente sobreviven el ataque. Estimo que sólo un décimo de los hombres lobo son muggles. Solía ser mucho más inusual antes de la medicina muggle moderna. –Entonces, Remus se giró y observó a Harry–. Harry –dijo–, me preguntaste la semana pasada por qué el Ministerio no hace la poción matalobos más accesible. Lo que no dije en ese momento es que quieren que sea controlada. Incluso la mayoría de los hombres lobo están de acuerdo de que es imperativo que Greyback nunca ponga sus garras en la poción matalobos. Si pudiera ir tras los muggles con su mente intacta, podría convertirse en un señor oscuro que eclipsaría a Voldemort en una noche.
Los Granger sintieron escalofríos. No era difícil hacer el cálculo sobre eso.
–De acuerdo, eso es malo –dijo Dan con tono franco–. ¿Cómo la controlan?
–La receta sólo está disponible para maestros de pociones certificados –explicó–. Todos los que conocen la receta y todos los que compran la poción tienen que pasar por una revisión de antecedentes, y sospecho que la única razón por la que no hacen más que eso es porque el suministro es limitado y el precio es tan alto. Es probablemente por eso por lo que la perra de Umbridge no se molestó en incluirlo en su propuesta –agregó, con mucho dolor para preocuparse por su vocabulario.
–¿Y qué pasa ahora? –dijo Emma–. ¿Qué tenemos que hacer?
–El país entero estará resguardado durante las lunas llenas –respondió Sirius–. Patrullas de aurores y magos golpeadores en todos los centros de población mágicos grandes. Investigación intensa el resto del mes. Unos cuantos oficiales del Consejo Internacional de Magos en el territorio. De hecho, me sorprende que no me hayan llamado aún. Querrán que lo capturemos o matemos, o por lo menos perseguirlo lo suficiente que huirá del país.
–Pero apuesto a que se quedará hasta la votación sobre la ley de la perra –agregó Remus.
–Sí –dijo Sirius en acuerdo–. Y ustedes deben de permanecer dentro de las barreras durante la luna llena. Si no están ya programadas para mantener lejos a hombres lobo transformados, pidan a Dumbledore que lo agregue.
–También, tengan cuidado de a dónde van un día o dos antes –agregó Remus–. Greyback no es conocido por secuestrar personas con anticipación, pero es posible.
–¿Debería ser seguro aquí, no? –dijo Hermione nerviosa–. Casi nadie sabe dónde estamos.
–En principio, sí, pero recuerden que el Lobo puede oler la magia como no pueden creerlo. Si estuviera en el área, podría encontrar su esencia.
–De acuerdo, creo que podemos manejar eso –dijo Emma después de tomar un gran respiro–. Haremos los arreglos necesarios para la próxima luna llena. Tú deberías descansar, Remus. ¿Té, para alguno? ¿Bizcochos? ¿Quieren quedarse a cenar? Ya casi es hora.
–Algo de comer estaría bien, gracias –dijo Sirius.
–Quizás más tarde –se quejó Remus.
Los Granger regresaron a sus actividades algo nerviosos mientras Remus intentaba dormir por un tiempo. Se despertó de nuevo después de la cena, sintiéndose mejor y encontrando un plato con carne al horno, papas, y guisantes esperándolo con lo que parecía un encantamiento preservador en él, además de una barra de chocolate. Sonrió. Era una broma en la familia ya que el chocolate sólo ayudaba realmente con la exposición a los dementores (Sirius había devorado bastante hasta vomitar cuando había salido de Azkaban), pero ciertamente no iba a rechazarlo.
–Hola, Lunático.
Levantó la mirada para ver a su sobrino honorario parado a su lado, sosteniendo un par de cuadernos.
–Hola, Raticida –dijo–. Lamento haber arruinado tu día.
–No te preocupes –respondió Harry–. Eh, cuando te sientas mejor, terminé Harry Potter y la piedra filosofal.
Remus elevó las cejas.
–¿En verdad? –Harry le entregó uno de los cuadernos.
–Sí –dijo él–. Escribí sobre la pelea contra Quirrellmort y lo que pasó después, y entonces me di cuenta que debía de continuar hasta cuando la Ley de Defensa de los Muggles fue aprobada, ya que estuve conectado con mucho de lo ocurrido. –Remus asintió en acuerdo y sonrió.
–Si en verdad pones "Quirrellmort" en la historia, tendré que pedir a Canuto que te compre… no lo sé, algo muy caro.
–Mmm… –Harry asintió contemplativo.
–Eres un buen escritor, Harry –dijo Remus mientras examinaba las páginas.
Harry no se sentía convencido. Aún para los bajos estándares del pequeño mundo mágico, podía ver los problemas con su historia.
–No es tan bueno como esos libros –dijo con tristeza.
–No, supongo que no, pero eres mejor que tu padre a tu edad, e igual a tu madre. El crecer con Hermione te ha hecho muy bien. La calidad es algo que vendrá con la experiencia. ¿Qué pensaste de los cambios que sugerí en los primeros capítulos?
–Fueron buenos. Pensé que lo mejoraron bastante… pero no sabía que hacer sobre algunos. Es difícil ver cómo cambiarlos.
–Bueno, podemos discutirlos durante el verano cuando tengamos tiempo. ¿Se lo has mostrado a tu familia?
–Sí. Dicen que les gusta, pero creo que son parciales. –Remus se rió.
–Es posible, pero en verdad creo que tiene bastante potencial.
–Gracias… Es una lástima que no pueda publicarlo –dijo Harry–. El lanzar un golpe como ese a la reputación de Voldemort sería genial. –Remus se rió con fuerza.
–Sabes, Raticida, creo que sólo alguien criado por muggles podría decir eso y en serio. ¿Sabes lo que creo que deberíamos hacer? Una vez que tengas un buen borrador, muéstraselo a Dumbledore y pregúntale cuándo puedes publicarlo. Creo que aún podrías venderlo.
–¿Es en serio?
–No, yo soy Sirius –dijo una voz desde el comedor. El resto de la familia rodó los ojos.
–Todos saben que una autobiografía de Harry Potter se vendería bien –respondió Remus–. Sé que no necesitas el dinero, pero insistes en querer aclarar las cosas. Si lo haces bien, podría ser publicado en un par de años.
–Vaya. Gracias, Lunático, tendré que… tendré que pensar sobre eso –le dijo Harry. Mientras tanto, tenía otro desastre que sacarse del pecho. Mientras que Remus leía, abrió su segundo cuaderno y escribió en la primera línea de la primera página, Harry Potter y la cámara de los secretos.
John Major, Primer Ministro del Reino Unido, acomodó sus lentes sobre su nariz y suspiró y se preparó para que el Otro Ministro saliera de la chimenea, de entre todos los lugares. Por qué el hombre no podía usar la puerta como una persona normal estaba más allá de su comprensión.
La primera vez que este tal Cornelius Fudge había entrado a la oficina de Major, su primera noche en el puesto, pensó que finalmente se había vuelto loco por la presión de la campaña. Un retrato hablante, un hombre saliendo de la chimenea como Santa Claus con un atroz sombrero de bombín verde, una sociedad secreta de brujas y magos con su propio gobierno… ¡un maldito gobierno debajo del corazón de Londres! Oh, pero no tenía por qué preocuparse, tenían todo bajo control había dicho Fudge, incluyendo a los dragones. ¡Dragones! ¡Tenían dragones verdaderos lanza fuego en Escocia y Gales! Y entonces, para probar su punto, Fudge transformó una taza de té en un jerbo y se fue. Si se era honesto, Major apenas y había absorbido parte de la conversación, y esa última jugada lo había hecho perder el hilo de lo poco que sí. Era casi suficiente para que un hombre renunciara al instante… casi.
Y no era como si pudiera decirle a alguien. Recordó la risa condescendiente de Fudge y sus últimas palabras:
–Mi querido Primer Ministro, ¿va a decirle a alguien? –No, no iba a hacerlo. O por lo menos eso es lo que había creído.
Una vez que había recuperado la cordura (y le tomó una insistente examinación al jerbo para convencerse a sí mismo de que no lo había soñado todo), Major comenzó a pensar que quizás había alguien más con quien pudiera hablar sobre esa "magia". Vergonzosamente, con lo ocupado que era organizar un nuevo gobierno, le tomó tres días enteros el pensar la respuesta: Si Fudge me dijo sobre la magia, entonces seguramente Su Majestad debería saberlo también. No estaba decepcionado.
–¿Quiere decir que Maggie no se lo dijo? –había dicho la reina–. Eso es una gran omisión. –Entonces, cuando Major le había dado una incoherente explicación de su conversación con Fudge–: Oh, vaya, en realidad no le explicó nada. Creo que Fudge no es la gran cosa. Le pediré al mago de la corte que lo visite y le dé un reporte completo.
El principal pensamiento de John Major después de eso fue, ¿Su Majestad tiene un mago en su corte? El cual pronto fue seguido por, por supuesto que lo tiene.
Así fue como había conocido a Maxwell Barnett. Al contrario de Fudge, era un hombre bastante agradable… un veterano que había luchado contra un mago oscuro que había trabajado para Hitler… un hombre que sabía usar la puerta de manera correcta. También, era paciente, respondió todas las preguntas de Major por completo, y no lo trató como un niño por no saber cosas que se suponían era un secreto. Había aprendido bastante sobre la magia ese día, el mundo mágico, la estructura del gobierno de los magos, y su historia. Barnett incluso había traído libros relevantes para que los revisara.
Major había estado furioso al aprender que se podían leer las mentes en el mundo mágico. Eso era lo primero que alguien con acceso a armas nucleares debería saber. A ese punto, podía ver porque Maggie había intentado lanzar a Harold Minchum por la ventana, incluso sin conocer a ese mago en particular. No era necesario decirlo, pero aprendería esa meditación u "Oclumancia" de Barnett lo más pronto posible.
Algunas de las cosas que había aprendido también habían sido alarmantes: prejuicio extendido en contra de los no-mágicos y sus hijos mágicos, lo que parecía ser una guerra de razas que había sido inexplicablemente detenida por un bebé, oficiales importantes del gobierno evadiendo justicia por actos de terrorismo y asesinato. Y entonces, hace un año, Barnett había conocido a ese bebé, ahora un niño de doce años, y había aprendido que el mago más malvado de su generación aún estaba cerca, rondando como un espíritu sin cuerpo.
Y Fudge no le había dicho una palabra sobre eso. Si quería hablar ahora debería ser bastante malo. Cornelius Fudge apareció en la chimenea de la oficina del Primer Ministro en el número 10 de Downing Street, dando vueltas como un trompo, y había entrado a su oficina, aun usando el sombrero de bombín verde.
–Ah, Primer Ministro –dijo, extendiendo su mano–, es bueno verlo de nuevo. –Fudge estaba completamente empapado, obviamente habiendo pasado por la lluvia antes de llegar a la chimenea–. Oh, ¡qué día! ¡Qué día! –dijo, sin esperar respuesta–. ¡Vociferadores en el Ministerio! ¡El país entero furioso! ¡Aurores en alerta roja! Pero claro, ¿qué más puede esperarse cuando Greyback regresa?
–Ejem –lo interrumpió el Primer Ministro–. Buenas noches, Ministro. ¿Podría explicar por favor en oraciones completas de que rayos está hablando?
–Oh, bueno, nada de qué preocuparse, estoy seguro –dijo Fudge nervioso–. Nada de qué preocuparse. Pero tuve que venir por esos pobres muggles, ¿sabe?
–Disculpe, ¿qué podres muggles?
Fudge retomó ese condescendiente tono suyo. Dios, sólo dos visitas y Major ya lo odiaba.
–Bueno, seguro que ha escuchado de los asesinatos en Upper Flagley anoche, Primer Ministro –dijo.
Eso era preocupante. Major sí había sido informado esa mañana de las terribles muertes de una familia de cuatro en Yorkshire. La policía dijo que parecía más un ataque animal que un asesinato, pero no había reportes en el área del escape de algún animal lo suficiente grande para hacer eso.
–Ustedes… eh, su… quiero decir, ¿su gente estuvo involucrada en eso? –preguntó.
–Si se usa el término de manera liberal –dijo el Ministro de Magia con aire de disgusto–. Es difícil llamar a Greyback como uno de los "nuestros". Un hombre terrible, brutal. Merlín sabe que no recibimos ataques de hombres lobo como ese muy seguido.
–¡¿Hombres lobo?! –dijo Major horrorizado. Ese era un término con el que no estaba muy familiarizado. Barnett sólo había mencionado a los hombres lobo de pasada diciendo que "usualmente" no causaban muchos problemas.
–Sí, por supuesto, hombres lobo. ¿Qué más podría destrozar a las personas de ese modo? Vi las fotos… terrible tragedia. Fenrir Greyback en verdad es el peor de todos. Por suerte, estamos trabajando en unas leyes para controlarlos mejor.
–¿Así que hay un hombre suelto en Gran Bretaña?
–Oh no, hay cientos de ellos, pero los tenemos vigilados, por supuesto. Normalmente no causan problemas. Pero Greyback ha regresado a Gran Bretaña y está agitando las cosas.
–¿Agitando? ¿Llama al que niños sean destrozados "agitando"?
–Vamos, Primer Ministro, le dije que Greyback era el peor de todos. Absolutamente salvaje. Más lobo que hombre, incluso cuando no hay luna llena. –Major se detuvo y suspiró.
–¿Así que ahora tienes que lidiar con otro monstruo, Fudge? –dijo él–. Se acaba de deshacer de uno y ya viene otro.
–¿Disculpe? –bramó Fudge–. ¿De qué está hablando?
Ahora, el Primer Ministro jugó su as.
–¿Una serpiente gigante, creo que fue? ¿Suelto en su escuela, atacando niños? Y fue el chico Potter quien se deshizo de él, ¿no es así? ¿Él y un amigo? Les dio unos cuantos premios, creo. Es mala costumbre el enviar a estudiantes a deshacerse de un monstruo gigante.
Fudge se puso blanco. Finalmente, venganza, pensó el Primer Ministro. Esta vez, fue el turno del Otro Ministro de sorprenderse por la imposibilidad de las palabras de John Major.
–Ahora… mire… –exclamó–. ¿Cómo es que sabe eso? –Major sólo sonrió.
–Mi querido Ministro de Magia, sólo porque usted no cree adecuado el visitarme por dos años y medio no quiere decir que no pueda encontrar otra manera de enterarme de lo que pasa en su mundo. Comprendo que un número de nuestras familias fueron afectadas por esos ataques en la escuela. ¿Por qué no me informó?
Fudge abrió y cerró la boca como un pez un par de veces mientras buscaba una respuesta para eso.
–Todas son familias que ya sabían sobre la magia –soltó–. Nada de lo que su gobierno tuviera que preocuparse. En su mundo, hubiera parecido que no tuvieran conexión alguna. Lidiamos con eso por nuestra cuenta.
–¿Enviando a un par de niños a matarlo?
–¡Terminaron ahí por accidente! –dijo indignado–. Fue un desafortunado accidente. Le aseguro que mis aurores son bastante profesionales.
–Muy bien, Ministro. ¿Y qué debo de hacer sobre esta situación?
–Oh, no, no, no hay necesidad de que usted haga algo. Tenemos esto bajo control. Y después de todo, no puede decir al público que se encierren durante la luna llena porque hay un hombre lobo suelto, ¿no lo cree?
El Primer Ministro lo ignoró.
–No, pero puedo decirles que hay un asesino en serie suelto con preferencia por atacar en la luna llena.
–No hay necesidad de instigar pánico...
–Es mejor que tener a personas como blancos fáciles. Dejaré que se encargue de su gente, Sr. Fudge. Yo me encargaré de la mía. -Fudge se enderezó con rigidez.
–Muy bien, Sr. Major –dijo–. Sólo quería asegurarme de que estuviera informado. Buenas noches. –Y con eso, dio un paso a la chimenea y se fue, dejando nada atrás excepto unas gotas de agua en la alfombra.
John Major de inmediato se dirigió al botón en su interfono para hablar con su secretaria.
–Señorita Langford –dijo–, llame al Sr. Barnett y pídale que haga una cita en cuanto pueda. Ajuste mi agenda como sea necesario.
–Sí, Sr. Major.
Ahora, recibiría la verdadera historia.
Pero a pesar de la preocupación por el regreso de Fenrir Greyback al país, o quizás por lo mismo, Dumbledore decidió que necesitaban actuar sobre los horrocruxes que habían localizado de inmediato. El fin de semana siguiente, una vez que Remus estuvo seguro de estar recuperado, los llevó por traslador a una zona boscosa remota, en las afueras de Little Hangleton. Sirius llevaba la espada de Gryffindor con él.
–Parece que los cachorros están molestos porque el programa de televisión que querían ver fue cancelado –dijo Sirius a modo de conversación mientras se habrían paso entre los arbustos.
–Sí, dificultades en producción o algo así creo que fue –dijo Remus–. Sonaban bastante molestos. Me sorprendió un poco.
–Supongo que no puedo culparlos si el programa es tan bueno como dicen. Lily también se la vivía hablando de él.
Los tres hombres sintieron un escalofrío al mismo tiempo y se detuvieron.
–Hemos cruzado la barrera externa –dijo Dumbledore en un susurro.
–Aún no puedo ver el lugar –susurró Sirius.
–Sospecho que eso es intencional –continuó Dumbledore–. La intención era probablemente ahuyentar a quien llegara aquí por accidente antes de que pudieran verlo… y para activar las defensas dentro… y una barrera anti-aparición, creo –agregó mientras sentía la magia.
–Oh. Ahí se fue el elemento sorpresa, entonces –gruñó Sirius.
–No esperaba que nuestra presencia no fuera detectada. Continuemos.
Varias yardas más adentro, cruzaron otra barrera, más sutil que la primera, pero aún notable para aquellos con experiencia en las Artes Oscuras. Se detuvieron de nuevo para ver qué ocurriría. De repente, escucharon un siseo, y docenas de víboras salieron de los arbustos.
–¡Serpientes! ¿Por qué tienen que ser serpientes? –dijo Sirius.
–Tú tienes la espada, Canuto. Haz algo –dijo Remus mientras lanzaba un hechizo a las serpientes con su varita.
Sin embargo, fue un rápido trabajo de encantamientos de parte de Dumbledore lo que alejó a las serpientes, permitiéndoles continuar.
–Posiblemente tenía la intención de obligar a los curiosos a alejarse, pero aún parte del ambiente no-mágico –dijo–. El resto de las defensas no serán tan fáciles.
–Sí, obvio –dijo Sirius.
Avanzaron lentamente, esperando sentir la siguiente barrera, pero no llegó. En su lugar, a una docena de yardas más adelante, Dumbledore desapareció.
–¡Albus! –exclamaron Sirius y Remus.
Pero entonces, Dumbledore reapareció, dando unos cuidadosos pasos atrás, y suspiraron con alivio.
–Vaya –dijo el anciano mago–, no he visto una de estas tan poderosas desde la guerra de Grindelwald… es una barrera de desilusionamiento, y una poderosa. Fui completamente cegado cuando di un paso dentro.
–¿Puedes hacer algo? –preguntó Remus.
–Si estuviera solo, podría contrarrestar el desilusionamiento para mantener mi visión –dijo–. Al igual que Voldemort. Pero para llevarlos conmigo, necesitaríamos destruir la barrera.
–No creo que debas ir solo, Albus –dijo Remus–. Ese es el punto de todo esto.
–Aprecio el sentimiento. Así que, debemos destruir la barrera, y quizás podamos reestablecerla después, en caso de que Voldemort regrese a este lugar.
–La pregunta es –dijo Sirius–, ¿queremos destruir la barrera con fuerza y arriesgar las trampas para aquellos que intenten meterse con las piedras rúnicas?
–Si están dentro de la barrera, no podremos ver las piedras rúnicas –observó Remus.
–Primero identifiquemos la forma de la barrera –dijo Dumbledore–. Eso debería darnos unas pistas.
Simplemente caminando alrededor y buscando donde comenzaban los objetos desvanecidos, encontraron que la barrera era un heptágono perfecto marcado por siete piedras rúnicas. Remus tuvo razón ya que no podían encontrar las piedras dentro de la barrera, pero Dumbledore también tenía razón sobre como las esquinas daban la ubicación aproximada. Dumbledore siendo Dumbledore, encontró una solución: mover grandes secciones del suelo con las piedras dentro. Al mover dos de las piedras alrededor del heptágono hasta que los planos se encontraran (con algunos hechizos amortiguadores para prevenir que activaran algo más), crearía un punto débil que le permitiría abrir un agujero en la barrera. Eso también prevendría que activaran alguna trampa al no tocar las piedras con su magia directamente.
El problema era que las dos piedras tendrían que ser movidas de manera perfectamente sincronizada por una larga distancia, e incluso con Dumbledore en una y Remus y Sirius trabajando juntos en la otra, tomaría bastante esfuerzo mover tanto suelo.
–Bueno, tú sabes más sobre barreras que yo –dijo Remus–. Vamos a intentarlo.
Dumbledore los dirigió a donde ir, y con cuidado comenzaron a empujar con sus varitas. El suelo comenzó a moverse a sus pies y dos largas masas se deslizaron por debajo. Comenzaron a acercarse, y podían sentir la magia moviéndose en el aire, concentrándose en el punto donde las piedras se acercaban.
Pero entonces, justo cuando los planos de magia se cruzaron, una cuerda de energía pareció dar un latigazo en el aire, el suelo se movió fuera de control, y en un coro de gemidos, unos veinte cuerpos salieron de debajo de la superficie.
–¡Mierda! ¡Inferi! –gritó Sirius.
–¡Yo me encargo! –dijo Remus. Era el experto en criaturas oscuras, después de todo. Comenzó lanzando maldiciones cortantes para desmembrarlos y hechizos de fuego para quemarlos a alta velocidad, pero la multitud de inferi parecía ser mucho para él–. ¡Aunque podría usar algo de ayuda! –agregó.
–Era bueno que había tres de ellos. Dumbledore probablemente podría haberlos derrotado solo, pero incluso con él, tenían una verdadera batalla a sus pies.
–Pensé que Voldemort había dejado todos sus inferi en ese lago –gritó Sirius. Decidió guardar su varita y comenzó a cortar los cuerpos en pedazos con la espada, sabiendo que probablemente los alentaría lo suficiente hasta que los otros pudieran quemarlos, aunque la cercanía lo hacía arriesgado.
–¡Obviamente no todos! –dijo Remus entre hechizos–. ¡Canuto, cuidado!
–¡AHH! –gritó Sirius cuando uno de los inferi encajó sus garras en su hombro. Se aferró a él por detrás, intentando estirar sus manos lo suficiente para rodear su cuello. Sirius falló con la espada, casi cortándose con el filo envenenado.
–¡Quédate quieto! –gritó Remus. Dos cuidadosas maldiciones cortantes después y los brazos del inferius cayeron al suelo. Sirius se dio la vuelta con su varita y lo quemó hasta ser ceniza.
Los tres hombres miraron a su alrededor y encontraron a todos los inferi destruidos o incapaces de atacar. Dumbledore quemó lo que quedaba de los cuerpos.
–Intentemos evitar activar las trampas, dijiste –dijo Sirius. Estaba sangrando del hombro, pero aún de pie–. Gracias, Lunático.
Remus conjuró una venda para él.
–¿Puedes atravesar la barrera ahora?
–Creo que puedo. –El anciano realizó movimientos precisos con su varita por un minuto, y entonces, algo como una puerta apareció en el aire, y a través de esta, pudieron ver las ruinas de una cabaña. El techo había sido completamente destrozado por los elementos, y ortigas y enredaderas amenazaban la destrucción de las paredes. Las ventanas estaban completamente opacadas. La única parte que lucía bien preservada era la serpiente muerta clavada en la puerta.
–¿Qué es este lugar? –dijo Remus mientras se acercaban.
–El hogar donde se crio la madre de Voldemort –dijo Dumbledore.
–Uj –dijo Sirius–. No quiero pensar en el hecho de que tuvo una madre.
No encontraron más barreras mientras se acercaban a la puerta, pero Dumbledore elevó una mano.
–Hesha-hassah –siseó. La puerta se abrió. Sirius sintió escalofríos.
–¿Tienes idea de lo escalofriante que es cuando haces eso, Albus?
–Severus lo ha mencionado en ocasiones –dijo Dumbledore con tono seco. Comenzó a avanzar, pero solo había dado un paso cuando llamas de un brillante e innatural color rubí salieron en la entrada.
–¡Oh, vamos! –se quejó Sirius.
–¿Es lo que creo que es, Canuto? –dijo Remus.
–Es una barrera de fuego maldito. Una terrible barrera. Usualmente se necesita una poción como llave para atravesar las llamas.
–Sí, Sirius, estoy familiarizado con el concepto –dijo Dumbledore–. Necesitaremos determinar las propiedades de la poción que es necesaria y entonces...
–Espera –lo interrumpió Sirius–. Hay ventajas de ser un hijo de la Casa de los Black. Conozco mis maldiciones. Mis padres usaron uno de estas en mi contra cuando me fui de la casa para evitar que regresara a recoger mis cosas. Me la pasé dos semanas buscando una manera de atravesarla sin la llave.
–Sí, lo recuerdo… –dijo Remus–. También recuerdo que era bastante peligroso.
–Sí, pero podemos hacerlo más rápido aquí. Vamos, Lunático, funcionará.
Remus suspiró y ayudó a su amigo. Dumbledore observó con confusión mientras ambos hombres hacían una montaña de tierra hasta llenar la entrada. La tierra parecía brillar como un horno, pero entonces, el par comenzó a lanzar varios hechizos para bloquear magia oscura y unos encantamientos para enfriar vidrios muy oscuros, y el director comprendió. Un fregotego después, y fue revelado que las llamas estaban congeladas, no por magia, como era usual, pero aprisionadas por una hermosa escultura de vidrio nublado hecho de la tierra arenosa.
–De acuerdo, eso es todo –dijo Sirius–. Si lo hacemos rápido, tendremos unos cuantos segundos antes de que el fuego se reactive.
–Ah –dijo Dumbledore–, así que tu plan era forzar nuestro paso con valor puro.
–Lo que sea que funcione, ¿no? Les advierto, sólo funcionará unas cuantas veces seguidas. Lo aprendí de mala manera. Tomó un largo tiempo para que mi cabello creciera de vuelta.
–Comprendo. Supongo que debemos intentarlo si somos lo suficiente rápidos. Tomó su lugar frente a la puerta–. Si tienes razón, tendremos que correr. Ambos permanezcan detrás de mí. ¿Si están listos? A la cuenta de tres. Uno… dos… ¡tres!
Corrieron hacia la cabaña, y Dumbledore destrozó la escultura de cristal para hacerla arena justo antes de que la alcanzaran. Los tres hombres se apresuraron por la puerta principal y cayeron al suelo. Las llamas aparecieron de nuevo detrás de ellos.
Dumbledore se puso de pie, se sacudió, y examinó el espacio con su varita.
–Muy ingenioso, Sirius. El horrocrux está cerca… Aquí, debajo del suelo de madera.
El trío levantó las tablas con cuidado en esa zona. Ninguna trampa fue activada. Debajo del suelo había una caja. Estaba sellada, pero no con barreras potentes. Dumbledore rápidamente la abrió con cautela. Dentro de la caja había un anillo… un extraño anillo… una vieja cosa dorada con una piedra muy grande. La piedra era negra con una forma similar a la de una pirámide. Y aun así, mientras más la observaba, más le parecía… hermosa.
El instinto lupino, además de cierta sensatez de carácter, fue lo que sacó a Remus de su ensimismamiento primero… eso y la regla que James y Sirius habían metido a golpes en la cabeza del solitario mestizo entre los merodeadores: ¡No toques joyería que no conoces sin revisarla primero por maldiciones! La joyería eran los objetos más comunes que eran maldecidos por los sangre pura, y la extraña sensación que recibía del anillo definitivamente calificaba. Y Dumbledore estaba acercando su mano como si en trance.
–¿Albus? ¡Albus! ¡Albus, para! –gritó, tomando el brazo del hombre. Dumbledore lo sacudió, dándole un fuerte codazo en el proceso. Comenzó a acercar su brazo de nuevo, y Remus hizo lo único que se le ocurrió: se lanzó contra Albus Dumbledore para tirarlo al suelo.
Lo siguiente que Remus supo fue un doloroso golpe en el pecho, mientras era lanzado al otro lado del cuarto y se estrellaba contra la pared de la cabaña, sacudiendo las vigas. Sintió sus costillas romperse y un desorientador golpe en la parte de atrás de su cabeza. Dumbledore estaba en el suelo sostenido por un brazo y con el otro extendido, y terrible ira en sus ojos. Remus había recibido un encantamiento desvanecedor lo suficiente fuerte para darle una concusión, y temía que estaba a punto de enfrentarse a algo peor, pero la ira desapareció de la mirada del anciano, y en su lugar levantó la mirada horrorizado.
Mientras tanto, Sirius apenas y lo había notado. No se había movido, completamente cautivado por el anillo. Comenzó a estirar su brazo.
–¡Ca...ca..canuto! ¡Para! ¡El anillo está maldecido! –tosió Remus.
Sirius titubeó por un momento, pero no lo miró. Comenzó a estirar su brazo de nuevo.
–¡Canuto, la espada! ¡Es un pedazo de Voldemort! ¡Tienes que usar la espada!
La mano de Sirius comenzó a temblar. Abrió los ojos ampliamente con comprensión. Lentamente, hizo su mano atrás y la colocó sobre el mango de la espada de Gryffindor. Entonces, en un solo movimiento, la elevó sobre su cabeza y la dejó caer con fuerza sobre el anillo.
¡CRACK!
Un pulso de energía lo lanzó al otro lado de la cabaña, y se desplomó, gruñendo. Dumbledore y Remus se pusieron de pie lentamente, y Dumbledore agitó su mano y cerró la caja de nuevo. La revisaría con más atención una vez que estuviera seguro de que la maldición había sido removida.
–Bien hecho, Sirius –dijo temblorosamente–. Parece que tenías razón al decir que necesitaría ayuda.
–¡Genial! Ahora, ¡ayúdame! –gruñó Sirius desde el suelo. Estiró sus manos. Estaban retorcidas por el dolor, y las venas se habían puesto negras, como si hubieran sido envenenadas.
–¡Shiriush! –masculló Remus. Su cabeza se estaba nublando–. ¿Qué te pasha?
–La maldición en el anillo, sin duda. Fue liberada cuando el anillo fue destruido –dijo Dumbledore, frenéticamente agitando su varita sobre el hombre–. Pero tratable, creo, si nos movemos rápidamente. Parece que la espada absorbió la mayor parte. Si alguno de nosotros hubiera tocado el anillo directamente...
–De nada...
–Y tú, Remus, también necesitas ayuda urgente. Tendremos que arriesgar recibir atención en San Mungo. Debemos irnos.
El salir de ahí costó trabajo, pero fue más rápido que entrar. Dumbledore rápidamente creó la barrera de vidrio en la puerta de la cabaña y empujó a los tres a través de esta. Dejó las dos piedras rúnicas donde estaban, siempre podría acomodarlas en su lugar después. De ahí, fue sólo una breve caminata para salir de la barrera anti-aparición, y se fueron.
La familia Granger se detuvo enfrente de la bruja en la recepción en el Hospital San Mungo de Enfermedades y Heridas Mágicas, quien, sorprendentemente, ni siquiera pareció notar quien era Harry.
–Hola –dijo Emma–, estamos aquí para ver a Sirius Black y Remus Lupin.
–Veamos –dijo la recepcionista mientras revisaba sus documentos–. Aquí está, Remus Lupin… planta baja, heridas mundanas, ala tres… Y Sirius Black… cuarto nivel, daño provocado por hechizos, ala cuarenta y dos.
–Gracias –dijo Emma.
–¿Y sabe en qué ala trabaja la sanadora Tonks? –agregó Hermione–. Quizás querremos visitarla.
–Ala treinta y cinco, tercer nivel, envenenamientos.
–Gracias.
Remus, sin embargo, les aseguró que estaba bien. Sólo necesitaba unas cuantas horas para aliviar su concusión con las pociones correctas, y Sirius era a quien deberían de ver. Así que los Granger tomaron el elevador al cuarto nivel, y en el ala cuarenta y dos, encontraron a Sirius en una cama con Dumbledore de pie a su lado. Los brazos de Sirius estaban extendidos, y cada una de sus manos parecía estar en un tazón con poción. Pero algo que no esperaban era ver a una tercera persona ahí: Victoria McKinnon, quien estaba a su lado limpiando su frente.
–Hola, cachorros, Dan, Emma –dijo, sonriendo algo incómodo–. Es bueno verlos. ¿Cómo está Remus?
–Se encuentra bien, y dijo que tú eras de quien debíamos preocuparnos –le dijo Emma.
–Por supuesto que él dijo eso.
–Pues, eso dijo él –respondió ella–. ¿Señorita McKinnon, no es así? Ha pasado algo de tiempo.
–Desde año nuevo, creo. –Estrechó sus manos–. No quiero ser un estorbo. Escuché que Sirius estaba aquí...
–Estoy seguro que no les molesta –interrumpió él–. Envié una lechuza a Vicky para informarle que estaba aquí. Muy amable de su parte el aparecerse, ¿no lo creen?
Dejó que vieran una chispa de su personalidad normal al sacudir sus cejas. Vicky rodó los ojos y jugó con su cabello, sabiendo que no podría arreglarlo por sí solo.
–Sirius, ¿qué te pasó? –preguntó Harry–. ¿Qué estabas haciendo?
–Oh, cierto –dijo él negativamente–. Pues… los tres estábamos… haciendo un trabajo especial… uno de los proyectos secretos del director. El… objeto que estábamos buscando estaba maldito. Sólo recibí una parte, y aun así siento como si hubiera sido atacado por un hipogrifo.
–¿Vas a estar bien? –dijo Harry horrorizado.
–Debería. Los sanadores dicen que no hay daño permanente, pero tomará un mes o dos para limpiar la maldición por completo de mi sistema.
–¿Tan mal? ¿Qué estaban buscando? –dijo Dan.
–Ah, una de esas cosas para las que necesitan dominar la Oclumancia antes de aprenderlas, Sr. Granger –dijo Dumbledore–. Si continúa sus avances en el arte, les informaré en otoño.
–¿Y Remus? –preguntó Hermione–. No fue maldecido, ¿verdad?
–No, me temo que eso fue mi culpa, Hermione –respondió el director–. Hubo un… malentendido cuando encontramos el objeto. Sin embargo, me salvó me una maldición potencialmente letal, y por eso estoy, naturalmente, agradecido.
–En verdad espero que no hagan cosas tan peligrosas por un tiempo –dijo Emma.
–Estoy de acuerdo –dijo Vicky.
–Desafortunadamente, he confirmado la existencia de por lo menos un objeto más –dijo Dumbledore al grupo. Sirius comenzó a toser con violencia.
–¿No… pudiste… decirnos… eso… antes? –dijo entrecortado.
–No era relevante para la misión de hoy. Y aún estoy investigando los detalles.
–Genial… –gruñó, y continuó tosiendo tanto que Vicki tuvo que ayudarlo a beber agua–. ¡Aj! –escupió–. Lamento que me tengas que ver así –dijo a nadie en particular.
–Está bien, Sirius –respondió Vicki, pensando que fue dirigido a ella–. He visto peor y lo sabes. Y estoy segura de que fue por una buena causa.
–Oh, definitivamente. Definitivamente una buena causa. Es sólo que… no lo sé… es más difícil que antes. No creo haberme recuperado por completo después de Azkaban. –Dumbledore bajó la mirada.
–Azkaban es un lugar muy oscuro, Sirius –dijo–. Es comprensible que cambie a un hombre. Lo mejor que puedes hacer es continuar.
–Además, creo que te está yendo bastante bien –dijo Vicki, afeccionadamente quitando el cabello de sus ojos–. Estás de vuelta en el trabajo, haciendo la diferencia...
–Oh, aún trabajo bien como mago golpeador, lo sé, pero no soy el mismo hombre que era cuando tenía veintiún años y era invencible.
–Créeme, Sirius, nadie permanece veintiuno e invencible por mucho –dijo ella–. Pero aún eres un buen hombre, y aún sabes cómo divertirte, y eso vale mucho.
–Mmm… gracias, Vicki. –Sirius le mostró una sonrisa a medias. No tenía corazón para decirle lo que en verdad lo carcomía, o como lo estaba haciendo sentirse peor tratándolo de este modo. Era terrible pensarlo, pero incluso sin la maldición, comenzaba a sentirse viejo… o quizás no viejo, pero si de edad media.
Culpó a su familia por esto. Recordaba como Lily le había dicho que la endogamia afectaba algo llamado "genes", lo cual afectaba la salud toda la vida, y como la endogamia por muchas generaciones causaba que problemas de salud física y mental se multiplicaran. Tenía sentido. Los Black eran los más culpables del acto, excepto quizás por los Crabbe y los Goyle, y considerando como sus padres habían terminado: inestables, crónicamente enojados, sueltos con los maleficios, y depravados con algunas de las maldiciones que habían dejado en la casa, aunque se preguntaba si la exposición constante a la magia oscura lo había hecho peor.
Pero su mala salud era su preocupación más grande. Eso era lo que había perturbado a Sirius (y probablemente a Andromeda también, aunque nunca lo había preguntado) por muchos años… en especial cuando había sido nombrado el padrino de Harry. Los magos vivían muchos años. El vivir hasta los cien años era esperado si uno no moría violentamente.
Pero muchos Black en las últimas generaciones habían muerto en sus cincuenta o sesenta.
