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Bella retrocedió, salió de la sala y tuvo la precaución de cerrar la puerta, con manos temblorosas.

Lo primero que experimentó fue vergüenza por haberse sentido atraída por aquella sucia escena. No debería haberse quedado mirando, debería haber salido corriendo de inmediato. O, mejor aún, haberlos detenido. Su vergüenza se tornó en furia. Estaban en una biblioteca. ¿Qué le pasaba a la gente?

Respiró hondo, fortalecida por la indignación. Una vez en la seguridad del pasillo, bajó rápidamente la escalera sur hasta la rotonda de fuera de la Sala del Catálogo.

De nuevo a salvo en la zona más pública de la biblioteca, fue capaz de recuperar la compostura y regresar al mostrador de préstamos, donde Jacob estaba repantigado en una silla, jugando al Temple Run con su iPhone.

—Hay muy poco movimiento hoy —comentó—. Ni siquiera los empollones quieren estar aquí dentro con veinticuatro grados de temperatura y sol en la calle.

Bella asintió y colocó la bolsa de papel marrón de la comida sobre la mesa. La parte de arriba estaba humedecida por el sudor de sus manos. Jacob miró la bolsa extrañado.

—¿No habías ido a comer?

—No tengo hambre. —La miró con recelo.

—¿Qué te pasa?

—Nada —respondió.

Se sentía tan sucia y avergonzada como si hubiera sido ella la mujer inclinada sobre el banco de mármol. Y sabía que se sentía así porque, por mucho que odiara admitirlo, a pesar del atroz sacrilegio, por un fugaz momento deseó haberlo sido.

Pero ¿qué le pasaba? Tenía que ser la influencia de Alice; todo aquel alocado trasiego nocturno en el apartamento la estaba afectando. Y también la falta de sueño. Vivía con alguien que no tenía ningún sentido del pudor. Su madre tenía razón: nada bueno podía salir de su traslado a Nueva York.

—Si tú lo dices... Pues yo me muero de hambre, así que iré a comprarme algo al puesto de fuera. ¿Quieres que te traiga alguna cosa?

Se levantó de un salto y se sacó los auriculares del bolsillo de la chaqueta.

Bella estaba lidiando aún con su perturbador descubrimiento y no quería que Jacob se fuera. Ella se había marchado de la sala, pero no podía olvidar lo que había visto. Se preguntó si debería informar a Rosalie del incidente, pero sólo pensarlo hizo que le entraran náuseas.

—Espera, ¿puedo decirte una cosa? —preguntó.

—Claro —respondió Jacob—. ¿Hamburguesa o perrito?

Su mente formó las palabras, pero su boca no fue capaz de articularlas.

—No me gusta la comida del puesto de la calle —dijo finalmente. Jacob meneó la cabeza.

—De acuerdo, Swan. Gracias por la información.

Desde el rellano del tercer piso pudo oír la música rap procedente de su apartamento. Soltó un suspiro y siguió subiendo. Cuando metió la llave en la puerta, supo que no podría escuchar ni sus propios pensamientos aunque se encerrara en su dormitorio.

—Eh, ¿qué tal? —la saludó un chico sentado en el sofá y fumando una gran pipa.

—De vuelta a casa después del trabajo —respondió Bella.

Al menos conocía al chico, era uno de los más regulares de Alice. En otras circunstancias, probablemente lo habría llamado su novio, pero considerando que el responsable de los golpes del cabezal a las dos de la mañana de la noche anterior había sido otro, le pareció que «novio» no era el calificativo más apropiado.

—¿Te importa bajar la música? —gritó Bella.

—¿No te gusta J.?

Ella tiene un culo en el que se perdería un tanga y arriba, ah, dos bultitos como dos picadas.

Bella entró en su habitación y cerró la puerta. Al parecer, iba a ser otra noche de exilio autoimpuesto hasta que Alice se marchara, si es que salía esa noche. Deseó poder hacer algunos amigos en la biblioteca para tener con quien salir de vez en cuando.

De repente, la música bajó como veinte decibelios. A continuación, oyó que llamaban a su puerta y, a regañadientes, la entreabrió.

—¿Mejor? —preguntó James.

—¿Qué? Ah, ¿la música? Sí, gracias.

—¿Por qué no sales nunca? —preguntó él.

—¿Perdona?

—Alice dice que no te ha visto salir nunca del apartamento por la noche. —Bella sintió que se ponía colorada.

—Diría que eso no es asunto vuestro.

—Tía, no te ofendas. Sólo digo que puedes salir con nosotros esta noche. Vamos a ver un espectáculo en Rivington. Te prometo que estarás en casa antes de que te conviertas en calabaza.

Ella negó con la cabeza.

—No, gracias.