16

Edward tiró las llaves sobre una mesa de cristal y le cogió el paraguas de las manos.

A pesar de la implacable lluvia, Bella estaba totalmente seca, porque habían aparcado el coche en un garaje que daba directamente al edificio. Cogieron el ascensor hasta el último piso y la puerta se abrió directamente en un enorme apartamento que tenía unos ventanales que iban desde el suelo hasta el techo y desde los que se veía el río Hudson.

La amplitud del espacio bastó para dejarla anonadada, pero además, el interior era asombroso, una espectacular mezcla de maderas y mármol oscuro. Las habitaciones no contaban con mucho mobiliario, pero los pocos muebles que había se adaptaban perfectamente, creando un efecto artístico. Las paredes blancas estaban llenas de fotografías en marcos negros.

—¿Qué es tan importante para que hayas tenido que traerme aquí, en medio de este diluvio? —preguntó.

—Dijiste que en el trabajo estabas incómoda. Así que aquí estamos. No más excusas —afirmó—. Tomaré una copa de vino. ¿Te apetece? —le preguntó, mientras se dirigía a la cocina de mármol negro.

—Vale —asintió nerviosa.

Se acercó a la primera pared de fotografías. Incluso desde cierta distancia, pudo ver que se trataba de fotografías de moda como las que había visto en la revista de Alice. Eran más refinadas que el crudo estilo que había usado para las instantáneas de Tanya Denali, pero también en ésas reconoció a muchas modelos que había visto en las portadas de revistas, en grandes y resplandecientes fotos en los escaparates de la Quinta Avenida y en anuncios en los laterales de los autobuses.

Caminó despacio desde un extremo a otro de la pared, deteniéndose a cada paso para contemplar las imágenes. No entendía mucho de fotografía, pero se sintió atraída por ellas a un nivel visceral, del mismo modo que podría responder a una cierta canción determinada en la radio o a la gran página inicial de una novela.

—No te he traído para que veas ésas —dijo Edward, que de repente estaba detrás de ella.

Bella se sobresaltó levemente pero se recompuso. Él le ofreció una copa de vino.

—¿Cuáles quieres que vea? —se interesó y bebió un sorbo.

—En la cena te dije que la fotografía de moda no es mi categoría favorita, ¿recuerdas?

—Sí —respondió.

Sintió que su cuerpo se pegaba al de ella, aunque sus brazos y sus manos no la tocaban. Eso fue suficiente para que el corazón empezara a latirle con fuerza. Bebió otro sorbo de vino. Era suave y estaba fresco y tuvo que recordarse a sí misma que debía beberlo despacio.

—Sígueme —le indicó en voz baja.

La cogió de la mano libre y la guió hacia el fondo del apartamento. La sujetaba con firmeza y autoridad, algo que se notaba incluso en ese sencillo contacto. Bella deseó imponerse de algún modo, decir por ejemplo que no había terminado de mirar las fotografías en el salón. Aunque era consciente de que todas sus protestas serían en vano. Él sabía, y ella también, que desde el momento en que se había ido de su apartamento, estaba dispuesta a aceptar sus condiciones.

El salón de Edward describía un ángulo cerrado en el que las paredes se estrechaban para crear un largo pasillo. La guió por la semioscuridad del mismo hasta que le dio a un interruptor que iluminó el espacio y Bella se dio cuenta de que estaba rodeada de fotos en blanco y negro que ocupaban toda la pared, desde el suelo hasta el techo, todas de mujeres ligeras de ropa y extraordinariamente hermosas. Tenían los pechos descubiertos y algunas estaban completamente desnudas. Llevaban ligueros, zapatos de tacón, sencillos vestidos negros abiertos por delante. Su piel era como la nata fresca, algunas con tatuajes, otras intactas como un manto de nieve. Sus grandes ojos, muy maquillados —seductores, soñolientos, lascivos, enfadados—, le contaban un millar de historias.

Siguió caminando despacio, fascinada por las imágenes. A medida que avanzaban por el pasillo, éstas se volvían más intensas: una foto granulada mostraba a una mujer atada a una silla con una cuerda, desnuda a excepción del liguero y las medias de red, con una mordaza en la boca. Al fondo, otra mujer con esmoquin sostenía un látigo. Luego una toma de dos morenas besándose con una lencería similar a la que Edward había comprado para ella, mientras que, en primer plano, se veía la imagen borrosa de otra mujer que las observaba blandiendo una fusta. A continuación una instantánea de una mujer de rodillas, con una mata de pelo negro hasta la cintura, la espalda arqueada, el culo levantado y llevando sólo unas medias de red y unos zapatos de tacón y charol negro de plataforma. Otra foto del culo desnudo de una mujer, de piel tan pálida y tersa como la nata, excepto por la marca roja con la leve pero inconfundible forma de una mano.

—¿Hiciste también todas éstas? —preguntó Bella, aunque ya sabía la respuesta.

—Sí —confirmó Edward.

Se quedó de pie justo detrás de ella y le apoyó las manos en los hombros.

—¿Estabas... saliendo con todas estas mujeres? —quiso saber.

—No —se rió—. Son sólo modelos. Aunque, cuando hago fotografías, mi modelo podría ser mi amante. Mi novia. Mi esposa. La mujer que está delante de la cámara es la única en el mundo para mí.

Bella tragó saliva con fuerza y sintió algo muy parecido a los celos, por muy absurdo que eso fuera.

—¿Cómo te metiste en la fotografía? —preguntó.

—Mi madrastra me introdujo.

—¿Era fotógrafa?

Su rostro se ensombreció.

—No. Modelo. —Le apretó los hombros—. Me encantaría fotografiarte. —Bella se volvió bruscamente y lo miró como si estuviera loco.

—Eso no va a pasar —afirmó. Edward se rió.

—Dices eso mucho, ¿sabes? ¿Por qué no lo piensas quizá dos segundos antes de decidirlo?

—No me gusta que me hagan fotos —insistió.

—Eso es porque no te sientes digna de ser el centro de atención. Pude verlo cuando recorriste el vestíbulo del Four Seasons la otra noche. Quiero ayudarte a superarlo.

—Bueno, gracias, pero no deseo ser una especie de proyecto tuyo. Ya puedo ver que tienes muchas colaboradoras listas y dispuestas en tu... esto... repertorio de modelos.

—Son modelos profesionales. No las deseo a ellas. Te deseo a ti.

—Seguiré leyendo para el premio de ficción. Eso debería proporcionarnos muchas ocasiones de trabajar juntos.

Se rió incómoda. Pero cuando él le tomó el rostro entre las manos y la miró a los ojos, el corazón empezó a latirle tan fuerte que pensó que quizá alguna cosa no iba bien, que le pasaba algo.

—¿Miraste el libro de Bettie Page?

—Un poco —respondió y se ruborizó al recordar lo que hizo después.

Se sintió perturbada al pensar en Edward tocándola como ella se tocó sola en su habitación esa noche.

—¿Has pensado en lo que te pedí en la cena que pensaras? ¿Qué tiene Bettie Page en esas fotografías que no tiene ninguna de estas mujeres?

¿Era una pregunta trampa? Bella repasó una lista mental: ¿Flequillo? ¿Tetas? ¿Un traje de baño retro?

—No lo sé.

—Alegría —afirmó Edward—. Parece que se divierte. Es como cualquier mujer y, sin embargo, como ninguna otra. Tenía una dualidad de inocencia y sensualidad que nunca se ha vuelto a repetir. Pero la veo en ti.

—Es sólo por el corte de pelo —contestó Bella en voz baja.

—Hay un millón de chicas con ese mismo corte de pelo —replicó—. ¿Y por qué no puedes aceptar un cumplido?

—No entiendo por qué estás tan obsesionado conmigo. No es que esté siendo modesta ni nada por el estilo. Simplemente no lo entiendo.

—Estabas hermosa, tan impotente y tan perdida en la escalinata de la biblioteca. Verte fue como ver la secuencia inicial de una película en la que sabes que la actriz va a ser una estrella. Y entonces te hablé y... sentí algo. Sé que tú también lo sentiste, ¿no es cierto?

Bella asintió despacio. Por supuesto que había sentido algo. Edward era el hombre más guapo que había visto nunca. Pero más que eso, su proximidad física hizo que todo en su interior temblara. Le sucedió cuando le devolvió la tapa del termo ese día y también cuando se sentó a su lado tras la reunión de los Young Lions. Y hacía un instante, cuando había estado detrás de ella unos minutos mientras contemplaba las fotografías de desnudos, el leve contacto de su cuerpo en la espalda hizo que algo se agitara en lo más profundo de su ser.

Movió los pies, le dolían los empeines y sentía los dedos apretados en la parte de delante.

—¿Te importa si me quito los zapatos? —le pidió permiso.

—Sí —respondió—, me importa. Y no quiero volver a verte nunca más con zapato plano.

Lo miró estupefacta. Edward le cogió la copa de vino de las manos.

—Ven —le dijo.

Lo siguió de nuevo al salón.

Él se sentó en el sofá negro y Bella se quedó de pie, nerviosa, a la espera de que la invitara a sentarse también.

—¿Podría sentarme... allí? —le preguntó, señalando una butaca de piel negra.

—No. Te quedarás de pie. Eres una mujer hermosa, Bella. No una chica, una mujer. Es inaceptable que no sepas llevar zapatos de tacón.

No podía creer lo que estaba oyendo.

—Supongo que, después de nuestra conversación en la biblioteca, estás aquí porque deseas estar aquí. ¿Es correcto? —continuó.

Ella asintió.

—Dilo —le ordenó.

—Deseo estar aquí —afirmó.

—Bien —asintió—. Es la última vez que voy a preguntártelo, Bella. A partir de ahora, estamos de acuerdo en que lo que pase entre nosotros será consentido. Pero al mismo tiempo, tienes que aceptar el hecho de que lo que tú desees no importa.

Ella tuvo el impulso de alargar el brazo y apartarle un rizo de pelo oscuro de la frente. Era tan guapo que la distraía.

—No sé de qué me estás hablando.

—Ven aquí —le dijo, indicándole el sofá. Cuando se sentó a su lado, Edward le cogió la mano entre las suyas, sobre su palma la de ella se veía pequeña, como la de una niña—. Deseo tener una relación física contigo, Bella. Una relación física muy específica.

—Vale —respondió despacio, incapaz aún de seguirlo.

¿Estaba hablando de sexo? ¿La gente siempre se lanzaba y lo decía así?

—Deseo dominarte.

—¿Qué quieres decir?

—¿Específicamente? Quiero decirte qué debes hacer y quiero que me obedezcas sin cuestionarme, ya sea para ponerte cierto tipo de ropa interior, o de zapatos, o para desnudarte cuando y donde yo lo diga o para chuparme la polla cuando te lo ordene.

Bella tragó saliva con fuerza, convencida de que debía de tener la cara roja como un tomate. Edward le acarició la mano.

—A veces puede que desee hacer también otras cosas, pero todo se reduce a que me cedas el control. Y si hay algo que realmente no desees hacer, podemos discutirlo, pero es importante que fundamentalmente te entregues a mí.

Ella asintió mientras su mente seguía bloqueada, como un DVD rayado, repitiendo las palabras «me chupes la polla» una y otra vez. Ésa no era una frase que Bella estuviera preparada para oír dirigida a ella. Pero al mismo tiempo, la expresión de los ojos de Edward reflejaba su mismo sentimiento: una poderosa mezcla de curiosidad y deseo.

Se había acabado, se dijo a sí misma. Se acabó ver pasar la vida desde la barrera. Le estaban ofreciendo todo lo que siempre le había parecido que estaba fuera de su alcance: la excitación, la pasión, el sexo. Si tenía el valor de aceptarlo.

—¿Qué dices, Bella? —le preguntó él.

Ella asintió sin confiar en su voz. Pero a Edward ese gesto le bastó.

—Levántate —le ordenó. Bella vaciló durante un segundo, luego se puso en pie con torpeza y se colocó delante de él. Sus ojos la recorrieron de arriba abajo. Acto seguido, añadió—: Has sido una chica muy mala en la biblioteca al desobedecerme de ese modo.

Ella soltó una risita, una risa nerviosa que fue tan involuntaria como lo sería un tic. Los oscuros ojos de él se nublaron y la miró con tal intensidad que Bella no pudo seguir manteniendo el contacto visual.

—Tiéndete en mi regazo —le ordenó.

Ella se quedó paralizada y lo miró incrédula.

—Túmbate en mi regazo. Boca abajo —ordenó.

—¿Por qué? —preguntó.

—De eso estoy hablando, Bella —le dijo—. ¿No deseas complacerme?

«Sí», pensó con todas las fibras de su ser.

Se movió despacio y a ella le pareció que con torpeza, para colocarse sobre su regazo en la postura que le había indicado.

Edward se movió bajo el peso de su torso y las piernas de ella quedaron extendidas sobre el sofá.

—Muévete un poco hacia adelante —le indicó.

Bella se movió de forma que la cintura le quedó sobre el regazo.

—Me siento ridícula —protestó.

—No hables —la reprendió.

Durante lo que le pareció una eternidad, estuvo tendida muy inmóvil, con la cabeza girada hacia un lado y apoyada en los brazos doblados.

Y entonces, sintió que Edward le subía el vestido. Su primer impulso fue incorporarse, pero se obligó a quedarse quieta. Sabía que si protestaba, seguramente tendría que marcharse. Y no quería irse, todavía no.

Él le levantó el vestido por encima de la cintura. Era un vestido de Alice, uno sin mangas azul marino de corte al bies de Alice and Olivia. Cuando lo había cogido prestado esa noche, no imaginó que acabaría arrugado por encima de sus caderas, dejándole las piernas y el culo al aire.

Se le aceleró la respiración e intentó no imaginar qué aspecto tendría su trasero con la ropa interior que había sacado apresuradamente del cajón superior de su dormitorio. Apenas la había mirado desde que la lavó, después de habérsela puesto la primera vez, y ahora ni siquiera podía recordar si era transparente o no. Esperó haberse puesto el liguero correctamente.

Nadie la había visto nunca en ropa interior. Los pocos novios que había tenido sólo le habían metido mano en la oscuridad de las habitaciones de la residencia por la noche o entre las sombras del asiento delantero de un coche. Ninguno de ellos la había mirado realmente, no de ese modo.

—Me alegra verte con la lencería apropiada, Bella. Pero así y todo, aún voy a tener que castigarte por lo de hoy. Voy a quitarte las bragas —la informó, mientras empezaba a bajárselas con delicadeza.

—¡No! —exclamó ella, al tiempo que echaba una mano hacia atrás para sujetar la prenda en su sitio.

Edward no dijo nada, pero se quedó quieto. Bella también. Luego, despacio, ella retiró las manos.

Él continuó bajándole las braguitas. Bella notó el aire fresco de la estancia sobre la piel y se le puso de gallina. La idea de que Edward estuviera mirando fijamente su trasero desnudo le resultaba insoportable.

De repente, le dio una fuerte palmada en la nalga izquierda.

—¡Ah! —gritó ella, echando la mano hacia atrás para frotarse ese punto—. Esto duele.

—Has sido una chica mala —repitió él—. No me vuelvas a desobedecer nunca más. Si te digo que te pongas zapatos de tacón y lencería, te pones zapatos de tacón y lencería. Si te digo que te cambies delante de mí, te cambias. ¿Entendido?

Bella no podía creérselo. No dijo nada, no podía decir nada. ¿Qué podría decir? ¿Sí? O peor, ¿no?

Volvió a golpearla en el mismo lugar. ¿Aquello era normal?

—¿Quieres que pare? —le preguntó.

—Eh... sí... no... no lo sé... —vaciló.

—Levántate, Bella.

La cabeza le iba a toda velocidad. Se levantó despacio. No quería quedarse de pie con el vestido subido por encima de la cintura, pero calculó que volvería a bajársele en cuanto se irguiera del todo. Entonces, como si le leyera la mente, Edward le ordenó:

—Sujétate el vestido ahí arriba. O tendrás que quitártelo.

Ella sintió que la cara le ardía y supo que probablemente estaría colorada. Aun así, hizo lo que le ordenaba. Se quedó de pie frente al sofá, con el vestido arrugado sujeto por encima de las caderas. Miró a todas partes menos a él, aunque podía sentir sus ojos fijos en ella y su propia excitación.

Edward alargó el brazo y la acarició entre las piernas, apenas rozándole el vello. Su mano se movió despacio y le tocó el clítoris con el pulgar. Bella tomó una brusca inspiración y luego sintió los dedos de él sumergiéndose en su interior.

—Estás mojada —afirmó—. Sabía que lo estarías.

Ella gimió y las piernas casi se le doblaron. Su dedo se deslizaba dentro y fuera. Se aferró a él y Edward, rápidamente, le rodeó la cintura con un brazo para sostenerla, mientras aumentaba la presión en su palpitante centro.

Bella sintió que sus piernas se abrían para él, que hundía el dedo más profundamente hasta alcanzar un punto que la hizo jadear. Edward retrocedió rápidamente y volvió a acariciárselo una vez más antes de salir de su interior para trazar lentos círculos alrededor del clítoris.

—No —gimió ella reclinándose sobre él.

Sintió su rostro contra el suyo y cómo le susurraba «chist» al oído tan bajito que podría haberlo imaginado. Sus dedos siguieron con esa danza de contacto y distancia, dentro y fuera, hasta que sintió una creciente presión que acabó en un estallido de placer que la hizo gritar.

Se sintió avergonzada por el sonido que emitió, algo animal y completamente desconocido para ella. Sintió que su sexo se convulsionaba alrededor de la mano de él, que siguió moviéndose al mismo ritmo que los espasmos, hasta que su cuerpo se estremeció y se quedó inmóvil.

Volvió a guiarla hasta el sofá y Bella se tumbó con todo el cuerpo tembloroso. Era la primera vez que tenía un orgasmo con un hombre. Algo que siempre se había preguntado cómo sería y si le podría suceder teniendo a alguien al lado al fin tenía respuesta.

Edward se quedó sentado a su lado. Para sorpresa de Bella, se inclinó y le quitó los zapatos. Luego le acarició el pelo. Ella cerró los ojos, demasiado avergonzada para mirarlo. Al cabo de un minuto, cuando sintió que volvía a respirar con normalidad y la palpitación entre sus piernas cesó, se incorporó y dijo:

—Debería irme.

De repente, sólo deseaba estar sola en su habitación para poder procesar todo aquello.

—Quédate —le dijo Edward empujando su rostro hacia el suyo para obligarla a mirarlo.

Era tan guapo que eso hacía que le fuera aún más difícil pensar en la lascivia con la que se había comportado delante de él. Había perdido el control de sí misma y cuanto antes se fuera de allí e intentara encontrarle un sentido a todo aquello, mejor.

—Es tarde —insistió, mientras volvía a ponerse los zapatos y se movía con dificultad por la estancia, buscando el bolso.

Edward se lo dio.

—Te llevaré. Deja que coja la chaqueta.

—No —contestó ella—. No hace falta. Quiero estar sola. —Dicho eso, dio media vuelta y se marchó.