Las cosas en Nueva York andaban sobre rieles. El Dr. Finnick Odair había cerrado un par de asuntos y mantenía la empresa sin sobresaltos, tal como le hubiese encomendado su amigo, el gran empresario Peeta Mellark. Eso le había dado el derecho de demorarse más de lo debido desayunando con su prometida. A pesar de ello había algo que lo preocupaba y mucho. Hacía más de media hora que revolvía su taza de café y ni siquiera había tocado sus huevos revueltos con tocino. Cuando su prometida dejo su monólogo para tomar aire y respirar, notó que algo no estaba bien. Para estas alturas, Finnick ya tendría que estar metiéndole mano en su tazón de ensalada de frutas y diciéndole que no debería estresarse porque todo estaba bien.
-Cariño, ¿Qué es lo que te pasa? Estás como ido. No has oído ni una palabra de todo lo que te dije. –Le dijo Annie frunciendo el seño. –Nuestra boda está pronta y hay muchas cosas que resolver. ¡Necesito tu ayuda!
-Perdón Ann, es que estaba pensando en Peeta. –Levantó la mirada de su taza de café y le lanzó sin rodeos.
-Finn, Peet está bien. Debe estar pasándola de maravilla con Kat. Es un lugar precioso, muy romántico. Deben estar sacándose chispas. No te preocupes que nada puede salir mal. –Le dijo guiñándole el ojo.
-Es que es eso precisamente Ann. Todo va a salir mal. –De repente se incorporó de su silla inquieto, haciendo tambalear todo a su alrededor.
Annie lo miró sin entender nada. Dos solteros que se atraían, solos en un lugar paradisiaco, ¿Qué era lo que podía salir mal? –No entiendo porque dices eso. –La cobriza estaba desconcertada.
-Cariño, estamos de acuerdo en que el idiota de Peeta está completamente enamorado de su jefa de legales y que Katniss está perdidamente enamorada del jefe de su jefe, ¿Verdad? –Annie asintió para que su prometido prosiguiese. –Perfecto. Entonces coincidirás conmigo en que darle una semana de amor a Katniss y luego mandarla sola a Nueva York dónde la estará esperando una carta de despido, no es la mejor idea ¿No es así?
-¿Qué? –Gritó Annie casi atragantándose con su jugo de naranja. -¿Pero qué demonios le pasa a Peeta? ¿Es que no quiere ser feliz? ¿Está loco o qué? –Sin darle tiempo a su novio a contestar, en forma atropellada, siguió razonando. –Entiendo que lo de Delly fue un horror, pero no puede vivir escondido en una cueva el resto de su vida.
-Lo mismo opino. –Sentenció el cobrizo. –Pero no pude hacerlo entrar en Razón. Sé que se va a arrepentir, pero no quiere escucharme Ann. No sé qué hacer. –El Dr. Odair estaba muy preocupado por Peeta. Era el hermano que nunca había tenido, su compañero, su cómplice y no quería verlo sufrir más.
-¿Y Prim? Quizá ella pueda ayudar. –Rápidamente pensó en cómo se le estrujaría el corazón a su nueva amiga y se sintió con el deber de alejarla del mejor amigo que Finn había tenido jamás.
-No quería involucrar a la enana en esto, pero me llamó ayer y le conté la situación. Me dijo que iba a pensar en algo pero luego con tanto jaleo se me olvidó que no supe mas nada de ella. Gracias cariño, voy a llamarla cuando llegue a la oficina. –Terció decidido mientras se despedía con un beso tierno sobre su cabello.
-Yo voy a hablar con las chicas Finn. –Le blanqueó duramente. –Si no podemos hacer entrar en razón a Peeta, alguien va a tener que estar listo para recoger los pedazos de Kat cuando vuelva. –Terció Annie con el celular ya en la mano.
Finnick la miró y asintió levemente con la cabeza. Sabía que se avecinaba el desastre. No solo por el sufrimiento de Katniss y Peeta, sinó por los tiempos que se vivirían en Mellark Industries hasta que Peeta decidiera mandar todo al demonio, incumplir sus prometas y volver a recluirse en Oia para lamer sus heridas.
…****…
Estaba ingresando a la autopista cuando sonó su celular. Lo puso en manos libres y una voz atropellada salió por los altavoces. -Hola Finn ¿Has sabido algo de Peeta?
-Buenos días enana. –Respondió tratando de no sonar preocupado. –No, por suerte no tuve que oírlo gruñendo desde lejos e intentando controlarlo todo. –El quería ser simpático pero en ésta circunstancia no logró sacarle una sonrisa a la rubia.
-Me voy a Amalfi mañana mismo. –Le espetó Prim de sopetón sin siquiera reñirlo por usar ese mote que tanto la disgustaba. –Lo he pensado ayer durante todo el día. Hoy dejo todos mis asuntos resueltos y me voy a Italia.
-¿Cuál es el plan?
-Lisa y llanamente fastidiarlo Finn. No voy a dejar que deje a una mujer con el corazón hecho trizas. El no es así. De verdad no lo reconozco. Es la persona más tierna y dulce que conozco, pero si quiere vivir sufriendo por la perra de Delly, haya él; pero por su testarudez, no puede arrastrar a nadie más qué a él solito y su alma.
-Osea que pretendes ser el auténtico grano en la cola que él solía decir que eras, cuando éramos niños. –Afirmó el cobrizo esbozando una sonrisa.
Prim largó una carcajada sincera. –Sí, tu sabes que puedo ser eso y mucho más si me lo propongo.
-Ve por ello enana, adelante. ¡Y que Dios nos acompañe!
…****…
Evidentemente eso de calmar sus ansias no había podido ser. No habían ni llegado a la cena, que ya no podían quitar las manos de encima del otro. Ni bien ella apareció no pudo mantenerse alejado y entre besos abrasadores, la hizo suya tantas veces hasta que amaneció dormida entre sus brazos. Se despertó a las 5 de la mañana y la vio ahí, en su cama… Enroscada en su cuerpo y se le antojó que era la imagen más hermosa que había visto jamás. Pasó mucho tiempo mirándola, tratando de memorizarla y pensando. Pensando muchísimo. Ella era realmente hermosa. Era divertida, inteligente, cariñosa y ocurrente. Ella era una mujer de la que cualquier hombre se podría enamorar. Cualquier hombre… cualquier hombre lo incluía a él también. De repente la idea de estar enamorándose de Katniss lo asaltó violentamente y lo dejó con el corazón agitado. El no podía enamorarse otra vez. Se había jurado no volver a hacérselo a él mismo.
Se levantó de la cama contrariado y decidió salir a correr para sacarse esa tonta idea de la cabeza, pero no lo logró. Peeta era un hombre muy analítico. Nunca hacía las cosas porque si. Siempre había una razón en cada una de sus acciones, aunque simplemente fuese un porque quiero y punto. Esta vez, sus acciones estaban gobernadas por varias razones y eso lo agitaba, lo sacaba de su eje al igual que Katniss. Katniss, la castaña preciosa que dormía en su cama; la que lo había hecho saltearse todas sus reglas, la que desajustaba sus planes… la que le había puesto su vida del revés. Porque si algo era cierto era que su vida estaba patas arriba. Sus padres ya no estaban, no estaba en su amada Oia, no había respetado sus propias reglas autoimpuestas. Nada de lo que habitualmente hacía era capaz de hacer cuando de ella se trataba. Ella sacaba su lado más salvaje; y ese lado salvaje lo hacía hacer cosas irracionales, primitivas; pero al mismo tiempo lo impulsaba a protegerse contra el huracán Everdeen que estaba destruyendo todas sus máscaras y protecciones. Eso no debía permitirlo pero tampoco sabía cómo evitarlo. Si bien había trazado el plan de sacarla de su vida al final de la semana, tampoco quería lastimarla; por eso el plan que había dejado trazado lo tenía angustiado. La gran cuestión era como sacarla de su vida sin romperle el corazón en el intento y él no podía encontrarle una solución incluso a no salir herido el también. Porque si, aunque no quisiera admitirlo, él también saldría con el corazón roto. Cuando notó eso se frenó de golpe. Agitado y casi sin aire tomó sus rodillas para recuperarse. Sin darse cuenta había corrido casi dos horas y estaba cansado. Se sentó en la orilla y mirando fijamente al mar se preguntó ¿Por qué debo dejarla ir y no darnos una oportunidad? Él desde hace 7 años atrás, había decidido no entregarle su corazón a nadie más para que nadie más pudiese lastimarlo, pero había llegado Katniss. Katniss sin pedir permiso se le había colado hasta los huesos y sabía que la vida sin ella sería insoportable. Tal como le había dicho Haymitch, su amor había sido de un flechazo certero al corazón y ya no había más nada que proteger porque ella ya le había ganado la partida antes de comenzar y tenía su corazón en las manos.
…****…
Se despertó y sin abrir los ojos tanteó la cama para encontrar a Peeta. Poco a poco la sonrisa se le fue desdibujando al sentir solo el frio colchón bajo sus manos. Su mente comenzaba a funcionar a mil kilómetros por hora. ¡Maldito Peeta Mellark! Otra vez habían tenido una noche increíble y otra vez se había ido dejándola sola. No quiso abrir los ojos. Respiró profundo tratando de alejar los miedos que la asechaban y tratando de no enojarse con Peeta por no amanecer con ella. Se convenció que ella había dormido mucho y que el jefe de su jefe era mucho más madrugador. De a poco se sintió más relajada y pudo oir el sonido del agua correr. En su rostro apareció inmediatamente una sonrisa. Él no la había dejado sola; solo se había levantado antes que ella y había decidido tomar un baño. Dudó por un instante en salir de entre las sábanas y colársele en el baño, pero quiso darle su espacio. Sabía que si quería disfrutar del Peeta tierno y relajado, no podía ahogarlo, no podía invadirlo copando todo su tan organizado mundo. Estaba absorta en sus pensamientos cuando lo vio salir del baño.
-¡Madre mía! –pensó para sus adentros. Este hombre era realmente un fuera de serie. Suponía que era tan bello por fuera como lo era por dentro aunque intentase ocultarlo tras su máscara de hombre duro.
-Buenos días preciosa. –Le dijo casi sin mirarla mientras se desataba la toalla que reposaba en sus caderas.
-Buenos días señor Mellark. –Su voz sonaba ahogada. Tenía la boca seca. Ese adonis había sido suyo toda la noche y todavía no lo podía creer. No podía creer como Peeta Mellark se había fijado en ella.
-Señorita Everdeen. –Dijo con una sonrisa socarrona en los labios –Deje de pensar que puedo oir los engranajes de su cabecita funcionando a toda velocidad. Quizá debiera ud. relajarse un poco.
Esa voz pecaminosa la encendió y para cuando él empezó a regar besos por su cuerpo, ella ya se sentía como chocolate al sol.
…****…
El día había arrancado de la mejor manera posible. Peeta le había vuelto a demostrar que era un amante tierno y cariñoso; pero también le había demostrado tener mucha energía luego de una intensa dosis de sexo matinal. Ni bien les habían servido el desayuno, comenzó a contarle cuáles eran sus planes. Hablaba tan rápido que ella dejó de seguirle el ritmo quedando hipnotizada por la bella vista del mar que se apreciaba por la ventana del gran comedor.
-Dra. Everdeen ¿Oyó algo de lo que le dije? –Observó el rubio divertido.
-Por supuesto. –Dijo ella sabiendo que él la había descubierto con los pajaritos volando fuera de su cabeza.
-Entonces andando. –terció mientras se levantaba entusiasmado de la silla.
-¡Por Dios Peeta! Déjame comer algo más que anoche ni me diste de cenar.
-No te oí quejándote mucho de ello Katniss.
Antes que esta conversación terminara en el dormitorio otra vez, Katniss respondió –Mejor pongámonos en marcha, que hoy es jueves y no me has mostrado nada aún. No quiero volver a casa y tener que contestar cuando me pregunten, qué lo que más me gustó de Italia, fueron las sabanas de tu habitación.
Peeta rió sinceramente y se acomodó un rubio mechón rebelde hacia atrás. –Sería algo realmente interesante, Cara Mia. Sería la mejor respuesta del mundo. –Sentenció guiñándole un ojo mientas la tomaba por la cintura y la arrastraba hacia afuera.
Costó pero salió.
Dice poco pero cuenta mucho. Prepara todo para lo que viene ¿Que me dicen?
Cariños,
IM
