Todos nacen, pero no todos nacen igual. Algunos crecerán para ser aurores, o jugadores de quidditch, o funcionarios del Ministerio. Algunos sólo serán buenos para escribir libros extremadamente populares, y otros para escribir historias sobre estos. Yo sólo traduzco.

Notas de la traductora: Hola a todos. Ya he regresado de mi viaje y he editado el capítulo anterior, el cual ahora debe de ser más comprensible. Muchas gracias por su paciencia.

¡Disfruten del nuevo capítulo y espero con ansias sus comentarios!


Capítulo 74

He estado leyendo las señales, Cornelius, y no creo que otro evento internacional de tal magnitud este año sea una decisión correcta.

Oh, vamos, Albus, te preocupas mucho. Te diré que. Dejaremos la decisión final hasta la reunión de julio. Si no hemos capturado a Greyback para entonces, lo reconsideraremos.

No estaba hablando de Greyback, Cornelius.


Cedric Diggory estaba preocupado. Durante los últimos dos años y medio, muy pocas personas se habían preocupado de que Harry Potter pudiera convertirse en un mago oscuro. Estuvo el tonto asunto del heredero de Slytherin el año pasado, pero eso fueron en su mayoría algunos Slytherin intentando molestarlo a él y a Hufflepuff ingenuos. Cedric había visto la verdad bastante rápido. Potter era muy amable y considerado para ser malvado. Incluso se había hecho amigo de la chica Lovegood cuando nadie más le prestaba atención excepto para atormentarla. E incluso si era malvado, Cedric era dos años mayor y el mejor en su clase, aún si no podía usar magia sin varita, así que estaba seguro de poder lidiar con él si intentaba algo.

Pero la mirada en el rostro de Harry Potter hoy lo asustó. Potter lucía como un gato al acecho, esperando por el momento para atacar. Ese momento seguramente sería el partido de quidditch de hoy, y Cedric tenía el presentimiento de que sería una masacre.

No fue el hecho de que Potter había entrado al gran comedor con una saeta de fuego nueva, para las quejas de los otros equipos y en especial de Draco Malfoy. Fue la manera en la que miró a Cedric en particular, y Cedric tenía una buena idea de porqué. Estaba por todo el periódico:

DIGGORY: NINGÚN HOMBRE LOBO EN HOGWARTS MIENTRAS YO ESTÉ EN EL CONSEJO.

Cedric había estado al margen de su padre con respecto a la Ley de Protección de los Hombres Lobo, pero nunca lo había expresado en voz alta. No estaba tan interesado en la política como en el quidditch, y en privado pensaba que su padre estaba siendo muy anticuado sobre todo el asunto, pero su apoyo público parecía ser suficiente para Potter. El Niño Que Vivió quería sangre.

Continuó meditando sobre el tema durante el desayuno y camino al campo. Potter y Granger habían salvado a la pobre niña en Halloween… un acto asombroso para dos niños de tercero, y era comprensible que quisieran protegerla. Y esa niña debería comenzar Hogwarts el próximo año, pero el anuncio de su padre fue casi dirigido directo a ella.

Potter creía que Cedric había elegido un lado, pero él honestamente no lo había considerado a profundidad. Sólo había repetido las palabras de su padre. Para él, la mirada de Potter decía algo más: más vale que elijas un lado, y pronto. Tendría que pensarlo en los próximos días.

Desafortunadamente para el partido de quidditch, la determinación predatoria parecía haber contaminado a sus compañeros. Hufflepuff fue derrotado por doscientos cincuenta puntos, una de las peores derrotas en años, y con su único juego pendiente siendo contra los Slytherin, donde Draco Malfoy también tenía una saeta de fuego, era claro que Hufflepuff terminaría al final. De nuevo.


–¿Lo ve, Sr. Lyles? –dijo el contacto–. ¿Ve lo lejos que los humanos están dispuestos a llegar? No a la educación para los hombres lobo. No a la educación y no al trabajo. Nos tratan como animales porque somos muy débiles para resistirlos pero lo suficiente fuertes para asustarlos.

Geri Lyles estaba sentado en silencio en su estudio mientras el otro hombre lobo, un beta carismático que sólo se identificó como Lycaon, exponía el manifiesto de su alfa, Fenrir Greyback. Lyles nunca había sentido animosidad personal hacia Greyback al nunca haber estado involucrado con él, pero sus tácticas brutales siempre le habían desagradado. Fue solo por las sanciones drásticas que estaban siendo debatidas en el Wizengamot que siquiera escuchaba a esa diatriba. Aún era una decisión entre males.

–Habla de una pobre pequeña negada de su sueño de atender Hogwarts, Sr. Lycaon, cuando convenientemente evitó mencionar que fue su alfa quien la mordió en primer lugar –respondió Geri con frialdad.

–Esto es sobre mucho más que una niña –gruñó Lycaon–. Esto es sobre la opresión sistemática de los hombres lobo en todos lados. Se rehúsan categóricamente a educarnos. Sin eso, las restricciones de empleo no importan. Sin educación, somos esclavos. Somos una manada. Debemos estar juntos. Si caemos en medidas desesperadas para exponer ese hecho a la luz del día, entonces es solo porque ellos nos han llevado a eso.

–Y si los han llevado a eso, ¿por qué es que ustedes los atacan tan agresivamente? –respondió Geri.

–Esto no es sobre asignar culpa. Lo que pasó, pasó. Lo único que podemos controlar es lo que hacemos de ahora en adelante, y mi alfa busca construir un futuro para nosotros… para usted también, Sr. Lyles, en lugar de dejar que los humanos pongan la leña y prendan las llamas hasta que seamos cazados hasta nuestra extinción. Si no puede ver eso, entonces no tenemos más que discutir. –Con eso, el visitante se puso de pie y caminó a la puerta. Fue un acto calculado, y resultó.

–¡Lycaon! –llamó Geri, aún sin mirarlo.

–¿Sí, Sr. Lyles?

–Voy a hacerle una pregunta, y quiero una respuesta honesta: si su alfa tuviera poción matalobos… ¿qué haría con ella?


Ginny Weasley suspiró mientras estaba sentada en el balcón de la torre del reloj, observando a los estudiantes mayores caminar a los carruajes sin caballos. Harry y Hermione le habían mostrado ese lugar, pero no estaban ahí ese día. Había sido difícil ver las últimas dos veces la procesión de estudiantes de tercero caminando sin ella, pero era peor esta vez: era el fin de semana de San Valentín.

–¿Todo bien, Ginny?

–¡Ah! –Dio un salto y se dio la vuelta para ver a un chico de cabello castaño con una cámara–. Ah, Merlín, no hagas eso, Colin.

–Lo siento, pensé que me habías escuchado –dijo Colin Creevey con una mueca–. ¿Quieres… quieres que me vaya?

–No, no, está bien. ¿Cómo me encontraste?

–Te seguí aquí. Me preguntaba que estabas haciendo. –Ginny se sonrojó.

–Yo, eh, sólo estaba viendo –respondió ella.

Colin no respondió a eso directamente, pero caminó al balcón y, después de observar por un minuto, tomó una fotografía.

–Es una buena vista –dijo.

–Supongo –dijo ella.

Colin dejó su cámara y se sentó enfrente de ella, mirando por el barandal. Ninguno habló por un minuto.

–Es tan injusto que no podemos ir a Hogsmeade hasta el próximo año –dijo Ginny.

–Sí, sería agradable poder verlo –dijo Colin–. Escuché que hay todo tipo de cosas mágicas que no hay en ningún otro lado porque es la única aldea completamente mágica en el país.

Ginny no parecía estarlo escuchando.

–El día de San Valentín, los estudiantes mayores pueden salir a citas y eso. Como Harry… –Se detuvo y su rostro se tornó rojo brillante cuando se dio cuenta de que lo había dicho en voz alta.

–¿Qué de Harry?

Ella alejó la mirada y murmuró su respuesta para que apenas pudiera escucharla.

–Harry tiene una cita con Cho Chang.

–Oh, que b… –se detuvo. Iba a decir "bien", pero de algún modo, tenía el presentimiento de que eso no era lo que Ginny quería escuchar considerando que sus sentimientos por Harry, a pesar de haberse calmado desde el año pasado, eran conocidos. Se preguntaba si esa niña de primero, Romilda Vane, lo sabía. Probablemente no, decidió, ya que haría más alboroto que Ginny.

Para su sorpresa, ella habló de nuevo.

–¿Tú solo tienes un hermano, verdad, Colin?

–Ajá.

–Tienes suerte. Amo a mis hermanos, pero estoy cansada de ser la bebé de la familia. Siempre me he quedado sola… El próximo año, será diferente. –Suspiró con pesadez y pasó su cabello detrás de su oreja antes de mirar de nuevo a los terrenos.

–Espera. Ginny, acomoda tu cabello de nuevo.

Ginny miró a Colin y vio que tenía su cámara levantada. Ginny resopló con una sonrisa.

–¿Tienes que hacer eso todo el tiempo?

–Te dije, eres buen sujeto.

Ginny suspiró y rodó los ojos e intentó actuar fastidiada, pero no lo logró bien. Tenía que admitir, era agradable de él decirlo.

–Oh, de acuerdo –dijo ella. Sonrió con dulzura y acomodó su cabello detrás de su oreja.

–Perfecto –dijo Colin. Clic


–Lo siento, Patricia, te dije que estoy ocupado esta mañana… un asunto personal –dijo Cedric Diggory–. Te veré en las Tres Escobas para el almuerzo, ¿de acuerdo?

–Claro, Ced. –Su cita dio una muestra exagerada de aceptarlo que no le pareció muy sincera. Al ser un prefecto, jugador de quidditch, y, si se era honesto, bastante apuesto, Cedric era considerado un buen partido en Hogwarts. Como resultado, había tenido bastantes primeras citas, pero ninguna había funcionado. Aún buscaba a la bruja correcta, y desafortunadamente, Patricia Stimpson no parecía tener un buen comienzo. Pero no iba a cancelar su tarea de esa mañana. Tenía que hacer esto por su consciencia.

Caminó por las calles de la zona residencial de Hogsmeade. Le había tomado bastante encontrar esta dirección. Los magos no tenían un directorio telefónico y usualmente no querían que su ubicación fuera muy conocida. Y tampoco quiso ir por algún canal oficial para esto. Su solución fue preguntar a sus compañeros de casa que sabía vivían en Hogsmeade. Considerando que eran un quinto de los estudiantes, no le fue difícil encontrar la dirección de alguien en la aldea preguntando a sus vecinos.

El lugar que buscaba era otra casa vieja con tejas, quizás un poco menos mantenida que las demás, pero nada fuera de lo normal. Admitió que estaba nervioso… no por quien estaba en la casa, sino por cómo sería recibido, y lo que su padre pensaría. Pero ningún Hufflepuff llegaba lejos tomando el camino fácil. Caminó a la casa y tocó la puerta.

Un hombre con mirada sospechosa abrió la puerta, aunque sólo lo suficiente para mostrar su cabeza.

–¿Puedo ayudarte? –dijo.

–¿Es el Sr. Robins? –preguntó Cedric.

Hubo una pausa.

–¿Quién quiere saberlo?

–Mi nombre es Cedric Diggory...

El hombre comenzó a cerrar la puerta.

–¡Espere! No estoy aquí por mi padre.

El Sr. Robins comenzó a abrir la puerta de nuevo y observó al joven alto.

–No sabe que estoy aquí… Esperaba poder hablar con usted… y su familia.

La sospecha no desapareció de la mirada del hombre.

–¿Por qué?

Era el momento de la verdad. ¿Qué tanto quería decir Cedric? ¿Que podía decir que lograría que una familia como la de los Robins confiara en él? Por como las cosas debían de ser para ellos en ese momento, decidió que tendría que ser bastante honesto.

–Mi padre se ha puesto en contra de personas buenas últimamente, incluyendo a Harry Potter. Las facciones normales no se están alineando para esta ley. Es muy confuso… Y quiero la historia verdadera.

–¿Y pensaste que la escucharías de nosotros?

–Comprendo que no quiere hablar conmigo, Sr. Robins, pero ustedes fueron en las primeras personas en las que pensé. No me sentí cómodo hablando con Harry sobre su amigo, Lupin, o preguntando en el Ministerio. Prometo no repetir nada de lo que me diga sin su permiso, incluyendo a mi padre. No creo que apreciaría mucho si supiera que estoy aquí, de todos modos.

Mr. Robins continuó observándolo, pero lo que sea que dijo en su discurso, pareció considerar que Cedric era lo suficiente confiable.

–De acuerdo, te tomaré la palabra, Diggory. Te daré la oportunidad y espero que estés dispuesto y seas capaz de ayudarnos –dijo, dejando en claro que no lo hacía por el beneficio de Cedric–. Necesitamos toda la ayuda que podamos obtener. Pasa.

Cedric entró a la casa y se sentó en un sillón cerca de la puerta. Una mujer entró al salón al instante.

–¿Silvius, ¿quién es él? –preguntó ella.

El Sr. Robins llevó a su esposa a un lado y tuvo una conversación apresurada en susurros con ella. Cedric no pudo comprenderlo todo, pero para sorpresa de nadie, parecieron debatir si debían de hablar con él. Después de unos minutos, la Sra. Robins habló en voz alta.

–Bien, si estás seguro, iré a preguntarle a Demelza si quiere bajar.

Subió las escaleras y el Sr. Robins se sentó enfrente de Cedric, observándolo con tal seriedad que puso incómodo a Cedric.

–Espero que te des cuenta del tipo de riesgo en el que estamos por hablar contigo –dijo.

–Lo entiendo, Sr. Robins. A mí tampoco me gustaría que mi papá lo descubriera.

–De acuerdo, bueno, supongo que puedes adivinar que ha sido difícil para nosotros. Y especialmente difícil para Demelza. No sé lo que hubiéramos hecho si no fuera por Lord Black y el Sr. Lupin.

–¿Ha hablado con ellos? –dijo Cedric. No estaba seguro de porque le sorprendía eso.

–Sí, Lord Potter nos los presentó de inmediato.

Cedric aún estaba considerando esa revelación cuando la Sra. Robins regresó a la sala con una joven en mano. De inmediato se puso tenso a pesar de sí mismo. Nunca había conocido de manera consciente a un hombre lobo, y nunca le había interesado hasta hace una semana. Como a muchas personas en el mundo mágico, su primera reacción al conocer a uno sería ser amable, pero rápidamente removerse de la situación, aún si sabía en su cabeza (como la mayoría en el mundo mágico) de que era completamente innecesario. Pero ahora, todo parecía diferente.

No sabía cómo había lucido Demelza antes, pero aún si habían pasado dos semanas desde la luna llena, pudo ver las señales de su condición al instante. La niña era delgada y pálida y tenía ojeras oscuras bajo sus ojos. Su cabello castaño rojizo caía lacio con solo un medio intento de peinarlo. Pero más que eso, su postura entera era cabizbaja. Se movió lentamente mientras arrastraba una pierna y mantenía su mirada en el suelo.

A las personas en el negocio les gustaba hablar de dos tipos de hombres lobo. Alfa, de los cuales Fenrir Greyback era un caso extremo, eran agresivos, mientras que los beta, como Demelza, o eso parecía, eran sumisos. Pero incluso las personas en el negocio tenían poca experiencia directa con los hombres lobo, y Cedric no pudo evitar preguntarse si estaban completamente equivocados. Demelza no lucía sumisa. Lucía derrotada… como alguien agotado con poca esperanza. Y cuando la miró bien, lo que Cedric sintió no fue miedo o aversión. Para su sorpresa, aunque no estaba seguro de porque le sorprendía, sintió lástima.

Casi se puso de pie, pero mejor se inclinó en su silla para no alarmarla.

–Hola, Demelza –dijo–. Mi nombre es Cedric.

Ella levantó el rostro y cruzó su mirada, las cicatrices paralelas en sus ojos bastante claras.

–Encantada de conocerte, Cedric –dijo sin entusiasmo, y ella y su madre se sentaron en el sofá.

–De acuerdo, ¿qué quieres saber? –dijo el Sr. Robins con poca paciencia.

La pregunta hizo que Cedric se detuviera de nuevo. ¿Qué quería saber? ¿Por qué estaba ahí en primer lugar?

–Pues… supongo que sólo he escuchado su historia del Diario el Profeta. Quiero decir, no tienen que hablar de eso si no quieren...

–Preferiríamos no… –dijo el Sr. Robins con frialdad.

–Mmm… –interrumpió Demelza. Sus padres se detuvieron y la miraron–. Yo puedo contarle –dijo en voz baja. Todos se sorprendieron de eso.

–¿Estás segura, Demelza? –susurró su madre.

–Ajá.

Fue ciertamente inesperado para Cedric, pero lo que no sabía era que desde la perspectiva de Demelza, él era la primera persona además de sus padres a la que le importaba, y eso era suficiente para que ella intentara hablar sobre eso. Lo único que Cedric sabía era que ya sonaba como una Gryffindor, si es que alguna vez llegaba tan lejos.

Escuchó mientras Demelza describía brevemente como Fenrir Greyback había destrozado la ventana para entrar, había tomado su pierna con su hocico, y la había jalado por media aldea hasta el lugar cerca de la casa de los gritos. No fue claro por qué el hombre lobo la había dejado ahí y huido. Lo más probable era que los aurores lo habían estado persiguiendo, pero no estuvieron lo suficiente cerca para escucharla llorar. Había sido dejada por muerta por horas en la casa abandonada y sólo había sobrevivido al atar sus pijamas con fuerza alrededor de su pierna herida hasta que Harry Potter y Hermione Granger la encontraron, la ayudaron con la aplicación poco convencional de magia sin varita y sanación muggle, y se aseguraron de que recibiera ayuda. Cedric no había estado seguro de si creer la parte de Potter hasta ahora, pero aparentemente, era en su mayoría cierta.

–Gracias, Demelza –dijo Cedric–. Fuiste muy valiente. ¿Puedo preguntarte cómo han sido las cosas desde entonces?

El rostro del Sr. Robins se ensombreció. Tomó un gran respiro antes de hablar.

–Lo que era de esperarse. Todos los amigos de Demelza la abandonaron el día después de que fue publicado ese maldito artículo. Todos… bueno no todos personalmente, pero entre ellos y sus padres, nadie le habla. La Liga Juvenil de Quidditch la expulsó. Muchos de nuestros amigos también dejaron de asociarse con nosotros, y muchas personas quieren que nos vayamos de la aldea. Si tuviera una tienda, estaría en ruina ahora.

–A veces –continuó la Sra. Robins–, parece que las únicas personas que intentan ayudarnos son Lord Potter y sus amigos, Lord Black y el Sr. Lupin.

–¿Harry aún los está ayudando entonces?

–¿Conoces a Harry Potter? –dijo Demelza con entusiasmo.

–Estoy dos años arriba de él. No he tenido muchas oportunidades de hablar con él. Se que es un demonio en una escoba, especialmente si tiene algo en contra de ti… –Miró a lo lejos por un momento–. Sin mencionar matar a un basilisco y todo eso. No creo que sea un enemigo que se quiera tener.

–¿Se lo has dicho a tu padre? –preguntó el Sr. Robins.

Cedric apretó los dientes avergonzado.

–No con tales palabras –dijo–. Mi padre puede ser muy terco. –Si era honesto, había pensado últimamente que su padre actuaba la parte del Hufflepuff leal más que la parte del Hufflepuff justo. Quizás venía con el trabajo en el Ministerio, o quizás estaba en su naturaleza, pero si lo pensaba, en las veces en las que no habían estado de acuerdo, esa siempre había sido la razón. (¿Por qué las alfombras voladoras no son permitidas, papá? Tienen más herencia mágica que las escobas, y las escobas también son artefactos muggles.) El problema era que Amos era el tipo de mago que, una vez tenía una idea en la cabeza, le era muy difícil sacársela de nuevo.

–Y, erm, ¿qué ha hecho Lord Black? –dijo él, intentando cambiar el tema.

–Ha estado comprando la poción matalobos para Demelza. Y él y el Sr. Lupin la han estado ayudando… bueno, han venido para las lunas llenas.

Cedric tosió un poco.

–¿Aquí? –dijo incrédulo–. ¿Cómo… cómo funciona eso?

–La hemos tenido aquí en el sótano –respondió la Sra. Robins–. Estoy segura de que a los vecinos no les agradaría si lo supieran, pero hemos preparado el sótano para eso, y con la poción matalobos, no hemos tenido ningún problema.

Ningún problema, pensó Cedric. Aquí en el sótano. En maneras muy importantes, el mundo no era el mismo en el que su padre había crecido. ¿En verdad sería tan peligroso tener a Demelza en Hogwarts si las personas responsables se aseguraban de que tomara su poción y estuviera separada durante la luna llena? Harry Potter obviamente no lo creía. Claro, él había sido criado por muggles, pero aún parecía muy listo.

–Demelza, ¿dijiste que jugabas quidditch? –dijo Cedric, cambiando de tema.

Con esto, el rostro de la pequeña se iluminó, y se lanzó en un recuento entusiasmado sobre sus partidos en la Liga Juvenil de Quidditch. Había sido una cazadora, y buena. Su entrenador había dicho que definitivamente terminaría jugando en Hogwarts. Claro, eso era cuando pensaban que iría. Sería una lástima, pensó, que perdiera ese tipo de talento. Fue con esa idea que quizás realizó la pregunta más difícil.

–¿Saben lo que harán el próximo año?

El Sr. y la Sra. Robins sacudieron sus cabezas.

–No –dijo el Sr. Robins–. Obviamente, con tu padre en el Consejo de la escuela, Hogwarts será difícil. No sabemos que otras opciones tenemos. También será difícil encontrar tutores… bueno, además del Sr. Lupin, pero no está calificado para todo. Lord Black dice que continuará pagando por la poción matalobos, lo cual es increíblemente generoso de su parte… más de lo que podríamos pagar, pero sabemos que eso no será suficiente para muchos.

De repente, Demelza habló.

–Yo no estoy preocupada. –Sus padres suspiraron.

–¿Oh? ¿Por qué no? –preguntó Cedric.

Ella elevó la cabeza con lo que probablemente era la primera expresión fuerte y de determinación que había visto en su rostro en toda la mañana.

–Porque Harry Potter prometió que encontraría una escuela que me aceptaría.

Eso en verdad sacudió a Cedric. Sabía que el prejuicio en contra de los hombres lobo no era mucho mejor en otros lados que en Gran Bretaña. Harry estaba prometiéndole la luna en lo que a él respectaba. Y aun así, si alguien podía hacerlo, probablemente era él. Demelza ciertamente lo creía, y le daba mucha esperanza. Debía significar bastante para cualquier niño o niña de once años que Harry Potter tomara un interés personal en su bienestar, mucho menos en una paria como ella se había convertido. Vio entonces porque Harry estaba tan enojado con su padre. Siendo el Gryffindor que era, mantendría su promesa llueva o truene, y en ese momento, Amos Diggory era su obstáculo más grande. Cedric de repente sintió que estaba poniendo en vergüenza a Hufflepuff.

Era completamente diferente el verlo a través de ese lente, pensó. La mayoría de la escuela menospreciaba a Hufflepuff, y era cierto que Hufflepuff producía menos Premios Anuales que Gryffindor, menos líderes de clase que Ravenclaw, y menos Ministros de Magia que Slytherin (aunque Cedric podría lograr los tres si lo intentaba). Pero Hufflepuff tenía sus propios valores de los cuales enorgullecerse: trabajo duro (mientras que las otras casas estaban más basadas en talento), justicia, lealtad, paciencia, confianza, y una más que casi no era mencionada: inclusividad. Helga Hufflepuff, sola entre los Fundadores, había enseñado a todos los que fueron a ella… los rechazados de otras casas, y había construido una casa que se había elevado al nivel por mil años. El rechazar a Hufflepuff era lo menos Hufflepuff posible, no si había otra opción. Al enfrentarse al miedo visceral de los hombres lobos, Amos había olvidado eso. Cedric lo había olvidado. Y necesitó de un Gryffindor (y ellos no estaban libres de prejuicios) el recordarle eso.

Al no ser un Gryffindor imprudente, no estaba listo para decir algo, pero no estaba seguro de recibir ambos lados de la historia de su padre. Por lo menos, pensaba que necesitaba examinar con más atención a la poción matalobos y descubrir los riesgos reales de tener a un hombre lobo en Hogwarts. Si los Robins estaban diciendo la verdad (y Potter seguía en su cabeza), entonces el caso de su padre lucía más débil.

Se levantó para irse con ese punto.

–Gracias por ser tan abiertos conmigo, todos –dijo–. Me han dado mucho sobre lo que pensar.

–Y ya que hemos sido tan abiertos contigo, ¿podemos preguntarte qué piensas de las ideas de tu padre? –dijo el Sr. Robins.

–Creo… –dijo Cedric con cautela–, que mi padre está algo atrapado en el pasado.


Cho Chang estaba esperando a Harry al otro lado de las enormes puertas de roble del castillo. Y cuando la vio ahí, Harry Potter, quien se había enfrentado y sobrevivido al basilisco más grande en la historia, estaba nervioso. En la historia de su vida, el basilisco era un juego de niños comparado con su primera cita.

Había intentado tener cuidado con su apariencia. Estaba usando su ropa de fin de semana más agradable y se aseguró de que sus lentes estuvieran limpios. Incluso su cabello no estuvo inmune. Harry pensaba que se había rendido de intentar que su cabello se comportara. La única opción real en el asunto era si dejar que su flequillo cubriera su cicatriz o no, y era más seguro para el quidditch si lo peinaba hacia atrás. Pero ahora, intentó aplacarlo. De acuerdo a Sirius, su padre biológico pensaba que a las chicas les gustaba su cabello alborotado. Pero claro, de acuerdo a Sirius, su padre biológico también había pensado que la manera de conquistar a una chica era lanzar maleficios a su mejor amigo hasta su sexto año, así que quizás James Potter no debería ser su primera opción para consejos románticos.

Vio a Cho parada con un suéter de rayas sencillo y una falda, su cabello largo agarrado en una coleta, y luciendo bonita sin esfuerzo. De repente se sintió bastante consciente del aspecto torpe de su andar, y del hecho de que apenas y había hablado con ella antes, casi no sabía nada de ella, y no tenía idea de que hablar además de quidditch.

Sin embargo, cuando Cho le sonrió, la mayoría de sus preocupaciones se desvanecieron de su mente.

–Hola –dijo ella sin aliento.

–Hola… erm, tú, eh, te ves bien hoy –respondió él. Vamos, Harry, has recibido lecciones en etiqueta, pensó. Puedes actuar mejor que eso.

–Gracias –dijo ella–. Tú también.

–Gracias –respondió Harry, intentando no pasar su mano por su cabello de manera inconsciente–. Pues, ¿puedo acompañarla, señorita? –Ofreció su brazo.

Cho soltó una risita cuando tomó su brazo, y juntos se unieron a la fila de personas esperando para irse. La imagen de inmediato causó una ola de murmullos y risitas por todo el vestíbulo, junto con algunos gruñidos decepcionados de varias chicas que tenían su mirada en el Niño Que Vivió. Era un día agradable cuando salieron del castillo… soleado y con una leve brisa. La queja más grande era que el suelo estaba húmedo por la nieve derritiéndose. Caminaron alrededor del castillo hacia el carruaje de brazo en brazo, sin hablar hasta pasar el campo de quidditch.

–En verdad destrozaste a Cedric el fin de semana pasado –dijo ella–. No muchos pueden volar de ese modo.

–¿De qué modo?

–Tienes un… tú sabes, estilo agresivo.

–Predatorio –murmuró él.

–¿Qué?

–Nada. Es… supongo que es como vuelo naturalmente –dijo él, sin querer hablar del asunto político con los Diggory.

–No es malo –dijo Cho–. Quiero decir, tienes un récord de ocho victorias y cero derrotas. Debes de estar haciendo algo bien. Aunque en verdad voy a tener que mejorar para ganar contra tu saeta de fuego.

Harry le sonrió.

–Puedes intentarlo.

Continuaron con el tema de quidditch mientras montaban el carruaje camino a Hogsmeade. Cho reveló que iría a la Copa Mundial durante el verano. Harry no había estado siguiendo el torneo de cerca, pero con una oportunidad única de verlo en Inglaterra, definitivamente estaba interesado en ir. Las cosas parecían estar yendo bien, excepto que cuando llegaron a la aldea, Harry se dio cuenta de que no había planeado la cita. Se puso a pensar rápidamente, intentando encontrar una solución rápida para su faux pas. En el mundo muggle, sabía que la primera cita "tradicional" era cena y una película, pero era la mañana, y no había ningún cine.

Comenzaron a caminar por la calle principal a pie, y Harry pronto sintió a Cho observándolo con impaciencia.

–Pues… Hermione y yo exploramos las tiendas cuando vinimos antes –dijo–. Eh, tú probablemente conoces la aldea mejor que yo.

Cho frunció el ceño, luciendo algo decepcionada, pero lo pensó por un minuto y lo tomó como una oferta para que diera una sugerencia.

–Pues, ¿quieres ir por un café? –preguntó.

–Lo estaba guardando para mis TIMOs –dijo Harry. No era una buena broma, y Cho no se rio–. Pero podría tomar un té –dijo rápidamente–. ¿Sabes dónde...?

–Oh, Madame Pudipié está a la vuelta de la esquina. He tenido ganas de ir ahí. He escuchado que es muy agradable.

Antes de que Harry pudiera preguntar a Cho porque no había ido sola, fue llevado por ella a una apretada y pequeña tienda que no había notado en sus visitas anteriores. La pregunta en la punta de su lengua fue respondida en cuanto vio el interior. Probablemente era el lugar más banal que había visto, y todos los clientes eran parejas tomadas de las manos.

–¡Vaya, es adorable! –dijo Cho con entusiasmo–. Incluso lo decoraron para el día de San Valentín.

Mucho… rosa, pensó Harry.

–Erm, sí, genial.

Harry se sorprendió de que Madame Pudipié pudiera caber entre las mesas pequeñas sin golpear a nadie. El lugar era tan pequeño… probablemente a propósito… que todos tenían que sentarse prácticamente encima de otros.

–¿Qué puedo ofrecerles, cariño? –preguntó–. Nuestro especial del día es una mezcla herbal con algo de miel… hinojo, toronjil, y menta de gato.

–¡NO! –exclamó Harry. Todos lo miraron–. Erm… lo siento –dijo sonrojándose–. No gracias. Un té irlandés, si lo tiene.

–Café negro –dijo Cho.

–Enseguida, cariño.

–¿Hay algún problema? –preguntó Cho mientras se alejaba.

–No, está bien. Es sólo que… –Harry se inclinó y susurró para que las parejas sentadas literalmente a dos pies no pudieran escucharlo–. Soy alérgico a la menta de gato –mintió.

–¿En serio?

–Sí. Apreciaría que los Slytherin no se enteraran.

–Claro. Tu secreto está a salvo conmigo.

–Gracias, Cho.

No era completamente cierto, pero casi, pensó. Había probado la menta de gato una vez cuando tenía siete años, y todos los involucrados estuvieron de acuerdo que no debería acercarse nunca más. Especialmente Hermione.

–Así que… eh, después de esto, podemos ver las tiendas, ¿y estaba pensando en almorzar en las Tres Escobas? –Cho sonrió de nuevo.

–Sí, eso suena agradable, Harry.

–Genial. Y tengo que ver a Neville ahí de todos modos.

–Oh… ¿tienes que hacerlo? –Su sonrisa se fue de nuevo, obviamente molesta por no tenerlo para ella sola todo el día.

–Sí, cosas de familia… bastante confidencial… pero sólo tomará unos minutos –agregó él, sintiendo su molestia.

–Oh… de acuerdo.

Harry bebió su té lentamente cuando llegó. Se sentaron en silencio por un tiempo al haber agotado los temas obvios de conversación. Harry se sentía cada vez más incómodo mirando alrededor de la tienda. Muchas de las parejas se estaban besando, y parecía que todas estaban agarradas de las manos. Harry sospechaba que Cho esperaba que por lo menos hiciera eso, pero aunque sonaba como una buena idea para su mente de trece años, encontró que le era más difícil hacerlo.

Valor Gryffindor, Harry. Con algo de esfuerzo, se estiró al otro lado de la mesa y tomó sus dedos. Se alegró cuando ella tomó su mano de regreso. Y entonces, porque se sintió extraño hacerlo de la nada, habló.

–¿Vives en Hogsmeade, Cho?

–No, mi familia está en Inverness –respondió–. En su mayoría hay muggles, pero venimos bastante seguido a Hogsmeade. ¿Y tú?

–¿Yo...? Oh, eh, en el sur. Aunque lo mantenemos bastante secreto. Casi nadie además de mi familia lo sabe.

–No suena bastante justo. ¿Y si alguien quiere visitarte?

–Los visitamos nosotros… o los invitamos a la casa de mi padrino.

Cho no pareció muy feliz con esa respuesta, pero lo dejó ir. Intercambiaron algunas otras preguntas sobre sus vidas, y Harry estuvo feliz de hablar de Sirius y Remus, o de los Tonks, pero continuó siendo vago sobre su vida con Hermione en el mundo muggle, sin dar muchos detalles. Cho también tenía bastantes preguntas sobre su vida como el Niño Que Vivió y sus aventuras los últimos dos años, y se decepcionó cuando no pudo decirle más de lo que ya era conocimiento público.

–¿En verdad no revelas mucho, verdad? –dijo ella después de un tiempo.

–Lo siento –respondió él algo avergonzado–. Es el precio de ser famoso. Ni siquiera Ron y Neville saben dónde vivimos o muchas otras cosas sobre nosotros.

Cho pareció aceptar eso, y Harry pagó por su café y té, y se fueron para caminar por las tiendas por un tiempo. Le compró unas cuantas cosas en las que estaba interesada en Dervish y Banges solo porque pareció lo correcto. Claro, podía permitirse el consentirla si quería, pero sus padres no apreciarían que gastara mucho dinero.

A mediodía, caminaron a las Tres Escobas, donde Harry se separó para buscar a su amigo.

–Está bien, en serio. Sólo debería tomarme unos minutos –aseguró a Cho y se fue a buscar a Neville.

Para su sorpresa, encontró a Hermione primero con una amplia sonrisa en su rostro y cargando un elaborado ramo de flores rosas, moradas, y blancas.

–¿Hermione? ¿Qué es todo esto? –preguntó con sorpresa.

–¿No son maravillosas, Harry? Neville me las dio.

–¿N.…Neville? –Se preguntó sobre el regalo. No eran rosas rojas tradicionales, aunque si vio unas rosas rosas–. Pues, eso es… genial. Erm, ¿qué…?

–Es el lenguaje de las flores, ¿lo recuerdas, Harry? Comenzó a estudiarlo después de ese asunto con Snape en primer año. Es en agradecimiento por toda la ayuda que le hemos dado durante los años.

–Erm, ¿lo es?

–Sí, mira: agrimonia es gracias, rosas rosas son amistad, campanilla de invierno es esperanza en la adversidad, prímula lila es confianza, flor de cedro es fuerza, cerezos son buena educación. ¿Ves? Todas las cosas en las que lo hemos ayudado.

–Vaya, eso es muy considerado de su parte –dijo Harry.

–Es lo que dije. Se está volviendo todo un caballero. De la única de la que no estaba segura era el cerezo. Normalmente significa belleza, pero creo que es porque su varita nueva es de madera de cerezo.

–Supongo que tiene sentido. Y son siete tipos de flores diferentes… apropiado. ¿Sabes a dónde fue? No quiero dejar esperando a Cho por mucho tiempo.

–Está en la parte de atrás con el Sr. Barnett. ¿Cómo va la cita?

–Eh, no tan mal considerando que no tengo idea de lo que estoy haciendo.

–No eres tan malo, Harry. Por lo menos has recibido lecciones de etiqueta.

–Sí, supongo. Te veo luego, hermanita.

Mientras Harry se apresuraba a la parte de atrás, Hermione examinó su ramo de nuevo. Era un arreglo muy lindo… algo disparejo, pero sospechaba que Neville lo había hecho solo. Y estaba muy feliz de que Harry había aceptado su historia y no había notado (aunque probablemente no lo hubiera reconocido) que amarrado al cerezo había un pequeño manojo de lilas moradas.

Harry dio un golpe a la puerta con la señal acordada, y el Sr. Barnett le indicó que entrara a la sala. (Uno nunca podía ser suficiente cuidadoso con esas reuniones secretas.) Neville también lucía de buen humor ese día, lo cual quería decir que estaba aguantando contra el instructor de Oclumancia además de estar teniendo un buen día.

–Hola Neville, ¿cómo estás? –preguntó Harry.

–Muy bien, Harry –dijo él con una sonrisa–. El Sr. Barnett dice que quizás esté calificado como Oclumago para el final del año escolar.

–¿En verdad? ¿Tan rápido? –Fue más rápido de lo que él y Hermione lo habían logrado.

–Con las visitas a Hogsmeade, el Sr. Longbottom ha logrado mantener un horario de práctica más regular, Lord Potter –explicó el Sr. Barnett–. Y es algo mayor que usted y su hermana cuando lo aprendieron… además de que su personalidad más tranquila y contemplativa ayuda.

–Vaya, eso es genial, Neville. Esperaba que estuvieras progresando. Y… ¿alguna noticia de tus padres?

Neville frunció el ceño. Su abuela le escribía cada semana, pero le había prometido mantenerlo especialmente informado los fines de semana de Hogsmeade ya que podría obtener un permiso especial para llevarlo a San Mungo si lo sentía necesario.

–No mucho –dijo. –Mi abuela dice que mi papá ya no golpea tanto a los sanadores, y que es más difícil evitar que mi mamá vaya a donde no debe.

Ambos chicos se rieron.

–Bueno, es un comienzo –dijo Harry–. No te preocupes; tienen unos cuantos meses más para ver los efectos completos de las drogas.

–Oh, estoy agradecido –dijo rápidamente–. Quizás no suene como mucho para ti, pero después de tanto tiempo, cualquier mejora es un milagro. Mi abuela dice que los sanadores se están volviendo locos. –Harry sonrió.

–Estamos felices de ayudar, entonces. Oh, por cierto. Vi las flores que le diste a Hermione. Muy lindas. –Neville se puso completamente rojo.

–Erm, gracias. Yo… te hubiera hecho un ramo, pero hubiera sido extraño. –Harry se rio en voz alta.

–Diría que lo hicieras para sorprender a las personas, pero ya tengo que lidiar con los suficientes admiradores en San Valentín. Sabes, Luna Lovegood me dio un ramito de flores de rábano por alguna razón, Ginny me dio una tarjeta hecha a mano… sin poema, gracias a Merlín, y me llegó una caja que me da miedo abrir porque Ron dice que es de Fred y George.

–Que suertudo –dijo Neville–. Hablando de eso, ¿cómo va la cita con Cho? –Sacudió sus cejas un poco.

–No la he arruinado, así que diría que bien –dijo él–. Pero será mejor que regrese a ella. Nos vemos luego, Nev.

Harry regresó a Cho antes de que comenzara a lucir impaciente, y pronto ordenaron el almuerzo. La conversación fue más ligera después de eso, aunque fueron interrumpidos con frecuencia por algunos compañeros que se acercaron a saludar. Aunque a Cho no pareció molestarle mucho. De hecho, lucía bastante feliz de ser vista con Harry, lo cual hubiera sido algo incómodo para Harry, excepto que a él le agradaba que lo vieran con una de las chicas más bonitas en la escuela.

Al final, la tarde pasó bastante bien… quizás sin algo resaltable, pero Harry no cometió un error real, así que estaba tranquilo. La luz se estaba ocultando mientras la pareja caminaba a las puertas del castillo, pero antes de llegar, Cho llevó a Harry fuera del sendero.

–Me la pasé muy bien hoy, Harry –dijo ella.

–Sí, yo también –respondió él.

–Gracias por invitarme.

–Fue un placer, mademoiselle. –Hizo una leve reverencia.

Cho se rio, y los dos adolescentes se miraron por un minuto. Cho parecía estar esperando algo, pero pronto, se cansó de esperar (su cita era más joven que ella, después de todo), se inclinó, y dio a Harry un corto beso en los labios.


–¡Ese es mi ahijado! Sabía que lo tenías en ti. ¿Y cómo estuvo, cachorro?

Sirius había demandado que Harry lo llamara por el espejo en cuanto terminara su cita para decirle cómo había estado, lo cual se sentía más vergonzoso de lo que sonaba. Sirius era más el tipo de persona con quien se intercambiaban historias de chicas que el resto de su familia, pero Harry aún no tenía experiencia para eso. Su único consuelo era que Hermione no estaba ahí para bromear o hacer de hermana sobreprotectora.

–No lo sé –dijo Harry–. Pasó muy rápido. Supongo que fue agradable, pero no escuché a ángeles cantar ni nada así. ¿Cómo se supone que debe de ser?

Bueno, si lo estás haciendo bien… ¡mmf!

Una mano se había acercado desde afuera del espejo y había cubierto la boca de Sirius, y el rostro de Remus apareció en el espejo.

–Harry, a tu edad, "supongo que fue agradable" está bien. Algunas veces sientes una chispa de inmediato, pero es más común que tome tiempo. Y quizás sea con esta chica, o quizás sea con otra. Sólo hay que esperar.

–La verdadera pregunta es, ¿vas a invitarla a salir de nuevo? –dijo Sirius, empujando a Remus lejos del marco.

Harry lo pensó. La había pasado bien… en verdad había disfrutado estar en la presencia de una chica linda todo el día… pero no sintió que fuera algo especial. Aunque podía ver lo que Remus quería decir. Quizás tomaría tiempo, y no parecía justo para Cho (o para él) no darle una oportunidad más o dos.

–Sí, creo que lo haré.

–¡Bien! –dijo Sirius–. Te haremos todo un Don Juan.

–Harry, estás hablando con un par de solteros –habló Remus ignorando a Sirius–. Si quieres consejos reales, sugiero que preguntes a tu papá.

–Eh, gracias, Lunático. Lo tendré en mente.