Bella no tenía ninguna prisa por acabar de trabajar. Miró el reloj, vio que eran las seis y diez y apenas pudo encontrar fuerzas suficientes para moverse.
—Bueno, es fantástico tenerte de vuelta, Swan. Pero yo me largo —le dijo Jacob a la vez que lanzaba un último libro sobre su mesa.
—Que tengas una buena noche —se despidió Bella.
—Seguro que la tendré —le respondió el chico con una amplia sonrisa.
—¿Oh? ¿Una cita interesante?
—Podría decirse que sí. ¿Por qué te quedas? ¿Vas a ayudar con el ensayo?
—¿Qué ensayo?
—Rosalie va a organizar el lugar para la gala. Una especie de ensayo general.
Pensaba que quizá te había liado para que ayudaras.
—Oh, Dios, aún no. Pero gracias por avisarme. —Metió apresuradamente las cosas en el bolso y anunció—: Me iré contigo.
Bajaron la escalera hasta el vestíbulo de entrada y notaron un anticipo del calor y la humedad que los esperaba fuera.
Había gente sentada en ella, aunque menos que a la hora punta de la comida. La acera de la Quinta Avenida estaba atestada de transeúntes que corrían hacia Grand Central Station y Bella sintió pavor por el caluroso trayecto en metro que la aguardaba.
—Hasta luego, Swan —le gritó Jacob, mientras se desviaba hacia el sur.
Estaba a punto de decirle adiós, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta cuando vio el Volvo negro aparcado al otro lado de la calle.
«Puedes limitarte a girar hacia la izquierda, hacia la estación de metro», se dijo. Y eso fue lo que hizo. Por desgracia, Edward la conocía lo bastante bien como para saber adónde se dirigía. Y con sus largas piernas llegó hasta allí antes que ella y la interceptó en la esquina de la Cuarenta y dos con la Quinta.
—No contestas al teléfono —le dijo, colocándose justo delante de ella y bloqueándole el paso.
Bella no se permitió mirarlo a los ojos. Si lo hacía, estaría perdida.
—¿Te refieres a éste? —preguntó, a la vez que sacaba el iPhone del bolso y se lo entregaba.
No lo había encendido en tres días. Edward se negó a cogerlo.
—¿Puedes hablar conmigo un minuto? —le preguntó.
Bella sabía que debería seguir andando, pero en lugar de eso alzó la mirada hacia él. La visión de aquellos aterciopelados ojos negros y aquella boca tan masculina la afectó de tal manera que se quedó petrificada, incapaz de moverse.
Edward interpretó su silencio como un sí.
—¿En el coche? —volvió a preguntar.
—No voy a subir al coche.
Miró a su alrededor, claramente incómodo.
—Va a ser difícil hablar aquí.
Como subrayando que tenía razón, un hombre con traje golpeó a Bella con su maletín.
—Me arriesgaré a ser arrollada por la gente —contestó ella.
—Habla por ti misma —comentó él con una leve sonrisa.
Algo se removió en su interior. Lo amaba, que Dios la ayudara pero mantuvo su expresión impasible.
Edward volvió a mirar a su alrededor y se pasó la mano por el pelo. Bella siguió su mirada hasta el otro lado de la calle y vio que su chófer había dado la vuelta a la manzana y en esos momentos estaba parado en la calle Cuarenta y dos entre Madison y la Quinta.
—Bien —cedió él—. Tú ganas. Lo haremos aquí.
La cogió por el codo y la acercó al edificio. Ella se apoyó en un escaparate y lo miró expectante.
—Mi padre dejó a mi madre por una modelo de veinte años, una chica que tenía tres años más que yo. Al principio, la odié, pero al final pactamos una tregua y nos hicimos amigos. Me llevaba a las sesiones fotográficas y ahí es donde me interesé por la fotografía. Me dejó practicar con ella. Pero al final dejó a mi padre, irónicamente por un fotógrafo. Para entonces, el daño ya estaba hecho y mi madre, que nunca se recuperó de la aventura de mi padre y del divorcio, se suicidó.
—¿Quién era la modelo? —preguntó Bella, mientras las imágenes de la exposición de Edward en la galería inundaban su mente como una oleada no deseada. Y supo cuál era la respuesta.
—Tanya Denali.
Las palabras que confirmaban sus peores inseguridades sobre su relación fueron como un balazo. El suyo era un mundo que la superaba y su interés por ella no podía ser más que una distracción pasajera.
—Aprecio… la… información. De verdad. Ojalá me hubieras contado estas cosas en un momento en el que podríamos haber estado sentados en la cama hablando durante horas, conociéndonos mutuamente. Pero ahora ya no sé qué se supone que debo hacer con ella.
Los taxis pitaban, la gente seguía pasando junto a ellos y el calor y la humedad le pesaban como si fueran un manto. Pero Bella no deseaba moverse; no quería que él se fuera y, sin duda, no deseaba regresar en metro a su apartamento para pasarse otra noche anhelándolo. ¿A quién quería engañar al pensar que quedándose fuera del coche iba a evitar que su resolución e indiferencia cayeran como piezas de dominó?
—Sigamos hablando. Cena conmigo.
Ella no deseaba cenar. Deseaba sentir el dulce ardor de la cuerda alrededor de las muñecas, el frío aire de la habitación que nunca había visto, el intenso dolor en los muslos, el explosivo alivio de su miembro entre las piernas.
Se dio la vuelta y caminó hacia la entrada de la estación.
—Espera. —Edward la cogió del brazo y ella le permitió detenerla—. No quieres hacer esto más, de acuerdo. Tengo que aceptarlo. Pero no me rechaces como si hubiera hecho algo malo. Nunca te he mentido. No te he dejado. Estás enfadada porque crees que no puedo darte lo que quieres.
—¿Puedes?
—No lo sé —reconoció. Parecía incluso más triste al admitirlo de lo que ella se había sentido en los últimos días al darse cuenta—. Pero he venido aquí para hablar contigo porque quiero intentarlo.
—Intentarlo ¿cómo?
—No lo sé —repitió—. Creía que habías dicho que querías hablar.
—No es tan fácil —protestó Bella—. Yo también estoy pensando que quizá yo no puedo darte lo que tú quieres.
—Me lo das.
—Por ahora —matizó ella.
—¿Es por lo de fotografiarte?
Bella se mordió el labio, odiando tener que reconocerlo incluso para sí misma.
—¿Puedes decirme que no te importa? ¿Qué puedes estar con una mujer que no tiene interés en ser tu musa?
—Pero ahí es donde te equivocas, Bella. Tú eres mi musa, lo eres. Pienso en ti cada vez que hago una foto. Te veo en todas las caras, en todos los cuerpos que fotografío. El número de octubre de Wdebería llevar tu nombre en la portada. Lo único que te pido es que me dejes ver qué pasa cuando pongo a la mujer que de verdad me inspira delante de la cámara.
Ella pensó en las imágenes en blanco y negro de las paredes de su apartamento, mujeres con cuerdas, bajo el látigo, desnudas e inmortalizadas en un momento de deshumanización de Edward.
—No puedo —repitió.
—Has confiado en mí en todos los sentidos. Apenas has vacilado. ¿Y vas a salir huyendo porque te da miedo que te fotografíe?
—Suena mal cuando lo dices así.
«Límite infranqueable», pensó.
Se dio la vuelta y entró corriendo en la estación de metro.
El rostro de Bella era un desastre, estaba hinchado y lleno de lágrimas cuando metió la llave en la puerta de su apartamento. Llorar en el metro debía de ser una nueva forma de tocar fondo. O quizá una mujer no era una verdadera neoyorquina si no se derrumbaba totalmente en el metro en plena hora punta.
Entró en el apartamento y se consoló pensando que el refugio de su dormitorio estaba a segundos de distancia.
—¿Dónde has estado? —preguntó Alice, surgiendo ante ella como si fuera una aparición excepcionalmente bien vestida.
Llevaba el pelo rubio recogido en un descuidado moño en la nuca y un vestido veraniego amarillo que le quedaba perfecto con su leve bronceado. Se había puesto brillo de labios y el suficiente colorete como para darle a sus mejillas un brillo sonrosado. Pero ninguna de estas cosas era el motivo por el que Alice estaba más guapa que nunca. Bella se dio cuenta de que no era el bronceado, ni el maquillaje perfecto o el vestido. Era porque, por primera vez desde que Bella la conocía, Alice Brandon parecía verdaderamente feliz.
—Donde siempre estoy hasta las seis, trabajando —replicó.
Entonces se percató de que no estaba sola en el apartamento. Un joven se levantó de un salto del sofá. Tenía el pelo rubio rojizo y hoyuelos. Llevaba una camiseta de Dartmouth y unos pantalones caqui y la saludó con una cálida sonrisa. Más que guapo era mono.
—Hey, Bella. Me alegro de conocerte al fin. Soy Jasper Whitlock.
—¿Tú eres... Jasper? —preguntó ella. ¿Aquél era el rompecorazones? ¿El hombre que había convertido a Alice en un mar de lágrimas durante días y días?
—Te hemos estado esperando —intervino Alice, mientras cogía de la mano a Jasper.
Bella no sabía cómo, en el transcurso de una tarde, Jasper se las había arreglado para aparecer en la vida de Alice y estar en su salón como si él hubiera estado ahí desde siempre y ella fuera la visita. ¿Había vivido tan absorta con su propio drama con Edward que no se había enterado de que su compañera había —¿cómo lo habría planteado ella?— cerrado su trato con Jasper?
—Hemos quedado con un amigo de Jasper, Peter, para tomar algo, y queremos que nos acompañes.
Oh, Dios, ¿una cita a ciegas? Alice debía de estar obnubilada por su nube de amor, porque era evidente que no se había dado cuenta de que Bella apenas estaba en condiciones de cepillarse los dientes e irse a la cama.
—En otro momento —dijo ella—. Encantada de conocerte —le masculló a Jasper. Pero Alice no iba a rendirse tan fácilmente. La siguió hasta su dormitorio.
—Eh —le dijo, a la vez que cerraba la puerta a su espalda—. ¿Por qué no sales con nosotros?
Bella tiró el bolso Chanel sobre la cama. Deseó tener su viejo bolso Old Navy. No podía soportar ver la reluciente piel negra con las C doradas entrelazadas. Era como llevar a Edward al hombro.
—¿Por qué no me dijiste que habías vuelto con Jasper? ¿Sólo nos contamos las malas noticias? ¿Es así como funciona?
—Quería decírtelo, pero no has estado muy receptiva estos últimos días.
Bella pensó en su consumo de cereales encerrada en su habitación, en cómo se había acostado a las nueve en punto para poder escapar de su desgracia y se despertaba al día siguiente lo más tarde posible para salir corriendo al trabajo.
—Supongo que tienes razón. Lo siento. ¿Y qué ha pasado? —Alice le señaló el salón, donde Jasper estaba esperando.
—Éste no es el mejor momento para hablar de ello, así que, para resumir una larga historia, te diré que no hemos resuelto todos nuestros problemas. Pero hemos encontrado un modo de llegar a un término medio.
Bella asintió.
—Bueno, me alegro por ti. Parece un buen chico.
—Sal con nosotros. Peter también está bien. No puedes quedarte sentada en esta habitación llorando por Edward Cullen el resto de tu vida. Tienes que seguir adelante.
Ella asintió. En su mente, lo vio mirándola en la calle Cuarenta y dos, expectante y decepcionado al mismo tiempo. Había sido más fácil pensar en seguir adelante cuando lo culpaba a él, cuando se veía a sí misma como la que lo daba todo y a Edward como el malo de la relación que no deseaba profundizar en ella. Pero sabía que él había intentado demostrarle, en un raro momento de torpeza, que intentaría darle más. Ahora era ella la que había caído en la cuenta de que había dado todo lo que podía. Y la aterrorizaba pensar que no era suficiente. Pero aquél no era momento para explicarle todo eso a Alice. Así que se limitó a decir:
—Aún no estoy preparada.
La expresión de su compañera se suavizó.
—Vale, lo entiendo. Yo he pasado por lo mismo. Pero ésta es la última vez que te permito salirte de rositas. Le diré a Peter que quieres posponerlo.
Bella dejó el bolso en el suelo, se tumbó en la cama y se acurrucó de lado. Vio el libro de Bettie Page sobre el tocador. Ya no lo quería en su habitación, pero no sabía qué hacer con él. No tenía valor para tirarlo a la basura. Quizá pudiese venderlo en la librería Strand al día siguiente.
Se levantó. Lo llevaría al salón y lo dejaría entre las revistas de moda de Alice, donde no tuviera que verlo. Se quedó escuchando en la puerta de su dormitorio. No se oía nada. Esperó unos cuanto minutos más y cuando estuvo segura de que Alice y Jasper se habían ido, cogió el libro y se dirigió al salón. Pensándolo bien, quizá lo llevara a la librería Strand esa misma noche. Sólo eran las siete y no tenía nada mejor que hacer. Se sentó en el sofá, porque decidió hojearlo una última vez. Era precioso y ella sentía debilidad por los libros hermosos. Pasó las páginas hasta la mitad, hasta el capítulo de fotografías bondage y fetichistas hechas por Irving Klaw. Recordó lo que Edward le había dicho aquella primera noche en su apartamento, que Bettie tenía algo que ninguna de las chicas de sus propias fotos tenía: «alegría».
Bella miró con atención la página que tenía ante ella. Bettie llevaba un biquini de estampado de leopardo, los brazos y las piernas esposados y una cuerda bien prieta en la boca. Pero sin duda, sus ojos se veían risueños.
«Parece que se esté divirtiendo», había dicho él. Y Bella tenía que reconocer que era cierto.
Pero no pudo evitar pensar cómo era estar realmente en esa posición, la vulnerabilidad, la sexualidad muy real de la que eso era preludio. No sabía cómo lo había hecho Bettie Page. Quizá en su vida sexual real no había sido una sumisa y eso le permitía interpretar ese papel ante la cámara. Su «alegría», su actitud juguetona, surgían porque eso era lo que todo aquello era para ella: un juego. No estaba mostrando a la cámara algo tan real que le estuviera entregando una parte de sí misma.
Pasó las páginas hasta que llegó al siguiente capítulo: Bettie con unas botas blancas, blandiendo una fusta; Bettie vestida con un corsé y unos guantes negros hasta el codo, agachada en actitud amenazadora sobre una mujer vestida con lencería, tumbada boca arriba, atada y amordazada; Bettie con liguero, medias y unas botas de plataforma que le llegaban hasta las rodillas, atadas por delante, fulminando a la cámara con la mirada, como si fuera a comerse al fotógrafo para almorzar; Bettie chasqueando un látigo.
Bella levantó la vista del libro y tuvo un subidón de adrenalina.
«No hemos resuelto todos nuestros problemas —había dicho Alice—. Pero hemos encontrado un modo de llegar a un término medio.»
Y, de repente, Bella supo qué debía hacer.
