Albus Dumbledore y la CIM le pertenecen a JK Rowling, aunque todos los detalles en esta historia le pertenecen al único e inigualable White Squirrel.
Notas del autor: No se preocupen, regresaremos a Harry el próximo capítulo, pero tenía que terminar la batalla épica en Ruanda… y, debo agregar, es una muestra de cómo serán las cosas en casa.
Lectores cuidadosos notarán que estoy distanciándome un poco de la historia real en este punto. Aún estoy decidiendo si esto continuará o no.
Notas de la traductora: Me disculpo por el retraso. Estoy en medio de un viaje de trabajo y no había tenido la oportunidad de editar el capítulo para su publicación. Coinicidentalmente, estoy en Ruanda, así que el retraso quizás solo es destino.
¡Espero que disfruten el capítulo! Y muchas gracias a aquellas personas que se tomaron la molestia de dejar un comentario. Es lo que me motiva a continuar la traducción. Aunque creo que debo de aclarar que como traducción, a veces tengo que decidir entre conservar la integridad de la historia como fue escrita por White Squirrel, o corregir algunos errores... Así que pido su paciencia.
Capítulo 83
Tomó dos semanas para que el ejército de Dumbledore en el sur se desplazara a través de Zaire para reunirse en la zona norte de Gisenyi sin ser detectados, pero pareció haber funcionado. El ejército de Kinani Ngeze se despertó la mañana del diecisiete de julio para descubrirse atrapados entre dos campañas de la CIM en la costa del lago Kivu, con barreras anti-aparición e incluso una más complicada barrera anti-trasladores rodeando por completo la zona mágica de la ciudad. Fue un envolvimiento perfecto.
–Muy sencillo –dijo Grayson.
–Te aseguro que no lo fue –respondió Dumbledore con dureza.
–Quizás tu campaña no, ¿pero esto? Sí. Ngeze destruyó tres Ministerios de Magia con golpes mortales que no dejaron a ningún testigo con vida, ¿y aun así logramos traer a todo nuestro ejército a su puerta sin ver su rostro? No, nos perdimos algo.
–Entonces la conclusión más probable es que ya no está aquí y nuestra información es imprecisa en ese sentido –dijo Dumbledore–. De cualquier modo, nuestra posición estratégica para retomar la ciudad no podría ser mejor. Y debemos hacerlo. Los muggles estarán aquí mañana.
–Lo sé. Lo sé. Solo odio la idea de que ese naciente dictador escape. Retomamos Ruanda y destruimos su base de poder, y entonces acabamos con el mandato de la CIM y él sigue libre con solo el Ministerio Zaireño cazándolo. Eso no va a resolver nada.
–Desafortunadamente, eso es bastante común en la guerra, y ambos tenemos obligaciones en otros lugares. Regresaremos a África oriental a su estado antes de la guerra lo más que sea posible. Es todo lo que podemos hacer en este momento.
–De acuerdo, pero quiero guardias rodeando nuestro perímetro –ordenó Grayson–. No confío en que Ngeze no tenga un ejército en reserva cerca.
Los guardias fueron colocados sin argumento, y el régimen principal de la Fuerza Expedicionaria avanzó a la fortificación de Ngeze. Se movieron lentamente, con cuidado, diferente de sus ataques anteriores. Aún con toda su información, no sabían a lo que se estaban enfrentando.
–Presten atención –dijo Grayson–. Aún estamos buscando el arma secreta de Ngeze. No sabemos si es un hechizo o algo más.
Podían escuchar a varios magos moviéndose intentando ocultarse, pero no podían ver mucho. Unas cuantas personas en ambos lados lanzaron hechizos al otro lado cuando fueron vistos, pero no hubo un ataque coordinado. Parecían estar esperando una señal, o a que un lado o el otro estuviera en posición.
El ejército de la CIM aún tenía un buen perímetro alrededor de la zona, pero fueron obligados a encauzarse en las calles para acercarse, incrementando su exposición, una campaña acercándose del este, la otra del norte. Fue entonces que el enemigo atacó. Dos bolas de fuego que podrían haber sido confundidas por misiles muggles de corto rango salieron de las ventanas de arriba de la enorme mansión donde las calles se unían, una que miraba al lago del otro lado. Las bolas de fuego se estrellaron contra las dos columnas del ejército atacante y enviaron a una docena de magos volando.
–Bueno, por lo menos está aquí –murmuró Grayson para sí mismo.
Eso, evidentemente, fue la señal porque los hechizos comenzaron a volar por todos lados. Dumbledore elevó un muro de tierra para formar un dique alrededor de sus hombres. El resultado fue bastante similar a una trinchera para su gusto (había estado involucrado tanto en la gran guerra como en la guerra de Grindelwald), pero fue lo mejor que pudo hacer en unos segundos. Brujas y magos lanzaron hechizos sobre el dique y esquivaron cuando la llamarada en respuesta destrozó parte de la pared.
Al otro lado de la batalla, Grayson realizó una acción similar a la cabeza de su columna en el este. Se arrodilló y comenzó a encantar… nada elegante, solo un hechizo básico de defensa de origen aborigen. Claro, se suponía que debía ser realizado por un equipo entero, pero él no era un Gran Hechicero por nada. Se escuchó un estruendo, como una serpiente gigante moviéndose debajo de la tierra, y un dique se elevó a su alrededor. Con eso de lado, realizó su truco de animar a los árboles de nuevo, pero los insurgentes estaban listos. Cortaron las ramas con poderosas maldiciones cortantes.
A Albus Dumbledore no le gustaba matar si podía evitarlo. Lo permitió de sus tropas, por supuesto. Era una guerra declarada, después de todo. Pero intentó evitarlo de sí mismo, y la magia usualmente presentaba muchas otras opciones a un mago que era poderoso y listo. Su ataque de apertura fue animar las cuerdas en el vecindario, incluyendo varios cables eléctricos muggles, para atar a los atacantes. Lucharon cortando las cuerdas en pedazos hasta que fueron muy cortas para atarlos y quemaron todas las que pudieron.
Alrededor de ellos, el resto de las brujas y magos lanzaban maldiciones lo más rápido que podían. El aire estaba lleno del deslumbrante brillo de los muchos hechizos, y los gritos y explosiones provocaban un ruido ensordecedor en el que no se podía escuchar ni pensar. El escándalo era abrumador, y aún estaban luchando a una larga distancia en su mayoría.
Mientras todo esto estaba pasando, aún necesitaban protegerse del mismísimo Ngeze, quien continuaba lanzando bolas de fuego en ambas direcciones desde la mansión. Dumbledore y Grayson hicieron lo más que pudieron para proteger a sus hombres, pero un solo golpe era suficiente para hacerlos caer. Este, finalmente, era un oponente que luchaba a su nivel, y no era lo que necesitaban.
–Pero solo hay uno de él y dos de nosotros –razonó Grayson–. No puede proteger a sus dos grupos al mismo tiempo. –Comenzó otro canto. La tierra retumbó bajo sus pies. Entonces, aparecieron grietas en la calle de adoquín a ambos lados de él, afuera de su dique. Por un momento, una luz brillante de varios colores fue visible en las grietas, pero entonces, fue reemplazada por un torrente de agua hirviendo cuando manantiales se abrieron en la calle y se esforzaron por llevarse a los insurgentes. Muchos de ellos fueron arrasados, pero muchos otros permanecieron en pie, aferrándose o levitando a los árboles o a los pisos superiores en los edificios. Eso les dio una ventaja de altura momentánea, pero también los dejó más expuestos, y los hechizos volaron con renovada intensidad en un esfuerzo para obligarlos a bajar.
Dumbledore había estado teniendo algo de éxito con viento y fuego, pero aceptó la invitación y usó uno de sus hechizos más exóticos. Sacó un collar de oro de su bolsillo, uno muggle, de dieciocho quilates, lo cual era importante, y realizó una serie de encantaciones complicadas. El collar se disolvió en una neblina dorada y se esparció mientras lo dirigía a los insurgentes. Al instante comenzaron a tropezarse, luchando para mantenerse en pie mientras su percepción de la gravedad era invertida.
Albus Dumbledore quizás era el único mago en el mundo que podía usar la alquimia en combate.
La neblina en limbo solo podía distraer a una persona con mente centrada por unos segundos, pero en esos segundos los rebeldes podían ser eliminados como patos en fila, y el ejército de Dumbledore tomó ventaja de esto. Con esa acción, atravesaron la línea del enemigo y avanzaron hacia la mansión.
Ngeze dejó de lanzar bolas de fuego a Grayson para enfocar todo su poder en Dumbledore. Sus luchadores en agua en el este aún se mantenían, pero Grayson tenía otro truco bajo su manga. Su movimiento de la tierra anterior había dejado al suelo inestable. Ahora, excavó con el hechizo adecuado e inició una reacción en cadena, y una gran porción de la calle se colapsó en sumidero. Su ejército salió del dique y comenzaron a lanzar maldiciones dentro del agujero. Pronto, también atravesaron la línea del enemigo y avanzaron a la mansión.
Pero ambas columnas se detuvieron cuando un ejército de insurgentes nuevo con rostros frescos y endurecidos salieron de ambos lados de la mansión y la rodearon, excepto por un gran hueco en el frente. Aparentemente, no habían estado luchando contra todos los insurgentes aún. Las cosas empeoraron cuando Ngeze saltó desde la ventana de arriba y cayó en el espacio entre sus fuerzas armadas con un golpe ensordecedor. Cayó con tanta fuerza que la calle de adoquín fue destrozada en un radio de diez pies. Un tatuaje de un elefante en su cuerpo brilló brevemente.
Ngeze era grande y muscular, tenía el pecho desnudo y tatuajes de pies a cabeza. No tenía una varita, y no la necesitaba. Miró con burla a sus oponentes y habló con voz profunda.
–Albus Dumbledore… y Edward Grayson. ¿Así que esto es lo mejor que el mundo mágico puede ofrecer?
–Kinani Ngeze –respondió Dumbledore–. Sería mejor que te rindieras. Estás completamente rodeado.
–Oh, no –dijo Ngeze con una sonrisa abominable–. Solo he comenzado a luchar. –Cantó una larga frase en ese antiguo lenguaje chasqueante suyo, y un tatuaje grande y varias pictografías brillaron. Solo era visible parcialmente ya que lo envolvía hasta su espalda, pero la forma era inconfundible: un ruc. Una ráfaga de viento masiva se formó a su alrededor, levantando el adoquín en un ciclón de rocas voladores. Entonces, los desvaneció hacia Dumbledore y Grayson a gran velocidad. Dumbledore elevó un escudo con una capa de un sencillo hechizo de transformación. Las rocas lo bombardearon como una metralleta, pero fueron destrozadas hasta ser arena.
Lo que siguió fue una extraña mezcla entre una batalla a corto rango y un duelo… y un duelo histórico. El resto de las brujas y magos se estaban lanzando maldiciones por todo el campo de batalla, creando más luz y ruido que antes, pero los tres luchadores más poderosos estaban enfocándose en ellos mismos. Dumbledore lanzó una ola de fuego a Ngeze, pero él la bloqueó con un torrente de agua. Entonces, Ngeze cantó su encantación más compleja hasta el momento. Su cuerpo estaba cubierto de brillantes tatuajes: el erumpent y ave de luz que usaba para lanzar bolas de fuego, además de algún tipo de serpiente y enredaderas colgantes. Lanzó lo que parecía ser una bola de fuego en dirección a Dumbledore.
Dumbledore desvió la bola de fuego al aire, pero esta explotó y llovió sobre ellos como algún tipo de veneno corrosivo, lleno de pequeños hilos como ortiga punzante. Las brujas y magos detrás de ellos comenzaron a gritar cuando el veneno, probablemente de una serpiente mágica, comenzó a deshacer sus túnicas y quemar su piel, y Dumbledore fue obligado a usar alquimia por segunda vez en la batalla. Mezclando polvo y agua y convirtiéndolo en una fina lluvia de lodo, neutralizó el veneno, pero esto solo empeoró las cosas. Los pequeños hilos reaccionaron al lodo y crecieron en segundos hasta ser enredaderas que amenazaban con amarrarlos a todos. Dumbledore no había visto un hechizo tan completo en décadas, y Grayson y él perdieron valioso tiempo intentando cortarlas.
Grayson cantó su propio hechizo y varios rayos en miniatura salieron de los charcos alrededor de sus pies, y entonces continuó saltando de charco en charco muy rápido para seguirlo, dirigiéndose hacia Ngeze. Una antena de televisión cercana se desenterró y se lanzó enfrente del señor oscuro, atrayendo los rayos y dirigiéndolos de manera segura al suelo.
–¡Demonios, no puedo acercarme! –exclamó Grayson. Era hora para el plan B, o cual fuera la letra en la que estaban ahora–. Dumbledore, enfócate en los soldados. Yo me moveré alrededor y lucharé contra él de cerca.
–¿Qué? –dijo Dumbledore con sorpresa–. ¿Quieres luchar contra él solo? Yo debería...
–No. Tú luchaste la guerra de Grindelwald. Sabes cómo luchar contra un ejército. Pero yo conozco más magia sin varita que otra persona con vida. Tengo que ser yo.
–¿Pero cómo puedes acercarte por detrás?
–Tengo mis maneras. –Dumbledore parpadeó y Grayson se había ido. Pero había un animal como perro con rayas moviéndose entre los que luchaban. Eso ciertamente era algo que no había esperado. Edward Grayson era un animago.
Durante los siguientes minutos, el trabajo de Dumbledore se volvió más difícil. Tenía que proteger a sus propios hombres… y ya había perdido algunos… por sí solo mientras intentaba atacar al enemigo. Usó los hechizos de área más devastadores que conocía de la guerra de Grindelwald… todo excepto fuego maldito. Eso sería suicida. Estaba en la defensiva ahora, simplemente manteniéndose en pie hasta que Grayson, esperaba, pudiera llegar a él. Elevó el dique alrededor de ellos aún más arriba y comenzó a lanzar hechizos de siglos de antigüedad que casi no habían sido usados desde la época de Merlín… hechizos diseñados para luchar en arco como fuegos artificiales que caían desde arriba. La paliza de maldiciones en contra del dique se intensificó, así que transformó secciones de este a piedra y metal. Ngeze lanzó otra de sus bombas aéreas, la cual explotó sobre ellos, lloviendo un cargo diferente: una melaza pegajosa que provocó ampollas en su piel y resistió ser lavada y solo pudo ser eliminada con arena seca. Mientras sus hombres se limpiaban, Dumbledore transformó sus propias bombas, las cuales lanzó contra los hombres de Ngeze y llovieron sobre ellos como un nudo de delgado alambre de púas que cortaba su piel si se era removido bruscamente… una manera clara de hacer que una multitud rápidamente dejara de moverse, aún si brutal.
El siguiente ataque de Ngeze llegó de otra dirección. Excavando de su propio dique salieron millones y millones de hormigas guerreras. Similares a hormigas guerreras sudamericanas con pociones de crecimiento, crecían hasta un largo de media pulgada, con amplias quijadas tan fuertes que algunas tribus eran conocidas por usarlas como grapas quirúrgicas. Mordían todo lo que se movía, arrancando pequeños pedazos de carne. Encantamientos de restriego eran el método preferido para removerlas, pero su agarre era tan fuerte que tenían que ser lanzados una y otra vez hasta que la piel ardiera. El fuego era el método preferido para matarlas en el suelo, pero también hubo varias pisoteadas. Dumbledore podría haber perdido el control de la batalla entonces, pero fue en ese momento que Grayson actuó. No estaba hecho para correr rápidamente en cuatro patas, y tuvo que dar una vuelta larga para poder rodear al campo enemigo y llegar a los pasos de la mansión, pero lo logró.
Ambos ejércitos estaban en caos, intentando deshacerse de los efectos de los ataques de Dumbledore y Ngeze más que intentaban atacarse mutuamente, aunque aún había bastante de eso. Más de algunos de los oficiales en ambos lados podía realizar ataques impresionantes como los Grandes Hechiceros y el señor oscuro, y lo hacían, pero Ngeze aún era el hombre a quien derrotar.
Grayson se colocó en posición y se transformó de regreso a humano. Pero en el momento que le tomó, Ngeze ya se había dado la vuelta y lanzado algo que parecía una capa negra y gruesa en su dirección. Esta se envolvió con fuerza a su alrededor al tiempo en el que se dio cuenta de lo que era, intentando sofocarlo. Era una imitación conjurada de un lethifold… por suerte no uno real, el cual solo podía ser detenido por el encantamiento Patronus. Grayson se concentró con todo su poder, y la criatura conjurada explotó por un diluvio de luz con todos los colores del arcoíris que salió de sus manos. Lamentó brevemente que Ngeze fuera un hombre. Había bastantes maldiciones en la magia aborigen australiana que solo podían ser usadas en miembros del sexo opuesto (tanto para hombres como mujeres). Pero sí había algo que podía usar. Cantó una parte de una canción sagrada que se escucharía como un doloroso chirrido y chillido en los oídos de los no iniciados. Ngeze se tambaleó, y una docena de sus soldados más cercanos se cubrieron sus oídos con sus manos y cayeron por el dolor. Grayson lanzó otro rayo, directamente de sus manos, pero Ngeze susurró una palabra a tiempo, lo absorbió con su tatuaje de ave y lo devolvió.
Con Ngeze distraído por un duelo directo, Dumbledore y el resto de los soldados de la CIM pudieron enfocar su atención en los rebeldes. Eso fue lo que realmente cambió la marea. Con su posición defensiva superior y Dumbledore de su lado, la CIM rápidamente tomó la ventaja, logrando que el ejército de Ngeze perdiera más y más soldados. Luces cegadoras, un golpe de energía que causó espasmos musculares, aturdidores de área lanzados en arcos escarlata, y cientos de hechizos más mundanos volaron por el campo de batalla. Las líneas del enemigo estaban en peligro de romperse, y el final parecía estar a la vista.
Los escalones de mármol de la mansión se rompieron, y los fragmentos se elevaron y envolvieron a Ngeze, pero el caparazón fue destruido por un hechizo de un tatuaje de un animal del que ni siquiera Grayson estaba seguro, pero creyó que era del antiguo Egipto. Los pedazos se golpearon a alta velocidad, afilándose hasta ser una lluvia de navajas de piedra. Grayson elevó un escudo cuando se lanzaron a él, pero cuando golpearon, parecieron absorber su energía y brillaron de un rojo quemador. Sus reflejos apenas fueron lo suficiente rápidos para lanzar un chorro de agua y que actuara como enfriador, pero perdió rastro de lo que estaba pasando por un momento ya que su escudo, la piedra caliente, y el agua giraron a su alrededor. Apenas pudo mantener el desastre lejos de su cuerpo, y fue arrasado por el vapor con tanta fuerza que pensó que sería cocinado, pero cuando el polvo desapareció, estaba protegido dentro de un caparazón. Si Ngeze hubiera usado arenisca, hubiera terminado dentro de vidrio, pero ya que había usado mármol, el caparazón estaba hecho de algo que parecía nácar… probablemente muy valioso. Grayson lo hizo polvo.
Ngeze se estaba preparando para otro ataque cuando fue golpeado en la espalda. Todo era justo en la guerra, después de todo. Dumbledore y la CIM habían reducido su ejército lo suficiente que Dumbledore pudo lanzar unas cuantas maldiciones en su dirección. Ese usualmente era el punto en el que un duelo terminaba rápidamente.
–Se acabó, Ngeze –gritó Grayson–. No puedes derrotarnos a los dos.
–Oh, yo no tengo –dijo el señor oscuro con una sonrisa. Lanzó una neblina a Grayson que olía a excremento de elefante, pero no pareció hacer nada. Entonces, gritó con todo volumen–. T'abdal Ennedi Nabr Wat'a!
Lo que quedaba del ejército de Ngeze se dio la vuelta y salieron corriendo al instante.
–¡Detrás de ellos! –ordenaron Grayson y Dumbledore al mismo tiempo, pero el ejército de la CIM acababa de comenzar a moverse cuando escucharon un ruido distante que hizo que incluso los Grandes Hechiceros se detuvieran. Un momento después, fue acompañado de una ráfaga de alas cuando pareció que todas las aves en la ciudad comenzaron a volar.
Uno de los magos africanos reconoció la señal al instante.
–¡ESTAMPIDA! –gritó.
Una variedad de animales salió a toda prisa de entre los árboles. Más que una manada, era como si todos estuvieran corriendo juntos para alejarse de un fuego salvaje… perros y gatos juntos a hienas y una manada de leones junto a todo tipo de antílopes e incluso especies mágicas como tebos y...
–¡Erumpents!
Un erumpent enfurecido era más peligroso que una manada de rinocerontes, y eso ya era lo suficiente escalofriante para muchos. Cualquier cosa que se interpusiera tendía a desaparecer en una bola de fuego explosiva. Aquí, había una docena de ellos. La Fuerza Expedicionaria, la cual había derrotado al ejército del peor mago oscuro de la década, se dispersó.
Con los erumpents, no había mucho más que hacer excepto hacerse a un lado y quitar a las personas de su paso. Las bestias eran más rápidas que los humanos a pie, así que los dejaron pasar, pero para cuando lo hicieron, Ngeze había escapado.
Dumbledore y Grayson lo persiguieron al otro lado de la mansión mientras intentaba llegar al lago, donde vieron algo sorprendente. El agua era una masa de espuma, manchada roja de sangre, acentuada por explosiones ensordecedoras alrededor de los erumpents. La estampida no se había detenido al borde del agua. Los animales habían saltado directo al lago a la espera de las quijadas de cientos y cientos de cocodrilos. La costa entera era un alboroto masivo, y acercándose entre los ríos de sangre había docenas de majambas mágicas, cada una más grande que un autobús.
Las brujas y magos en ambos ejércitos estaban en completo caos, corriendo a lo largo de la costa en masa, sin importar de qué lado habían estado hace unos minutos, esquivando a los cocodrilos de un lado y la estampida de animales del otro. El alboroto estaba llegando a la zona mágica, fuera de las barreras, y podían ver a muggles a la distancia corriendo aterrorizados. Necesitarían comandar al ejército de la CIM entero a que borraran mentes en cuanto todo terminara, y no sería fácil porque al momento en que la mayoría de los magos en ambos lados llegaron al borde de las barreras, se desaparecieron. Unos veinticinco miembros de la CIM más cercanos vieron a Dumbledore y Grayson y corrieron a ellos, pero el resto continuaron corriendo, y los Grandes Hechiceros los dejaron. Estaban más preocupados por proteger a su ejército primero.
Ngeze, sin embargo, no se detuvo en el borde del agua. Continuó avanzando. Les tomó un momento darse cuenta de lo que había pasado, pero pronto vieron que estaba orgullosamente montado sobre el lomo de una majamba.
–¡Oh, ni te atrevas! –gruñó Grayson. Comenzó a cantar en una de las canciones folclóricas en quiñaruanda, invocando la magia no con finesa, si no con poder puro. Era posible invocar la magia de las canciones ley sin tener que estar en las líneas ley, pero era difícil. Sólo podía mantenerlo por un minuto, y le dio una terrible jaqueca. Pero en ese minuto, podía correr más rápido que la velocidad del sonido.
Albus Dumbledore no estaba seguro de lo que había pasado. Lo único que supo era que hubo una explosión sónica que casi lo hizo caer… e hizo caer a algunos de los demás… y segundos después, Grayson lanzó al cuerpo de Ngeze contra el suelo enfrente de él.
–¡Ja! Tu arma secreta falló, idiota "invencible" –dijo Grayson con triunfo, exagerando su acento australiano por efecto. Pero en su enojo, Ngeze comenzó a reír.
–Tontos –dijo–. ¿Creen que han visto mi arma secreta? No, aún no se ha revelado.
–No importa quién o que es tu arma, Kinani –dijo Dumbledore con firmeza, como si estuviera regañando a un estudiante problema–. Bajo la autoridad de la Resolución 1994-16 de la CIM, estás bajo…
¡RRRRRRRUUUUUURRRRRRRAAAAAAAHHHHHH!
–Eso no suena bien… –dijo Grayson. Él y Dumbledore se dieron vuelta lentamente mientras Ngeze se carcajeaba como loco.
Albus Dumbledore casi tuvo un paro cardiaco cuando lo vio. No había estado así de asustado desde 1981, si es que nunca. Una parte de él reflexionó en su mente que en verdad preferiría enfrentarse a Gellert de nuevo que a este enemigo.
Edward Grayson pensó que su cabello terminaría blanco si sobrevivía esto. Sabía que nunca había estado tan asustado en su vida.
–¡Es una trampa! –gritó–. ¡Fue una maldita trampa todo el tiempo! ¡Somos unos idiotas! –El mago asustado continuó soltando coloridas frases australianas que la mayoría de los magos en su hogar se sorprenderían de escuchar de él.
Dumbledore habló solo una palabra, pero considerando lo poco que decía maldiciones, cualquier británico que lo escuchara hubiera creído que el fin del mundo había llegado.
Si Grayson no hubiera estado en la lucha de su vida unos minutos antes, quizás hubiera prestado más atención al idioma en que Ngeze había hablado y las palabras que había dicho. Quizás también se hubiera preguntado, si todos los animales estaban corriendo al lago infestado con cocodrilos, entonces por la serpiente arcoíris y la tierra verde, ¿de qué estaban huyendo? Como tal, se maldijo a sí mismo por no pensarlo porque estaba seguro de que le acababa de costar su vida.
Esto era algo que nadie había planeado. Un señor oscuro tenía que hacer cosas terribles para ameritar respuesta internacional, pero un reporte confirmado de un nundu, y la CIM hubiera enviado a un ejército al instante.
El nundu, por suerte, no es un animal natural. Está alterado mágicamente de muchas maneras. Como comparación, el cachorro de un león y una tigresa se llama ligre. El ligre es enorme comparado con un gato normal por lo que los muggles conocen como una curiosidad genética. Un ligre macho fácilmente puede crecer más que sus padres. Del mismo modo, un nunda es el cruce entre un guepardo y la hembra de una rara especie mágica de dientes de sable llamada ennedi, lo cual lleva esta tendencia al extremo. Un nunda macho usualmente llega a la tonelada. Al contrario de la creencia popular, el famoso ladrón Eldon Elsrickle protegió su casa con un nunda, no un nundu, aunque eso terminó mal para él de todos modos.
Fueron antiguos magos etíopes quienes descubrieron que la aplicación de ciertos rituales oscuros podía causar que un nunda creciera del tamaño de un elefante, fuera más resistente que cualquier dragón, y ganara la habilidad de incubar enfermedades virulentas y mortales en sus membranas mucosas y esparcirlas a donde fuera. Este era el origen de un nundu, el animal más mortífero en el planeta. En la mayoría de los países africanos, crear uno era un crimen mortal. En muchos de ellos, incluso saber cómo crear uno era suficiente para ponerte bajo vigilancia permanente, o peor. Era un arma increíblemente peligrosa, la cual usualmente necesitaba de un pequeño ejército para controlarse. Pero Kinani Ngeze obviamente no estaba preocupado por esas trivialidades.
Dumbledore no titubeó. Agitó su varita y lanzó un hechizo tan poderoso que podía hacer que se te pusiera el pelo de punta. Lo lanzó sin hablar. Grayson sabía que la varita de Dumbledore era poderosa, pero no se había dado cuenta de que era tan poderosa.
El hechizo golpeó al nundu con el extraño ruido de un gong. No pareció hacer más que sacudir su pelaje.
Grayson hizo más. Elevó su varita, la cual casi no había usado en esta batalla, y gritó:
–¡Avada Kedavra! –La maldición mortal verde golpeó a la bestia en el hombro. Esto solo hizo enojar al nundu.
El nundu era el único animal conocido que era resistente a la maldición asesina. Técnicamente, una maldición asesina podía hacerlo caer, pero se tenía que darle en la cabeza, y muy pocos magos se acercaban lo suficiente y vivían para hacerlo. La razón era que su pelaje estaba hecho de células que ya estaban muertas, y el pelaje de un nundu era tan denso y resistente a la magia que actuaba como una armadura, y era una lo suficiente pesada que podía bloquear la maldición asesina al costo de llenarse de agujeros. Usualmente, una maldición asesina normalmente rasuraba una sección del pelaje del nundu del tamaño de una bludger, y entonces se le golpeaba de nuevo en el mismo lugar y se le mataba.
Grayson ni siquiera tuvo la oportunidad de apuntar de nuevo cuando el nundu dio un saldo, aterrizó con un estruendoso golpe en la costa, y se dio la vuelta para enfrentar a los magos. Grayson se dio cuenta de que fue la neblina que Ngeze había rociado sobre él. Simplemente era el olor de excremento de elefante… y los elefantes eran la presa principal de los nundu. Ngeze había analizado bien la situación, pero en lugar de escapar, había colocado una trampa para matarlos y después huir.
–No podemos dejar que llegue a los muggles –gritó Dumbledore entre maldiciones, y todos sabían que lo decía en serio. Detendría al nundu o moriría intentándolo. Para su crédito, todos los magos que habían corrido a los Grandes Magos permanecieron ahí y lucharon, aunque eso quizás fue porque el nundu podría capturarlos fácilmente si corrían al borde de las barreras. Para más crédito, eran lo suficiente inteligentes para cambiar de hechizos cuando no funcionaban. Docenas de aturdidores que hubieran puesto a un dragón en coma rebotaron contra su pelaje. Maldiciones reductoras apenas y registraron un golpe. Maldiciones cortantes rebotaron. Dumbledore puso todo su poder en el hechizo Sectumsempra de Snape, y solo causó un rasguño. Maldiciones más oscuras lo hicieron dar un paso atrás, pero solo por un momento. El nundu dio otro salto y encajó sus colmillos en el torso de uno de los magos. Se lo comió en dos mordidas. No hubo sentido en salvarlo. Incluso si lo hubieran sacado de su quijada, hubiera muerto de shock séptico. Pero aun así continuaron luchando. Dumbledore intentó su truco con el alambre de púas de nuevo y logró cortar la piel sensible del rostro del nundu, pero incluso eso no evitó que se comiera a otro mago.
–¡Pónganlo a dormir! –gritó uno de los magos africanos. Después explicó que había sido parte de la armada que había matado al último nundu–. Pociones en el aire, maldiciones para entumecer los sentidos. ¡Y apunten a los ojos!
Hechizos de fuego poderosos y maldiciones de conjuntivitis fueron lanzados a los ojos del nundu para nublar su visión, pero era casi imposible cancelar sus sentidos del oído y olfato… no por completo, y aún estaba interesado en Grayson. Intentaron maldiciones para entumecer los sentidos, pero apenas y lo detuvieron, y no tenían ninguna poción para dormir fuerte (filtro de muertos en vida era recomendado) que pudieran dispersar en el aire. También era muy grande para amarrarlo con facilidad. Los soldados lo evadieron lo mejor que pudieron mientras daba saltos por todo el campo de batalla con una sorprendente velocidad y agilidad, pero una bruja cayó intentando alejarse y fue destrozada en pedazos literalmente con solo un movimiento de sus garras.
Dumbledore continuó intentando una mezcla de hechizos… más métodos de cortar y rebanar mezclados con otras cosas. Usó más magia en unos minutos que lo que había usado desde la guerra de Grindelwald. Logró golpearlo con la maldición para destrozar órganos de Dolohov, pero no tuvo efecto visible. Quizás mataría a la bestia lentamente, o quizás no. Intentó otra maldición oscura de la que había leído, pero nunca había visto antes, la cual se suponía inflamaba las articulaciones y causaba artritis incapacitante. Esa hizo algo. El nundu se perdió un salto y rodó de manera estruendosa, pero se levantó y continuó, aunque algo más lento. Grayson probablemente estaba usando métodos similares. Su mejor acto hasta el momento había sido atacar sus ojos con una luz brillante de color arcoíris para que no pudiera ver a donde iba.
–Grayson, ¿tienes algún ritual poderoso que lo ponga a dormir? –gritó Dumbledore.
–No, ¿tú, Dumbledore?
–Nada más de lo que ya he intentado. ¿Crees poder inventar uno?
–¿Inventar uno? ¡Fracassa Veloci! –lanzó–. ¿Por qué yo? ¿No puedes hacerlo tú?
–Necesito Aritmancia. Tú no. –Un ataque de su pata casi acabó con ambos Grandes Hechiceros al instante–. Sugiero que lo intentes si puedes. ¡Confringo Maxima!
–De acuerdo, de acuerdo. Déjame pensar… –No había ninguna canción en el folklore aborigen para poner a un monstruo gigante a dormir. Después de todo el predador más grande con el que los australianos tenían que lidiar, incluso en el Tiempo de Sueño, era el cocodrilo de agua salada. No, tendría que improvisar, en su lenguaje nativo, el cual era, desafortunadamente, el inglés.
Grayson dejó que la magia de las canciones ley fluyera a través de él, la lanzó al nundu, y abrió su boca para cantar:
Descansa mi guerrero.
Acuéstate, mi rey.
Duerme ahora, eterno.
Duerme ya, preciado ser.
Era una balada lenta, grandiosa, y general. Las rimas eran algo forzadas, pero la música fluyó mejor de lo que había esperado. Grayson continuó lanzando maldiciones no-verbales mientras cantaba… los hechizos para dormir más fuertes en los que podía pensar, apuntando al rostro sensible mientras Dumbledore golpeaba a la bestia con maldiciones paralizantes. Las reacciones del nundu comenzaron a ser más lentas. Dos soldados más cayeron, pero continuó cantando:
Acuéstate, mi guerrero.
Descansa ya, tu dolor se fue.
Acuéstate, mi guerrero.
Acuéstate, mi rey.
Duerme ahora, eterno.
Duerme ya, preciado ser.
Los ojos del nundu comenzaron a cerrarse. Tomó una agotadora cantidad de magia, pero de nuevo, Edward Grayson no era un Gran Hechicero por nada. Su canción estaba teniendo un efecto cuando nada más lo había hecho, excepto por algunos de los hechizos de Dumbledore… el efecto suficiente para que los otros cambiaran a aturdidores.
Acuéstate, mi guerrero.
Descansa ya, tu dolor se fue.
Más de cien aturdidores y otros hechizos para dormir golpearon al nundu, muchos de ellos en la cara. Hubiera sido suficiente para matar al gigante más fuerte, incluso sin la canción de Grayson, pero el nundu sólo se adormiló, tembloroso, y se colapsó sobre la arena, semi consciente.
Albus Dumbledore lanzó un hechizo para protegerse contra el aliento lleno de enfermedades de la bestia mientras se acercaba a su cabeza, la cual era casi tan grande como un hombre. Agitó su varita, y su boca se abrió. Dumbledore apuntó su varita a su garganta y dijo las dos palabras que había pensado que nunca diría de nuevo con intención:
–Avada Kedavra.
El nundu se retorció una vez… solo una… y se puso quieto. Y considerando que ninguna otra criatura en el planeta se hubiera retorcido, eso fue bastante impresionante.
Había terminado. La batalla de Gisenyi. La guerra africana oriental. Todo. Casi todos los seguidores de Ngeze habían sido capturados o habían muerto. Ngeze, sin embargo, había escapado al otro lado del lago hacia Zaire, pero por lo menos su plan de matar a Dumbledore y a Grayson había fallado. De cualquier modo, no había nada que pudieran hacer sobre eso. Les gustara o no, legalmente era el problema de Zaire ahora.
Dumbledore y Grayson analizaron la situación. Había un nundu muerto en la costa que tendría que ser desechado de manera segura y una gran cantidad de destrucción por toda la ciudad que sería casi imposible de encubrir. Contaron a los soldados que aún estaban con ellos. Habían luchado contra un nundu con solo veintisiete brujas y magos. Cinco estaban muertos, y uno no parecía que sobreviviría la noche, pero el nundu estaba muerto.
Bueno, algo era seguro: nadie olvidaría esto nunca.
