Por la mañana, el primer pensamiento de Bella fue para el colgante. Sus manos se elevaron hasta su cuello, buscándolo, mientras se preguntaba si había sido todo un loco sueño erótico. Pero no, el colgante estaba allí, notó su peso sobre la clavícula y eso la reconfortó, le recordó la realidad de su esclavitud sexual de Edward: un símbolo de su propio deseo y de sí misma como objeto de deseo.
Era como si el resto del mundo pudiera verlo. Por primera vez, los hombres la miraban descaradamente cuando caminaba por la calle. No creía que tuviera un aspecto diferente, físicamente hablando; era más como si pudieran percibir la pasión que bullía en su interior, como si pudieran oler la lujuria que la acompañaba a todas partes.
Se levantó de la cama, con la persistente euforia de la satisfacción sexual. Y entonces recordó que era su cumpleaños y que su madre iría a verla.
Era casi mediodía y llevaba horas ordenando alfabéticamente las devoluciones cuando se vio interrumpida por la visita de Elizabeth.
—He ido a buscarte al mostrador de préstamos y me han dicho que te habían trasladado aquí —comentó la mujer. Ese día llevaba unas gafas tan gruesas que sus ojos parecían hipnotizados—. ¿Qué has hecho para que te exilien así?
Bella sonrió.
—No sé por qué, pero logré sacar el lado malo de Rosalie. Elizabeth suspiró.
—Esa mujer es una tirana. ¿Has traído almuerzo? He pensado que podríamos sentarnos en la escalera. Hoy no hace demasiado calor.
Era cierto, su cumpleaños había llevado de vuelta la primavera. El cielo estaba despejado y no había humedad.
—Me encantaría —dijo con una sonrisa.
Metió la mano debajo de la mesa y cogió el sándwich de gelatina y mantequilla que llevaba en la bolsa marrón de papel. Cuando se agachó, el candado le golpeó el cuello. Lo llevaba oculto bajo la blusa y casi se había olvidado de él.
Encontraron un lugar en lo alto de la escalinata. Bella levantó la cara hacia el sol. Pensó en el primer día que se había sentado en ese lugar, el primer día que vio a Edward. Si no fuera porque tenía que cenar con su madre esa noche, casi sería feliz. Se preguntó si ya habrían escogido platos para cuando la mujer empezara a hacerle sentirse culpable.
—¿Cuánto tiempo más tendrás que pasar en el mostrador de devoluciones? —preguntó Elizabeth.
—No lo sé —respondió Bella mientras desenvolvía el sándwich.
Se había pasado con la gelatina esa mañana y goteaba por fuera del pan. La anciana meneó la cabeza.
—Es una lástima que llegues aquí en una época tan mala. Puedo ver que sientes pasión por esto.
—Oh, es sólo Rosalie dándoselas de jefecilla. No me preocupa. Puedo esperar a que se le pase.
Elizabeth negó con la cabeza mientras pinchaba una uva de la macedonia de frutas que llevaba en una fiambrera de plástico.
—No es sólo Rosalie Hale, aunque, en mi época, una mujer como ésa nunca habría llevado la batuta. Pero hoy en día lo único que importa es el dinero. Todo el sistema se está viniendo abajo. Todas las bibliotecas están perdiendo financiación y el apoyo de los políticos, que no comprenden lo que hacemos. Luisiana perdió los fondos estatales. Las bibliotecas están cerrando, recortando personal, recortando horas. Nunca pensé que vería esto.
—¿Qué quieres decir con que Rosalie no estaría llevando la batuta?
—Ella no se ganó el puesto. Sus padres estaban en la junta. Aún hoy siguen haciendo grandes donaciones. Le compraron el trabajo.
«Interesante», pensó Bella.
—Si sólo está haciendo esto porque es un trabajo que le resultó fácil conseguir, entonces probablemente no se quede mucho tiempo. Parece bastante absorta en los preparativos de la boda. Quizá lo deje cuando dé el sí quiero.
—Como te he dicho, la gente como Rosalie Hale sólo es parte del problema. Todo el futuro de las bibliotecas en este país está en peligro.
—No hablas en serio. —Elizabeth asintió con añoranza.
—Por desgracia, sí.
Bella sintió que el bolso le vibraba. Cogió el teléfono.
Te examinaré después de la reunión de los Lions, a la una. Espero que hayas seguido mis instrucciones y lleves contigo la cajita negra.
Volvió a meter el teléfono en el bolso. ¿Por qué no le había informado Rosalie sobre la reunión? ¿O se lo había dicho y lo había olvidado? No era propio de ella olvidar algo así, pero en vista de lo distraída que estaba últimamente, no lo descartaba del todo. No supo qué hacer. Si iba a la reunión cuando se suponía que no debía ir, Rosalie se enfadaría. Pero si se perdía la reunión cuando debería estar allí, sería incluso peor.
—Tengo que volver al trabajo —dijo.
Metió lo que le quedaba de sándwich en la bolsa de papel y se sacudió las manos.
—No pretendía asustarte —se disculpó Elizabeth.
—No, no es eso. Acabo de enterarme de que tengo una reunión y Rosalie no me lo ha dicho. No sé qué está pasando.
La anciana asintió con la cabeza, como diciendo: «¿Lo ves? Ya te lo he dicho».
Mientras subía la escalera, Bella recordó que Edward mencionaba en su mensaje no sólo que había una reunión, sino también cómo debía prepararse para ella. Se detuvo y abrió el bolso, buscó la cajita negra casi segura de que la llevaba, pero durante un momento de infarto, no estuvo segura del todo. Cuando sus dedos se cerraron sobre ella, suspiró aliviada.
Al notar el ambiente frío del vestíbulo por el aire acondicionado, se le puso la piel de gallina. Con un estremecimiento, pensó en el secreto que sólo Edward y ella compartirían durante la reunión y, con la cajita aún en la mano, sonrió.
Bella entró en la Sala de Juntas y cuando Rosalie alzó la vista con manifiesta irritación, supo que había cometido un error al asistir a la reunión, pero ya era demasiado tarde para echarse atrás. Sin saber dónde sentarse, ocupó un sitio dos sillas más allá de su jefa.
Recorrió la sala con la mirada, pero no vio a Edward. Se movió incómoda en el asiento, el dilatador de metal que llevaba puesto hacía que fuera improbable que pudiera permanecer sentada durante toda la reunión. Aún no podía creer lo que acababa de hacer. Se había encerrado en un retrete, se había bajado las bragas y se había metido despacio el objeto en el culo. Dejando a un lado su aprensión mental, el acto físico había sido sorprendentemente fácil.
—Rosalie quiere que te sientes a su lado —le dijo Lesley Byrd, uno de los miembros más veteranos de la junta.
—De acuerdo —asintió Bella.
Se levantó y se cambió de sitio. Rosalie la observó con mirada asesina. Cuando se sentó a su lado, se inclinó hacia ella y siseó:
—No te he invitado a esta reunión.
—Lo siento. Me he enterado de que había reunión y creía que quizá lo había olvidado. No sabía qué hacer. He pensado que lo mejor sería venir por si acaso.
Justo en ese momento, Edward entró en la sala. Bella sintió que el ano se le contraía de manera automática alrededor del dilatador. La miró directamente y el hecho de que él supiera lo que estaba sucediendo dentro de sus bragas hizo que se sintiera muy excitada. Rosalie quedó olvidada y la molestia física también, en esos momentos estaba atrapada en su jueguecito con Edward. Ese mundo, su mundo de sombras con él, tomó el poder.
—La de hoy será una reunión breve —anunció él, de pie en la cabecera de la mesa—. Sabéis que tenéis diez días para darme vuestro voto para los nominados al premio, así que estamos en un compás de espera. Pero Lesley necesita hablaros de las recaudaciones de fondos para el invierno. Lesley, son todo tuyos.
El hombre le dedicó una amplia sonrisa.
—Gracias, Edward.
Miró su cuaderno de notas antes de lanzarse a enumerar su lista de puntos importantes para la recaudación de invierno. Sus palabras se convirtieron en un sonido de fondo. En lo único que Bella podía pensar era en la presión que sentía en el culo, en eso y en el esfuerzo colosal que tenía que hacer para no mirar a Edward mientras sentía en todo momento cómo Rosalie la vigilaba con atención.
Como si estuviera esclavizada por la pequeña pieza de metal en su interior, su mente seguía absorta en la noche anterior. Imaginó los dedos de Edward en su clítoris, cómo los había movido en sintonía con el duro objeto en el culo, para hacer que su cuerpo alcanzara un estado de exquisita sensibilidad. Pensó en cómo se sintió cuando le sacó el dilatador y que faltaban pocos minutos para que volviera a sentir ese dulce alivio.
Cuando oyó que Lesley decía «Y finalmente...», se permitió mirar a Edward, pero él estaba escuchando al hombre con aparente concentración. Observó cómo sus manos se apoyaban sobre un cuaderno de notas y se removió.
Cuando todo el mundo se levantó y cogió sus notas, Bella supo que la reunión había terminado. Al levantarse, sintió que la presión en el culo cambiaba.
—Vuelve al mostrador de devoluciones —le ordenó Rosalie—. No más pérdidas de tiempo hoy.
Bella se sobresaltó.
—¿Qué? —se entretuvo buscando a Edward con la vista.
—Necesito que me dejes a Bella durante unos minutos —comentó él y ella se dio cuenta de que lo tenían justo detrás, mientras el resto de los miembros del consejo se dirigían a la puerta.
—De eso nada —respondió Rosalie sin ningún rastro de la habitual jocosidad con que se dirigía a él—. Ya le has robado bastante tiempo. Es una empleada remunerada, no una voluntaria.
—No te lo estoy pidiendo —replicó tan bajo que casi fue un susurro.
Bella vio que, durante un fugaz momento, algo sobrevolaba por el rostro de Rosalie, algo complicado e indescifrable.
Tras fulminarla a ella con la mirada, su jefa se marchó. Bella miró a Edward de manera inquisitiva, pero él estaba ocupado haciendo salir a los últimos rezagados. Luego cerró la puerta con llave.
—Quizá debería irme...
Sin mediar palabra, atravesó la sala y la hizo inclinarse sobre la mesa. Le desabrochó la falda y la tiró al suelo, luego le bajó las bragas hasta los tobillos.
—Abre las piernas —le ordenó con voz llena de deseo.
En ese instante, Rosalie y todo lo demás quedó olvidado. Bella obedeció y fue premiada con la ardiente sensación del dilatador al ser retirado. Sin embargo, su ausencia la dejó anhelante, deseosa de que volvieran a llenarla. Edward la mantuvo en esa postura, le deslizó una mano por debajo y le acarició el clítoris con el pulgar. Bella se mordió el labio para evitar gemir y entonces él dejó de tocarla. Siguió con una mano apoyada en la parte baja de su espalda. Ella se retorció apenas capaz de estarse quieta. Oyó un sonido, pero se sentía desorientada por la necesidad de disfrutar de la presión de sus manos sobre la piel, en su interior. Justo cuando creía que no podría soportarlo más, le abrió las piernas aún más con las palmas y, con una rápida embestida, la llenó por completo.
—¡Oh! —gritó, mientras intentaba aferrarse a la mesa.
Edward se quedó quieto unos segundos, mientras su inflamada erección la dilataba. Luego, despacio, la embistió una y otra vez mientras la sujetaba por las caderas. Bella sintió que se perdía en ese ritmo, se olvidó de dónde estaba, incapaz de pensar en nada más que en la presión que le aumentaba en la pelvis. Empezó a gemir de manera incontrolada y si hubiera estado mínimamente en sus cabales le habría preocupado que alguien la oyera. Pero todas las terminaciones nerviosas en su cuerpo estaban centradas en el placer. Cuando le llegó el orgasmo, la sacudió como una convulsión.
Las fuertes manos de Edward la sujetaron en esa postura hasta que acabó y, entonces, para su sorpresa, salió despacio de ella y la hizo volverse.
—Chúpamela —le ordenó.
La palabra fue impactante y excitante y Bella se arrodilló sin vacilar. Se metió su pene en la boca, sorprendida por el sabor ácido de sus propios fluidos. Aun así, no dejó que eso la detuviera y movió la lengua por todo su miembro, envolviéndolo con la boca, repitiendo la secuencia hasta que le arrancó un gemido.
Edward retrocedió.
—Levántate —le ordenó con voz dura.
La ayudó a ponerse de pie y la subió a la mesa, boca arriba. Le abrió las piernas con la rodilla y se subió encima de ella. Se hundió en su interior con ímpetu e inició un frenético ritmo que casi fue violento.
A Bella la sorprendió descubrir que su propio placer aumentaba de nuevo, su sexo cobró vida como si lo hubieran puesto en pausa. Cuando Edward gritó y ella sintió las vibraciones de su orgasmo, una nueva oleada de placer la atravesó.
A continuación, sintió cómo se retiraba de su interior, pero no se movió hasta que él la ayudó a incorporarse con delicadeza. Vio que tenía el rostro encendido y que parecía tan juvenilmente guapo que casi se le llenaron los ojos de lágrimas. La avalancha de emociones fue mayor que cualquier experiencia física, mayor que cualquier cosa que hubiera sentido en toda su vida. Ese dar y recibir parecía no tener límites. Se preguntó si eso sería el amor. La idea la asustó.
