19

En silencio, subieron en el ascensor privado hasta el apartamento de Edward. Apenas le había hablado desde que habían salido del Nurse Bettie. Fuera del bar, los esperaba el coche con el chófer. Edward le sostuvo la puerta y luego se acomodó a su lado sin decir nada. Parecía tenso y enfadado y Bella se mostró reacia a preguntarle por qué estaba tan furioso.

En esos momentos, en el apartamento, siguió sintiendo las gélidas vibraciones.

—Sígueme —le ordenó, mientras se dirigía al fondo de la vivienda sin siquiera mirarla. Ella lo siguió torpemente con los zapatos de tacón sobre el duro suelo de madera.

Edward la guió más allá de la primera pared de fotografías; cuando pasaron las eróticas, llegaron a una zona que Bella no había visto en su primera visita. Después del pasillo, el apartamento se dividía en dos estancias. Ella hizo ademán de asomarse a una, pero él cerró la puerta rápidamente.

—Por aquí —le indicó y abrió otra puerta. Bella entró y vio que era su dormitorio.

Las paredes eran de un intenso verde militar, la inmensa cama estaba enmarcada por una robusta madera oscura. Un lado de la habitación estaba cubierto por unos ventanales que ocupaban toda la pared y daban al río Hudson. Otra pared estaba llena de pinturas; reconoció unas cuantas porque las había visto en los libros de texto de la facultad. Y dudaba que fueran láminas.

Le resultaba familiar una en particular, un hermoso cuadro de Marc Chagall de una mujer cabalgando sobre un caballo azul. Un hombre montaba detrás de ella y le rodeaba la cintura con los brazos. El rostro de él estaba medio oculto tras los brazos levantados de la mujer. La parte de arriba del vestido rojo de ella le caía por debajo de los pechos, dejándolos expuestos.

Curiosamente, no había ninguna fotografía en las paredes. Edward le dio a un interruptor y una pesada y oscura cortina cubrió los ventanales. Bella se estremeció con un repentino escalofrío. Entonces, él se volvió hacia ella.

—¿Quién era el tipo con el que has salido esta noche?

—Yo no he salido con nadie. He salido con mi compañera de piso y allí hemos conocido a esos dos chicos...

Edward levantó una mano para silenciarla, como si sólo escuchar eso ya fuera una afrenta.

—Este vestido era para que lo llevaras sólo conmigo, sólo para mí. Así que ahora quiero que me lo devuelvas. Quítatelo.

A esas alturas, Bella sabía que no bromeaba, que no lo había oído mal y que únicamente podía hacer una cosa.

Con manos temblorosas, echó los brazos hacia atrás y se bajó la cremallera. Edward la miraba con gran intensidad y muy serio, y ella comprendió que el acto de quitarse el vestido estaba cargado de un gran significado.

Estremeciéndose con timidez, dejó que la prenda cayera al suelo. Allí de pie, delante de Edward, con el sujetador GAP blanco y las sencillas bragas de algodón, se sintió avergonzada. Entonces pensó en cómo la había tocado la última vez que se habían visto y sintió una intensa palpitación entre las piernas.

—Eres preciosa, Bella —afirmó él, mientras le recorría el cuerpo de arriba abajo con la mirada—. Pero sabes que no puedes llevar ese sujetador y esas bragas viejos conmigo. Por favor, quítatelos también.

El corazón empezó a latirle con fuerza y sintió las palmas resbaladizas de sudor. Le costó soltarse el cierre del sujetador, que se había abrochado y desabrochado infinidad de veces y, durante un minuto, no supo si sería capaz de quitárselo. Pero finalmente lo logró y lo dejó caer al suelo.

Sentía los ojos de Edward sobre ella, pero no pudo soportar mirarlo. Intentando pensar que estaba sola en su propia habitación, se deslizó las bragas por las caderas y los tobillos y se las quitó.

—Tu cuerpo me pone tan duro... —afirmó él.

Bella se ruborizó tanto que incluso sintió que le hormigueaba el rostro. El corazón le martilleaba con fuerza en el pecho y se preguntó si sería posible sufrir un ataque al corazón por pura vergüenza.

—Túmbate en la cama —le ordenó.

Bella se volvió para mirar la enorme cama, preguntándose cómo podría subirse a ella sin ofrecerle una clara imagen de su trasero desnudo.

Edward vio su vacilación y, como si le leyera la mente, se movió a su alrededor hasta quedar justo detrás de ella.

—Ve —la instó.

Sin ningún lugar donde esconderse, Bella obedeció.

—Boca abajo —le ordenó.

Bella siguió sus órdenes, hundió el rostro en el hueco del brazo con el trasero expuesto hacia él. Al cabo de unos segundos sin oír nada, se volvió para mirar qué estaba haciendo.

—No te muevas —le dijo Edward en voz baja. Ella volvió a esconder la cara.

Pasaron unos minutos más sin que sucediera nada. Bella volvió a darse la vuelta. Esa vez, él le respondió dándole una palmada en el culo.

—¡Ah! —exclamó ella.

—Te he dicho que no te des la vuelta —le advirtió con voz paciente, como si hablara con un niño indisciplinado.

Bella se quedó totalmente quieta, preparándose para otro golpe. Pasó más rato y nada.

Lo oyó moverse por la estancia. Luego, la cama se hundió bajo su peso.

—Abre las piernas —le ordenó.

Obedeció y pasaron más segundos agónicos sin ningún movimiento. Finalmente, sintió que Edward le acariciaba el trasero en el punto donde la había golpeado. Deslizó la mano entre sus piernas y sumergió el dedo en su interior. Notó cómo se humedecía y entonces retiró el dedo y lo volvió a introducir dentro y fuera, hasta que unas intensas chispas de placer saltaron en su interior.

—Date la vuelta —le dijo al mismo tiempo que retiraba la mano.

Bella sintió la ausencia de su contacto, la vagina le palpitaba. No había espacio para la vergüenza en su desbocada mente cuando los ojos de Edward le recorrieron el cuerpo. Se fijó en que llevaba la camisa desabrochada y que una erección tensaba la tela de sus pantalones negros.

Le abrió las piernas y ella esperó ansiosa sentir de nuevo sus manos sobre su cuerpo y en su interior. En cambio, para su conmoción y horror, él metió el rostro entre sus piernas.

Bella se incorporó y se alejó de él. La idea de que la viera allá abajo fue demasiado.

—No te he dicho que pudieras moverte. Vuelve a tumbarte boca abajo —le ordenó.

Ella volvió a tumbarse y se dio la vuelta, apoyando de nuevo la cara en los brazos. No la sorprendió notar el golpe en el trasero, esa vez más fuerte, haciéndola sentir dolor de verdad. Y otra vez.

Se mordió el labio y luego jadeó cuando el dedo de él volvió a abrirse paso hasta ese lugar tan sensible en su interior. La vagina le convulsionó contra el dedo y ella gimió de un modo que hizo que le resultara difícil reconocer su propia voz.

Edward retiró el dedo y le abrió las piernas. Sintió calidez y humedad en el sexo y se dio cuenta de que tenía su boca pegada a ella. Recurrió a toda su fuerza de voluntad para no apartarse. Pero cuando empezó a acariciarla con el dedo al mismo tiempo, se olvidó de mostrar resistencia, se olvidó de la vergüenza, se olvidó de todo excepto de las oleadas de un placer tan intenso que casi resultaba doloroso. Gritó algo ininteligible, algún tipo de comunicación animal y abyecta indicándole que no se detuviera, que quería más.

Pero Edward se detuvo y lo sintió moviéndose detrás de ella en la cama.

—Date la vuelta —le ordenó. Su voz sonó ronca de deseo.

Ella se tumbó boca arriba y lo descubrió desnudo. Su cuerpo era incluso más hermoso de lo que había imaginado. Los amplios hombros y la estrecha cintura eran perfectos; era un hombre incluso más guapo de lo que ella creía que podría ser. Pero en lo que se centró, de lo que no pudo apartar los ojos, fue en su erección, grande y apuntando hacia ella. No era sólo que no hubiera visto nunca a un hombre desnudo, al menos, no en la vida real. Era que el miembro de Edward, grueso e inflamado, representaba una innegable muestra de su deseo.

Se inclinó y Bella vio que se estaba poniendo un condón. Ése fue el primer instante en que admitió para sí misma lo que estaba a punto de suceder, lo que deseaba que sucediera. Cuando Edward se movió sobre ella, Bella le rodeó los amplios hombros con los brazos y cerró los ojos.

Él le besó el cuello. A continuación, bajó hasta los pechos, jugueteó con los pezones con los dientes y la lengua, hasta que se agarró con la boca, succionando codicioso. La vagina de ella palpitaba y deseaba que sumergiera los dedos en su interior como no había deseado nada antes.

Movió las caderas por debajo de él, empujó hacia arriba, rogándole. Pero en lugar de su mano, sintió que el extremo de su erección se sumergía en ella. Se tensó, pero Edward se movió despacio, avanzando con delicadeza, más y más profundamente, hasta que casi la llenó. Se detuvo entonces un momento y a continuación arremetió con fuerza.

Bella sintió un agudo dolor y luego una cálida humedad cuando su cuerpo le dio la bienvenida.

Edward se retiró de inmediato.

—¿Por qué no me lo has dicho? —preguntó, sujetándole la cara. Sus ojos se veían turbulentos con algo que ella no pudo identificar. ¿Furia? ¿Confusión?

—No quería que te detuvieras —le respondió.

Cuando Edward apoyó la cabeza en su hombro, ella le tocó el pelo, se lo acarició, sintiéndose más cerca de aquel extraño hombre de lo que se había sentido nunca de ningún otro ser humano. Sentía una profunda calma, pero su cuerpo aún palpitaba de necesidad.

—No pares —le pidió.

—¿Estás segura?

—Sí —respondió.

La besó en la boca y Bella le rodeó el cuello con los brazos mientras él volvía a colocarse vacilante sobre ella, pero sin penetrarla. Pudo notar su vacilación y murmuró:

—No me romperé. —Aunque sabía que una parte de ella sí lo había hecho. Deslizó las manos hasta su trasero para empujarlo a su interior. Despacio,

Edward volvió a llenarla y esa vez su vagina se adaptó a él como si ése fuera el lugar donde debía estar. Se movió dentro y fuera. Gimió una vez. Y ese sonido desató su propio placer, una sensación que se extendió por su pelvis y ascendió por todo su cuerpo. Edward se movió entonces más rápido, arrastrándola con él. La sensación se intensificó y entonces estalló como una oleada.

—¡Edward! —gritó impotente, en plena cima del orgasmo.

Su cuerpo se movió con el suyo en una especie de danza instintiva que estaba más allá de su control.

Las embestidas se volvieron más rápidas, casi frenéticas, hasta que él gritó con un rugido parecido al de un animal. A Bella la asombró que su cuerpo fuera capaz de ofrecerle semejante éxtasis. Eso la hizo sentirse poderosa por primera vez en su vida.

Y cuando se desplomó sobre ella, con el oscuro pelo húmedo de sudor y un brazo rodeándole el torso, supo que no habría dolor que no estuviera dispuesta a soportar para tenerlo.