La tienda de ropa estaba escondida en una calle secundaria del Village, no lejos de su apartamento. A pesar de lo cerca que quedaba de su casa, nunca se había fijado en ella. Se llamaba Guinevere y, a diferencia de las otras marcas extremadamente conocidas del distrito comercial, no había maniquíes ni ropa en el escaparate, sólo cortinas de terciopelo rojo que ocultaban el interior.
Edward le sostuvo la puerta y Bella entró. Jadeó. La tienda era de estilo rococó, además punk y con algo de Alicia en el País de las Maravillas. Lo único que faltó fue que espolvorearan una pizca de polvos mágicos cuando entraron.
Las paredes estaban cubiertas de murales fotográficos de mujeres de piel muy pálida, de pelo largo y suelto rubio platino o rosa claro como las nubes de azúcar, mejillas sonrosadas por el colorete y barrocos vestidos con toques punk o bien propios de los cuentos de hadas: botas de combate, corsés, alas de mariposas.
Los muebles —sillones recargados, espejos con marcos de bronce apoyados en las paredes y arañas de cristal de cinco pisos— podrían haber salido del plató de la película María Antonieta. Los vestidos, colgados de percheros intercalados entre las recargadas piezas de mobiliario, no eran vintage, sino interpretaciones contemporáneas de todas las fases del diseño romántico desde la era isabelina.
—¿Está Lauren? —le preguntó Edward a una de las dependientas.
La mujer era minúscula, iba vestida toda de blanco y tenía unos ojos pequeños bajo un denso flequillo cortado de forma similar al de Bella.
Cuando ésta se inclinó sobre un estante, casi tiró una taza de porcelana de bordes dorados.
—Está en la trastienda.
Edward cogió a Bella de la mano y la guió a través del laberinto de vestidos, mesas y percheros hasta la parte de atrás del local. Atravesaron otra cortina de terciopelo que daba a una estancia más pequeña. Esa sala estaba vacía, a excepción de media docena de vitrinas.
—Hola, Edward —saludó una pelirroja alta que se levantó de una butaca eduardiana tapizada en verde militar y dorado.
—Lauren —respondió él y la besó en la mejilla.
Bella intentó no sentirse celosa mientras se preguntaba si Lauren también formaba parte de la «comunidad», como él lo había llamado. Odiaba cómo empezaba a ver a todo el mundo a través de la perspectiva de qué relación tenían con Edward.
—Ésta es mi amiga Bella.
Ella lo miró pensando que «amiga» era un extraño calificativo para describir su relación. Pero ése era el problema. ¿Qué eran? ¿Amantes? ¿Colegas de bondage?
—Un placer conocerte —le dijo Lauren con una sincera sonrisa, mientras le estrechaba la mano—. ¿Y qué buscáis hoy?
—Ella necesita una máscara —respondió Edward.
Bella lo miró sorprendida. Lo primero que le vino a la cabeza fue una de esas máscaras de Halloween que se exhibían en Ricky's. Pero Lauren los guió hacia una de las vitrinas más cercanas y allí descubrió un colorido surtido de recargados antifaces propios de un baile de máscaras formal. Dorados, azul lavanda, negros, con lentejuelas, con plumas, con flecos, adornados con brocados y lazos.
—Ésa lleva doscientos cristales Swarovski incrustados —comentó la mujer al fijarse en el interés de Bella por una pieza dorada en el centro.
Sacó un llavero, abrió la vitrina y le tendió la máscara.
—Pruébatela —la animó Edward cuando vio su vacilación.
Bella lo hizo y se la deslizó por la cabeza. Él la ayudó a colocársela para que le descansara en el puente de la nariz. La sorprendió la claridad con que podía ver por los huecos de los ojos. También lo sólida que parecía, a diferencia de las máscaras de cartón que la gente sacaba en las fiestas de fin de año.
Lauren le ofreció un espejo. Bella se miró y sonrió.
—Es preciosa —exclamó.
—Ha sido fácil —comentó Edward—. No hay nada mejor que una mujer decidida. —Le dedicó una sonrisa de aprobación y ella sintió que una oleada de satisfacción la inundaba. No estaba acostumbrada a complacerlo fuera del dormitorio. Se sintió bien. Eso le hizo pensar que quizá, después de todo, había una posibilidad de que la relación adquiriera otra dimensión.
Se quitó la máscara y se la entregó a Lauren.
—¿Algo más? —preguntó ésta, mientras se dirigía a la caja, en la parte delantera de la tienda.
—Por ahora no —respondió Edward—. Pero si no encontramos lo que necesitamos en el centro, quizá volvamos.
El coche los esperaba fuera.
—¿De qué va todo esto? —preguntó Bella, a la vez que le cogía la bolsa de la mano.
—Esta noche vamos al Baile Bondage —le dijo, mientras le abría la puerta del Volvo.
Ese día conducía él y ella se sentó a su lado en el asiento del copiloto. Prefería eso a la formalidad del chófer en sus habituales salidas.
—Oh, Dios mío, ¿qué es eso?
—No es un baile de verdad. Sólo una gran fiesta —le aclaró—. Pero el bondage forma parte de ello.
Bella tragó saliva con fuerza.
—¿Estás seguro de que es una buena idea? Quiero decir, no tengo ningún problema con todo lo que hacemos, pero no puedo imaginarme estar en un lugar público...
—No es público. Es una fiesta privada. Y no había planeado ir, pero la discusión que tuvimos sobre Rosalie me hizo pensar que necesitamos un pequeño ejercicio de confianza.
—No fue una discusión exactamente... —matizó Bella.
—Está bien, un malentendido o como quieras llamarlo. —Le apretó la mano—.
Hizo que reconsiderara lo del baile. Creo que será bueno para nosotros.
—¿Estará Rosalie allí?
—No —contestó—. ¿Por qué habría de estar?
—Dijiste que ella formaba parte de la escena... o de la «comunidad», o como sea que lo llames.
—Oh, sí. Bueno, no desde que se comprometió. Su prometido es vainilla. Bella no tenía ni idea de a qué se refería. ¿Que era blanco?
—¿Yo no soy vainilla? —preguntó. Edward se rió.
—Tú eres adorable.
—No me trates con condescendencia —protestó ella, sintiéndose estúpida.
—¡No lo hago! ¿No ves que estoy loco por ti? Te despiertas por la mañana y ya he planeado nuestro día... y nuestra noche. Siempre estás en mi mente, Bella. Me has cautivado por completo. Me has poseído. Me siento bajo el hechizo de una de esas hadas mágicas de las paredes de Guinevere.
Ella se volvió para mirar por la ventanilla.
—¿Adónde vamos ahora?
—A Louboutin. ¿Cómo puedes ir a un baile sin tus zapatos de cristal? —le preguntó con un guiño.
El Jane Hotel era un centenario edificio georgiano en el lejano West Side. El ultramoderno hotel boutique, en su momento refugio para los marineros cansados del viaje, era el lugar donde se celebraba el Baile Bondage.
—Este lugar tiene mucha historia, un pasado notable —le explicó Edward.
Bella se aferraba con fuerza a su brazo, apenas capaz de caminar por las adoquinadas calles del Meat Packing District con sus nuevos zapatos de tacón Christian Louboutin. Estaba menos preocupada por caerse que por estropearlos, porque eran una magnífica obra de arte. Los tacones, de diez centímetros y de satén negro, con la típica suela roja, llevaban incrustaciones de cristales en forma de estrellas, similares a copos de nieve.
—No es el pasado lo que me preocupa —puntualizó Bella—, sino el presente. Aún no podía quitarse de la cabeza las palabras «Baile Bondage». Y no podía decir que le gustara cómo sonaban.
—Trajeron a supervivientes del Titanic a este lugar. Los mantuvieron aquí hasta que finalizaron la investigación judicial americana —le explicó Edward.
—Eso es asombroso —reconoció ella, pero tenía su propio desastre del que preocuparse.
Edward la conocía ya lo bastante bien como para percibir su ansiedad y le dio unas palmaditas en la mano que le tenía apoyada en el brazo.
—Relájate. Lo único que tienes que saber de esta noche es que nadie te tocará aparte de mí. ¿Lo entiendes?
Asintió, pero no se sintió nada reconfortada. No sabía exactamente qué la preocupaba. Quizá la idea de que otra persona la «tocara» era demasiado específica. Era una inquietud más general respecto a estar en público, estar entre personas en un acontecimiento social donde todo el mundo sabía que el tema de fondo de la noche era su particular tipo de sexualidad. Aunque se quedaran allí de pie bebiendo vino y comiendo taquitos de queso, todos lo sabrían. Aquello no era simplemente un jueguecito privado entre Edward y ella. Esa noche era de verdad.
Y aún estaba pensando en la conversación con Elizabeth.
Edward la cogió de la mano, subieron la escalera del hotel y se detuvieron ante la puerta.
—Ponte la máscara —le dijo.
La había estado sujetando desde que habían salido del coche y casi se había olvidado de ella, aunque la llevaba bajo el brazo, porque era demasiado grande para que cupiera en su diminuto bolso de mano.
Él la ayudó a colocársela y luego se puso la suya, una totalmente negra. Llevaba un esmoquin también negro. Bella iba asimismo de ese color, con un asombroso conjunto de Morgane Le Fay que era más un disfraz que un vestido. Estaba compuesto por un top de satén y organza que se entrecruzaba por delante y se ceñía a la cintura con un lazo negro. La falda era de aro modificada, con una media sección en tul opaco que hacía necesario un pequeño forro de seda. Si había algo que le serviría de consuelo era que no se sentía en absoluto ella misma. Pasara lo que pasase, podría fingir que estaba interpretando un papel.
Entró con la mano aferrada al brazo de Edward. El vestíbulo era pequeño, con techos altos decorados con plantas de grandes hojas en macetas, la cabeza de un alce americano en la pared, una lámpara de araña y un antiguo mostrador de recepción de madera con un botones ataviado de modo formal, que incluía un chaleco granate y una gorra a juego. Bella se sintió como si estuviera en una película de Stanley Kubrick.
—Buenas noches —los saludó el botones.
Edward le entregó una especie de tarjeta negra, como una tarjeta de crédito. El chico comprobó una lista con ella y luego se la devolvió.
—Encontrará las normas para jugar en el salón. Disfrute de la noche, señor Cullen.
Edward guió a Bella por el vestíbulo hasta un pequeño bar, decorado con madera oscura y poca luz. Estaba bordeado por un largo sofá.
Una mujer alta con un brillante vestido plateado se acercó a ellos en medio de la estancia. Llevaba una máscara morada adornada con plumas verdes y ribeteada con lentejuelas a juego. Tenía la melena rubia recogida en un elaborado moño alto y los labios pintados de violeta.
—Bienvenidos, amigos —los saludó—. Diríjanse al salón de baile. Les recuerdo que todas las habitaciones del hotel están disponibles para uso de los invitados. Encontrarán atrezo y artículos de tocador en todas ellas. Pueden usarlo como deseen. Pero las puertas deben permanecer abiertas en todo momento. Cualquier violación de esa norma dará lugar a su expulsión del edificio.
Edward asintió y Bella lo miró inquisitivamente. Si él se percató su mirada, no se dio por enterado. En lugar de eso, la cogió de la mano y la guió hasta el salón de baile.
