37

Un simple giro de la muñeca podría marcar la diferencia entre golpear a alguien y cortarlo. Al menos, eso era lo que Edward le había dicho.

De pie en el dormitorio de él, con las botas negras altas, el corsé bien ceñido, con unos guantes negros de piel hasta el codo, Bella sostenía la fusta y se sentía poderosa, a pesar de que lo único que estaba azotando era la almohada. Volvió a golpear.

—No debes dar con la punta. Si golpeas a la persona sólo con el extremo, dejará marcas aunque no desgarres la piel —continuó Edward.

Estaba sentado en una silla de respaldo alto al otro lado de la habitación, dirigiéndola como el Francis Ford Coppola del sadomasoquismo.

Se acercó y le cogió la vara.

—¿Es de nailon o de fibra de vidrio? —preguntó.

—No tengo ni idea.

—Vale, inténtalo de nuevo. Volvió a su asiento.

Bella levantó el brazo y golpeó de nuevo la almohada.

—Mejor —dijo—. Y recuerda que la fuerza del impacto la determina la rapidez con que descienda la fusta, no cuánto músculo apliques.

—No tenía ni idea de que esto fuera tan complicado —comentó ella.

—Requiere algo de esfuerzo y reflexión —le explicó sonriente—. ¿Qué?

¿Pensabas que todo era diversión y juegos para mí?

Bella golpeó la almohada una vez más.

—No sé si has sido muy precisa en ése, podrías haberle dado más en la parte superior de los muslos que en el culo. Tienes que fijarte en eso.

Ella lo miró.

—Es una almohada. ¿Cómo puedo saber dónde está un trasero imaginario?

—Lo reconozco, este ejercicio tiene ciertas limitaciones. —Se levantó de la silla

—. Creo que es hora de que pasemos a un escenario diferente.

Bella se emocionó. Esperaba que la llevara a la Habitación para poder verla por una vez. Pero entonces se fijó en que tenía las llaves del coche en la mano.

—¿Adónde vamos?

—Haremos una salida de campo.

Si el club tenía un nombre, Bella no lo vio fuera. Dentro, estaba demasiado oscuro para ver mucho.

Se había cambiado de ropa y se había puesto algo más normal, aunque Edward le había advertido que no estaría vestida mucho tiempo. El club tenía una estricta política de «ropa interior o menos» y había que entregar la ropa en la entrada.

Bella se había mostrado reacia pero Edward le aseguró que, una vez estuviera dentro, llamaría más la atención si iba vestida que si se dejaba llevar y pasaba desapercibida entre la multitud. Tenía cierta lógica, pero aún tenía mal sabor de boca por la aventura en el Jane Hotel y no estaba por la labor de «dejarse llevar». Sin embargo, la mujer de la puerta, de unos cuarenta y cinco años, no parecía en absoluto intimidatoria y cuando le indicó a Bella que le entregara la ropa con tanta educación y naturalidad, ella cedió. No pudo evitar sonreír al ver a Edward desnudándose hasta quedarse sólo en bóxer.

—No había caído en que la política de «ropa interior o menos» te incluiría también a ti —comentó.

—Estoy por la igualdad, nena —replicó.

Aunque la noche había dado un giro inesperado, realmente se sentía ya más cerca de él. Y estaba impaciente por ponerse con la sesión fotográfica antes de que la dinámica entre ellos volviera a cambiar a una de incertidumbre o antes de que simplemente ella perdiera el valor.

Pero Edward se mantenía firme en que experimentara el papel que deseaba reflejar en las fotos. Bella se preguntó cuánto había vivido realmente Bettie y cuánto había sido simplemente interpretación.

—Si desean alquilar látigos, esposas, fustas, antifaces o cualquier otra cosa, lo encontrarán abajo a la derecha.

Bella le entregó la ropa y la mujer le dio un colorido resguardo de cartón, como el de un guardarropía.

—No tengo ningún bolsillo donde guardarlo —le dijo a Edward.

—¿Puedes recordar el número?

—Sí.

Le cogió el trozo de cartón y se lo devolvió a la mujer.

—No nos entretengamos más, vamos. Le entregó la fusta.

La cogió de la mano y bajaron una escalera. Aquello parecía unas mazmorras de lujo. La única luz que había era la de los candelabros y revelaba celdas, suelos de piedra y arcos de madera que dividían las estancias. Las piezas del mobiliario, de aspecto medieval, servían claramente como instrumentos de tortura y en las paredes había cuerdas, cadenas, ganchos y poleas.

Edward estaba en lo cierto, Bella no sentía que llamara la atención en ropa interior. Las otras personas presentes en el club la miraban con el interés pasajero de cualquiera que entra en una habitación ya ocupada o llega a una fiesta que está en pleno apogeo.

Edward la guió por la estancia. La sorprendió ver a más hombres que mujeres atados o en diversas situaciones de bondage. Su relación con Edward la había llevado a pensar automáticamente en las mujeres en el papel de sumisas, pero en el club eran la minoría.

—No vas a jugar con ningún hombre —le advirtió Edward cuando pasaron junto a dos encadenados a la pared, uno de cara y el otro de espaldas a la estancia.

El que estaba de cara tenía el pene metido en una especie de jaula de metal. Cada uno de ellos estaba en manos de una mujer que blandía una fusta y otros instrumentos de castigo.

—Por mí está bien —respondió Bella rápidamente.

Había una mujer con un picardías rojo sentada en una gran silla similar a un trono. Sus largas piernas estaban enfundadas en unas botas de piel roja y tenía a un hombre tumbado sobre el regazo con el culo al aire. Lo azotaba con una palmeta y Bella habría jurado que había oído al hombre llamarla «mami».

—Por aquí.

Edward la hizo atravesar una arcada y entrar en otra estancia. Vio a una mujer en una empalizada de madera, con los ojos tapados y desnuda de cintura para abajo. Él pareció contemplarla durante un momento, pero luego se acercó a otra tumbada boca abajo, desnuda sobre una mesa, con los brazos y las piernas sujetos por cintas. A su lado, un hombre le daba azotes con la mano. La pálida piel de la mujer mostraba ya las marcas rojas.

Edward hizo detenerse a Bella a pocos metros de la mesa.

—Observa —le dijo en voz baja, a la vez que la rodeaba con el brazo.

El hombre de la mesa volvió a bajar la mano y luego esperó un poco más para darle el siguiente golpe. La mujer gimió, no gritaba de dolor, sino que gemía extasiada. Como si percibiera que tenía público, el hombre se volvió para mirarlos. Luego, volvió a centrar la atención en la mujer de la mesa y dejó caer la mano sobre la carne con una palmada que Bella podría haber oído desde la otra estancia. Finalmente, se alejó.

—¿Adónde va? —susurró Bella.

—Nos está dando una oportunidad —respondió Edward.

—¿Una oportunidad para qué?

—Para jugar con ella.

Bella abrió unos ojos como platos, conmocionada.

—Ni hablar.

—Para eso estamos aquí —replicó.

—Pensaba que habíamos venido para observar.

—No sé qué te ha hecho pensar eso —le dijo, entregándole la fusta—. Espera aquí un segundo.

Edward se acercó a la mujer y se inclinó para decirle algo. Ella tenía el rostro vuelto hacia el otro lado y Bella no pudo saber de qué hablaban.

Luego, él se volvió hacia Bella y le indicó que se aproximara. Ella obedeció a regañadientes. De cerca, las marcas de la piel de la mujer se veían más rojas. Bella apartó la vista.

—Dice que no tiene problema en que uses la fusta —le informó Edward. Ella lo miró como si estuviera loco.

—No voy a golpear a esta mujer.

—Es para lo que está aquí —repuso él—. Y lo que es más importante, es para lo que nosotros estamos aquí. —Le acarició la cabeza y su tono cambió—. O recibe ella ahora o recibirás tú más tarde —le advirtió—. En realidad, recibirás igualmente. La cuestión es cómo de severo seré.

Bella lo miró a los ojos, aquellos oscuros ojos, y sintió la familiar agitación que se le extendía desde el estómago hasta la pelvis. Entonces se dio cuenta de que no debería sentirse mal por golpear a la mujer. Quizá ella no tuviera a un Edward y por eso iba a ese lugar, para sentir las cosas que Bella sabía que sólo una persona era capaz de darle.

Levantó la fusta y mantuvo el brazo a la altura que Edward le había enseñado. Él le señaló el trasero de la mujer, recordándole que diera a su objetivo y no le golpeara la parte posterior de los muslos, porque eso sería demasiado doloroso.

Bella vaciló antes de bajar la fusta, pero una rápida mirada a Edward le dio el valor suficiente para hacerlo. Se mordió el labio inferior y golpeó el sonrosado trasero de la mujer.

—Puedes hacerlo más fuerte —le dijo él.

Se preguntó si lo excitaba verla. Y llevada por el nuevo espíritu de su relación, más abierto y comunicativo, decidió preguntárselo:

—¿Esto te excita?

Edward negó con la cabeza.

—No. —Se acercó más a ella y le susurró—: Estoy recurriendo a todo mi autocontrol para no vendarte los ojos y atarte en ese banco de ahí. Te resistirías, pero te arrancaría las bragas y usaría la palmeta para enseñarles a estos principiantes cómo se hace realmente. Eso sí sería excitante para mí.

A Bella el corazón empezó a latirle con fuerza.

—Ahora —musitó—, quiero que golpees a esta mujer cuatro veces y luego nos iremos. Dile que cuente.

Turbada, Bella se volvió hacia la mujer.

—Cuenta —le ordenó nerviosa, intentando mantener un tono fuerte y firme. Miró a Edward y él asintió.

Bajó la fusta, no demasiado fuerte, pero sin duda con ímpetu.

—Uno —gritó la mujer con voz clara. Edward le indicó vocalizando: «Más fuerte».

Bella hizo descender la palmeta más rápido y su sonido al impactar contra la carne fue casi demasiado para ella.

—¡Dos! —gritó la mujer.

Bella continuó. El brazo empezaba a temblarle.

—Haz que se corra —le dijo Edward.

Ella lo miró desconcertada. La golpeó con más fuerza. La mujer gimió levemente, no tan fuerte como lo había hecho con el predecesor de Bella, pero aun así ya era algo.

—Tres —prosiguió la mujer, con la voz levemente más tensa.

Bella volvió a golpearla, esa vez con una fuerza que la sorprendió a ella misma.

Ésta respondió con un grito extasiado y luego clamó con voz pastosa:

—Cuatro.

Edward le cogió la fusta y la hizo subir la escalera.

Fuera se empezaba a notar más frío. Bella, aliviada por volver a estar vestida, se preguntó si había dejado atrás la parte más dura de la noche o eso aún tenía que llegar.

Se alegraba de que Edward la hubiera llevado al club, de que le hubiera dejado que experimentara por sí misma lo que era sostener la fusta. Le pareció asombroso no haber sentido la más mínima excitación en la posición de poder. Se dio cuenta de que la dinámica sexual entre Edward y ella no era algo que aceptaba para complacerlo, sino una cosa verdaderamente ajustada a sus gustos.

Por supuesto, el intenso placer que sentía con ello debería habérselo dejado ya claro. Pero hasta que no se había puesto en la otra posición no había podido estar segura. Ahora, tras haber visto quién no era, tenía una mayor conciencia de su yo sexual. E incluso, aunque resultara ilógico, saber que no era una dominatriz haría que la sesión fotográfica le resultara más fácil, porque revelaría poco de sí misma en las imágenes; estaría interpretando un papel. Su propia sexualidad seguiría siendo un delicioso secreto entre Edward y ella, y nadie más.

Sólo esperaba que él pudiera retratar a la dominatriz de un modo convincente.

Sentía un nuevo respeto por Bettie Page.

Edward cogió el teléfono.

—Ángela —dijo—. Necesito que me hagas un favor. ¿Puedes estar en mi casa en veinte minutos? Bella y yo necesitamos de tu genio.

Ella lo miró con curiosidad, pero él se limitó a guiñarle un ojo.