Edward le frotó con delicadeza la ardiente carne del trasero con las manos y luego, para su alivio, le quitó despacio el dilatador. Después sintió que le sacaba también el consolador. Y entonces no hubo nada. La ausencia de los objetos, y de sus golpes, fue casi impactante para su cuerpo. Sentía demasiado aire a su alrededor y una palpitante necesidad de que la tocara de algún modo.
Edward le liberó las manos y los pies. Podía moverse, pero curiosamente su cuerpo no estaba dispuesto a hacerlo. Se quedó totalmente inmóvil sobre la mesa, con la esperanza de que si no hacía nada, él respondiera de algún modo a la necesidad de su cuerpo.
—Ponte boca arriba —le dijo con suavidad.
Despacio, se dio la vuelta. La visión del rostro de Edward fue un bálsamo para su mente y su cuerpo anhelantes. Sus ojos recorriéndola eran un consuelo, pero sólo su contacto podría curarla. Sin duda, él lo sabía y por eso no importaba qué disfraz llevara o qué fotos tomara, al final, ella siempre se sometería a él.
—Cierra los ojos. Y mantenlos cerrados o tendré que tapártelos —le advirtió.
«Oh, no», pensó.
No sabía cuánto más podría soportar. Creía que ya había acabado.
Aun así, obedeció y cerró los ojos con fuerza. Oyó que Edward se alejaba unos pasos y luchó con toda su fuerza de voluntad contra el impulso de mirar.
Sintió que se acercaba y entonces algo suave como una pluma le rozó la clavícula. Le recorrió los pechos, le hizo cosquillas en los pezones, luego se deslizó sin prisa por el ombligo hasta que le acarició el muslo.
—Abre las piernas —le ordenó Edward.
Cuando estuvo abierta para él, aquella suavidad revoloteó sobre su sexo y le hizo cosquillas en el clítoris hasta que sintió que la pelvis se le arqueaba hacia arriba. Entonces notó la cálida caricia de su lengua que la llevó casi al clímax.
Bella gimió, alargó los brazos, tiró de él para ponerlo encima de ella, para que la follara. Pero Edward ignoró su frenética demanda y se centró sólo en seguir el rastro de la lengua con el dedo hasta que lo deslizó en su interior.
Bella se retorció contra él. Sintió el orgasmo cerca y se sorprendió bajando la mano para acariciarse el clítoris y así poder alcanzarlo, pero Edward se la apartó.
—Levántate —le indicó—. Apóyate en mí y mantén los ojos cerrados.
Le temblaban las piernas y él le rodeó la cintura con un brazo cuando sus pies descalzos tocaron el frío suelo. La guió por la habitación hasta que supo que estaba en el pasillo.
—Ahora ya puedes abrirlos —le dijo.
Bella abrió los ojos y lo vio desnudo, su miembro duro y más que preparado para ella. Edward la cogió de la mano y se la colocó sobre la erección mientras sacaba un condón. Bella movió la mano despacio y lo sintió palpitar bajo los dedos. La sorprendió descubrir cuánto deseaba tenerlo en su boca. Se arrodilló, alargó un brazo por detrás de él y lo atrajo hacia sí. Edward gimió y empujó hacia adelante, llenándole la boca más rápido de lo que había esperado. Se echó un poco hacia atrás, le pasó la lengua por toda la longitud y luego volvió a inclinarse hacia adelante para abarcarlo entero.
Edward gimió y el sonido de su placer hizo que a ella se le encogiera el estómago de excitación. Le acarició la mandíbula con la mano y empezó a entrar y salir de su boca a un ritmo extático, hasta que salió del todo y se puso el condón. La atrajo hacia él, tomando sus pechos entre las manos y besándola con fuerza. Bella sintió su miembro contra el estómago y se pegó a él. Entonces, con un rápido movimiento, Edward la cogió en brazos y la llevó hasta el dormitorio. La tumbó en la cama, donde sintió el edredón frío en la espalda. Apenas tuvo tiempo de abrir las piernas antes de que él se le colocara encima y la llenara tan repentinamente que la hizo gritar.
Su mente se deslizó a aquel espacio que sólo encontraba con él, una suspensión del pensamiento que la convertía en puro nervio, temblorosa de placer y avanzando hacia la liberación. Edward entraba y salía de su interior, redujo el ritmo y ajustó el ángulo para rozarle el clítoris con el miembro en una embestida. Bella jadeó y le clavó las uñas en el trasero, manteniéndolo en su interior mientras el orgasmo le llegaba en oleadas que hicieron que todo su cuerpo se estremeciera.
—Córrete —le murmuró a Edward a la vez que deslizaba las manos hacia arriba para acariciarle la espalda.
Él lo hizo, con el rostro hundido en su pelo y unas embestidas más rápidas y duras, hasta que su cuerpo se estremeció contra el suyo y se quedó inmóvil.
