Wayward Son

Jack se encontraba a solo unos metros, tan inocente como siempre, y a la vez poderoso como nunca antes. No había nada en su presencia que lo diferenciara del joven muchacho que hace unas semanas no sabía conducir un automóvil, o hacer un simple globo con goma de mascar.

¿Quién diría que el mismísimo anti-cristo, el hijo de Lucifer, terminaría siendo la respuesta de todo? El nuevo y mejorado Dios. Cas pudo verlo, el paraíso en la tierra. Dean sólo deseaba que estuviera ahí para presenciarlo, para ver sus ojos llenos de orgullo, la clase de orgullo que solo un padre puede tener. Que estuviera allí para poder guiarlo porque, para ellos, no dejaba de ser su muchacho, su pequeño amante de los Nuggets.

Con una mano en el pecho, realizó su habitual gesto de saludo, pero esta vez para despedirse, quizás para siempre.

Él dijo que viviría en cada uno de ellos, de los humanos, en cada roca, cada gota de lluvia. Lo entendían, era Jack, pero de alguna forma ya no lo era. Era un sabor agridulce. Saber que al contrario de la primera vez, Dios no era alguien a quien temerle, ahora estaba de su lado, se sentía... seguro. Pero eso significaba perder al Jack que conocían.

El mundo seguía su curso, lo habían salvado otra vez, pero ellos parecía que no paraban de perder a su gente de alguna forma u otra.

"Adiós"

Otra vez esas palabras quemando dentro de Dean. Era distinto, claramente. Sabía que Jack, Dios, estaría bien, y que cumpliría su palabra de acompañarlos siempre; pero una parte de él sentía todo el arrepentimiento, el remordimiento por las formas en las que había tratado a aquel que terminó salvando al universo entero.

"Jack no es familia". El eco de su voz vacía resonaba en su mente . El niño había estado dispuesto a sacrificarse, por el mundo, por ellos, y cegado por el rencor estuvo a punto de dejar que lo hiciera.

Quería disculparse, decir que lo sentía, y que después de todo lo que habían pasado, lo perdonaba. Era hora de seguir adelante. Cas lo querría así. Cas.

—Jack.

El joven celestial detuvo su marcha, quedándose de espaldas con el reflejo del sol brillante sobre su chaqueta blanca.

Dean tenía tantas preguntas, tanto que decir, pero sabía que tenía poco tiempo. Sam a su lado probablemente se encontraba igual o peor, su vínculo con Jack siempre fue mucho más fuerte.

"Las respuestas estarán en cada uno de ellos... Quizás no hoy, pero algún día."

—Jack. ¿Qué... Qué hay sobre Cas? —murmura.

Es todo lo que atina a preguntar, lo que más le importa en esos momentos. Él era Dios, tenía el poder de traerlo de vuelta, ¿verdad? Chuck lo había hecho más de una vez. Era todo lo que quería pedirle, solo por esa vez, que interviniera, que hiciera una última excepción por ellos.

Una pequeña sonrisa se extendió en el rostro del muchacho, y giró su cabeza para observar a los hermanos una última vez a los ojos.

—Sé que tienes preguntas, Dean. La respuesta está en ti, desde el inicio de todo. En el momento que se conocieron.

—¿Y eso qué se supone que significa?

—Lo van a resolver, siempre lo hacen.

Esas fueron sus últimas palabras antes de desaparecer entre la luz, mezclándose con el aire, dejando a los Winchester confundidos y con el corazón en un puño.

Sam tenía la cabeza baja, en un pobre intento de ocultar las lágrimas que se deslizaban por sus ojos. Se sentía feliz, aliviado, todo el peso que había cargado junto con Dean durante todos esos años cayendo de sus hombros pesadamente. Se sentía extraño. ¿Qué harían ahora?

El camino al búnker fue silencioso. Dean no pudo evitar mirar por el espejo retrovisor con nostalgia, encontrando el asiento vacío. Ni siquiera encendió la radio. Tenía mucho para asimilar, juraría que ambos estaban en shock con todo lo que había ocurrido. Habían ganado. Vencieron al mismísimo Dios.

Cada uno intentaba procesar lo mejor que podía en la tranquilidad de la biblioteca: esa que alguna vez estuvo repleta de hombres de letras, y hasta el tope de cazadores del universo que no tuvo tanta suerte como para tenerlos a ellos; la misma que presenció interminables batallas y discusiones, llena de recuerdos.

Dean le alcanza una cerveza, y se sienta junto a su hermano en una de las mesas. Tarda unos cuantos minutos antes de ser capaz de decir al menos una palabra.

—Ganamos.

Sam no lo miró, solo asintió con la cabeza levente, perdido en sus pensamientos. Aún no había llamado a Eileen. ¿Qué demonios estaba mal con él? Deberían estar festejando, celebrando.

—Sam —insistió Dean, posando una mano en la espalda del otro, agachándose un poco para observar las pequeñas gotas que escurrían por sus mejillas tímidamente —, ganamos. Somos libres.

El cuerpo de Sam se sacudió con una breve risa, una exhalación. Sorbió su nariz y observó el techo pestañeando repetidas veces, como si estuviera intentando retener las lágrimas dentro de sus ojos. No sabía ni siquiera por qué lloraba, solo sentía esa presión en el pecho que había aguantado durante toda su vida desvanecerse poco a poco, se sentía liberado, y su cuerpo necesitaba dejarlo salir.

—Somos libres —repite con incredulidad mirando a un punto en el vacío, antes de voltearse para ver a su hermano mayor a los ojos —. ¿Ahora qué, Dean?

—No lo sé. Lo único de lo que estoy seguro, es que sea lo que sea que hagamos, va a ser nuestra decisión.

—Libres...

Dean asintió y elevó su botella en el aire a modo de brindis.

—Libres —afirmó antes de beber un largo sorbo de cerveza.

Se sumieron cada uno en sus pensamientos otra vez por largos minutos.

—Debería llamar a Eileen —comentó el menor, pensando en voz alta.

—Deberías. Ve y celebra, te lo mereces, hermanito.

El mayor golpea amistosamente la espalda de su hermano, quien sonríe con un deje de amargura. Ambos se merecían un descanso.

—¿Quieres venir? Deberías venir conmigo.

—¿Qué? No, gracias. Es decir, solo los estorbaría.

—Eso no es cierto...

—Sam, es momento. Quiero que seas feliz, de verdad. No soy ciego, se que te mueres por estar con ella ahora mismo.

Sam desvió la mirada, se sentía atrapado.

—¿Y tú qué harás? ¿Beber hasta olvidar tu nombre?

—Suena como un plan.

—¿Qué hay de felicidad, Dean?

El rubio rodó los ojos y se bajó de la mesa de un pequeño salto, dándole así la espalda a su hermano.

—Eso no importa, voy a estar bien... Eventualmente —confesó quedamente, sin mirarlo.

—Mentira.

—¿Cómo dices?

—¡Eso es pura mierda, Dean! Sabes perfectamente lo que quieres hacer ahora. No puedes ocultar eso de mí, puedo verlo.

El mayor suspiró largo y tendido, incapaz siquiera de intentar discutir, y se volteó para que pudiera verlo.

—Yo...

—Iré contigo.

—¿Qué? No. De ninguna forma.

—Iré contigo, Dean.

—No voy a dejarte que hagas esto Sammy. Ni siquiera tengo un plan aún.

—Lo resolveremos, como siempre lo hacemos.

—No, Sam. ¿Qué hay de Eileen? Nuestro trabajo está hecho, terminamos. Si ella es tu oportunidad de salir definitivamente de toda esta mierda, te sugiero que la tomes.

—Eileen es una cazadora, Dean. Sabrá entenderlo, y si... Si me ama, me esperará.

El rubio negó con la cabeza obstinadamente.

—No. Definitivamente no. Me rehúso a arrastrarte de nuevo conmigo.

Sam se paró de un salto en toda su altura para encararlo.

—Y yo me rehúso a permitirme tener un segundo de felicidad, sabiendo que mi propio hermano no tiene la misma posibilidad.

—No, Sam...

—¿Qué creías? ¿Qué no me iba a dar cuenta? —por alguna razón, estaba molesto. —Dean, no soy un niño. Todas las veces que perdimos a Cas, no había nada que pudiera hacer para sacarte de ese dolor, nada. ¿Me vas a decir, que con todo lo que ha ocurrido, ibas a superarlo con sólo una noche de wiskey? ¿Una noche de borrachera tallando su nombre en la mesa sería suficiente?

Los ojos del rubio volaron a la superficie de madera, dónde se podía leer claramente "Castiel", junto a sus iniciales. No recuerda haberlo hecho, solo haber despertado en la mesa sobre un charco de saliva, con la maldita navaja —impregnada con sangre de ángel— en su mano, y una jodida resaca de los mil demonios. El nombre de Jack también estaba ahí, probablemente obra de Sam.

—Claro que no, es solo que...

—Lo supe desde el primer momento —lo interrumpe —, sabía que lo intentarías traer de vuelta si llegábamos a sobrevivir todo aquello. Vi el dolor en tus ojos, Dean, pero también vi la determinación. Soy tu hermano, ¿de verdad creíste, después de todo lo que hemos pasado, que te dejaría hacer esto solo?

Dean no contestó, estaba tratando de encontrar las palabras para convencer a su hermano fuera de eso, pero sabía que no había nada más por decir. Sam era su hermano, y ya había tomado una decisión.

—¿Lo quieres?

La pregunta lo tomó un poco por sorpresa, pero automáticamente asintió. No necesitaba que aclarara a quién o qué se estaba refiriendo. Ambos sabían que se refería a Cas. No sintió vergüenza al admitirlo, ya no, no tenía sentido alguno.

—Entonces lo traeremos de vuelta, una última vez —determinó el más alto —. Nuestro último caso.

—¿Un último trabajo?

—Un último trabajo. Por Cas.

Dean no pudo evitar sonreír. Él y Sam, otra vez unidos contra el mundo, contra todas las posibilidades.

—Por Cas —repitió con un deje de emoción, chocando el extremo de su botella con la de Sam, y bebiendo un largo trago.