Elizabeth apareció en el mostrador de devoluciones a primera hora de la mañana. Bella apenas la había visto desde la revelación de lo de Rosalie durante el almuerzo, dos días antes.
—¿Cómo te va? —preguntó la mujer.
—No me va mal —contestó Bella—. ¿Comemos juntas?
—Hoy no como —la informó Elizabeth. Ella recordó que le había dicho que sólo almorzaba unas cuantas veces a la semana—. Pero quería hablar contigo un momento.
—Oh, vale. —No tenía ni idea de qué podría tratarse. Miró a su alrededor.
—Te vi saliendo de la Sala Cullen anoche —le dijo la anciana en voz baja. Ella se quedó de piedra—. Con Edward.
Bella se sintió avergonzada e intentó imaginar qué imagen le habrían dado. ¿Se estaban tocando? ¿Estaban poniéndose bien la ropa, indicando a cualquiera que pudiera estar mirando que se la habían quitado hacía poco?
—Él es el hombre al que estás viendo —continuó Elizabeth. Bella asintió.
—Estás enamorada —añadió la mujer.
Muy típico de la anciana eso de ir directa al grano. Quizá era la perspectiva de la vida propia de una persona mayor lo que le permitía comprender que el sexo era lo de menos.
—Oh, Elizabeth —exclamó Bella, a la vez que apoyaba la cabeza en las manos.
—¿Es tan grave como parece? Ella asintió sin alzar la vista.
—Conocí a su madre —comentó Elizabeth.
—¿En serio?
—Sí. Esme era una importante benefactora. Pero no sólo donó dinero, aunque aportó mucho. Estaba muy implicada. Una mujer encantadora e interesante. La echo de menos.
—Edward me dijo que murió cuando él estaba en la universidad.
—Lo adoraba. Él era el centro de su universo. Fue una gran tragedia. Un gran shock.
—¿Una tragedia? —Bella sintió que se le encogía el estómago.
Fue una premonición, como si se acercara una tormenta para la que no estaba preparada.
—Sí. ¿No te lo ha contado? Se suicidó.
Ella se quedó sin respiración. No, no sabía por qué, pero Edward no se lo había mencionado.
—¿Qué ocurrió?
Elizabeth meneó la cabeza con añoranza.
—Nunca volvió a ser la misma desde que su marido la dejó. Se fue con una joven modelo a la que conoció en el baile de máscaras del Met. Fue un gran escándalo. En todo caso, no te cuento esto porque me guste cotillear, sino porque conozco a Edward Cullen desde que era un niño. Estaba muy unido a Esme y puedo decirte por lo que he visto y oído que no se ha recuperado de su pérdida y que probablemente no sea el joven ideal para mantener una relación.
Bella asintió, sufriendo por él y dolida porque no hubiera confiado en ella. La noche de su cumpleaños había parecido que estaban compartiendo algo, pero en realidad omitió la parte más importante. La parte dolorosa. Del mismo modo que no había mencionado que había mantenido una relación con su jefa.
—¿Se supone que esto es una advertencia? —preguntó.
—Yo no diría tanto —contestó Elizabeth—. Pero me gustaría ver que tomas decisiones bien fundadas.
—No sé si hay alguna decisión que tomar.
—Creo que la habrá —comentó la mujer—. Como te he dicho, lo conozco de siempre. Creo que es una persona decente y un joven interesante. Pero lo he visto en todas las funciones benéficas; he leído sobre él en las revistas, viendo a una mujer, saliendo con otra. Es uno de los solteros más codiciados de Nueva York. Las mujeres nunca le duran mucho. Sinceramente, su madre se habría horrorizado. Pero estoy segura de que la mayoría de esas jóvenes están contentas sólo por la repercusión mediática, la diversión y el caché que les aporta haber salido con Edward Cullen. Sin embargo, creo que tú no eres una de ellas. Así que tendrás que decidir si vas a obtener lo que deseas de la relación. Si no, prepárate para dejarlo, o que te dejen.
La joven sintió un vacío en el estómago. Eso no era lo que quería oír.
—Intenté dejarlo la otra noche, pero no pude seguir adelante con ello —reconoció
—. No pude hacerlo.
—No seas demasiado dura contigo misma —la tranquilizó Elizabeth—. Puede que no fuera el momento adecuado. Yo tengo una filosofía: si no sabes qué hacer, no hagas nada.
—Vale —respondió Bella más aliviada, como si la mujer la hubiera sacado del apuro.
—Pero —añadió Elizabeth a la vez que levantaba un dedo— un día lo sabrás. Te lo dirá tu instinto. Y entonces tendrás que actuar en consecuencia.
Bella se despertó el sábado por la mañana y descubrió que ya tenía un mensaje de Edward.
Estaré ahí a mediodía.
A través de las finas cortinas de su pequeño cuarto se filtraba la luz del sol. El ventilador que tenía junto a la cama hacía poco por combatir el calor, pero no le gustaba dormir con el aire acondicionado puesto, porque siempre acababa haciendo demasiado frío.
Miró el reloj. Eran las once.
«No le llames», se dijo.
Apartó las sábanas de una patada y marcó su número. Edward cogió el teléfono al primer tono.
—No me digas que acabas de despertarte —comentó.
—Bueno... sí —reconoció sonriendo. Le encantaba el sonido de su voz, incluso cuando insinuaba que era una perezosa.
—Una actitud muy poco emprendedora por tu parte.
—Es sábado.
—Exacto. Vístete. Nos vamos de compras.
—¿Por qué?
—Necesitas ropa para esta noche.
—¿Desde cuándo me incluyes en las decisiones sobre el vestuario? —preguntó.
—Desde que me he dado cuenta de que no comprendes cuánto deseo que seas feliz —replicó.
Se quedó callada.
—¿Puedes darle a lo nuestro otra oportunidad? —preguntó Edward.
—Ni siquiera sé qué significa eso —dijo ella.
—Dame hoy y esta noche. ¿Puedes acceder a eso?
—Vale —asintió, pensando en las palabras de Elizabeth—. De acuerdo.
