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La urna de las mentiras
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Sasuke.
No esperaba que fuera sencillo.
Morder a Sakura implicaba solo el inicio del problema.
Y aunque no quisiera verlo de ese modo, lo era.
Pero antes de caer en cuenta sobre las complicaciones de adentrarme en la mente de alguien me avoqué a sujetarla con fuerza. No porque ella diera indicios de arrepentimiento por lo que estábamos haciendo, sino porque lo necesitaba. Ambos lo necesitábamos. Sostenernos de tal forma que nos probáramos a nosotros mismos que aquello estaba pasando. Que más allá del miedo y de la incertidumbre de si esto o no iba a funcionar, estábamos sintiendo algo más.
Que sostenernos de esa manera era también prueba de nuestro deseo.
De obtener seguridad.
De saber que uno estaba ahí para el otro si llegase a flaquear.
La adrenalina que he experimentado en diversos puntos de mi vida no se compara a la sensación electrificante de siento ahora. La única ocasión con la que podría hacer una comparación similar a esta sería a la de hace unas semanas atrás. Cuando Sakura tomó mi sangre por primera vez. Aunque ahora esa sensación me sabe a que estuvo incompleta.
—Cuando la predisposición sea de ambos lados, pasará. Vas a sentirlo. Vas a sentir absolutamente todo de ella, así como ella sentirá todo de ti.
¿Debería avergonzarme?
En aquél entonces, conversando a solas con Obito, recuerdo haber estado ligeramente indeciso a seguir con este plan tras oír eso de él. ¿Qué errores —de los que no me sintiera orgulloso— podrían suponer un obstáculo o una vergüenza para mostrarle a Sakura cuando me mordiera? ¿Estaba realmente de acuerdo en también mostrarle mis partes oscurecidas y frágiles? Desde luego no existiría tal comparación, pero esos pensamientos me saben lejanos ahora.
Ahora que la estoy mordiendo, y siento como poco a poco se adormece mientras la sostengo, el mundo parece llenarse de luz.
Es abrumador.
Es abrumador vivir la sensación cuando repunta de nuevo todo como si fuera una corriente eléctrica que recorre todo mi cuerpo.
Puede sentirla.
Puede sentir cómo respira.
Puedo sentir la fuerza de sus brazos aprisionándome y de sus puños empequeñecidos al sujetarme por encima de la tela de la ropa.
Siento su aire, siento su piel, siento su miedo, siento absolutamente todo su ser.
No la suelto ni ella a mí tampoco; y se siente como una adicción. Obito dijo que algo así pasaría. Para ella debe ser difícil, pero para mí lo es diez veces más. Beber la sangre de alguien no se sentiría correcto si tan solo siguiera enclaustrado con la idea de que soy solo un ser humano como el resto. Mis dientes fueron hechos para esto, mi cuerpo, los músculos que se tensan, el brillo inusual que seguramente mis ojos conservan, todo esto fue hecho para este momento.
Me queda claro que no soy como el resto.
Y me queda claro que por ello es que no puedo querer a alguien como el resto sino es ella.
Porque ella tampoco es como el resto.
La siento tan triste pero tan fuerte, pero a la vez tan llena de coraje. Tan llena de frustración. Siento absolutamente todo lo que ella siente y es como si me guiara a través de túneles con poca luz y con mucha humedad. Cerrando los ojos, abrazándola mientras bebe —así como yo de ella— casi puedo vernos dentro de un plano que hemos visitado separados con anterioridad, pero nunca juntos.
Estamos ahí, ella y yo, frente a frente, y cuando estiro mi mano hacia ella, duda.
Yo sé que esto no es fácil porque tanto ella como yo ni siquiera sabemos de qué forma va a sacudir nuestro mundo una vez que despertemos.
—Está bien. Estoy contigo.
Un pobre niño que acaba de conocer sobre la empatía ahora tiene la oportunidad de cambiar. De alguna manera, Sakura, tú te topaste con él. Un pobre niño abandonado anhelando la felicidad. Quiero volver a ser él. Ese quien solía ser. Pero antes de incurrir a esa búsqueda tenemos que hacer ésta. Debemos superar y vivir los demonios del otro antes de avanzar.
Tengo qué saber.
Tenemos que saber.
—Todo va a estar bien —repito y cuando toma mi mano ya no somos adultos.
Solo somos dos niños deshechos que coinciden en un mismo tiempo dentro del mundo en nuestras cabezas. Sakura y yo lucimos como dos pequeños niños de seis tomados de la mano, caminando dentro de un túnel que se ve y huele a oscuridad y a angustia. Tanto de ella, así como también mía. Hace frío y todo nos hace temblar, pero aun así avanzamos. Cruzamos y cruzamos umbrales en los que poco a poco el aire se torna más pesado.
Solo hasta que llegamos al último Sakura corre a esconderse detrás de mí como si huyese de algo. Como si se hubiese percatado de algo antes que yo.
Parece irónico.
Que sea ella quien se alerta primero y no yo.
Que sea ella quien reconozca a Mikoto antes que yo.
Mikoto.
No nos ha visto pero nosotros a ella sí. Y se siente antinatural. Anticlimático. Todo.
Si no estuviera convencido de que las imágenes que se nos presentan son la idealización —seguramente— de cómo Sakura y yo vemos el mundo ahora —empequeñecido porque nos vemos como niños en lugar de adultos— diría que me sorprende ver a Mikoto representada como una niña igual de pequeña que nosotros.
No nos mira, pero estoy seguro de que sabe que estamos ahí, a unos pasos de ella dentro de esa inmensidad que pertenece a la nada.
Sabía que no sería fácil.
Y la razón para sentir que hemos estado caminando en círculos sin llegar a la puerta adecuada que nos permita comenzar a ver los recuerdos es justamente porque esa última puerta, ese último obstáculo, ese último miedo, no es un objeto, es una persona. Es...ella. La mujer de blanco. El fantasma eterno de Sakura. La idealización de lo que tendría que ser la imagen de mi madre. Por eso Sakura ha corrido a esconderse detrás de mí, porque a pesar de que dice que la ama también le teme. ¿Por qué le teme? ¿No es acaso su persona más amada?
Sakura tiembla abrazada a mi brazo mientras avanzo.
Se siente frío de pronto a pesar de que en ese plano alejado de la realidad no se percibe ni una sola brisa. Ni olores. Ni sabores.
—"Son como los de Obito" —pienso a cerca de sus ojos cuando llegamos frente a ella y nos observa como si fuera un ente inanimado. El pensamiento es ridículo, pero es una forma para no decir que son como los míos. Es mi madre, en teoría, pero sigo sin sentir la conexión real entre ella y yo lo cual representa una atadura más pues si no empatizo con ella, o no hay disposición de mi lado para entenderla, todo esto será en vano.
Y no tenemos tiempo.
—Mikoto —cuando digo su nombre Sakura se estremece. Aquí dentro como en el plano de la realidad allá afuera—. Oye, Mikoto.
"Arrodíllate ante la Reina"
No sé por qué he tenido ese pensamiento, pero de todos modos lo hago. No en son de sumisión sino para poder verla más de cerca pues mi subconsciente sabe a qué persona asocio con el término Reina ahora. Sakura, a mi lado, no me suelta mientras Mikoto, también a nuestro lado, luce con una apariencia dócil, pero a la vez solemne. La diferencia entre las dos —siendo que conozco a una un poco más que la otra— es enorme. Enorme porque quien yo creía nunca se doblegaría ni demostraría miedo, lo está haciendo. Y a quien no conozco, luce como un sólido ejemplar de una deidad.
Pero ella no es mi deidad.
Mikoto es una desconocida aún para mí.
Sakura, en cambio, se ha convertido en mi razón de ser. Puede que carezca de claridad y presuma en ocasiones de arrogancia donde no hay cabida para ello, pero es a quien yo elegido para ser la Reina sobre mi tablero. Pero más que nada porque quiero ser capaz de protegerla. Aun así, sé cuál es mi tarea, cuál es mi deber. Tengo qué concentrarme en ella, en Mikoto, sin descuidar a Sakura.
Tengo qué. Tengo qué. Tengo qué.
—Mikoto —no sirve, pienso. No sirve llamarla así —. Mamá —el segundo intento, sin embargo, a pesar de sentirse extraño parece funcionar. Sé, desde luego, que lo he dicho es de dientes para afuera, pero hay algo en la reacción de la pequeña Mikoto que me hace anhelar que me reconozca. Sé que eso no es posible. Porque ante sus ojos soy solo otro niño que se asemeja a su edad, pero a los míos es la mujer que se convertirá en mi madre en un futuro en el que no gozaremos estando juntos—. Mamá —es el tercer llamado y ya estoy tomando su mano.
Y en esta ocasión sí siento algo.
Algo que va más allá a sentir una corriente de electricidad.
Es una sensación inexplicable.
Es el llamado de la sangre.
Es el llamado de mi madre.
Y, así como con Sakura, con solo tocarla, puedo sentir su dolor. Puedo sentir como se tensa, como sufre, como calla algo por sentirse usada y reprimida por tanto tiempo.
La Reina se arrodilla. La Reina baja la cabeza. La Reina ya no es Reina, solo es una niña con un destino tan lamentable como el de Sakura y mío.
Y, por primera vez, empatizo con ella.
Se nos acaba el tiempo, me repito, pero es difícil enfocarme cuando hay lágrimas en mis ojos de las que apenas soy consciente. La mente es poderosa pero el corazón lo es más, y a pesar que en su representación de seis años el suyo aun late dentro de ella, es como si me llamara. Sakura, a mi lado, deja de temblar, y junto a mí se une en un ruego silencioso. Estoy seguro que, así como yo, su consciencia adulta está conmigo a pesar de que nos veamos como dos infantes, y quien ha tomado el control ahora es la Sakura que conozco. La que ama y anhelaba volver a ver a Mikoto. A esta mujer que representa tanto para nosotros dos en diferentes episodios de la vida y de maneras distintas.
Se nos acaba el tiempo.
La nada se desvanece.
No tendremos otra oportunidad de entrar si no es a través de ella y si no es ahora.
—Mamá...Déjame ver.
Está renuente. Incluso más que Sakura. No hace falta que diga nada para entender que el gesto descompuesto por el que atraviesa su rostro no es solo capricho. Ella está incluso más herida que Sakura. De algún modo lo sé. Tiembla y se asusta cuando tomo su mano; y la tela de la solemnidad finalmente cae y me deja ver a la verdadera Mikoto. Y no puedo evitar sentirme desecho al pensar que esta mujer, esta mujer que se convertirá en mi madre aun sin saber, tendrá que pasar por un infierno similar al de Sakura antes de serlo.
Obito tenía razón; que yo sería el único capaz de obtener las respuestas que ella tiene pues la sangre nos une, pero en algo se equivocó.
No puedo hacer esto sin Sakura.
Y ahora la tengo a mi lado. Si tengo su mano por encima de la mía que envuelve la de mi madre, la suma de fuerzas, de sentimientos y de comprensión se vuelve mayor.
El miedo e incapaz de ganar aquí.
Es mi turno de suplicarle.
Necesito suplicarle que nos deje entrar. Necesito pedirle que nos deje ver.
—Déjame ver...
No.
—Déjanos ver.
Ambos necesitamos saber.
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II
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"Haz de ella una mujer de la que todo el mundo quiera temer"
Antes de convertirse en eso.
Antes de aceptar volverse eso.
Antes de que el mundo entrara en un completo desorden la gente prefería creer en supersticiones que en los hechos obvios comprobados por la ciencia. Pero a Mikoto el desorden y la catástrofe, junto al pánico colectivo, no le quitó nada. No le quitó nada porque desde hace tiempo que no poseía nada.
No fueron las esporas.
No fueron los regímenes.
No fueron las situaciones extremas a las que se sometería siendo una niña.
Su miedo la llevó al borde de la desesperación. Y la desesperación le hizo cometer o hacer peticiones desproporcionadas. Pero antes de estar frustrada, antes de estar llena de coraje durante un largo tiempo, antes de convertirse en todo eso, solía ver al mundo de una manera distinta.
—Solemos ver el mundo de dos maneras, señorita Mikoto —le explicó Chiyo la primera vez. La primera vez luego de semanas de no presentar ningún cambio en cuanto él se la entregó.
"—Ella es Mikoto. Te encargarás de ella a partir de ahora, Chiyo", y Chiyo, tan obediente, joven e inocente aceptaría a otra obediente, joven e inocente como ella.
Los cuestionamientos, en ese momento, no existían. Y si los había, eran sumamente reprimidos para no ser reprendidos. El mundo estaba atravesando por una vereda entre el colapso y la insurgencia y Chiyo, siendo llevada, rescatada y alimentada por elementos del ejército a ese lugar al menos debía mostrar su gratitud por ese gesto de ayuda humanitaria.
Danzou, su superior y su benefactor en aquél entonces, lucía como todo menos como un hombre despiadado.
Aunque el hecho de llegar un día con esa niña de la nada le hizo difícil la idea de verlo ejerciendo el rol de padre.
—¿De dos maneras? —Mikoto, tan parecida a él con esos enormes y bonitos ojos, a su vez era tan contrastante. Para Chiyo era un alivio durante sus días. Para el resto, acostumbrado a niños menos efusivos y expresivos, Mikoto llamaba demasiado la atención.
—Sí. Estando dentro o fuera de él.
Quién iba a pensar que la insurgencia nacería a partir de ella.
Que sería engendrada dentro de un mundo atormentado, frío y oscuro.
Que emergería de esos bonitos y expresivos ojos.
No había oportunidad de saberlo, pero en tanto el crepúsculo llenase el espacio sombrío de su interior, un día, moraría una escena lúdica a cerca de lo que pudo haber sido su vida y su futuro si hubiese tomado las decisiones adecuadas.
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III
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Mikoto
Solemos ver al mundo de dos maneras.
Estando dentro o fuera de él.
Yo solía verlo desde afuera pues en ese entonces no conocía una manera divertida de pasar el rato estando encerrada en casa.
Mamá siempre decía lo especial que era. Durante las noches más frías y largas la recuerdo sentada frente a la chimenea conmigo en brazos recitándome alguna vieja canción rememorada.
De mi padre tengo pocos recuerdos. Él era un genetista, uno apasionado, pero lejos de la fachada frívola y seria que la mayoría de mis amigos decían que poseía, era un hombre dulce.
Disculpen si me quedo perdida o en silencio durante unos segundos. Es un mal hábito que intento corregir. Mamá dice que no es nada malo solo que a veces parece que me desconecto de la red o del hilo de la conversación porque soy distraída.
Como decía, no recuerdo mucho de papá y eso es lo más triste. Desde que mamá y yo llegamos a este lugar, lo vemos poco. Mamá dice que papá hace todo lo que puede por mantener el orden y mantenernos seguras. Una vez escuché decirle que estaba intentando salvar al mundo. Me emocioné. Me emocioné porque aquello sonaba a que estaba siendo como un héroe. Recuerdo que se lo dije, que era un héroe. Y recuerdo también como me besó en las mejillas y dijo algo que solo años después comprendería.
—Mamá ¿Cuándo vendrá papá? —recuerdo las noches en las que aún se podía, y estaba permitido, ver el cielo y sus estrellas.
—En cuanto termine su trabajo, vendrá corriendo a verte.
Mamá nunca mentía.
Aunque la única mentirilla de la que siempre se reía, mientras yo fruncía los labios, era esa acerca de que el color de mi cabello era mucho más bonito el suyo. Lo cual, como dije, era mentira. El color de cabello de mamá Mito era de un rojo incandescente increíble tan brillante como lo era el atardecer del que gozábamos antes de llegar a este lugar que tiene más pinta a refugio.
Nunca le cuestioné a ella o a papá a cerca de por qué estábamos ahí.
A papá porque no lo veía desde que llegamos aquí y a mamá porque la conversación a cerca de por qué no había heredado el color de su cabello —pero sí el de papá— se me antojaba más importante.
Aun así, las preguntas a cerca de él no pararon. Y, con el tiempo, mamá se volvía cada vez más experta en inventar algo que fuera convincente para mí.
Hasta que, un día, no volvió. No volvió por un largo, largo tiempo en el que creímos que enserio no lo haría nunca más.
Y mamá no pudo ocultar su tristeza durante todas las noches en las que lloró en vela. ¿Por qué lloraba? ¿Había hecho algo mal? A medida que pasaban los días y papá no volvía, su imagen en mi mente comenzó a desvanecerse de un modo inusual. Durante ese tiempo, y por una razón desconocida, mi madre siempre evitaba o alejaba las miradas curiosas de la gente con respecto a mí.
—Eres especial. Especial como papá. Por eso papá está haciendo todo lo posible para protegerte.
Y si lo era...Si él era tan especial como yo ¿por qué no estaba conmigo? ¿Por qué solo podía protegerme estando lejos de mí, de nosotras? ¿Y en qué éramos especiales? Ser especial debía significar algo realmente bueno, pero en su lugar ser especial parecía ser sinónimo de lo contrario. La mayoría de la gente ahí era amable, pero...
—Mírala. Tiene los mismos ojos que él.
Los ojos de un demonio.
—Mamá... ¿Cuándo vendrá...? —"¿Quién?" ¿Qué es este extraño sentimiento de abandono? Ah. Lo estoy olvidando. Estoy olvidado cómo es que lucía papá. Se siente extraño. Como un casete dañado que se salta pedazos de película que son importantes para entender en desenlace de algo—. Tengo miedo —miedo porque hay algo raro en mí y porque cada que la gente me ve dice que es verdad.
—No tengas miedo, mamá está aquí —y yo, sin saber, años después repetiría esto. Repetiría las mismas palabras a un ser tan inocente como yo lo fui alguna vez.
El día que papá no regresó, mamá lloró durante horas. Durante noches enteras en las que no se me permitió estar con ella. Ahí adentro, todos eran desconocidos con rumores silenciosos ocupando un espacio dentro de sus lenguas. Constantemente el nombre de papá era acompañado por un par de palabras que no entendía. Ahí adentro la mayoría era gente especializada en algo. Algunos eran genetistas como él, otros eran solo civiles que habían sido llevados ahí para refugiarlos de algo.
Cuando tuve consciencia del peligro al que constantemente se referían todos, ese que existía afuera, mi pensamiento comenzó a cambiar.
Mi modo inocente de ver las cosas también lo hizo.
Y poco a poco fui olvidando cómo lucía papá. Incluso su nombre aparecía en mi mente alterado como si hubiese sido tachado.
Papá no volvió, y por un tiempo creí que nunca lo haría. Aferrarme a mamá era lo más lógico, pero incluso eso se volvió limitado. Mientras más tiempo pasaba, allá afuera las cosas empeoraban, y los horarios dentro del refugio comenzaron a cambiar. Y de pasar todo el día en brazos de mamá pasé a estar solo un par de horas al día con ella.
—Tu madre no está bien. Debe descansar. Tu dormirás hoy en otra habitación —decían las personas a cargo de mí. Personas que, seguramente, alguien había designado para que lo fueran. Ese alguien no había sido mamá. Ella con esfuerzo comía y me miraba en ocasiones. Las conversaciones estando sentada sobre sus piernas, hablando por horas sobre su cabello y el mío, se detuvieron. La ausencia de papá era demasiado para ella. Lo amaba demasiado. Lo extrañaba demasiado. Lo amaba tanto o incluso más que a mí.
Un día, papá no volvió.
Y por ese tiempo me olvidé de su rostro y también de su nombre.
Y luego, finalmente y luego de un poco más de tiempo, él apareció.
—Mi pequeña Mikoto ¿no vas a darle un abrazo a papá? —con los brazos extendidos, acuclillado, y con una sonrisa que no supe interpretar y/o reconocer en ese momento, yo solo ordené a mi cuerpo ir hacia adelante para poder abrazarlo. Estaba ahí. ¡Papá estaba ahí! ¡Había regresado! ¡Y eso solo podía significar que las cosas mejorarían!
—¡Mamá, mira! ¡Papá volvió!
¿Por qué hace esa cara tan extraña? ¿Por qué mamá luce aterrada? El hombre que me abraza me besa y me protege es el mismo al que ella ama. Entonces ¿por qué luce como si no lo aceptara? Es él, mamá. ¿Qué no ves? Aunque no lo recuerde, aunque haya olvidado como luce su cara, aunque haya protestado a cerca sobre por qué nos dejó aquí y se fue durante mucho tiempo, es él.
Míralo. Míralo. Míralo.
Esa fue la primera vez que vi a mi madre asustada. Asustada de tomar la mano del hombre al que yo llamé "Papá" tan pronto volvió.
En ese entonces las demás cosas no importaban.
No importaban.
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IV
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Mi padre es Danzou.
Un genetista. Un hombre apasionado por el estudio de la herencia y la variación en las formas de vida.
Cuando el comportamiento de los seres humanos se vio afectado y el mundo se alteró, a través de la investigación es que él, junto a otro grupo de personas, pudieron deducir y/o establecer la relación entre la agresividad y lo que estaba pasando. O al menos eso es lo que mi padre hubo contado. La relación entre lo que sucedía afuera con lo que sucedía adentro, sin embargo, era un tema distinto.
—¿El mundo no se puede salvar? —él hacía su mejor esfuerzo. Enserio que sí. O eso creí. No por nada más gente se unió a la investigación que les tomaría años en descifrar si continuaban manteniendo un número escaso de participantes en el caso. Las veces que le preguntaba de dónde había venido aquello que ponía enfermar a la gente él dijo que del cielo. Que se trataba de un fenómeno de la naturaleza que era imposible de controlar, pero al menos posible determinar cuándo y dónde sucedería.
La gente comenzó a refugiarse.
A apartarse del exterior.
Con el tiempo un nuevo modo de vida se implementó a medida que el orden mundial —siendo incapaz de controlar un brote masivo de una infección sin precedentes— colapsó.
—Papá se esfuerza mucho, Mikoto. Pero a veces no puedo salvar a todo el mundo —¿Cómo podría dudar de él? Del hombre de la mano cariñosa sobre mi cabeza y mi mentón. Mamá, en cambio, siempre parecía estar en un estado de alerta cuando estábamos juntos los tres—. Pero tu podrías ayudar a papá si quisieras —la primera vez que propuso eso mi madre tuvo una crisis. La primera de muchas que se desencadenarían después.
A pesar de ello muchas veces la escuché discutir con él.
—No vuelvas a decir esas cosas delante de ella. Mikoto es una niña.
—Y es mi hija.
Y la discusión siempre se detenía luego de ese comentario. Y porque yo aparecía cada que lo decía, llorando.
Mamá ¿por qué no lo ves? ¿Por qué no ves todo el esfuerzo que hace papá para protegernos?
Las noticias tampoco ayudan, pero a medida que mamá se pierde más dentro de su universo y atraviesa más crisis nerviosas durante todo este tiempo, el sonido de la televisión al menos hace que los momentos a su lado sean más llevaderos. Pero cuando mamá enferma, papá decide llevarnos lejos.
Así como este lugar, este refugio en el que hemos estado durante los meses posteriores al desalojo de familias en cada nación, existen muchos más. Papá, al tener un puesto de trabajo tan exigente y ser de rango alto, posee privilegios. Él dice que esta vez nos iremos juntos a un lugar más amplio y mucho más bonito; y cuando llegamos ahí en verdad lo parece. A mamá, sin embargo, le da miedo, y durante la primera noche la crisis que la posee es incluso más grande y larga que las anteriores.
Papá Danzou debe sedarla, y con el corazón destrozado debo entender lo que me pide. Debo entender que es por el bien de las dos el mantenernos alejadas, tal y como él dice.
—Mamá está un poco enferma, cariño, así que desde hoy estarás a cargo de otras personas y tendrás tu propia habitación —no me quejo. No me quejo porque el lugar es genial, enorme y tiene pasadizos secretos que te dirigen a invernaderos criados y cuidados por la gente de ahí. Papá dice que puedo visitar a mamá cuando yo quiera, y yo le creo. Le creo porque es para que su salud se estabilice y esté de buen humor.
Cuando mamá está conmigo, a pesar del cambio en su carácter, es dulce. No hay momento que no me diga que me ama y me abrace con todas sus fuerzas. A veces lo hace más seguido cuando papá no está. Y a veces me percato que siempre se reprime de decirme algo. Sus labios, esos que siempre poseían un color natural rojo, se ven agrietados y pálidos cada vez que los aprieta cuando papá entra y nos interrumpe.
—¿Mamá se va a poner bien? —pregunto siempre. Y siempre es la misma respuesta.
—Papá hace lo que puede, mi pequeña Mikoto. Ella estará bien. Ahora ven, voy a presentarte a alguien.
La primera vez que la vi a ella fue a los pocos días de llegar a la nueva base. Una subterránea, pero con la capacidad de albergar varios pequeños ecosistemas bien distribuidos en algunas zonas como modo de no olvidar la vida que alguna vez fue nuestra.
—Ella es Mikoto. Cuidarás de ella a partir de ahora, en lo que su madre mejora. ¿Quedó claro?
Su nombre era Chiyo y era un par de años mayor que yo. Con una encantadora melena café y unos expresivos ojos amielados. Sin embargo, la primera impresión que tuvo de mí, en cuanto me vio, fue confusa. Ella parecía conocer a papá. Y ella parecía querer decir algo en tanto nos presentaron por primera vez.
—Ella es...
—Mi hija.
Lo soy. Y porque lo soy hay una estrecha confianza entre nosotros, pero a veces esa confianza lastima. Lastima porque quisiera que mamá y papá se llevaran bien, como antes. Cuando le pregunto a papá acerca de cómo conoció a mamá él tarda en responder. Y luego se ríe. Y en ocasiones esa risa suena falsa; pero no digo nada. No digo nada porque confío en él, y porque sé que mamá pronto se recuperará y, mientras eso sucede, estoy bajo el estricto cuidado de papá y las personas que él designa para mí.
La vida ahí comienza a ser cotidiana. Ya no podemos salir. Los canales de comunicación pronto dejan de transmitir y las voces que nos informaban a través de los televisores se dejan de oír. El periodo de silencio ocurre entonces. Un periodo en el que todos lucen desmoralizados y devastados. Estamos dentro, en un lugar seguro, pero apenas soy consciente de lo abrumador que es el silencio cuando me encuentro sola.
Chiyo casi siempre está conmigo, pero ella es algo así como un médico en ese lugar. Y aquello no es solo un refugio. Sin embargo, es tan enorme como para haberme dado cuenta de inmediato que también es una especie de bunker. Y si hay un cuerpo médico es porque ocasionalmente hay heridos. Y si hay heridos es porque la gente sale de ahí. Papá dice que no debemos salir. Y quienes lo hacen son porque no merecen estar ahí.
—Nunca debes salir de este lugar, ¿entendiste? —esa fue la primera vez que le vi alzarme la voz. Y también fue la primera vez que entendí que, si yo hacía algo mal, quien lo pagaba no era yo, era Chiyo. Con la mejilla enrojecida y la marca de la mano de mi padre sobre esta, nos mira, temblorosa—. No te atrevas a quitarle un ojo de encima.
¿Por qué?
¿Es porque la seguí a escondidas hasta el sector donde se embarcan personas en vehículos para salir? ¿Es porque no debía estar ahí? Papá va y viene de afuera como si fuera normal, y en ocasiones no lo vemos por largos periodos de tiempo, mismos en los que mamá disfruta al máximo estar conmigo. No tengo permitido dormir con ella. Papá Danzou dice que porque estoy creciendo y necesito desapegarme de ella antes de que se vuelva difícil, pero mamá me lo permite cuando no está.
Entre ella y Chiyo hay complicidad. A pesar de que la señorita Chiyo es muy cercana a papá, ella no es como el resto. Ella, enserio, es increíble. Tanto así que no solo es habilidosa a la hora que es solicitada para ayudar con la curación o recuperación de los heridos que llegan de afuera, también es increíblemente hábil usando esos hilos dorados que porta debajo de las muñecas y que cubren su uniforme.
—¿Puedes enseñarme?
A escondidas, todo era divertido.
A escondidas, descubrí que tenía cierta gracia para cosas como esta.
A escondidas, Chiyo decía que ansiaba el día en el que pudiese recordar aquello que perdí.
—Tu eres diferente al resto, pequeña Mikoto.
—Lo sé, papá me lo dice siempre —esa mueca entumecida, esa caricia sobre mi cabeza congelada, esa expresión de lástima—. ¿Qué? —manos en la mejilla y un respingo automático de mi parte. Aun hormiguea...Aún hormiguea el área enrojecida donde estuvo la mano furiosa de mi padre por una de las tantas desobediencias de mi parte. Cuando Chiyo la acaricia, se siente como el hogar que alguna vez tuve—. ¿Sabes que no puedo recordar ciertas cosas? —la veo asentir, y es casi como si no hubiese necesidad de contarle nada—. Papá dice que es mejor así —que no recuerde. Que quizá es un pequeño desperfecto en mi mente o quizá me di un golpe muy fuerte lo que provoca que hayan espacios vacíos—. ¡Ah, pero también soy muy fuerte! ¿Te enseño?
Esa fue la primera vez que cedí al instinto y que puse en práctica todo lo aprendido con solo observar.
Comenzaron a llamarme: prodigio.
Y mi padre comenzó a mirarme más.
Aun a pesar cuando no entendía en qué fase o bajo qué nuevo régimen se encontraba el mundo ahora, pues dentro de esas paredes era muy difícil descifrar lo que sucedía allá afuera, le creí. Le creí cuando decía que era especial. Le creí al brillo inusual de sus ojos cuando dijo que su niña era justamente la fuerza que necesitaba.
La información que recibíamos de afuera era limitada, al menos para nosotros. Así que solo podía obtenerla si pasaba más tiempo con él.
Con el tiempo, fue promovido. Y, también con el tiempo, más gente comenzó a llegar a ese lugar. Gente de fuera. Pero, especialmente, niños. Niños oscilando entre mi edad o un poco más. Por aquel tiempo, recuerdo bien que, la curiosidad alternando a la verdadera necesidad de saber de dónde venían y por qué estaban ahí me apoderó esos días.
—¿Por qué están en grupos? —Chiyo me observa como quien quiere decir algo, pero no lo hace—. ¿Chiyo?
—Los niños son el futuro del mundo —diría papá a mi espalda, interrumpiendo nuestro momento juntas—. Son la evolución. Y tú serás quien los lidere.
Esa misma noche, recibí un uniforme. Uno muy similar al que esos niños portaban. Y Chiyo pasó de ser solo la persona que me cuidaba a ser mi maestra. Mi padre confiaba en ella, o eso parecía.
—Mamá, mira, mira —modelando lo que se suponía debía portar con emoción, se lo mostré.
Esa fue la primera vez en la que, consumida por la ira y la desesperación, mi madre me abofeteó. Y después me abrazó. Me abrazó llorando, pidiéndome perdón. Ojalá no lo hubiese hecho. Ojalá no me hubiese pedido perdón. Si ese perdón hubiese sido acerca de que sentía mucho haberme golpeado, lo hubiese entendido. Lo hubiese aceptado. Pero su perdón no era por eso.
—Perdón...por traerte a este mundo.
Perdón por vivir.
A cerca de un futuro juntos, dejé de insistir. Y al mi padre enterarse, me tomó en sus brazos y me alejó de ahí. Los momentos con ella terminaron y, en cambio, los momentos con él empezaron.
—Mamá está enferma. Muy, muy enferma —lo sé—. Desde ahora solo la verás cuando yo te lo indique ¿está bien? —entiendo—. Desde ahora serás el orgullo de papá —lo seré.
¿Era mi madre culpable de su propia inestabilidad mental? ¿De la incapacidad de cuidarme ahora? ¿De la severidad con la que, en ocasiones, decía que veía en mí un reflejo de él? No recuerdo alguna vez en la que ambos dijeran que se amaban, pero sí recuerdo la ilusión que existía y reflejaban sus ojos meses antes de que lo volviéramos a ver. ¿Por qué?
—¿Y dices que nadie te enseñó?
—No, solo lo aprendí observando a los demás hacerlo.
En ese lugar, comenzaron a llamarme prodigio. Genio. Por ser hija de Danzou, desde luego, su popularidad e importancia en ese lugar, creció. Papá siempre fue bueno en lo que hacía, pero desde hace tiempo que no nos visita. Aun así, sus órdenes fueron dichas mucho antes de que comenzaran sus viajes al exterior.
—Haz de ella una mujer de la que todo el mundo quiera temer.
¿Por qué? No quiero que me teman. Pero aun si no quería manifestar esa imagen de mí, los demás se sentían intimidados de todas formas. Incluso yo, quien desconocía lo fuerte y rápida que mi cuerpo podía reaccionar, me sobresalté la primera vez que pude vencer a tres oponentes mucho mayores a mí. Esa fue la primera vez que casi asesino a alguien sin darme cuenta. Sobresaltada y cubierta de sudor, desperté esa noche temiendo lo peor. Desperté de la pesadilla de no haberme detenido y haber cometido algo así.
Cada día, mis músculos se fortalecían.
Cada día, una nueva actividad o un nuevo entrenamiento se sumaba a la lista.
Cuando tuve la consciencia propia de entender cómo funcionaba ese lugar, pregunté. Pregunté aun sabiendo que no obtendría una respuesta como recompensa.
—Estos niños...¿qué van a hacer con ellos? —porque una cosa tenía claro. Mientras más venían, más se iban. Era una rotación. Con el tiempo entendí que no solo buscaban adaptación sino evolución, tal y como papá había dicho antes. Los estaban preparando, entrenando. Si el futuro éramos nosotros, y si por eso los adultos se dedicaban a fortalecer al sector que, en un futuro, sería la prosperidad, ¿por qué se sentía como una cárcel? ¿Por qué se sentía como si la infancia hubiese sido arrebatada?
Varios de ellos, los que venían de fuera, lucían diferentes al resto que parecían niños aun genuinamente asustados. Un grupo de ellos ya venía completamente entrenados y capacitados.
Chiyo los llamaba panales. A los sitios de donde ellos venían. Lugares parecidos a este. Con una vida parecida también.
—La adaptación es la clave. Lo que está enfermando a las personas no a todas las afecta. Han...habido casos en los que no.
—¿Personas que no se infectan? —Chiyo niega, sigilosa mirando un poco antes a los alrededores. Las prácticas de ese día han acabado y aunque ella tiene más obligaciones en las qué ocuparse, siempre pasa tiempo conmigo antes de irse a hacerlas.
—Personas que no se convierten.
En ese tiempo, en el que mamá, papá y yo solíamos vivir afuera, en ese mundo donde teníamos una modesta casa y un jardín verde y amplio, las personas no se convertían en eso. La gente ahora los denomina demonios. Pero gente como mi padre está en la búsqueda de una forma de erradicar todo eso, aunque también están convencidos de que la clave de una humanidad próspera, una capaz de salir un día de ese lugar siendo capaz de enfrentar a esas criaturas, está en nosotros.
La idea, en ese momento, no me pareció equivocada.
Era solo una niña.
Una niña que había perdido a una madre —al menos mentalmente— y que solo quería conservar a su padre.
Quería complacerlo.
Él es una persona buena.
Él está a favor de la vida.
Él me tenía a mí.
En ese entonces creí que era suficiente.
Suficiente con convertirme en todo lo que él quería que yo fuera. Y por un tiempo me volví como él. Mamá de vez en cuando, durante sus momentos de lucidez, me reconocía y decía que era su valiente niña. Pero sus abrazos se volvieron fríos y difíciles de aceptar del mismo modo que ella rechaza, cada noche, la lista de medicamentos que le deben suministrar. Papá siempre está ahí conmigo, y entre los dos observamos en silencio —aunque yo silenciosamente afligida— el tormento y las dificultades que los enfermeros deben sobrellevar cada que mi madre se opone en medio de un ataque de ansiedad.
Las bandejas y los aditamentos, en ocasiones, vuelan por el aire hasta terminar en el piso.
Mamá grita y pide que no le inyecten nada mientras yo aprieto la mano de mi padre y le pido que pare.
Pero no lo hace.
Nunca lo hace.
Lo único que hace es secar mis lágrimas cuando se agacha y queda a mi altura.
—Mamá está enferma. Las medicinas la pondrán mejor.
Verla con la mirada perdida y con ganas deshechas de si quiera mirarme o hablarme cada que la visito con supervisión —luego de una difícil noche de medicamentos para ella— no es lo mejor.
Pero él dice que lo es.
Todo lo que dice es por nuestro bien ¿no es así?
—¿Y estos moretones? —cuando Chiyo levanta la tela de mi uniforme, yo solo busco bajarlo—. ¿Te lastimaste en el entrenamiento? ¿Es demasiado para ti? —no contesto—. Mikoto, si el entrenamiento es demasiado pesado puede decirle a tu padre que...
—No. No le digas nada —Chiyo exhala un suspiro de frustración combinado con algo de miedo. Miedo. Es algo curioso eso. Acerca de ella, a cerca de mí. De que a pesar de que ella es mayor y que seguramente toda su vida la ha dedicado a este tipo de ambiente, aun luce amable y dulce. Chiyo me recuerda a mi madre. A Mito antes del encierro. Y de vez en cuando me recuerda a mí—. Chiyo, ¿puedo contarte algo? —ella asiente luciendo, de nuevo, gentil. Yo, en cambio, cada vez me parezco más a él—. Quiero morir.
Esa noche fui incapaz de llorar o de proyectar mi necesidad de hacerlo a través de ella, quien sí lo hizo.
Esa noche, sabiendo que aquello podría representar un castigo severo a la mañana siguiente, se quedó a mi lado.
Y Chiyo lloró las lágrimas que yo no pude.
Me habló acerca de la vida y de lo maravilloso que es vivir aun cuando el mundo, en la actualidad, representa un peligro letal.
Me habló sobre ella, sobre la vida que solía vivir antes de todo esto, y me hizo añorar un poco de estabilidad.
—¿Tu padre te inyecta a ti también medicina? —asiento, apática. Cada vez siento que me parezco más a él. No es que la medicina que él dice que es para fortalecerme haya hecho algún cambio en mi manera de pelear o en mi habilidad para hacerlo, se siente más como si viviera constantemente en un estado de embriaguez en el que ya ni siquiera recuerdo lo que era sonreír.
—Me parezco a los niños grises —a los que llegan con el semblante más tórrido del mundo. Esos con los que suelo entrenar y que siempre representan un poco más dificultad vencer—. ¿Ellos vienen de otro lado, no es así? —Chiyo asiente, pero, de nuevo, se muerde los labios—. Tú sabes de donde —no es una pregunta, es una afirmación que, en cuanto la oye, la hace titubear—. Esos niños son los que más se parecen a mí.
—Pero tú eres diferente.
Y, si lo soy ¿por qué no me dice por qué?
—Más, Mikoto. Necesito que me des más de ti. Ser fuerte no es suficiente. Tienes que ser la mejor de este lugar —sentirme presionada por complacerlo para mantenerlo a mi lado ya no es satisfactorio para mí. Lo soy. Soy bastante fuerte ¿Qué no ve a los diez niños mayores que están tumbados en el suelo dando grandes bocanadas de aire luego del duelo que perdieron ante mí? —. Necesitas ser más fuerte. Más rápida. Más todo.
Más, más, más.
Esto ya no es divertido.
Esto es muy agotador.
Los entrenamientos con él son severos, y no tiene piedad.
Me vuelvo más fuerte. Más rápida. Más todo. Tal como pide, pero ¿cuánto más? Mientras más peleo, mientras más gruño, mientras más aprendo a sostener un arma, más me alejo de todo.
A mamá ya no la veo. Ha sido removida de habitación y creo que incluso de sector. Chiyo me informa de eso y me pide que no me preocupe, pero tan pronto se da media vuelta luce tan endeble cuando baja la cabeza y recibe de mi padre una serie de órdenes que debe cumplir. La serie de reflexiones o citas que seguramente le pide que me debe decir para que me las crea.
De nuevo, quiero morir.
Vivir aquí empieza a ser sofocante.
Papá ha dejado de ser una persona amable.
Mamá ha dejado de serlo también.
—Aquí adentro...es sofocante... —tales pensamientos en una niña pequeña deberían ser alarmantes, pero he leído, pues hacerlo me tranquiliza y me aleja de las obligaciones de siempre, que la muerte es solo otro punto de partida. Mucha gente ha muerto desde que este brote infeccioso comenzó, ¿significa eso que se encuentran en un lugar mejor? No creo que hayan deseado morir en primer lugar así que quizá a las personas que quieren vivir, pero a las que se le arrebata esa oportunidad, sean las afortunadas de obtener un sitio en un lugar bueno.
A las que son como yo ¿a dónde irían? A las que quieren morir.
Estoy casi segura de que morir en este lugar no me va a traer paz. Pero, aun así, hay veces en las que solo quiero quedarme en la cama recuperándome de las heridas que aún no sanan. Duelen, y porque duelen es que, al menos, me recuerdan que estoy viva.
Cuando papá me saca por primera vez del encierro solo es para crear ríos de sangre a través de mí.
—Ya no son personas, Mikoto. Solo son bestias que representan un peligro para todos allá adentro. No quieres que mamá sea devorada ¿o sí? —no quiero que sea devorada. Ni que él sea devorado. Ni tampoco Chiyo...Y mucho menos yo. Así que pronto salir a su lado, solo con el propósito de exterminar gente que es potencialmente peligrosa, se vuelve rutinario.
Pero lo odio.
Lo odio porque el olor de la sangre no se va del todo.
Lo odio porque no sé cómo parar todo.
—Mamá... —su radiante cabello rojo luce opaco. Sus manos, ásperas. Su mirada, perdida. Aun así, solo estando con ella, conservo algo de la inocencia que dejé que se fuera. Si ella no levanta su mano, yo lo hago por ella. Y la acomodo ahí, encima de mi mejilla, donde hay un par de lágrimas escurridas—. Mamá, me haces falta...
Mamá, tengo miedo.
Papá ya no es el mismo.
Y creo que siempre tuviste razón, pero ¿por qué tuviste miedo el día que volvió?
Mamá, háblame. Dime qué es lo que pasó.
Mamá sabe cosas, pero mamá ya no habla. No porque haya perdido la capacidad de hacerlo sino porque no quiere. Luce completamente ajena a la vida como si estuviera en automático. Y yo, inconscientemente, me lleno de eso. Su desolación me transmite tristeza, y esa tristeza es demasiado severa.
Ni siquiera tengo un solo amigo dentro de este lugar con el cual platicar. Chiyo, desde luego, me mantiene a flote, pero no es suficiente. No es el incentivo que necesito. Ese incentivo que antes era mi madre pero que ahora se ha perdido.
Mamá, odio este lugar.
Soy fuerte y me llaman genio, pero lo odio. La cabeza se me llena de ideas horrorosas ante la necesidad de llenar los espacios vacíos. ¿Por qué? ¿Por qué siento que la sensación de la pérdida de memoria no fue ocasionada por un infortunio accidente? Hay algo que no cuadra, algo que el sistema en el que ahora vivo no está bien. Mientras más fuerte, más me temen. Mientras más fuerte, papá sigue exigiéndome aún más.
Pronto las sesiones portando una bata blanca como si fuera un hospital me hartarán. Esas que comenzaron desde hace años y de las que seguramente mi madre no tiene idea porque hace mucho no hablamos.
—Eres especial, mi pequeña Mikoto. Y porque eres especial papá y toda esta gente quieren saber por qué.
¿Por qué?
¿No te basta con saber que soy tu hija y que solo se me proveo de una buena destreza y unos buenos reflejos?
Las agujas duelen. Al menos lo hacen al principio.
Papá sigue repitiendo que soy especial, pero en ocasiones atrapo su mirada perdida como si me mirara de una forma desconocida. La sonrisa del hombre de los brazos amables se desvanece con cada sesión. Él dice que todos los niños son sometidos a esos estudios rutinarios en los que se evalúan muchos aspectos de su salud, pero en mi caso siento que es exagerado. Paso las pruebas con facilidad, naturalmente, pero es como si buscaran algo más.
Los resultados, a pesar de ser asombrosos y únicos, no satisfacen a papá.
—Vuelvan a revisarla. Debe haber algo que estamos pasando por alto.
—Señor, hemos evaluado a su hija múltiples veces. Ella es...brillante en la escala de los humanos. Es solo una niña muy lista y audaz, pero...—de nuevo, esa respuesta no es la que él busca. Me queda claro con cada arrebato enloquecido en el que él se descarga con cada una de esas personas que solo están haciendo su trabajo y le dicen la verdad.
—¿H-Hay algo mal conmigo?
Todo lo contrario, pienso. Soy ordinaria. Soy una persona normal que únicamente ha sido bendecida con fuerza e inteligencia.
Pero ahora, cuando me ve, me desconoce. Ya no soy su orgullo, pero sigo siendo la más fuerte de ahí. Soy su más grande decepción. Lo oigo decir eso cada que cree que no lo escucho. ¿Por qué? ¿Qué es lo que busca? ¿Qué quiere de mí? ¿Si le digo que lo de mi falta de memoria es algo que me ha comenzado a atormentar desde el suceso de hace una semana, de nuevo me mirará?
—No puedes. No puedes decirle eso jamás —Chiyo lo llama don. Yo, en cambio, lo veo como un alivio si con eso recupero el amor de papá. Pero ella insiste en que no debo decir nada. En que este don, capaz de borrar memorias, es peligroso—. Promete que no se lo dirás jamás.
—¿Por qué? Tú me dijiste que era especial —y crecí creyendo en eso. Si lo que él busca es algo de mí que le satisfaga, esta podría ser la respuesta, aunque no sepa controlarla ni sepa de donde vino tal habilidad. Solo sé que la poseo. Lo sé porque durante ese último encuentro durante el entrenamiento, solo sucedió. Sucedió que, inconscientemente, fui capaz de ver y borrar algo de la mente de mi adversario con solo llevar mi mano a su cabeza y tocarlo.
No hay explicación para los médicos a cerca de por qué ese desafortunado niño despertó asustado y con los ojos llorando.
Pero yo sí lo sé.
Y es lo mismo que trato explicarle a Chiyo a pesar de que pensé que no me iba a creer.
Soy especial.
Soy especial.
Eso me hicieron creer.
Pero ella aun así me hizo prometer.
Prometer no decir nada sobre eso.
De nuevo, quiero morir.
Porque los días pasan, los años pasan, absolutamente todo pasa y soy la única que se atasca.
A punto de cumplir los doce las cosas no mejoran para mí.
Soy el tema de conversación dentro de ese lugar y de la gente que viene y va, pero el título "La hija prodiga de Danzou" no satisface ni enorgullece lo que debería. Durante las largas charlas de un consejo creado dentro de esas paredes para mantener un orden en ese lugar solo me mantengo callada. Papá dice que por nada del mundo debo hablar a menos que me lo indique. Que él hablará por mí.
Cuando las sesiones terminan, soy escoltada por él, aunque en ocasiones los niños hirientes dicen que es al revés.
—Tú pareces ser su escolta.
Secundando a ese comentario le vienen otros más. Unos más hirientes que otros. El más hiriente hasta ahora es: Fenómeno. ¿Fenómeno por qué? ¿Solo porque soy más fuerte que los demás? ¿Solo por tener pesadillas y ser capaz de deshacerme de los malos recuerdos si estoy en la disposición de hacerlo?
A punto de cumplir los doce enserio estoy reconsiderando la razón de vivir.
Mamá, tú no lo sabes, pero ayer maté a un hombre. La razón que nos dan es que los de allá afuera representan un peligro potencial, pero mamá, ese hombre se veía normal. Él junto a su esposa y sus dos hijas.
Mamá, odio este lugar.
Ya no quiero ser el orgullo de papá.
Si hago algo bien, soy elogiada, pero si hago algo mal, soy duramente castigada.
—Más fuerte. Más rápida. Más inteligente.
—¡Ya para!
Mamá, hoy de nuevo hice a Chiyo llorar.
Cuando sostuvo mis manos cubiertas de vendas ensangrentadas —por estar horas golpeando un saco de arena que me dobla en peso y en tamaño—, no lo pudo contener más. Las limpió, desinfectó y curó con una devoción que no recuerdo haber tenido jamás salvo de ti, hace mucho tiempo, durante las veces en que iba en bicicleta y terminaba con raspones en las rodillas de por medio.
Lloró sobre mis manos heridas y al final las besó con amor.
Ella es una chica muy dulce, tanto como tú lo fuiste alguna vez.
Me pidió que viviera.
Que, si se lo pedía, podía hacer algo por mí. Desde reducir mis actividades a pasar más tiempo conmigo incluso si eso implicaba romper un par de reglas en secreto. Incluso si teníamos que hacerlo a espaldas del resto.
A punto de cumplir los doce, enserio mamá, quiero morir.
Porque, aunque Chiyo dice que me quiere, hay un vacío que no se puede llenar. Encontrar un motivo para permanecer en este lugar de la forma que sea ya no es opción. No hay tal motivo. Tú estás cada vez más alejada de la realidad, y aunque debería sentirme mal —y hasta preocupada— por saber que papá te visita ahora cada vez más —por razones que desconozco—, no sucede. Pero ya no pregunto. Solo observo. Se me da bien observar.
Pero incluso si soy buena en otras cosas, si he dicho que he querido morir dentro de un rango de edad en el que mi mayor preocupación tendría que ser que no tengo horas suficientes para divertirme como cualquier otro niño, hay cosas que son imposibles de prever.
Hoy de nuevo te vi, mamá. Y aunque tu rostro se veía más pálido de lo normal, en cuanto me viste —porque solicitaste mi presencia luego de un largo tiempo de no hacerlo— te rompiste a llorar.
—Mi bebé...Mi pequeña Mikoto...
Mamá, tengo que confesarte que he tenido deseos de morir.
Morir porque tú no estás para mí cuando te necesito.
Porque, aunque sé que este abrazo me reinicia un poco y se siente lleno de sinceridad, sé que al cabo de unas horas todo volverá a estar mal. Estás sollozando mientras me aprietas contra tu pecho y aunque se siente real, se va a acabar.
Como una flor no es capaz de soportar inviernos y se termina por marchitar. Como la vida de las cigarras que habitan en este lugar no prosperan porque no es su hábitat natural.
Quisiera un motivo.
Quisiera un motivo por el cuál seguir viviendo.
Un sollozo, que se mezcla con una risa pequeña, se oye a través de una voz que parece fragmentada. Mamá está tarareando esa nana. Esa dulce melodía que se ha preservado en mi mente como un recuerdo ancestral que cualquier otro niño tendría a olvidar. Esa melodía siempre me ha traído paz, y siempre la consideré como la anunciante de las buenas noticias. No creí que ella pudiese volver a cantarla con la misma ternura que en el pasado.
Significa que ha sucedido algo.
Significa que...
Mi mano —guiada por la de ella—, acaricia la superficie de su vientre como si quisiera mostrarme algo. De nuevo está llorando. En ese momento no fui capaz de notarlo, de la desesperación y la angustia que reflejaban sus ojos debajo del esfuerzo por sonreír y demostrar que la vida que crecía dentro de ella nunca tendría la culpa de nada. No fui capaz de notarlo porque yo estaba más ocupada en colocar mi oreja sobre su aun plano vientre intentando escuchar algo.
Ese día decidí que no quería morir.
Mamá, ¿no estás feliz?
Ya no quiero morir ahora que siento que he encontrado ese motivo para vivir.
El hermano o hermana que viene en camino me necesita viva para poderlo proteger.
A punto de cumplir los doce, mamá está esperando un segundo hijo. Y mi padre parece volver a ser el mismo hombre amable del que solía presumir en ese entonces. Pero la relación entre ella y él parece que no tiene reparo. Mamá siempre tiembla cada que él entra a su habitación. Tiembla y parece que se hace pequeña cada que la toca lo que sea que dure un minuto solamente. Él, desde luego, no dice nada, pero en ocasiones me da la impresión de que no es preocupación hacia ella lo que genuinamente siente. Pero no ocupo preguntar, no quiero preguntar, no necesito preguntar pues mi mundo le pertenece a este nuevo ser.
Al quinto mes ya tengo doce y descubrimos que el pequeño bebé es un varón.
—¿Le puedo poner letra a la canción? —Mamá ha recuperado un poco de la vitalidad perdida porque durante todo el día recibe las mejores atenciones junto a las medidas requeridas. Mi padre, de nuevo, se ausenta, pero siempre que regresa habla con él. Desde que se ha enterado que es un niño luce más impaciente por él de lo que alguna vez se mostró conmigo hace un par de años. Pero no me importa. Nada de lo que sucede fuera de las paredes de la habitación de mamá me importa.
Solo ella y el bebé.
Y mi mayor preocupación ahora es que al bebé no le guste como canto.
—¿Se la quieres cantar ahora? —asiento, penosa.
—"Duerme niño, duerme ya. Dulces sueños hoy tendrás..."
Los que yo no he tenido.
Nada de lo que he querido que sea mío, espero que para ti sí.
—¿Obito? —asiento, de nuevo, penosa. No recuerdo haberlo estado tanto en otra ocasión en toda mi vida como ahora a causa de la elección de nombres. A papá poco le interesan estas cosas, pero últimamente me deja pasar más tiempo con mamá y menos en lo que, según él, es más importante. Chiyo, desde luego, ayuda a que pueda escaparme de las actividades que son fijas y que estoy obligada a tomar, pero es un riesgo a costa de mi hermano menor.
Mamá me ha mostrado fotografías sobre él y aunque lo único que lamento es que aún no nace, en ocasiones quisiera que no saliera de su barriga.
Acá afuera no es sitio para un bebé.
Acá afuera hay demasiado peligro y demasiadas restricciones.
No quiero que él sea igual a mí.
No quiero que nadie lo lastime como a mí.
En ocasiones mamá se la pasa llorando más de lo debido.
Porque a pesar de que dice que ama a ese bebé, hay veces en las que parece que no lo quisiera. Hay veces en las que su mirada perdida se amotina junto a pensamientos fatalistas en los que se deshace de ese bebé.
Esas veces, esas ocasiones siempre suceden cuando le da una crisis emocional; crisis que son ocasionadas por papá. Mamá apenas puede verlo un par de segundos antes de correrlo o ponerse a llorar. El periodo de la ignorancia, entonces, ya no es una opción. Las cosas que suceden a mi alrededor ya no son tan sencillas de evadir.
¿Por qué razón mamá tiembla delante de papá?
¿Por qué, en ocasiones, la mirada de papá es tan desconocida como cruel?
Mi madre no lo ama. Y él mucho menos a ella. ¿Por qué tener un bebé en esas condiciones?
¿Qué es lo que estoy pasando por alto?
¿Qué es eso que no estoy notando?
Cuando Obito nace, lo entiendo. Todo es tan claro como perverso. Mamá está tan cansada luego de una labor de parto de más de doce horas, pero aun así luce como una leona. Se niega a mostrarle su hijo a papá Danzou. Pero es inútil. Cuando finalmente lo sostiene en sus brazos y lo presume como si fuera un trofeo y no fuera su carne de su carne, todo deja de ser un cuento.
Las referencias de los recuerdos que existen en mi mente, según Chiyo, están ahí esperando un estimulante o incentivo que los haga volver a mí. No solo soy capaz de adormecer recuerdos de otras personas sino también los míos. Es algo que concluimos las dos hace poco luego de meses de investigación.
Es cuando lo carga, cuando lo mira, cuando lo sostiene, que esa imagen enciende una chispa y esa chispa enciende la mecha.
Entonces me di cuenta...Me di cuenta de un hecho aterrador dentro de la memoria que acabo de tener y palpar.
Ahora entiendo por qué mamá tuvo tanto miedo y desconfianza desde el comienzo, desde el día que papá regresó. Como si fuera un desconocido. Como si no fuera el hombre al que amó.
La persona que me sostiene a mí, en la memoria que acaba de ser desenterrada, es otra, pero su parentesco es increíble.
"No necesitas recordar"
Este hombre...
Este hombre es el padre de mi recién nacido hermano menor.
Pero a su vez este hombre...
Mi padre...
—...no es Danzou.
.
.
Continuará...
A favor de la Campaña "Con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo.
No me manoseen ;-;
Notas:
Amonos recio? jajajaja Pido perdón. Lo sé, lo sé, es shockeante. Y eso que apenas arrancamos con el arco. Estoy muy emocionada y nerviosa a la vez porque no sé cómo tomaran el resto de información (?)
¿Cómo van sus teorías? Cueeeeentenmelas. ¿O se las tumbé ahora con esto? jajaja
Bueno, y si el padre no es Danzou, ¿quién es? Chaaaan.
Ya que es el arco de Mikoto la mayoría de este estará narrado por ella ya que es la forma en la que ella vio el mundo en ese momento. Hay un par de cosas que quisiera aclarar de este capítulo. Una de ellas es que la canción que le canta Sakura a Sasuke en capítulos pasados es la misma que Mikoto le enseñó. Y es la misma que ella misma aprendió de su madre, Mito.
Otra cosa que quisiera destacar, y no sé si lo notaron, es que la referencia de Mikoto a cerca de pensamientos "suicidas", por decirlo de una manera, son basadas del canon de Naruto. A cerca de como Itachi en la serie original también lo pensó, pero reconsideró seguir viviendo una vez que se enteró que su madre estaba embarazada de Sasuke. Lo mismo sucede acá, solo que por Obito. Parece una nimiedad pero realmente siguen habiendo guiños del canon que intento rescatar y adaptar aquí. De ese modo quiero profundizar mucho en Mikoto ya que es un persona sumamente importante. Si dio la impresión de ser sumisa ante Danzou, no es así. Consideremos que es una niña en este tiempo. Una niña con demasiada presión sobre sus hombros, tales como Itachi en la serie original los tuvo.
Y creo que demasiado spoiler jajaja El salseo apenas comenzó.
¡Espero les haya gustado!
Nos leemos prontito c:
Rooss-out.
