—Ésta es una lista de la compra bastante larga —exclamó Alice, mirando la gran nota rosa que Bella había ido escribiendo a lo largo de los días.
Era sábado por la mañana y Bella no pudo evitar pensar que hacía sólo una semana había ido de compras con Edward para el Baile Bondage. Ése había sido un día que había empezado con una gran promesa y había acabado con ella cuestionándolo todo.
Esperaba que esas compras le dieran las respuestas. Siguió a Alice hacia el este, hasta la calle Christopher.
—Por eso te necesito. He pensado que podía pasarme horas en Yelp, confiando en desconocidos, o podía reclutar a mi propia gurú de la moda.
—Soy una diseñadora, no una personalshopper—gruñó Alice, pero Bella sabía que la hacía feliz embarcarse en ese proyecto—. Espero que podamos encontrarlo todo en dos sitios. ¿Y de verdad ya tienes un corsé y un liguero?
—Sí —reconoció Bella, sonrojándose.
Había escondido el corsé en el fondo del armario y no lo había mirado desde la noche en que Emily la había embutido en él, la noche en que Edward le había dado el dilatador anal.
La primera tienda se llamaba My Cross to Bare, y el escaparate estaba lleno de esbeltos maniquíes de plástico blanco ataviados con corsés, gorras de piel, botas de plataforma y esposas colgando de las manos.
Alice llamó a un pequeño timbre blanco y les abrieron la puerta. Bella vio a unas cuantas dependientas paseándose, pero ninguna parecía tener prisa por ayudarlas. Probablemente, suponían que las clientas que acudían a la tienda sabían qué querían y cómo conseguirlo.
Alice se recogió el pelo hacia atrás en una rápida e improvisada coleta, miró la lista y se puso en jarras, como si se preparara para la batalla. Luego empezó a recorrer la tienda cogiendo los objetos en cuestión: unos guantes largos de piel negros y otros blancos; un corsé de terciopelo negro con unos cierres grandes y visibles en la espalda; un látigo de mango de piel negra trenzado y tiras de piel rojas y negras; un látigo largo, espectacular y de aspecto muy poco práctico y una fusta de cuarenta y cinco centímetros.
Le entregó la pila a Bella.
—Ha sido fácil —afirmó—. Ahora, ¿puedes decirme qué vas a hacer con todo esto?
—Es mi versión de llegar a un término medio para Edward —respondió.
—No lo pillo —admitió Alice.
—Lo sé... es difícil de explicar. Yo misma estoy empezando a pillarlo. Una dependienta asiática apareció.
—¿Necesitan un probador?
—No, gracias. Nos lo llevaremos todo —respondió Alice, sonriéndole a Bella.
Cuando Edward abrió la puerta de su apartamento, Bella se dio cuenta de que, por una vez, era ella la que le daba la sorpresa.
Él sonrió y le cogió las dos bolsas de deporte de las manos.
—¿Una semana sin hablarme y ahora vas a mudarte aquí? —bromeó, claramente encantado de verla.
A diferencia del otro día en la calle, Bella lo miró inmediatamente a los ojos y en un instante supo que estaba haciendo lo correcto. Si funcionaba...
—Bueno, eso de no hablar no me está ayudando exactamente. Así que he decidido probar una táctica diferente.
Sonrió, pero en el fondo estaba temblando. ¿Y si él se negaba? ¿Y si le decía que era una idea estúpida? ¿Y si Edward no podía trabajar de ese modo?
La cogió de la mano y la llevó al salón.
—¿Y en qué tenía que ayudarte eso de no hablar exactamente? —preguntó, mientras se sentaba a su lado.
—Se suponía que tenía que ayudarme a pensar, algo que no puedo hacer con claridad cuando estoy cerca de ti. Todo se vuelve... borroso. —Incluso en ese momento, estar cerca de él la distraía. Sintió que se volvía hacia él como una planta que se inclinara hacia el sol en busca de la luz que necesitaba para la fotosíntesis—. Debía tener claro lo que quería y lo que estoy dispuesta a dar.
—Tengo que reconocer, y quizá se debe a mi inexperiencia con la intimidad emocional, que hace su aparición por mucho que me pese, que no tengo ni idea de qué está pasando.
Bella tragó saliva con fuerza.
—Bueno, creo que la semana pasada, la noche del Jane Hotel, te dije que necesitaba más de esta relación, que deseaba conocerte y tú te pusiste furioso porque yo mencioné lo que Elizabeth me había dicho. Y quizá eso fue culpa mía. Fue un modo torpe de iniciar la conversación. Pero entonces, tú dejaste claro que no estabas interesado en tener una relación de ese tipo. Y a los dos nos pareció que aquello era el fin.
Edward asintió.
—Pero luego...
—Sí, lo sé —lo interrumpió rápidamente—. Fuiste a verme después del trabajo para intentar hablar y yo dije... Bueno, no recuerdo exactamente qué dije.
—Deja que te parafrasee: «Muy poco y muy tarde» —comentó Edward, pero la
miraba con afecto.
—Sí... algo así. Aunque creo que lo que me asustó fue darme cuenta de que si tú lo intentabas, yo también tendría que intentarlo. Y me pediste que posara para ti y eso me obligó a decirte que no, justo cuando tú me estabas diciendo que sí a mí... y me sentí acorralada. O dispuesta a que esto fracasara y yo no quiero ser quien lo estropee.
Sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Parpadeó rápidamente para contenerlas, pero se le escaparon de todos modos. Edward alargó la mano y le enjugó las que le caían por las mejillas.
—No estás estropeando nada, Bella.
—Quizá «estropear» es una palabra demasiado fuerte. Lo estoy limitando.
—Todo el mundo tiene límites. ¿No hablamos de eso desde el principio? Ella asintió.
Él la rodeó con un brazo y se quedaron sentados en silencio durante unos cuantos minutos.
—¿Bella? —le preguntó en voz baja.
—¿Sí?
—¿Qué hay en las bolsas?
—Ah, sí. Por eso he venido. He cambiado de opinión: quiero que me fotografíes.
Edward la miró como si esperara el remate de la broma. Entonces, al darse cuenta de que hablaba en serio, negó con la cabeza, despacio.
—Aprecio ese gesto, Bella. Pero yo también he estado pensando mucho desde nuestra última conversación. ¿Recuerdas lo que te dije sobre el BDSM y la fotografía?
¿Lo que tenían en común?
—Creo que sí —respondió.
—Te dije que no se puede obligar a nadie a ser un verdadero sumiso ni a ponerse ante una cámara. Los resultados serían terribles. Tampoco puedes obligarte a ti misma.
Se dio cuenta de que estaba intentando sacarla del apuro. Podría echarse atrás en ese momento y podrían tener una relación física durante todo el tiempo que durara y eso sería todo. No volvería a preguntarle si podía fotografiarla. Era libre de establecer sus propios límites.
—No me estoy obligando. Quiero hacerlo. Él la miró con escepticismo.
—¿Desde cuándo?
Bella se acercó a una de las bolsas y abrió la cremallera. Sacó el libro de Bettie Page y volvió al sofá.
—Tú me diste esto —comentó mientras lo abría.
—Sí, lo recuerdo.
Pasó las páginas hasta la última parte del libro, para localizar las fotos que le gustaban.
—Podría hacer algo así.
Él le cogió el libro y se lo puso en el regazo. Miró la página, pero negó con la cabeza.
—No puedo copiar el estilo de otro —explicó—. No es así como funciona.
—No me refiero al estilo de la foto. Me refiero a cómo está ella. —Bella no entendía por qué le fallaban las palabras. Pasó las páginas hasta otra parte del libro y le mostró una foto de Bettie atada a unas vigas de madera—. Pero estas fotos no. No quiero hacer este tipo de cosas.
—¿Quieres ser dominante en las fotos? —preguntó. Bella asintió. Edward pareció considerarlo—. Pero así no es como yo te veo. No es como eres. No sería auténtico.
—¿No eres tú quien me dijo que necesitaba...? Cómo lo dijiste... ¿evolucionar? — preguntó sonriendo.
Edward la miró serio. Pasó un minuto. Ella le sostuvo la mirada. Y luego otro minuto.
—Pensaré en ello —decidió—. Pero tienes que venderme la idea de que puedes proyectar ese papel de un modo convincente. Veamos qué tienes en esas bolsas.
