22

Era media tarde cuando Bella entró en su apartamento como flotando en una nube. Alice levantó la vista desde el sofá. Tenía un cuaderno de bocetos en el regazo.

—¿Dónde has estado? ¿Por qué no volviste a casa anoche? Estaba muy preocupada por ti —le dijo, a la vez que soltaba el lápiz.

Ella se inclinó para desabrocharse los zapatos. Edward la había enviado a casa vestida de Prada de pies a cabeza. Como siempre, los zapatos eran criminales.

—Me sorprende que tú sí volvieras a casa anoche —comentó Bella—. Por cómo fueron las cosas en el Nurse Bettie, no lo esperaba.

—No intentes desviar la atención hacia mí. ¿Dónde te metiste? No puedes desaparecer sin más, Bella.

—Yo no desaparecí. Fuiste tú la que se marchó, ¿recuerdas?

—Lo siento. Últimamente he estado tan deprimida que necesitaba algo para quitarme a Jasper de la cabeza.

—¿Por eso me dejaste con ese asqueroso en el bar?

—Tyler no es un asqueroso. Además, fue él quien me dijo que te habías largado con un tipo.

—No era un tipo, era Edward. Pero de todos modos, siento haberte preocupado. La conmovió que Alice se inquietara por ella.

—¿Qué estaba haciendo Edward allí? ¿Acosándote?

Bella se encogió de hombros y se dirigió a la cocina. No había comido nada desde el desayuno y, de repente, se dio cuenta de que estaba muerta de hambre. Alargó el brazo para coger un plato del segundo estante del armario, pero los hombros le dolían tanto que apenas pudo levantarlos por encima de la cabeza.

—¡Ay! —gritó, incapaz de alcanzar el plato.

—¿Qué pasa?

—¿Puedes bajarme un plato? Alice apareció en la puerta.

—No hasta que no me digas qué está pasando.

—Me duelen los brazos —le explicó ella.

—Sí, eso ya lo veo. Así que, a menos que hayas jugado un partido de tenis a medianoche en Central Park, me pregunto por qué.

La miró con los brazos en jarras.

Bella no pudo evitar sonreír. De algún modo, su relación con Edward había convertido a su mordaz compañera de piso en una madre sobreprotectora.

—Si me das el plato, te lo contaré —le dijo.

Alice cogió el plato, se lo pasó y la instó:

—Escúpelo, Bella.

Estaban sentadas a la mesa, comiendo las sobras de arroz con pollo y bebiendo botellines de cerveza Corona. Bella se había puesto unos pantalones de chándal y una vieja camiseta de Drexel. Estaba físicamente exhausta, pero tenía la mente acelerada como si fuera en una sexta marcha que no sabía que tuviera.

—Le gusta lo que supongo que podríamos llamar dominar —empezó a contar.

—¿Haciendo qué, concretamente? —preguntó Alice.

Ahora que había llegado el momento, se moría por contarle a alguien qué estaba pasando. No sabía si Alice le diría que era una locura, que debía alejarse de ese tipo o si, en cambio, le confesaría: «Claro, yo hago cosas así todo el rato». Fuera como fuese, Bella necesitaba un confidente.

—Esto... bueno, me regaló un móvil y me dijo que tenía que llevarlo siempre encendido y que sólo era para usarlo entre nosotros dos. Me manda mensajes que, en realidad, son órdenes. Y me dice qué tengo que ponerme. Siempre debo llevar zapatos de tacón y un tipo específico de ropa interior.

—Bueno, sinceramente, Bella, no te ha ido tan mal un poco de orientación en el estilo de vestir.

Ella le lanzó una mirada furiosa antes de continuar:

—Si no hago lo que me dice, o sea, si no me visto del modo adecuado, me «castiga».

Ahora sí que tenía toda la atención de Alice. A la frívola, hastiada y sabelotodo de Alice de repente se le habían puesto los ojos como platos.

—Continúa —la instó.

—Bueno, digamos que me da... unos azotes.

No pudo decir nada más. No pudo hablar de la Habitación. Su compañera asintió.

—He oído hablar de ese tipo de cosas —comentó, mientras arrancaba la etiqueta de su botellín de cerveza.

—¿Sí? —exclamó Bella sorprendida.

—Claro. Es BDSM básico.

—¿BDqué?

—BDSM: bondage, disciplina, sadomasoquismo. Es una subcultura bastante extendida.

—¿Lo es?

—Claro. Algunas personas están muy metidas en todo eso.

—Entonces, ¿no te parece que... raro? Alice se encogió de hombros.

—A mí no me va, pero bueno, estoy segura de que en pequeñas dosis podría ser muy erótico. Conocí a una chica que llevaba un collar.

—¿Qué quieres decir?

—Llevaba un collar de piel, como un collar de perro. Me dijo que, en la comunidad, eso les indicaba a los demás que tenía un dueño.

—Estás de broma.

—No.

Eso hizo que Bella se sintiera mucho mejor. Al menos, ella no había llegado tan lejos.

—Entonces, me estás diciendo que todo eso es relativamente normal —concluyó.

—Oh, bueno, no es muy normal —replicó Alice—. Pero mientras tú lo pases bien, ¿a quién le importa? Sobre todo si te sacas todo un vestuario de Prada con eso, te diría, déjalo que te azote hasta que se canse.

Bella se sonrojó y clavó la mirada en su plato. Quizá Alice no fuera la mejor elección como confidente, pero era lo único que tenía por el momento. Y al menos a partir de entonces, podía ponerle nombre a aquello a lo que se estaba enfrentando: BDSM.

Tendría que investigar un poco, aunque algo le decía que no encontraría un libro sobre ese tema en particular en la biblioteca.

Por la mañana, cuando llegó al trabajo se encontró con Jacob sentado en su sitio, organizando una pila de libros.

—Hey —saludó Bella—. Siento lo de ayer. Espero que no hubiera mucho follón.

—No, estuvo bien. Pero Rosalie quiere verte en su despacho. Bella tuvo un mal presentimiento.

—¿Por qué? —preguntó, mientras dejaba el bolso detrás de la mesa.

—No lo sé. Pero a juzgar por su tono cuando ha llamado, yo no la haría esperar mucho.

Aquello no era buena señal. Bella se dirigió al segundo piso.

La puerta del despacho de Rosalie estaba entreabierta. La vio antes de entrar, llevaba la melena rubia platino recogida en un moño perfectamente descuidado, las mangas de la blusa azul marino dobladas hasta los codos y las bronceadas muñeca adornadas con unas delicadas pulseras de oro. Estaba tomándose su café de Starbucks mientras hojeaba The New York Post en línea.

Bella llamó a la puerta.

Rosalie alzó la vista y entornó los ojos.

—Vaya, vaya, vaya, qué amable por tu parte que te dignes a aparecer —dijo.

—Siento lo de ayer —se disculpó, nerviosa por tener que ofrecer disculpas y su excusa tan pronto.

Había ensayado mentalmente ese momento en el metro, pero había sido incapaz de pensar una razón plausible por la que Edward y ella hubieran tenido que trabajar «fuera» el día anterior.

—Siéntate, Bella —le pidió Rosalie.

A regañadientes, entró en el despacho. La única silla disponible estaba llena de revistas de novias. Como Rosalie no hizo ademán de despejarla, lo hizo ella y se sentó nerviosa con las revistas en el regazo.

—Sé que cuando empezaste a trabajar aquí sentiste que el mostrador de préstamos no era digno de ti...

—No, no es eso. Sólo pensé...

—Por favor, no me interrumpas. Como iba diciendo, sé que sentiste que no era digno de ti por tu licenciatura con honores y todo eso. Pero en una biblioteca de este nivel, el mostrador de préstamos es vital. Vital. Y si no puedo confiar en que estés aquí todos los días, no podré mantenerte en ese puesto.

—Rosalie, estaré aquí todos los días. No volverá a suceder.

Se sintió presa del pánico. ¿Podrían despedirla por faltar un día al trabajo? Dios, ¿en qué había estado pensando? ¿Qué le pasaba?

—Bueno, tendrás que demostrármelo. Y, mientras tanto, trabajarás en el mostrador de devoluciones.

Bella sintió que palidecía.

—Rosalie, eso no es necesario. Te prometo que no volverá a suceder.

—Esto no es una discusión abierta, Bella. Ahora ve a informar al mostrador de devoluciones. Alguien allí te enseñará cómo organizar el material en los carros y cómo volver a colocarlo todo en las estanterías.

Se sintió al borde de las lágrimas, pero no quería que Rosalie viera lo disgustada que estaba. Se levantó, volvió a dejar las revistas sobre la silla y se dirigió a la puerta.

—Bella, una cosa más —dijo su jefa. Ella se dio la vuelta.

—Espero de verdad que tu relación con Edward Cullen sea sólo profesional. Aunque el apoyo financiero de su familia es indispensable para esta biblioteca, no quisiera que ningún miembro de mi personal mantuviera una relación íntima con él. Sería inapropiado y perjudicial. ¿Ha quedado claro?

—Sí —respondió Bella, incapaz de mirarla a los ojos.

—Bien. Y en tu descanso para el almuerzo, por favor, ve a Vera Wang y recógeme una muestra de tela. Luego necesitaré que se la lleves a mi florista.

Bella asintió y se marchó rápidamente.

De camino a la escalera, se cruzó con Elizabeth. La anciana la saludó con la mano.

—Hola, Bella. Has estado desaparecida últimamente. ¿Te apetece que almorcemos en la escalera hoy?

—Ojalá pudiera, pero Rosalie me ha pedido que le haga un recado. Elizabeth negó con la cabeza.

—Oh, lo siento. Ya quedaremos en otro momento.

Bella se sintió extrañamente triste. Se preguntó si la anciana pensaría que le estaba dando largas o que la estaba rehuyendo.

El móvil le vibró en el bolso. Mientras subía la escalera hacia el mostrador de devoluciones, leyó el mensaje:

El coche te estará esperando fuera a las seis.

Y sólo con eso, todo volvió a estar bien en su mundo.