Disclaimer: Los personajes e historia de «InuYasha» son propiedad intelectual de Rumiko Takahashi.


InuYasha

II


«InuYasha» es para Ferchita, mi amiga que hace poco conocí en Facebook. Inspiró mucho de este fic y está enfocado en nuestras largas reflexiones sobre lo que nos gusta de él y de su relación con Kagome.


Abrió los ojos de golpe y lo que divisó, fue el despejado cielo azul en donde parecía resplandecer con especial fulgor.

¿En dónde estaba?

Sentía inconsciencia hacia su ser, algo en él parecía haberse vuelto un torbellino y ahora no estaba seguro de qué hacía ahí, recostado. No se movió, solo escuchaba a los pajarillos cantar. Qué extraña sensación de paz lo estaba envolviendo.

Por un momento, pareció que no había un solo ser que le hiciera daño, que esos días de batalla en su mundo híbrido no volverían. Se encontraba recargado contra un árbol, eso lo sabía ya que podía sentir la madera en su espalda y ver las hojas moverse con el viento desde su ángulo.

¿El árbol sagrado?

El cuerpo le palpitó extrañamente y se asustó, levantándose de golpe. ¿Qué le estaba sucediendo? ¿Por qué esa sensación de extrañeza y paz a la vez?

Estaba completamente solo, la naturaleza era un espectáculo visual y por un momento sintió como si lo observara. O como si lo acompañara.

—¡InuYasha!

El sonido de voces humanas lo puso alerta y casi por inercia, buscó algo en su cintura: una espada. Su mano pasó en vano cerca de la pelvis y otra vez volvió a sentirse extraño y vacío. ¿Por qué había buscado un arma, si toda la vida se había defendido con su propio cuerpo? Con sus habilidades. Él siempre había sido InuYasha defendiéndose ante todo aquel malnacido que lo atacara por ser un medio demonio.

Esa acción volvió a llenarlo de confusión, como si no se conociera.

Sin embargo, aquella paz seguía latente en él.

—¡InuYasha!

Otra vez parecía que un grupo de personas lo estaba llamando, ¿estarían cazándolo? Pero qué iba a hacer él atacando una aldea, era absurdo. Así que la sensación de seguridad que había experimentado al despertar, solo había sido momentánea, como siempre. Los humanos también querían matarlo. Dio un par de pasos hacia el frente, mirando alerta a todos lados.

No lo matarían tan fácilmente.

—¡InuYasha!

Cuando vio de quién venía el último llamado, un extraño golpe de impresión le dio en el pecho.

—Kikyō… —susurró, perdido por completo.

Desde ahí podía ver sus mejillas rosadas y llenas de vida. Aunque su piel era pálida, no perdía el brillo que la caracterizaba. Ella venía corriendo con expresión preocupada y el resto de aldeanos se había quedado a una distancia prudencial de ellos.

—InuYasha, qué alivio —paró su carrera cuando estuvo cerca de él. Jadeaba—, estás bien. —Él asintió, con aquella misma expresión de duda—. No vuelvas a asustarnos así, en la mañana saliste corriendo mientras desayunábamos.

¿Desayunaban?

¿Juntos? ¿Había estado conviviendo con Kikyō en la mañana y para ese momento no tenía idea de lo que le estaba hablando? Empezaba a desesperarse, era como si todo lo que conocía de él se hubiera ido al infierno, como si se hubiera truncado en un sueño y ahora su vida tenía una especie de discontinuidad. Algo no le cuadraba, es como si hubiera un vacío en sus recuerdos.

De repente tenía una vida. Su anhelada vida junto a Kikyō. Entonces, ¿por qué seguía sintiéndose solo? ¿Sería una ilusión?

—Lo siento, yo…

—No te preocupes. —La vio acercarse un par de pasos, pero él retrocedió, instintivamente.

Kikyō lucía extraña, parecía feliz. No era aquella misma sacerdotisa desconfiada que pocas veces pudo estrechar entre sus brazos, ni siquiera traía un arco con flechas. Ante su reciente gesto huraño, la vio sonreír, como si ya estuviera acostumbrada a esa actitud

»—Ven pronto a casa a comer, InuYasha. —La joven mujer sonrió levemente, mientras se giraba para volver a la aldea.

—¿A casa? —Inquirió, frunciendo el ceño. ¿Eso significaba que tenía un hogar? Un hogar junto a ella.

Para este momento, Kikyō había avanzado algunos pasos ya, así que la vio girarse de pronto. Por un momento muy corto, nadie más existió alrededor. Pudo observar sus labios moverse con suavidad mientras le decía algo.

—Sí, InuYasha. Nuestra casa.

Después de un par de segundos, todos se habían ido, así, sin decir más, extrañamente.

No había notado que su cuerpo había cambiado por completo. Se miró las manos y no había garras. Sintió sus dientes con la lengua y no había colmillos. Tomó su pelo y se veían negro como el ébano. ¡Se había convertido en un humano! ¡¿Cómo diablos era posible que no se hubiera percatado de que ya no era él?!

«—Puedes convertirte en humano, InuYasha»

Aquel recuerdo pasó por su mente como un rayo y la cabeza pareció hincarle con agujas. Soltó un quejido hondo de dolor puro y se tomó la cabeza con ambas manos.

El dolor cesó después de poco tiempo. Jadeaba, entendiendo por fin lo que estaba pasando: se había convertido en un humano y ahora vivía junto a Kikyō. Entonces ella era una mujer normal, entonces la perla de Shikon ya no existía más, no había más amenazas, no había más enemigos.

Su fuerza especial se había ido, junto con sus garras de acero y fuego que tantos años habían protegido de él. Empezó a caminar mientras observaba sus manos y sentía su cuerpo entero.

Todo en él había cambiado, absolutamente todo. Ya no podía percibir los aromas o escuchar ruidos a largas distancias. Ya no percibía esencias ni presencias malignas: no era nada. Nada de lo que «InuYasha» —literalmente— significaba había quedado de él.

Otra vez lo inundó esa sensación de vacío. Aunque la gente parecía no correr de él a su alrededor, nadie se le acercaba realmente, todos parecían ignorarlo por completo. Se puso a pensar si realmente existía o todo eso era un sueño. Estaba muy confundido, todo era muy reciente. No había vivido el proceso de dejar ir su mitad demoniaca, de experimentar el ritual junto a Kikyō, de informarle a la aldea que ahora vivirían juntos, que serían una familia.

Se sentía como un completo extraño.

En todo aquel tiempo no había sonreído ni siquiera un segundo. Meditaba sobre aquellas nuevas sensaciones extrañas y todo lo que parecía hacerle tanta falta.

Cuando por fin estuvo cerca de la cabaña de Kikyō, vio salir de ahí a una mujer anciana y regordeta de cabellos blanquecinos que él creyó reconocer. Aquella mujer lo miró y traía un parche en el ojo derecho. Otra vez el dolor punzante, aunque más leve en la cabeza, lo obligó a entrecerrar los ojos.

La conocía, sabía que la había visto.

—Oh, InuYasha, qué bueno que has regresado. —La suave voz de Kikyō pareció resonarle en el cuerpo, en la vida. Parecía otra. En verdad, ¿él la hacía tan feliz? Podía notarla tan jovial en su expresión alegre, en su forma de recibirlo.

Como cuando una mujer recibe a su esposo al llegar de trabajar.

—¿Kikyō? —Frunció el ceño, de repente, recordando su visión anterior. ¿Solo era una ilusión?

El cielo seguía muy despejado y los pájaros cantaban con alegría.

—Kaede fue por yerbas medicinales para curar a una anciana de la aldea, así que no puedo pedirle esto, ¿podrías traer agua pura de la cascada?

Kikyō extendía un par de cubetas atadas a un gran palo de madera.

InuYasha asintió, caminando hasta la joven mujer y tomando las cubetas. Ella en verdad lucía tranquila y sonriente, no recordaba haberla visto así de feliz jamás. Tal vez se debía a que por fin podía vivía una vida normal como siempre había querido.

No dijo más, no tenía qué decir.

Siguió su camino de regreso hacia la cascada, volviendo a pasar por el mismo lugar que anteriormente. Los aldeanos seguían trabajando y conversando de cosas triviales. El ambiente parecía bastante tranquilo, nunca se había sentido tanta paz.

—¡Déjame ya! —Se escuchó la voz de una mujer que venía riendo. InuYasha puso una especial atención y no supo por qué. No dejó de caminar—. ¡Basta, Mikoru!

—¡Sanyō, preciosa, ¿por qué no quieres tener un hijo conmigo?!

No supo por qué le dio gracia aquella extraña situación y le resultó tan familiar. Fue casi un impulso, pero ladeó los labios, en señal de risa, ¿eso podría considerarse una risa? Además, qué clase de pervertido le pediría hijos a una mujer así, de la nada, corriendo por el bosque. ¿Por qué podía resultarle familiar? No creería ser capaz de cruzarse con personas tan extrañas, nunca en su vida. Eran todos muy diferentes a él, resultaba imposible que pudieran relacionarse.

Pasaron corriendo delante de él y se quedó reflexionando seriamente en por qué parecía que los conocía desde siempre. Qué absurdo, volvió a pensar. Detrás de ellos también corría una pequeña mascota.

Aquella gata amarilla maulló de pronto y lo miró directamente a los ojos, después de dar un salto y quedar justo frente a él. La observó quieto un par de segundos, volviendo a sentir aquel dolor punzante en la cabeza. Ya se estaba cansando de aquella sensación de duda y vacío tan extraños que no lo dejaban tranquilo cinco minutos.

—¡Kuroro!

La voz chillona de un pequeño niño con cabello rojizo y ojos celestes extraños, lo sacó de su trance. Corría por aquella extraña gata que aún seguía observándolo.

El dolor solo se intensificó y soltó las cubetas de golpe.

El niño extraño tomó a su mascota y salió corriendo tras la extraña pareja anterior.

—¡InuYasha-sama! —Gritaron un par de niños, corriendo hacia él.

De nuevo su cabeza lo dejó en paz. No era normal que alguien lo llamara tan cordialmente, excepto si se trataba de la pulga Myōga. Rápidamente se preguntó en dónde estaría y por qué no había aparecido para explicarle lo que había pasado. ¿No querría saber nada de él ahora que se había convertido en un completo humano?

—¿Q-qué pasa? —Jadeó, con un tono indeciso, pero los miró con la mejor expresión que pudo. Eran las primeras personas que se acercaban a él en todo el tiempo que llevaba consciente.

—InuYasha-sama, nuestro hermano cayó dentro del pozo, ¿nos puede ayudar a sacarlo? —Comentaron serios, pero parecía más una broma.

—¿El pozo?

—¡Sí, el pozo en dónde se depositan los huesos de los monstruos!

—¿Acaso no saben lo peligroso que es para ustedes jugar en lugares en donde hay restos de demonios? —InuYasha suspiró cansado, dejándose llevar por el momento. Qué tonterías pensaban esos niños.

—Lo sentimos. —Repitieron al unísono, agachando la cabeza.

—¡Jah! No se disculpen conmigo. —Tanta amabilidad lo abrumada, francamente.

—Por favor, tenga piedad. —Insistieron.

Gruñó una maldición por lo bajo, olvidando por un momento toda la confusión anterior.

—De acuerdo. —No supo por qué tuvo la necesidad natural de ir por ellos y ayudarles, supuso que se debió a que se mostraron amables con él, cosa que era muy extraña.

Caminó tras ellos por medio del bosque, disfrutando de la suave brisa de los árboles. Avanzaba con las manos entrelazadas entre las mangas de su ropa de ratas de fuego, a la altura de su pecho y notó que ahora el suelo parecía brusco para la planta de sus pies. Suspiró, pensando en que pronto necesitaría usar zapatos.

No supo por qué, pero eso lo aterró.

—Es aquí.

—¿Eh?

Su cuerpo entero palpitó con fuerza y cayó de rodillas ante la imagen de aquel pozo. Una banda invisible apretaba su cabeza al punto de querer hacerlo gritar. Nuevamente aquella desesperación de haber perdido algo, lo invadía. ¿Era solo que había perdido su esencia? ¿Era acaso la falta de sus garras y colmillos lo que lo ponía tan mal? Una sensación de vacío en el pecho lo estaba asfixiando y ya no podía más con la presión.

¿Por qué? ¿Por qué sentía tanta soledad? ¿Por qué tenía la necesidad de correr lejos y encontrarla?

Abrió los ojos de golpe, lo más que pudo.

¿Encontrarla?

¿Encontrar a quién?

Si estaba viviendo su destino anhelado con Kikyō, la mujer de la que estaba perdidamente enamorado. La misma que dejó atrás su vida de gran sacerdotisa para convertirse en su compañera y vivir a su lado para siempre. Estaba viviendo el sueño, era lo que su corazón realmente quería y anhelaba, ¿por qué de pronto le afectaba tanto haber dejado todo atrás, si él mismo había accedido de buen grado a esa petición?

«—Si la perla desaparece, serás una mujer normal. Mi…»

Otra vez aquel recuerdo junto a Kikyō.

No se dio cuenta de en qué momento paró aquel horrible dolor y los tres niños que lo habían llevado hasta ahí, simplemente habían desaparecido.

«—¿Estás seguro de esto, InuYasha? Quiero decir: de mí»

¿Seguro? ¿Seguro de ella? Claro que lo estaba, había llegado hasta ahí por amor a ella.

Se levantó con lentitud y caminó por inercia hasta el filo de aquel extraño pozo. Sentía enormes ganas de lanzarse por ahí y no entendía una mierda. No entendía por qué de repente lo atacaba una desesperación tan grande, no entendía por qué no estaba disfrutando ni un poco su vida y por qué parecía tener mucho tiempo viviendo junto a Kikyō y aún así no podía recordar un solo día a su lado.

«—Lo único que quiero es estar a tu lado. No puedo olvidarme de ti»

—¡¿Qué?! —Gritó de repente. ¡Esa mujer! ¡Esa mujer que había aparecido en su visión no era Kikyō!

Estaba seguro de que esa mujer le estaba hablando a él, estaba seguro de que había visto ese cabello rebelde y ese perfil delicado. Comenzó a respirar con dificultad e hizo puños, intentando recordar algo más de su cara.

No tenía idea de quién era aquella mujer, pero apenas recordar sus labios moviéndose, sintió que aquel vacío en su pecho ya no era tan profundo. ¡Esa mujer tenía que ver con su recuerdo! ¿Acaso se trataba de alguna alucinación por su reciente cambio a humano? ¿Tendría fiebre ya?

El sol seguía resplandeciente, como si no se hubiera movido un solo centímetro desde que él despertó. Aquellos pájaros seguían cantando.

«—Pero… fue cuando vi esa cara tuya… Por alguna razón mi fuerza regresó»

—InuYasha…

Regresó automáticamente la vista hacia la mujer que había pronunciado su nombre y sintió el corazón acelerado. ¿Estaba viviendo una especie de pesadilla? ¿Ese momento era real? ¿Acaso había muerto y por eso sentía que no pertenecía a la realidad que estaba viviendo?

Había algo en Kikyō que parecía discontinuo de la última vez que recordaba haberla visto. Algo estaba roto entre ellos y no entendía por qué se sentía de esa manera. Ella se veía igual que siempre, pero una barrera se interponía entre ellos y desde que había vuelto en sí, ni siquiera había podido tocarle un cabello.

—Kikyō…

—InuYasha —caminó despacio hasta su amado y lo abrazó de repente, como nunca lo había hecho. Sintió el cuerpo masculino tensarse y corresponder de a poco al tacto— InuYasha después de tanto sufrimiento y dolor, al fin el destino ha vuelto a juntarnos.

—Kikyō… —se sumió en un trance emocional terrible. Le acarició el cabello con ternura y una ola de nostalgia y tristeza lo invadió por completo, como si le hubiera fallado, como si ya no se sintiera suficiente para ella—. Kikyō, perdóname —susurró, sin dejar de sentir su cabello sedoso e increíblemente largo.

—InuYasha, este es nuestro momento —la mirada de Kikyō se había tornado distante y nostálgica, casi triste. Tenía su cabeza recostada en el pecho de aquel nuevo humano y afianzó su agarre— solos tú yo, InuYasha, no tengo nada qué perdonarte ahora que has decidido venir conmigo.

—Perdóname —seguía repitiendo, con la culpa a flor de piel. ¿Culpa? ¿Por qué? Sentía como si su corazón estuviera siendo ocupado y no era precisamente Kikyō, esa sensación le provocaba más sentimiento de culpa— no pude evitarlo.

Evitar qué.

El sol pareció moverse hacia el atardecer con mucha rapidez. Ya no brillaba tanto como hacía un rato.

—Solo deja… Solo deja que me funda en este abrazo eterno contigo para siempre, InuYasha.

—Sí, Kikyō —cerró los ojos, volviendo a sentir aquella paz extraña que había estado experimentando todo ese tiempo— haré lo que tú me pidas.

«—¿Puedo permanecer a tu lado?»

Abrió los ojos con lentitud y su mente volvió a desequilibrarse. ¿Quién era esa mujer y por qué no lograba ver su cara?

—Bien, quiero que la olvides —la voz de Kikyō parecía un mandato divino.

—¿Olvidarla? ¿A quien? —Se volvió a abrazar y a cerrar los ojos.

El sol volvió a correr más.

—Ahora yo seré la única dueña de tu corazón.

—Kikyō…

¿La única dueña de su corazón?

¿La única?

¿Es que había alguien más?

«—Ya no estás solo, InuYasha»

¿Ya no estoy solo?

Un par de ojos soñadores están derramando lágrimas por él.

Una pequeña boca se mueve diciéndole que ya no está solo.

Unos brazos cálidos están rodeando su cuerpo.

Un sollozo está diciendo que quería verlo.

Un sentimiento de anhelo por ver su cara lo estaba invadiendo.

Unas manos suaves estaban tocando su rostro. Esas mismas manos tomaron las suyas y lo guiaron hacia un nuevo amanecer.

«—Mi deseo es que sigas con vida»

¿Quién? ¿Quién era? ¿Quién era aquella persona que parecía conocerlo más que él mismo?

«—No te atrevas a tocarla… ¡Mi deber es protegerla!»

—Tengo que protegerte… —balbuceó inconsciente, sin poder despertar—. ¿En dónde… estás? Debo protegerte…

«—Vino a mí y tiene un aroma magnífico»

Aquel cálido aroma que hacía que se sintiera tranquilo, aquella plenitud que le brindaba su presencia.

«—Me-me gusta verte sonriendo. De alguna forma… cuando estoy contigo… es como si me sintiera aliviado…»

Es como si no hubiera más preocupaciones en su vida.

«No hay reemplazo para ti»

«Es mi hogar»

«—Siempre estaré contigo, después de todo»

Prometió cuidarla y protegerla a como diera lugar.

«—Nunca podré olvidar a Kikyō, pero, quiero que estés a mi lado, Kagome...»

¡¿Kagome?!

—Ka-Kagome… —sintió que una fuerza extraña invadía su cuerpo y empezaba a recuperar sus garras—. ¡¿Kagome?!

—¡InuYasha!

Aquella voz… aquella esencia, aquel olor…

—¡Kagome!

—Oh, despertaste —se escuchó aquella tétrica voz que ya conocía de antemano. Se encontraba rodeado de unas raíces de carne muy repugnantes que casi cubrían todo su cuerpo— aún usando uno de tus más grandes deseos, no pude quitar a Kagome de tu corazón.

—¡Naraku bastardo! ¡Cállate ya!

En menos de lo que pensó, destruyó aquellas asquerosas extensiones con sus garras y volvió a sentirse libre. Libre, por tan solo un momento experimentó la verdadera libertad de su propia alma.

Todo se quedó en silencio por un momento. Recordó aquella ilusión y se sintió miserable: el maldito había vuelto a jugar con la imagen de Kikyō para intentar deshacerse de él, aunque esta vez había ido demasiado lejos.

Estuvo a punto de no volver.

Aunque no sería la primera vez que el recuerdo de Kagome lo hacía despertar de cualquier pesadilla.

Se miró las manos y el cabello. Volvió a sentir sus colmillos y todas las cosas que percibía con sus sentidos desarrollados, llegaron de golpe a su ser. Había vuelto: él había vuelto. Por primera vez en mucho tiempo se sentía orgulloso de ser un hanyō, se sentía orgulloso de ser InuYasha.

¿Realmente así habría sido su destino?

Todo aquel campo oscuro fue desapareciendo lentamente, mostrando un bosque verde, vivo, lleno de energía. La ilusión había desaparecido, al igual que Naraku. Solo había sido una trampa. El cobarde había escapado, como siempre.

—¡InuYasha! ¡Qué alegría de que estás bien!

—Kagome…

Aquellos brazos cálidos volvieron a abrazarlo. Aquellos ojos dulces volvían a derramar lágrimas por él. Aquel tranquilo aroma volvía a hacerlo sentir aliviado y aquellos rostros familiares volvían a sonreír al verlo con vida.

—InuYasha, qué bueno que estés bien. —Secundó Miroku y fue un alivio grupal, fue un designio de la gente que lo quería y aceptaba como era.

Ahí estaban, guerreros, con una sonrisa genuina, fuertes, decididos, capaces… heroicos y dispuestos a arriesgar todo por el otro. Compañeros de batalla y amigos a los que iba a confiarles su propia vida.

La colegiala se separó de él al cabo de unos segundos y con Shippō en brazos, le extendió la mano, con una expresión alegre.

Ya no quería estar solo. Tomó la mano de Kagome, seguro. Ya tenía amigos a quienes podía confiarles su vida.

Al fin el destino le había dado una razón para seguir viviendo.

Kagome es mi hogar.


La última parte se inspira en el opening 1 donde van todos juntos sobre Kirara y Kagome extiende su mano a un solitario InuYasha que paseaba por la playa. Amo esa escena.

En este fic traté de comprimir varias etapas de la vida de InuYasha: en la que temía porque todos querían matarlo; en la que se encuentra por primera vez enamorado; en la que se supone que vive con Kikyō y es algo confuso; en la se cuestiona sobre la gente a su alrededor, que le parece imposible la idea de relacionarse con gente tan diferente a él (la idea de relacionarse con alguien que no fuera Kikyō, en realidad); el pozo, la conexión de ambos mundos y su lazo que lo une a Kagome; en donde siente culpa por haberse enamorado de otra mujer; y, por último, en la que valora quién es realmente y ve a sus amigos como el motor que lo ayuda a seguir viviendo. Todo traté de llevarlo lo mejor que pude, sin discontinuarlo con «tiempo después» y tratando de que fluya.

Tomé muchas referencias del manga /anime, varias frases, varias escenas y diálogos originales para poder estructurar las escenas. Traté de apegarme lo más posible y explorar con mi imaginación. Si sienten que es un poco extraño, es porque InuYasha se sintió vacío y confundido todo ese tiempo, sin embargo, tenía una extraña sensación de paz. Estaba bloqueado y no era posible que expresara sentimientos con la efusividad de siempre.

Hay dos temas que inspiraron este fic: una conversación con DAIK sobre qué habría sido de la vida y personalidad de InuYasha si se hubiera convertido en humano para siempre y con Ferchita, sobre las veces que el recuerdo de Kagome sacó a InuYasha desde el mismísimo averno, consumido por su historia con Kikyō.

En este fic quise expresar mucho a InuYasha como ser, como InuYasha mismo, más que simplemente una relación, creo que él aprendió a valorar su fuerza y sus poderes y de repente se encontró feliz con quien era. No sé qué tan feliz él hubiera sido si hubiera pasado el resto de su vida como humano (independiente del amor). Quise explorar un poco más allá de sus sentimientos románticos y darle una mirada al ser.

Espero que lo hayan disfrutado y gracias por los favoritos y comentarios anteriores. A mi sensei bruxi, realmente no esperaba que te pasaras por aquí, aunque siento que tenías otra expectativa del fic, espero que aún así haya sido de tu agrado. Este fic tiene mucho de mí y me hizo feliz escribirlo.

Y Ferchita, más que todo, porque este regalo es para ti.