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Capítulo 8: Dos almas solitarias
FlashBack:
- … ¿Psyque? – preguntó el atónito Eros. Embozó una mueca burlona, repleta de cinismo e incredulidad, ante la peculiar petición de su madre. - ¿Me estás hablando enserio? ¿Tú? ¿Celosa de una mortal? ¿Una HUMANA?
Si no fuera por la mirada letal que su madre le estaba dirigiendo en ese preciso momento, Eros habría muerto de risa, sin importar cuan inmortal fuera.
No obstante, de nada sirvieron sus esfuerzos por mantener la compostura. Ni siquiera la furia contenida de la diosa fue capaz de evitar que una leve risotada mal disimulada escapara de sus labios.
- Oh madre. Mi querida madre … ¡Cualquiera diría que la edad te está volviendo insegura! – exclamó en tono melodramático, mientras daba una voltereta en el aire y revoloteaba a su alrededor con esa típica sonrisa socarrona que tanto le caracterizaba.
- ¡Basta! No he venido aquí para escuchar tus tonterías. – Se acercó a él de improvisto, agarrándolo de los hombros y sacudiéndolo muy levemente. Mirándolo directamente a la cara, le dijo: – Esto es importante. Necesito tu ayuda.
La forma en la que lo sujetó, con sus dedos aferrándose fuerte a él, le indicaba que esta situación la tenía al límite de su paciencia. Pero no fue su agarre sino la severidad de su mirada la que captó la atención de Eros, que finalmente dejó a un lado sus bromas y le puso la debida atención a las quejas de su madre.
- Quiero que bajes al mundo de los mortales y la castigues de mal de amores. Haz que se enamore del más horrible de los seres, ya sea bestia u hombre. Haz que pague por la osadía de meterse con tu madre, creadora de todo lo bello de este mundo. La que te dio la vida. La que más te quiere. Lo harás por mí, ¿verdad, mi dulce ángel?
Ante tan ferviente petición, poco podía hacer Eros para negarse. Tras una breve pausa mirándola directamente a los ojos, suspiró resignado.
- Si tan importante es esto para ti, no voy a tener más remedio que cumplirlo.
Ante estas palabras, el rostro enojado de Afrodita cambió radicalmente de expresión. Rebosante de júbilo, abrazó a su sorprendido hijo con fuerza.
- Sabía que podía contar contigo. – tras una pausa, añadió – Pero, hijo ... No me falles.
Más que una petición, parecía una amenaza encubierta. Pero a él no le importó. Su madre siempre había sido así. Siempre daba una cucharada de miel y luego una de vinagre. Y aun así la quería más que a nada en el mundo.
- Claro, claro. – le dio unas palmaditas en la espalda a la vez que volvía a sonreír de forma encantadora. - Un monstruo horrible, ¿no? Déjalo en mis manos, madre. Esto será un trabajito muy sencillo.
Se apartó un poco de ella para alzar los brazos al cielo. Con un gesto fluido, dibujó una flecha en el aire con la ayuda de su dedo índice. Esta se materializó al instante en el mundo real. Con un simple vistazo cualquiera se daría cuenta de que no se trataba de una flecha normal y corriente. Tenía una forma peculiar, muy elegante y elaborada. También cabría destacar que estaba hecha de oro, con numerosos adornos y relieves finamente labrados en su astil.
Al pasar su dedo por su longitud, los grabados de su superficie formaron un nombre: Psyque.
- Esta flecha está hecha especialmente para ella. Incluso lleva grabado su nombre en honor a tu venganza. ¿Contenta? – le preguntó con cierto orgullo al contemplar su obra.
- Lo estaré cuando encuentres a la bestia con la que deberás emparejarla. Estaré esperando tus noticias, mi querido Eros.
Y dicho todo esto, la diosa se marchó caminando sobre las aguas junto a un séquito de ninfas. Se montó en su espectacular carro de oro tirado por criaturas marinas y se perdió en el horizonte. Y tras su estela marchó toda su comparsa, que seguía a la diosa allá donde fuera, para servirla y adorarla.
- Esto es simplemente ridículo. – vociferó Eros con fastidio mientras la veía partir. – Ver para creer. Muerta de celos por una simple humana …
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- Tan solo por una humana.
La multitud esperaba ansiosa la aparición de la mujer más bella del mundo. Sus gritos de júbilo retumbaban en los odios del impaciente Eros.
De vez en cuando, para aliviar su aburrimiento, el dios flechaba con sus saetas a algún incauto que se le ponía a tiro. Tan solo para entretenerse hasta que llegase su víctima.
Supo que su presa estaba cerca cuando la gente enloqueció, aclamando su nombre al unísono:
¡Psyque! ¡Psyque! ¡Psyque!
- Por una estúpida niñita con una belleza pasajera que tarde o temprano se marchitaría, como una flor primaveral en invierno.
Tensó su arco en dirección a aquella figura femenina en la lejanía.
Una muchacha joven, esbelta. Inmensamente bella.
Cuando clavó su mirada en ese rostro angelical, no pudo hacer otra cosa que no fuera permanecer allí, inmóvil, confuso. Perdido.
La mano que tensaba el arco perdió toda su fuerza.
Sus brazos perdieron fuerza.
Sus piernas perdieron fuerza.
Su corazón empezó a latir con más fuerza que nunca.
- Por una molesta, aburrida, …
No sabía porque la estaba espiando.
Tampoco sabía por qué no podía dejar de observarla.
Debería clavarle esa estúpida flecha de una vez por todas.
Esto era absurdo.
Él estaba actuando absurdo.
¡Toda esta situación era absurda!
- Por una frágil, débil, solitaria…
Ella siempre sonreía y sonreía. Día tras día.
Pero entonces …
¿Por qué lucía tan triste cuando estaba escribiendo en ese diario?
¿Y por qué sentía él la incontrolable necesidad de ir a consolarla?
- Por una preciosa, dulce, amable, sincera….
Ese día, al recibir una flor, la dulce Psyque había sonreído de forma radiante.
La comisura de sus labios se había ensanchado formando pequeños hoyuelos en sus mejillas sonrojadas.
Eros la observó entre las sombras, sintiéndose irritado, temblando de rabia, maldiciendo en voz baja.
Y sin embargo, …
Su cara se había vuelto completamente roja.
Su corazón se había vuelto completamente loco.
- Por una… simple humana.
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- "¿Qué estoy haciendo?" – se lamentó avergonzado. Cubría su ruborizado rostro con sus manos, tratando de recuperar la compostura que había perdido hace ya bastante tiempo. Una vez más, trató de calmar a su traicionero corazón, pero todos sus intentos fueron en vano.
El confuso joven permanecía oculto, tras el cobijo de un recio árbol, en el jardín del palacio donde residía la mujer que debería haber flechado hace ya varias semanas. De hecho, ya tenía en mente a la más indeseable de las criaturas. Tan solo tenía que disparar su flecha y su misión habría concluido. Y sin embargo ahí estaba, como un vulgar acosador, escondido tras un árbol mientras perdía el tiempo viéndola recoger unas flores. Unas flores. Unas ridículas e insignificantes flores. Ojalá se murieran todas.
Antes de conocer a Psyque, había pensado que un amor unilateral sería la mejor opción para cumplir con el encargo de su madre. Para ello solo tenía que pensar en el futuro amante de Psyque antes de disparar. Daba igual que "La bella" no conociera todavía a "La bestia" en el momento del disparo. Una vez flechada, sus destinos quedarían irremediablemente entrelazados.
Esta era una de las formas que tenía Eros para unir a dos individuos, pero había más:
Si disparaba a una persona sin tener a nadie en mente, la víctima se enamoraría del primero que viera frente a ella.
También podía flechar a alguien con una saeta con punta de plomo, que provocaba desamor o indiferencia, lo cual solía terminar en tragedia.
Por supuesto, el amor también podía abrirse camino sin la necesidad de flechas, puesto que dicho sentimiento era una fuerza que había nacido en el caos primigenio, durante una era más antigua que los propios dioses. Él tan solo era un catalizador de dicho poder. Así que, de vez en cuando, el amor surgía solo, sin su intervención. Pero eso solo pasaba en contadas ocasiones. Además, siempre le pasaba a los demás. Nunca a él.
Pero entonces … ¿En qué clase de embrujo se hallaba sometido? Jamás se había sentido así en la vida. Estaba actuando como si …
No.
No podía ser.
Probablemente solo estaba confundido. Estaba mezclando sus propios sentimientos de soledad con la lástima que la pobre chica despertaba en él, generando una falsa sensación de afecto.
- Lo que tengo que hacer es dejar de divagar y cumplir mi tarea de una vez por todas. No es el momento adecuado para tener una crisis de conciencia.
Mientras su mente se sumergía en pensamientos cada vez más oscuros, una malhumorada mujer mayor se acercaba a él pegando alaridos, ya que no era muy común encontrar a un joven desconocido merodeando por los jardines reales. Rápidamente Eros solucionó el problema lanzándole un flechazo entre ceja y ceja.
Por desgracia, lejos de solucionar el problema, lo agravó aún más. La señora, para fastidio del dios, se enamoró locamente de él, pues fue el primero al que ella vio. Eros, muy amablemente, le dijo que se fuera a morir, pero la mujer ni lo escuchó.
Un guardia, alarmado por los alaridos se acercó a ver qué pasaba. Y, por supuesto, fue flechado por interrumpir de nuevo al joven dios, quedándose prendado de la mujer mayor. Lástima que este guardia tuviera de amante a la sirvienta, que también estaba liada con el jardinero. En menos de cinco minutos se formó un drama digno de una obra de teatro.
En resumen, Eros tuvo que resolver el entuerto en el que él solito se había metido antes de que el dolor de cabeza que experimentaba fuera en aumento.
Desde luego, los mortales no hacían más que causarle problemas. Y luego decían que él era el cruel…
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Esa misma tarde, un príncipe venido de tierras extranjeras se había presentado en el castillo del rey, para cortejar a su hija. Era apuesto, joven y rico, pero, ante todo, era un estafador y un mentiroso profesional. Sin embargo, Psyque era tan ingenua que ni se daba cuenta y su padre estaba tan entusiasmado con el simple hecho de que su hija tuviera un pretendiente que tampoco lo notaba.
Pero Eros si lo notaba. Al igual que también notaba como el príncipe la miraba mientras ella hablaba, pero no a la cara precisamente, sino a otras partes del cuerpo…
¿Quién se creía que era ese depravado para mirar así a su Psyque? Este mundo ya tenía más que suficiente con Zeus para tener que aguantar a otro pervertido más.
¿Y por qué Psyque estaba sonriendo tanto?
Acaso… ¿le gustaba este idiota?
Por primera vez, Eros sintió algo dentro de él que jamás había sentido. Era como si una hiedra venenosa se hubiese enredado en torno a su corazón y lo estuviera estrangulando lentamente; si el pobre órgano no dejaba de latir por la constricción, si lo haría por el ardor de su veneno.
Incapaz de pensar con claridad, tomó su arco y disparó una flecha con punta de plomo al príncipe, que de inmediato sintió el más profundo desinterés por la joven princesa.
Eros extendió sus alas y alzó el vuelo apresuradamente, terriblemente conmocionado por lo impulsivo de su acción. Su corazón se sentía dolorido. Aún había veneno corriendo por sus venas.
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Había dado un largo paseo aquella noche, tomándose su tiempo para observar con detalle todo a su alrededor. Esperaba que esta distracción pudiera ayudarle a aclarar sus ideas. Sin embargo, esta caminata nocturna solo había servido para ayudarle a darse cuenta, nuevamente, de lo vacío que se sentía por dentro. Mientras deambulaba de un lado para otro pudo ver a cientos de parejas paseando juntas de la mano, besándose, abrazándose, y restregándole su felicidad por la cara.
Para su inmenso disgusto, también pudo divisar más parejas a través de las ventanas de las casas más cercanas. Los mortales estaban cenando juntos, riendo juntos, peleando juntos, o amándose hasta llegar el alba.
Incluso la pareja de pájaros que pasó volando por encima de él parecía estar disfrutando del amor que se respiraba en el ambiente. Los vio revoloteando alegres, jugando a hacer piruetas en el aire, para finalmente posarse en una rama a pasar la noche acurrucados en su nido mientras se daban tiernos besitos con el pico.
No había duda de que el amor reinaba en aquel lugar y Eros era el máximo culpable de que esto fuera así. Ya sea con sus flechas o con su simple presencia, él había esparcido este sentimiento por el mundo. Por tanto, Eros debería entender el amor mejor que nadie … pero, irónicamente, él era quien menos lo entendía.
No sabía qué era el deseo carnal porque nunca había deseado a nadie de esa forma, a pesar de lo mucho que le deseaban los demás.
No sabía qué era el amor romántico porque nunca había amado románticamente a nadie.
Quería amar y desear, pero no podía. Esto le hacía sentirse vacío.
Vacío y solo.
Daba igual cuantas veces se hiriera en la mano con sus propias saetas en un desesperado impulso de curiosidad. Seguía sin entender nada. Sin sentir nada. Vacío.
Hasta que la vio.
- Psyque …
Y ahora … en lo más alto del más alto torreón se hallaba aquel al que llamaban el dios del amor y el deseo. Aquel que miraba a los enamorados con cierto afecto, pero también con prepotencia, desdén, y … envidia. Aquel que esparcía el deseo por el mundo, pero que siempre fue inmune a él, como una serpiente que no muere por su propio veneno.
El dios permanecía inmóvil, pensativo, mientras la brisa nocturna acariciaba sus cabellos de oro y sus alas blancas como la nieve. La noche era fría, más su corazón estaba en llamas. Latía frenético ante la visión de una simple humana asomada en el balcón, llorando solitaria. Debería estar apuntándola con la flecha que ahora mismo sostenía contra su enloquecido corazón. Una flecha muy especial, con un nombre grabado en ella: Psyque.
Se lo prometió a su madre.
Debía hacerlo. Tenía que hacerlo.
Pero… no podía.
Lo había intentado cientos de veces y no podía. Se había enamorado de ella.
Cuando instintivamente se apuntó a si mismo con la flecha de Psyque, esta se activó y comenzó a brillar con un fulgor incandescente. Abrió los ojos de par en par, enormemente sorprendió. Esta era la primera vez que algo así le sucedía.
Fue en ese preciso instante cuando finalmente lo entendió:
Esa saeta estaba destinada solamente a él, así como lo estaba ella.
"Psyque" significa alma. El alma estaba destinada a amar y el amor estaba destinado a residir en el alma.
- "Solo se puede amar de verdad si se ama con el alma." – susurró para sí mismo esta verdad innegable. Tan cierta como que el agua moja o el sol brilla.
Así que se rindió. Dejó atrás toda su negación para entregarse por completo a tan extraño sentimiento.
En lo más alto del más alto torreón se hallaba un simple enamorado. Permaneció inmóvil, pensativo, mientras la brisa nocturna acariciaba sus cabellos de oro y sus alas blancas como la nieve. La noche era fría, más su corazón estaba en llamas. Latía frenético ante la visión de una simple humana asomada en el balcón, llorando solitaria. Así que, sin pensarlo dos veces, con una brusca estocada, clavó esa brillante saeta en su pecho, atravesando de lleno su corazón. Al instante, su alma se inflamó de amor y su cuerpo entero se retorció ante una incontrolable sensación de deseo y lujuria, que amenazaba con consumirlo por completo.
- Psyque … - fue lo último que susurraron sus labios antes de caer rendido bajo el tortuoso hechizo de su propio poder.
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Dos figuras solidarias permanecían de pie en medio en un amplio salón. Ambos varones. Uno de espaldas al otro.
- ¿Por qué debería ayudarte… después de lo que me hiciste? – le interrogó aquel que no se dignaba a voltearse para encarar al dios del amor. Su voz no sonaba amigable en absoluto.
- Precisamente por lo que te hice es por lo que debes ayudarme. – le dijo Eros, mientras acariciaba la punta de una de sus flechas con sus manos desnudas. – Tú sabes cuánto duele el amor cuando es imposible. No creo que desees ese sufrimiento a nadie. Ni siquiera al peor de tus enemigos.
- Dudo mucho que puedas sentir amor.
- No te culpo. También lo dudaba, hasta hace poco. – apretó ligeramente la punta de la saeta afilada contra la palma de su mano. La flecha no se activó a pesar del contacto directo, pero eso no era una sorpresa para nadie. Solo las saetas destinadas a emparejarle con Psyque lograban activarse, tal y como pasó con aquella flecha...
Aunque le resultaba vergonzoso tener que admitirlo, desde aquella vez no había podido pegar ojo pensando en su amada, en su hermosa sonrisa, sus tentadores labios o su pecaminosa figura. Cada noche sentía que su cuerpo ardía consumido por el deseo de hacerla suya, muriendo poco a poco en vida por las ganas de tenerla entre sus brazos; asimismo, cada mañana se levantaba deseando que ella también fuera capaz de amarle como él la amaba, que le entregase su afecto como él deseaba hacerlo y que aceptase pasar toda su vida junto a él.
Por primera vez se dio cuenta de lo poderoso que era el influjo de sus propias flechas, capaces de intensificar cualquier sentimiento de amor en el corazón y envenenar el alma con un deseo carnal que era casi incontenible. Más de una vez pasó por su cabeza el oscuro pensamiento de flecharla para que cayese rendida a sus pies, pero tan pronto como venía esa idea, la desechaba. Forzarla a enamorarse sin más con la ayuda de una de sus flechas no era lo que él realmente deseaba. Quería que Psyque se enamorase de él por sí misma, de forma pura y natural, tal y como él se enamoró de ella desde que la conoció, antes de clavar esa flecha en su pecho como un acto simbólico del culmen de su amor. No sabía si lo que quería llegaría a ser posible, porque el destino era realmente caprichoso, pero aun así quería intentarlo.
Dolía tener que traicionar a su madre. Pero era el precio que debía pagar para estar junto a su amada.
Quizás puso una expresión demasiado intensa mientras meditaba sobre todo esto, porque recibió una mirada curiosa por parte de su acompañante. Aprovechando el hecho de que había captada su atención, prosiguió con su discurso anterior:
- Sea como sea, dudo mucho que estés de acuerdo con Afrodita en este asunto. Quiere desgraciar la vida de una chica cuyo único delito es ser hermosa. Y todo esto tan solo para salvaguardar su vanidad. – declaró mientras volvía a guardar su saeta en la funda. - La odia tanto que está dispuesta a maldecir al reino entero si no acceden a sus demandas.
- Ya lo sé. Y no me importa. Mi trabajo es mandar mi predicción al rey y advertirle de lo que puede pasar si desobedece. Lo demás no es asunto mío y me da igual lo que le pase a tu querida Psyque o a su reino.
- ¿Estás seguro? Puedes fingir que no te importa si eso es lo que quieres, pero a mí no me engañas. Además, creo recordar que se trata de un reino que te adora y venera con devoción. ¿Cuántos templos tienen en tu honor? Si no me estoy haciendo viejo y la memoria no me falla, yo diría que muchos. ¿A que sí?
- …
- El silencio también es una respuesta, Apolo. Pero me gustaría que fueras más explícito. ¿Te parece bien todo esto? ¿De qué lado estás?... ¿O más bien dicho, de qué lado te conviene estar?
Ante estas palabras, Apolo miró al cielo con una expresión difícil de descifrar. Luego, resignado, dejó escapar un profundo suspiro. Sin abandonar su postura digna, tan soberbia como la del propio Zeus, se dio la vuelta para encarar a Eros.
- Siempre sabes que decir para obtener lo que quieres, maldita serpiente bípeda. – le respondió con inmenso desdén. – ¿Qué quieres que les diga cuando vengan a mí?
- No les digas que su esposo soy yo. Diles que es un monstruo, para que así mi madre se dé por satisfecha y deje a la chica tranquila.
- No vas a engañar a tu madre por mucho tiempo con un truco tan simple como este.
- Pero si el suficiente para hallar alguna solución más idónea a todo este embrollo. También necesito que les dejes bien claro que deben llevarla al risco más alto de la ciudad. La recogeré allí y la pondré a salvo bajo mi cuidado. Por supuesto, no debes decir ni una sola palabra a nadie sobre esto.
- Bien. Como quieras. Pero, … ¿cómo se supone que debo describir a "su monstruoso esposo"?
Tras varios segundos meditando, Eros simplemente respondió con otra pregunta:
- ¿Cómo me describirías tú, Apolo?
- Como una asquerosa serpiente venenosa. – dijo el malhumorado dios mientras masajeaba sus sienes para evitar el inminente dolor de cabeza.
Eros no pudo evitar reír suavemente al escuchar tan sincera respuesta.
- Pues que así sea.
- Te lo juro. Entre tú y tu madre me vais a volver loco. Como Afrodita me pateé el trasero por esto lo vas a lamentar.
- Venga, Apolo. No seas amargado. – le contestó con una amplia sonrisa, ignorando por completo su mal humor. - Estás del lado de los buenos.
- ¡Da igual en que bando me ponga! Al final uno de los dos se vengará de mí enamorándome de una cabra o de algo peor.
- Buena idea. Aunque yo personalmente prefiero emparejarte con un cerdo. Va más acorde contigo.
Eros salió volando justo a tiempo para esquivar la ira de Apolo. Revoloteó muy alegremente a su alrededor escuchando sus amenazas de muerte, antes de impulsarse para ascender a los cielos con un fuerte aleteo. Marchó raudo con una inmensa sonrisa en sus labios y la imagen de su amada grabada en su mente.
- ¡Psyque! – exclamó lleno de ilusión mientras surcaba las nubes a toda velocidad. Estaba tan contento que apenas podía contenerse. - ¡Pronto estaré contigo!
Fin del Flashback
