-Capitulo 5: El monstruo, parte 2-
De repente, para la gran sorpresa de Psyque, la presencia misteriosa desapareció repentinamente. O más bien dicho, cambió de lugar como por arte de magia. Ahora, él estaba en la cama, sentado muy cómodamente, como si siempre hubiese estado allí, observándola fijamente con su rostro oculto en la penumbra. A duras penas podía distinguir su silueta.
- Acércate. – dijo suavemente mientras daba unos ligeros golpecitos sobre la cama, invitándola a sentarse junto a él.
La tímida princesa vaciló por un minuto. ¿Era seguro estar junto a él en una cama? Después de todo, él había dejado muy claras sus intenciones con ella desde el principio. Desde luego, no eran las intenciones más puras y castas del universo, precisamente.
- No te haré nada. – le aseguró el ser misterioso al notar su indecisión. – Ven, habla conmigo, aunque solo sea para interrogarme. Déjame tenerte por fin junto a mí.
"¿Por fin junto a mí?"
Se sintió tentada a preguntarle a qué se refería, pero le daba la sensación de que este enigmático ser no le iba a dar una respuesta clara. En su lugar, le pidió que le asegurara de nuevo que no le haría nada malo. La presencia misteriosa insistió en que podía sentirse segura a su lado. Psyque no podía verle la cara, pero aun así sintió que él sonreía de forma retorcida mientras le aseguraba todo esto. A lo mejor era solo su imaginación...
Quizás ella era muy ingenua o tal vez él estaba siendo sincero. Sea como sea, eso fue suficiente para que Psyque accediera a darle un voto de confianza.
- … Está bien – respondió tras una breve pausa. – Tan solo déjame encender una lampara de aceite para…
- No. – respondió él de forma rotunda. El tono de su voz había cambiado a uno más grave. - No importa lo que pase. No debes verme.
Ella tragó saliva, inquieta. Él le había prohibido saber qué era, quién era o cuál era su nombre. Ahora también le prohibía verle la cara. Y lo único que ella podía preguntarse a sí misma era…
- ¿Por qué? – se atrevió a pedirle una explicación, aunque sabía muy bien que no se la iba a dar.
- No debes. No es seguro.
- Pero…
- No.
Esta reacción extrañó sobremanera a Psyque, pero no dijo nada más. Ante su silencio, él respondió:
- ¿Para qué quieres verme? Tú has visto muchos rostros y ninguno consiguió enamorarte, ¿no es así? Por otro lado, tú tienes una cara muy bella y un cuerpo envidiable. Por ello has tenido que sufrir la pena de que todos admiren tu físico sin que nadie quiera casarse contigo y regalarte su amor sincero para toda la vida. Yo entiendo tu pesar y te aseguro que no tendrás ese problema conmigo. Yo estoy dispuesto a pasar una eternidad junto a ti. De mí te entrego mi voz, mi alma, mi cuerpo y mi corazón. Y no solo eso. Puedes pedirme todo cuanto quieras, mi dulce Psyque. Yo te lo pondré a tus pies en un instante. Joyas, riquezas, sirvientes, una vida sin preocupaciones ni problemas… Todo te lo daría gustoso. Todo bajo una condición: ámame a ciegas. Entrégame tu amor y tu pasión. Yo a cambio te lo daré todo de mí, todo salvo mi rostro. Eso es lo único que no te puedo dar. Y ahora, deja esa lámpara de aceite y ven a mí. Quisiera tenerte cerca. ¿Me concederás este deseo?
Psyque se quedó mirando fijamente a su silueta. No quería admitirlo, pero se sentía un poco conmovida por la sinceridad de sus palabras. A pesar de su gran número de admiradores, nadie se le había declarado de esta forma en toda su vida, con ese anhelo y esa devoción. Nadie le había dicho que entendía su pena. Nadie había estado dispuesto a darlo todo por ella, incluso su ser.
Finalmente, accedió a sus demandas. Se sentó junto a él y empezaron a conversar sobre todo lo relacionado con su llegada. Él quiso saber si se encontraba cómoda y preguntó acerca de ella, de su pasado y de sus gustos, alegando que deseaba conocerla mejor. Por su parte, ella también tenía un montón de cosas que deseaba fervientemente preguntarle. Se sentía un poco cohibida, pero por suerte, su curiosidad la empujó a arriesgarse a dar rienda suelta al torbellino de preguntas arremolinadas en su mente. Le preguntó varias cosas acerca de su vida y de su pasado, con la esperanza de saber algo más sobre él, pero sus esfuerzos fueron en vano, pues él tenía una lengua muy afilada y una habilidad especial para esquivar las preguntas que no le convenian.
- Entonces no me vas a comer como lo haría una bestia, ¿no?
El desconocido no pudo evitar reír suavemente ante esta pregunta tan extraña formulada de forma tan casual. Ella, por su parte, no pudo evitar sentir mariposas en su estómago al oírlo reír.
- No. Para nada.
- ¿Y cómo puedo estar segura de eso?
- No puedes. – contestó él, siempre tan enigmático.
Psyque le miró con cierta desconfianza.
- … ¿Hay alguna forma de demostrarme que no eres un ser monstruoso sin llegar a mostrarme tu cara?
- Puede… - Y mientras le decía esto, Psyque le sintió acercándose más a ella. Su corazón empezó a latir con fuerza, pero no supo si era por el miedo o por algo más.
Notó como él atrapó su mano entre las suyas y la dirigió hasta su rostro. Así fue como dejó que Psyque le tocara libremente, quizás tratando con este gesto de apaciguar todos sus miedos. Psyque suspiró ante el deleite de tan cálido contacto, piel contra piel, que nada tenía que ver con el de ningún monstruo de gruesas escamas o afiladas púas.
Tal vez la profecía era errónea.
Quizás… podría enamorarse de este… ¿hombre?
Si. Definitivamente parecía un hombre, aunque él no quisiera confirmarlo. Su silueta, su estatura, el timbre de su voz masculina. Todo esto indicaba que no podía ser otra cosa, sino un humano de carne y hueso, tan real como lo era ella. No podía ser un espejismo, un engaño o una ilusión. Tampoco era una bestia o un espectro, sino un hombre; uno muy peculiar con extraños poderes, pero un hombre, al fin y al cabo. Cuanto más lo tocaba más segura estaba de ello.
Un ser humano capaz de amarla.
Un ser humano al que ella podría amar.
El enamorado que siempre había deseado…
En la oscuridad palpó su rostro, lentamente, dulcemente, intentando memorizar sus facciones. Las yemas de sus dedos lo tocaban gentiles, desde la mandíbula inferior hasta el cuero cabelludo, pasando por sus labios, sus pómulos, sus largas pestañas y su frente.
¿Él estaba sonrojado? Definitivamente lo parecía, por el calor que emanaba de sus mejillas.
¿Su piel era siempre así de agradable al tacto?
¿Eso que sentía haciéndole costillas en la punta de sus dedos eran los mechones de su pelo? Eran ligeramente ondulados, suaves como el terciopelo... ¿Siempre se sentía así de bien el acariciarlos?
Sonrió fascinada cuando sus dedos se enredaron en esa maraña de sedosos cabellos. Una suave risa infantil escapó de sus labios. Qué agradable sensación…
Y así, entre roce y caricia, cuanto más tocaba ella, más alivio sentía. Más gozo sentía el corazón y menos preocupación cargaban sus hombros.
- Me estás acosando. – se burló aquella voz misteriosa de aparentemente bellos rasgos. – Ese es mi trabajo, no el tuyo.
- ¡Oh! L-Lo siento mucho. – exclamó la princesa tímidamente.
Quizás se había excedido un poco sin darse cuenta. Le había estado tocando por mucho más tiempo del que era debido. Rápidamente se apartó de él. Juntó sus manos en su regazo tratando de no parecer inquieta, pero fracasó estrepitosamente. Por su parte, su acompañante permaneció en silencio, observándola, hasta que nuevamente se animó a hablar.
- Así que… esto es lo que se siente. – dijo ese hombre tras un minuto de calma, más para sí mismo que para ella. Su estado de ánimo había cambiado a uno un tanto más apaciguado. - Ahora entiendo por qué la gente actúa de forma tan estúpida cuando se enamora. Quizás fui demasiado cruel al burlarme de ellos…
La curiosa Psyque no pudo evitar preguntarle a qué se refería. Ante esta pregunta, él simplemente respondió:
- El sentir amor o deseo por alguien. Nunca pensé que fuese así. – él sonó distante, pero muy feliz. Esto hizo que el frágil corazón de Psyque se conmoviera al pensar que su nuevo esposo debía de haber vivido una vida un tanto solitaria, sin una pareja que le brindase el calor de su amor… al igual que ella. Quizás ambos tenían mucho más en común de lo que ella había pensado en un principio. – Y tú eres la culpable de que ahora sepa qué es lo que se siente al enamorarse, mi muy amada esposa.
- P-Pero… Espera. Acerca de eso… Antes dijiste: "Soy el que más te ama en el mundo" – le habló confundida - … ¿Cómo puedes estar tan seguro de que me amas? Eso no puede ser posible. Podría entender que me desearas, pero… ¿cómo vas a amarme si no nos conocemos?
- Bueno, en parte tienes razón. No nos conocemos del todo todavía. Pero no te preocupes. Eso tiene fácil solución, mi dulce Alma.
De repente, él pareció abandonar su estado reflexivo para volver de nuevo a su estado excesivamente entusiasta.
- ¿Puedo darte un beso en los labios? – le preguntó él de repente, tomando su mano entre las suyas. Sin esperar a su respuesta se fue acercando cada vez más a la joven, que reaccionó sorprendida al no esperarse este movimiento de su parte.
- ¿¡Eh!?¿Por qué tú quieres besarme de repente?
- Para conocernos mejor, por supuesto. ¿No era eso lo que tú querías?
- ¡No tergiverses mis palabras! Y… ¡Espera un momento! – dijo ella entrando en pánico al notar como él se iba acercando más a ella.
- Eres demasiado adorable. No puedo esperar.
- ¡Dijiste que no ibas a hacerme nada! – exclamó ruborizada, con lagrimillas en los ojos. – Mentiroso.
El hombre comenzó a quejarse por su rechazo, como si tuviese todo el derecho del mundo a hacerlo. Fue en ese momento cuando propuso otra alternativa igual de conveniente:
- Entonces… ¿Me darías tú un beso?
- P-Pero … ¡Eso no vale! Me estás intentando convencer para que yo lo haga. Es decir, tu acción es convencerme. Por tanto, eso también cuenta como "hacerme algo", aunque el que lo haga no seas tú sino yo. Por es- ¡ah!
Y mientras ella estaba ocupada explicando todo esto, el desconocido se acercó con perversas intenciones y le robó un beso de sus dulces labios. Tan solo duró unos segundos, pero fue suficiente para que el corazón de la chica bailara alborotado en su pecho.
- ¡Dijiste que no harías nada! – gritó tapándose la boca con la mano a la vez que retrocedía.
- Nada que no quisieras~
- ¡Mentiroso! ¡Yo jamás he dicho que lo quisiera!
- Vale. Vale. Lo siento. – se disculpó, aunque no sonaba arrepentido en absoluto. - Eso fue descortés de mi parte. Pero no te preocupes. Te voy a dar la oportunidad de vengarte.
- ¿Eh?
- Róbame un beso.
- ¿¡A eso le llamas tú venganza!?
Psyque empezaba a marearse. No podía seguirle el ritmo a esta persona tan volátil e impetuosa.
- ¡Además!¡Ni siquiera sé dónde están tus labios! – exclamó la chica en un tono de voz mucho más alto de lo normal, con su cara totalmente roja.
- ¿Quieres decir que el problema está en que no sabes dónde están mis labios y no en el beso en sí mismo?
Ella se tapó la boca con las manos, aún más roja de vergüenza al descubrir que, en cierto modo, él tenía razón. No le desagradaba nada la idea de besarlo. Por enésima vez en toda la noche se preguntó por qué no era capaz de mostrar más resistencia frente a este hombre tan locuaz.
- No te preocupes por la ubicación de mis labios. ¡Ojalá todos los problemas fueran como ese! – respondió la mar de encantado.
Su esposo se acercó a escasos centímetros de sus labios. Permaneció allí, a la espera de recibir su beso. Sin embargo, lo que recibió fue una almohada en toda la cara. Psyque había tomado el primer objeto que tenía a mano y le había dado un buen golpe.
La chica solo se dio cuenta de lo osado de su acción cuando el daño estuvo hecho. Por un momento tuvo miedo de haber ofendido a su desconocido esposo. Sin embargo, lejos de parecer ofendido, él se echó a reír. Acto seguido, la tomó de la cintura y la empujó contra la cama.
Una carcajada escapó involuntariamente de los labios de Psyque cuando sintió unos dedos hábiles colándose entre sus ropajes y haciéndole cosquillas. Ella no quiso quedarse atrás en esta guerra sin cuartel e intentó defenderse imitándole. Una chispa de alegría se prendió dentro de su pecho cuando le escuchó reír. Y así fue como ambos empezaron a rodar en la cama entre risas.
En determinado momento ella quedó encima de él. El orgullo que sintió Psyque ante esta pequeña victoria no le duró mucho tiempo, porque con un rápido movimiento, él la tumbó e intercambió posiciones. Ahora el desconocido estaba a horcajadas sobre ella, con la respiración entrecortada, las manos tocando directamente su cuerpo, su mirada fija en ella...
Psyque no podía ver sus ojos, pero de algún modo intuía que esa sombra oscura que se erguía frente a ella la estaba mirando con ojos predadores. Ella, un tanto cohibida, le devolvió la mirada. De repente él pareció embozar una sonrisa ligeramente torcida y ella se sintió como una presa indefensa en las garras de un animal.
Fue justo en ese momento cuando el juego acabó. Ahora nadie se reía…
Psyque tragó saliva. Sintió fuego ardiendo en su interior cuando el hombre misterioso comenzó a mover sus manos lentamente por todo su cuerpo, primero acariciando sus muslos de arriba abajo, muy despacio, para luego ir ascendiendo. Sus grandes manos recorrieron sus caderas, su cintura y su vientre, hasta llegar a sus pechos. Psyque reprimió un grito ahogado. Sin saber muy bien por qué, ella se dejó tocar sin apenas oponer resistencia y él la tocó sin ningún pudor, murmurando cautivantes palabras de amor y deseo que le quitaban el aliento.
Esto estaba mal.
Esto estaba muy mal.
No debería entregarse a él.
Él era un extraño. Un desconocido, sin nombre ni rostro. Y además un mentiroso, pues dijo que nunca había amado o deseado a nadie, pero alguien sin experiencia no tendría esta habilidad para doblegar su cuerpo ante las ansias del deseo.
Pero a pesar de todo, aunque ni le conocía, no podía resistirse a él. Le era imposible. Su tacto era más adictivo que la droga.
- Que piel más suave… - murmuró embelesado.
Fue entonces cuando la nerviosa joven sintió ese cuerpo acercándose al suyo. Cada vez más cerca, hasta que apenas hubo distancia entre ellos.
Entonces, Psyque sintió como el desconocido inclinó su rostro, para que sus labios casi tocaran los suyos. Solo faltaban un par de milímetros para poder besarse de nuevo. Tras un par de agónicos segundos de suspense, cuando finalmente unieron sus labios, su toque fue tan ligero como el de una pluma. Su delicadeza le provocó un hormigueo de placer que recorrió toda su columna vertebral e hizo temblar todo su cuerpo. Continuaron disfrutando del suave roce de sus labios, sin llegar a besarse de forma profunda, simplemente compartiendo una caricia lenta, húmeda, exquisita, caliente... Mientras, sus manos recorrían cada parte de su cuerpo.
- Lo siento. – susurró sensualmente, sus ardientes labios aún contra los suyos. - Me temo que voy a tener que devorarte.
- ¿D-De la forma en la que un monstruo devora a una mujer?
- De la forma en la que un hombre debería devorar a su esposa.
Lo que pasó en ese cuarto solo lo supo la oscuridad de la noche, que les envolvía con su manto.
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Al despertar con los primeros rayos del alba, su corazón dio un vuelco, pues en la almohada se encontraba una rosa roja, símbolo del amor y la pasión. Su flor favorita.
La tomó con ternura entre sus delicados dedos, dejando que esos pétalos de terciopelo acariciaran sus mejillas sonrojadas.
Cuan sería su sorpresa cuando, al alzar la vista, se encontró con la habitación inundada de rosas rojas que desprendían la más dulce de las fragancias. Por donde quiera que mirara, allí estaban, sobre la cama, sobre los muebles, o esparcidas en el piso formando una fragante marea roja.
Y sobre la almohada había una nota que decía:
Volveré a tus brazos al caer el sol.
Mientras, recuerda que aquí, no muy lejos de ti, hay un ser que te ama con cada poro de su piel.
Recibe mi amor a ciegas y te prometo que no volverás a llorar de soledad ni una sola noche más.
PD: Al final no me diste con un palo en toda la cara. ¡Qué mujer más fácil!
Psyque arrugó violentamente la nota en sus manos.
- ¡Será idiota! ¡Es un monstruo! ¡Sin duda alguna!
