Cuando dejé #CookieJar en cliffhanger y decidí extender este en-su-momento microuniverso de un oneshot que creció hasta convertirse en un asunto desproporcionado, sus comentarios sumaron mucho a las cosas que quería expandir y exploran en un futuro; entonces, al sentarme a escribir, esa era la idea principal: cimentar algunas cosas, explicar otras, permitirles a los personajes vivir verdaderamente por primera vez y dejarlos que corrieran. A eso se le sumó que ya casi comenzaba noviembre, y el cumpleaños de Jin Ling caía el veintiuno de ese mes, así que, en el más grande cliché, una cosa llevó a la otra, y de alguna manera terminé haciendo esto. Es, de manera mucho más abstracta de lo que planeaba al principio, un vistazo más amplio de los anteriores a la vida de los juniors en este AU, en el POV de Jin Ling; porque es su día, y aunque diosito sabe que yo soy físicamente incapaz de tener favoritos, la primera vez que leí MDZS, Jin Ling fue mi segundo junior fav. Así que aquí está .
Explorar a Jin Ling en un mundo moderno donde tiene todo lo que en el canon no (padres vivos, amigos, una relación de familia estable) fue ambos, difícil y al mismo tiempo no; creo que porque desde el inicio sabía lo que podía y no podía hacer para evitar caer en el ooc, que para mí es imperdonable incluso en AUs. Jin Ling es, en canon, un adolescente cuya personalidad entera se moldeó frente al hecho de que, a pesar de ser el heredero de la mayor Secta del mundo de la cultivación, entre comillas rico y privilegiado, la pérdida de sus padres es su mayor y más grande rasgo. La gente lo ve como "el niño huérfano del difunto Jin ZiXuan y Jiang YanLi" o "el sobrino de Jiang Cheng" "el sobrino de Jin GuangYao", y eso le pesa y le llena de un montón de cosas—enojo, tristeza, frustración, desesperación por probarse a sí mismo y al mundo que puede ser igual y mejor que cualquier otro chiquillo que sí creció con sus padres. ¿Cómo traducir todo eso en un AU moderno donde Jin Ling sí tiene a sus padres, eliminando virtualmente toda su personalidad?
Ahsecrean, Jin Ling moderno, con todo y sus padres, tiene muchísimo para dar. Lo principal para mí fue darle algo que, en cierta medida, le quité cuando hice a los juniors pareja: amigos. No me malinterpreten, por supuesto que siguen siendo amigos, pero la vida no termina con ellos tres y ya. Quise explorar cómo sería darle amigos a alguien como Jin Ling, amigos aparte de sus propios novios, meterme en su piel y raspar un poquito de sus preocupaciones, de todo lo que un Jin Ling moderno pensaría bajo las circunstancias de la vida en la lo puse. Sinceramente espero que les guste. En el futuro, a medida que se desenvuelva lo que sea que esto sea, también miraré hacia los otros con sus introspectivas individuales y POVs propios, quizás más cortos, porque esto fueron trece mil ochocientas y algo de palabras.
Como siempre, este oneshot se puede leer de manera independiente a los anteriores, solo recordando los puntos principales:
—Los juniors viven juntos en Taipéi, Taiwán.
—Asisten a la NTU abreviado, Universidad Nacional de Taiwán.
—Jin ZiXuan le regaló un piso en un penthouse a Jin Ling de dos plantas, para que vivir ahí mientras estudiaba porque, bueno, qué más podría hacer un hombre rico como él sino gastar en su único hijo.
—ZiZhen es un auténtico otaku, JingYi es tiktoker y tiene el cabello largo hasta la barbilla, ninguno de ellos sabe cocinar de verdad, a SiZhui le gusta el kpop, tienen mucho sexo, a veces todavía actúan como mocosos haciendo chistes sexuales que dan vergüenza, rip.
Pido perdón por el mucho texto. ¡Feliz cumpleaños adelantado, LingLing! Ah, por cierto, Los Tíos de Jin Ling™ hacen aparición aquí jsjsjs. Este oneshot se lo dedico a Nova Ficachi, porque su apoyo desde el principio de este viaje y sus preciosas palabras de aliento me hincharon como globo de helio hasta la estratósfera. Ojalá yo misma creyera que mis fanfics son tan buenos como dices.
Disclaimer: MDZS le pertenece a MXTX.
Jin Ling despertó media hora más tarde de lo que regularmente debería despertarse. Seis y media, no a las seis.
Rodó un rato alrededor de la cama, esperando que su cabeza repleta de algodones se replegara un poco y comenzara a llenarse de los clásicos e insípidos pensamientos mañaneros. La luz del sol filtrándose a través de las cortinas. El bol de arroz perfectamente guardado al fondo del refrigerador por él la noche anterior, esperando para ser desayunado esta mañana. La tarea del profesor Huang, cuya clase era la tercera de hoy y de la que Jin Ling solo había terminado la mitad. El solo pensar en ello lo hizo gruñir contra la almohada, fastidiado, imaginando la discusión que definitivamente tendría y podría haber evitado si solamente hubiera hecho la maldita cosa anoche en lugar de no hacerlo. En que debería pescar una bufanda lo suficientemente gruesa para no atrapar un resfriado.
En que hoy era su cumpleaños número veinte. Su segundo cumpleaños lejos de casa. Su segundo cumpleaños en su nueva versión de casa.
Luego de varios minutos, Jin Ling sintió algo extraño, aparte de nostalgia. ¿Por qué nadie había venido a despertarlo? Eran pasadas las seis y media. Usualmente, para estas alturas, SiZhui bien podría haberle arrastrado fuera de la cama de ser necesario.
Enfurruñado, todavía semi envuelto en la bruma acolchonada del sueño, se levantó, echando otro vistazo rápido y ceñudo al reloj de la mesilla, antes de prácticamente remolcarse al baño a zancadas. Ni siquiera encendió la luz, simplemente echándose un poco de agua fría en el rostro y metiéndose en la ducha de golpe, esperando que el shock de agua fría y piel caliente lo sacara de su estupefacción.
Veinte. Hoy, en este momento, Jin Ling estaba cumpliendo veinte años. Cuando tenía quince, veinte sonaba como un número enorme. Ahora, mientras se fregaba la cara con su jabón para el cuidado de la piel seca, le parecía estúpido haber esperado tanto por algo tan decepcionante. Casi parecido a cuando cumplió dieciocho, excepto que incluso entonces, tuvo la gran gratificación de poder irse, no solo de casa, sino del país, para asistir a la universidad. Solo, por sus propios esfuerzos y no por influencias de su apellido —o el dinero que conllevaba portar dicho apellido—. Aquello supo como un gran algo, un regalo, una recompensa, pero ahora, ¿qué? Solo despertaba para ir a la universidad como un día cualquiera, discutiendo con sus profesores y tratando de sobrevivir al invierno.
Y no estaba mal. El Jin Ling de catorce, quince años, quizás lo hubiera tachado de absolutamente inaceptable. El Jin Ling de veinte solo quería ver si podía encontrar un momento entre una clase y otra para terminar la tarea.
Aun así—veinte años.
Jin Ling dejó la toalla en el borde de la silla de su escritorio, enfundándose en un par de pantalones caquis, que parecían más dorados que otra cosa, una camisa blanca debajo de una chaqueta del mismo color, y su estúpida bufanda dorada. Se peinó concienzudamente, ignorando tanto como pudo lo terriblemente parecido a su tío que lucía en esos colores —su otro tío, y frunciéndole el ceño a su reflejo cuando se le hizo imposible.
Lo que sea.
Recogió su mochila, olvidada al pie de su escritorio, y de paso también su celular, echándole un vistazo mientras bajaba las escaleras. El total y absoluto silencio del lugar casi le rompe los tímpanos, parpadeando medio ciego cuando la luz que se derramaba de los ventanales lo abofeteó en el rostro. ¿Dónde estaba todo el mundo? Era la primera vez en lo que se sentía como una vida entera en que la verborrea tonta y sinsentido de JingYi no lo recibía como saludo de buenos días por la mañana.
De nuevo—echó un vistazo a su teléfono, esta vez prestándole la atención requerida, mirando sus notificaciones una por una.
Un montón de mensajes. De compañeros de clases, los pocos de ellos que podía llamar amigos; algo que todavía le sabía extraño, dejándole una sensación entre incomodidad, vergüenza, y enojo, más que nada por sentir las dos primeras. Pero también, hasta no hace demasiado, Jin Ling realmente no tenía amigos, no afuera del círculo de cuatro que eran él, SiZhui, ZiZhen y JingYi; no en su escuela en Beijing, ni en el vecindario, ni en ningún otro lado. Su único amigo, aparte de ellos tres, podría bien contarse con los dedos de una mano, porque solo necesitaba uno, y ese era su tío. Qué decía eso de él, no quería saberlo.
Jin Ling se detuvo al pie de la escalera, saltando de mensaje a mensaje, todos deseándole feliz cumpleaños, no lo suficientemente seguro de qué o cómo responder, hasta que se detuvo en un chat en particular.
Mamá, 5:57 a.m.
Su mamá le había enviado un vídeo, temprano, antes de que despertara. Jin Ling lo abrió, con los dedos temblorosos, como si no hubiera hablado por videollamada con ella hace apenas dos noches.
—A-Ling —Jiang YanLi aparecía sonriéndole a la pantalla, la luz suave del sol mañanero brillando apenas entre un montón de nubes rosadonas y purpúreas. Jin Ling supo de inmediato donde estaba: en el patio amplio justo debajo del almendro, solo a unos pasos de la puerta trasera que daba a la cocina—. Mi bebé, ya tienes veinte años, ah; parece que fue ayer cuando te sostuve por primera vez. Feliz cumpleaños. Mamá está orgullosa de ti.
Jin Ling tosió torpemente, sintiéndose verdaderamente estúpido por el nudo pesado apretando su garganta repentinamente, y también sumamente agradecido de que esto fuera un vídeo y no una videollamada.
—Abrígate, come algo caliente con tus amigos, y diviértete mucho, ¿sí? —continuó diciendo. Su sonrisa cálida se sentía como un bálsamo, como una brisa de viento primaveral en esa mañana de invierno—. Ten un buen cumpleaños, A-Ling. Mamá te quiere mucho, mucho, nunca lo olvides.
El vídeo cerraba con Jiang YanLi lanzando un beso a la pantalla, y Jin Ling tuvo que verlo de nuevo, dos veces más, antes de poder sentir que su respiración volvía a su cadencia normal, y no como si el aire fuera delgado y escurridizo en sus pulmones. Carraspeó la garganta, tragando el nudo ahí atorado, y escribió una respuesta rápida.
Yo, 6:59 a.m.:
gracias mamá
Dudó, y luego añadió.
yo también te quiero
Fue hasta la cocina, todavía sorteando entre sus mensajes, escuchando un ruido justo cuando su mirada saltaba a dos que llamaron su atención, uno debajo del otro. Alzó los ojos apenas, encontrándose con la mirada de ZiZhen, notando en la periferia de su mente que otra vez, llevaba puesto su suéter mangas largas púrpura, ese que su tío le prestó una vez y Jin Ling nunca jamás le había devuelto, pero no se detuvo a preguntarle dónde estaban los otros dos. La respuesta estaba justo ahí, en sus mensajes de entrada.
SiZhui, 6:06 a.m.:
A-Ling, ¡feliz cumpleaños! (´͜ ̀ )
Perdón, sabes que mis clases hoy comienzan a las siete.
¡Nos vemos en el campus!
¡Te amo!
Tonto JingYi, 6:19 a.m.:
Ling
hbd
(`◊´ )
a ver si este año te haces más inteligente
jsjsjsj
Jin Ling no había terminado de leer cuando sintió su cintura siendo envuelta por un par de brazos, aliento cálido chocando contra su mejilla.
—Feliz cumpleaños, LingLing —murmuró ZiZhen, suspirando suavemente en su oreja. Su cuerpo se sentía firme en su espalda, como un ancla—. Te amo.
Jin Ling sintió sus mejillas ruborizarse, manteniendo la mirada quieta en el mármol de la isla para que el otro no lo notara.
—Hmph. Está bien —graznó, sintiéndose verdaderamente tonto. El bochorno en su rostro casi lo sofocó.
ZiZhen se rio suavemente, apretándolo un poco más contra su cuerpo, y Jin Ling permitió que sus manos vagaran hasta quedar sobre las suyas, jugando con el dobladillo de sus mangas mientras fingía que la vergüenza no se lo estaba comiendo por dentro.
¿Cómo se podía seguir sintiendo vergüenza con alguien después de todo lo que ellos habían dicho y hecho? ¿Cómo se podía seguir sintiendo vergüenza con alguien luego de haberle dicho «te amo»?
Jin Ling recordaba la primera vez que se dio cuenta que le gustaba ZiZhen. Recordaba cómo sucedió un día cualquiera, una de las veces en que solo eran ellos dos saltándose sus supuestas tardes de estudio juntos porque SiZhui y JingYi tenían sus clases de música obligatorias. No hubo nada fuera de lo normal, nada diferente de lo que usualmente hacían los cuatro en esas escapadas, solo ellos yendo al cine pero dejándolo a mitad de camino porque no valía la pena hacerlo si no lo hacían juntos. Se detuvieron a por helados entonces, en esa heladería que tenía sabores raros y nuevos cada mes, y ZiZhen tuvo la ocurrencia de darle un mordisco al suyo, solo para chillar «¡ah! ¡Se me congeló el cerebro!» casi inmediatamente.
Sus mejillas y sus pómulos se colorearon de un rubor tenue, como la piel de un durazno maduro, no diferente del que tenían cuando hablaba de sus animes que nadie entendía, ni tampoco tan intenso como cuando corrían de su tío cuando este los pillaba perdiendo el tiempo en lugar de haciendo tarea, que era la razón por la cual se quedaban hasta tan tarde, pero.
Más que una revelación, fue como un choque, como esos accidentes múltiples que sucedían a veces en la autopista.
Jin Ling supo que le gustaban los hombres nada más el año anterior a eso, cuando su profesor de historia antigua se jubiló y en cambio lo reemplazó un hombre que bien podría estar en sus treinta y medio como mucho, cuando todos los otros chicos del salón se burlaban de las chicas porque obviamente les gustaba el profesor guapo, joven y educado, con sus gafas de marco fino y modales severamente anticuados y, bueno, a él también. Jin Ling tuvo una crisis, porque no podía dejar de ver sus manos mientras escribía, su caligrafía impoluta en el pizarrón, ni dejar de anticipar de qué color sería el traje que usaría al día siguiente, siempre correcto, perfectamente planchado, de tres piezas y también corbata, resaltando entre el mar de profesores cansados que apenas si se esforzaban día a día por ponerse una camisa que luciera más o menos limpia. Porque sentía que podía escucharlo hablar por horas de temas tan aburridos como La Gran Muralla, y jamás se cansaría.
Jin Ling tenía quince años entonces, ZiZhen no hacía mucho se había unido a su círculo estrecho de tres, y su vida entera se sentía como si hubiera dado un giro de ciento ochenta grados aunque, en realidad, nada cambió realmente.
¿Qué tan grave podía ser que le gustaran los chicos? Unas semanas después de la primera gran crisis, se dio cuenta que era un estúpido por no haberlo notado antes, cuando él y su tío se sentaban a ver Naruto y estaba mucho menos interesado en la trama y más en mirar a Neji cuando aparecía. Entonces creía que era simplemente porque le gustaría tenerlo de amigo, pero eso solo demostraba que era un tonto no mucho mejor que JingYi, a quien tanto le gustaba decirle que su nombre se escribía con los caracteres de tonto. La única vez que se le ocurrió sentarse con su mamá a ver un drama de época, el protagonista era tan auténticamente hermoso que lo dejó estúpido, pero también, otra vez pensó que era culpa del drama mismo, que provocaba ese efecto en sus televidentes por ser un drama para chicas. Cualquiera que lo viera se sentiría igual.
La negación era tan fuerte dentro de él que ni siquiera sabía qué diablos estaba negando.
Además, no podía ser tan malo. ¿Acaso su tío no era gay? —su otro tío. Y Ahí estaba, a la cabeza de todos los negocios bajo el apellido Jin, el único de todos los hijos que tuvo su abuelo lo suficientemente interesado en eso como para continuar. Los papás de SiZhui eran ambos hombres, y si algo, solo podía decir que Wei WuXian era fastidioso; cuando Jin Ling era niño le gustaba jalarle las mejillas hasta dejárselas rojas por mucho que chillara que no y huyera de él, aparte de que le encantaba hablar mal de su papá en voz alta, pero eso era todo. ¿Qué tenía eso que ver con el hecho de que era gay? Según su tío, Wei WuXian siempre había sido una total molestia.
Así que estaba bien, le gustaban los chicos. Por lo que le supo como un segundo, Jin Ling se sintió bien con ello y consigo mismo.
Hasta que comenzó a notar ciertas cosas.
Que en la escuela, el insulto más común entre sus compañeros era «¡no seas marica!» o, si querían hacer llorar a alguien, entonces «¡eres un maricón!». Que en la calle, incluso caminar dos pasos demasiado cerca de otro chico por accidente podía ganarle un empujón, y a veces hasta un puñetazo. Que, en la tele, en el cine, en Weibo, en todos lados donde miraba, ser un «maricón desviado» era una desgracia para toda la familia, una asquerosidad que solo ensuciaba al país y que debía ser erradicada, escondida. Que su tío —su otro tío, y los papás de SiZhui, eran la excepción, y no la regla.
Jin Ling estaba mal, mal, mal, y decírselo a alguien, a quien sea, no era una opción.
Por eso, un año después, cuando se dio cuenta que le gustaba ZiZhen, más que una revelación, aquello fue como el choque de un montón de carros en la autopista. Porque ya se había dado cuenta que también le gustaban JingYi y SiZhui.
—¡Ay, ya es tarde! —gimió ZiZhen, desenredándose de su abrazo luego de un rato.
Jin Ling esperó unos segundos, hasta que estuvo totalmente seguro de que su rostro no estaba cubierto de manchas rojizas como una chica, para entonces mirarlo y fruncirle el ceño.
—¿Qué dices? Apenas son poco más de las siete.
ZiZhen resopló, recogiendo la maleta de su laptop y echándosela al hombro, deteniéndose a mirar su teléfono un momento antes de ponerse los zapatos en la entrada. Lo que sea que haya visto, alteró su ya de por sí acelerada salida.
—LingLing, qué estás diciendo tú, mi primera clase comenzó hace diez minutos, ah; no todos tenemos la suerte de iniciar clases a las ocho de la mañana —farfulló, casi lo regañó. Sus labios se extendieron en una sonrisa, temblorosa en los bordes, antes de volver a gemir—. Ni siquiera tengo tiempo de desayunar, ay, lo siento. Me voy. ¡Mi profesora me va a matar! Te amo, adiós. Nos vemos en la noche.
Abrió la puerta principal, escurriéndose a través de ella como un extraño escapándose de una casa ajena, y otra vez, Jin Ling se quedó solo.
¿Por qué todo el mundo tenía prisas? Era viernes. ¿Qué caso tenía correr? Le dieron ganas de resoplar, así que lo hizo.
Se dedicó a tomar su propio desayuno, sacando el arroz del refri y calentándolo en el microondas, acompañado con un huevo hervido —revisó varias veces la mecánica de cocción en Youtube, solo para estar absolutamente seguro de que lo hacía bien— y una taza de té. Tenía veinte años. ¿Quién se atrevería a decir que Jin Ling no sabía cocinar por su cuenta ahora?
Para cuando llegó a la estación del metro ya eran las siete y veinte de la mañana. El año pasado, su papá le regaló un Bugatti Chiron de tres millones de dólares, pero, alas, ni él, ni SiZhui, ni ZiZhen, y mucho menos JingYi sabían conducir, así que estaban sujetos al transporte público como cualquier otra persona. Al Jin Ling de quince años, aquello le habría molestado hasta estallar. Al Jin Ling de veinte, le fastidiaba solo un poco menos.
Por suerte, Taipéi no era una ciudad tan grande como Beijing. El viaje desde el distrito Xinyi a su facultad, en el límite Este del distrito Da'an, solo tomaba quince minutos, y no una hora. Su vagón estaba más frío adentro que afuera, lleno hasta la mitad de personas envueltas en bufandas y chaquetas gruesas, algunos tiritando como si fuera la primera vez en sus vidas que se enfrentaban a una mañana de noviembre.
Estaba distraído, pensando en las musarañas, en que, bueno, tenía veinte años, cuando su teléfono sonó de repente, sacándolo de su estupor.
Jiujiu.
Una videollamada entrante.
Jin Ling sacudió las manos, tratando de calentarlas antes de que su celular se le deslizara y se estrellara contra el suelo, levantándolo inmediatamente para contestar.
—A-Ling.
La pantalla se llenó de la imagen de su tío, las cejas fruncidas y la mandíbula dura, severa, tal y como había lucido siempre, desde que Jin Ling tenía su más remota memoria. Luz blanca y brillante se derramaba detrás de él, como si estuviera en un sitio alto y lleno de ventanas, probablemente su oficina, y Jin Ling no pudo evitar pensar que era demasiado temprano, ni siquiera las ocho de la mañana, pero él ya estaba trabajando.
—Tío —farfulló.
Su tío lo miró seriamente por lo que dura un latido, y entonces su expresión se relajó. Algo mínimo, imperceptible para alguien que no lo conocía, pero no para Jin Ling, que llevaba conociéndolo tanto como tenía viviendo en este mundo.
Veinte años.
—Feliz cumpleaños.
Jin Ling sintió cómo su cara se llenaba de manchas rojas, enojándose inmediatamente consigo mismo, esperando que su tío no lo notara —o, que, en el peor de los casos, culpara al frío violento de cortarle la piel.
—Gracias, Jiujiu —balbuceó, y luego, antes de que pudiera detenerse—. Te extraño —añadió, torpe, tropezando con las dos palabras.
Su tío lo miró sin pestañear, un momento. Y entonces un amago de sonrisa, tan efímero que Jin Ling estuvo seguro que lo imaginó, curvó la comisura de su boca, rápido, antes de volver a la línea dura, inamovible y severa de costumbre.
—Espero que estés estudiando duro y no perdiendo el tiempo —espetó.
El tren hizo un movimiento ondulante, evitándole la necesidad asentir.
—¿Esos chicos Lan y el otro te están distrayendo?
Esta vez, su sonrojo no tuvo nada que ver con la nostalgia familiar ni el corte de circulación producido por el frío.
—Hm. No.
Su tío frunció el ceño y arrugó la nariz, como si oliera su mentira desde la pantalla de su teléfono, pero, por una vez, no dijo nada.
—Lo que digas —sus ojos oscuros tenían un dejo de desconfianza—. Abrígate, está haciendo frío.
—Sí.
Silencio.
—Adiós.
—Hasta luego, Jiujiu.
Otra vez silencio. Su tío lo miró como si quisiera añadir algo, o como si esperara que Jin Ling dijera algo más, pero al final, ninguno de los dos dijo nada. Jin Ling colgó después de varios segundos, sintiendo como si alguien hubiera clavado una aguja en su pecho, muy adentro, justo donde estaba su corazón.
Estúpida nostalgia.
La primera parte de la mañana pasó tal y como Jin Ling esperaba: sin sorpresas. Clases, frío, pelea con su profesor por no tener lista la tarea a tiempo. El ruido de fondo del vaivén de la gente caminando por los pasillos, sumado con el runrún de la calefacción derramándose en episodios interrumpidos, a veces calentando solo a los que estaban hasta adelante, y otras a quienes estaban hasta atrás—dejando a tontos como él, sentado en el medio, oscilando entre un lado y el otro.
A uno de sus profesores se le derramó el café sobre una pila de sus exámenes sin revisar, así que al menos hubo algo de lo que reírse.
También recibió algunos otros mensajes de felicitaciones de sus familiares, los cuales contestó entre una clase y otra.
Mo XuanYu, 11:11 a.m.:
A-Ling~
feliz cumpleaños sobrinito
Yo, 11:32 a.m.:
hm
gracias tío
Tía Su, 12:02 p.m.:
Feliz cumpleaños Ling!
Te extrañamos!
Yo, 12:30 p.m.:
ya, gracias
Gran parte de su cabeza se mantuvo ocupada pensando en el hecho de que hoy era su cumpleaños. De que, en ese momento, tenía veinte años.
—¿Seguro que no quieres una fiesta?
Jin Ling torció el gesto.
Eran las dos de la tarde y estaba en el McDonald's de la universidad, aprovechando una de sus pocas horas libres para comer algo. Afuera nevaba ligeramente, copos delgados como hisopos de algodón deshilachado en los bordes, que se derretían antes de tocar el pavimento.
—Podemos saltarnos las clases de la tarde —añadió Seungmin, acomodando sus opciones—. Y nos emborrachamos.
Kim Seungmin fue una de las primeras personas que conoció en la universidad, una de las poquísimas que Jin Ling podía llamar amigo y decirlo de verdad.
Seungmin era coreano, solo dos meses mayor que Jin Ling. Estaba estudiando ahí por una beca, aprendiendo mandarín como tercer idioma. Seungmin era pequeño, de rostro cuadrado y mentón terco, y a primera vista la impresión inmediata que causaba era «cachorrito». Lucía como la clase de chico que siempre estaba dispuesto a ayudar a quien se lo pidiera, amable y elocuente, y lo era. Pero no sea que lo confundieran por ingenuo, porque se estrellarían con una enorme pared de sarcasmo y respuestas ácidas como la picadura de un alacrán.
Ahora estaba mordisqueando el extremo de un popote, envuelto en un gorro grueso y una bufanda llena de parches decorativos.
—Espera, si vamos a beber entonces voy a comer algo —se apuró en decir Huang Renjun, moviéndose nervioso en su asiento.
Xiao Lu chasqueó los labios con fuerza, estrellando sus uñas acrílicas contra la superficie de la mesa.
—Ling ni siquiera ha dicho que sí.
Huang Renjun y Xiao Lu era otros dos de sus compañeros de clases y amigos, casi tan cercanos como Seungmin. Renjun era chino, también becado, a veces incluso más ácido que el mismo Jin Ling y Seungmin juntos. Era igual de bajo que ellos dos, pequeño como un muñeco de bolsillo, con hombros estrechos y cintura aún más estrecha. Usaba gafas falsas para lucir, en sus palabras, «más intelectual», cosa que realmente no hacía falta cuando ya era un genio.
Xiao Lu era la más baja de los cuatro, difícilmente rozando el metro cincuenta y seis, pero su personalidad entera se comía los centímetros que le faltaban. Ella sí era taiwanesa, nacida y crecida, con su familia viviendo en las regiones rurales del país, y viajaba cada tres semanas para visitarlos. Tenía los brazos cubiertos de tatuajes, desde los nudillos hasta la clavícula, igual que sus piernas, salpicadas de parches dispares de tinta negra, usaba el cabello de diferentes colores desde la raíz hasta la punta, y recientemente había comenzado a utilizar lentillas de contacto de color extravagante.
Jin Ling resopló con fuerza, pateando el asiento de Seungmin debajo de la mesa.
—Qué dices de saltarse las clases —bufó—, eres un estudiante becado.
—Y qué —refutó inmediatamente, cortándolo de golpe—. Es tu cumpleaños; es la clase de cosas que se supone debes hacer.
—Sí, y qué —estuvo de acuerdo Renjun, arrebatándole el vaso a Seungmin para girarlo entre sus manos.
—Quieres la maldita fiesta o no —espetó Xiao Lu, como si declarara una sentencia.
Jin Ling frunció el ceño.
—No.
Era una mentira. La verdad, Jin Ling sí quería una maldita fiesta de cumpleaños.
Es que—eran veinte años. Toda su vida, Jin Ling estuvo acostumbrado a enormes fiestas en su nombre, ya sea que cumpliera siete o dieciséis. Incluso si algunas solo eran excusas de sus familiares para reunirse de todos los rincones donde estuvieran repartidos para echar chismes, ponerse al día, comer pastel de cumpleaños con champaña y alardear quién tenía el ingreso más alto—claro que su papá ganaba todas las veces. Los ingresos de su tío—su otro tío, no contaban, por ser los ingresos acumulados de todo lo que ganaban los negocios bajo el apellido Jin, ya fuera en China o en el extranjero.
Aun así; a Jin Ling le encantaban sus estúpidas fiestas de cumpleaños, y la verdad era que realmente le gustaría tener una de esas otra vez, aunque sea solo por el sentimiento de nostalgia.
El año anterior, para su cumpleaños, tuvo la oportunidad de volver a Beijing con los otros tres, incluso vio a su papá. No fue un gran suceso; un viaje en avión que se sintió como si fuera en autobús, tres días de ser jaloneado de aquí para allá por sus familiares, la clásica pulla de que ahora era lo suficientemente adulto como para tomar con los mayores, y eso fue todo. La sopa de raíz de loto de su mamá fue el regalo más importante, mucho más que su Bugatti Chiron de tres millones, que estaba en el estacionamiento cogiendo polvo.
En medio de todo eso, Jin Ling no está seguro cómo, pero JingYi, SiZhui, ZiZhen y él se las ingeniaron para follar en su habitación de toda la vida, pero ese no era el asunto.
Pero también, al mismo tiempo, Jin Ling no quería ninguna estúpida fiesta. ¿Para qué? Toda su vida se la había pasado teniendo fiestas en su nombre, enormes fiestas en las que sus familiares se juntaban para alardear de sus fortunas y sus éxitos aún si sabían perfectamente que su papá seguía siendo mejor que ellos—y por supuesto que también su tío, su Jiujiu. Quería tener un cumpleaños normal, despertándose temprano, yendo a la universidad, riéndose del café derramado de su profesor Yang sobre sus exámenes, y comiendo un McDonald's con sus amigos. El frío era inevitable, siendo que su cumpleaños caía en noviembre, pero nada a lo que no estuviera acostumbrado luego de veinte años. Además, siempre podía mejorar en la noche, cuando estuvieran juntos; el sexo de cumpleaños era la mejor parte.
El sexo de cumpleaños era la única tradición inamovible durante los dos años que tenían viviendo juntos.
La vida de universidad era pesada; Jin Ling mismo todavía tenía clases, desde las tres y media hasta las seis, y un montón de tarea para la próxima semana y mierda que estudiar. SiZhui era un nerd, demasiado estirado y rajado en sus reglas y costumbres como para salirse del molde por algo más que cinco minutos. ZiZhen podía no ser tan extremo, pero él también le dedicaba todo el tiempo posible a su carrera. Incluso JingYi, que era un tonto; incluso él, entre quejas y lloriqueos de querer dejarlo, pero terminaba haciéndolo todo igual. ¿En qué momento podían tener tiempo para una fiesta? Solo con que encontraran el tiempo para follar en la cama y no en los sillones ya era un logro más que suficiente.
Era un sentimiento contradictorio, querer algo y no quererlo al mismo tiempo. Jin Ling estaba familiarizado con sentimientos contradictorios.
—Bueno, pero, ¿al menos podemos comprar alcohol en el 7Eleven? —inquirió Seungmin—. Nos sentamos en la acera y lo tomamos entre todos.
—Eso suena como los chicos malos de las películas —Renjun se rio de su propio chiste, sus hombros delgados vibrando.
Jin Ling le hizo una mueca a la mesa. A decir verdad, no le parecía una idea terrible.
—Bueno —dijo Xiao Lu, echándose contra el respaldar de su asiento. Su cabello turquesa casi cegaba debajo de la luz blanca—, yo estoy dentro. Rara vez Min está dispuesto a emborracharse voluntariamente, y no quiero perderme la oportunidad de verlo ebrio.
Seungmin le sonrió de manera cómplice, su rostro de cachorrito repentinamente inocente.
—Como sea, está bien —su teléfono vibró, anunciándole la notificación de un nuevo mensaje.
Renjun dio un salto en su asiento, las gafas falsas deslizándose de su pequeña nariz con el movimiento.
—¿Entonces si vamos a beber? —quiso saber, mitad entusiasmado y mitad nervioso—. Si es así, tengo que comer algo.
Jin Ling desbloqueó su teléfono, el ruido de las uñas de Xiao Lu estrellándose contra la superficie metálica de la mesa reventándole los nervios.
—¿Nunca has bebido con el estómago vacío? —la oyó decir, su atención ocupada en los mensajes—. Solo necesitas lo mínimo para que te pegue y se siente como un puñetazo en las tripas.
Era un mensaje de JingYi.
Tonto JingYi, 2:16 p.m.:
Ling!
(`3´ )
donde estas!
tengo hambre y me quedé sin dinero!
—Eso suena terriblemente irresponsable —dijo Seungmin—. Quiero intentarlo.
Yo, 2:17 p.m.:
jodete JingYi
no pienso pagarte nada
—Si Min lo intenta entonces yo también.
Tonto JingYi, 2:17 p.m.:
vamos! es tu cumpleaños!
no puedes regalarme el almuerzo ni siquiera porque es tu cumpleaños?
—Junie, no pasa nada si te quieres comer una BigMac. Nadie aquí te va hacer sentir menos por no beber con el estómago vacío.
—Además, ¿Min no se acaba de tomar una malteada? Eso ya cuenta como comida.
Jin Ling resopló.
Yo, 2:18 p.m.:
eres tan fastidioso!
Argh!
lo que sea
estoy en el McDonald's de la universidad
apurate antes de que me arrepienta
—¡Hey! ¡Eso no cuenta! La compraste tú y me la regalaste.
Tonto JingYi, 2:19 p.m.:
Oh!
gracias! Te amo!
llego en un parpadeo!
Jin Ling se sonrojó. Era tan raro que él y JingYi se dijeran que se amaban así, como si nada.
—Ey —Xiao Lu chasqueó los dedos frente a su rostro, atrayendo su atención—. ¿Qué?, ¿hablando con uno de tus novios?
Jin Ling abofeteó su mano, quitándola de su cara, a lo que ella le dio un puñetazo en el hombro. Hace un año, Jin Ling lo hubiera negado hasta quedarse sin aliento; ahora, sin embargo, solo torció el gesto un poco.
—JingYi nos va alcanzar —masculló entre dientes.
Las cejas de Seungmin se dispararon hacia arriba, chocando con el borde de su gorro de lana.
—El músico, ¿verdad?
—No, no; el músico es SiZhui —respondió Renjun inmediatamente.
—JingYi también es músico —graznó Jin Ling, solo por decir algo—. Solo que es demasiado idiota para practicar.
Todos los Lan eran músicos; era parte de su educación anticuada y casi obsesiva. ¿El papá de SiZhui y su hermano mayor? Ambos habían tocado en lugares como Viena y la Casa de la Ópera en Sídney. Incluso si no tenías el talento, los Lan te lo sacaban a punta de horas y horas de esfuerzo, entrenamiento inacabable, y tortuosas sesiones de práctica.
—Sabes que yo solo quiero a ZiZhen —Xiao Lu sonrió de oreja a oreja, una de esas pocas y especiales sonrisas sin nada de malicia—. Cada que me ve dice que me parezco a Hatsune Miku.
Renjun se dejó caer contra su asiento.
—¿De verdad deberíamos tener favoritos entre los novios de Ling? Porque si es así, entonces mi favorito claro que es SiZhui.
Jin Ling resopló ampliamente.
—Ay —Seungmin le pellizcó la mejilla—, obviamente tu favorito es SiZhui. ¿Acaso no es amigo de tu amigo? ¿Cómo se llama?
—Xiao algo.
—Dejun. Su nombre es Dejun. Caray, al menos tómense el tiempo de aprenderse el nombre.
Esta clase de charla no molestaba a Jin Ling. ¿Por qué lo haría? Él mismo había sido quien les dijo sobre su relación.
Es que—estaba harto de esconderse.
Harto de andar sobre las ramas, harto de dar vueltas e inventar excusas cada vez que uno de ellos aparecía, harto de fingir delante de todo el mundo. El Jin Ling de quince años se habría vuelto loco ante la ligerísima posibilidad de que nadie, aparte de él mismo, supiera que le gustaba alguien—y también el Jin Ling de dieciséis, y el de diecisiete, y el de dieciocho, y el de diecinueve. Al de veinte le daba de todo, desde vergüenza hasta una pizca de enojo, ventilar tan abiertamente semejante debilidad frente a sus amigos —Jin Ling apenas se estaba acostumbrando a llamar a alguien aparte de SiZhui, ZiZhen y JingYi «amigos»— pero, ¿acaso la amistad no se trataba de confianza y esas otras idioteces de las que todo el mundo hablaba y él solo entendía la mitad?
No lo sabían su mamá, ni su papá, ni su Jiujiu; casi parecía como si sintiera vergüenza.
(Porque era la verdad. ¿Acaso no todos decían que ser un marica era lo peor que le podía pasar a una familia? Solo pensar decepcionar a su mamá—no, aquello era imperdonable).
Quizás tuvo algo que ver con que, al final del día, realmente no conocía a nadie ahí, ni tampoco les debía nada; Xiao Lu, Renjun y Seungmin eran personas que apenas entraban en su vida, y si no terminaban de acomodarle, bien podía removerlos inmediatamente. Jin Ling no era ajeno a estar solo, a pelearse con la gente que en algún momento dijo ser amigos, ni a escuchar cómo hablaban de él a sus espaldas. Solo sería volver a la rutina vieja, esa que conocía de memoria, de ir a sus clases y luego regresar inmediatamente a casa, sin hablar con nadie, de vuelta al refugio del círculo cerrado que eran ZiZhen, JingYi y SiZhui en su vida.
La verdadera sorpresa fue que, al final, ni siquiera resultó necesario.
Renjun solo se encogió de hombros, diciendo que, a decir verdad, lo había sospechado desde el primer momento en que los vio juntos. Era algo en la dinámica, en la manera en que se comportaban, como satélites ajustando sus órbitas alrededor del otro. Dijo que solo un ciego y un estúpido no se daría cuenta.
(—¿Cómo tú con tus compañeros de dormitorio?
—¡Cállate!).
Xiao Lu ni siquiera batió sus pestañas, pintadas de color amarillo canario. «¿Qué voy a decir? Yo soy bi, aunque prefiero por mucho a las mujeres. Ustedes los hombres son tan, ugh. Felicidades por ustedes que pueden soportarse entre todos». Ella inmediatamente declaró a ZiZhen su mejor amigo, derritiéndose en el primer momento en que abrió la boca para decir alguna referencia sobre anime que Jin Ling ni siquiera hizo el esfuerzo de fingir que entendía, cayendo de cabeza cuando le hizo un cumplido a su cabello, en ese momento teñido de arcoíris.
Y Seungmin, bueno. Seungmin estuvo en una situación similar antes, así que sabía reconocer esa clase de relaciones de inmediato.
(—Pero, ¿cómo funciona? —preguntó Renjun aquella vez, su curiosidad sumamente medida y calculada—. ¿Cómo te puede gustar tres personas al mismo tiempo? ¿Y estar todos de acuerdo?
¿Acaso no era esa la pregunta del millón?, ¿la que Jin Ling se había estado haciendo desde que tenía dieciséis?
—Creo que cada caso es diferente —contestó Seungmin, tranquilo. Jin Ling estaba demasiado ocupado muriendo de vergüenza en silencio—. En el mío, por ejemplo, yo estaba en una relación con Minho hyung, pero no con Han hyung. Nosotros sí nos queríamos, pero, ah, éramos amigos primero que cualquier cosa; todavía somos amigos. La manera en que quería a Minho hyung era diferente a como nos queríamos nosotros, fue diferente hasta el final, y sigue siendo diferente ahora. No compartíamos ese vínculo equitativo que tiene Ling.
—¿Qué significa hyung? —preguntó Xiao Lu.
—Ah —un parpadeo—. Mayor. Ge. Gege. Sí.
—Ah.
—Entonces, Ling, ¿para ustedes es diferente? —quiso saber Renjun).
Esa era la cuestión. ¿Para ellos era diferente?
La respuesta corta: sí. La respuesta larga, también.
Desde que Jin Ling tenía dieciséis años, desde el primer momento en que se dio cuenta que le gustaban, ese siempre fue el auténtico problema: que los tres le gustaban por igual, no uno por encima ni por debajo del otro. Era como una enorme piedra hundiéndolo hacia abajo, un peso encima del que ya estaba cargando a escondidas—no solo era gay, sino que además estaba defectuoso, porque aparte de gustarle sus mejores —únicos— amigos, también le gustaban los tres. ¿Por qué le pasaba eso? ¿Qué estaba mal con él? Y ni siquiera tenía con quién hablar, incluso en el hipotético caso en que se sintiera inclinado a hablarlo, porque Jin Ling primero se comía un plato de congee picante hecho por Wei WuXian antes de decirle a alguien cómo se sentía.
El proceso de negación, enojo, depresión, tristeza y aceptación fue largo y silencioso, una cruz que decidió cargar solo hasta el momento en que no tuvo que hacerlo. La parte más difícil fue, de hecho, la aceptación, porque aceptarlo significaba hacer las paces con el hecho de que definitivamente había algo mal con su cerebro, con que era tonto por ser incapaz de gustarle una sola persona a la vez, como la gente normal. ¿Por qué no le gustaba solo SiZhui? SiZhui era perfecto, era amable, era suave como algodón de azúcar derritiéndose en la boca y no existía nadie a quien no pudiera gustarle. SiZhui, con sus modales impecables, ligeramente anticuados, con su sonrisa luminosa y voz tranquila, acomodada, nunca una octava más alta de lo necesario. ¿Por qué no podía gustarle solo SiZhui?
O ZiZhen. ZiZhen, cuya honestidad cortaba como un cuchillo si estabas en el extremo equivocado, que discutía con su padre cara a cara si no le gustaban sus opiniones, que se esforzaba y presionaba por llenar sus propias expectativas y las de nadie más. ZiZhen, que lloraba casi con cualquier drama romántico al que le pusiera los ojos encima, que estaba enamorado de la idea del amor, que se sonrojaba hasta la raíz del pelo ante la mínima mención de alguien pudiendo encontrarlo lindo. ¿Por qué no podía gustarle solo ZiZhen? ZiZhen era perfecto. Era todo lo que Jin Ling quería.
Y JingYi. ¿Por qué no podía solo gustarle JingYi? JingYi—que era fastidioso, molesto, tonto y se quejaba de todo, pero aun así terminaba sus tareas, aun así hacía lo que se proponía porque, por mucho que quisiera rendirse, la perspectiva de fracasar le sabía peor que cualquier cosa. JingYi, que se esforzaba el doble y el triple por encajar en los estándares Lan pero sin perder su propia esencia, que seguía las reglas a su propio ritmo y como mejor se le acomodaran, aún si eso hacía que lo tacharan de oveja negra. Que se asustaba con cualquier sombra, que se negaba a callarse y discutía con él hasta la saciedad, reacio a dejarle la última palabra. ¿Por qué Jin Ling no podía enamorarse solo de él? JingYi parecía hecho a su medida.
Luego de saber que él no era el único sintiéndose así, que ellos también se sentían igual, fue como caer en un precipicio de cabeza, sin paracaídas, sin miedo de las consecuencias. No estaba loco, ni era el único defectuoso; si algo, ellos estaban tan jodidos como él, estaban juntos en eso.
Quizás por eso no le importaba la estúpida charla de sus amigos. ¿Qué es lo peor que podía pasar? Sus padres no estaban cerca, ni tampoco su tío. Taiwán incluso aceptaba el matrimonio entre personas del mismo sexo, algo que en China solo podía considerarse como un sueño imposible.
(Jin Ling se sentía dividido en la diferencia de ambas emociones, la tranquilidad de vivir sin preocupaciones aquí, y el absoluto terror de que sus padres o su tío lo supieran. Algún día él heredaría todo en existencia bajo el apellido Jin, quizás también bajo el apellido Jiang; ¿qué dirían si supieran que nunca podría darle nietos? ¿Que ambos legados terminarían con él? Romperle el corazón a su mamá era algo con lo que no quería lidiar. Decepcionar a su papá, a su tío, de todas las personas, era algo que no deseaba hacer nunca, con lo que no soportaría vivir. Imaginar que su Jiujiu pudiera sentir asco de él—el pensamiento era tan doloroso le provocaba pesadillas.
Era un sentimiento contradictorio, pero, otra vez, Jin Ling estaba más que familiarizado con ellos).
—Dejun. ¿No es el tipo de las cejas gruesas? —comentó, metiéndose en el hilo de la conversación—. El que habla cantonés.
Renjun dio un salto en su asiento, abriendo la boca para responder, pero fue interrumpido por el estridente estallido de su teléfono, avisándole de una videollamada entrante. Jin Ling casi pensó en ignorarla, creyendo que solo era JingYi, hasta que miró el nombre del contacto.
Papá.
El teléfono casi se le cae de la mesa.
—No se les ocurra decir alguna estupidez —advirtió, haciendo su mayor esfuerzo por sonar lo más parecido a su tío posible. Seungmin tuvo el descaro de reírse entre dientes—. Papá.
Los dedos le temblaron cuando el rostro de su papá llenó la pantalla.
—A-Ling.
Su papá lucía exactamente igual que siempre, los ojos de color oscuro brillante y el flequillo cayéndole sobre la frente, la sombra ligera de ojeras color lila debajo de sus ojos. Quizás un poco pálido, pero Jin Ling le caería a golpes a cualquiera que se atreviera a decir que su papá era menos que perfecto, que bien podría haber sido modelo de no ser porque era tan inteligente como para preferir ser doctor—cirujano plástico, no menos. ¡Su papá era el mejor, ¿está bien?!
(Que no lo pusieran a competir con su Jiujiu porque Jin Ling explotaría).
Estaba en una habitación amplia y poco iluminada, las luces doradas del techo lloviendo sobre el sofá de color ocre. Jin Ling supuso que debía estar en la sala, pero realmente no conocía su piso para estar seguro.
—Feliz cumpleaños. ¿Cómo estás?
—Gracias, papá —oh no; ya podía sentir las manchas rojas floreando su rostro como tinta derramada—. Yo estoy bien.
—¿Te estás esforzando en la universidad?
Jin Ling asintió vagamente.
—Mm-hm. Sí.
—Entonces está bien —se detuvo un momento, sonriendo, cerrando los ojos como si estuviera cansado—. ¿Qué hora es allá, A-Ling? Aquí son las diez de la noche.
Seungmin levantó su teléfono, mostrándole la hora.
—Mmm, las dos y veinticinco de la tarde —se mordió el labio inferior un momento—. Papá, deberías descansar.
Jin ZiXuan sacudió la cabeza.
—Estuve siete horas en la sala de operaciones; estoy exhausto. Pero déjame hablar contigo un poco más —tomó una bocanada de aire—. ¿Cómo está YanLi?
—Mamá está bien. Me felicitó temprano, primero que todos.
Él sonrió, sincero.
—Salúdala por mí, ¿sí?
—Está bien.
Un momento, tan corto como una respiración. Los ojos de su papá aletearon.
—Ve a dormir, papá; tienes que descansar.
Jin ZiXuan se rio, pero no discutió.
—A-Ling, siempre preocupándote. Está bien; iré a dormir —murmuró. Jin Ling vio claramente cómo suprimía un bostezo—. Volveré pronto, ¿sí? Estaré en Beijing para las vacaciones de invierno. Espero que puedas ir también.
Una burbuja enorme se instaló en el pecho de Jin Ling, tan grande que creyó que iba a explotar.
—Está bien —farfulló entre dientes.
Su papá sonrió, complacido, siempre brillante a pesar de estar cansado.
—Bueno, hablamos después. ¿Está nevando allá? Abrígate mucho, A-Ling, no vayas a pescar un resfriado —otro bostezo—. Te quiero mucho.
Jin Ling realmente iba a estallar.
—Yo también, papá.
La llamada terminó con Jin ZiXuan sonriendo, medio dormido, una sonrisa que Jin Ling atesoraría hasta el momento en que pudiera verla nuevamente en persona.
Jin Ling sintió cómo se le apretaba el pecho, el deseo de que ya fueran vacaciones de invierno hirviéndole debajo de la piel. No importa lo que tuviera que hacer; definitivamente iría a Beijing a tiempo para ver a su papá. ¿Cómo podría no hacerlo? Hacía más de seis meses desde la última vez que pudieron verse cara a cara, más allá de una pantalla. Por supuesto que estaría ahí en diciembre.
Xiao Lu estrelló la mano contra la superficie de la mesa, sacándolo de su línea de pensamientos tan duro como si le hubiera dado una bofetada.
—Yo conozco a tu papá —espetó. Jin Ling enarcó la ceja—. ¿No es él el nuevo doctor que aparece en ese programa de cirugía plástica americano? ¿Botched?
Renjun los miró a ambos con la boca abierta, pero Jin Ling solo se encogió de hombros.
—¿Creo? Solo sé que papá es el socio más reciente de la mejor clínica de cirugía plástica de Los Ángeles —dijo llanamente, como restándole importancia.
Jin Ling no estaba alardeando.
(Claro que sí).
—Jin Ling —masculló Xiao Lu, dándole un manotazo en el hombro—, tú, perro estúpido.
Jin Ling le devolvió el golpe, abofeteando su hombro sobre la tela gruesa de su abrigo.
—Estúpida tú —ladró.
Ella le dio otro manotazo, solo para asegurarse de quedarse con el último golpe, no porque realmente le importara.
—Ling, ¡tu papá trabaja en la mejor clínica de cirugía plástica de Estados Unidos! —chilló. De repente sonaba sumamente emocionada—. ¿Crees que me haría la rinoplastia gratis?
Seungmin se echó a reír, y Renjun le siguió.
—¿Eres idiota?, ¿por qué haría eso?
Xiao Lu chasqueó la lengua, fastidiada, como si Jin Ling no estuviera viendo algo obvio.
—¿Porque somos amigos? Sería como hacerme un favor.
Ahora fue el turno de Jin Ling de chistar.
—Definitivamente eres idiota —sentenció, cortándola.
Renjun siguió riendo, pero Seungmin se aclaró la garganta lo suficiente para decir:
—Pero estoy sorprendido. ¿Por qué no estás estudiando medicina? Ling, ¿acaso te rebelaste en contra de tu padre y decidiste un camino diferente?
Jin Ling casi sintió ganas de reírse en voz alta.
—No; ¿por qué querría ser doctor? Voy a heredar un conglomerado multinacional; no me interesa arreglarle la cara a nadie.
Renjun hizo una mueca.
—Cuidado, Ling —masculló, ese tono que era mitad burla ácida y mitad broma genuina filtrándose en su voz—, no vayas a pecar de modesto.
Jin Ling sabía que Renjun no lo decía en serio, pero aun así ya tenía una réplica igualmente ácida, lista en la punta de la lengua, solo que fue interrumpido por Seungmin, que levantó la mano de manera repentina, su boca estirándose en una sonrisa.
—¡JingYi!
Jin Ling dio un salto, volteando para mirar por encima de su hombro tan rápido que su cuello hizo un ruido, algo lo suficientemente fuerte como para hacerlo creer que se lo había roto. JingYi le devolvió el saludo a Seungmin, agitando la mano con una sonrisa. Jin Ling entrecerró los ojos, examinando la chaqueta de franela azul que llevaba puesta sobre su suéter de cuello alto y pantalón de rodillas estratégicamente rotas, profundamente sorprendido de que estuviera vestido de blanco entero, hasta las zapatillas. ¿Qué coño hacía JingYi vestido de blanco? A decir verdad, Jin Ling ni siquiera recordaba cuándo fue la última vez que lo vio usando solamente ese color; era un hábito que fue perdiendo con el paso de los meses, a diferencia de SiZhui, que todavía se las ingeniaba para seguir vistiendo en monocromático.
Si era total y absolutamente sincero, Jin Ling podía admitir para sí mismo que verdaderamente le encantaba JingYi vestido de blanco.
—Seungmin —chilló nada más llegar, e inmediatamente Jin Ling sintió ganas de mandarlo a callarse—. Me encanta tu acento.
JingYi se desparramó a su lado, empujando a Renjun hasta dejarlo apretado contra la pared.
—Gracias. Deberías escuchar a mi amigo Yongbok. Es australiano —contó Seungmin, tranquilo, sin importarle quedar en medio del sándwich de JingYi y Renjun—. A veces no le entiendo ni en inglés ni en coreano.
Renjun soltó un bufido de simpatía.
—Yo tengo un amigo, ¿está bien? Es mayor que yo, solo por un año, y es realmente divertido; la gente suele tener una impresión equivocada de él solo porque es demasiado alto —suspiró, mitad envidia mitad nostalgia—. Solo quisiera entenderlo cuando habla. No lo entiendo ni en coreano, y a veces tampoco en mandarín. He pensado que me toca aprender cantonés.
—Lo que pasa es que ustedes conocen demasiada gente —ladró Xiao Lu.
JingYi soltó una risita tonta, esa que, otra vez, le hacía querer taparle la boca con la mano y mandarlo a que se callara, provocando que ambos terminaran dándose manotazos de los que pican y empujones.
Jin Ling lo miró fijamente, ceñudo, hasta que el otro dejó de reírse y le devolvió la mirada.
—Qué.
—Cómo que qué —escupió de vuelta, sus cejas tan profundamente fruncidas que bien podrían tocarse—. Come y lárgate.
JingYi hizo un puchero feo, su instinto de molestia activándose instantáneamente.
—Aiyah, eres tan idiota. Jiang WanYin jamás me trataría así.
—¡Claro que sí! —Jin Ling estrelló el puño contra la mesa, ignorando las risas mal disimuladas de Renjun y Seungmin, el bufido aburrido de Xiao Lu a su lado—. ¡Deja de decir eso! ¡Mi tío definitivamente trataría así! ¡Eres tan fastidioso! ¡Te rompería las piernas por decir tantas tonterías!
JingYi dio un salto, inclinándose más sobre la mesa, como si quisiera subirse por encima y darle una bofetada. Su cabello negro, a la altura de la barbilla, enmarcaba su rostro como una cortina de seda negra temblorosa.
—¿Entonces por qué no te las rompió a ti? ¡Eres infinitamente más fastidioso que yo!
—¡Qué dices! ¡Mi Jiujiu me quiere demasiado para hacer algo como eso!
—Esto podría tomar horas —dijo alguien, no supo quién, probablemente Renjun. Otra risa farfullada entre dientes le siguió.
Jin Ling tomó una respiración profunda, ahogándose a mitad de la réplica mordaz que tenía en la punta de la lengua, echándose contra el respaldar de su asiento.
—¡Es tu cumpleaños, ¿está bien?! —continuó diciendo JingYi—. Deberías tratarme mejor.
Solo en la cabeza de Lan JingYi una cosa como esa tendría algún sentido.
—Mira —gruñó, abriendo su billetera y entregándole su tarjeta, estampándola contra la mesa con mucha más fuerza de la necesaria—. Come. Luego lárgate. ¿No se supone que tienes clases hasta las cuatro de la tarde?
Xiao Lu hizo un ruido en el fondo de su garganta.
—¿Vas a pagar un McDonald's con una tarjeta negra? —gritó.
JingYi la tomó antes de que pudiera negarse—que no haría.
—Ling ha comprado chicle con su tarjeta negra —se puso de pie, olvidando inmediatamente su escaramuza anterior, las comisuras de su boca curvándose hacia arriba—. ¿Quieres algo?
Jin Ling abrió la boca.
—Aparte de que coma y me vaya.
Jin Ling le frunció el ceño y la cerró. La sonrisa de JingYi adquirió un toque burlón.
—Bueno.
—Yo quiero una BigMac —dijo Renjun—. Doble.
—Yo quiero otra malteada de vainilla —añadió Seungmin, dubitativo—. ¿Y quizás unas papas fritas?
Xiao Lu suspiró.
—Yo quiero una rinoplastia.
Jin Ling volvió a estrellar el puño contra la mesa.
—¡No es una maldita caridad! ¡Compren su propia porquería!
Al final, cómo no, JingYi hizo lo que le dio la gana, comprando todo lo que pidieron y más.
Regresó con una bandeja llena de comida, como si fuera el dueño de un canal de mukbang y estuviera compitiendo por darse un ataque al corazón frente a la cámara, luchando por balancear tres vasos de soda y la malteada sin dejarlo caer todo al suelo—Jin Ling tuvo un impulso repentino de empujarlo, solo para verlo caer de bruces sobre una pila de comida rápida. No lo hizo solo porque JingYi, en su infinita estupidez, también se las ingenió para llevarle un ten-pack de Nuggets y, bueno, Jin Ling tampoco podía decirle que no a los Nuggets.
Afuera la nieve comenzó a caer más fuerte, cubriendo la acera con una pequeña alfombra de color blanco cristalino, como vidrio pulverizado repartido por las calles. Jin Ling estaba mordisqueando la esquina de uno de sus Nuggets, pensando cuánto éxito tendría si le decía a la profesora de Estadísticas, la profesora Luo, a última hora, que hoy era su cumpleaños, a ver si lo dejaba salir temprano, cuando Xiao Lu interrumpió la cháchara entre Seungmin, Renjun y JingYi para decir:
—Así que, ¿este es tu regalo de cumpleaños para tu novio? ¿Un McDonald's que pagaste con su tarjeta negra?
JingYi se congeló, su hamburguesa quedando a mitad de camino entre su boca y la bandeja. Jin Ling miró en su dirección, trayendo su atención de la conversación ficticia con su profesora a la real, aquí con sus amigos. Sus cejas ni siquiera tuvieron tiempo de fruncirse, arqueándose en una copia exacta de la mueca de sorpresa tanto de Seungmin y Renjun, que se llenó la boca de las papas fritas del otro en un momento de descuido.
—Uh —balbuceó. Su cara era un auténtico poema de absoluta sorpresa.
JingYi lo miró sin parpadear, Jin Ling devolviéndole la mirada de misma manera, viendo cómo dejaba la hamburguesa de vuelta en la caja, limpiándose la boca con una servilleta al tiempo que se ponía de pie.
—¿Sabes, Ling? Tienes razón; tengo clases en este mismo momento, y yo aquí perdiendo el tiempo —dijo, recogiendo su mochila del pie de la mesa donde la había dejado. Su voz adquirió un ligero toque de histeria de lo más extraño, como si realmente lo hubieran atrapado a mitad de algo que no debería estar haciendo—. ¡Ya está! Me voy. Adiós. ¡Fue bueno verlos!
Jin Ling se puso de pie, rápido como si le hubieran dado un corrientazo.
—¡Ey! —espetó, estirando la mano para detenerlo.
Pero por una vez, JingYi se las ingenió para ser más rápido, escurriéndose de su alcance y dejándolo con las manos vacías, escapándose del McDonald's a la velocidad del rayo.
—Ah —musitó alguien, tal vez Renjun.
Seungmin le dio un largo, sonoro sorbo a su malteada.
—¿Qué coño acaba de pasar? —inquirió Xiao Lu, apoderándose de la hamburguesa olvidada en un parpadeo—. Solo hice una pregunta.
Jin Ling se dejó caer en su asiento, mirándola con expresión agria.
—Qué voy a saber yo.
Al regresar al campus para sus clases de la tarde, Jin Ling y sus amigos llevaron con ellos una bolsa llena de sobras de McDonald's.
(En un rincón de su mente, Jin Ling recordó que, aún si SiZhui tenía clases los viernes desde las siete de la mañana, y ZiZhen desde las seis y cincuenta, JingYi no comenzaba las suyas hasta las ocho y quince. Si algo, el único que debería haberse ido verdaderamente temprano hoy del piso era ZiZhen, y no JingYi, de todas las personas).
Sus últimas cuatro clases se sintieron como una tonelada de plomo sobre sus hombros, cada lectura y discurso de cada profesor más tedioso y aburrido que el anterior. El mismo salón parecía cargado de una energía letárgica, la mitad de sus compañeros dormitando en sus sillas, mientras que la otra mitad hacía su mayor esfuerzo por mantenerse despierta—Jin Ling pertenecía al primer grupo. Apenas pudo prestarle atención a Renjun y a Seungmin, comiendo papas fritas a hurtadillas de la bolsa arrugada, o al profesor Dong, estallando en un repentino ataque de honestidad, hablando de cómo, cuando tenía veinte años, su primera novia formal se enteró que la estaba engañando con su mejor amiga por culpa de la hermana de esta última. Su cabeza estaba ocupada pensando en qué demonios le había picado a JingYi, qué estaba escondiendo, y cómo haría para sacárselo sin tener recurrir a los golpes como si fueran niños.
(U orillarlo a que lo escupiera mientras follaban).
Incluso le escribió a SiZhui, cuestionándolo sobre qué rayos dijo JingYi que haría tan temprano en la mañana cuando se fueron juntos, pero su respuesta no le sirvió en nada.
Yo, 4:37 p.m.:
SiZhui
en que mierda anda JingYi
por qué llegó tan temprano a la universidad hoy
SiZhui, 5:09 p.m.:
Lo siento, A-Ling.
Ahorita mismo estoy ocupado.
Te respondo mejor más tarde.
Qué clase de respuesta de mierda fue esa.
Si algo, en medio de una clase y otra, Jin Ling recibió dos vídeollamadas que, si bien no las esperaba, decir que fueron una sorpresa tampoco era justo, porque sabía que, más temprano que tarde, antes de que acabara el día, ambos lo estarían felicitando, ya sea de una manera u otra.
El primero fue su tío—su otro tío.
—Feliz cumpleaños, A-Ling —dijo el Jin GuangYao de la pantalla, su sonrisa tranquila y sincera enmarcada perfectamente por sus profundos hoyuelos, iluminando su ya de por aniñada cara.
Jin Ling le sonrió de vuelta, dándose cuenta apenas de cuánto extrañaba a su otro tío hasta ahora. Con tantos familiares, todos repartidos en ramas borrosas de su vida que no se molestaba en recordar, Jin Ling realmente encontraba difícil ubicar a su otro tío en la estrecha lista de personas a las que quería incondicionalmente, porque si por un lado, estaba total y absolutamente seguro de que merecía un lugar, por el otro no tenía idea dónde. No podía ser número uno, porque el uno solo estaba reservado para su mamá y nadie más. Bueno, también para su papá, pero ese era un tipo diferente de número uno, cada uno de ellos era número uno por una razón específica y distinta, no solo porque fueran su mamá y su papá.
Y su tío, su Jiujiu—él tenía un lugar único, hecho especialmente para él, un lugar que nadie jamás podría quitarle. Era tan único que a Jin Ling ni siquiera le gustaba pensar demasiado en ello, temeroso de un día descubrir que estaba por encima de su papá, o peor—su mamá.
Como sea, Jin Ling realmente quería y extrañaba a su otro tío, y quizás sí estaba un poco sorprendido, de que en medio de su ajetreado día de trabajo encontrara un momento para felicitarlo cara a cara, y no a través de un mensaje —que igualmente hubiera provocado la misma tormenta en su pecho—.
Carraspeó, ignorando los amplios parches de rubor rojo esparciéndose en su rostro como si fueran flores.
—Gracias, tío.
Una vez la llamada terminó, Xiao Lu le dio un puñetazo, casi cayéndose de sus botas de tacón grueso cuando Jin Ling le devolvió el golpe, sus ojos incrédulos tan abiertos que lucía como si fueran a salirse.
—¡Tu tío es el CEO de LanlingJin Inc.! —chilló—. Y aun así no me quieres regalar la rinoplastia.
—¡Vete a la mierda, Xiao Lu!
La segunda videollamada fue de Wei WuXian.
—¡A-Ling! ¡Feliz cumpleaños! —exclamó, la sonrisa enorme que era como su marca registrada partiendo su rostro en dos. Estaba sentado en el asiento copiloto de un auto, el cuello de su camisa gris sobresaliendo por debajo de la bufanda roja alrededor de su cuello—. ¿Estoy interrumpiendo tus clases?, ¿estás en medio de algo importante?
Jin Ling gruñó algo ininteligible, y Wei WuXian solo se rio.
—¡Lan Zhan, deséale feliz cumpleaños a A-Ling!
—Feliz cumpleaños, Ling.
Jin Ling no lo vio, pero pudo imaginar exactamente cómo lucía el rostro de Lan WangJi mientras decía aquello.
Su propio rostro se llenó de horribles manchas rojizas.
—Gracias —balbuceó.
Wei WuXian se rio en voz muy alta, dando un salto en su asiento que acabó por tumbar el teléfono de su mano.
—Aiyah.
Cuando la llamada terminó, no fue Xiao Lu quien se acercó a decirle algo sobre conocer a nadie, sino Renjun, sus cejas áureas elevándose por encima del marco de sus gafas falsas.
—¿Conoces a YilingLaozu? —preguntó, ofreciéndole un puñado de papas fritas tiesas como palos de escoba.
Jin Ling se las arrebató, farfullando con la boca llena una respuesta sofocada.
—Realmente me gustan sus vídeos —continuó sin mayor estímulo—, pero su arte me gusta aún más. ¿Ese speed painting del retrato de su esposo? Lo he visto como cuatro veces; es increíble. Guau.
Jin Ling fingió estar demasiado ocupado comiendo sus papas frías para responder.
Al final, eran las siete de la noche cuando terminaron sus clases, y SiZhui seguía sin darle una respuesta como dijo que haría.
Seungmin, sin embargo, cumplió su promesa, y ahora estaban sentados en la parte trasera de un 7Eleven, una botella de licor claro rodando de sus manos. La vista de los edificios del distrito Xinyi en la noche, rodeada del brillo blanco y casi mágico de la nieve, se sentía como la manera perfecta de cerrar su cumpleaños corriente, celebrado como cualquier otro universitario común haría con el suyo. El olor dulce y distractor del alcohol en el aire lo tenía sumergido en una especie de bruma, aun si él no había tomado ni pensaba hacerlo, conformándose con mirar los autos que iban y venían del otro lado de la calle.
En el fondo, enterrado debajo de la montaña rusa de emociones que había sido ese día, Jin Ling todavía quería y no quería tener su estúpida fiesta, o al menos que alguien le regalara un miserable sobre rojo.
—Extraño mucho China —balbuceó Renjun, los bordes de sus ojos teñidos de rojo—. El idioma aquí no es lo suficientemente correcto para no notar la diferencia.
Seungmin suspiró.
—Yo también extraño Corea. Siento que la mitad de la gente aquí no me entiende cuando hablo.
Xiao Lu dio un manotazo al aire, apoyando la cabeza cansadamente sobre el hombro del otro.
—Qué estás diciendo, Min; hablas mandarín mejor que yo.
Jin Ling estaba escuchando toda esta cháchara inútil, perdiéndose a la mitad cuando Renjun dijo algo en un idioma que no entendió, probablemente coreano, y Seungmin le respondió más atrás, cuando su teléfono estalló en sonido, el timbre de una llamada entrante reventando la burbuja de tranquilidad en la que estaban envueltos como si alguien lo hubiera agarrado de los hombros y sacudido con fuerza.
SiZhui.
—A-Ling —dijo. Su voz sonaba precavida, por alguna razón, contenida en los bordes—. ¿Estás ocupado?
Jin Ling sacudió la cabeza, a pesar de que SiZhui no podía verlo.
—¿Necesitas algo? —fue su respuesta, poniéndose de pie de manera automática. En el fondo de su periferia, notó cómo Seungmin y Renjun dejaban de hablar.
SiZhui no contestó inmediatamente, tomándose un segundo largo para hacerlo.
—¿Puedes volver a la casa? Tus amigos pueden venir también si estás con ellos —se apresuró a agregar, sin necesidad de que Jin Ling dijera nada—. Solo… ¿puedes regresar ya?
Una chispa de algo cercano a la preocupación (miedo) se disparó en su pecho, llenándolo de un absceso de ansiedad repentina.
—¿Pasó algo malo? —quiso saber, casi exigiendo. Inmediatamente pensó en ZiZhen; ZiZhen, que le tenía terror a los hospitales. Si algo había pasado…
SiZhui se rio, el primer destello de normalidad desde que comenzó la llamada.
—A-Ling, tranquilo. No pasó nada. Solo quiero que vengas —un latido, y entonces—: Tenemos algo para ti.
La preocupación dentro de Jin Ling se esfumó tan rápido como llegó.
—Hmph. Está bien. Llegaremos pronto —compartieron un par de palabras más antes de colgar. Jin Ling guardó su teléfono en el bolsillo, echándose la mochila al hombro—. Oigan, inútiles; levántense. Espero que no estén demasiado ebrios o los abandono en el taxi, ¿está bien? ¡Han tomado como si el cumpleaños fuera suyo y no mío!
A pesar de sus palabras, Jin Ling estaba tan emocionado que bien podría sufrir combustión espontánea. Esta era la segunda vez en su vida que llevaría amigos a conocer su casa. Quizás las personas, el lugar e incluso el país habían cambiado, pero el concepto seguía siendo el mismo.
El viaje en taxi se sintió como una experiencia extracorporal, con Jin Ling atorado en medio de Renjun y Xiao Lu en el asiento trasero, un sentimiento extraño, casi totalmente desconocido recorriéndole la piel hasta hacerlo sentir que vibraba dentro de su propio cuerpo, y Seungmin al lado del conductor, mirando con discreta sorpresa cómo se acercaban más y más al centro del distrito, donde los establecimientos costosos y edificios de lujo se hacían más y más comunes. Rozando el cielo, desafiando la gravedad con su tamaño, estaba el Taipéi 101, engulléndolo todo en su belleza, tan alto y hermoso como para opacar casi cualquier otro rascacielos a su alrededor. Jin Ling todavía no se acostumbraba a verlo; seguía siendo uno de sus sitios favoritos en Taiwán, no solo porque fuera absolutamente snob, sino porque genuinamente le parecía hermoso.
(La parte snob era solo un extra).
Cuando llegaron al penthouse el grupo entero era un desastre, Jin Ling el primero de ellos. Se tambalearon a través del vestíbulo casi en trance, Xiao Lu quitándose sus botas exageradamente altas y subiendo descalza al elevador. Seungmin se rio, encontrándolo más divertido de lo que verdaderamente lo haría de no tener un cuarto de una botella de alcohol de un litro en su sistema, pero quizás Jin Ling también comenzaba a sentirse ligeramente borracho, porque en lugar de acusarla de idiota, igualmente lo encontró gracioso, a su manera.
Renjun bien podría estar dormido de pie, con los ojos abiertos, por lo que a él concernía.
—¿LingLing?
La voz de ZiZhen lo encontró a mitad de camino en el pasillo, tropezándose con ellos antes de que pudieran llegar a la sala.
—LingLing —repitió, esa sonrisa suya suave y fácil, preciosa, floreciendo en sus labios con facilidad.
Jin Ling se sintió estúpido de repente.
—Hey, ZhenZhen —saludó Xiao Lu—. Luces tan dulce como siempre. ¿Cómo es que Ling aquí todavía no te come entero?
Si le preguntaran, Jin Ling no sabría decir quién se sonrojó más fuerte, si él o ZiZhen.
—¡Cierra la boca, borracha estúpida!
—¡Estúpido tú, Ling! ¡Tu novio es adorable!
—Yo necesito ir al baño —interrumpió Renjun, despertando de su estupor por primera vez en lo que se sintió como un buen rato.
—Y yo necesito sentarme o me caeré —agregó Seungmin, antes de sonreírle a ZiZhen—. Hola, ZiZhen. ¿Te molesta si me muevo demasiado rápido a tu sala? Digo, es tu casa.
ZiZhen sacudió la cabeza.
—Claro que no.
Jin Ling hizo un ruido tonto, atrayendo la atención.
—No se olviden que este piso es un regalo de mi papá, ¿está bien? Por lo que es más mío que de los otros tres.
ZiZhen puso los ojos en blanco.
—Lo que tú digas, LingLing.
Haciendo acopio de sus palabras, Seungmin se dejó caer en el sofá más cercano nada más poner un pie en la sala, Renjun pidiendo que le dijera donde estaba el baño y excusándose hacia allá, encontrándose en el camino con SiZhui. Jin Ling lo vio llegar con el mismo escrutinio con el que revisó a JingYi en el McDonald's, examinando su ropa blanca impoluta y su sonrisa, siempre brillante, como ojos milimétricos. No encontró nada fuera de lugar, claro que no; SiZhui nunca tenía nada fuera de lugar, y aunque lo hiciera, no sería fácil encontrarlo a simple vista.
—A-Ling —murmuró, y terminó la distancia entre ambos para encerrarlo en un abrazo—. Ahora sí: feliz cumpleaños. Te amo.
Un ataque de pánico le sacudió la columna, siendo espantosamente consciente de Seungmin y Xiao Lu, ambos sentados en el sillón, medio echados uno encima del otro, nada más a medio metro de distancia a lo mucho. Las ganas de quitárselo de encima fueron tan fuertes como las ganas de apretarlo, retorciéndose estúpidamente como un pez fuera del agua en sus brazos, lo suficientemente obvio para que el otro se diera cuenta.
SiZhui lo dejó ir, su sonrisa convirtiéndose en una risa a medias, volteándose en dirección a sus amigos.
—Lulu, Seungmin, ¿me disculpan si me llevo prestado a Ling a la terraza? —preguntó, todo correcto, sus modales anticuados a su máximo—. Solo serán diez minutos a lo sumo.
Seungmin asintió, tranquilo.
—No van a follar allá afuera, ¿verdad? —quiso saber, cómo no, Xiao Lu, siempre lista—. Hace demasiado frío.
La cara de SiZhui se coloreó de un adorable tono rosa, y Jin Ling tuvo ganas de ahogarla con el almohadón más cercano.
—¡Xiao Lu, eres una verdadera imbécil!
—Ya lo sé. Ahora vayan hacer lo que sea que vayan hacer y luego vuelven para poder seguir tomando como Ling se lo merece, ¿sí?
El pasillo estrecho entre la terraza y la sala estaba frío; Jin Ling no había dado ni dos pasos cuando su humor se agrió, rápido como una patada en el estómago, escuchando las suaves pisadas de SiZhui detrás de él. ¿Qué demonios podía haber para él allá afuera? Después de todo un día de no verlo(s), queriendo y no queriendo su estúpida fiesta, de salidas sospechosamente tempranas del piso de parte de los tres, y respuestas inexistentes de parte del mismo SiZhui, Jin Ling se sentía terriblemente sospechoso y hasta un algo enojado, solo un poco, una pizca, justo en el centro de su estómago.
¿No que tenían algo para él? ¿Por qué no se lo daban de una sola vez? A menos que fuera un resfriado, eso es lo único que conseguiría en la terraza.
—Sé lo que debes estar pensando —dijo SiZhui de repente, y Jin Ling no lo estaba viendo, pero prácticamente podía escuchar su sonrisa de disculpa—. Se supone de deberíamos haber hecho esto en la mañana pero, ay, no estábamos listos. JingYi…
—¿«Esto»? —inquirió—. ¿Qué es «esto»?
Las manos de SiZhui se apretaron contra sus antebrazos, guiándolo el resto del camino hacia afuera.
—Esto.
La terraza estaba iluminada por las guirnaldas de luces blancas que prácticamente nunca usaban, llenando el espacio amplio de su brillo transparente y tenue, como una red de estrellas cercanas que bien podrían tocar si se estiraban lo suficiente. La piscina estaba cubierta por su lona de protección, evitando que se congelara o se llenara de bichos muertos, cubierta completamente de nieve blanca, una alfombra de algodón frío al tacto que invitaba a pisarla con los pies desnudos—salvo que nadie sería tan estúpido como para hacerlo realmente, aunque el pensamiento estuviera ahí. Las sillas de verano estaban todas cerradas excepto por dos, al lado de la barra del minibar repleto de botellas vacías, dispuesto para ser utilizado en fiestas de piscina que ellos jamás hacían.
JingYi estaba parado al lado de una de los sillas, torpe e incómodo, dándole la espalda a ambos y diciéndole algo a ZiZhen, que estaba, de hecho, detrás de la barra, deteniéndose a mitad de oración y echándole un vistazo a Jin Ling. Jin Ling, que estaba demasiado ocupado mirando el violín en manos de JingYi, el chelo perfectamente colocado junto a la silla a su lado, su corazón trastabillando cada dos latidos cuando entendió lo que significaba «esto».
La respiración se le atoró como una cuchillada en la garganta.
—No —susurró solo para él, tan bajo que ni siquiera SiZhui pudo escucharlo.
—Ling, espero que te guste esto, ¿está bien? —comenzó a decir JingYi nada más girarse y verlo, su tono molesto y quejumbroso deslizándose de sus oídos por primera vez en lo que bien podría ser toda la vida—. He practicado tanto como si otra vez estuviera ensayando para un examen del señor Qiren.
SiZhui terminó de guiarlo hasta la otra silla disponible, posicionada frente a JingYi y su solitario chelo, justo en el centro, pero Jin Ling no pudo sentarse.
ZiZhen se rio entre dientes, saliendo de detrás de la barra con una bolsa de papel negro, de alguna tienda, pensó, aunque no podía verle el logo.
—Pero primero —anunció, sonriendo, extendiendo ambas manos y poniéndole las tiras de la bolsa en las suyas frías—. Esto es tuyo.
Jin Ling parpadeó, observando con ojos ligeramente secos cómo SiZhui los rodeaba y se sentaba detrás de su chelo, el blanco de su ropa y la de JingYi contrarrestando fuertemente con el tono oscuro de la madera de ambos instrumentos. Intentó mirar dentro el contenido de la bolsa, repentinamente demasiado aterrado para simplemente meter la mano y tocar lo que sea que fuera, el ruido caótico de su pulso dificultándole escuchar bien sus pensamientos.
¿Qué…?
Cómo. Cómo.
—Esta fue la parte más difícil —añadió ZiZhen, viendo que Jin Ling no hacía nada, ni siquiera se sentaba—, pero creo que valió la pena. LingLing, ¿por qué no le echas un vistazo?
Lentamente, con los ojos clavados en la boca abierta de la bolsa, Jin Ling deslizó su mano temblorosa dentro, encontrándose con algo delgado y seco, relieves finos cubriendo la superficie. Conocido, la sensación familiar en sus dedos. Supo inmediatamente qué era antes de sacarlo.
Sobre rojo.
Pero no era uno, ni dos, ni tres; eran un montón, más de los que podía sostener de una sola vez, quemándole las yemas de los dedos y la palma de la mano como si fuera fuego.
—No —repitió, pero ni siquiera él escuchó su propia voz.
ZiZhen se rio de su expresión, un rubor rosado y encantador cubriéndole el rostro.
—A decir verdad, creí que no lo lograría; tienes un montón de familia, LingLing, personas de las que ni siquiera tenía idea. ¿Tu tía Su? Vaya, qué persona tan amable; ella fue la de la idea de dártelos todos de una sola vez, y no uno por uno.
—Seungmin, Jun y Xiao Lu también aportaron los suyos. A-Zhen tiene razón; fue un montón de gente. Tus papás, mis papás, tus tíos, cada uno de ellos… —le informó SiZhui—. Por un momento temí que alguien arruinara la sorpresa —sus ojos lanzaron un vistazo rápido a JingYi.
—¡Yo no dije nada, ¿sí?! ¡Lu me asustó con su pregunta, nada más!
—¡Pero ni siquiera debiste ir a comer con ellos en primer lugar! —chilló ZiZhen, angustiado.
JingYi hizo un ademán con la mano, como barriendo todo y empujándolo lejos.
—Aiyah. Ya no importa, ¿o sí?
SiZhui parpadeó, arco a mitad de camino entre el aire y las cuerdas del chelo, mirándolo.
—A-Ling, ¿estás bien? —preguntó.
Tres pares de ojos se enfocaron en Jin Ling, sus manos todavía temblando con los sobres rojos de cumpleaños de toda su familia y sus amigos, un nudo pesado acuchillándole la garganta.
—Sí —respondió, su voz seca y rasposa, congestionada. Se dejó caer sobre la silla, desinflándose como un globo—. Estoy bien.
SiZhui parpadeó una vez más, para luego relajarse completamente.
—Está bien, entonces. ¿JingYi?
El aludido soltó un gemido de sufrimiento, llevándose el violín al hombro.
—Bien.
Jin Ling sintió que el aliento se le atoraba en la garganta. ¿Cuándo fue la última vez que escuchó tocar a JingYi?
Una explosión de sonido chocó contra su rostro, negándolo de todo pensamiento, de todo lo demás. La melodía estallaba como un dueto, áspera, desarmándolo de cualquier otra cosa a la que pudiera prestarle atención, y luego se transformaba en algo intermedio, lastimoso, el canto del violín elevándose por encima del chelo y viceversa. Una vez la introducción terminaba, la música tomaba un repentino ritmo cándido, fuerte, lleno de una emoción innombrable que casi se podía saborear en la lengua, cada uno de ellos tocando como si lo hicieran solos pero de alguna manera ingeniándoselas para seguir siendo un dueto.
Entonces cambiaba de nuevo, el arco de SiZhui saltando sobre las cuerdas, el violín de JingYi correteándolo detrás con notas largas, una mezcla de la música cándida de hace un momento con la súplica del inicio, subiendo y bajando de intensidad a una velocidad tan rápida que Jin Ling ni siquiera podía entender cómo sus dedos no sangraban sobre las cuerdas. La pelea continuó, llegando a un punto muerto donde se desvanecía en lo que parecía un impasse, retomando una vez más la cadencia lastimosa, como el llanto de una persona en su lecho de muerte, tocada en perfecto unísono, ninguno de los dos superando al otro. La melodía jaló algo en su pecho, una cuerda que Jin Ling ni siquiera sabía que tenía, anudándose más y más apretadamente conforme más y más escuchaba.
En ese momento ocurría un cambio, SiZhui primero, tocando las cuerdas de su chelo con los dedos como si fuera una guitarra, y luego también JingYi, encontrándose ambos en un punto donde las notas se hacían delgadas como la hebra de un cabello, reventando nuevamente en una melodía explosiva cuando regresaban con sus arcos, una carrera acelerada en su camino entre una nota y otra. Otra vez, la competencia se desarrollaba por un rato, perfecta, deteniéndose cuando el chelo de SiZhui estiraba una nota más allá de lo que el violín de JingYi podía, y entonces moría.
Ambos se miraron, la sonrisa de SiZhui encontrándose a mitad de camino con la de JingYi, quien parecía estar disfrutando mucho más de lo que decía tocar el violín, transformando la melodía en un chillido de notas como de mosquito, solo para iniciar otra carrera, que se fragmentaba en el aire antes que todas las demás.
Al final la música llegaba a un punto que se sentía como el inicio, una explosión de sonido que abarcaba todo lo que habían tocado, una amalgama entre súplica, alegría, pasión, nostalgia, melancolía y competitividad, expresado en un vaivén de duetos, estribillos, y esas carreras entre uno y otro, cerrando en una nota unísona, ambos instrumentos acoplados perfectamente uno con el otro.
Y entonces terminaba.
—Ay —chilló ZiZhen, estallando en aplausos.
SiZhui se rio, viendo cómo JingYi se doblaba sobre sí mismo y comenzaba a quejarse.
Jin Ling los miró a los tres, incapaz de moverse o decir nada.
Le dolía el pecho. Le dolía el corazón. Era como si esa cuerda que no sabía que tenía envuelta hasta ahora lo estuviera asfixiando, como un nudo listo para estrujarlo por dentro hasta hacerlo trizas, rompiéndolo en pedazos irreconocibles. Le ardía la mano, ahí donde todavía sostenía la bolsa llena de sobres rojos, sobres rojos que su familia, repartida en diferentes sitios y ocupada con diferentes cosas, se había tomado el tiempo de llenar y enviar hasta ellos, hasta él, en Taipéi, solo para desearle un feliz cumpleaños. El dinero era lo de menos—bien podrían haberle enviado sobres rojos por WeChat y eso sería todo, pero no; ellos verdaderamente se tomaron el tiempo en pensar en él.
Su mamá. Su papá. Su jiujiu.
Jin Ling se puso de pie con torpeza, respirando tan superficialmente que el aire prácticamente no llegaba a sus pulmones, dejando la bolsa en su asiento y tambaleándose lejos de ellos tres. Su visión se sentía nublada, sus oídos embotados; escuchó a ZiZhen gritando su nombre como si lo oyera a través de un túnel, arrastrándose a ciegas hasta el pequeño espacio techado en el extremo de la terraza, ahí donde el jacuzzi permanecía sin uso desde el primer momento en que llegaron, dejándose caer en el suelo.
Sacó su teléfono del bolsillo con rabia, marcando un solo número. Solo timbró dos veces.
—A-Ling.
—Tío. Jiujiu —hipó—. Tengo algo que decirte.
Su tío estaba exactamente en el mismo lugar donde había estado temprano en la mañana, la luz blanca natural de las ventanas reemplazándose con luz dorada artificial, que llovía suavemente desde el techo. Su expresión severa tenía un toque de cansancio, asomándose en los bordes rojos de sus ojos y el tono lila de sus ojeras.
Sus cejas se curvaron en un arco extraño, diferente de su casi permanente ceño enojado.
—¿Pasó algo malo? —preguntó, el filo de la preocupación filtrándose en su voz.
Jin Ling no podía respirar. Sentía que, si no decía esto ahora, simplemente estallaría.
—No, no —balbuceó—. Tío. Tío. Jiujiu. Perdón. Perdón.
Los ojos de Jiang Cheng se agrandaron, ahora seriamente asustado.
—Jin Ling, ¿qué…?
—Jiujiu, soy gay.
Jin Ling sintió que algo se quebraba dentro de su pecho, diciendo eso en voz alta. Había perdido la cuenta de cuántas, cuantísimas veces practicó hacerlo, o inventó excusas por si alguna vez llegaba a enterarse, negándolo hasta quedarse sin aliento.
Ni siquiera se secó las lágrimas, viendo la expresión estupefacta de su tío.
—Perdón —repitió—. Perdón. Jiujiu, perdóname.
Algo parecido al enojo surcó la expresión de su tío.
—Jin Ling —espetó, cada palabra cortando como un latigazo—, ¿por qué te estás disculpando?
Un sollozo duro se interpuso entre él y las palabras.
—Te decepcioné. Perdón. Perdón.
—¡Deja de disculparte! —un golpe sordo, seguido del característico sonido de vidrio quebrándose, se escuchó desde el otro lado de la línea. La expresión de Jiang Cheng era tan violenta que rayaba en la furia—. A-Ling, no tienes nada qué disculparte. Deja de hacerlo. Ahora.
Jin Ling se mordió los labios, sus ojos anegados de lágrimas distorsionando la imagen de su jiujiu.
—Está… bien —lo oyó decir. Hubo una pausa, mientras el rostro de su tío navegaba por diferentes expresiones, desde la frustración hasta el alivio, regresando a su enojo default, controlado, ni de cerca tan tremendo como la rabia visceral de hace un momento. Tampoco había rastro de la decepción y el asco que Jin Ling tanto esperaba—. No estoy decepcionado. No me decepcionaste. No sé de dónde has sacado esa idea, pero quiero que la elimines, ¿entendiste?
Sus palabras se sentían como golpes en las tripas, y Jin Ling las absorbió como agua.
—Nada de lo que hagas o… seas… o te guste podría decepcionarme.
Algo dentro de su pecho se rompió, y Jin Ling bien podría decir que fue su corazón.
Se echó hacia delante, abrazando sus rodillas, lloriqueando como un niño, ahogándose en sus propios sollozos y en las palabras de su tío. De repente sentía todo de vuelta, desde el frío de la terraza, retenido por el estrecho techito sobre su cabeza, hasta los hilos sueltos de sus calcetines; el silbido del viento cargado de copos de nieve, el corte de la circulación en sus mejillas y el olor residual del alcohol dulce, congelado en la punta de su nariz.
Lo sentía todo, todo, y por primera vez en muchísimo tiempo, se sintió completo, como si alguien hubiera puesto un algo que había perdido otra vez en su sito, dentro de su pecho.
—Deja de llorar —espetó su tío, duro. Luego una pausa—. A-Ling, deja de llorar.
Jin Ling sorbió la nariz, restregándose los ojos.
—Está bien, está bien. Ya dejé de llorar.
Ambos se quedaron en silencio, esperando por el momento en que Jin Ling realmente dejara de llorar, mirándose el uno al otro hasta que se volvió incómodo.
¿Qué le decías a alguien luego de sufrir un ataque de honestidad? ¿Cómo podían fingir que todo seguía exactamente igual que antes?
—¿Estás en la oficina? —preguntó, torpe, como quien no quiere la cosa. Su voz todavía tenía ese borde lloroso y horrible que quedaba luego de llorar mucho.
—Sí.
—Entonces me voy, ya no interrumpo tu trabajo.
Su tío lo miró sin decir nada antes de asentir.
—Hablamos luego entonces. Adiós.
—¡Jiujiu! —interrumpió antes de que colgara, recordando algo importante—. No le digas a mamá, ¿está bien? —tosió—. Yo… quiero decirle yo mismo.
Su tío ni siquiera parpadeó.
—Como quieras.
Otra pausa, y entonces colgaron.
El silencio que se extendió después de que la llamada terminó se sintió como un grito. Jin Ling se quedó quieto un rato, solo un momento, esperando a que su corazón volviera a su cadencia normal luego de correr por lo que se sentía como un maratón. En cierto sentido, se sentía hueco, vaciado de un montón de cosas y llenado con otras, emparedado con plástico burbujas en las esquinas. Este día ya había tenido demasiadas emociones, demasiados eventos que ni siquiera podía terminar de comprender o analizar, el único lo suficientemente real y palpable el hecho de que era su cumpleaños, y ahora, de que acababa decirle a su tío que era gay, y este no lo había odiado.
Jin Ling ya no quería saber de experiencias nuevas.
Se puso de pie, guardando su teléfono de vuelta en su bolsillo y saliendo de su pseudo escondite, encontrándose con las preocupadas expresiones de sus novios, los tres de ellos, nada más dos pasos afuera.
—A-Ling, ¿estás bien? —inquirió SiZhui, tan suave como si le hablara a un niño asustado.
Jin Ling tomó una respiración profunda, asegurándose de que su voz estaba ahí antes de responder.
—Sí.
Y la verdad era esa, que sí, Jin Ling estaba bien.
El título de este oneshot salió directamente de la canción Make a Wish de NCT U, su versión en inglés que, sorpresa, es una canción que habla directa y claramente sobre sexo de cumpleaños jsjsj. Ambas, la coreana y la versión en inglés, me inspiraron desde el primer instante en que la escuché. Quizás en algún momento escriba algo de sexo de cumpleaños gracias a ella. ¡Gracias por leer!
