La calle Rivington era el lugar más extraño que había visto nunca.
Con sus oscuras esquinas, las bellas mujeres esclavas de la moda que se paseaban por las aceras con sus cigarrillos y las extrañas fachadas que te hacían preguntarte si eran bares o tiendas. Todo eso hizo que Bella deseara haberse quedado en la cama cuando James —esa vez, acompañado por Alice— volvió a llamar a su puerta para insistirle en que saliera con ellos.
Como no deseaba quedarse en casa y seguir obsesionándose con la escena que había presenciado en la biblioteca, finalmente accedió.
Giraron por la calle Norfolk y caminaron hasta el final de la misma, donde llegaron a su destino, un bar llamado Nurse Bettie.
—Totó, me parece que ya no estamos en Kansas —bromeó Bella, usando la famosa frase del Mago de Oz. Alice puso los ojos en blanco.
—Tú..., relájate —le dijo.
El bar era un local pequeño, con poca luz, techo de paneles metálicos y paredes de ladrillo llenas de fotografías vintage en marcos dorados y plateados. La barra era de madera oscura, y detrás había unas estanterías con coloridas botellas de licor. El sonido de la música francesa pop llenaba la sala.
Enfrente de la barra había una larga mesa alta con taburetes de asiento rojo. Bella y Alice se sentaron en los dos últimos libres y James se acercó a la barra para pedir la bebida.
Alice se puso a navegar con su iPhone. Siempre parecía que estuviera aburrida y Bella se preguntó si eso sería propio de ella o algún rasgo común de la gente que había crecido en Manhattan. Ella, por su parte, no podía imaginarse indiferente a lo que la rodeaba en Nueva York. Cada esquina, cada vendedor de comida, cada ruidosa multitud la dejaba maravillada.
—¿Cuál es tu nombre de usuario en Twitter? —preguntó Alice.
—Eh... Bella —respondió Bella.
Su compañera escribió algo en el teléfono.
—¿A Bella? —preguntó.
—¿A Bella qué?
Alice bajó el teléfono y la miró haciendo un evidente esfuerzo por no perder la paciencia.
—¿Estás en Twitter? —quiso saber.
—Creo que no —contestó Bella.
James se acercó y les dio una copa a cada una.
—Dos Moscow Mules —anunció. Alice bebió.
—Hum. Bien. ¿Qué lleva?
—Vodka Ketel 1, zumo de lima y cerveza de jengibre —explicó James.
Bella lo probó, pero no le gustó y dejó el cóctel en un pequeño saliente que tenía detrás.
—¿A qué hora empieza el espectáculo? —preguntó Alice.
Bella no pudo oír la respuesta de James, porque la susurró directamente en la boca de Alice antes de que empezaran a darse el lote.
Ella apartó la vista e intentó imaginarse dónde podría haber un espectáculo en una sala tan pequeña.
—¿De qué va el espectáculo? —preguntó.
No le respondieron. Esperaba que fuera música en directo, quizá un cantante de blues. Eso encajaría con el ambiente del bar.
Cuando finalmente sus dos acompañantes recordaron que ella estaba allí, hicieron un esfuerzo por darle conversación.
—Entonces, ¿qué hace una bibliotecaria durante todo el día? —preguntó James, amable.
Alice la miró expectante. Bella no supo si fue por la presión que sentía de que tenía que participar de algún modo en la velada, porque todas aquellas semanas sintiéndose fuera de lugar al final le hubiesen hecho mella o por la sincera necesidad de confiar en alguien, pero soltó:
—Bueno, hoy me he encontrado con una pareja practicando sexo. James se animó.
—¿En la biblioteca?
—Sí —contestó Bella.
—Quizá me haya precipitado al rechazar ese lugar —comentó Alice. Bella tomó otro sorbo de su bebida. Seguía estando malísima.
—Nueva York está lleno de exhibicionistas —aseguró James.
—¿Y qué has hecho? —quiso saber Alice.
—Nada. He salido corriendo de la sala.
Alice y James parecieron reflexionar al respecto.
—Supongo que no se podía hacer otra cosa. A menos que hubieses tenido la oportunidad de sumarte al juego —comentó James.
Alice se rió y dijo:
—¡Así se habla!
A pesar de que lo habían convertido en una broma, Bella se sintió aliviada al hablar de ello. No sabía qué la disgustaba más, si la idea de que alguien profanara de ese modo su preciosa biblioteca, o el hecho de que no sólo conocía al perpetrador, sino que le había parecido atractivo.
—No se lo he dicho a nadie, pero quizá debería decírselo a mi jefa. Quiero decir, ¿y si los hubiera encontrado un niño?
Bella sabía que eso era improbable, teniendo en cuenta que había entrado en una área restringida. Pero fue el mejor modo que encontró de expresar su indignación.
—¿Era gente normal o tenían aspecto de pervertidos? —preguntó Alice.
Una imagen de los ojos oscuros del hombre y de su rostro inquietantemente apuesto surgió en la mente de Bella.
—¿Qué aspecto tiene un pervertido? —inquirió James.
—¡Pues alguien como tú! —exclamó Alice, al tiempo que le daba un puñetazo en el brazo.
A las once, el bar estaba abarrotado. Todo el mundo se iba moviendo para conseguir un sitio lo más cerca posible del fondo de la sala y Bella en seguida descubrió el motivo.
La música pop francesa fue sustituida por la canción Blueberry Hill, de Fats Domino, instantáneamente reconocible. El fondo de la sala se convirtió en un escenario bañado por las luces azules y doradas de unos focos que había en el techo.
La escena iluminada consistía en un pequeño horno de aspecto antiguo y una mesa de formica cuadrada. Junto al horno apareció una hermosa mujer. La melena negra le llegaba por los hombros y llevaba un flequillo corto. Iba ataviada con un anticuado vestido a cuadros, muy ceñido en la cintura y con falda de vuelo y con un delantal en el que se leía: «Ama de casa feliz». Bella se fijó en que llevaba zapatos de charol negro con plataforma.
—Lleva el mismo corte de pelo que tú —observó James. Alice la miró.
—Sí —asintió—. Tienes que mejorar ese estilo tuyo hippie de blusas y faldas largas que llevas de cuello para abajo. Pero tu pelo está muy a la moda.
—No quería dejarme el flequillo tan corto, pero se me fue la mano en un lado y tuve que igualarlo...
—Sea como sea, tú mantenlo así —insistió Alice—. Te queda bien.
La mujer del escenario se inclinó para abrir la puerta del horno y el vestido se le subió lo suficiente como para dejar a la vista las medias y el liguero. La multitud aplaudió y unos cuantos gritaron. Bella sintió el primer rubor de confusión, pero mantuvo la expresión imperturbable.
La actriz sacó una tarta del horno y la llevó a la mesa. Luego hizo todo un numerito para quitarse el delantal y se abanicó con él antes de lanzárselo al público. De nuevo, la multitud estalló en vítores y aplausos. A continuación, hundió un dedo en el centro de la tarta, lo sacó y se lo lamió.
—¿Qué es esto? —le preguntó Bella a Alice.
—Chist. Tú mira.
La mujer se abanicó entonces con una servilleta y le dio la espalda al público. Con una mano, se bajó la cremallera del vestido, despacio, y lo dejó caer al suelo. Bella apenas podía oír la música por encima de los aplausos y los silbidos. Entonces, la actriz se dio la vuelta, ataviada sólo con un sujetador de satén rojo y copas acabadas en punta, unas bragas rojas, el liguero, medias y zapatos.
—¿Esto es un club de striptease?
—¡No! Es burlesque —le explicó Alice—. No me digas que no has visto nunca un espectáculo de burlesque.
«Debe de estar de broma», pensó Bella.
La mujer se desabrochó el sujetador y se deslizó los tirantes por los hombros. Bella apartó la vista, pero cuando volvió a mirar a hurtadillas hacia el escenario, el sujetador estaba en el suelo y lo único que cubría los redondeados y prietos pechos de la mujer era un brillante parche rojo en cada pezón.
Entonces sacó un cuchillo y empezó a cortar la tarta. El contraste entre el exuberante cuerpo casi desnudo y la doméstica tarea que estaba realizando era confuso. Había los suficientes elementos cotidianos como para que Bella sintiera que no estaba viendo algo realmente sexual.
Pero, en ese momento, la actriz cogió uno de los trozos de tarta y le dio un mordisco. Un poco del relleno de mermelada de arándanos le cayó entre los pechos y ella adoptó una exagerada expresión consternada; se deslizó un dedo por el vientre hasta el escote, recogiendo con él el relleno y se lo lamió con los ojos entornados de deseo, mientras se pasaba la lengua por la mano.
Bella se estremeció, sintió que aquella mujer no podría parecer más lasciva si se estuviera tocando en el escenario. Y sintió cómo su propia respiración se aceleraba, se le endurecían los pezones y le hacían cosquillas dentro del sujetador.
—Me voy a casa —decidió.
—No seas ridícula. El espectáculo acaba de empezar —protestó Alice.
—Estoy cansada —replicó.
Se bajó de un salto del taburete y se abrió paso entre toda aquella gente hasta la puerta, donde había una larga cola esperando para entrar.
Se preguntó por qué siempre se sentía más a salvo en la calle.
