-Capítulo 7: Una daga en el corazón-
Un fatídico día, la paz de sus vidas fue interrumpida por unos lamentos que venían de más allá del escudo que protegía el mágico lugar.
Sonaba como si… como si dos mujeres estuvieran llorando. Dos tristes personas que Psyque conocía muy bien. Su corazón dio un vuelco al darse cuenta de que eran sus hermanas, que creyéndola muerta, iban a llorar su perdida en el último lugar en el que la vieron. El sonido de sus pesares resonaba por el acantilado, atravesando el escudo mágico, hasta llegar inevitablemente a sus oídos.
Ese día ella no pudo comer, dormir o realizar actividad alguna, pues los lamentos de su familia atormentaban su alma.
¿Iban sus hermanas a menudo a aquel risco a llorarla?
¿Cómo estarían sus padres?
¿Creerían también que estaba muerta al no recibir noticia alguna sobre ella?
¿Debería contactar de alguna forma con sus hermanas? ¿Sería demasiado insensato hacer eso mientras Afrodita seguía buscándola?
La pena se apoderó de ella de tal modo que ni siquiera las palabras amables de las voces amigas pudieron consolarla. Tan solo la llegada de aquel al que amaba pudo aliviar un poco su pesar. Con dulces muestras de afecto, su marido consiguió recomponer su ánimo a su estado habitual. Sin embargo, esto no impidió que la joven le rogara incansablemente por la oportunidad de reunirse de nuevo con su familia. Estaba segura de que podrían hallar alguna forma de contactar con ellos sin dar a conocer su ubicación.
Él se negó en rotundo a su petición, prediciendo que este encuentro solo provocaría una terrible desgracia que arruinaría el amor que florecía entre ellos.
Aun así, Psyque insistía:
- Por favor. Yo estoy segura de tu amor por mí. Y tú sabes que yo no miento si te digo que te amo. – declaró ella con total sinceridad. Esta persona siempre se había entregado por completo a ella, dándole todo su ser y toda su pasión, a excepción de no querer mostrar su apariencia. Así que ella no podía evitar querer corresponder su afecto con la misma intensidad. - Tú me has enseñado qué es el amor. Y créeme cuando digo que te amo muchísimo. ¡Tanto como a mi ánima! Pero por lo que más quieras, déjame ver a mis hermanas. Te ruego que llames al Señor del Viento. Pídele que con su magia duerma a mis hermanas y las traiga hasta aquí de la misma forma que me trajo a mí. De este modo, ellas jamás sabrán la ubicación exacta de este lugar, pues al despertar no recordaran como han llegado hasta aquí. ¡Nadie correrá peligro y todo acabará bien!
- No es una buena idea.
- ¡Exacto! ¡Es muy buenísima idea! – exclamó ilusionada, pero su esposo no compartía el mismo entusiasmo. De hecho, se mostró bastante receloso. Le advirtió que correrían un gran riesgo si su familia se esteraba del simple hecho de que estaba viva. La sombra amenazante de Afrodita aún se cernía sobre ellos, tan mezquina como el primer día en el que puso sus ojos en la joven belleza. No obstante, mientras más le advertía él, más le rogaba ella. Con mucha efusividad, la joven exclamó:
- Dulce amor. Te lo aseguro. ¡Si me concedes esto te lo compensaré de la mejor manera posible!
- No uses tus armas conmigo, Alma. – le reclamó fingiendo indignación. – Ahora me intentas alagar con palabras bonitas, pero ayer te negaste a darme un beso de despedida.
- ¡Hey! Fue un castigo por aparecer de la nada y susurrarme algo al oído. – reclamó sonrojada. – Eres cruel. ¡Al menos avisa! Ya sabes que me asusto con facilidad.
- Por eso mismo lo hago. – respondió alegremente. - Puedes fingir que no te gusta, si eso es lo que quieres.
- ¡H-hey! No desvíes el tema para tratar de escapar.
La joven saltó sobre él y le abrazó fuertemente por la espalda.
- Cuando tú no estás siempre pienso en mi familia. Aún no sé nada sobre ellos, así que … cuando las oí llorar en lo alto del risco, no pude evitar llorar también junto a ellas. Déjame verlas … ¿Por favor?
- Psyque …
Entonces, con sus labios muy cerca de su oído, Psyque murmuró esas dulces palabras que sabía que le dejarían fuera de combate:
- Amor. Confía en mí … como yo confió en ti. Concédeme la alegría de ver a mis hermanas y te prometo que te lo compensaré con creces. – y mientras esto decía, le besaba amorosamente, en su hombro, en el cuello, en sus cálidas mejillas … - Mi amor. ¡Dulce alma de tu Psyque!
Nada pudo hacer él, salvo caer rendido a sus pies. Se maldijo a si mismo por ser siempre tan débil ante ella. Siempre vencido por esas tiernas muestras de afecto a las que nunca llegaría a acostumbrarse del todo.
Sin más opciones, le prometió que haría todo cuanto ella quisiera.
- ¡Gracias! ¡Seré muy cautelosa, lo prometo! – Y dándole un gran beso exclamó: - ¡Eres un ángel!
- No lo sabes tú bien…
- ¡Mil gracias!
- Aún estoy esperando por mi compensación… - tras una leve pausa añadió: - Y espero que esta vez sea especialmente de mi agrado. No me conformaré con menos.
Psyque se sonrojó abruptamente.
- … R-Retiro lo dicho. ¡Eres el mal en persona!
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A la mañana siguiente, Psyque consiguió lo que quería. Su marido puso a su disposición al Señor del Viento, no sin antes advertirle de que pasase lo que pasase, no debía desvelar la ubicación exacta del lugar o el hecho de que nunca le había visto el rostro. También le aconsejó que tuviese máximo cuidado con sus hermanas, porque sus corazones eran oscuros como el carbón. Los celos y la envidia podrían corromperlas fácilmente, matando así todo el afecto que sentían por ella. Entonces intentarían hacerla dudar de su amor con sus comentarios malintencionados, para que tratase de descubrir su identidad secreta, cosa que no debería hacer bajo ninguna circunstancia. No hasta que él le indicara que era el momento adecuado.
Psyque secretamente deseaba ver su rostro más que nada, pero, aun así, prometió mantener a raya su curiosidad. Prometió ser cauta y ocultar el hecho de que jamás le había visto. Y finalmente le aseguró de que nada de lo que ellas dijeran conseguiría hacerla dudar de su amor por él.
Una vez prometido todo esto, El Señor del Viento trajo consigo a las hermanas de Psyque, a las cuales depositó muy gentilmente en el suelo. Alegre, con el corazón palpitante de emoción, Psyque las recibió con los brazos abiertos. Las jóvenes mujeres se colmaron a besos y abrazos, dichosas de tan inesperada reunión.
Tras el emotivo reencuentro, Psyque las guio por el palacio. Les dio a probar los exquisitos manjares que ahí se servían, a escuchar la hermosa música que sonaba para ella de inmediato con una simple orden y les llenó las manos con decenas de joyas de la mejor calidad.
Al ver las excelentes condiciones en las que se encontraba su hermana menor, los celos de las dos mujeres fue creciendo a pasos agigantados. Tal y como profetizó el esposo invisible, estas emociones negativas no tardaron en devorar toda la alegría que estas sintieron en un principio al hallar a su hermana sana y salva.
Ambas mujeres se habían casado con señores nobles, bastante mayores, que gozaban de buena posición social. Pero, aun así, estos estaban muy lejos de poseer ni una pequeña porción de lo que el esposo de Psyque poseía. Pensaban que era injusto que la menor tuviera tan buena fortuna. En cambio, ellas tenían que estar aguantando a esos vejestorios tacaños a los que por fuerza mayor tenían que llamar: "querido".
Mientras comentaban envidiosas los detalles de su visita, ambas se dieron cuenta de un par de detalles muy sospechosos: cuando preguntaban qué aspecto tenía el señor del magnífico palacio, Psyque siempre trataba de evitar el tema o desviar su atención. Además, cuando finalmente consiguieron sonsacarle algo, sus respuestas se contradecían entre sí.
Solo había una conclusión posible: Psyque jamás había visto la cara de su esposo.
Quizás esta información podría serles útil de alguna forma.
Y así, ciegas de rabia, escondieron las joyas que tan generosamente les habían regalado y volvieron a sus casas dispuestas a tramar un malévolo plan para quedarse con la inmensa fortuna del esposo de Psyque.
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Cuando las hermanas volvieron a aquel risco, fingiendo grandes lamentos, ya tenían un pérfido plan en mente.
Como era de esperarse, la inocente Psyque cayó en la trampa y volvió a llamar al Señor del Viento para que trajera nuevamente a sus hermanas.
Una vez allí, ellas comenzaron a increparla, preguntando incansablemente por su esposo. Cuando la menor empezó a contradecirse, sus hermanas finalmente vieron la oportunidad perfecta para atacar:
- ¡Mi ingenua hermana! Venimos aquí muertas de preocupación por ti. Múltiples labradores han visto a una temible bestia sobrevolando sus tierras para dirigirse hasta esta zona. ¡Siempre vuela hasta aquí todas las noches! Dicen que el escurridizo monstruo cambia de forma a voluntad y que, usando este engaño, devora a toda criatura que se le ponga por delante. Pero su forma real … ¡Oh, Psyque! ¡No puedes ni imaginar lo espantoso que es! ¿Verdad, querida hermana?
- ¡Desde luego! – afirmó la otra. – Y por esto insistimos tanto en que nos describas cómo es tu marido. Debe tener algún motivo de gran peso para ocultarse de ti de esta forma tan mezquina. ¿Y si él es esa fiera que profetizó el Oráculo? ¡Esa que ahora siembra el caos por todo nuestro reino y que algún día acabará devorando a nuestros padres!
- El Oráculo no puede haberse equivocado, Psyque. ¡Piénsalo bien! ¡Justo cuando te raptó él apareció ese animal!
- Así es. No puede ser casualidad. Piensa con la cabeza y olvida tus delirios de amor. Si tu esposo es una bestia no importa cuánto lo ames o cuantas veces él diga que te ama. Mañana mismo, cuando se aburra de ti, te comerá. A ti y a vuestros hijos. ¿Es eso lo que quieres? ¿para ti? ¿para tus padres? ¿para tu reino?
Y así, poco a poco, las dudas empezaron a envenenar el corazón de Psyque. Al final, dejándose llevar por la larga retahíla de mentiras, ella rompió a llorar y confesó la verdad: su marido jamás le había permitido verle.
Entonces, la mayor le entregó una daga de intrincado diseño:
- He conseguido esta daga para ti. Se dice que es un arma mágica capaz de asesinar a cualquier bestia por muy fuerte que esta sea. Cuando duerma a tu lado esta noche y desvele su verdadero aspecto en la inconciencia del sueño, acércate a él con sigilo y clávasela justo en el corazón.
Las hermanas mayores seguían hablando sin parar. Hablaban, hablaban y no dejaban de hablar sobre cosas absurdas. Algo sobre tomar todas las riquezas de su esposo e irse a vivir todas juntas… pero Psyque ya no las escuchaba.
Lo único que podía hacer era mirar fijamente aquella daga.
Las dudas se iban apoderando de su mente a medida que reflexionaba sobre lo que le habían dicho.
No era posible, ¿verdad?
Él era humano. Le había tocado el rostro. Había disfrutado de la sedosidad de sus cabellos. Había acariciado con devoción cada parte de su piel. Había abrazado con fuerza su torso gozando de su calidez en medio de la fría noche.
No podía ser un monstruo, … ¿verdad?
…
¿Verdad?
La daga se sentía pesada en sus manos.
Un monstruo que siembra el caos en el reino.
Puede cambiar de forma. Les engaña a todos para finalmente devorarlos.
Debe tener algún motivo de gran peso para ocultarse de ti de esta forma tan mezquina.
El Oráculo no puede equivocarse.
No.
Puede.
Equivocarse.
Su cuerpo entero comenzó a temblar incontrolablemente.
- Pero yo… le amo… - murmuró.
Sin embargo, sus manos se aferraban a esa daga con todas sus fuerzas.
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Tras un arduo debate interno sobre qué es lo que debería hacer, finalmente Psyque había tomado una decisión:
Rompería su promesa.
Tomaría a hurtadillas una lampara de aceite. Bajo su luz, vería su rostro por primera vez.
Y… si en verdad su amado era un pérfido monstruo, rogaría a todos los dioses para que le dieran las fuerzas necesarias para clavarle esa daga en el corazón.
Así que, al caer la noche puso su plan en marcha. Cuando llegó su esposo, fingió encontrarse enferma. No fue difícil, pues realmente se sentía horrible al tener que engañarlo de esta manera. Y aun se sintió peor cuando él se preocupó por ella. Era como si ella misma hubiera cogido la daga y se hubiera apuñalado el corazón. Incapaz de seguir mintiendo, le dijo que con unos pocos minutos de sueño se sentiría mucho mejor.
Ante esta respuesta, él se mostró más aliviado. Se recostó en la cama y al cabo de un tiempo se durmió acurrucado a su lado. Jamás durmió con ella durante las primeras noches que pasaron juntos, pero ahora era distinto. Él confiaba en ella.
Aprovechando esta oportunidad, Psyque se levantó con el mayor sigilo posible. El más mínimo ruido, incluso el leve roce de las sabanas, la ponía en máxima alerta. De hecho, no podía explicarse como era posible que su esposo estuviera durmiendo cuando el sonido de su corazón parecía retumbar más alto que el sonido de decenas de tambores al unísono.
Incorporándose muy despacio, consiguió alcanzar la lámpara de aceite que tenía preparada bajo la cama. La sostuvo con su mano izquierda, mientras que en la derecha llevaba la daga que sus hermanas le entregaron. El arma resplandecía ante la tenue luz de la luna llena con un brillo enigmático.
Aunque le costaba admitirlo, no llevaba la daga consigo misma para iniciar un ataque, sino más bien por simple precaución, ya que aún se sentía incapaz de apuñalar el corazón del ser que tanto amaba, ya fuese una bestia o no. Quizás nunca sería capaz de ejecutar tal crimen. Pero, fuese como fuese, no había marcha atrás. Tenía que seguir adelante con su plan, sin importar si estaba preparada para ejecutarlo o para afrontar las consecuencias de sus actos.
Tragó saliva. Sentía un gran nudo en su garganta que apenas la dejaba respirar.
Sus manos temblaron de forma incontrolable cuando acercó esa lámpara recién encendida a la figura cubierta en sabanas que yacía plácidamente a su lado.
La mano que sostenía el arma se aferró a esas sabanas como si le fuese la vida en ello.
Tomando aire, Psyque apartó la tela con un brusco movimiento.
Cerró inconscientemente sus ojos cuando lanzó las sabanas al aire. Los cerró tan fuerte que dolía. Estaba tan aterrada que por mucho que quisiera no podía abrirlos. Pero debía hacerlo. Tenía que ver por primera vez el verdadero aspecto del monstruo al que amaba.
Tras varios segundos tratando de controlar su respiración, finalmente los abrió…
… Pero no halló a monstruo alguno, sino a la más bella de las criaturas. Incluso el fuego de la lámpara se avivó ante su divina hermosura.
La asombrada Psyque se sintió a punto de desfallecer. Estando fuera de sí, contempló absorta a un hombre que no podía ser otra cosa salvo un dios.
Dormía muy plácidamente. Su rostro de bellas facciones mostraba la expresión más cautivante que se pudiese imaginar. Cabellos finos, resplandecientes como el oro al sol, se desperdigaban rebeldes en cualquier dirección, enmarcando aún más la belleza de su rostro perfecto. Su piel era blanca e inmaculada, salvo por las mejillas levemente teñidas de un cándido tono de rojo. Su cuerpo era perfecto en proporción y belleza, muy parecido al de los humanos con la excepción de las dos mullidas alas que brotaban de su espalda. Sus delicadas plumas eran de color blanco inmaculado, tan suaves como los pétalos de una rosa.
¡Qué inmensamente atractivo era! Cualquiera, ya sea diosa o mortal, admiraría ciegamente a una belleza como esta.
Tan absorta estaba mirándole que no notó la flecha que se hallaba tirada en el suelo, justo delante de ella...
Al dar un paso al frente se la clavó inevitablemente en su pie descalzo. Al instante, la flecha se desvaneció mágicamente entre brillos resplandecientes y el corazón de Psyque cayó rendido de amor por el dios que yacía en la cama. Si antes ya lo amaba, ahora su amor era tan grande como el cosmos. Y si antes le parecía bello, ahora no había nada en el mundo que se le pudiera comparar. Un ardiente deseo se extendió por todo su cuerpo, como un veneno, junto con la imperiosa necesidad de tocarlo, de besarlo, de hacerlo suyo. Lo quería más que a nada, lo deseaba como nunca antes, tenía que tenerlo o moriría ahí mismo.
Víctima del maligno embrujo de la saeta, la ensimismada joven se inclinó para besarlo con pasión. Pero… sin darse cuenta, también inclinó la lámpara de aceite. El líquido hirviendo cayó de lleno sobre el hombro de su amado, que despertó bruscamente con un alarido de dolor.
Cuando el bello ángel miró a su alrededor, lo primero que vio fue a la asustada Psyque, que retrocedía torpemente. El resplandeciente puñal en su mano la delataba.
- Querías… ¿matarme? – murmuró el joven sin podérselo creer. De hecho, volvió a repetir la frase con el mismo tono de incredulidad, mientras presionaba una mano sobre la herida de su hombro. Escocía terriblemente, pero más lo hacía su corazón. – H-Has intentado matarme.
- N-No. - abrió la mano y la daga cayó al suelo provocando un gran estruendo. - ¡No! Y-Yo…
- Confié ciegamente en ti … y, tú … intentaste matarme.
- ¡Es un malentendido!
- ¿Entonces por qué tienes una daga en tu mano?
- ¡No! ¡Tan solo quería verle, mi señor!
- ¿Señor? Así que ahora que sabes que soy un dios soy tu señor, no tu esposo. ¡Pues tu señor te dijo que no podías verle todavía porque Afrodita te estaba buscando y era peligroso para ti que supieras quien era! ¡Te pedí que esperaras! ¡Que confiaras en mí como yo confiaba en ti! Y tú dijiste que me amabas y que confiabas en mi palabra. Me hiciste mil promesas sobre el amor y la confianza en una relación. ¡Y yo te creí!
- Yo…
- ¡Pensé que tú también valorabas todo eso tanto como yo, pero ya veo que me equivoqué! ¡Pensé que me amabas de verdad y que confiabas en mí, pero ya veo que soy un iluso! – sentenció lleno de despecho. - Me has traicionado.
Lágrimas de culpa comenzaron a resbalar por las mejillas de Psyque. Su cara era la viva imagen del dolor de un corazón roto. Fuera de sí, le dijo a su amado que eso no importaba, que nada importaba. Tan solo deseaba besarlo y saciar el deseo que despertó en ella la flecha infectada en lujuria y pasión.
Esto hirió profundamente el corazón del dios.
- La pasión brilla en tus ojos… – dijo el decepcionado Eros al notar los efectos de la saeta de amor en su esposa. – Pero es la pasión que despertó la flecha… no la tuya propia.
Sin poder soportar esta visión ni la pena de su propio corazón, Eros desplegó sus alas, dispuesto a marcharse.
Ella se aferró a él cuando se disponía a salir por la ventana, suplicándole que no la abandonara. Pero su desesperado intento por retenerlo fue en vano. Él consiguió soltarse fácilmente.
De rodillas en el suelo, ella lo vio partir en la lejanía. Levantó su mano hacia el cielo en un inútil intento de tirar de él para que volviera a su lado. Pero todo fue en vano.
- El amor no puede vivir sin confianza. - Y con estas palabras, el amor marchó. - Adiós, Psyque…
