Casi no pudo dormir. Intentó de todo pero las horas de sueño escasearon esa noche. Intentó relajarse tocando el piano y solo logró ponerse más nervioso porque sus largos dedos no solían flotar sobre las teclas como acostumbraban, más bien parecía que un gato estaba aporreándolas sin ritmo alguno. Se fue a su atelier a pintar y nada; aunque había encendido una suave música clásica, su mente no podía volar libre y crear. Se sentó frustrado en el sillón de su despacho con la mirada perdida en las luces de New York y poco a poco fue perdiendo la conciencia. Tan solo dos horas después se levantó y decidió ocupar su tiempo en la cocina. Para no pensar, amasó varios tipos distintos de panes y galletas. Cuando hubo terminado, tenía la cara llena de harina pero estaba más relajado y con una sonrisa en la cara. Como hacía siempre, armó una canasta para Prim y con su prolija caligrafía le escribió una nota diciéndole que volvería en menos de un mes. Que no se preocupase porque la llamaría para que no se sintiese tan sola. Después de enviar la canasta de su hermana, separó una bandeja repleta para dejar en su casa. Si bien él saldría de viaje, sus empleados estarían allí y podrían disfrutar la variedad de bollos, sobretodo Miles a quien le encantaban. Si, su querido Miles se quedaría. No necesitaba más que su conciencia para culparlo de sus actos; no le hacía falta ver a Miles con el seño fruncido como cada vez que se portaba mal en el colegio y lo regañaba de camino a casa. Dio vueltas y por fin hizo lo que quería hacer. Separó otra canasta y la llenó de bollos. La envolvió y antes de irse a bañar, se la entregó a Miles junto a una nota que contenía solo una línea; una línea que sin embargo decía mucho más de lo escrito. Una línea que podía interpretarse de mil maneras distintas. Una línea tan confusa como sus propios sentimientos.

…****…

-Preciosa… Preciosa. –Oyó la voz de su padre que la llamaba desde la escalera.- Levántate que se te va a hacer tarde.

A regañadientes levantó la cabeza y mirando el despertador maldijo a Haymitch Abernathy Everdeen. Todavía podía dormir una hora más, pero su padre insistía en despertarla torturándola con sus gritos. –Baja que alguien ha dejado un paquete para ti… Un paquete que huele de mil maravillas.

-Cariño, si quieres llegar a ver de qué se trata tienes que bajar porque entre tu hermano y tu padre ya no pueden contenerse. –Le gritó Effie mientras luchaba risueñamente con su esposo para impedirle abrir la canasta.

Bajaba a desayunar con arrastrando los pies y con la almohada aún pegada en su cara, cuando su madre la empujo rápidamente a la cocina. Vio allí una cesta hermosa, preparada con delicadeza; llena de diferentes tipos de panes y masas cubiertos por una servilleta de tela a cuadros rojos y blancos. El olor a pan recién horneado enseguida la despertó y encendió todos sus sentidos. Se preguntó extrañada de que se trataría todo esto y antes que su mente comenzara a funcionar, Effie le entregó una nota. Cuando la abrió enseguida notó en esas líneas suaves pero definidas, que ese era un obsequio de Peeta aunque la nota no llevase firma alguna. Lo que la dejó sin palabras fue lo que decía ese fino papel blanco: "Uno siempre recuerda esos besos donde se olvidó de todo." Abrazó la nota y suspiró tan fuerte que su padre miró a su madre con una pizca de picardía y lleno de felicidad. Desdobló la servilleta y examinó el contenido de la canasta. Se decidió por un bollo de queso que se fundió en su boca al instante haciéndola gemir de placer. Con una sonrisa en la cara y la nota pegada a su pecho subió corriendo a su cuarto para buscar su celular. Rápidamente tecleó una respuesta de agradecimiento a tan lindo detalle… Una respuesta tan rara como su mensaje. "¿Qué hacer cuando lo que se quiere y lo que se debe hacer no es lo mismo?". Peeta no le contestó al instante y se llenó de pánico. Enseguida tecleó "Gracias por tan lindo detalle. Los bollos de queso son la perdición." Y bajó a desayunar con su familia. Fue un desayuno alegre. Todos estaban disfrutando de la buena mano de Peeta cuando su respuesta llegó. Luego de la conversación de la madrugada anterior y luego del hermoso detalle que él había tenido, Katniss estaba ansiosa y casi tira el Smartphone dentro de la taza de café con leche ante la atenta mirada de Haymitch. "Todos queremos lo que no se puede… somos fanáticos de lo prohibido." Rezaba el mensaje que el rubio le había mandado. Lo leyó y lo repitió varias veces en su mente mientras terminaba de desayunar. No entendía si había sido una respuesta alentadora o no. Ella se decantaba por la negativa, pero no se animó a preguntar más. Mejor sería que Peeta se lo aclarase cuando se viesen. A pesar que había deseado que Peeta la dejase en paz, algo en las palabras del jefe de su jefe la angustiaba… la decepcionaba porque le encantaba tener la atención del magnate de los negocios.

Se alistó enseguida. Effie la había ayudado a repasar sus outfits y todo estaba a juego, por lo que no tardó más de media hora en bañarse, cambiarse y aplicarse un muy suave maquillaje. Revisó por enésima vez si había puesto todo en la maleta; los documentos, la ropa y sus efectos personales. Diez minutos antes de la hora pactada, se hallaba en la sala lista para salir. Estaba nerviosa. La respuesta de Peeta la había puesto nerviosa. No era que esperase una declaración de amor, pero al menos esperaba un intercambio de mensajes estimulantes tal cual Peeta la tenía acostumbrada.

Miles la recogió a las 9 en punto. El chofer del jefe de su jefe era un hombre muy agradable e inteligente. Durante el trayecto la vio tan nerviosa que intentó sacarle cualquier tema de conversación, hasta que al ver que ella no llegaba a distraerse, le habló de él.

-Señorita Abernathy Everdeen … -La llamó Miles mientras la miraba por el espejo retrovisor.

-Miles, le he dicho que me llame Katniss… Por favor. Soy una chica simple; además… -Dijo la castaña debatiéndose entre seguir hablando o no.- Además soy una empleada tanto como usted.

-Ay señorita Katniss… -Miles se rió.- Usted nunca ha sido una empleada, al igual que yo… y nunca lo será. Eso puedo asegurárselo.

-¿Qué quiere decirme Miles? –Respondió algo ofuscada.- Puede que no tenga mucho tiempo de servicio para Mellark Indus…

-No me mal interprete señorita. –La cortó Miles secamente.- Lo que quiero decir es que usted y yo no somos simples empleados del señor Mellark. Somos algo más.

-No Miles… Puede que ahora parezca otra cosa, pero puedo jurarte que al cabo de este viaje seré una empleada más. –Afirmó mientras agachaba la cabeza con pena.

-Señorita, no deje que las apariencias la engañen. Si se lo permite, puede que termine dándose cuenta que el señor Mellark no es lo que parece, más bien es todo lo contrario.

-Eso espero Miles… Eso espero. –Le dijo rogando que lo que le dijese Miles fuese verdad.

…****…

Estaba sentado en el despacho de su jet privado revisando unos documentos, cuando Stephan, el comandante de abordo, le avisó que Miles estaba estacionando en la pista. Paso sus manos sobre su pelo en un claro gesto nervioso y suspirando se levantó. Todavía recordaba ese intercambio de frases absurdamente abstractas que había tenido con Katniss. No sabía si quería prepararla para lo que estaba por venir, si quería alejarla o si quería advertirle de sus atormentados sentimientos, de su confuso corazón. De lo que si estaba seguro es que le había dicho la verdad.

Había pensado en viajar cómodo pero a último momento se arrepintió. Se puso un traje sin corbata color gris perla con una camisa blanca impoluta que llevaba desabrochada hasta el tercer botón negro. Se había arremangado y con cabellos rubios peinados en distintas direcciones, tenía un aire desalineado y juvenil. Estaba irresistible y eso mismo fue lo que Katniss pensó cuando lo vio.

-Buenos días Katniss. –La llamó como acariciando cada letra de su nombre.

-Buenos días señor Mellark. –Dijo algo cohibida por todas las personas que se hallaban dando vueltas a su alrededor, preparando todo para el despegue. –Quisiera agradecerle por tan bonito detalle que tuvo esta mañana. –No podía sacarle la vista de encima.

-Parece que hemos retrocedido veinte casilleros otra vez preciosa. Me alegro que te hayan gustado mis bollos de queso. Hacía rato que no los hacía y pensé que tal vez había perdido la maña. –Dijo sinceramente con una sonrisa tímida en la cara.

-¿Los has amasado tú? –La castaña casi no podía creerle.

-Si Katniss, la panadería es otro de mis secretos ocultos. –Deslizó mientras se acercaba a ella cual felino. Ese vestido acampanado blanco con flores azul francia le quedaba realmente hermoso; la hacía fresca, inocente e increíblemente cautivadora.- Pero creo que estos ya no te hacen falta aquí. –Sentenció mientras le quitaba los lentes de sol y los apoyaba sobre la mesa.

Era un momento intenso. El aire se había puesto denso y todo el ambiente estaba lleno de incertidumbre. Estaba tan cerca de la castaña que podía oler su perfume a rosa mosqueta y podía sentir el rápido latido de su corazón. Deslizó sensualmente su mano por el hombro de ella, quitándole su bolso y poniéndolo junto a los lentes de sol. Ella no se movía y su respiración era entrecortada. Peeta podía sentir que ella refrenaba su deseo tanto como él. No entendía lo que sucedía con ellos cada vez que estaban juntos, pero si sabía que lo que sentía no era algo que pudiese sentirse muy a menudo. Cuando estaba a punto de acariciar su mejilla con la punta de los dedos, Stephan rompió la magia del momento.

-Disculpe la interrupción señor Mellark, pero es que necesito que tomen sus asientos porque estamos prontos para el despegue. –El comisario de abordo había percibido el ambiente que los rodeaba y se sentía incomodo de inmiscuirse en ese momento tan intimo.

-Gracias Stephan. –Dijo Peeta mirando por sobre el hombro de Katniss. –Ya tomamos nuestros lugares.

-Gracias señor. –Esbozó Stephan antes de retirarse.

-Las damas primero. –Le dijo el rubio con una hermosa sonrisa a una Katniss que seguía paralizada. Al ver que no se movía, la tomó por la cintura y la llevó hasta un gran y cómodo asiento antes de sentarse él a su lado.

Al oír todos los ruidos de la aeronave al momento del despegue, la castaña se puso nerviosa. Nunca había viajado en avión y todo era desconocido. Peeta enseguida lo notó y actuó intentando no reírse por su cara de pánico.

-Katniss… Abre los ojos, mírame. –Le ordenó con voz suave.- Quédate tranquila que todo está bien.

-Si, si… me lo imagino. Pero no puedo evitar tener algo de susto. –Dijo con voz cortada. El miedo a lo desconocido la paralizaba y su situación de tensión con Peeta no la ayudaba.

El rubio la tomó de la mano y su calidez la invadió. –Cariño mírame.- Le dijo susurrándole al oído. Provocándole más miedo, pero por lo que pasaría cuando abriese los ojos. No quería al Peeta distante. Él le acarició la mejilla corriéndole el pelo de la cara. Al ver que ella seguía con los ojos cerrados se desabrochó el cinturón e inclinándose en su asiento le perfiló los labios con sus dedos. –Preciosa ¿Confías en mí?

-Si. No confío en mi. –Dijo abriendo lentamente los ojos.

-Bienvenida al club. Yo tampoco me fío de mi… y menos en este momento... –No podía parar de mirar su boca roja.- ¿Podré confiar en ti?

-Depende de lo que quieras de mí. –Katniss lo miraba a los ojos y se removía en su asiento.

-Lo quiero todo de ti… -Y de repente la beso. La besó con ese mismo ímpetu con que lo había hecho hacía dos noches atrás en la puerta de su casa.

Mientras él la besaba ella no podía pensar en nada más. Él invadía todo el espacio. Rápidamente le desabrochó el cinturón de seguridad y la sentó sobre su regazo sin soltarla. Solo se besaban. Intensa y verdaderamente. Con una pasión desenfrenada; pero era un beso nada más. Abrumado por el momento Peeta cortó el beso lentamente y apoyando su frente sobre la de ella, le preguntó:

-¿Qué me estás haciendo? Lo que sea… debe detenerse ya. –Su voz se hallaba desprovista de convicción.- Eres la excepción a todo eso que dije que nunca haría.

-No puedes confiar en mí. Lo siento. –Se despegó de su agarre para mirarlo a los ojos.- Eres tú el que hace que sea así. Que todo esto sea… no puedo evitarlo… perdóname. –Tenía el corazón en la mano. Prácticamente le había dicho que lo amaba sin decirlo.

-Entonces que sea lo que tenga que ser... Porque yo ya no puedo detenerme preciosa.- Y la besó suavemente estrechándola sobre su cuerpo. Teniéndola pegada a él; tocando alguna parte de ella, es que pasó las 11 horas que tuvieron de viaje. No quería pensar. Quería disfrutarla y ya vería después… Y esperaba que ese después no llegase pronto.

...****...

¡Buenas noches queridos lectores!

De a poco el romance va asomando. Este Peeta si que esta confundido... De a ratos la quiere fuera de su vida y de a ratos bien dentro. Veremos que hace para conservarla ¿La conservará? Esperemos que si.

Espero les haya gustado. Creo que deben hablar antes de cualquier cosa, pero estos dos si que son intensos.

Prepárense, porque la próxima si ya estarán en Italia.

Si FF lo permite, las leo. Estoy ansiosa.

¡Cariños!

Igora