[Este capítulo está dedicado a Rex Reyes, el talentoso artista que hizo la nueva y hermosa portada para esta historia. Por favor síganlo y apóyenlo en su Twitter ( RexReye36876945), les juro que no se arrepentirán.]
VI
Procesos
Acostado en su cama, con las manos entrelazadas detrás de su cabeza y las piernas cruzadas, Lincoln balanceaba de un lado a otro su pie derecho, mientras pensaba sobre lo que había pasado hace poco en la cena; sus hermanas, sin duda alguna, podían llegar a ser bastante encimosas y caóticas cuando se lo proponían. ¡Casi lo ahogaron cuando intentaban darle de comer! Y no, no estaba exagerando; incluso un hombre tan grande como él no podía guardar la compostura cuando diez cucharas chocaban entre sí como si se tratasen de espadas. Era un duelo mortal, y desafortunadamente se llevó en su totalidad dentro de su boca. La tarta era deliciosa, sí; pero el otro sabor predominante era el del acero. Aunque, ahora que lo pensaba, era increíble que su lengua no terminara siendo una víctima inocente de esa pequeña (pero brutal) guerra. Después tendría que agradecerle a su madre por haber interferido y haber puesto orden en la mesa, porque, de lo contrario, estaba seguro de que habría vomitado si el forcejeo continuaba.
«Por otro lado, de haber sido así, no tendría que pagar mi cena, ¿verdad?»
Y tan pronto como ese fugaz pensamiento cruzó su mente, Lincoln frunció el ceño. Empezó a hacer cuentas de lo que consumió y se alegró de que no sería tanto lo que pagaría por la comida; los platillos que Lynn Sr. preparó esa noche, si bien eran populares en sus restaurantes por su delicioso sabor, no eran particularmente caros. Por otro lado, aunque los platillos hubieran sido más costosos, no le habría importado en lo más mínimo; su trabajo le proporcionaba dinero más que suficiente para eso y más.
Cerró los ojos y repasó rápidamente los costos de su hospedaje hasta que se fuera el domingo en la tarde. Él ya sabía cuánto se pagaba exactamente de agua, luz y gas al mes en la casa, por lo que, calculando los días que se quedaba ahí, pagaba su parte. También estaban las comidas, pero esas dependían en su totalidad de los ingredientes que se usaran y de quién los preparara; por eso él prefería hacerse un desayuno simple y salir a comer a algún restaurante. Y cualquier otro gasto extra que se presentara lo añadía a su cuenta, aunque eran raras las ocasiones en las que eso pasaba.
Lincoln se frotó el rostro con una mano, suspiró pesadamente, y pensó: «Qué fastidio…»
A pesar de que ya llevara años siguiendo la misma rutina, aún había momentos en los que la situación se le hacía más tediosa de lo normal. Nadie lo obligaba a pagar ni un centavo de lo que utilizaba en la casa, pero no hacerlo le traía una incomodidad mucho mayor. Lo hacía sentirse asqueado. Le revolvía el estómago. Y aunque él sabía que podía ahorrase bastante dinero si dejara de ir a la casa cada fin de semana, o si simplemente tomara la palabra de su madre y volviera a actuar como si este fuera su hogar y no una especie de hotel, hacer eso no estaba sujeto a discusión. Era como mostrar debilidad, y eso lo enfermaba hasta la médula. Y a quien menos le mostraría esa patética faceta sería a él.
Además, también estaban sus hermanas en la ecuación: todas parecían disfrutar enormemente de su compañía y apenas lo dejaban solo cuando él estaba ahí. Y aunque era bastante agotador manejar toda esa atención y organizar su tiempo para invertirlo de manera equitativa con cada una de ellas, el resultado era muy gratificante. El ser capaz de presenciar sus hermosas y radiantes sonrisas eran incentivo y recompensa más que suficientes para seguir viniendo, para seguir esforzándose en hacerlas inmensamente felices.
Porque mientras ellas estuvieran aquí, él siempre regresaría sin importar qué.
Porque él haría lo que fuera por ellas.
Sólo por ellas.
Y tras cerrar los ojos lentamente y esbozar una triste sonrisa, Lincoln susurró: «Y les prometo… No…, les juro… que nunca más las volveré a lastimar… Nunca más…»
El muchacho siguió balanceando su pie sin dirección y sin ritmo aparente, y como una pluma que se deja arrastrar por el viento a través del espacio, se adentró en la oscura cámara del no-pensamiento de su mente.
Al subir las escaleras, Lori, con una mirada severa, refunfuñaba tras haber sido reprendida por su madre como si de una niña pequeña se tratase. Y a pesar de que no iba sola, pues sus nueve hermanas venían con ella —cada una mostrando su molestia o inconformidad a su manera—, sentía que su situación era la más ridícula e injusta de todas. Pero no era para menos. ¡Después de todo, ella, Lori Loud, era una mujer en toda la extensión de la palabra! ¡Una adulta responsable y abogada respetada por todo aquél que la conocía! Lo que pasó en el comedor momentos antes fue sólo un pequeño desliz; un error que ella no habría cometido de no ser por factores externos sobre los que no tenía control. Se desencadenó un desafortunado efecto dominó en el que ella resultó ser sólo una víctima.
«Además…, ¡fue Leni la que empezó!», pensó Lori indignada, mientras seguía haciendo pucheros.
Porque sí, esa era la realidad (o al menos su realidad): Leni era la culpable de la situación actual. ¡Y es que era una descarada!, Lori decidió. Dándole de comer a Lincoln en la boca de esa manera tan melosa y abrazándolo tan fuerte antes de la cena por el incidente de la supuesta araña. ¡Aprovechada! ¡Oportunista! Con sólo recordar esa imagen, la mayor de las hermanas volvía a alterarse, mientras una sensación de calor se extendía por todo su torso y hacía que sus mejillas ardieran furiosamente.
Ella podía entender que Leni se asustara sobremanera al pensar que un arácnido estuviera merodeando en su dorada cabellera —incluso ella, que no tenía aracnofobia, debía admitir que también se hubiera alterado—, pero ¿acaso era necesario que abrazara tanto tiempo a su hermano?, se preguntó. ¿Era necesario que se le pegara tanto? ¡Pues no, no lo era! Y aunque ella podía entender muy bien esa sensación de nunca querer separarse de esa linda muestra de afecto, de querer seguir envuelta entre sus fuertes y musculosos brazos, apoyando la cabeza en su amplio pecho, escuchando el constante latir de su corazón, sintiendo sus largos dedos acariciar gentilmente su pelo y recibiendo su cálido aliento justo en la coronilla como si fueran rayos del Sol, también tenía que ser firme. Después de todo, Lincoln aún tenía que pasar tiempo de calidad con ell… con las demás. De por sí la acomplejada de Lisa lo acaparó todo este tiempo, sin siquiera dignarse a avisarles que él ya había llegado.
«Exactamente —pensó ella—, pero Leni parece no entender eso. ¡¿Acaso no se da cuenta de que nosotras también queremos tener un momento de calidad con Lincoln?! ¡¿Cómo se atreve?! ¡Pensé que estábamos del mismo lado! Pero claro: la niña bonita se asusta e inmediatamente él irá corriendo a consolarla… Aprovechada…»
Disimuladamente, Lori volteó en dirección de su hermana más cercana y la observó. Y luego de hacerlo se sintió intranquila, a la vez que un pequeño malestar crecía poco a poco en su interior. Ella siempre lo supo, pero ahora que la miraba detenidamente, tenía que admitir que Leni era una mujer increíblemente hermosa: todos y cada uno de sus rasgos faciales eran tan finos y delicados que daban la impresión de haber sido esculpidos por un artesano, cuyo único oficio, al parecer, era crear belleza; sus labios no sólo eran carnosos y rosados, sino que además poseían una sensual forma que los hacía ver más apetecibles de lo que ya eran; su pequeña nariz respingada era acentuada por unos pómulos bien definidos que se encontraban espolvoreados por un rubor natural que contrastaba de manera encantadora con su cremosa piel de alabastro y que le daba un aura de timidez e inocencia; su largo y sedoso cabello, el cual caía graciosamente por su espalda hasta llegar a su cintura, brillaba con la misma intensidad que el trigo a la luz del atardecer; y sus despampanantes ojos verdes refulgían con la misma intensidad que dos grandes esmeraldas pulidas, a la vez que eran enmarcados por largas y rizadas pestañas.
Siguió su recorrido hacia abajo, y, sin poderlo evitar, observó cómo el lindo vestido tipo lápiz de color turquesa que llevaba puesto se amoldaba perfectamente a su celestial cuerpo de reloj de arena: su atuendo no tenía escote, pero eso poco importaba, pues sus grandes, firmes y redondeados senos —los cuales eran los más grandes de entre todas sus hermanas y que además poseían una forma preciosa e ideal— destacaban incluso por debajo de la tela, y se sacudían sensualmente con cada paso que daba; su estrecha cintura y su vientre plano servían para contrastar maravillosamente con sus pronunciadas caderas; y aunque la falda le llegara hasta las rodillas, cubriendo así una gran cantidad de piel, todavía eran perfectamente apreciables cada una de las curvas que conformaban sus largas y torneadas piernas —desde los muslos hasta los tobillos— y que eran aún más resaltadas por los tacones blancos que estaba usando.
No queriendo continuar con su observación, Lori giró el rostro en la dirección contraria, dio un respingo, se abofeteó mentalmente, y pensó: «Sí…, Leni es una mujer bastante hermosa, ¡pero yo también tengo lo mío!» Y es que era cierto. No era un secreto que Lori era considerada una belleza sin igual por todas las personas que la conocían: su rostro parecía una obra de arte creada por el artista más diestro e iluminado de todos; sus carnosos y seductores labios rojo fresa resaltaban de una manera cautivadora en su cálida y virginal piel de marfil y eran tan irresistibles a la vista que casi parecían tener una fuerza magnética cada vez que se movían al hablar; su fina y respingada nariz se encontraba centrada entre unos pómulos perfectamente definidos; su suave cabello relucía con la misma intensidad que miles de hebras de oro acrisolado, y había crecido tanto en los últimos años que ahora le llegaba a la mitad de la espalda; y sus extraordinarios ojos azules fácilmente podían ser confundidos por dos resplandecientes zafiros que eran protegidos por unas pestañas rizadas y tupidas.
Además, como si todo lo anterior no fuera suficiente, también era preciso hacer hincapié en la sensualidad de su divino cuerpo de reloj de arena, el cuál parecía exhalar erotismo por cada poro de su piel: su atuendo tampoco tenía escote, pues en la parte superior usaba una camisa formal blanca y un saco azul marino, pero eso no significaba que no se pudiera apreciar el gran tamaño de sus voluminosos y firmes senos —los cuales poseían la misma atractiva y perfecta forma redondeada que los de su hermana menor, aparte de ser casi tan grandes— que se sacudían hipnóticamente frente a ella a la par en que caminaba; sus amplias y hermosas caderas, mismas que había heredado de su madre, eran acentuadas por su delgada cintura y su vientre plano de una forma magnífica; y la falda de tubo color gris Oxford que le llegaba por encima de las rodillas, combinada con un par de pantimedias negras de nylon y tacones negros, ayudaba a resaltar todas y cada una de las preciosas curvas que componían la longitud de sus bien moldeadas piernas.
Sí, ella siempre había tenido claro que era una mujer muy bella, aparte de inteligente, que no tenía nada que envidiarle a ninguna súper modelo. Era el blanco de las miradas de muchos hombres que la veían pasar por la calle o que trataban con ella en el trabajo, y causaba admiración o envidia entre las mujeres que la conocían. Desde que acabaron los «años vergonzosos» de su adolescencia, jamás sintió inseguridad alguna de su apariencia; la animosidad que sentía por su rival, Carol Pingrey, se convirtió en la amistad más fuerte de todas, siendo que la chica en cuestión seguía siendo su mejor amiga; y luego de graduarse con honores de la universidad, consiguió un trabajo en donde era reconocida y respetada. ¡No tenía nada de qué quejarse! Y sin embargo…, cuando se comparaba a sí misma con su hermana…
Lori suspiró y sacudió la cabeza de un lado u otro, buscando deshacerse de todos sus pensamientos, y aunque parcialmente lo logró, la imagen que seguía grabada a fuego en su mente era la de Leni abrazando a Lincoln de esa forma tan acaramelada, tan íntima, tan… tan… «¡Hmph!» La mujer siguió pisando los escalones y, cruzándose de brazos, gruñó en voz baja, mientras intentaba ignorar una extraña sensación de presión en su pecho; una sensación que la hacía rechinar los dientes y apretar los puños. «Sólo estoy molesta», se dijo a sí misma. Las dos mujeres rubias entraron a su antigua habitación y se dirigieron a sus respectivas camas, se quitaron sus tacones y, sin decirse nada una a la otra, se acostaron para descansar un rato de todo el ajetreo del día. La mayor le dio la espalda a la menor, tomó su almohada, la abrazó, y repasó todas las razones por las que estaba molesta: por unos pequeños problemas sin importancia en su trabajo, por el largo y tortuoso tiempo que no vio a Lincoln en el último mes, por la sucia jugada que les hizo la acomplejada de Lisa, por esas desconocidas brujas que estaban detrás de su hermano, y por los empalagosos momentos que éste tuvo con Leni. La joven mujer hundió su rostro en la almohada y la apretó con más fuerza, arrugó la nariz e infló las mejillas. Sí, estaba muy, muy, muy molesta. Pero sólo era eso. Nada más. No podía ser otra cosa.
Porque ella, Lori Loud, definitivamente no estaba celosa.
«Sólo… Sólo me preocupo por Lincoln. ¡Sólo eso!», pensó Lori, mientras observaba la puerta de madera frente a ella.
Luego de tomar una corta siesta de veinte minutos, y de tener una espantosa pesadilla que incluía a cierto alguien siendo «secuestrado» por una parvada de horrendas harpías, Lori se despertó agitada; una fina capa de sudor cubría su frente y su corazón retumbaba con fuerza en su pecho como un tambor. Se levantó de la cama en un solo movimiento y, sin mirar atrás, salió descalza de su habitación y se dirigió a la del muchacho. Debido a las ampliaciones que le habían hecho a la casa en los últimos años, el pasillo ahora era mucho más largo que en antaño; pero Lori, con una velocidad digna de una corredora olímpica y el sigilo de una felina, llegó a su destino en menos de dos segundos sin hacer ruido. No obstante, justo antes de tocar la puerta, se detuvo; una ola de interrogantes golpeó la orilla de sus pensamientos y comenzó a titubear. Su consciencia le reclamó que lo que hiciera Lincoln no era asunto suyo, que él podía salir con las chicas que quisiera y que ella debía apoyarlo como una buena, cariñosa y ejemplar hermana mayor…
¡Pero el resto de su ser no podía aceptar aquello! ¡De ningún modo! ¡Era impensable! ¡Indignante!
Lori asintió fuertemente con la cabeza y, determinada, levantó su mano derecha y tocó la puerta, pero nadie le contestó del otro lado. Repitió la operación, y el resultado fue el mismo. «Quizás está dormido», concluyó ella. Sin embargo, la incertidumbre seguía carcomiéndola desde el interior, al igual que el óxido corroe el metal; tenía que saber. O, mejor dicho, necesitaba saber. Y ella, honestamente, no creía que pudiera esperar hasta mañana para aclarar sus dudas. Tomó la perilla, la giró lentamente, empujó la puerta con cuidado y entró. Las luces estaban apagadas, pero eso poco importó, ya que la habitación era iluminada por la tenue luz de la luna que se colaba por la ventana. Y ahí, acostado por encima de las sábanas, se encontraba Lincoln, entregado a los brazos de Morfeo, y siendo completamente ignorante de su alrededor. Lori caminó silenciosamente hacia él, y entre más se acercaba a la figura, más clara se volvía la imagen de su atractivo rostro siendo acariciado por aquel velo plateado. Sus mejillas se fueron tiñendo poco a poco de un intenso rojo carmesí, mientras lo seguía observando. «¡Es tan apuesto!», pensó encantada. Inmediatamente sacó su teléfono celular, abrió la aplicación de la cámara, y sacó una foto que encuadraba a la perfección cada uno de los afilados rasgos faciales de su hermano. Y luego de conseguir su preciada imagen, guardó el aparato en su lugar y admiró embelesada el apolíneo cuerpo de Lincoln: aún tenía puesta su ropa, pero esto sólo servía para acentuar sus músculos, ya que a través de la delgada camiseta blanca se podía apreciar el contorno de sus pectorales cincelados, abdominales rasgados, brazos robustos y hombros fornidos, los cuales estiraban la tela de una manera que dejaba poco a la imaginación.
La mujer tragó saliva con fuerza, pues sentía la garganta bastante seca, y se estiró el cuello de la camisa; la habitación, de un momento a otro, se había vuelto tan caliente como un horno. No obstante, decidiendo ignorar aquel calor sofocante que le quitaba el aliento cada vez que veía a Lincoln, se inclinó hacia delante, posó su mano sobre uno de sus bíceps —el cual, por cierto, le pareció tan grande y sólido como una roca— y lo comenzó a sacudir suavemente.
—Lincoln… —susurró ella, no queriendo ser muy brusca al momento de despertarlo—. Lincoln…
El hombre de cabello blanco gruñó débilmente y poco a poco comenzó a abrir los ojos; se encontraba un poco desorientado por la repentina interrupción de su sueño, pero una vez que su visión se acostumbró a la oscuridad, finalmente advirtió la presencia de su hermana mayor.
—Hey, Lori —saludó él, tallándose los ojos e incorporándose en la cama—. ¿Qué pasa? ¿Necesitas algo?
Ella iba a responder que sí, que era algo de máxima importancia que requería de su total cooperación, honestidad y honradez. Sin embargo, y antes de que pudiera emitir sonido alguno, su hermano pareció recordar algo y se levantó de su lugar; le pidió que lo disculpara y que lo esperara un momento, se dirigió a su maleta, rebuscó en su interior por algo en particular, y cuando lo tuvo entre sus manos se lo ofreció a la mujer.
—¿Eh? —dijo ella, tomando el objeto—. ¿Qué es esto?
—Un pequeño regalo.
Una sonrisa instantáneamente adorno los labios de la rubia, quien se dirigió al interruptor para prender la luz, y una vez que el lugar se encontraba completamente iluminado pudo ver que el obsequio en cuestión se trataba de una elegante caja dorada de chocolates belgas.
—Abrieron una chocolatería gourmet cerca de la universidad —explico él—, y como supe que tú y las demás vendrían, pensé que sería adecuado traerle una caja a cada una. Yo ya probé los bombones, y he de decir que están deliciosos. Sólo espero que también te gusten.
Lori quiso contestarle que estaba segura de que así sería, pero las palabras no salían de su boca; se sentía tan conmovida que incluso olvidó la razón por la que ella estaba ahí en primer lugar. Dio un par de pasos hacia adelante, rodeó el torso del hombre con sus brazos y apoyó su cabeza contra su pecho; él correspondió la acción y acarició con ternura la áurea cabellera de la mujer. Ella sonrió; realmente extrañaba esta sensación de calor y protección que sólo él podía brindarle. Y no sólo eso: ¡estaban por fin solos! ¡Ya no tenía que compartir a su Linky con nadie más! Porque justo en ese momento y en ese lugar sólo existían ellos dos. Lori susurró un suave, pero audible: «Gracias», y Lincoln la correspondió con un tierno beso en la coronilla.
Momentos después, ambos hermanos se separaron de aquel abrazo y se sentaron en el borde de la cama para platicar, ya que Lori le dijo que eso era lo que quería hacer con él, puesto que no tuvo oportunidad de hacerlo durante la cena ni cuando él llegó a la casa. Lincoln, aún avergonzado por eso, volvió a disculparse con su hermana; pero ella agitó ambas manos y, riendo, le dijo que aquello no tenía importancia, pues ellas habían sido las que exageraron en primer lugar. La conversación fluyó con la misma naturalidad que el cauce de un río: había risas, pequeñas burlas, temas de interés común, y anécdotas que variaban desde lo más extravagante hasta lo más ordinario. Y sobra decir que los dos se sintieron aliviados al saber que ninguno de ellos había sufrido alguna mala experiencia en ese tiempo; ambos se desenvolvían sin problema en sus respectivas áreas y esperaban que siguiera así. Sin embargo, Lori, muy a su pesar, se vio obligada a preguntar algo que, ella temía, pudiera arruinar el ambiente tan lindo que se había generado entre ellos.
—Y Lincoln…, dime…, ¿no te has metido en problemas?
El rostro del aludido, a pesar de aún conservar su sonrisa, pareció perder parte de la alegría que antes lo adornaba. La mujer desvió la mirada.
—Lo siento… —dijo ella, sintiéndose responsable de arruinar el humor de su hermano.
—No, no te disculpes —respondió él, posando una de sus grandes manos sobre la espalda de la rubia para acariciarla—. Es normal que preguntaras eso, si tomamos en cuenta mi «historial delictivo», ja, ja. Y respondiendo a tu pregunta, puedes estar tranquila: ya no soy el mismo buscapleitos de antes. —Dicho esto, una idea cruzó por su mente y su rostro adoptó una sonrisa gatuna; rodeó el hombro de la mujer con uno de sus musculosos brazos y añadió—: Sin embargo, si me metiera en algún problema serio, no me preocuparía mucho. Después de todo, tengo a mi hermosa y talentosa hermana para defenderme en el juzgado, ¿o no?
Esto hizo que Lori riera y lo volviera a mirar a los ojos; sus mejillas brillaban con un bonito tono de carmín, en sus labios ahora había dibujada una sonrisa, y, tras darle un ligero golpe en la frente con sus dedos, declaró de forma engreída:
—Sí, la tienes. Sólo espero que también tengas el dinero para pagar por mis servicios.
—¡¿Eh?! —exclamó él, fingiendo sorpresa e indignación—. ¿Eso significa que no me ayudarías?
—Claro que te ayudaría, hermanito; pero también esperaría un cheque en mi cuenta bancaria.
—Qué mala eres, Lori.
—No tienes ni idea.
—Entonces, en ese caso, simplemente tendría que obligarte.
—¿Oh, en serio? —cuestionó ella, mirándolo de forma desafiante—. ¿Y cómo lo harás?
—¡Así!
Tras decir esto, Lincoln afianzó el agarre sobre el hombro de Lori para mantenerla quieta y dirigió su otra mano a su abdomen para hacerle cosquillas. Las risas de la mujer inmediatamente resonaron por toda la habitación, mientras ella se retorcía entre sus brazos y luchaba por liberarse de aquella «tortura». Como sus esfuerzos no dieron resultados, pues la fuerza del hombre era mucho mayor, le suplicó que se detuviera; pero él, dedicándole una maliciosa sonrisa, se negó, e incluso intensificó su ataque. Los segundos pasaron y lágrimas comenzaron a formarse en los ojos de la agotada rubia, cuyo rostro se encontraba completamente rojo, y, no pudiendo soportarlo más, se desplomó en el pecho del peliblanco; él dejó de arremeter contra ella y, soltando una carcajada, acarició con ternura su espalda, la cual seguía sufriendo de espasmos, a la vez que subía y bajaba erráticamente, luchando por llenar sus pulmones de oxígeno.
—Eso… fue… trampa… —jadeó ella, haciendo un puchero, pero igualmente dejándose mimar por él, mientras se aferraba a su camiseta.
—No, no lo fue —replicó él.
—Sí lo fue. Me tomaste desprevenida y te aprovechaste de tu fuerza.
—Je, mira quién lo dice: la que se aprovechaba (y se sigue aprovechando) de su estatus como la hermana mayor.
Lori, tras escuchar ese último comentario, se quedó callada; no porque buscara el modo de rebatirlo, sino porque tocó una fibra sensible en su interior. Una ola de recuerdos comenzó a formarse en su mente, desplazándola hacia una época de la que ella no se sentía muy orgullosa, incrementando su tamaño y ganando más energía; pero antes de que ésta pudiera golpearla, ella habló.
—Y no creas que dejaré de hacerlo en un futuro cercano.
—No lo creo ni lo espero —contestó él—. Por mí, tú puedes seguir sacando ventaja de tu posición para obtener privilegios. —Usando su mano derecha, levantó el mentón de la mujer y, cuando ésta por fin lo miraba con sus grandes y expectantes ojos, acarició su suave mejilla con el pulgar—. Yo, por mi parte, seguiré sacando ventaja de lo que tengo para hacerte reír.
Y tras pronunciar esas palabras, Lincoln le dedicó la más cálida y brillante de sus sonrisas a una Lori que no sabía cómo apagar las llamas que envolvían su ígneo corazón y que la quemaban desde dentro; el fuego se extendió por todo su cuerpo hasta convertirse en un incendio que le dificultaba respirar y pensar con claridad. Su mente le reclamaba a gritos desesperados que se separara del apuesto hombre, o que de lo contrario terminaría calcinada; pero no hizo caso y permaneció quieta en su lugar, mientras se perdía a sí misma en los profundos océanos azul cerúleo que su hermano tenía por ojos. Las palabras perdieron su significado y su valor; pero ella, no preocupándose por ello, se limitó a guardar silencio y disfrutar de aquel efímero momento que parecía extenderse hasta la eternidad. Volvió a hundir su rostro en su fuerte pecho y cerró los ojos, mientras se dejaba arrullar por los reconfortantes latidos de su corazón y aspiraba su atractiva e incomparable esencia masculina.
«Te extrañé… Te extrañé tanto…», pensó ella, dejándose llevar por la presencia de aquel hombre que la hacía sentirse tan protegida y especial. Y aunque nunca lo diría en voz alta —mucho menos en presencia de sus hermanas—, Lori podía permitirse ser sincera consigo misma al estar ahí con él. Además, estaban solos y no había nadie que le arrebatara su hermano.
«Nadie, excepto…»
Y como si hubiera recibido un puñetazo en el diafragma, la rubia arrugó el rostro y, volviendo a la cruda realidad, se dio cuenta de lo equivocada que estaba: Lincoln tenía a un número desconocido de mujeres que estaban detrás de él. Y aunque su madre, en la cena, había preguntado sobre las otras, jamás especificó cuántas eran. Podían ser tres, cinco, o hasta diez; pero eso poco importaba, pues todas, al parecer, tenían el mismo objetivo: querían apartarlo de su lado, alejarlo de ella. Sus dedos estaban tensos y estrujaban la camiseta de Lincoln con fuerza. ¡No, no, no! ¡Eso era inaceptable! El sólo imaginar al muchacho tomando la mano de otra mujer, tomándola de la cintura, abrazándola, o, peor aún, besándola, hacían que su sangre comenzara a hervir. ¡Ninguna mujer aleatoria tenía el derecho de hacer eso con su querido Linky! ¡Ninguna, ninguna, ninguna!
«Ninguna, aparte de…»
—Por cierto, Lori —habló Lincoln, desviando la mirada—, ¿te puedo preguntar algo?
—¿Eh? —articuló la susodicha, separándose de él y saliendo de sus pensamientos con una expresión mortificada pintada en su rostro—. ¡Ah! ¡Sí! Digo… Sí, por supuesto.
—¿No has conocido a alguien que, ya sabes, te guste?
—Oh… Pues… no… No realmente… —Entonces levantó el rostro y, aprovechando la oportunidad, añadió—: Aunque yo podría preguntarte lo mismo, hermanito. Digo, después de escuchar lo que tú y mamá hablaron, literalmente creo que es seguro suponer que muchas… chicas están detrás de ti. Incluso tú admitiste haber salido con una de ellas.
Él rio.
—Bueno, sí, debo admitir que eso es verdad; aunque ella no fue la única: también he salido con otras amigas mías.
Y ella, no pudiendo controlar el tic de su ojo, también rio, pero sin sentir la más mínima gracia.
—¿Y luego? —preguntó ella entre dientes, conteniendo las ganas de gritar.
—Pues ya lo dije en la cena: simplemente no eran mi tipo. ¿Qué quieres que haga?
—Fue una respuesta muy vaga, y me gustaría que ahondaras en ella.
—¿Pero en qué se supone que voy a ahondar? Simplemente no me gustan y ya está. Fin de la historia.
—Tu respuesta no me convence.
—Bueno, entonces en ese caso responde tú a mi pregunta: ¿por qué una mujer joven, trabajadora, inteligente y tan hermosa como tú no está saliendo con alguien?
—¿Q-Q-Qué? —tartamudeó ella, sintiendo que por un segundo olvidó cómo respirar.
—Lo que oíste —continuó él—. ¿O qué? ¿Me dirás que no hay ni un solo hombre en este mundo que daría lo que fuera por estar contigo?
—Y-Yo… Sí… ¡No!... E-Es decir… Este… Ah… Baa… Baa…
La mente de Lori estaba hecha un desastre total, su cuerpo no le respondía, y su lengua se trababa. Pero ella, orgullosa como era, hizo acopio de todas sus fuerzas para no desmayarse ante aquellas dulces y encantadoras palabras, las cuales la estaban haciendo sucumbir ante una nueva y todavía más poderosa marea de fuego que amenazaba con carbonizarla. Se limpió las palmas sudorosas en la falda, se acomodó unos cuantos mechones de pelo detrás de la oreja, y, obligándose a sí misma a hilar una oración coherente, dijo:
—Y-Yo jamás he d-dicho eso.
—¿Entonces?
—Supongo… que me pasa lo mismo que a ti.
—Tu respuesta no me convence —se burló él, repitiendo las mismas palabras de su hermana.
La mujer, con el rostro ardiendo, le dio un golpe en el brazo a Lincoln y le advirtió que, si seguía faltándole el respeto, lo convertiría en un pretzel humano. Él, por su parte, le dedicó una sonrisa presumida, pero optó por no seguir molestándola. Luego de eso, ella tomó su regalo y lo abrió; el delicado aroma inmediatamente acarició su nariz, abriéndole el apetito, pero lo que de verdad la maravilló fue la belleza y variedad de cada una de las piezas que se presentaban ante ella: algunos bombones, cuyo chocolate estaba combinado con zumo de lima o de naranja, estaban rellenos de praliné o de caramelo, y otros tenían diversas frutas como mandarina, manzana verde o cereza negra. Lori volteó en dirección de su hermano y notó que él ya la estaba observando, casi como si estuviera esperando su reacción; Lincoln hizo un ademán con la mano y la invitó a probar uno de los apetitosos dulces. Ella se metió un chocolate a la boca y lo saboreó lentamente; el dulce y cremoso relleno, combinado con la amargura del cacao y la acidez de la fruta, se extendió con rapidez por toda lengua, dando lugar a una explosión de sabor y dejándole un gusto exquisito en el paladar.
—¡Mmm~! ¡Están deliciosos! —exclamó ella, con los ojos cerrados y una expresión soñadora.
—Me alegra que te gusten.
—¿Gustarme? ¡Me encantan! Gracias, Lincoln.
—De nada.
Lori le ofreció la caja de chocolates y le dijo que tomara uno, pero Lincoln se negó y alegó que esos eran su regalo; entonces la rubia, no aceptando un «No» como respuesta, tomó un bombón y alimentó al peliblanco contra su voluntad. Él rodó los ojos, recordando lo que había pasado en la cena, pero igualmente accedió a hacer lo que su hermana quería; después de todo, tenía suerte de que nadie más los viera, porque, de lo contrario, estaba seguro de que no sobreviviría una segunda batalla. Sin embargo, con esa idea en mente, Lincoln decidió obtener retribución por su «intento de asesinato», tomó otro bombón y se lo dio en la boca a Lori. Ella rio y volvió a hacer lo mismo, y el proceso se repitió una y otra vez, hasta que un tercio de los chocolates se habían agotado. El hombre tomó la caja y la cerró para evitar tomar más de los chocolates de la mujer, y aunque ella le dijo que no tenía problema alguno con que él siguiera comiendo, pues estos le sabían mucho más dulces al compartirlos con él, él se mantuvo firme en su postura. Ambos guardaron silencio, pero éste no era uno incómodo en lo absoluto, sino que era uno en el que podían simplemente disfrutar de la compañía del otro sin necesidad de comunicarse con palabras; Lori apoyó su cabeza en el hombro de Lincoln, y él apoyó la suya sobre la de ella. Cerraron los ojos y se dejaron llevar por la tranquilidad del momento, como si se tratase de una cálida brisa primaveral, a la vez que las inquietudes del mundo exterior eran arrastradas a un segundo plano que les arrebataba la capacidad de alterarlos de cualquier manera.
—No me interesan —dijo Lori de la nada.
—¿Quiénes? —preguntó Lincoln, sin levantar la cabeza.
—Hace rato me preguntaste si alguien me gustaba, y la respuesta fue no. Eso es porque no me interesan.
—¿Por qué?
—… No lo sé… Quizás no siento que haya llegado la persona correcta…
—¿Y eso te apremia?
—No realmente. Hace mucho tiempo aprendí que no se deben forzar las cosas. —Ella levantó el rostro y observó al muchacho con una tierna sonrisa en los labios—. Supongo que tú y yo somos iguales en ese aspecto.
—Je, je. Creo que sí… —concordó él, aunque su expresión inmediatamente cambió a una de preocupación—. Pero…
—¿«Pero» qué?
El hombre de cabello blanco suspiró pesadamente y miró a su hermana a los ojos, quien parecía intrigada por aquel repentino cambio de actitud.
—Lori…, ¿esto no tiene nada que ver con lo que pasó entre tú y Bobby?
La susodicha giró el rostro y observó el piso; sin embargo, y a pesar de tener la mirada melancólica, dijo con seguridad:
—No, no tiene nada que ver. Aunque, si te soy sincera, hay días en los que me vuelvo a sentir un poco mal por recordar cómo terminaron las cosas.
Lincoln asintió y decidió no hablar más; con uno de sus grandes y fuertes brazos envolvió el hombro de Lori, y, en silencio, la atrajo hacia su cuerpo para intentar reconfortarla con su calor. Le plantó un beso en la frente y volvió a recargar su cabeza sobre sobre su sedosa cabellera, la cual emanaba un dulce aroma a leche de coco, vainilla y almendras. Y mientras acariciaba su hombro con su pulgar, su mente comenzó a transportarlo a una época que ahora le parecía tan lejana; y que, sin embargo, seguía tan fresca en su memoria que podría describir con lujo de detalle todo lo que pasó aquel extraño día.
Él tenía catorce años y seguía cursando la secundaria, por lo que Lori era la que, en ese entonces, tenía la costumbre de regresar a la casa algunos fines de semana; no lo hacía con la misma constancia que él, pero era normal que ella llamara todos los viernes para avisarles qué haría. Ese día no lo hizo, por lo que todos en la residencia asumieron que iría a una cita con su novio o que saldría con sus amigas, pues ella tendría una semana entera de vacaciones. Pero no fue así. Ella llegó a la hora de la comida con la mirada perdida y el cuerpo decaído; Rita inmediatamente se percató del estado tan peculiar de su hija y le preguntó qué le sucedía, y ella, con un tono de voz carente de emoción, pronunció unas palabras que tomaron a todos por sorpresa:
—Terminé con Bobby…
Y sin decir más, Lori se soltó del abrazo de su madre y caminó escaleras arriba hacia su habitación; todos los presentes escucharon la puerta cerrarse, no porque ésta fuera azotada —de hecho, se había cerrado con la mayor suavidad de todas—, sino porque el silencio que se hizo en el comedor tras aquella declaración era tan denso que lo único que cada uno podía escuchar era su propia respiración. Las hermanas mayores se vieron entre sí con preocupación, mientras las menores jugaban con sus dedos o movían la comida con el tenedor. Ese día optaron por dejarla tranquila y esperar a que ella, por voluntad propia, decidiera contarles qué fue lo que pasó; pero, como era de suponer, se quedaron esperando. Transcurrió el fin de semana, mismo donde Lori sólo se levantaba de la cama para comer e ir al baño, y las cosas parecían ir a peor: casi no hablaba, no gritaba, pero tampoco lloraba. Y, por más culpables que aquel pensamiento los hacía sentir, todos los habitantes de la casa hubieran preferido mil veces más escuchar a la chica llorar que verla encerrarse en sí misma. Al menos, así podrían haberse acercado a ella para intentar consolarla, pero en las circunstancias actuales eran incapaces hasta de mirarla, pues la imagen que se presentaba ante ellos era tan sólo una sombra de la Lori que conocían. Había pasado de ser una chica fuerte, imponente y llena de energía a una muñeca resquebrajada por un dolor del que no conocían la causa. Estaba irreconocible. Y siendo ése el caso, ¿cómo podrían ayudar a alguien que ahora les parecía tan desconocida?, se preguntaron. ¿Cómo podrían ayudar a alguien que no abría su corazón ni les permitía entrar al mismo para que pudieran levantar los pedazos rotos y volverlos a unir? Pero, sobre todo, ¿cómo podrían ayudar a alguien que parecía no querer la ayuda de nadie?
El tiempo pasó, y Lori seguía estancada en el mismo estado emocional de antes. Fue entonces que, para el sexto día, todas las hermanas y Lincoln se reunieron en la habitación de Luna y Luan para discutir sobre la situación que tanto aquejaba a la mayor; todas las chicas formulaban sus teorías, y aunque la más popular incluía una posible infidelidad de Bobby, nunca llegaban a un acuerdo. Las posibilidades eran infinitas, y, de haber dado con la verdadera causa, igual no sabían cómo proceder para ayudarla, pues en ese lapso ya habían intentado hablar con ella, recomendado que saliera de la cama, e invitado para que fuera con la familia al centro comercial; pero todo fue en vano. Fue entonces que, en medio de la discusión, Lily se dirigió a Lincoln, quien no había emitido ni un sólo sonido en toda la noche, y le preguntó si lo que le pasaba a Lori era muy grave, y él, con una sonrisa forzada, le dijo que no se preocupara, pues ése no era el caso. La respuesta pareció satisfacer a su hermanita, pero la realidad era que el muchacho no creía ni una pizca de sus propias palabras; él conocía a todas sus hermanas como la palma de su mano, y desde que escuchó a la mayor decir que había terminado con Bobby, supo de inmediato que algo no cuadraba; no sabía exactamente qué era, pero, si lo ponía en perspectiva, eso le daba igual. Ya buscaría culpables después. Para él lo más importante era —y sería siempre— el bienestar de sus hermanas. Deseaba con todas sus fuerzas salir de ahí y dirigirse a su habitación para consolarla del modo que fuera y sacarla de su silencioso sufrimiento. El problema, sin embargo, era que sus propias inseguridades no le permitían tomar la iniciativa. «¿Y si la termino lastimando?», pensó él, afligido, con la incertidumbre invadiendo hasta el último rincón de su cuerpo. No podía arriesgarse a hacer algo tan imprudente y cuyo resultado pudiera agravar aún más el estado emocional de Lori. «Además, siempre que intentaba arreglar algún problema, cuando era niño, sólo terminaba empeorando las cosas…»
Era evidente que Lincoln no sabía cómo actuar, y esto lo carcomía lentamente. Por una parte, estaba su lado racional que le aconsejaba que dejara esto en manos de sus hermanas, las cuales, desde su perspectiva, tendrían seguramente mucha más sensibilidad para tratar con el problema; y por la otra, estaba su lado emocional que le gritaba desde el fondo de su corazón que no podía quedarse impávido por mucho más tiempo. Y por más que las dos partes de su ser riñeron con la misma fuerza e intensidad, el muchacho al final supo (sintió, mejor dicho) qué era lo que él tenía que hacer. Dieron por terminada la reunión, y todas las chicas se fueron retirando a sus respectivas habitaciones, menos Leni, quien fue detenida por Lincoln a mitad del pasillo. Él le pidió que lo dejara dormir en su cuarto por esa única noche y que ella durmiera en el suyo, pues quería intentar una última cosa con Lori, antes de resignarse por completo. Sobra decir que la muchacha accedió sin ningún problema; acarició su cabello blanco con toda la ternura que ella le podía ofrecer e incluso más, le dio un dulce beso en la mejilla, y, mientras lo tenía envuelto en un cálido abrazo, le susurró al oído: «Confío en ti, Linky». Las palabras de Leni le devolvieron la seguridad al muchacho de una manera que no pudo comprender; la densa bruma de su mente que tanto lo asfixiaba ahora desaparecía rápidamente, diluyéndose en el aire y cediendo ante la luz celestial que emanaba su hermana. Ella se separó lentamente de él, casi como si se le dificultara soltarlo, y caminó hacia la habitación que se encontraba al fondo del pasillo, pero antes de cerrar la puerta, volteó una vez más y, con las mejillas coloradas, le dedicó una última y resplandeciente sonrisa.
Lincoln cerró los ojos, llenó sus pulmones con todo el aire que estos pudieran almacenar, y luego lo soltó en un largo y pesado suspiro. Un par de traicioneras gotas de sudor resbalaron por su frente; la capa de calor que antes cubría su espalda se extendió por todo su cuerpo, dejándole una sensación de pesadez en el estómago; y sus manos, que últimamente parecían estar hechas de acero, ahora temblaban como hojas a merced del viento. Pero no titubeó. Sus ojos, aunque él no pudiera verlos, ardían con el poderoso fuego de su determinación. Tomó la perilla y entró. Al instante se dio cuenta de que la oscuridad parecía extenderse hasta el último rincón de la habitación, haciendo más pesado el aire y devorando el color; y esa noche en particular ni siquiera podía guiarse con la luz de la luna, ya que el cielo estaba nublado y bloqueaba la figura de aquel astro inmortal. El silencio era absoluto y el ambiente melancólico. Pero a pesar de esto, Lincoln logró encontrar su camino hasta llegar junto a la cama de Lori; y aunque la imagen le rompió el corazón, pues más que ver a su hermana sólo vio un bulto envuelto en sábanas que parecía carente de vida, se rehízo y delicadamente apoyó su mano sobre su hombro.
—Ahora no, Leni… —dijo Lori, con un hilo de voz.
—No soy Leni —contestó—, soy Lincoln.
La muchacha, al oír la voz de su hermano, giró su cuerpo con lentitud y se quedó observándolo un par de segundos; no había reproche en sus ojos, sólo un destello de curiosidad.
—¿Qué necesitas? —preguntó al fin.
—Yo no necesito nada.
—Entonces, ¿por qué estás aquí?
—Quería verte.
—Bueno, ya lo hiciste. Ahora, si me disculpas, te informo que no quiero hablar con nadie.
—Y yo no tengo nada que decirte.
Lori pareció sorprenderse ante esa declaración, pero inmediatamente después frunció el entrecejo y, con la voz más áspera, dijo:
—Entonces deja de perder tu tiempo y retírate, por favor.
—No lo estoy perdiendo —explicó él calmadamente—. Estoy haciendo lo que quiero.
—¿Qué cosa? —cuestionó ella, con un dejo de ironía—. ¿Molestarme?
—No. Estar contigo.
Las palabras de Lincoln, una vez más, obtuvieron una respuesta de Lori: por un segundo su rostro, que aun en la oscuridad lucía impasible, titubeó; y por lo bajo la escuchó murmurar algo que no entendió del todo. Sin embargo, una vez que la reacción inicial expiró, ella regresó a su estado anterior e incluso se le notaba más molesta.
—Deja de decir estupideces, Lincoln. Déjame sola. No pierdas tu tiempo.
—No —declaró él, sin cambiar su tono de voz—. No te dejaré sola… Ya no más.
—¿Cuántas veces te tengo que decir que te largues?
—Las veces que quieras. Yo no me iré de aquí.
—En serio me estás empezando a enfadar, Lincoln… —dijo ella entre dientes, esperando que eso fuera suficiente para que el chico se fuera, y luego le dio la espalda—. Vete.
Pero él no se movió de su lugar.
—No.
—¡Vete, Lincoln! —exclamó ella, estrujando las sábanas con sus puños y clavando las uñas en la tela.
—No.
Entonces, en un arranque de ira, Lori se levantó de la cama dispuesta a sacar a su hermano a tirones de su habitación y a gritarle en la cara que se fuera y que nunca más volviera a entrar; pero antes de que ella pudiera dar el primer paso, Lincoln la abrazó con fuerza, acarició su pelo despeinado con una ternura que ni siquiera él sabía que era capaz de profesar, y, en el tono de voz más dulce y compasivo, dijo:
—Aquí estoy.
Entre sus brazos, el muchacho de cabello blanco sintió el cuerpo de su hermana estremecerse.
—L-Lincoln… —balbuceó ella, sintiendo cómo la fuerza que antes la inundaba ahora la abandonaba en un suspiro, dejándola incapaz de hasta levantar los brazos—, vete…
—Aquí estoy —repitió él.
Lágrimas comenzaron a formarse en los ojos de la rubia, quien ya no podía controlar su voz ni su cuerpo.
—Lincoln…, vete… V-Vete, por favor… Y-Ya no pierdas tu t-tiempo conmigo… No pierdas tu tiempo… c-conmigo…
Lincoln se separó de Lori, pero siguió agarrándola de los hombros; luego llevó su mano izquierda al mentón de la chica para levantar su rostro y cruzar miradas. La imagen de sus ojos cristalizados por las lágrimas no derramadas le provocó un nudo en la garganta que le dificultaba respirar; pero, aun así, logró esbozar una pequeña sonrisa. Tomó su mejilla con su mano derecha y, como si le estuviera contando un secreto, le susurró:
—Hermana…, aquí estoy… Y siempre estaré aquí para ti… Te amo, Lori…
Y con esas últimas palabras, la presa dentro de la muchacha finalmente se rompió; el dolor contra el que tanto había luchado por mantener encerrado dentro de su corazón cedió ante el insoportable peso de esa hermosa declaración. El cielo nublado se despejó, y para cuando los primeros rayos plateados de la luna se colaron por la ventana, una solitaria perlita de agua se deslizó por la mejilla de Lori. Él se acercó a ella y besó su lágrima, buscando curar de algún modo sus heridas internas. Otra lágrima cayó y él la volvió a besar. Luego cayó otra y otra y otra. Y para cuando menos lo esperó, Lincoln se encontró a sí mismo acostado en la cama con una Lori que lloraba y sollozaba contra su pecho. Su espalda subía y bajaba con movimientos bruscos e irregulares, causados por los espasmos de su llanto; pero a pesar de esto, ella, con la voz entrecortada, alcanzaba a balbucear frases como: «Perdóname, Linky», «No te vayas, por favor», o «No me dejes sola». Y a cada una de sus peticiones, Lincoln siempre respondió con un beso, una caricia, o unas dulces palabras de consuelo.
Pasaron las horas, mismas en las que no se separaron ni un sólo momento del otro, hasta que Lori se calmó; Lincoln tomó un pañuelo de papel y, sin esperar la aprobación de su hermana, le limpió el rostro con suavidad, hasta que estuvo seguro de que ya no quedaban más rastros de lágrimas. Nuevamente se quedaron en silencio y Lincoln, asintiendo satisfecho, cerró los ojos y esperó a que el mundo de los sueños decidiera llevarlos a él y a su hermana a un lugar alejado de todo aquello que pudiera lastimarla. Sin embargo, fue la voz de la susodicha lo que lo volvió a anclar al mundo real.
—Lo siento… —dijo Lori.
—No tienes nada de qué disculparte —le contestó Lincoln.
—No, sí tengo que hacerlo. Fui tan grosera contigo, hice que las chicas se preocuparan por mí…, y he actuado como una ridícula toda la semana…
—Tú no has actuado como una «ridícula», ¿está bien? Es normal que estuvieras deprimida por… por lo que te pasó.
—Sí…, supongo…
—Y hablando del tema… —comenzó él, con los ojos serios y la voz estoica—, Lori, por favor, discúlpame si al preguntarte esto te lastimo o te hago recordar algo que no quieres, pero yo necesito saber una cosa.
—Dime —accedió ella.
El muchacho suspiró.
—No estás obligada a decirme exactamente por qué terminaron tú y Bobby, pero ¿fue por algo muy serio? —Sin darse cuenta, apretó más su abrazo—. ¿Acaso él… te lastimó?
La rubia bajó la mirada y sus dedos se aferraron con un poco más de fuerza a su camiseta.
—Lo siento… —se disculpó él—. No debí preguntar…
—No, no, está bien, te lo diré. Él no me lastimó de ninguna forma…, fui yo…
—¿Eh?
—Fui yo la que lo lastimó a él… Fui yo la que rompió con él…
—¿Por qué?
—… Porque no lo amaba… Y creo que en realidad nunca lo amé…
Luego de eso, Lori procedió a explicarle al sorprendido muchacho su sentir, el cual se quedó callado todo el tiempo para escuchar atentamente todas y cada una de sus palabras. Él ya sabía que ella y Bobby, antes de tener una relación, habían sido muy buenos amigos desde la secundaria, y que fue él quien se le declaró a su hermana en primer lugar; sin embargo, lo que Lincoln jamás imaginó fue que Lori había aceptado su propuesta sin amarlo de la misma manera en que él lo hacía. Era un hecho que ella sentía un enorme afecto por el chico, pues él había sido uno de sus mayores apoyos en la escuela durante una de las etapas más difíciles para cualquier adolescente; el problema, según ella, radicó en que su afecto jamás se convirtió en amor. ¿Y cómo era eso posible?, se preguntó muchas veces. Bobby siempre había sido tan lindo y atento con ella como para que resultara que no sentía lo mismo por él. Por esa misma razón ella aceptó su propuesta sin dudarlo ni un segundo. Y no lo negaría: fue muy feliz; tanto, que casi llegó a pensar que verdaderamente se había enamorado del muchacho. Pero sólo fue una ilusión. Y aquella ilusión, que ella misma se había dedicado a alimentar con fantasías de un futuro matrimonio con hijos, se deshizo en el aire cual humo blanco. No le quedó nada, salvo un profundo remordimiento que la carcomía dolorosamente cada vez que escuchaba a su novio pronunciar un: «Te amo», mientras que ella sólo se limitaba a sonreírle o a darle un beso en la mejilla como respuesta.
—Aquello no fue amor —explicó Lori, con lágrimas volviendo a correr por sus mejillas—, fue una total desconsideración por los sentimientos de Bobby. Creí que estar con él sería suficiente, pero lo único que hice fue prolongar lo inevitable e incluso empeoré las cosas… Si tan sólo no hubiera sido una niña tan estúpida e insegura, podría haberle evitado tanto dolor… Y su rostro… Yo… Y-Yo no sabía que él fuera capaz de mostrar tal tristeza…, tal desesperación… Él me preguntó si lo que le estaba diciendo era una mentira, pero no: era la verdad. Y lo que más me atormenta es el saber que ésa fue la primera vez que fui completamente honesta con él. Estuvimos juntos por más de un año, y lo único que hice fue decirle mentiras, esperando que, con el tiempo, éstas se convirtieran en verdades… No, más que eso: yo necesitaba que se convirtieran en verdades, porque yo deseaba ser feliz. Tenía esa pequeña esperanza. Quería sentirme amada y saber que yo también podía amar a alguien más. Pero ahora me doy cuenta de que no es así… Es más: ni siquiera sé si una maldita ingrata y mentirosa como yo merece ser feliz… Ya no lo sé…
Una vez que terminó de hablar, Lori pretendió alejarse de su hermano para darle la espalda, pues no quería que él la viera —estaba tan avergonzada que no se sentía con la capacidad para enfrentarse a Lincoln en caso de que él decidiera juzgarla por lo que hizo—; pero él evitó que aquello sucediera. Sus brazos, que dieron la impresión de haber tomado prestada una fuerza futura, mantuvieron a la muchacha en su lugar.
—No digas eso —susurró él.
—¿Qué cosa? —preguntó ella.
—Tú sí mereces ser feliz.
—Pero Lincoln…
—Tú mereces ser feliz —la interrumpió él—. Eso y mucho más. Nunca pienses lo contrario, Lori. Nunca.
—¿Cómo puedes decir eso con tanta seguridad?
—Porque es la verdad.
—¿Y qué argumentos tienes para afirmar que ésa es la verdad?
—Los de que tú eres mi hermana y que siempre te amaré, sin importar qué.
Y con esas últimas palabras, Lori, por primera vez desde que volvió a casa, sonrió. Una ola de emociones la inundó por completo, dejándola frágil y a punto de romper a llorar una vez más; sólo que esta vez lo haría de una felicidad que no podía comprender del todo. Se acurrucó una vez más contra el pecho de su hermano y se dejó arrullar por el reconfortante latir de su corazón. Lori empezó a deslizarse lentamente al mundo de los sueños; y fue entonces que ella, cobijada por el calor de Lincoln, pensó fugazmente que nunca llegaría a conocer a nadie que la hiciera sentir como él lo hacía.
—Lincoln… —alcanzó a decir.
—Mmm.
—Gracias.
—¿«Gracias» por qué?
—Por todo.
Lori se levantó de la cama y se despidió de Lincoln, pero antes de retirarse, le dio un pequeño beso en la nariz y soltó una risita. Se dio la vuelta y, con las mejillas ardiendo, cerró la puerta tras de sí. Cerró los ojos, soltó un pequeño suspiro, y cuando los abrió, se encontró con una Lisa que le dedicaba una mirada inquisidora.
—¿Qué pasa, Lisa? —saludó la mayor.
—¿Qué hacías en la estancia de Lincoln a esta hora? —cuestionó la menor, sin rodeos.
—Nada en particular. Sólo hablaba con él. —Entonces la rubia reparó en el gran aparato que su hermana llevaba consigo—. Por cierto, ¿qué es eso? —preguntó, señalándolo con el índice.
La científica bajó la mirada bastante apenada y comenzó a jugar con sus dedos.
—Yo, eh… Esto es… Ummm…
Por su parte, luego de analizar detenidamente la máquina, Lori sonrió burlonamente.
—Ohhh… Creo que ya sé lo que es… Es un detector de mentiras, ¿no?
—N-No… —mintió Lisa, tratando de ocultar su más que evidente sonrojo.
Lori soltó una carcajada, pero decidió no molestarla más. Siguió su camino y entró a su habitación; se percató inmediatamente de que Leni ya se encontraba profundamente dormida, a pesar de que no era demasiado tarde. Sin embargo, no se sorprendió en lo absoluto; su hermana, luego de enterarse que por fin tendría la oportunidad de ir a la casa ese fin de semana, se había puesto tan feliz que se quedó despierta toda la noche anterior probándose distintos vestidos y peinándose una y otra vez. Caminó hasta su propia cama, se acostó, y, mientras se frotaba el rostro con una mano, llevó la otra hasta su pecho para intentar calmar su alborotado pulso cardiaco, el cual le martillaba con fuerza los oídos. «Cálmate, Lori. Cálmate, Lori», se repitió a sí misma, como si se tratara de una especie de mantra que intentaba invocar una paz que desesperadamente necesitaba. Pero, al final, sus esfuerzos resultaron inútiles: la sonrisa en su rostro no menguó en lo absoluto, y su cuerpo seguía ardiendo con la misma intensidad como lo había hecho cuando estaba junto a Lincoln. No obstante, una sensación de vacío también le ahuecó el estómago al mismo tiempo, pues recordó lo que estuvo a punto de pensar, justo antes de que su hermano la interrumpiera.
(«Ninguna, aparte de…»)
Se dio un ligero golpe en la cabeza y se incorporó en la cama. «No, eso sólo fue un pequeño error», pensó ella, intentando guardar la compostura y asintiendo enérgicamente. Sí, ¡sólo había sido eso! Nada más. Y siendo ése el caso, no debería darle tanta importancia. Después de todo, ella no era como Lisa, y todas estaban de acuerdo con ese hecho; lo habían dictaminado en la Junta de Hermanas de ese día, basándose íntegramente en las evidencias recabadas: Lisa era la acomplejada y eso era innegable.
Lisa era la que tenía el complejo de hermano y no ella.
No ella…
«… ¿Verdad?»
Saben, creo que simplemente dejaré de hacer promesas que no puedo cumplir. Les juro que tenía la intención de actualizar esta historia cada mes, pero siempre se cruzaron contratiempos que me imposibilitaban escribir. Además, en este tiempo, me he cuestionado muy seriamente la calidad de mis historias en más de una ocasión; hubo momentos de inseguridad y no me sentía con la capacidad de escribir algo decente. Sólo espero que, con cada capítulo, vaya mejorando poco a poco, hasta alcanzar el nivel que yo deseo.
Sólo espero que este capítulo de más de nueve mil palabras sea disculpa más que suficiente por la enorme ausencia. Espero que les haya gustado tanto como a mí me gustó cuando lo terminé. Sé que el tono es un poco diferente al de los capítulos anteriores, pero creo que con esto finalmente asenté la historia y sé cómo quiero continuarla.
Ahora, respondiendo unas cuantas reviews:
RCurrent, gracias por darte la oportunidad de leer la historia, compañero. Sé que Lincoln parece un poco masoquista, pero en realidad no es así. Supongo que me enfoqué demasiado en la comedia y esa fue la impresión que dio. Y sobre las hermanas, eso fue lo que quise hacer con ella; no ir directamente a la lujuria y tener, al menos por ahora, un tono más dulce e inocente. Espero que la gran espera haya sido una vez más una que valiera la pena. un saludo.
Lord Freeman, muchas gracias por el halago y por leer mis historias. Sobre Carol, déjame decirte que sí aparecerá; y será algo bastante interesante, ju, ju. Más adelante ahondaré sobre la relación de Lincoln y su padre, lo cual es fundamental en esta historia. No cumplí mi promesa, pero espero que este capítulo que es tres veces más largo que los anteriores sea suficiente. un saludo.
Dark-Mask-Uzumaki, tú y tus historias súper fumadas, ja, ja. Lincoln no morirá, pero sí que va a sufrir un ch*ng*. Espero que este capítulo te gustara, amigo.
escudodeplata, gracias por tus palabras y por leer. Espero que la química de Lincoln con Lori te haya parecido igualmente buena y que ahora te dieras una idea de el sentir de las hermanas. Sobre el cómic, oh ¡vaya que lo he visto! Sólo que aquí Lincoln y Ronnie no son novios, y luego explicaré el por qué.
Luis Carlos, yo también me pregunto cómo ha sobrevivido Lincoln todo este tiempo. XD Sin embargo, sus celos son más profundos de lo que se vieron al principio, como lo pudiste apreciar en este capítulo.
J0nas Nagera, es una pena, pero para las hermanas no lo es, ja, ja; después de todo, ellas ya están a la vuelta del dormitorio, como bien dijiste. Y sobre su falta de sutileza, bueno, ¿de qué otro modo pueden imponer su dominio las leonas de la casa? Lily y Leni sin duda son peligrosas, pero no contaron con la jugada de Lori en este capítulo. ¿Quién crees tú que ganó ahora? Muchas gracias por siempre leer y comentar, amigo. Es un gran apoyo y motivador. un saludo.
cefiro101, y a mi me hace muy feliz que te encantara. Sobre las otras chicas, no te preocupes, van a aparecer, ju, ju.
LuArt, y seguiré vivo, amigo mío. Si el anterior capítulo te pareció triste, entonces no sé qué pienses de éste. Un saludo.
Sergex, gracias por darte la oportunidad de leer. Espero que este capítulo te haya parecido mejor. Un saludo.
Guest, los personajes obviamente no son míos, sino de la serie, ja, ja. Sin embargo, sus interacciones, diálogos y lo demás sí. Me alegra que te gustara la química entre ellos y espero que esa química siga presente en este nuevo capítulo.
También quiero agradecer a Hidrak, Ntian, Guest y Wielmehr por comentar.
En fin, espero que les haya gustado y que hayan pasado un rato agradable leyendo. Si así lo desean, denle fav, follow, y comenten; me hace muy feliz leerlos a ustedes. Y si tienen críticas que puedan ayudarme a mejorar, por favor, también déjenlas en los comentarios; mi único fin es mejorar como escritor y pulir mis habilidades.
Sin nada más que decir, me despido.
Dark Dragon Of Creation
