-Haymitch, sabes que me encantan las sorpresas pero sé que a ti no ¿A qué estás jugando? –Le decía una Effie entre emocionada y preocupada.

-Ten paciencia princesa –Le dijo él con una sonrisa en los labios, mientras la tomaba fuertemente de una mano y con la otra mano acariciaba la pequeña cajita de terciopelo rojo que tenía en el bolsillo. Se sentía satisfecho. Había trabajado más de un año y había ahorrado todo lo que podía para comprar el anillo. No era un anillo cualquiera. Era el anillo de matrimonio con el que su padre le había propuesto matrimonio a su madre. Ese mismo que había tenido que empeñar para poder seguir comiendo durante las épocas difíciles.

Estos tampoco habían sido años fáciles. El había comenzado a trabajar en una distribuidora de vinos. Trabajaba largas horas, pero el anciano dueño le pagaba bien. No solo trabajaba en el depósito, sino que cuando terminaba su turno, se quedaba en el trabajo porque Mr. Jones le enseñaba todo lo que sabía sobre el manejo de la empresa. El pobre estaba solo. No tenía hijos y no confiaba en sus sobrinos para delegarles el negocio familiar; entonces había apadrinado al joven ávido de aprender que le había tocado la puerta aquel día bajo la lluvia. Effie mientras tanto había conseguido trabajo con un modisto que la tenía de costurera. Siempre le decía que ella hacía los bordados más hermosos que había visto. Con esfuerzo habían logrado sobrevivir juntos. Alquilaban un pequeño apartamento que Effie había decorado de a poco y lo hacía sentirse en casa. Cualquier lugar con ella era sentirse en casa. Ella era su casa.

-Haymitch, ya. Me niego a seguir caminando si no me dices donde vamos. –Effie ya estaba preocupada.

-Solo caminemos un poco más. –Le dijo sintiéndose por fin en paz.

-No. –Effie se había empacado y no pensaba dar un paso más.

-Princesa, ¿Siempre vas a desarmar todos mis planes? ¿Siempre vas a poner mi mundo del revés? –Le dijo él, medio ofuscado, medio resignado. Quería pedirle matrimonio tomando un helado de vainilla en su heladería favorita frente al lago. Era lo más romántico que se le había ocurrido y ahí estaba ella desbaratando todos sus planes.

-No es eso, es que… -Intentó decir algo apenada.

Haymitch no la dejó seguir hablando. Ahí en medio de la gente pasando, en medio de la calle, de una manera muy distinta a la que había pensado; hincó su rodilla en el piso y sacó la pequeña caja de terciopelo del bolsillo de su americana. –Effie, amor mío. Princesa ¿Me harías el honor de ser mi esposa?

A ella se le llenaron los ojos de lágrimas. Alternó su mirada entre los ojos grises de su esposo que la miraban ansiosos y el delicado anillo que descansaba hermoso y mágico sobre el terciopelo rojo. No podía creer lo que veía. Mil veces Haymitch le había hablado del anillo de su madre. De lo que había sufrido al haberlo empeñado y de lo imposible que era que lo pudiese recuperar. Y ahí estaba, recordándole que estando juntos nada era imposible.

-Oh, ¡Por el amor de Dios Haymitch Abernathy Everdeen! –Dijo dando gritos de emoción. Luego, hizo una pausa que a él se le tornó eterna. –Si, si, si, siiiiiiiii… Por supuesto que quiero ser tu esposa. –Le dijo chillando mientras se tiraba en sus brazos llorando y riendo de felicidad.

Él suspiró y luego de besarla como nunca antes; tomó el anillo de la caja y se lo puso en el dedo anular izquierdo. Ella se miró la mano sin poder creerlo. Era sencillamente exquisito. De oro blanco y platino, coronado con un diamante de talla magna brillante. Era simple, puro y hermoso como él. Lo abrazó fuerte jurándose que nunca lo iba a dejar ir.

Los recuerdos se arremolinaban en su mente y las lágrimas no dejaban de escurrir por sus mejillas. Ahí estaba ella tantos años después, teniéndolo fuertemente de la mano como aquél día. Honrando el juramento que se había hecho. Sintiéndose más afortunada que aquél día de tenerlo en su vida y aterrada como nunca de perderlo. Solo se le ocurrió cantarle bajito en italiano como tanto le gustaba. "Dimmi che mai, che non mi lascerai mai. Dimmi chi sei, respiro dei giorni miei d'amore. Dimmi che sai, che solo me sceglierai. Ora lo sai...Tu sei il mio unico grande amore..."

…****…

Le había contado a Katniss del accidente reservándose la gravedad del estado de salud de Haymitch para no preocuparla, hasta tanto no estuviesen volando de vuelta a New York. Sabía que la angustia de la castaña, no iba a hacer que llegasen más rápido a su destino. Les había tomado menos de dos horas llegar al Aeropuerto Internacional Nápoles-Capodichino, y una vez allí, la partida a los Estados Unidos transcurrió tan rápido que no tuvo tiempo más que a sentarla en el jet mientras la abrazaba y le besaba la cabeza tiernamente, consolandola. No la había soltado desde que habían partido de "Villa Le Camelia". Enzo los había conducido en forma rápida pero segura; tanto que no le había dado tiempo a pensar en nada que no fuese abrazarla tan fuerte que su abrazo le espantase los miedos y las tristezas. Sabía lo que se sufría al perder a un padre y él deseaba con todas sus fuerzas que Katniss no pasara por esa experiencia aún.

Cuando hubieron despegado, Peeta la subió en su regazo y mientras la acunaba tiernamente le contaba exactamente todo lo que sabía del accidente de su padre, de su estado de salud y del pronóstico que habían dado los médicos. Katniss no había parado de llorar hasta que al fin logró hablar con su madre a través de la línea del jet y el sueño la venció. Era tan angelical mientras dormía; pero él no podía dormir y sabía que debía de haber mil asuntos por resolver. Así que le pidió a Stephan que le entregase su portátil y su celular para ponerse a trabajar. Trabajó durante varias horas resolviendo los asuntos más importantes. Definitivamente había clientes que no podían esperar más. Finalmente, cuando creyó haber apagado todos los incendios; encendió el Smartphone, y, mil y un notificaciones le llovieron de repente. Con calma y desgana fue liberándose una a una de ellas en las horas que le restaban de viaje. Once horas separaban la mítica Nápoles de la ciudad que nunca duerme y a él no le hubiesen alcanzado si hubiese querido resolver todos los pendientes. Muchas eran llamadas perdidas de su hermana y de Finnick. Esas las dejó para el final, así que un rato antes de aterrizar habló con Prim que comenzó a regañarlo vaya a saber porqué, hasta que él le dijo que mejor hablaran en persona esta semana porque ya estaría de vuelta en Nueva York sin darle mayores explicaciones; explicaciones que la rubia no le pidió tampoco por que ya las tenía de antemano. Una vez que se hubo librado de una ofuscada Prim, Peeta decidió llamar a Finnick para conocer detalles sobre el estado de Salud de Haymitch.

-Finn…

-Peeta, ¿Ya están en Nueva York? –Preguntó el cobrizo asombrado que no le hubieran avisado que su amigo había aterrizado.

-No, pero vamos a hacerlo en pocos minutos. Te llamo para saber si tienes alguna novedad acerca de la salud del padre de Katniss. –Estaba comenzando a sentir el cansancio, pero ya no había tiempo para descansar.

-Si, despertó hace dos horas. Annie habló con Johanna, la amiga de Kat y se lo confirmó.

-¿Cómo está? ¿Está fuera de peligro? -Inquirió dudoso. Peeta quería oír esas palabras mágicas. Quería despertar a su castaña con esa buena noticia.

-Eso parece. –dijo Finnick sin poder creerlo. -Ni bien despertó comenzaron a hacerle estudios y ninguno arrojó alguna lesión grave, más que contusiones, arañazos, algunas costillas rotas, y por supuesto, la lesión cerebral traumática grave que causó el impacto y que lo llevó a estar en coma. –Sentenció para alivio de su amigo.

-¿Alguna secuela? ¿Pronóstico? –Inquirió rápidamente.

-No, por suerte no tiene secuelas. Fue un accidente grande pero tuvo un ángel de la guarda que lo salvó. Solo cansancio que se soluciona con reposo y a veces está algo desmemoriado, desorientado; aunque ni bien le dan referencias, se ubica rápidamente. Los médicos dicen que esas faltas de memoria temporales desaparecerán con el transcurso de la semana.

-Una desgracia con suerte entonces. –Terció apretándose el puente de la nariz. De repente se había relajado pero una de sus frecuentes migrañas amenazaba con aparecer en cualquier momento.

-Si Peet. Por suerte para la familia de Kat fue solo un susto. –Dudando si era el momento o no, Finnick se decidió a hablar sobre la tarea que su jefe le había dejado. –Perdón que te cambie de tema, pero creo que atento a las circunstancias deberíamos hablar de tu futuro y del de Katniss ¿No crees?

La línea quedó en silencio. Peeta puso su mente en blanco. Sabía que no era el momento para hablar de relaciones amorosas, pero antes que pudiesen seguir conversando, la voz de Stephan apareció sacándolo del apuro. Peeta se despidió rápidamente explicándole que estaban por aterrizar, dejando a su amigo con la palabra en la boca.

Una vez que hubieron aterrizado, Peeta despertó suavemente a Katniss con besos y caricias. –Arriba preciosa que ya hemos llegado.

-¿Cómo que ya hemos llegado? Pero, si recién hemos embarcado –Le retrucaba la castaña medio somnolienta intentando despegarse de su hermoso sueño.

-Katniss, dormiste todo el viaje. Necesitabas descansar y por suerte lo has conseguido. Ya hemos llegado. Levanta ese hermoso trasero tuyo y súbelo a mi auto así te llevo al hospital. – Le dijo realmente embelesado con esa mujer que era hermosa aún recién levantada.

La castaña escuchó la palabra hospital y enseguida se despertó. Recordó el motivo de su vuelta anticipada y enseguida se le llenaron los ojos de lágrimas. Se levantó de un salto y tomándolo de la mano lo arrastró hasta la puerta. –Vamos Peeta, ¡De prisa! –Le espetó a los gritos.

-Calma Dra. Everdeen. –Dijo tironeándola del brazo para que lo oyera antes de bajar del jet. –Hablé con su jefe, el Dr. Odair y me ha informado que su padre ha despertado y se encuentra fuera de peligro. –Le habló con un tono neutral y marcando las distancias como si el aire de Nueva York lo hiciese recobrar la armadura que solía llevar puesta y que Nápoles le había quitado.

-¿De verdad Peeta? –Ella ni siquiera notó el tono impersonal que él había usado. La declaración del rubio le había sacado el peso de encima. La opresión en el pecho que no la dejaba respirar, se disipaba rápidamente.

-Si, es cierto. –Dijo serio de repente sintiéndose incómodo. –Vamos, andando. Debes estar ansiosa de verlo y de abrazarle.

Subieron al BMW plateado en silencio. Katniss se veía más relajada que cuando habían partido de Nápoles pero aún estaba nerviosa; y Peeta… Peeta estaba absorto en sus pensamientos. Pensando en todo y en nada a la vez. El viaje transcurrió bajo un silencio sepulcral hasta que la castaña intentó llamar a su madre para avisarle que estaba de camino, pero se encontró con que su Smartphone estaba totalmente sin batería.

-Peeta, ¿Podrías prestarme tu móvil? Es que quiero avisarle a mi madre que estoy de camino al hospital, pero me he dado cuenta que el mío está completamente muerto.

-Si, toma. –Le dijo el distraído y sin saber lo afortunado que era, que el teléfono de Katniss se encontrase sin batería. Sin saber que cuando su jefa de legales encendiese su móvil y escuchase los mensajes que le había dejado Johanna, su mundo volvería a revolucionarse otra vez y que si quería iniciar una historia con la bella castaña, esa idea se esfumaría en menos de lo que canta un gallo. Él no sabía que solo era cuestión de horas en que la bomba fuese a estallar haciendo volar todo su futuro por los aires.