Capítulo 1: Bella envidia.
Érase una vez, un deslumbrante reino, rodeado de altas montañas y frondosas praderas de hierba fresca. Por sus tierras descendía un sinuoso río de aguas cristalinas que atravesaba una alegre y ajetreada ciudad, llena de gente que iba de aquí para allá, siempre ocupada en sus quehaceres.
En el centro de dicha ciudad había un castillo, donde habitaba un sabio rey junto a su fiel reina y sus tres hijas. Dos de ellas eran muy bellas, sin duda alguna, pero la hermosura de la tercera no tenía parangón. Ella era la más pura y absoluta definición de la belleza. Simplemente, no había palabras que pudieran describir semejante perfección.
Tanto era así, que la plebe a menudo se enzarzaba en absurdas discusiones sobre cuál era el rasgo más destacable de tal maravilla viviente:
- ¿Será su cuerpo? – cuestionó un osado joven.
- ¿¡Qué dices, necio!? – le contestó un anciano entrometido que se introdujo abruptamente en la conversación. - ¿Acaso estás ciego y no puedes apreciar lo delicado que es su rostro o cuán blanca es su tez?
- Os equivocáis ambos – añadió un tercero. – El color rubio cobrizo de su pelo en combinación con el verde esmeralda de sus ojos es la verdadera clave de su hermosura.
Y así, entre amenas charlas, innumerables varones de todos los rincones del reino se acercaban a palacio para rendir pleitesía a la preciosa jovencita, colmándola de alabanzas, cumplidos o numerosos regalos. Cuando ella salía de palacio, acompañada por su escolta real, la gente se arremolinaba a su alrededor y le tiraban flores a su paso entre gritos y aplausos.
La joven princesa, cuyo nombre era Psyque, les agradecía cada una de sus atenciones con dulces palabras y una inmensa sonrisa llena de inocencia, pues ella era así, encantadora por dentro y por fuera.
Cuando Psyque llegó a la edad idónea para casarse, la fama de su belleza era tan grande que el pueblo empezó a adorarla como si de una diosa se tratara. Fue entonces cuando todo cambio. La inofensiva devoción se convirtió en algo turbio, tan oscuro como un pozo sin fondo. Muchos grupos de fanáticos comenzaron a dedicarle sacrificios y ha pregonar que ningún mortal era merecedor de su mano, pues ella era la reencarnación de Afrodita, a la que todos debían temer y adorar a partes iguales.
Y día a día, el culto por ella iba creciendo. Y cada vez más se olvidaba todo el mundo de la verdadera diosa de la belleza y el amor. Todo esto enfureció sobremanera a la bellísima Afrodita. Desde lo más alto del monte Olimpo, ella contemplaba colérica como las edificaciones, templos y estatuas antaño dedicadas a ella se llenaban de telarañas, mugre y suciedad, pues ya nadie se ocupaba de su mantenimiento. Todos los honores se los llevaba la odiosa chiquilla que le había robado su culto y su nombre.
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- ¡Que descaro! – gritó la diosa iracunda. - ¡Qué humillante ofensa!
En estos momentos, se encontraba en el interior de su templo predilecto, rodeada de un estanque de agua que conectaba directamente con el océano; lo cual era de esperarse, ya que ella nació en el interior de las turbulentas aguas del mar, por lo que siempre tuvo una conexión especial con este.
La enorme sala, iluminada con los mismos tonos azulados del océano, estaba decorada con ostentosa ornamentación y bellas estatuas de criaturas marinas. En el centro había un trono hecho de plata, con cientos de rubíes y zafiros incrustados. Allí estaba Afrodita, sentada muy dignamente, tratando de mantener a raya su temperamento.
Frente a ella había un enorme caparazón, con una brillante perla blanca en su interior que flotaba grácil e ingrávida sobre la superficie del agua. Dicha perla a menudo era utilizada por la diosa a modo de bola de cristal para espiar el mundo de los mortales. En su lisa superficie apareció de nuevo reflejada la nítida imagen de su rival, la causante de sus desdichas, con ese rostro sonriente, esas mejillas sonrojadas… y esos ojos tan brillantes, como estrellas en una noche sin luna.
Al contemplar tal belleza, la envidia que la mujer guardaba en su interior explotó como un volcán en erupción. Su grito de rabia estremeció a sus sirvientes, que huyeron despavoridos.
Acto seguido, con un gesto malhumorado, ordenó que cesasen esas imágenes que la atormentaban. La perla, obediente, dejó de flotar para ocupar su sitio en el interior del caparazón, que se cerró de inmediato para volver a sumergirse en el rincón más profundo del océano.
- ¡Habrase visto! ¡Yo, la diosa del amor y la belleza, creadora de todo lo bello en este mundo! ¡Humillada por una simple mortal! ¡Por una mocosa de naturaleza fugaz y efímera!
- Afrodita, por favor, no empecemos otra vez. – dijo su apático acompañante, Apolo, en un tono monótono, como si estuviera aburrido de hablar siempre del mismo tema.
- Esto no va a quedar así. Te lo juro por Zeus, que mi ira caerá sin piedad sobre esa mocosa desvergonzada que osa ocupar mi lugar.
- No está tratando de usurpar tu lugar ni el de nadie. Los humanos tan solo la veneran porque es hermosa como ninguna. Más de uno cree que es la reencarnación de la mismísima Afrodita en la Tierra, lo cual es una idea bastante absurda, si me permites la opinión.
- ¡No te permito tu opinión ni la de nadie! ¡Yo soy la verdadera Afrodita! ¡Me tienen que alabar a mí! – gritó ella, antes de tomar aire para tratar de recomponerse. – Debo deshacerme de esa mujerzuela.
- ¿Y qué vas a hacer? ¿Vas a mandarla a matar?
- ¡Silencio!
- Te recuerdo que Hades te lo prohibió. Nadie debe interferir en el tiempo de vida de un mortal, salvo que haya llegado su hora, según dicten Las Moiras, hilanderas del destino.
- Ya lo sé. ¿Me tomas por idiota?
- ... Y luego te preguntarás por qué la gente ama más a una cándida muchachita antes que a la mordaz diosa Afrodita. - bromeó sarcástico con una siniestra sonrisa en sus labios.
Durante varios segundos estuvo bastante convencido de que la diosa lo estaba intentando asesinar con su fiera mirada. Sin duda alguna, lo que tenía de bonita lo triplicaba de aterradora…
- Aunque pudiera, no la mataría ... - dijo ella finalmente, con inmenso desdén.
Tras un momento de silencio, la diosa habló nuevamente.
- Hoy he mandado a mi hijo Eros a buscar a la más vil de las bestias. - Su voz sonaba cruel, gélida como un glaciar. - Haré que ella sufra, Apolo. Que lloré y desesperé durante toda su corta y miserable vida por culpa de un desdichado matrimonio con el ser más espantoso de la tierra.
- Afrodita… ¿De verdad es necesario todo este drama? - insistió tratando de apaciguarla. Pero era demasiado tarde.
- Quiero ver las lágrimas de Psyque al contemplar el abominable rostro de su marido. En caso de no poder obtener esto, quiero sus llantos histéricos al ver como su querida ciudad es arrasada por su culpa, por haber desafiado mi autoridad. – Sentenció solemnemente, ignorando por completo a Apolo. – ¡Solo una de estas opciones podrá contentarme!
Tras estas palabras, Apolo optó por callar. No estaba de acuerdo con la diosa, pero si no quería convertirse en su enemigo no podía llevarle la contraria. Más aún si ella se encontraba en este estado tan irritable.
- "Qué problemática es… casi tanto como el sinvergüenza de su hijo." – pensó el dios del Sol y la profecía. – "Luego dice que no sabe por qué Eros es como es."
Finalmente, decidió dejar a la diosa a solas cuando el incómodo silencio entre ambos se hizo demasiado difícil de soportar.
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En una de las habitaciones más altas del castillo se encontraba la princesa Psyque, asomada en su balcón.
La brisa de la noche mecía su vestido de un lado a otro, con gracia y elegancia, al igual que sus rubios cabellos, que parecían danzar delicadamente con el viento.
Lucía tan hermosa esa noche, bajo el inmenso manto estrellado, que cualquier persona que hubiera pasado por allí y la hubiese visto, hubiera pensado que no estaba contemplando a una simple mortal sino a una divinidad que había descendido del cielo para deslumbrarle con su presencia. También era muy probable que esa hipotética persona hubiera llegado a la conclusión de que una muchacha tan divina, rica y agraciada, no podía sufrir pesar alguno, pues con tales atributos, su vida debía ser perfecta. Pero esa hipotética persona no podía estar más equivocada… Y prueba de ello eran las dos lágrimas traicioneras que resbalaban por las sonrojadas mejillas de la linda chica. En su semblante podía verse una expresión de profunda tristeza bastante inusual en ella, con esos ojos rojos por el llanto y esa mirada vacía que se perdía en el horizonte.
Cansada de llorar en soledad, entró taciturna en su habitación y se acercó lentamente a su improvisada mesa de trabajo, para releer el conjunto de papiros que tenía esparcidos sobre su superficie. Solía escribir en ellos, utilizándolos como diario. Gracias a su inmensa curiosidad y a su posición privilegiada como princesa pudo permitirse el lujo de aprender a escribir, una hazaña complicada para una mujer de su época. En las hojas de su rudimentario diario, ella desnudaba su alma al completo, escribiendo todos sus pesares y alegrías. Sin embargo, las últimas hojas carecían de alegrías…
Al lado de los papiros, cientos de regalos de todo tipo se amontonaban por doquier. Eran los presentes y las ofrendas de sus admiradores. Sus obsequios eran realmente muy hermosos. En especial las flores. A ella siempre le habían encantado. De hecho, sentía una gran predilección por las rosas rojas. Sin embargo, esa noche ni siquiera el suave tacto de sus pétalos la hacía sentirse mejor.
La joven princesa estaba tan ensimismada que no pudo evitar sobresaltarse al escuchar el ruido sordo de unos golpes contra la puerta.
- Hija, soy yo. ¿Puedo entrar?
- ¡S-ii, claro! – exclamó la joven, secándose apresuradamente las lágrimas con la tela de sus largos ropajes.
Su padre abrió la puerta con cuidado. Por un momento, permaneció dubitativo en la entrada, mirando a su pequeña con un semblante serio.
- No hace falta que disimules tu pena con una sonrisa, hija mía. Ver eso es aún más triste que contemplar esas lágrimas descendiendo por tus mejillas.
La joven suspiró, rendida ante la evidencia.
- Entre padre, por favor.
- Mejor entrar ahora, antes de que tus regalos bloqueen la puerta. - bromeó el rey, tratando de animar el ambiente. De hecho, casi tropieza torpemente con uno de los presentes. - ¡Vaya! ... A este paso no vas a tener espacio en tu cuarto para poder moverte. ¡No vamos a tener espacio ni en todo el castillo!
- Son realmente magníficos. - dijo ella, tratando de sonreír con alegría, como solía hacer siempre. Si le mostraba lo preocupada que estaba solo conseguiría alarmarle. Su padre siempre se portaba muy bien con ella, por lo que no quería causarle problemas.
- ¡Son magníficos, sin duda! – corroboró él. Tras una breve pausa, añadió. - Pero … no es esto lo que de verdad quieres. ¿No es así?
- Padre...
- No hace falta tratar de ocultármelo. – el sabio rey se aproximó a ella y puso sus manos sobre sus hombros en un intento de reconfortarla, de transmitirle seguridad. - Cuéntame tus penas. Te aseguro que te hará sentir mejor.
Psyque sonrió, pero esta vez de verdad.
- No se va a marchar hasta que me sincere con usted, ¿cierto?
- ¡Exacto!
Ella dejó escapar una leve risotada, antes de añadir:
- ¡Tan tozudo como siempre! Con un padre tan terco, tengo todas las de perder. Será mejor hacerle caso o podríamos estar así toda la noche.
- ¡Exacto! – le confirmó el rey devolviéndole la sonrisa.
A continuación, ella tomó asiento junto a su padre para poder conversar de forma más confortable. Había tomado una de sus adoradas rosas entre sus manos y la miraba con cariño sin despegar la vista de ella. Así permaneció por unos segundos, perdida en su propio mundo interno lleno de pensamientos reflexivos y preciados recuerdos.
- Padre. - murmuró finalmente con una frágil sonrisa y un cándido sonrojo. - ¿Recuerda... esa canción que solía cantar? Aquella que hablaba sobre el romance de dos amantes, comparándolo con una bella rosa llena de espinas... Siempre que escuchaba esos versos tan maravillosos mi corazón latía como loco imaginando a mi persona amada cantando para mí. Y entonces me preguntaba, ¿Será cierto todo eso que dicen acerca del amor? ¿Realmente puedes sentir mariposas en el estómago y punzadas en el pecho? ¿O la sensación de tener la cabeza en las nubes? …
- Mi niña. - susurró apenado, recordando lo feliz que era su pequeña cada vez que oía aquella canción. - Siempre fuiste una persona muy romántica.
Psyque asintió tímidamente, un poco avergonzada. Luego señaló a sus presentes.
- ¿Sería ingrata si digo que... entregaría todos estos preciosos regalos a cambio de alguien sincero dispuesto a enseñarme qué es ese extraño sentimiento? - preguntó a su padre con voz suave pero llena de anhelo. - ¿Sería una tonta si dijera que los entregaría todos a cambio de una persona que me amase y no tuviese miedo de casarse conmigo?
Su padre simplemente negó con la cabeza, cabizbajo y en silencio.
- Padre… Yo siempre quise una relación como la que usted tiene con madre. Por eso y-yo... yo siempre me negué al típico matrimonio por compromiso, porque quería casarme por amor. Pero, ¿cómo voy a hacerlo ahora, si ni siquiera puedo conocer a mis pretendientes porque todos huyen espantados de mí por alguna razón que desconozco? ¿Acaso es porque les intimida el culto que se ha formado en torno a mí? Y si es así, ¿cómo podríamos parar todo esto? A este paso, ni siquiera es posible un matrimonio por compromiso.
- Entiendo cómo te sientes y realmente lo lamento. Pero no podemos hacer nada con respecto a lo del culto. ¡Todos están convencidos de que eres Afrodita! Incluso hay grupos que van pregonando tu fama de pueblo en pueblo para que más adeptos vayan a hacerte sacrificios y ofrendas. Están logrando que todos te adoren, pero que a la vez todos te teman. Temen a Afrodita, al igual que temen la ira de su marido Hefesto o los celos de sus numerosos amantes. - le dijo, tomándola fuerte de su mano. - Siento tener que ser franco contigo, mi dulce niña, pero... no habrá ningún pretendiente que ose tomarte como esposa, por muy bella que seas. Casarse con "la reencarnación de Afrodita" sería un suicidio para cualquier humano con sentido común.
- ¿¡P-pero, por qué!? Yo no soy Afrodita. Yo no soy ninguna diosa. ¡Soy de carne y hueso! ¡Vivo y siento! Yo tan solo... tan solo... soy una humana, con necesidades humanas. No quiero que nadie me idolatre de esta forma tan mezquina, ni que ofrezcan más sacrificios en mi nombre, ni que asalten a todos aquellos que muestren algún tipo de interés romántico hacia mí. ¡Todos se han vuelto locos! ¡Esto es... es aterrador!
Su padre suspiró abatido.
- Déjamelo a mí. Tú no te preocupes por nada. ¿Me has entendido?
- P-Pero, … ¡puedo dar un discurso! – exclamó la ilusa joven, con la llama de la esperanza ardiendo en su pecho. Se levantó de golpe, mirando intensamente a su progenitor con un destello de determinación brillando en sus grandes ojos verdes. Con ánimo renovado, prosiguió con su propuesta. - ¡Es una buena idea! ¡Quizás si les convenzo d-...!
- ¡No vas a convencer a nadie, Psyque! Ellos ya han convencido a la gente de que eso mismo es lo que harás para mantener en secreto tu "divinidad". - interrumpió el rey con un tono de voz firme - ¿Lo entiendes? De nada servirán los discursos, porque todos seguirán pensando que eres Afrodita digas lo que digas. Así que, tan solo... siéntate y relájate, ¿está bien?
- E-Está bien ... - asintió la muchacha, un tanto insegura. El brillo en sus ojos se desvaneció en un instante.
Se sentó lentamente, obedeciendo a su padre. Luego musitó abatida, con el corazón roto:
- ¿Por qué está pasando esto? ¿Por qué todos me adoran, pero nadie me ama? ¿Qué he hecho mal?
- Nada, hija mía. Nada has hecho mal. Pero ya sabes cómo es la gente en estos lares…
Psyque sabía muy bien a qué se refería su padre. No es que la gente de su reino fuese mala, sino que se dejaba llevar fácilmente por los prejuicios y las supersticiones.
En la Antigua Grecia había varios prejuicios muy remarcables, entre ellos el siguiente: alguien que destacaba en algo, muy por encima de la media, era observado con recelo por el resto de la población, independientemente de si la cualidad en la que sobresalía era positiva o negativa. Por ejemplo, si alguien era espantosamente feo hasta el punto de la deformidad, todos le tenían miedo, pues creían que podía ser algún monstruo; si por el contrario alguien era excesivamente guapo hasta sobrepasar los límites de lo que se consideraba hermoso, despertaba admiración, pero también cierto temor y suspicacia, porque todos asumían que podía ser una criatura o ente superior, que podría causarles grandes infortunios con un simple chasquido de dedos si no se le mostraba el debido respeto.
La belleza de Psyque estaba a un nivel muy superior, así que no era de extrañarse que todos pensaran que era una diosa a la que debían alabar, pero con la que era mejor no involucrarse.
Así era la mentalidad de la época y bajo estás creencias se fue formando el culto a Psyque.
A medida que dicho culto se iba consolidando en todos los rincones del reino, los pretendientes que la princesa había ido acumulando involuntariamente a lo largo del tiempo fueron desapareciendo poco a poco, año tras año, hasta que ya no quedó nadie que estuviera interesado en casarse con ella. Algunos candidatos fueron muy persistentes, porque ansiaban la fortuna de la familia más que a la chica en sí, pero al final todos cedieron ante la presión de los más fervientes fanáticos de Psyque. Desde entonces nadie se había atrevido a pedir su mano.
Nadie, salvo una persona…
Hace aproximadamente una semana, hubo un pretendiente que se presentó ante su padre, renovando las esperanzas de toda la familia con su repentina aparición. Era un príncipe extranjero, joven y bastante atractivo. Al contrario que todos los demás, no creía en dioses o supersticiones ni le importaba lo que la gente dijera sobre Psyque. Tampoco parecía disgustarle lo curiosa que era la joven princesa, ni le molestaba el hecho de que le hiciera tantas preguntas sobre el mundo exterior o sobre su país. De hecho, pareció agradarle su actitud curiosa y su cándida alegría.
Todo parecía estar yendo sobre ruedas. Pero… de repente, el destino truncó de nuevo las esperanzas de toda la familia. Sin motivo aparente, el príncipe dejó de interesarse por la joven. De la noche a la mañana, mostrándose muy indiferente, montó en su caballo blanco y se marchó de vuelta a su país, dejando a Psyque terriblemente confundida.
Eso fue, sin duda, muy extraño… ¿Por qué se fue, si parecía tan interesado en un principio? ¿Había hecho ella algo malo para ahuyentarlo de esa forma? ¿Era todo culpa suya?
Desgraciadamente, aún no había dado con la respuesta a este enigma.
Con la marcha del príncipe, Psyque se vio forzada a volver de nuevo a su mundo solitario, lleno de ofrendas y cumplidos de gente que jamás la querría como ella deseaba que la quisieran.
No deseaba más regalos, ni más alabanzas vacías. Tan solo deseaba un buen esposo que la amara dulcemente. ¿Acaso eso era mucho pedir? ¿Por qué los dioses parecían negarle esta dicha?
Todo este discurso interno, lleno de preguntas sin respuestas, fue interrumpido por su padre, quien continuó hablando con las siguientes palabras:
- Psyque… ¿Quieres dejar de soñar despierta y escuchar a tu padre?
- ¿Q-Qué? ¡Oh, lo siento! ¡Lo siento mucho! Me he distraído un poco yo sola. – exclamó avergonzada. - ¿Q-Qué decía, padre?
Su padre soltó un bufido de resignación. Definitivamente, la cabeza hueca de su hija no tenía remedio.
- Decía que no debes preocuparte más, hija mía. – le aseguró con voz firme. - Tu madre y yo hemos estado hablando sobre esto durante horas y ambos hemos llegado a la misma conclusión. Si no somos capaces de resolver este dilema por nosotros mismos, debemos dejarlo todo en manos de los dioses. Mediante sus sabios consejos podremos hallar la luz al final del túnel.
- ¿Dioses? ¿Consejos? – le interrogó confundida. - ¿Qué quiere decir, padre?
El rey suspiró hondo. Tras una breve pausa dijo:
- Vamos a ir a pedir consejo al Oráculo de Delfos, Psyque.
Acabo de ver un anime sobre mitologia griega. La animación era bastante mala, pero aún así ha conseguido revivir mi pasión por este mito.
Algunas personas han escrito versiones más oscuras/adultas de este relato. Otras versiones son más inocentes, como un cuento de hadas. Esta va a ser de la segunda clase, más o menos. Quisiera crear una relación bonita entre los protagonistas, con toques de romance, una pizca de humor, drama, etc.
Hay un par de cosas que teneis que saber antes de leer:
1) En la historia original pasan cosas muy hardcore, típicas de los mitos griegos. Asi que he tenido que censurar algunas cosas y endulzarlas al más puro estilo disney. Tambien he tenido que inventarme un par de cosas para justificar las acciones de los personajes, porque la historia original es muy metáforica y no aclara muchas cosas.
2) En la original se usan los nombres romanos (Venus, Jupiter, Cupido, etc), pero yo voy a usar los nombres griegos (Afrodita, Zeus, Eros, etc) porque el relato transcurre en Grecia y los personajes son griegos.
3) Un anime me inspiró a escribir. Vais a notar bastante su influencia.
