...Capítulo 2: La funesta profecía ...

El rey galopaba a lomos de su caballo en compañía de su hija. Un grupo de fieles soldados viajaba con ellos con el fin de escoltarlos hasta su destino.

Faltaba poco para llegar al famoso Oráculo de Delfos, que se encontraba en la cima de una ladera elevada. Allí arriba se erguía el magnífico templo consagrado al dios Apolo, el cual gozaba de gran prestigio por sus acertadas predicciones de futuro. Si algún ciudadano tenía que tomar una decisión importante o se sentía inseguro acerca de su futuro, siempre acudía al Oráculo en busca de su consejo.

Al cabo de un rato, el grupo finalmente llegó a su destino.

Subieron, uno a uno, los numerosos peldaños de la larguísima escalera de piedra que les conduciría directamente hasta la puerta principal. Al llegar hallaron un enorme portón de madera, con grabados de oro que representaban a la divinidad del templo, el dios del Sol y la profecía.

Cuando el rey tocó la puerta, esta se abrió muy lentamente con un sonido desgarrador, desvelando una amplia sala de piedra. No había ventanas, pero sí que había numerosas velas que iluminaban tenuemente la estancia. Una larga alfombra color rojo escarlata era la única decoración del lugar. Estaba colocada de tal forma que marcaba un camino recto hasta el fondo de la sala, donde les esperaban en perfecta formación un grupo de sacerdotisas. Fueron ellas las que los guiaron hasta otra sala aún más oscura que la anterior. Nada había en ella, salvo una figura misteriosa sentada justo en el centro. Vestía una larga túnica roja carmesí con extraños símbolos negros y una amplia capucha que ocultaba sus facciones. La figura encapuchada permanecía sentada en el frío suelo, rodeada por seis velas que formaban un círculo en torno a ella. Esta enigmática persona era la famosa Gran Pitonisa, aquella que proclamaba ser capaz de comunicarse con los dioses, sirviendo de nexo entre este mundo y el mundo de los dioses.

La ceremonia pronto dio lugar tras una serie de preparativos, en los que destacaba la quema de varios inciensos. Una vez hecho esto, rey y princesa se sentaron frente a los presentes, observando con detalle todo lo que sucedía.

Las sacerdotisas dieron comienzo al ritual de adivinación uniendo sus manos, para formar un círculo en torno a la adivina y dar vueltas a su alrededor. Primero se movían muy lentamente, pero a medida que transcurría el tiempo, sus pasos se aceleraban cada vez más hasta volverse frenéticos. Lo mismo pasó con sus cánticos, que de armoniosos pasaron a ser atronadores. Cada una cantaba a descompás, usando diferentes tonos de voz. Sus siluetas a contraluz creaban sombras que se proyectaban en las paredes. Dichas sombras parecían bailar al son de la funesta canción, como espectros danzando en lo más profundo del inframundo.

Sin duda, creaban una escena sobrecogedora.

Psyque se abrazó a sí misma, intimidada por este ambiente tan tétrico.

Tras varios minutos de intervalos entre pasos lentos y pasos frenéticos, Gran Pitonisa puso los ojos en blanco. De su boca salieron incomprensibles palabras en diversos idiomas.

Y entonces... tomó las manos del monarca y las de su asustada hija. Les ordenó que cerraran los ojos y eso mismo hicieron.

- ¡Oh! ¡Gran Apolo! ¡Revélanos cual será el futuro de esta joven! – gritaron las sacerdotisas al unisonó. - ¿Con quién ha de casarse? ¿Qué le depara el destino?

A partir de aquí, todos los allí presentes parecieron entrar en trance:

Al abrir los ojos, Psyque se dio cuenta de que se encontraba en lo alto de una montaña, junto a su padre. Desde ahí arriba era capaz de divisar a su querida ciudad en la lejanía, pero esta se encontraba en el más lamentable de los estados. Sus grandes ojos esmeraldas se ensancharon con horror ante esta horrible visión. Nada quedaba en pie. Todo había sido arrasado. Columnas de fuego descendían de los cielos para quemarlo todo a su paso. Las casas, la gente, el verde y frondoso prado, todo se iba transformando en un montón de cenizas. Lo que antes era un cielo azul, ahora era un cielo color rojo sangre. El aire puro ahora era nauseabundo y sofocante.

Olía a sangre, a muerte …

Este no es mi reino. - susurró el rey, observando incrédulo como ese lugar al que llamaba hogar se transformaba cada vez más en un infierno.

Aterrada, Psyque oyó desde el cielo el eco de una voz atronadora que le gritaba una y otra vez:

POR TU CULPA, PSYQUE.

TODO POR TU CULPA.

Y de pronto...

… Tanto el rey como la princesa abrieron sus ojos, pero esta vez en el mundo real.

Acababan de experimentar una visión de futuro. Se trataba de una vivencia falsa, pero se había sentido tan real como la vida misma. Tanto fue así que les llevó varios minutos el recuperar el aliento. Incluso ahora, podían notar el olor a ceniza en sus fosas nasales.

Gran Pitonisa, encargada de transmitir las palabras del dios Apolo, se dirigió hacia el aterrorizado monarca y así le habló:

- ¡Alarmaos, pues tenéis motivos de sobra, mi señor! No podréis hallar pretendiente alguno para vuestra hija, pues está maldita. Ha cometido el terrible pecado de usurpar la identidad de la diosa más hermosa, Afrodita, la cual se siente ofendida por la gran atracción que vuestra bella hija suscita. Habéis usado su divino nombre en vuestro favor, recibiendo ofrendas y sacrificios que solo deben ser ofrecidos a los dioses. ¡Así es como habéis provocado vuestra propia desgracia! ¡Arrodillaos pues! ¡Aceptad la voluntad de los dioses o estos arrasaran vuestro reino en favor de la diosa! ¡Oh, mi rey! ¡Vuestras tierras se volverán infértiles, los cielos se teñirán de rojo carmesí y las nubes derramarán lágrimas de fuego!

- ¿Mi reino? – exclamó aquel hombre temblando de miedo. - P-pero… ¿Qué he de hacer para calmar la ira de la diosa? ¡Dígamelo, pues haré todo cuanto esté en mi mano para obtener su perdón!

Una risotada desquiciada escapó de los resecos labios de la pitonisa al oír la palabra "perdón".

- ¿Perdón? No hay perdón que valga para una diosa iracunda. Solo hay una forma de calmar su desmesurada furia…

Y elevando sus manos al cielo, comenzó a recitar una funesta profecía con voz de ultratumba:

En la más alta roca del monte más alto, abandonad a vuestra hija, vestida y adornada para una boda funeraria.

No esperéis un yerno de estirpe mortal, sino un ser alado, venenoso como una serpiente,

cuyo oscuro corazón siempre fue incapaz de amar a nadie.

Causando infortunios por donde quiera que pasa, a todos atormenta volando por el cielo.

Por él tiemblan de miedo las divinidades, las tinieblas Estigias y hasta el mismísimo dios de los dioses, Zeus.

Después de una incómoda pausa, volvió a hablar al monarca:

- Mi rey... ¿Lo comprendéis ahora? Abandonad a vuestra hija en la cima del monte más alto, donde será tomada como esposa por el temible monstruo que Afrodita ha mandado a buscar para ella. Este será vuestro castigo por ultrajar su nombre. Si os negáis, ya sabéis lo que le pasará a vuestro reino. ¡Deberéis obedecer el mandato divino!

- ¿Un monstruo? ¿A-Abandonarla? ¿¡C-Como podría hacer tal abominación!? – susurró angustiado el tembloroso rey. - ¿¡Quién tomará a mi pequeña por esposa!? ¿Quién es esa horrible criatura?

- ¡Ya habéis oído la profecía! Será una bestia, temida por los mismísimos dioses, que va causando infortunios por donde quiera que pasa. Eso es todo lo que sabemos. Mi poder no es capaz de desvelar nada más.

Una de las sacerdotisas posó su mano sobre el hombro de rey para indicarle que debía abandonar la estancia, pero este se apartó como si el tacto le quemara la piel.

- ¡Me niego a qu-…!

- ¿¡No queríais un esposo para ella!? – refunfuñó la pitonisa. - Pues ahí lo tenéis. Entregadla o sufrid las consecuencias de vuestra desobediencia.

- ¡No! ¡No pued-!

- ¡Lo haré! – exclamó una voz quebrada, pero llena de determinación. La de Psyque, la aterrorizada pero valiente joven. Las imágenes de su querida ciudad destruida le infundieron el valor que necesitaba para proclamar las siguientes palabras:

- Padre, me entregaré al monstruo y salvaré nuestro reino.

Tras esta declaración nadie dijo ni una sola palabra durante un buen rato. El silencio sepulcral solo fue roto por el desgarrador llanto de un padre que pronto perdería a su amada hija.

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En lo más alto del risco se hallaba la mujer más hermosa, con dos lágrimas como perlas resbalando lentamente por su rostro de porcelana. Llevaba una corona negra y un oscuro traje que danzaba majestuoso con el viento huracanado.

Estaba nublado.

Hacía un frío helador.

Sin embargo, el corazón de la joven estaba en llamas.

Ella giró la cabeza levemente para echar un último vistazo a sus padres y al séquito de numerosas personas, ataviadas con negros ropajes, que habían venido a despedirse de la joven como si de un funeral se tratara. Todos lloraban amargamente por la desdichada Psyque, pero esta se mantuvo firme.

- ¡Marchad! No lloréis más por mí, porque de nada sirven ahora vuestros lamentos. – proclamó, sintiendo el ardor de ese fuego que alimentaba su determinación. –Estoy aquí por libre voluntad y aquí me quedaré para cumplir con mi cometido. Que seáis felices y que la bendición de los dioses vuelva a caer en nuestra ciudad. ¡Y ahora marchad!

Por respeto a la última petición de Psyque, todos empezaron poco a poco a abandonar el lugar con gran pesar. Y allí se quedó ella, sola y desamparada.

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Las horas fueron pasando. Psyque comenzaba a desesperarse.

En su soledad, la coraza de valor que cubría su corazón empezó a desquebrajarse. Su cuerpo, antes dignamente erguido, temblaba violentamente, pero no sabía a ciencia cierta si era por el frío helador o por el profundo miedo que se iba instaurando poco a poco en su alma.

¿Qué aspecto tendría su marido? ¿Podía llamarle así? No lo tenía muy claro, ya que no hubo ceremonia nupcial ni registro estatal, aunque bien sabía ella que esas cosas no eran obligatorias en su época. Bastaba con que su padre la entregase a un pretendiente y convivieran juntos.

Y hablando de vivir juntos … ¿Qué clase de vida le esperaba junto a la bestia?

¿Sería un monstruo de verdad?

¿Sería cruel con ella?

Estas y muchas más preguntas se arremolinaban en su mente caótica. Su rabia y frustración se transformaron en gruesas lagrimas que ella ya no trataba de disimular.

¿Para qué ocultar su llanto?

Ya nadie podría verla. Estaba sola. Su padre no la consolaría. El enamorado con el que siempre soñó se había esfumado antes de existir siquiera. Finalmente estaba en compañía de su enemigo más temido: la soledad.

Así es como iba a morir: sola, abandonada en este risco…

...o asesinada a manos de la bestia.

En un arrebato de ira ante tan pésimo futuro, se asomó al abismo y gritó a pleno pulmón:

- ¡Se dice que la belleza es una bendición que todos quieren, pero a mí solo me ha traído la desgracia de tener que desposarme contigo! ¡Así que sal de donde estés, bestia! ¡Ya que te has robado mi sueño de conocer el amor, al menos ten la decencia de no hacer esperar a tu mujer!

Después de soltar esta provocación, permaneció expectante en el borde de aquel risco, pero desgraciadamente nada sucedió. Sin poder soportar más toda esta situación, se desplomó de rodillas al suelo, sumida en un llanto desconsolado.

De pronto, sintió una suave brisa que la envolvía. Era cálida, como el sol de primavera. Olía a pino, bosques y flores. Comenzó a elevarse por los cielos, pero por alguna razón desconocida, no sintió miedo. De hecho, todo lo contrario: estaba tan relajada que se quedó apaciblemente dormida desde el preciso momento en que aquel viento la depositó de forma delicada sobre una verde planicie.


ACLARACIONES:

1) En realidad, los templos de adivinación no eran así. Me he inventado un par de cosas.

2) En la historia original la ciudad no está bajo ninguna amenaza. Incorporé lo de la maldición del reino para justificar la decisión del padre de Psyque de entregar a su hija al monstruo. Además, no sería descabellado pensar que los dioses serían capaces de destruir una ciudad si ven que los humanos están adorando a Psyque y se niegan a que esta sea castigada por recibir el culto de una diosa. Todos los dioses Olímpicos son realmente caprichosos, en especial Afrodita, y se toman muy mal la desobediencia de los humanos.

3)En el mito no se aclara por qué todos alaban a Psyque pero nadie la ama. Yo tengo dos teorías:

- Tanto Afrodita como su hijo no pueden impedir que los humanos adoren a Psyque, pero como dioses del amor, puede impedir que alguien se enamore de ella. Asi evitan que se case con alguien antes de que Eros encuentre a un monstruo con el que emparejarla.

- Los griegos de la época tenian esa mentalidad que he descrito en el capitulo 1, asi que no seria tan raro que rechazaran a Psyque por miedo a que ella fuera Afrodita. Hefesto, el verdadero marido de la diosa, los mataría al instante ...