Obito.

Volví a tener ese sueño.

Ese sueño en donde ella moría.

Se lo repetí incansables veces como si creyera que se tratara de un sueño lleno de premoniciones y pueda advertirle sobre el peligro.

No era la primera vez que los tenía, este tipo de sueños proféticos. Mi padre, o al hombre que solía llamar de ese modo, manifestaba siempre que yo era un producto defectuoso. Repetía también que había invertido tanto en mí como si en vez de su hijo, carne de su carne, fuera solamente una herramienta basada en sus codiciosos deseos.

Lo cierto es que la mitad de eso es verdad.

La mitad de mí, la que en ocasiones se manifestaba de manera brava e inconsciente pues en ocasiones la personalidad puede heredarse, pertenecía a él.

Sin embargo, la otra mitad, la amorosa, la comprensiva, la que me enseñó a amar y ser agradecido hasta con las cosas más pequeñas de la vida, perteneció a mi madre.

Pensar que la mitad de mi origen estaba fragmentada de dos vertientes siempre me hizo creer que yo era algo así como luz y oscuridad.

Como si dentro de mí existiera una constante batalla entre el bien y el mal.

Pero yo no sabía si en ocasiones era bueno.

O en ocasiones malo.

—Tú eres solo tú, Obito —decía ella acompañando su dulzura con gestos igual de tiernos y suaves. Gestos muy parecidos a los de nuestra fallecida madre.

Así fue como ella pasó a convertirse en mi luz.

A pesar de las constantes comparaciones desdeñosas que siempre llegaban a nuestros oídos, ella me amó como nadie. Y yo la amé con la misma intensidad pues sin Mikoto no sé qué habría sido de mí durante los primeros años de mi vida. Mi madre, tras su muerte, se había liberado, finalmente, de esa tierra que comenzaba a secarse, y había tomado la delantera hacia un paraíso inaccesible para los pecadores. Eso me alentaba un poco. Sabía que él, mi padre, no tendría acceso ahí y que sus garras no alcanzarían a hacerle más daño. Esas garras manchadas de inmoralidad y crueldad que injustamente nos habían atormentado a mi hermana y a mí luego de que ella partió de este mundo.

Y es que yo anhelaba el día de mi muerte tanto como él.

Pues no había ocasión en la que no me recordase que preferiría alimentar a los perros conmigo que darme la comida a mí porque no le servía para nada.

¿Por qué me hiciste? Pregunté muchas veces presa del llanto, del miedo y también del odio. Danzou no escatimó ni se detuvo a pensar si yo era su hijo cada que me obligaba a entrenar hasta que los dedos me sangraran. No se detuvo a pensar que un día yo me pondría en su contra quizá porque pensaba que no tendría las agallas y que mi complexión frágil, heredada por mi madre, no era lo único que había obtenido de ella.

Que sería sumiso.

Que sería obediente.

Que sería como ella incluso en mi lecho de muerte.

Lo fui por varios años: Obediente y sumiso.

Pero también saqué provecho de todo lo que me enseñó.

Si yo moría tan pronto sería un goce para él y para mí también. Al menos eso era lo que pensaba hace tiempo. Con la edad me di cuenta que prefería obtener tanto pudiera de él para luego apuñalarlo por la espalda. Porque a la tierna edad de seis años no se puede pecar de gravedad como para que se me prohibiera la entrada al Paraíso como al que seguramente viajó mamá.

Pero entonces crecí.

Y mientras más creces más pecador te vuelves.

Mi oportunidad para seguir a mi madre a un cielo con estrellas se desvanecía cada vez más. Cada vez que, brutalmente, asesinaba a alguien por obligación y no por elección.

—No te confundas. Lo haces porque eliges hacerlo, no porque te lo impongo.

Sin embargo, el día que recibí ese argumento, con el ojo ensangrentado a punto de perderlo, entendí que él tenía razón. Que hacemos las cosas no porque nos obligan sino porque elegimos hacerlo.

Fue mi elección volverme su perro a pesar de saber que compartíamos la misma sangre. Fue mi elección no seguir a Mikoto y asistir su escape. Fue mi elección asesinar a tanta gente inocente por órdenes que, creí, eran inalterables.

Desde que me volví soldado y me volví bueno en cada ramo, fue por elección. Fue porque quise aprovechar todo de él sin importarme si en el proceso me volvía a su semejanza. Tan cínico y retorcido como lo era él. Porque acepté formar parte de su perturbador sueño dejando morir el mío.

Fue mi elección incitada por el miedo. Pero también fue mi elección porque, dentro de mí, buscaba aceptación. Buscaba un lugar en el mundo, en su jodido y engañoso mundo.

Buscaba ser tan reconocido como alguna vez lo fue la hija prodigio que luego se volvió una rebelde.

Mikoto sí eligió.

Mikoto obtuvo la vida que ella aceptó vivir aun en contra del peligro.

Mientras que yo…

—Casi puedo alardear de que tú fuiste mi perro, hijo y yo quien te ordenó ladrar.

Yo elegí convertirme en alguien como él.

.

I

.

Cuando vuelve en sí no es el cielo con lo que se topa primero, es el techo de tablones de madera lo que lo recibe.

Hay demasiado silencio como para pensar que todo lo vivido, hace apenas unas horas, fue producto de su imaginación. La soledad nunca ha sido un problema para él, al menos dejó de serlo durante los primeros meses en que decidió apartarse de todos y huir a las montañas.

Huir.

Que curiosa e irónica forma de describir su actual vida sedentaria.

—No te muevas —el silencio se rompe y la voz de Sasuke emerge como un bálsamo entre todo ese silencio pero también como la consolidación de toda su angustia y sus miedos actuales—. Oye… —a pesar de la petición carente de autoridad, parecida más bien a una súplica, Obito se logra encorvar lentamente dándose cuenta de la situación mientras viene a él la invasión de todo lo que alguna vez dejó de sentir hace tiempo.

No es solo un dolor físico sino que también siente como una avalancha emocional, imposible de frenar, quiere sepultarlo. Lleno de miedo, angustia, nerviosismo, desesperación.

Ah, hace tiempo que había dejado de sentir esas sensaciones humanas como para creer que se había convertido en un maldito caminante muerto en vida.

—Estoy bien —sin embargo su aclaración no reduce en Sasuke ese semblante desolado y ligeramente angustiado. Con una mano se apoya encima de la mullida superficie y la otra se la lleva a la sensación invasora que siente en el cuello. Un parche…Un parche en el área en la que, ahora recuerda con más claridad, Sakura lo mordió. Con la mirada busca algún rastro de ella en la habitación pues se supone que hasta hace unos minutos, para él, Sakura se recuperaba ahí, en ese mismo catre—. Esto…

—Te lo coloqué yo —aclara Sasuke con un claro decaimiento en la voz.

Obito no sabe qué decir. No sabe qué es lo que ha pasado luego de su… ¿desmayo? No sabe cómo es que Sasuke fue capaz de cargarlo él solo hasta la cabaña y mucho menos sabe qué cosas se pudieron haber dicho ellos dos estando él inconsciente.

Por inercia vuelve a llevar su mano al cuello, rozando la superficie del parche con lentitud, como si de ese modo se aferrara al dolor de sentirse vivo.

De sentirse acorralado también. De sentirse…humano.

Aunque nada de eso, definitivamente, justifica que Sakura haya saltado así sobre él.

O quizá sí.

¿Qué más vio a través de su sangre? ¿Hasta qué punto de sus recuerdos fue capaz de viajar? Aunque también está la interrogante de por qué lo hizo ahora y no antes. Podría justificar eso a que anteriormente Sakura aún no llegaba a tal conclusión a cerca de poder ver o recuperar recuerdos basándose en la mordida y en la sangre pero la furia con la que lo miró hace un rato debió ser desencadenada por algo.

Obito se queda helado cuando ese algo se materializa sobre sus piernas, justo donde Sasuke ha colocado un trozo de fotografía arrugado y con los colores casi desvanecidos por el tiempo.

Ah…Con que fue por eso.

—Esa mujer… —Obito borra de inmediato el semblante melancólico con los ojos clavados en la fotografía, como si fueran su más preciado tesoro, y lo mira a él, reservado—. Esa mujer es mí…

—Es tu madre.

Sasuke sabe eso.

Aunque solo la vio durante un breve momento durante el asalto a las instalaciones de la Zona Sur, su imagen es algo que no ha podido borrar en todo este tiempo. Después de todo…se parece mucho a ella…Como Obito también se parece a él.

Lo que quiere saber…Lo que está matándolo ahora es la explicación que va a darle a continuación. Sasuke lo sospecha pero está conteniéndose. Sabe que si él deduce las cosas por sí mismo la decepción podría ser peor pero lo siente. Se ve. Solo quiere oírlo de él ya que Sakura no le dijo absolutamente nada luego de que Obito perdiera la conciencia.

Solo se fue, dejándolo solo con él, seguramente a pensar. Sasuke tiene la suficiente esperanza de que esté por los alrededores pues las alarmas de latas no han sonado desde que Obito y él regresaron de ahí lo que significa que sigue dentro del perímetro.

Además de que Sakura ha expresado, a juzgar por su lectura corporal, que no va a apartarse mucho de él.

Esperanza.

Todo se reduce a eso ahora.

A creer que ella está por ahí.

A creer que Obito va a dejar de mirarlo tan intensamente y va a decirle la verdad.

—¿Quieres oírla? —a pesar de que los ojos de Obito se ensombrecen, hay algo en su mirada que refulge con intensidad.

—¿Cómo dic-…? —las pupilas de Sasuke decrecen cuando ve como hace, por voluntad propia, que las uñas de su mano izquierda crezcan, clavándolas lentamente en su brazo contrario, oyendo el sonido de la carne abrirse haciendo que la sangre brote al instante.

Esa sed inconsciente se manifiesta de forma instintiva pero con una potencia y una sensación distinta. Como si el olor de la sangre de Obito fuera reconocida.

Como si fuera sangre de su sangre.

Algo definitivamente muy retorcido pero que tampoco puede explicarse con claridad.

—¿Quieres oír la historia… —Obito repite lo primero antes de levantar el brazo y extenderlo hacia él mirando como las pupilas de Sasuke se dilatan— o prefieres verla?

Obito cierra los ojos cuando solo escucha el sonido de su carne ser atravesada por esos duros y poderosos dientes pensando que desde siempre estuvo equivocado.

Sasuke, al igual que él, fue orillado por alguien más a hacer cosas en contra de su voluntad. Así como Danzou lo orilló a él a hacer tantas atrocidades, ahora él, Obito, está haciendo lo mismo.

Haber huido de Konoha hace tiempo no rompió el lazo con Danzou.

Solo lo fortaleció.

Solo se volvió más a su semejanza.

Un opresor silencioso y Sasuke su víctima dominada por él.

.

II

.

El estallido vigoroso dentro del recinto repunta cada que el contrincante al que somete con tal maestría, el prodigio, recibe un golpe que modifica el contador cada que su espada choca con la superficie blanca de su pecho a modo de protección.

Los demás encuentros que se están dando en las áreas laterales a donde están los primeros dos duran el triple de tiempo que al prodigio le toma acabar con uno de sus contrincantes para ofrecer la oportunidad de otro rápidamente. Los murmullos ni siquiera alcanzan a convertirse en una conversación como tal pues cada que voltean el nuevo contrincante ya está en el suelo o está siendo dominado por la batalla área que solo uno de ellos es capaz de dar.

Las batallas a su alrededor terminan y el resto de niños y jóvenes se suman a rodear la arena principal donde se está llevando el décimo quinto encuentro contra el invicto luchador.

De nuevo el recinto estalla en aplausos y gritos. Uno que otro chico murmura sobre la excepcional habilidad del hijo de Danzou mientras que otro chico más, que ha alcanzo a oír eso último, suelta una risa casi venenosa.

—¿Qué? ¿De qué te ríes?

—El hijo de Danzou no aguantaría ni medio minuto sin antes mojar los pantalones —los contrincantes centrales se dan la mano, y el ganador, el invicto, hace una reverencia bastante formal a quien perdió, como si aun a pesar de todo fuera demasiado educado como para menospreciar el esfuerzo de los demás. Un gesto que para la mitad es adecuado y digno de admirar pero para la otra es asqueroso porque es como si se sintiera superior a cualquiera incluso en ese aspecto—. Dios, cuánta hipocresía.

—¿De qué estás hablando?

—Que el genio no es el hijo de Danzou…Es su hija.

La que deja que caiga su melena azabache tan pronto se retira la máscara del uniforme de combate.

Una chica.

Una chica con cara de ángel pero con los mismos ojos demoníacos que posee Danzou.

.

III

.

El nombre de su hermana siempre está en boca de cualquiera y eso le causa especial molestia. No porque le tenga envidia o algo similar, sino porque las cosas que se dicen de Mikoto son demasiado fuertes para referirse a una niña que apenas está en el proceso del cambio hacia la adolescencia pero desde siempre han existido ese tipo de comentarios hacia ellos dos.

Su padre, por el contrario, parece que en lugar de hacer algo para callar los rumores que se crean alrededor de Mikoto y de él, los alimenta más.

Y Mikoto, quien fuera una fiera en los combates de práctica, es demasiado sumisa durante las comidas a su lado. Las comidas que tienen ellos tres escuchando solo sus respiraciones y el sonido metálico de los cubiertos tocar la cerámica de la loza.

Aunque sumisión no es el término adecuado. Es una mezcla de miedo y respeto.

Y a ellos dos esa descripción les calza perfecto pues son como una especie de trofeos en vitrina que Danzou escoge a su juicio cada vez que quiere demostrar algo.

Aunque a él hace mucho tiempo que lo hizo a un lado.

Obito no recuerda ni una sola vez en la que Danzou lo hubiese preferido a él antes que Mikoto. Su madre, por el contrario, y gracias a las historias sobre ella relatadas por Chiyo, esa jovencita apenas un poco mayor que ellos, solía decirle que cada uno de ellos era especial a su modo.

De él, en especial, solía decir muchas cosas.

Obito tiene recuerdos de ella.

Recuerdos ancestrales que dejan al mayor escéptico mudo cada que lo cuenta porque recordar algo mientras estás en el vientre materno es completamente imposible. Pero para él nunca lo fue. Él podía escuchar las nanas de su madre mientras acariciaba su vientre. Él podía sentir incluso las veces en que Mikoto lo saludo refiriéndose a él como niña pues su género aún no estaba definido.

Y también recuerda la voz de Danzou, fuerte y dominante en cada discusión con su madre. Recuerda cada uno de los golpes porque los resintió también.

Recordar algo como eso es poco probable pero él, que nació siendo diferente, podía justificarlo con ello. Aún así la única que cree sus mágicas historias es Mikoto y a veces, solo a veces, Chiyo.

—Mamá te ama, Obito.

Su madre solía decir muchas cosas sobre él. Cosas que él recuerda con claridad como esa. El decir que lo amaba aún sin nacer.

Como también solía decir y desear que creciera fuerte y sano pero sobretodo que fuera feliz.

Él día que nació Mikoto lo sostuvo con fuerza, a pesar de que su mundo se desmoronaba por el fallecimiento de su madre, ella era fuerte por él. Y también fue la niña más feliz del mundo. cuando lo conoció.

Según Chiyo, Danzou también lo fue…pero de una manera más retorcida en cuanto lo vio y supo que era varón.

En cuanto lo sostuvo, luego de casi arrancárselo a Mikoto, y miró la sangre en sus ojos.

—Tú naciste de un frasco, niño —pero cada vez que Obito oye eso del resto de los niños se pone a llorar, y si no es Chiyo es Mikoto quien lo calma aunque la segunda lo hace no sin antes obligar, a quienes lo ofenden, a que se disculpen con él.

—¿Por qué siempre dicen eso de mí? —cada que Obito esconde su rostro regordete y pequeño en el pecho de su hermana, no puede evitar llorar con más ganas.

Mikoto huele a bosque, seguramente porque ha pasado toda la mañana en él entrenando como tienen establecido todos los niños que son como ellos. Él, por otro lado, aún es pequeño para eso. Si por Danzou fuera él habría iniciado desde hace tiempo pero él no tenía tanto poder aún como para tomar una decisión de manera individual.

Existía un consejo. Algo así como una reunión de líderes. Y entre ellos estaba él por supuesto.

Una junta donde discutían a cerca de los años más difíciles que estaban por venir para el mundo.

Mikoto disfrutó de eso. Y él también. De los últimos suspiros de una tierra beatifica y rica capaz de regenerarse con el tiempo. Sin embargo ninguno estaba preparado para lo que estaba por venir. Ellos, los líderes, quizá sí porque ¿De qué otro modo justificaban todo ese avance en la infraestructura y la idealización de un futuro que prometía prosperidad solo para los más aptos?

El mundo estaba muriendo y con ello venía la posibilidad de una repoblación. Una que fuera fuerte y que pudiera adaptarse a los peligros que se avecinaban. Una que pudiera ser resistente a ese extraño virus que inició creándose con propósitos tan nobles pero que terminó siendo usado para otros fines.

Pero explicarle eso a un niño no tiene sentido. Así como no tiene sentido y Obito no entiende por qué las personas son tan crueles con él actualmente. Como si fuera un apestoso. Como si fuera diferente a los demás a pesar de que luce como cualquier otro niño de su edad. No entiende por qué dicen cosas tan feas.

No entiende porque Danzou, en lugar de darle el amor que un padre debe ofrecer a sus hijos, lo único que hace es despreciarlo.

Obito no recuerda haber hecho algo grave salvo comer un poco más de los dulces que tiene permitidos y dormirse solo unos minutos más tarde del horario establecido.

Lleva a cabo cada una de sus actividades y aunque pareciera que su cuerpo es muy frágil, su apariencia le ayuda bastante. Porque es un niño con la piel algo bronceada pero muy bonito. Su piel es solo unos tonos más abajo que la piel como la nieve de Mikoto.

—No llores, Tobi —pero mientras más se lo dice más lo hace.

No puede detener el temblor que provoca su llanto ni esa tos que se desata cada que eso ocurre. Con preocupación Chiyo se acerca y lo toma en brazos. Es mucho más alta que Mikoto así que puede cargarlo con menor dificultad que ella. Y lo arrulla y a su vez golpe su espalda para que el dolor y ese episodio enfermizo pase pronto.

¿Qué está mal?

¿Es porque se enferma demasiado?

¿Es porque heredó la complexión débil de su mamá?

¿Por eso su padre no lo quiere?

Incluso hace todo lo que los médicos le piden que haga al pie de la letra. Ha contenido su llanto y su miedo de estar en ese lugar tan frío y blanco, y de sentir como las horas pasan sintiendo como las agujas incrementan. Es un niño valiente, tan valiente como Mikoto. ¿Por qué su padre no lo quiere ver? ¿Qué hizo mal? Hace todo lo que Danzou dice y se esfuerza tanto como puede para no hacerlo enfadar.

Pero nada de lo que hace parece ser suficiente.

—¿Por qué…? —su voz, que debería ser aguda por es solo un niño, sale rasposa, como si estuviera rota.

Incluso llorar demasiado es agotador para él pero cuando llega la noche y Mikoto deja atrás todas sus obligaciones siempre se queda con él hasta que se duerme. Se sube a su cama y lo abraza, y peina sus cabellos. Da besitos por ahí y por allá, roza su nariz con sus mejillas y huele su olor tan característico a miel y leche.

—Es porque esos niños son unos tontos. Y porque son ordinarios. Tú eres especial, Obito. Por eso te tienen envidia —Obito solo levanta la cabeza, con las mejillas surcadas de lágrimas gordas y gruesas, mirándola.

—Yo no quiero ser especial.

No quiere ser eso de lo que se enteraría que es años después.

Por eso Danzou, a pesar que dice que no lo quiere, no termina de estar satisfecho y decidido a desecharlo. Obito es el principal motivo por el que Mikoto obedece y por el cual se ha posicionado entre las mejores en cada disciplina a la que le ha dicho que entre. Es inteligente, es buena en combate a cuerpo a cuerpo, es estratega. Es todo eso que una niña de su edad no debería ser y que en su lugar debería estar probando las mieles de la inocencia y la juventud.

Pero el mundo está muriendo y a medida que lo hace la ambición del hombre crece y sus ideales se trastornan.

Obito es ese niño que nació mitad humano, mitad otra cosa por ambición y no por amor. Al menos no de parte de Danzou.

Con el único propósito de ser el inicio y la punta de lanza de un proyecto genocida.

Pero entonces su frágil cuerpo y lo enfermizo que era no era compatible con cada una de las capacidades a las que tenía acceso. No era fuerte y sobre todo era muy llorón. Un producto defectuoso, tal y como Danzou dijo siempre. Entonces ¿por qué? ¿Por qué no se deshacía de él?

—Aunque hayas heredado la complexión débil de tu madre, tu sangre sigue siendo valiosa. Y la muerte es un privilegio —eso le dijo cuando cumplió los doce y Mikoto, de dieciséis, quien ya era reconocida como un arma letal ante cualquiera que quisiera enfrentarla, seguía sin ser incapaz de enfrentarlo a él. A su padre por el bienestar de Obito.

—Hoy enserio se excedió —Obito no responde ni da indicios de querer tener una conversación con ella a pesar de que Mikoto sigue siendo tan dulce y paciente en curar cada una de sus heridas luego de los exigentes entrenamientos que es forzado a tomar.

Ya casi no la ve solo porque Danzou ocupa todo su tiempo en ocultarla de él. En llevarla tras puertas cerradas y hacer que cumpla todo lo que le ordena al pie de la letra.

Obito ya poco a poco deja de ser un niño.

Y aunque en su época más tierna se destacaba por ser el inútil que todos decían que era. La verdad es que el fénix siempre tiene que deshacerse de cada una de sus plumas para consumirse totalmente y así poder emerger con más fuerza.

Y Obito, quien fuera el más menospreciado de ahí, lo entendió el día que Mikoto partió de su lado.

El día en que la vio rodeada de fuego y armas apuntándole -gracias a una de las grabaciones que había obtenido de parte de Chiyo- también vio rastros de sangre en su rostro y cuerpo, seguramente porque había dado la pelea de su vida para no dejarse atrapar.

Y no solo eso. Obito pudo ver los rastros de insurgencia en ella. Esos que siempre estuvieron ahí esperando el momento oportuno para irse de ahí.

Rastros que para Obito fueron claros el día en el que ella se perdió en el bosque, pues la base en la que vivían prácticamente estaba rodeada de este, y al cabo de unas horas, a pesar de regresar con raspones y la mejilla amoratada –eso último seguramente como castigo por parte de su padre por haberse expuesto de esa forma al peligro- Mikoto le tomó las manos y le miró con los ojos más brillosos que alguna vez pudo ver en ella.

—Conocí a alguien, Obito. Alguien maravilloso ¡Alguien que podría sacarnos de aquí a los dos!

Pero no lo hizo.

No iba a poder de todos modos.

Danzou siempre iba uno o dos pasos por delante de cualquiera, en especial de ellos. Cuando ellos creían que gozaban de un poco de libertad y privilegios que los demás niños ahí no tenían, no es que fuera benevolente. Estaba siendo cruel. Permitiéndoles dar pequeños mordiscos a la vida y a la libertad pero con la restricción invisible atada a sus tobillos, como cadenas invisibles.

Como si los sumergiera en una tina helada y justo cuando las burbujas se hicieran presentes, los trajera a la superficie solo para permitirles tomar un mísero respiro de aire y volverlos a sumergir con la misma rapidez.

—Vamos. Huyamos juntos. Intentémoslo y…

—¿Para qué? De todos modos en menos de un día nos van a encontrar — Cuando la insurgencia comenzó a ser tentadora para Mikoto, la inocencia en Obito, así como la desesperanza de algún día ser libre, se había desvanecido—…Aunque sería una oportunidad para que decida matarme de una vez —Mikoto envuelve sus hombros, desesperada. Esos hombros que se han puesto un poco más anchos y más fibrosos por los años de duro entrenamiento.

—No digas esas cosas…—pero Obito ríe pues su personalidad ahora es un completo desorden.

Ya no puede ser ese niño feliz que era antes así que la mayor parte del tiempo tiene ese semblante duro que cada vez se parece más al de Danzou. Esa línea de expresión que no se ensombrece todavía más solo porque no ha conocido el verdadero dolor aún. Decir cosas como que prefiere morir a seguir soportándolo es cruel para ella.

Es como una espada entrando y saliendo de su carne.

Danzou ha aplastado demasiado su voluntad y sus sueños pues se supone eso es lo que hacen todos ahí para obtener lo único importante del instinto humano: Obediencia.

Aunque está seguro que Obito lo odia más que nadie ahí.

—Despreocúpate. Él no me va a matar. Mi sangre le es útil ¿recuerdas? —pero Mikoto niega, ansiosa, desesperada y un poco culpable. Culpable por algo que Obito desconoce. Culpable por lo que va a decir.

—No, Obito. Él…Él va a matarte si te quedas aquí porque…porque él ha conseguido a alguien más. Alguien que puede sustituirte…Alguien…

Alguien capaz.

Alguien que tiene la letalidad de Mikoto y la particularidad de él.

¿Otro híbrido? ¿O a qué se refiere?

Esa noche no tuvieron más tiempo para conversar o al menos más tiempo para que Mikoto pudiese convencerlo de escapar con ella. De intentarlo un poco más. De prometerle que le iba a proteger con su vida incluso si ella era capturada y él era el único en lograr salir de ahí.

—Desde hoy vivirás en otra sede. Te trasladaremos allá de inmediato —dijo uno de los hombres de su padre, esos que actuaban como dobles espías para él, en cuanto Obito hubo terminado su entrenamiento.

Las heridas ya no le dolían tanto además de que había disminuido enormemente la cantidad de estas que se llevaba cada que luchaba contra alguien. No era un genio como Mikoto, desde luego, quien parecía haber nacido con una excepcional capacidad de aprender las cosas rápidamente, pero se esforzaba.

Obito escalaba a su modo. Nadie esperaba nada de él de todas formas y él lo prefería así. Así nadie podría advertir el día en que se revelara.

Ese día llegaría muchos años después.

Luego de la noche en que Mikoto escapó, Obito se enteró de tal suceso por boca de Chiyo, quien también había sido llevada a la nueva sede con una infraestructura militar mucho más avanzada y presuntuosa que la anterior. Obito no podía decir que le gustase más que la otra pues ésta estaba, en su totalidad, ausente de luz natural al estar bajo tierra.

Al menos la otra estaba a un nivel de tierra conocido aunque de vez en cuando tendía a marearse pues, según Chiyo, la altitud era demasiada.

Obito nunca supo como era el mundo en realidad.

El nació y creció en esas paredes.

Mikoto, por otro lado, consentía y atesoraba lo poco que había probado del mundo antes de que sucediera todo eso en su mente.

Ella tuvo una cama cómoda y caliente para ella sola hace tiempo. Y salía con los niños del vecindario –no obligados a nada más que a vivir su niñez al máximo- a jugar con ellos. Obito la envidiaba por eso.

La amaba, desde luego, pero no supo en qué momento dejó de verla como su heroína. No supo en qué momento dejó de creerle ni en esperar algo de su parte.

Por eso, cuando supo que había logrado escapar, no se alegró inicialmente.

De hecho, la odio.

A pesar de que habían sido separados, como si Danzou hubiese sabido lo que su hija mayor pretendía, no le hubiese molestado a Obito que ella lo buscara. Que intentara una vez más llevarlo con ella. Porque esa vez hubiera dicho que sí.

—Quería que me suplicara un poco más —confesó al reflejo de sí mismo cubierto de barro y sangre luego del primer asalto siendo parte del equipo piloto al que Danzou lo integró.

Eso sería años después. Años después en que finalmente se refirieran a él como: "El hijo prodigio de Danzou". Título que se había ganado sacrificando tanto.

La sensación que le dejó oír eso, sin embargo, hizo que el baño de esa noche durara horas eternas intentando quitarse el olor nauseabundo de la sangre que el agua de la regadera ya se había encargado de lavar pero que su olfato seguía percibiendo.

Asqueroso.

Repugnante.

Monstruoso.

La primera vez que le dijeron monstruo no fue a los dieciséis. Había sido desde mucho antes. El primero, por supuesto, había sido Danzou. Pero ahora no dolía tanto. Es más, en los momentos más susceptibles le gustaba que este se refiriera a él de esa forma mientras le veía con esos ojos rojos que en un principio tanto odiaba. Pero demostrar que era distinto ahora parecía ser un problema para su padre. Se lo dejó claro el día en que le abofeteó tras puertas cerradas de su nueva oficina y le dejo el labio roto y un ojo morado.

—No muestres tus malditos ojos frente a los demás. No me sirve que los demás sepan que eres diferente, mocoso estúpido —Obito escupió mucha sangre aquella vez pero le encantó sentir el sabor del metal y dibujar una sonrisa haciéndolo enfadar aún más, ganándose otro golpe, esta vez en el estómago—. ¡Borra esa maldita sonrisa!

Como si le dijera que ser diferente ahora sí representa un peligro, una amenaza para él.

Claro.

Claro que lo sería pues si Danzou no podía tener control sobre él tampoco le servía de nada.

En el pasado el panorama era a la inversa. Obito no le servía no porque no fuera obediente, de hecho lo era a niveles extremos. No le era útil porque era débil. Pero ahora Obito podía acabar con cuanto se le sumara a atacarlo porque se había ocupado en fortaleces sus carencias incluso si terminaba llorando de dolor por ello.

La diferencia estaba en que Danzou no solo había alimentado sus ganas de volverse fuerte como Mikoto sino también había alimentado su odio hacia él. Y un soldado así, sin escrúpulos ni miedo a nada, no era precisamente la mejor idea para preservarlo.

Pero era su hijo de todos modos. Algo así como desterrarlo o exiliarlo no iba a ser bien visto por nadie, especial para el consejo que aun prevalecía.

Si moría en batalla, sin embargo, era un tema distinto.

Alentado esa idea es que le mandó a cuanta misión pudo…Y ni aun así pudo deshacerse de él.

Lo llamaban…

—¿El soldado carmesí? Que nombre tan más ridículo—eso dijo Kakashi la primera vez que lo conoció.

Un muchachito solo un poco más bajo que él y con el cabello en puntas de color gris. A su lado, un chico un poco menos robusto que él le daba un codazo en señal de que debía guardar su lengua filosa dentro de su boca sino quería que los superiores que tenía en frente, donde Obito también formaba parte, le dieran su primera reprimenda.

Esa fue la presentación, de un pequeño escuadrón de cadetes que había comenzado a ser activo apenas unas semanas, más interesante que Obito pudo presenciar en muchos años.

—¿Tú por qué crees que me dicen así? —interrumpiendo al soldado que fungía como instructor y portavoz de toda la tropa detrás de él, Obito dio un paso al frente, interesadísimo en el muchacho de cabello gris. Si lo miraba de cerca tendrían la misma edad. O quizá solo se llevarían por un par de años.

Cadetes y soldados por igual no se atrevieron a hablar mientras gris y negro se confrontaban como iguales.

—Por tus bonitos ojos no creo.

Esa fue la primera vez…La primera vez en mucho tiempo en que Obito se rió nuevamente. Y en la que sintió interés por alguien.

Por supuesto que no iban a tratarse como su fueran viejos amigos. Obito había sido mandado lejos durante varios meses a una misión especial a una ciudad que terminó por volverse fantasma. Y cuando regresó no solo lo hizo con la sorpresa de la integración de nuevos cadetes como lo eran Kakashi y ese otro muchachito que nunca se le separaba, Iruka. Obito regresó de Suna, la ahora ciudad fantasma, con alguien más.

Alguien que sí tenía bonitos ojos y cabello como el fuego.

—¿Ves? A él sí le quedaría el apodo de soldado carmesí. Tú eres como un cuervo —había dicho Kakashi en esa ocasión, meses después de su integración y de adaptarse rápidamente al ritmo tan apresurado y guerrillero que era SHINOBI. A Iruka parecía costarle un poco más pero no por eso no destacaba de la lista semanal en donde sus nombres subían y bajaban de lugar según su rendimiento—. ¿Tiene nombre? —dijo Kakashi agachándose un poco para admirar más esa carita inocente pero tan manchada de desolación.

—Sasori. O al menos eso es lo que ha dicho ¿verdad? —acariciando su espalda, como para darle la confianza de hacerlo delante de ellos, el niño apenas asintió.

—Hola —y, sin embargo, de los tres, Iruka sería el primero en saludarlo apropiadamente.

De extender su mano hacia él y sentirlo temblar. A Obito no le sorprendía ni aborrecía la personalidad tan dócil y amable de Iruka. Es más, le gustaba. Porque a pesar de estar siendo entrenado para volverse un soldado, no olvidaba sus instintos más humanos. Tan diferente a él que con cada día que pasaba se sentía más parecido a Danzou.

Aun así, uno de las épocas más felices, además de los momentos que atesoraría para siempre estando con Mikoto, sería estando con ellos tres.

Con las ocasionales riñas que tenía con Kakashi.

Con las ocasionales pláticas sobre lo poco y bello que conservaba aún la vida con Iruka.

Y con esas escasas, pero también divertidas, maneras de hacer enfadar y reír al pequeño Sasori.

Ojalá esa felicidad hubiese perdurado un poco más.

Ojalá las cosas que Iruka decía, acerca de que la vida y sobre cómo las cosas mejorarían, se hubiesen hecho realidad.

Él solía tener esos pensamientos también cuando estaba solo. Cuando se permitía llorar a oscuras lamentándose no haberle dicho que sí a Mikoto la primera vez que le insistió en escapar juntos. Debió hacerlo. Debió irse con ella. Debió aceptar, aunque fuera, esos pocos años de vida feliz que le ofrecía aun si terminaban muertos luego.

Si lo hubiese hecho, si hubiese tomado su mano, nada de lo que estuviese por venir le habría terminado por romper.

No le habría arrebatado a su amigo de toda la vida a Iruka.

No habría orillado a Kakashi a seguirle.

No habría fingido su muerte, ni la de él, y hubiese, al menos, imaginado un final diferente.

Pero cuando lo vio a él…Cuando lo reconoció en medio de la tempestad, del fuego, de los gritos, del extraño brillo de esa letalidad como copos de nieve, no pudo hacer nada más abandonar todo y ofrecerle su vida a él.

A ese ser que solo con verlo pudo reconocer. Tan idéntico a Mikoto. Tan parecido a él.

Sasuke.

.

IV

.

Cuando Sasuke rompe la conexión con él, sintiendo aún el sabor de su sangre en su lengua y en el resto de su boca, también tiene lágrimas escurriéndole de los ojos de manera brava. Sus manos tiemblan, su cuerpo también lo resiente, se siente mareado e incluso afiebrado. Este dolor intenso que siente en el pecho solo podría ser comparado con una ocasión en la que la verdad haya dolido tanto. Por ejemplo, la vez que descubrió que Kakashi era soldado.

Esa suposición, sin embargo, había quedado en el aire hace mucho tiempo pero ahora repunta con fuerza ante la verdad que acaba de ver.

Todo es verdad. Todo comenzando con que Obito y él son iguales.

No. No es solo eso lo que lo tiene tan desecho.

Son la cantidad de personas que hay dentro de las memorias de Obito. Memorias que nunca creyó que se volverían parte de él.

Siente que se ahoga. Sabe que debe calmarse e ir paso a paso pero no puede. Él no es nada pacífico y comprensivo.

Él es…como Obito.

Y también como ese hombre.

Como Danzou.

Como su abuelo…

—¡Sasuke! —cuando Obito se pone de pie del catre, sin importarle que la herida de su brazo está abierta y sangra, lo único que hace es sujetarlo de los brazos mientras siente como el joven soldado da arcadas y deja salir principalmente bilis. No tiene nada en el estómago desde luego pero que solo se haya sentido mareado y haya querido vomitar es, tan siquiera, lo mínimo que espera de él.

No quiere imaginar todo por lo que su mente está pasando ahora ni la manera en la que su cuerpo, que es evidente más joven que el de él, está recibiendo todo.

Él, al menos, lo vivió a tragos. A tragos rápidos pero todo no sucedió de manera en la que Sasuke ahora se ha enterado de gran parte de la verdad.

Como si la avalancha lo hubiese sepultado de pronto.

Asfixiándole el pecho, entumiéndole cada parte de su cuerpo, resintiendo el frío como un aguijón letal.

No hay manera en la que pueda describir o imaginar lo que está sintiendo su joven cuerpo pero contárselo con palabras habría sido muy laborioso y muy tardado. Y por eso es que no se le ha ocurrido otra manera que mostrarle a través de la sangre. De la sangre que los une. De la sangre maldita que poseen. No quiere tener que decírselo de ese modo porque aunque Obito sigue siendo tan letal y punzante como el soldado que alguna vez fue con Sasuke quiere ir lento.

Después de todo Sasuke es...su sangre. Carne de su carne. Por lo que no puede evitar querer ser cuidadoso y suave con él.

El Obito que sepultó durante su juventud debajo de la apariencia de alguien feroz, germinado del odio que sentía por Danzou, tomó su lugar correspondiente, emergiendo de nuevo luego de que lo sostuvo con fuerza siendo un bebé y prometió que siempre lo protegería. Porque era su deber. Porque se lo debía a Mikoto. Y porque sencillamente Sasuke no tenía la culpa de nada.

Haber huido fue la mejor decisión que pudo haber tomado, o en su momento pensó que lo fue.

Pero…el Sasuke que tiene delante, espasmódico, pálido y desecho, no es el niño al que le prometió una vida feliz costara lo que costara.

¿Se había equivocado?

¿Se había equivocado en querer criarlo con amor para que no padeciera lo mismo que él ni fuera usado del mismo modo que Danzou lo usó también?

La realidad es que ahora, a pesar de todo sus esfuerzos, Sasuke estaba ahí atrapado con él. Y por lo que podía deducir –ya que no había tenido la oportunidad si quiera de terminar de entender qué hacía él con Sakura ahí- es que estaba siendo perseguido.

Perseguido por Danzou.

Por la primera persona que quiso, en primer lugar, no lo hiciera.

—Sasuke…

—Aún…—tembloroso y con la voz rota, con el semblante pálido y ojeroso, coloca su mano en el hombro de él, apretándolo—. Aún no he…terminado de ver… —Obito engrandece los ojos, atónito. Y casi debe hacer un esfuerzo increíble para apartarse de la rapidez con la que Sasuke lanza sus manos a su cuello con la intención de morderlo esta vez ahí. Del lado contrario a donde Sakura le encajó los dientes anteriormente—. Déjame…—Sasuke tose, volviendo a extender sus manos hacia él, un poco tambaleante—…Déjame ver más.

—No —sentencia Obito con el semblante pétreo pero a su vez alarmado—. Ya has visto suficiente por hoy. Mira cómo estás. Necesitas descansar y…

—¡Y una mierda con eso! —tras conseguir ponerse de pie hay algo en su voz que provoca en Obito que se paralice.

Una voz profunda y casi bestial. No le está pidiendo amablemente que le deje morderlo una vez más. Le está exigiendo con la voz de un animal herido. Con la voz dominante que caracteriza a esa otra parte de su naturaleza hostil.

Aún así, si bien distingue ese cambio en su personalidad, Obito no se aturde fácilmente.

—Mis recuerdos de Mikoto terminan ahí —explica, esperando convencerlo de que no tiene sentido seguir mirando pero Sasuke niega, reacio a querer escucharlo—. De hecho terminan antes de que hubieses visto a… —la garganta se le cierra y tanto él como Sasuke sienten una punzada en el pecho—. A Kakashi —Sasuke, por solo unos segundos, suaviza el semblante solo para demostrar un profundo dolor, uno del que se recompone cuando Obito continúa hablando—. Para cuando Mikoto logró escapar de la primera sede, Danzou ya me había mandado lejos. A la nueva base que estaba apenas construyéndose —hace una pausa, buscando las palabras adecuadas—. Supe que Mikoto volvió a infiltrarse en la sede por segunda vez luego de algunos años pero…yo ya no estaba ahí. Supongo que lo hizo con el propósito de encontrarme… —deja de mirar al hijo de su hermana y se concentra en pensar en ella. Y el recuerdo punza como una daga en el corazón. Como si el paso de los años no hubiese hecho amarla menos pero sí lamentarse en todo lo que pensó sobre ella alguna vez—. Los siguientes años crecí creyendo que se había olvidado de mí. Que solo me había dejado ahí para morir o para asumir ser un sustituto de ella.

El llanto rabioso de Sasuke se libera solo un poco más aunque el joven soldado hace un esfuerzo por detenerlo.

No puede…No puede seguir oyendo pero a la vez no puede apartar sus ojos de él. Y no puede evitar querer continuar escuchando la verdad brotar de sus labios por más dolorosa que esta sea. Porque pareciera que mientras Obito más habla, la escala de dolor y tristeza, que se concentra en su pecho y se manifiesta en su rostro, es mayor.

Hace apenas un par de días estaba convencido de que no encontraría una manera para sentir empatía por ella. Por esa mujer que tenía por madre.

Y ahora solo está ahí, desecho, oyendo la historia de boca de él aunque oírla no es lo mismo a que él le haya permitido verla.

Pero hay más. Sasuke sabe que hay más. Más de ella que no sabe y más de él también.

Por eso es que quiere volver a enfrentar la verdad. Por eso es que quiere volver a morderlo.

Le ha quedado claro que él le encontró en medio de un cielo con anillos de fuego a un lado de un caos corrompido pero está seguro también que sus recuerdos no acaban ahí. Puede que los de su madre sí pero los que tiene de él apenas comenzaban.

Necesita saber más.

Necesita saber a dónde fueron luego de esa noche y por qué es que no lo recuerda. Por qué es que Kakashi tampoco mencionó nada de él. Por qué ambos le ocultaron las cosas y sobre todo en qué momento Sakura se manifiesta como un personaje en esa historia.

—A Sakura la conocí años después. Ella y Sasori fueron los siguientes en resentir todo el peso de las demandas de Danzou luego de que yo huí —Sasuke se azora pues parece que le ha leído la maldita mente—. Fue mi culpa que él terminara igual que ella — se refiere a Sasori. Sasuke se desvía un poco del tema central para pensar un poco en él.

Kakashi le conocía entonces. Cuando Sasuke levanta la mirada, Obito todavía tiene el semblante de alguien lamentándose. Lamentándose por haber rescatado a ese niño y haberlo llevado ante el dictador de su padre. Si lo piensa de una manera detenida puede que tenga razón pero eso también hubiese significado abandonarlo a su suerte. A una suerte encaminada a morir.

Sigue sin agradarle pero…ahora siente muchísima más lástima por él.

Sacude la cabeza, desvaneciendo sus pensamientos sobre él. Son demasiadas cosas que quiere decir pero ninguna oración termina de formarse en su mente para ser formulada.

—Quien nace como nosotros nace con una habilidad especial, Sasuke. Algo así como un don. El tuyo es manipular la mente, los recuerdos. Que Sakura no te haya reconocido desde el inicio no es solo porque sí. Asumo que tú sellaste sus recuerdos —esa explicación, que además ni siquiera pidió, ahora llama su atención.

—¿Asumes?

—La versión que asumo que también sabes es que Mikoto y Sakura se conocieron luego de que yo partí a Konoha —Sasuke asiente, dubitativo—. No es así. Sakura y Mikoto se conocieron antes. Viste un indicio a través de mis recuerdos ¿no es así? —"Él va a matarte si te quedas aquí porque…porque él ha conseguido a alguien más. Alguien que puede sustituirte…Alguien…" —el joven azabache se queda mudo de pronto.

A través de los recuerdos de Obito también pudo extremar a sentir lo mismo que él sintió. Como si viera a través de sus ojos. Como si hubiese sentido, detrás de esa mueca desgastada y aprensiva de Mikoto algo más. Algo más que Obito, en ese entonces, no supo discernir.

—Ese alguien…¿Era Sakura…? —decir su nombre hace que le tiemble la voz. Como si esa posibilidad fuera algo más difícil de asumir para él que para ella el momento en el que se enterase. Obito no afirma ni asiente pero su silencio es aún más inestable que antes—. Dios, dime algo.

—No estoy seguro…Es algo que he pensado durante mucho tiempo —pero esa no es la respuesta que Sasuke quiere y Obito lo sabe—. No lo sé porque son recuerdos desde mi perspectiva. Para saber la verdad tendríamos que ver a través de los recuerdos de mi hermana —Sasuke se toma la cabeza con ambas manos, frustrándose más. No solo por el hecho de que sea cierto sino también porque entonces Sakura tiene algo más que una década de diferencia en edad con él.

Y porque, además, es imposible confirmar o llenar el rompecabezas si su madre está muerta.

Lo que comprueba aún más todas las cosas que escuchó a través de la doctora Kurenai estando aún en su refugio.

¿Está diciendo que Sakura se ha castigado a sí misma por tantos años deteniendo su crecimiento?

¿Y qué demonios hay con él?

Eso que quiere saber sobre él es lo que Obito no le permite recordar. ¿Qué lo hace diferente a él si se supone que ambos son híbridos?

—Es el corazón —Sasuke vuelve a quedarse pasmado cuando lo oye. Y con ello ya no le queda duda de que así como él inconscientemente puede borrar recuerdos, Obito puede leer la mente—. Yo…—Dios, no. Que no haga eso. Que no se detenga justo ahora. Al menos… ¡Al menos si no quiere decirlo con palabras que se lo diga por medio de su sangre como hace un momento!—. El crecimiento de un híbrido es distinto en casos como el tuyo, Sasuke.

—¿Casos como el mío? —pero de nuevo se hace el silencio y Sasuke, a este punto, ya no va a exigir la verdad por las buenas—. ¡Habla de una vez! ¡Dime en qué soy diferente a ti, maldita sea!

—Cálmate, por favor…

—¡No! ¡No quiero calmarme! ¡No sabes lo que se siente enterarte de toda esta mierda de un día para otro! ¡No es solo lo de esta mujer, ni lo de Sakura…A ti no te recuerdo también! ¡¿Kakashi te conoce?! ¡¿Por qué? ¡¿Por qué nunca me dijo nada sobre ti?! ¡¿No puedo recordarte porque borré tus recuerdos de mi propia mente?! ¡Dime la verdad!

—Sasuke…

—¡Ni tu ni ella ni nadie me dicen nada y eso está…Todo esto matándome por dentro!

Pero Sasuke calla y Obito solo pestañea muy lentamente cuando el sonido de un arma cargándose se suma a la discusión.

Como es de esperarse Sakura es menos paciente que Sasuke. Ella no es de las personas que exige por medio de gritos que no hacen más que romperte la garganta. Sakura es más radical.

Sabiéndose consciente de que no tiene la fuerza, ni quiere sostener su espada, se va por lo más tradicional, cogiendo una glock de la mochila que Sasuke pudo recuperar durante el ataque de los Draugs, misma que ahora hace que la boca del cañón apunte la sien de Obito.

Ninguno de ellos tan siquiera la han visto venir aunque Obito quiere llevarse un poco de crédito por haberse dado cuenta unos cuantos segundos antes que Sasuke.

Si hubiesen sido más seguramente habría logrado detener el viaje de la mano de Sakura y no estaría en esa situación, que aunque es claramente una amenaza contra él, Obito la afronta con la más trémula calma aunque no la subestima. Sakura nunca ha sido de amenazar para no cumplir.

—Te dije que no quiero que te acerques más a él —su primera amenaza, sin embargo, es la misma que hace un par de horas antes de que lo mordiera. Le está diciendo que se aleje de Sasuke.

—No puede evitar que él sienta curiosidad sobre mí y… —el primer disparo, que termina rozando su oreja e incrustándose en la madera de la pared tras él, aturde sus oídos pues es quien está más cerca del arma, provocándole un poderoso resonar que lo deja casi sordo.

Que sí, puede que sea como Sasuke pero cosas como esa, o algo como una bala traspasando su cráneo, pueden fácilmente matarlo. No son inmortales después de todo.

—¡Sa-Sakura…! ¡Detente! —a pesar de los gritos de Sasuke claramente se percibe que ha resentido el sonido del disparo igual que él, terminando por aturdirse. Y aunque Sakura también lo siente, está más rígida que nadie ahí, aun con el brazo extendido y el arma apuntándole a pesar de que se ha agachado un poco por el impacto.

Ella se muestra más entera que los dos y quizá es porque aunque Obito también fue soldado, quien no ha dejado de serlo apenas hace unos días es ella. Ella está más en forma que cualquiera.

—Fallaste… —aún así, Obito es tan imprudente e incitador como para decir tal cosa, haciendo que esta vez el cañón de la pistola pase de su sien hasta en medio de su frente, borrándole la sonrisa de inmediato.

—¿Enserio te crees que yo fallaría a esta ridícula distancia? —silencio—. ¿Qué tal si te doy un incentivo a que me obedezcas y no te acerques a él? —un segundo disparo se efectúa y esta vez no falla. Obito no grita, pues el grito ha muerto en su garganta, pero se muerde tanto los labios que estos comienzan a ponerse rojos—. Viéndote así…Me siento un poco estúpida por no haberme dado cuenta de que tienes la misma mirada que ese bastardo —dice, refiriéndose a los ojos furiosos con los que Obito la mira en tanto se sostiene la pierna donde Sakura le ha plantado el disparo. Ojos parecidos a los de Danzou—. Qué asqueroso —dice ella refiriéndose a como es de rápida la capacidad regenerativa de Obito, sanando a la brevedad, a pesar de que hace unos meses le dijo que ya no sería de utilidad.

Cuando la herida cierra y la bala termina en el suelo, Sakura vuelve a apuntar mientras Sasuke, detrás de ella, está helado.

Sakura…¡¿Le acaba de disparar a Obito?! Solo cuando es consciente que su brazo apunta apunta de nuevo a su frente, se estremece.

—Si te clavo una bala en el cráneo… ¿También te vas a poder recuperar de ahí? —un escalofrío le recorre a ambos hombres. No está bromeando. No hay ni un ápice de duda en sus ojos. A Sasuke toda esa situación le sobrepasa. Sakura está como si nada sosteniendo la pistola como si fuera una fría arma programada para matar.

—¿¡Qué carajos, Sakura?! —Sasuke finalmente se atraviesa a medias, sacudiéndola con fuerza del brazo—. ¡¿Te volviste loca?! ¡Él es mí…!

—Sé quién demonios es —de un empujón lo aparta, volviendo a apuntar, ya quitando el seguro del arma ahora que lo tiene hincado debido a que se ha encogido por el segundo disparo—. Vi su maldita mente así como tú —deja de mirar a Sasuke para volver a concentrarse en él—. Y si no te he matado aún es porque me vas a decir toda la maldita verdad de una buena vez a menos que quieras que te entierre plomo en el cerebro.

—¡Sakura! —es solo cuando Sasuke vuelve a sacudirla que Obito toma una decisión. Una decisión que podría terminar tan mal como espera…pero es su elección.

—Lo voy a hacer…pero con una condición —mientras Sasuke y Sakura forcejean, Obito ya está poniéndose de pie, devolviéndole el ataque de hace unas horas. Con los dientes de fuera y los ojos rojos, ni siquiera Sakura es capaz de detenerlo cuando la tumba y ahora es él quien le encaja de dientes no sin antes soltar: —Que tú también me muestres todo lo que ocultas.

.

.

Continuará...


A favor de la Campaña "Con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo.

No me manoseen ;-;