Bella cogió la bolsa de papel marrón en la que llevaba el almuerzo y se sentó fuera, en lo alto de la escalinata de la biblioteca. Abrió el termo de leche y contempló la Quinta Avenida.
—¿Eres la nueva bibliotecaria? —le preguntó una mujer mayor que se detuvo a su lado antes de bajar la escalera.
—Sí, soy Bella —respondió ella, mientras masticaba tapándose la boca con la mano.
—Bienvenida. Soy Elizabeth Masen.
La incomodaba estar sentada mientras la mujer permanecía de pie, así que Bella se levantó y se alisó la falda plisada de algodón que llevaba.
—Ah, sí. Usted trabaja en la Sala de Archivos, ¿verdad? —La señora Masen asintió.
—Desde hace cincuenta años.
—Vaya, es... impresionante.
Elizabeth tenía el pelo blanco, peinado en una media melena, y los ojos de un azul muy claro. Aparte de colorete en las mejillas, no llevaba maquillaje. Lucía un collar de perlas de varias vueltas y, si Bella tuviera que apostar, diría que eran auténticas.
La mujer volvió la mirada hacia el edificio.
—Éste es un lugar al que merece la pena dedicarle toda una vida profesional — afirmó—. Aunque todo ha ido de mal en peor desde que perdimos a Brooke Astor. Bueno, encantada de conocerte. Ven a visitarme a la cuarta planta cuando quieras. Probablemente tengas preguntas y Dios sabe que ningún otro se apresurará a responderlas, si es que sabe la respuesta. Bueno, disfruta del sol.
Bella deseó decirle que se había especializado en Archivos y Conservación, pero no quería que pareciera que estaba compitiendo con ella. Sin embargo, no le cabía duda de que hubiera preferido pasar los días trabajando con Elizabeth Masen que con Rosalie Hale.
La mujer se alejó y Bella se volvió a sentar en el escalón, sin acordarse de que había dejado el termo de leche abierto. Lo volcó, la leche se derramó por la escalera y la pesada tapa cayó rebotando como una pelota.
Ella se quedó horrorizada, sin saber de qué debía ocuparse primero, si del creciente charco de líquido blanco o de la tapa que brincaba cada vez más rápido hacia la Quinta Avenida.
Levantó el termo para detener el flujo de leche y luego corrió escaleras abajo para alcanzar la tapa, pero antes de que hubiera podido bajar demasiados escalones, vio que un hombre alto y de anchos hombros la interceptaba con un rápido movimiento de la mano. Alzó la vista hacia ella, sus ojos eran de un oscuro castaño aterciopelado, casi negro. Cuando se aproximó, le sorprendió notar que el corazón le empezaba a latir con fuerza.
—¿Esto es suyo?
Alzó la tapa con una leve sonrisa en el rostro, un rostro de facciones duras, tan toscamente bello que resultaba turbador. Tenía los pómulos altos, una nariz bien definida y un diminuto hoyuelo en la barbilla. Su pelo era brillante y oscuro y lo llevaba lo bastante largo como para que las puntas se le rizaran alrededor del cuello de la camisa. Era mayor que Bella, de unos treinta años.
—Oh, sí... Lo siento. Gracias.
Cogió la tapa y, aunque se encontraba un escalón por encima de él, la superaba en altura.
—No es necesario que se disculpe. Aunque, ahora que veo el desastre... quizá sí. Avergonzada, ella siguió su mirada hasta el charco de leche.
—Oh... lo limpiaré. Nunca dejaría que... —Pero su sonrisa le indicó que sólo bromeaba.
—Tranquila —le dijo, al tiempo que le devolvía la tapa de plástico negro.
Cuando le rozó los dedos con los suyos, Bella sintió verdadero calor ante el contacto. A continuación, el hombre pasó junto al charco y desapareció por la puerta de la biblioteca.
Bella subió los cinco pisos hasta su apartamento en la calle Bank con el bolso lleno de los libros que no había podido resistirse a pedir prestados de la biblioteca.
Vivía en un pequeño apartamento del bloque más perfecto en el barrio más perfecto de la ciudad. Pensaba en él como en su Gran Evasión, no sólo de las limitaciones de su pueblo natal, sino de los largos y necesitados brazos de su madre. Allí, escondida, en un típico edificio neoyorquino, en un vecindario que en otra época fue el hogar de genios literarios como Willa Cather, Henry James, Edna St. Vincent Millay y Edgar Allan Poe, Bella era verdaderamente independiente por primera vez en su vida.
La única sombra en ese paisaje, por lo demás perfecto, de recién descubierta libertad era su compañera de piso, Alice. Alice Brandon era una estudiante de Parsons totalmente obsesionada por dos cosas: la moda y los hombres. Y cambiaba de hombre con más frecuencia que de vaqueros. Parecía que cada semana le tocase el turno a un chico diferente.
Bella nunca había tenido una compañera. Mientras estudiaba la carrera, su madre había insistido en que se quedara en casa en lugar de instalarse en una de las residencias de la Universidad de Drexel, en el centro de Filadelfia, a tan sólo veinte minutos en coche desde su barrio de las afueras. Y ahora que vivía con Alice se daba cuenta de que, en los últimos años, su madre quizá había tenido demasiada influencia sobre su vida social.
Ahora que era testigo diario de la turbulenta vida sentimental de Alice, Bella no podía evitar preguntarse por qué no se había adentrado ella más en ese campo. En parte a causa de su madre, que se mostraba tan contraria a que saliera con chicos que casi no le merecía la pena hacerlo a escondidas. Y las pocas citas que había tenido habían sido tan decepcionantes que no le compensaban las mentiras o las discusiones con ella. Pero ahora se veía obligada a preguntarse si se había perdido algo importante.
En cuanto a Alice, Bella tardó varias semanas en descubrir por qué la chica se molestaba siquiera en tener una compañera de piso. Parecía disponer de una infinita reserva de efectivo, al menos para gastar en ropa. Las bolsas de Barneys, Alice y Olivia o Scoop estaban omnipresentes en el apartamento. Bella no sabía mucho de moda, pero era consciente de que esas tiendas no tenían nada que ver con las modestas Filene's y Target, donde ella hacía todas sus compras. Y luego estaban las continuas visitas de Alice a Bumble & Bumble para mantener su largo cabello matizado con mechas, por no contar las constantes comidas fuera. Bella no había visto nunca a su compañera servirse ni siquiera un bol de cereales. Incluso pedía que le trajeran a domicilio los huevos revueltos en las raras mañanas de fin de semana en que se despertaba en el apartamento.
El misterio quedó resuelto una noche, cuando Bella se despertó al oír a Alice y a su ligue del día tener sexo en la cocina a las dos de la mañana. Alice riñó al chico por todos sus fuertes gemidos (que habían despertado a Bella):
—Mi compañera de piso quedará traumatizada... —lo reprendió. A lo cual el chico respondió:
—No entiendo por qué tienes una compañera de piso. Tu padre es Mark Brandon.
Ella le explicó que no era una cuestión de dinero; sus padres habían insistido en que tuviera una compañera de piso por «motivos de seguridad». Los dos se rieron y el chico comentó:
—Está bien que tengas a alguien por aquí que te controle. De lo contrario, podrías ser una chica mala.
Por supuesto, Bella buscó en Google a Mark Brandon y descubrió que el padre de Alice era el fundador del sello discográfico de hip-hop más importante del país. Ese pequeño detalle sirvió para incrementar la distancia que ya había entre ella y su compañera de piso. Le era imposible imaginar a su padre o a su madre escuchando hip hop, o ni siquiera música pop. El padre de Bella rondaba los treinta y cinco años cuando ella nació y murió ocho años después. Era arquitecto y la única música que escuchaba era ópera. La madre de Bella era una violonchelista a la que sólo le gustaba la música clásica y que insistía en que en su casa se escuchara únicamente ese tipo de música. En lo que a Renée Swan respectaba, las únicas formas de música, pintura y literatura aceptables eran los clásicos, por lo que Bella se había criado sin música «pop», arte «moderno», ni ficción «barata».
—¿Cómo ha ido tu primer día? —le preguntó Alice, levantando la vista de la revista W—. ¿Se han portado bien los otros niños de la biblioteca? —bromeó.
Estaba sentada en el sofá, con las piernas cruzadas. Llevaba unos vaqueros perfectamente descoloridos y acampanados, un jersey de cachemira que le llegaba justo por debajo del pecho y se había recogido el pelo rubio dorado en un descuidado moño.
La estancia olía a su perfume, Chanel Allure.
—Ha estado bien. Gracias —respondió Bella, mientras dejaba su pesado bolso en el suelo e iba a la cocina a coger una coca-cola.
Nunca sabía si Alice estaba realmente interesada en hablar con ella o era sólo un gesto automático debido a que era la única persona que había allí, aparte de ella. Bella sabía que la chica no comprendía que «poner libros en estanterías», según sus propias palabras, pudiese ser el sueño de toda una vida de nadie. Pero eso era exactamente para Bella.
Desde que tenía seis años y su padre había empezado a llevarla a la biblioteca cada sábado por la tarde, aunque no fuera a la de Nueva York, sino a la pequeña biblioteca en Gladwynne, Pensilvania, Bella había sabido que ése era su lugar. Nunca pasó por una fase en la que quisiera ser profesora, veterinaria o bailarina. Para ella su sueño había sido siempre convertirse en bibliotecaria. Deseaba trabajar rodeada por el olor de los libros, ser responsable de hileras y más hileras de ordenados estantes, de la meticulosa catalogación y de ayudar a la gente a descubrir la siguiente gran novela que leerían o el libro que los ayudaría en el proyecto de investigación con el que lograrían su título o solucionarían un enigma intelectual.
Lo sabía desde que era pequeña y nunca había perdido de vista su objetivo. Y ahora su sueño se había hecho realidad, por muy insignificante y ridículo que pudiera parecerle a alguien como Alice Brandon.
—Me alegro —comentó ésta—. Después vendrá a visitarme un amigo. Espero que no te molestemos.
Lo que realmente estaba diciéndole era que esperaba que tuviera el detalle de quedarse en su habitación y no molestar.
—No te preocupes por mí. Tengo mucho que leer.
—Ah y tu madre ha llamado. Dos veces —comentó Alice a continuación, dándole una nota morada con el ilegible mensaje garabateado con rotulador indeleble.
En un intento de reducir gastos para el traslado a Nueva York, Bella había dado de baja su teléfono móvil. Eso había tenido la grata consecuencia de que a su madre le era imposible contactar con ella las veinticuatro horas del día, pero, desgraciadamente, cualquiera relacionado con la vida de Bella que tuviera una línea fija pagaba el precio.
Arrugó la nota y se la metió en el bolsillo.
La despertó un sonido que le hizo pensar que alguien estaba entrando a la fuerza en el apartamento. Al menos, eso le pareció. Luego se dio cuenta de que sólo era el cabezal de la cama de Alice golpeando contra la pared.
El ruido le llegaba acompañado de unos gemidos de su compañera y del sin duda innecesario grito de:
—¡Fóllame!
Más gemidos, esa vez masculinos. El ruido del cabezal se hizo más fuerte y más rápido y el tono de las voces pareció de repente más indicativo de violencia que de placer. Luego silencio.
Bella se descubrió respirando con dificultad, aunque no sabía si se debía al sobresalto o a la naturaleza de lo que había oído. Era perturbador y excitante al mismo tiempo y eso la preocupó más que el hecho de que la vida sexual de su compañera de piso le estuviera robando horas de sueño.
Sabía que estaba muy desfasada en todo el tema del sexo; ser virgen a su edad era impensable para la mayoría de la gente. Pero era su realidad, una realidad que le preocupaba desde que se había mudado a Nueva York y se había dado cuenta de que era la última en llegar a la fiesta.
No es que pensara no practicar sexo nunca. No había hecho voto de castidad ni nada por el estilo. Era más bien que no se le había presentado la oportunidad. Sus amigas le decían que iba por la vida sin darse cuenta de que los chicos siempre se fijaban en ella y que le pedirían salir más a menudo si se esforzara más por relacionarse y hacer cosas.
—Eres siempre tan seria... —le decían.
No es que no quisiera divertirse. Se trataba más bien de que era dolorosamente consciente de que cada fiesta a la que iba era una noche que perdía de estudio y cada chico que le gustaba amenazaba con desviar su atención de lo que era importante para ella: aprender, trabajar duro, labrarse un futuro.
Determinación. Ése era el mantra de su madre, que no tardó en prevenir a Bella de que los chicos no eran nada más que una distracción, un modo muy eficaz de desbaratar su porvenir. A ella le había pasado, le advirtió con tono solemne. Bella había oído la historia decenas de veces, pero su madre siempre le contaba cómo había «renunciado a sus sueños» para apoyar al padre de Bella mientras éste estudiaba arquitectura y luego en los primeros años de lucha... y más tarde vino su embarazo.
—Luego tu padre murió y me dejó a mí con toda la carga. Nadie piensa todo lo malo que puede pasar, Bella. Sólo puedes depender de ti misma.
Miró el reloj. Eran las dos de la mañana. Faltaban cinco horas para que le sonara el despertador. Oyó risas y otro gemido de Alice.
Se tumbó boca arriba, desesperada por dormirse de nuevo. El camisón, una prenda holgada de algodón gris de la marca Old Navy, se le había enroscado en la cintura. Bella se lo soltó, pero se lo dejó por encima de las caderas. Se acarició el estómago intentando relajarse para recuperar el sueño. Y entonces, como si se moviera por voluntad propia, su mano descendió hasta el borde de las braguitas.
Se detuvo. De la habitación contigua sólo llegaba silencio.
Metió la mano por debajo de la ropa interior y se acarició levemente con los dedos entre las piernas. Pensar que había un hombre a pocos metros de distancia, al otro lado de la pared, la excitó y distrajo al mismo tiempo. Hacía mucho que un chico no la tocaba y las pocas experiencias que había tenido hasta entonces habían sido torpes y nada memorables. Ahora le resultaba imposible imaginar la mano de otra persona en aquel lugar íntimo y sensible, alguien que la acariciara hasta que se humedeciera y luego entrara y saliera de su cuerpo del modo adecuado para provocar aquella potente liberación. Movió la mano de prisa, las paredes de su vagina palpitaron contra su dedo, y sus caderas se balancearon al mismo ritmo. Experimentó la familiar oleada de placer y luego se quedó quieta bajo el arrugado edredón. El corazón le latía con fuerza.
¿Cómo sería tener a alguien con ella en ese momento de clímax? Empezaba a preguntarse si algún día lo sabría.
