El salón de baile —si se lo podía llamar así— era más similar al salón de una decadente mansión propiedad de una familia fabulosamente rica de gustos fastuosos y excéntricos. Si hubiera que describir el ambiente con una sola palabra, podría definirse como «victoriano», aunque ese término no sería muy preciso. La enorme estancia tenía techos con paneles, cornisas vintage, descoloridas alfombras persas, una enorme chimenea y especímenes de taxidermia; por encima de todo aquello, colgaba una gigantesca bola de discoteca. Había sofás de terciopelo dorados y granates, antiguas mesas de madera, sillas tapizadas de cebra, grandes plantas en macetas, arañas y ventanales que iban del techo al suelo, cubiertos por cortinas de terciopelo.
Y en ese telón de fondo de descolorida gloria cuidadosamente ideada, hombres y mujeres vestidos de etiqueta se relacionaban y bailaban al son de un DJ que pinchaba la canción de Edwyne Collins A girl like you.
Había un palco y a Bella le entraron ganas de subir para tener una vista panorámica de la estancia.
Un hombre se les acercó. Llevaba un traje de terciopelo rojo, el pelo negro peinado hacia atrás y una máscara en forma de pico.
—¿Participaréis en la búsqueda del tesoro de medianoche? —preguntó—. Si os interesa, hay una hoja de inscripción junto a la cabina del DJ.
—No, gracias —respondió Edward.
A Bella le gustaban las búsquedas del tesoro y la idea de que se hiciera una a medianoche, con un disfraz así, le pareció fascinante.
—¿Estás seguro de que no quieres participar? —le preguntó a Edward.
—Sí, es sólo un ejercicio para ayudar a la gente a establecer vínculos y que así puedan pasar a actividades más... íntimas a lo largo de la velada. Nosotros no necesitamos eso.
La distrajo la imagen de un hombre con esmoquin seguido por otra persona —era imposible saber si era hombre o mujer— que andaba a cuatro patas, cubierto de pies a cabeza con un traje negro de látex.
—¿Cómo puede alguien respirar con eso? —preguntó, estremeciéndose. Parecía algo poco natural e incómodo y le resultó perturbador.
—Estoy seguro de que hay agujeros para el aire. Bueno, no estoy seguro. El látex no es lo mío —comentó él.
A pesar de que se esforzó al máximo por no hacerlo, Bella se descubrió siguiendo con la mirada a la extraña pareja.
—Vamos arriba —sugirió Edward.
Ella lo siguió a través de una puerta tapizada en piel con incrustaciones de bronce. Cogieron un ascensor hasta el segundo piso y recorrieron un estrecho pasillo revestido de madera. Como ya les habían explicado, todas las puertas de las habitaciones estaban abiertas de par en par.
Bella miró hacia el interior de una y, de inmediato, apartó la vista. La puerta abierta reveló a una mujer desnuda en una cama individual, atada con un elaborado sistema de cuerdas que la mantenía tumbada boca abajo, con las manos y los pies unidos y una mordaza de bola en la boca. Tenía el culo cubierto de verdugones rojos.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó Bella y cogió la mano de Edward—. ¿Crees que está bien?
—Por supuesto que sí —le aseguró él.
—Alguien la ha dejado ahí... —Esa imagen le resultó perturbadora, pero se dijo que era una especie de representación, como una de las fotos bondage del libro de Bettie Page.
—Bella —le dijo Edward—, intenta recordar dónde estás. Y, ante todo, confía en mí.
Se cruzaron con otra pareja por el pasillo. La mujer iba vestida de blanco, con un vestido que le llegaba hasta el suelo. El hombre llevaba unos pantalones de esmoquin, sin camisa, y un collar de piel sujeto a una correa. Tenía las manos a la espalda, claramente atadas, esposadas o sujetas de algún modo. Aunque los dos llevaban máscara, había algo vagamente familiar en ellos. Bella tuvo la clara impresión de que los había visto antes, que eran celebridades de algún tipo.
Edward encontró una habitación libre y le indicó que entrara. La estancia era diminuta, como el camarote de un barco. Tenía una cama individual, una televisión de pantalla plana y una mesa llena con un inquietante surtido de objetos bondage: látigos, cepos, mordazas, vendas para los ojos, cajas de juguetes sexuales sin abrir y un cuenco lleno de condones.
—Esto me parece una mala idea —comentó ella.
—Confía, Bella. Ahora quítate la falda.
Lo miró, pero sus ojos se veían fríos y decididos. Estaba en plan autoritario y sabía que no le serviría de nada discutir con él. De todos modos, no le importaba quitarse la falda de aro, porque aún llevaba la otra de seda debajo. Pero ése sería su límite, hasta ahí llegaría.
Se desabrochó la falda y dio un paso para salir de ella. Edward apartó la prenda a un lado.
—Arrodíllate delante de la cama —le ordenó.
Ella lo hizo y Edward le quitó la máscara para sustituirla por una venda. A Bella se le aceleró el corazón.
—Las manos a la espalda.
Sintió la cuerda alrededor de las muñecas y él se la apretó con fuerza. Era menos incómodo que las esposas que usaba en su apartamento.
—Levántate —le ordenó. La ayudó a ponerse de pie—. Ahora túmbate en la cama boca abajo. —La ayudó a colocarse en la postura, con la cabeza hacia un lado para que pudiera respirar.
Entonces sintió que le bajaba la cremallera de la minifalda de seda.
—Esto no es una buena id...
—No vuelvas a hablar hasta que salgamos de esta habitación —la interrumpió él.
Edward tiró de la prenda y ella levantó las caderas, obediente, para dejar que se la bajara por los muslos, las rodillas y los pies. De ese modo, quedó expuesta de cintura para abajo. Sólo con la ropa interior de encaje negro.
Oyó los pasos de Edward que se alejaban.
—¿Adónde vas? —preguntó.
El látigo le respondió con un restallido de dolor en los muslos.
—He dicho que no hables. Confía, Bella.
Se estremeció de dolor y se sumergió en la fantasía de sus dedos abriéndole el sexo, porque sólo esa dulce presión o la de su lengua en el clítoris detendría el dolor.
No se oyeron más sonidos en la habitación. Oyó a gente que iba y venía por el pasillo y se avergonzó al saber que se asomarían y la mirarían, igual que ella había visto a aquella mujer atada en la primera habitación. Su único consuelo era su anonimato y que no estaba desnuda. Todavía.
Lo cierto era que no sabía si Edward estaba allí esperando antes de quitarle más ropa o si se había ido para disfrutar de la fiesta en el piso de abajo. Tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no llamarlo. Empezaban a dolerle los brazos y las cuerdas ya se le clavaban en las muñecas. Se dio cuenta de que se estaba retorciendo y que le dolería menos si se quedaba totalmente inmóvil. Intentó no dejarse llevar por el pánico. Pensó en lo que él no había dejado de repetirle sobre esa noche: confianza. No la dejaría allí sin más, al menos, no durante demasiado tiempo.
Podía oír la música abajo. Florence and the Machine. Intentó dejarse llevar por ella, imaginar que estaba en otro lugar. Pero todos sus pensamientos se volvían sexuales. Imaginó que le destapaban los ojos y el duro miembro de Edward estaba ahí, en el borde de sus labios. Podría sacar la lengua y sentir su cálido sabor salado, inflamado y palpitante por ella...
Oyó unos pasos que entraban en la habitación. El corazón se le aceleró a un ritmo frenético. Deseaba llamarlo, decir su nombre, asegurarse de que era él, pero sabía que no podía hacerlo. Entonces sintió que unas manos le acariciaban el trasero, que se movían levemente sobre el encaje de las bragas. ¿Eran las caricias de Edward? No lo sabía y ese pensamiento la horrorizó. Entonces recordó lo que le había dicho justo antes de que entraran en el hotel: «Lo único que tienes que saber de esta noche es que nadie te tocará aparte de mí».
El recuerdo de ese comentario fue lo único que evitó que gritara cuando la mano ascendió entre las piernas, se deslizó por debajo de la ropa interior y un dedo le acarició levemente los labios del sexo. El corazón le latía tan de prisa que tuvo miedo de dejar de respirar.
«Y ante todo, confía en mí.
»Confía, Bella.»
El dedo se sumergió en su interior. Sin duda le gustó. Sin embargo, no había nada identificable en ese contacto. Entraba, salía. Su mente se aferró al miedo de que fuera un desconocido, pero su cuerpo la traicionó y se movió con la mano, ávido de un orgasmo. Aunque sólo pudo llegar hasta ahí, porque siguió esperando alguna pista que le confirmara que era Edward. Y cuando no pasó nada en ese sentido, su mente venció y su cuerpo se paralizó.
Las caricias se detuvieron. Su ropa interior volvió a su sitio mientras le palpitaban las entrañas, ávidas de una satisfacción. Tuvo miedo de que aquella persona se marchara y la dejara sola preguntándose quién la había estado tocando. No podría soportarlo. Se mordió el labio para evitar llamar a Edward.
Justo cuando pensó que perdería la cabeza... que rompería el silencio y mostraría, por tanto, una falta de confianza, sintió que le destapaban los ojos. Los abrió y se encontró con Edward de rodillas junto a la cama, mirándola con ojos escrutadores e intensos. Sintió tal alivio, tal liberación tras la tensión, que empezó a llorar.
—Bella, no llores. Te he dicho que nadie te tocaría aparte de mí. ¿No me has creído?
Le desató los brazos y ella se incorporó despacio, mientras se frotaba las muñecas.
—Sí... pero ¿cómo podía saberlo seguro? Y sólo pensar que había gente que pasaba... que me miraba.
En esos momentos estaba sentada y miraba con recelo la puerta. Edward se levantó y la cerró.
—Tendremos problemas —le advirtió.
—Chist... tienes que calmarte —le dijo él. Se sentó a su lado y la rodeó con un brazo—. No pretendía disgustarte. Me gusta experimentar con los límites. Eso... puede unir más a las personas. Intensifica las cosas.
—Está bien —convino. Y lo decía en serio.
—¿Quieres marcharte? —le preguntó.
—Sí —contestó. Y también lo decía en serio.
