- Capítulo 6: El amor es ciego -
El tiempo fue pasando rápidamente sin que apenas lo notara. Por el día la acompañaban sus nuevas amigas, las voces invisibles, Alegría y Dulzura. Estas atendían todas sus necesidades con gran cariño y entusiasmo. Además, le proporcionaban un gran número de actividades lúdicas para pasar el tiempo. Dichos pasatiempos estaban siempre relacionados con las aficiones particulares de Psique: la música, el arte, el baile o la jardinería.
Aparte de Alegría y Dulzura, Psyque también gozaba de la compañía de un misterioso ser hecho de aire, al cual ella bautizó simplemente con el nombre: "El Señor del Viento". Fue él quien la trajo levitando hasta aquí con su mágico poder para crear corrientes de aire. Este ser solía visitarla de vez en cuando para comprobar que Psyque estaba bien atendida. Era un ser muy tranquilo y siempre la trataba con mucha amabilidad. Cuando su esposo no estaba, Psyque solía hablar mucho con él sobre muy variados temas, en especial sobre la sensación de nostalgia que a veces sentía al estar separada de su familia.
Pasar el rato en compañía de estas criaturas tan peculiares le resultaba, en general, bastante gratificante. Pero para Psyque la parte favorita del día era irónicamente la noche. Y el culpable de este pecaminoso gusto era aquel enigmático hombre al que ella llamaba esposo. En un principio se mostró recelosa ante él, pero ahora, por mucho que quisiera negarlo, era evidente que no podía hacer otra cosa que no fuera amarlo locamente, a pesar de … sus "peculiaridades".
Aparecía siempre oculto bajo el velo de la oscuridad. Se amaban a escondidas como si fueran dos amantes sedientos de pasión que formaban parte de algún tipo de relación prohibida. Cada noche se abrazaban, se besaban y se regalaban múltiples caricias entre juegos y risas traviesas. Luego, una vez satisfecha su pasión, se recostaban muy cerca el uno del otro. Psyque acariciaba sus sedosos rizos mientras ambos charlaban animosamente sobre muy diversos temas, hasta que caían rendidos de sueño o hasta que la luz del sol los obligaba a separarse.
Algunas noches, Psyque se sentía más romántica de lo usual. Cuando esto pasaba, la ilusionada joven acomodaba la habitación, colocando una mesa con sus respectivas sillas y adornando el lugar con fragantes flores obtenidas en el bellísimo jardín de palacio. Luego se sentaba con la cena preparada y lo esperaba impaciente, con la intención de disfrutar de una romántica velada en la oscuridad. Era muy difícil adivinar donde estaba exactamente el plato o qué estaba comiendo… pero el esfuerzo valía la pena.
En otras ocasiones, era el misterioso amo del palacio el que se ponía más romántico de lo usual. Cuando esto sucedía, mandaba a llamar a alguno de sus músicos invisibles, que entraban raudos en la habitación con varios instrumentos. Cuando el sonido de la música resonaba en la habitación, ambos pegaban sus cuerpos el uno con el otro y empezaban a bailar al son de una romántica melodía. Mientras danzaban gracilmente, él cantaba para ella con una voz tan hermosa que podría hechizar a cualquier humano y apaciguar a cualquier bestia enfurecida. Cada vez que escuchaba esos dulces cantos mientras se mecía junto a él, Psyque se sentía al borde de las lágrimas, pues nunca había esperado ser tan feliz. Se sentía como si su alma estuviera flotando más allá de las nubes, en medio de la bóveda celeste, junto a las estrellas. Así que, dejándose llevar por el ritmo, rodeaba a su amante con sus brazos y le susurraba tiernas palabras al oído, mientras sus cuerpos se balanceaban livianos de un lado a otro, moviéndose al son de la melodía, como las hojas de los arboles cuando danzan al compás del viento. Quizás su esposo era algún tipo de mago, porque de alguna forma, a veces se sentía como si flotase de verdad, como si sus pies no pudieran tocar el suelo y estuviesen levitando ingrávidos más allá del suelo.
Otras noches, no bailaban ni cenaban. Simplemente charlaban, reían, se regalaban numerosas muestras de afecto o se incordiaban el uno al otro con bromas o juegos. Su esposo siempre trataba de avergonzarla con algún comentario osado, con la excusa de que ella estaba muy bonita cuando se ponía nerviosa. También gustaba de asustarla escondiéndose entre las sombras y apareciendo de repente como un fantasma, tan solo para deleitarse con su dramática reacción. Tanto gustaba de incordiarla, que una noche ella decidió tomar venganza, tirándole un cuenco de harina encima para así poder ver la escurridiza silueta de su amante invisible. Al final, ese truco no sirvió de nada, pues la figura enharinada no dudo en perseguirla por toda la habitación y, para desgracia de los criados, no hubo ni un solo mueble que se librara de quedar embadurnado de harina, en especial la cama…
Bromas aparte, fuera cual fuera la actividad que realizaban, no había la menor duda de que ambos se sentían muy dichosos de tenerse el uno al otro.
Solo había una cosa que enturbia su felicidad: La negativa rotunda de su esposo a mostrarle su cara.
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- ¿Por qué? Tan solo dime la razón por la que me niegas la dicha de ver tu rostro y te prometo que la entenderé, sea cual sea. Si dices que es mejor que no te vea, confiaré en tu palabra. Pero, por favor. ¡Dame una razón!
Ambos estaban en el dormitorio, recostados sobre la cama. Psyque se había incorporado levemente, tomando la mano de su amor entre las suyas mientras proseguía con su súplica. Él simplemente dejó escapar un suspiro de cansancio cuando ella terminó su discurso.
- Alma, es mejor que no lo sepas. – murmuró en voz baja mientras acariciaba los largos cabellos de su mujer.
Por primera vez desde que lo conocía, él sonó genuinamente abatido.
- Yo quiero saberlo. No, … yo necesito saberlo.
Él guardó silencio, pero ella no iba a darse por vencida tan fácilmente.
- ¿Por favor?
Tras varias súplicas, él suspiró nuevamente, sintiéndose derrotado. Realmente era débil ante su esposa, pues no podía negarle nada y menos cuando se lo pedía con tal vehemencia.
- Hay… varios motivos. Pero el principal es la diosa Afrodita. Ella aún te busca.
Los ojos de la muchacha se ensancharon al escuchar el nombre de aquella diosa que la veía como su rival a pesar de que ni siquiera la conocía en persona.
- ¿Afrodita?
- Al parecer, descendió desde el Olimpo a la tierra, haciéndose pasar por una humana, para comprobar que habías sido secuestrada por una bestia horrible. En un principio estaba más que satisfecha con el simple hecho de que por fin hubieras desaparecido. Pero ahora los oscuros rumores sobre tu infortunio no son suficientes para contentarla. Arde en deseos de conocer el rostro del monstruo con el que te casaste, para regodearse así de tu desdicha.
Así que la diosa todavía la estaba buscando. ¿A tal nivel llegaba su odio?
- Aquí, bajo el escudo que rodea mi palacio, estarás a salvo, lejos de su mirada. Sin embargo, nada garantiza que ella no pueda hallar nuevas formas de encontrarte. Hurgar en tu mente, ver a través de tus ojos... son varios los recursos que ella podría llegar a utilizar para recopilar información sobre tu esposo o tu paradero. Por suerte, nadie sabe dónde estás, ni siquiera tu familia, así que de momento estamos a salvo.
- Mi familia estará bien, ¿verdad?
- Si. Afrodita ya ha comprobado que ellos desconocen tu paradero, así que no tiene ningún interés en ellos.
A pesar del alivio que sintió al escuchar estas palabras, un miedo atroz empezó a rectar por su alma. Si esa mujer la encontraba y descubría su dicha, sin duda enfurecería. Movería cielo y tierra para capturarla, para hacerla sufrir. Y esta vez, no solo ella, su familia o su reino estaban en peligro. También su amado esposo.
- ¿Qué te hará si te descubre?
- ¿A mí? Oh Psyque... es agradable cuando te preocupas tanto por tu adorado esposo~
- ¿A-Adorado? ¡No es como si te adorara! - negó repentinamente sonrojada ante el tono empalagoso que usó su marido para burlarse de ella. - A-Además estoy hablando en serio aquí. No trates de desviar el tema para tranquilizarme, porque no te va a funcionar esta vez. Necesito saber si puede hacerte daño. Yo … estoy preocupada por ti.
- Eres tú la que me preocupa, Alma. Tengo que protegerte, pues... a mí no me pasará nada. Pero no sé lo que ella podría hacerte a ti.
¿No le pasaría nada? ¿Por qué lo decía tan convencido?
Acaso ...
- Ella... ¿Te conoce? - preguntó con un leve temblor.
Tras un breve silencio, él le respondió:
- Es una diosa. Conoce a todo el mundo en cierta forma. Pero, ... si te refieres a conocerme en persona, sí. Me conoce muy bien. Y no se atreverá a hacerme nada realmente malo. Pero... Si supiera que yo soy tu pareja, sabría exactamente cómo encontrarnos y vendría a buscarte para separarte de mí. Y eso es algo que no voy a consentir. Por eso, no debes verme ni saber quien soy.
Dicho esto, la rodeó en sus brazos, amorosamente.
- Psyque... prométeme de nuevo que nunca intentarás verme.
- Yo... si de verdad necesitas que te lo prometa, lo haré. Te lo prometo, pero... ¿Por cuanto tiempo va a durar todo esto? Acaso... ¿no podré ver tu rostro jamás? - dijo ella. Trató de retener las lágrimas, pero era una tarea fácil de intentar y difícil de cumplir. Aunque mostraba gran coraje en los momentos decisivos, siempre fue una llorona. Tanto la felicidad como la pena la hacían lloriquear con extrema facilidad, pues era una persona muy sensible.
- ¡Hey! No llores otra vez.
- No lloro~ – dijo con lagrimillas inundando sus grandes y brillantes ojos esmeralda.
- Mentirosa. – la regañó mientras le pellizcaba los mofletes. - Tú no tienes que preocuparte por nada, ¿vale? Déjamelo a mí. Cuando consiga suficiente apoyo, podremos enfrentarnos a ella. Podremos estar juntos. Legítimamente.
- ¿Pero cómo?
- Con la ayuda de los dioses.
- ¿Ayuda de los dioses? Pero, mi amor. Somos seres inferiores a ellos. Probablemente no les importamos lo suficiente como para darnos su bendición… ¿Qué te hace pensar que los dioses nos escucharan?
- Lo harán. – proclamó decidido.
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El sol comenzaba a resurgir en el horizonte. Los rayos de luz de un nuevo amanecer iluminaban poco a poco aquel cuarto en penumbra donde todas las noches se reunían dos amantes furtivos.
Psyque parpadeó varias veces mientras trataba de acostumbrarse al brillo de un nuevo día. Restregó tiernamente sus ojos con el dorso de su mano y se estiró tal y como haría un gato tras la hora de la siesta.
Quería incorporarse, para continuar con la rutina de todas las mañanas, pero en su lugar terminó acurrucándose de nuevo en la cama con una sonrisa de satisfacción en sus labios. La cama estaba más cálida y confortable que otros días. No quería levantarse y abandonar tan pronto la suavidad de esas sabanas ni el calor que le brindaba el cuerpo de su esposo que- …
- Espera… ¿Qué?
Oh. No…
¡Su esposo!
Psyque abrió sus ojos de par en par. Su cuerpo entero se paralizó, quedando más rígido que una estatua. Justo detrás de su espalda, abrazándola por la cintura, se hallaba su esposo misterioso al que jamás había visto. ¿Por qué estaba aquí todavía? Jamás se había quedado dormido hasta el amanecer. Él nunca se dormía antes que ella y siempre se marchaba antes de que ella despertara.
¿Y ahora qué se supone que debería hacer?
Si giraba la cabeza podría verle… pero él había dicho que era peligroso que supiera su identidad. Además, la noche anterior ella le prometió que jamás intentaría verle sin su consentimiento. Moría de ganas por hacerlo, pero una promesa era una promesa.
Aunque…
Quizás si…
¡Oh! ¡No! ¡La tentación era demasiado grande! ¡Tenía que salir de este cuarto de inmediato o podría incumplir su palabra!
Psyque cerró sus ojos fuertemente, se incorporó de la cama y dio un par de pasos inseguros en dirección a la puerta. Fue tanteando la pared y los muebles para poder llegar de forma segura hasta su destino.
- ¿Psyque?
La voz de su esposo la hizo gritar como si hubiese oído a un espectro llamando por ella. Tropezó con el mueble que tenía delante y cayó al suelo.
- ¡Psyque!
- No, no, no. ¡Estoy bien! ¡No vi nada! Nada de nada. Más que nada, de verdad.
Oyó pasos apresurados acercándose hasta ella. Unos fuertes brazos la elevaron, depositándola gentilmente en la cama.
- Ya puedes abrir los ojos, Psyque.
Ella hizo lo que él dijo. Su esposo se había vuelto invisible de nuevo. Según lo que él le había contado, esta habilidad le ayudaba mucho a la hora de ocultar su presencia, pero le agotaba mentalmente, pues para mantener esta forma tenía que estar muy concentrado todo el tiempo. Por ello muchas veces se refugiaba en la oscuridad, para evitar tener que usarla.
- T-Tú… no intentaste verme. - dijo su esposo con un inusual titubeo.
- Por supuesto que no. Te lo prometí. N-No se rompen las promesas de aquellos a quienes amas.
El silencio que se estableció entre ellos fue un tanto difícil de soportar, no por la incomodidad sino por los nervios y el sentimiento de decenas de mariposas revoloteando en su estómago.
Unos brazos invisibles la atraparon en un fuerte abrazo, un gesto que lograba expresar un cariño y una devoción inmensa, capaz de hacer que el corazón de la chica bailara de gozo.
- Q-Quédate todo el día conmigo. – suplicó la joven enamorada. No pudo evitar tartamudear débilmente. - Por favor…
- N-No. - susurró el amante misterioso mientras dirigía su mirada hacia la ventana. – Hay demasiada luz. No puedo permanecer invisible durante todo el día.
Y cuando él se dispuso a marcharse, Psyque, deseosa de pasar más tiempo junto a su amado, se aferró a él y apoyó su barbilla en lo que creía que era su hombro.
- Entonces cerraré mis ojos con fuerza hasta que los últimos rayos del crepúsculo dejen de colarse por esa ventana. Lo prometo. Solo los abriré cuando esté oscuro.
- Psyque. - murmuró en tono de reproche. Sin embargo, ella no estaba dispuesta a ceder.
- ¡El amor no puede vivir sin confianza! - Proclamó la joven con férrea determinación. - ¡Confía en mí como yo confió en ti!
Por un momento pensó que sus palabras contenían algún tipo de hechizo, porque su amado detuvo en seco su huida, para luego permanecer quieto como una estatua por un breve periodo de tiempo. Psyque intuía que la miraba fijamente, capturado por el embrujo que involuntariamente ella había invocado en él.
Sin nada más que añadir, los dos amantes volvieron a la cama.
- Tú ganas. Me quedaré y confiaré en tu palabra. Además, mañana vendré por la tarde, antes del anochecer...
Ella sonrió.
- Entonces prepararé una venda y te esperaré con los ojos cubiertos. El amor es ciego, después de todo.
A partir de ese día, ella siempre vendaba sus ojos al oírle llegar. A su vez, su amado esposo volvía cada vez más y más temprano a sus brazos.
Y a medida que la confianza crecía entre ellos, así lo hacía su amor.
