Profound Bond

Luego del pequeño encuentro entre los hermanos, acordaron que sólo lo harían si Sam se largaba de allí en ese mismo instante para reunirse con Eileen. Y así fue.

Dean se quedó en la biblioteca trabajando el caso, el caso más importante de su vida probablemente.

Con una cerveza en la mano, se sumergió entre las páginas de aquellos viejos y gruesos libros. No descansaría, no mientras Cas se estaba pudriendo en el vacío. No descansaría hasta tenerlo en casa con él, a salvo. Daría vuelta el búnker de ser necesario.

Sam regresó al día siguiente, con una sonrisa en su rostro. Encontró a Dean con la mejilla pegada a una de las hojas del último libro que leyó. Lo despertó con una taza de café en la mano, listo para trabajar.

Lo primero que hizo fue contarle que Eileen había estado de acuerdo, y que incluso se había ofrecido a colaborar con lo que sea que necesitaran.

—Me alegro mucho por ti, Sammy. Eileen es buena.

Las horas pasaron, así como los días y las semanas. No parecía existir nada entre los archivos que pudiera ayudarlos. Sam iba y venía del búnker, sobre todo por la insistencia de su hermano. Con cada día que pasaba, Dean se frustraba más y más, pero eso no iba a detenerlo. No, porque cada segundo que pasaba, era un segundo más que estaba lejos de Cas, extrañándolo cada momento más que el anterior.

Sam le ayudaba a mantener las esperanzas, pero había días que ni siquiera él estaba seguro de si lo lograrían. Necesitaba conseguir la victoria de su hermano. Después de todo lo que Dean había hecho por él con el correr de los años, necesitaba conseguir aquello para él. Su victoria final: Castiel.

—Dean, tienes que arreglarte. Estás hecho un desastre.

—Mmm… No. —se negó acariciando la espesura de su crecida barba.

—De verdad, Dean. Hueles horrible, necesitas una ducha, urgente.

—Eso no es cier… —levanta el borde de su camisa para olisquear su axila, pero aleja el rostro de inmediato. —Quizás tengas razón.

—Si no levantas tu trasero, te duchas y sales por la puerta del búnker en menos de una hora, voy a sacarte a patadas.

—¿Quién murió y te hizo jefe?

—Vamos, Dean —renegó Sam exasperado por la conducta de su hermano —. No puedes seguir así. Necesitas salir… Cas no querría verte así.

Dean bajó la mirada.

—Vete al infierno… —murmuró levantándose de su asiento, rodeado de botellas, latas y libros. —Muy bajo, incluso para ti, jugar esa carta conmigo, Samuel.

El menor sonrió, agradecido consigo mismo por haber logrado su cometido.

—Solo Rowena puede decirme así, y de hecho estaba pensando que quizás podría hacerle una visita algún día… —se detuvo abruptamente.

—Lo que digas, Samuel.

—Dean.

El rubio no le hizo caso.

—¡Dean!

Pudo llamar su atención lo suficiente para que lo mirara.

—Rowena… Los hechizos…

—Sam, no te estoy siguiendo.

El menor sacudió la cabeza intentando ordenar sus ideas.

—Cuando Rowena murió, ella me dejó todas sus pertenencias ¿recuerdas? Había un montón de hechizos, que aquí no tenemos —explicó rápidamente —. Uno de ellos es el que usé para traer a Eileen de vuelta…

Dean pareció entender hacia donde iban los pensamientos de su hermano.

—¿Me estás diciendo, que quizás haya un hechizo que podamos…?

—Sí. Eso mismo digo. No quiero crear falsas esperanzas pero hay una gran posibilidad de que encontremos algo de utilidad allí.

—Yo conduzco —declaró Dean, agarrando las llaves de su bolsillo trasero y encarando la puerta, justo antes de que Sam lo tomara por el brazo y lo detuviera.

—Ducha. Ahora. No me voy a subir a un auto contigo así.

El rubio soltó un bufido. Ni siquiera él mismo se soportaría dentro de Baby así. Ella no lo merecía.

—Se llama Baby. Es un auto, pero no es "un auto".

Sam lo soltó y alzó ambas manos con las palmas hacia adelante en un gesto de tregua. El mayor de los Winchester voló hasta las duchas, y se alistó lo más rápido que pudo.

Cuando estuvo listo, se dio cuenta de que realmente necesitaba eso, era hora de sacar a su nena a pasear un rato.

Las cosas resultaron mejor de lo que esperaban. En cuestión de horas, pudieron encontrar lo que necesitaban tan desesperadamente: el libro era grueso y viejo, incluso mucho más viejo que los que tenían en el búnker. El único problema era que el libro estaba en un idioma antiguo que no pudieron traducir en el momento, pero por lo poco que pudieron descifrar, podía ser de utilidad.

Regresaron a toda velocidad, con el leve sabor a victoria asomándose lentamente en su boca.

Por eso se encontraban los dos allí en la biblioteca de nuevo, con los restos de la investigación de Dean, entre latas, envoltorios y botellas vacías.

El rubio observaba a través de la mesa a su hermano, expectante y lleno de ilusión, mientras el otro traducía el texto que podía llegar a traer a Cas de vuelta.

Sam frunció el ceño.

—Tenemos el hechizo.

—¿No estás bromeando, verdad?

—No. Creo que esto… Esto es lo que estábamos buscando.

—¿Estás seguro? ¿Qué dice?

Sam lo dudo unos segundos.

—Quizás deberíamos preguntarle a Rowena…

—No, ella está ocupada, reinando el infierno y todo eso.

—Sí, probablemente tengas razón. ¿Entonces qué?

—Lo haremos nosotros, creo que podemos manejarlo.

—¿Estás seguro? Es decir, es magia muy antigua y poderosa, Dean.

—Podemos hacerlo, Sam. ¿Qué ingredientes necesitamos?

Sam no parecía muy convencido al respecto, pero no iba a discutir con Dean, no luego de semanas de investigación, cuando por fin estaban cerca de llegar a algo.

—Mmm… Bueno, tenemos casi todo aquí… —murmuró analizando entre las páginas del hechizo. —Oh, no. Mierda.

—¿Qué? —preguntó Dean alarmado.

Sam bufó con cansancio y miro a su hermano para poder explicarle, frustrado.

—El hechizo nos puede abrir un portal al vacío pero… No sabemos en qué parte está Cas exactamente. Necesitamos algo suyo, que sea personal…

Dean alzó ambas cejas, desconcertado, no lo había pensado antes. El vacío podía ser infinito como el universo mismo.

—Se llevó todo con él… —aclaró, triste aún de que esa vez no tenía ni siquiera la gabardina para aferrarse. —¿Quizás una de sus corbatas?

El menor negó con la cabeza.

—No. No va a funcionar. Necesitamos "algo personal, a lo que el ser celestial haya renunciado voluntariamente". Osea, algo suyo que haya regalado, básicamente. Puede ser algo así como una pluma o un poco de su gracia, para localizarlo.

La mirada del ojiverde estaba perdida, apagada, desenfocada.

—Por lo que puedo ver —siguió Sam, preocupado por su hermano —, parece ser que este hechizo necesita un vínculo especial con la criatura que se quiere salvar. De veras lo siento, Dean.

—No tienes que disculparte.

—Seguiremos buscando, encontraremos algo.

—No, no lo haremos —susurró perdido, sin mirarlo siquiera.

Sammy lo observó entre confundido y horrorizado.

—¿De qué estás hablando?

Dean no respondió. Se limitó a darse media vuelta y encaminarse a su habitación. Sam quiso protestar, pero sólo se quedó atónito allí sentado, compadeciendo la horrible situación de su hermano.

Estaba a punto de ir tras él cuando el cazador apareció por el pasillo, cargando una caja de madera oscura entre sus manos. Frunció el ceño, confundido e intrigado.

Dean no dijo nada, solo se sentó a su lado, con la mirada perdida en otro mundo, y ambas manos aferradas con fuerza a la caja sobre su regazo. Estuvieron en silencio por varios segundos, hasta que el mayor se removió en el asiento para sacar el llavero de su bolsillo. Busco entre las llaves una distinta a las demás, más antigua. Concordaba con el estilo de la caja, elegante, misteriosa.

Colocó la llave en la ranura, y giró despacio, como si intentara alargar el momento. Cuando la cerradura estuvo libre, se tomó su tiempo en observar el tallado de la tapa mientras lo acariciaba con las yemas de sus dedos. Finalmente, la abrió, y dejó al descubierto lo que contenía en su interior.

—¿Esto es…? —por algún motivo estaba susurrando, sumido en un ambiente de solemnidad que le hacía pensar que si levantaba la voz sería irrespetuoso.

—Sí.

—¿Cómo…?

Dean suspiró, sin dejar de observar aquella maravilla, perfecta a sus ojos.

—Es una larga historia —aclaró —. Básicamente él… me encontró bebiendo aquí en la biblioteca una noche que no podía dormir por las pesadillas… —comenzó a explicar. —Fue justo después de que volvió de la muerte la última vez y… No lo sé, solo empezamos a hablar y el tema surgió… Estábamos hablando de sus alas y una cosa llevo la otra y… —hizo una pausa. Recordar momentos con Cas dolía demasiado. —Me hizo cerrar los ojos, y cuando los abrí, él estaba sosteniendo esto en la palma de sus manos, me lo estaba extendiendo… —levantó la mirada hacia su hermano que lo observaba conmovido y con atención a cada una de sus palabras. —Me hizo prometerle que no se lo diría a nadie… Se sintió tan… Intimo, ¿sabes?

Sam no respondió, se quedó perdido en aquella hermosa pluma de ángel que yacía delicadamente dentro de la caja forrada de terciopelo azul.

Era la pluma más hermosa que había visto nunca. No estaba seguro si se debía a la historia que su hermano le había contado, o si era por el color negro brillante que hacía reflejos de arcoíris con la luz.

—Es… Hermosa, Dean.

El rubio no pudo contener una pequeña sonrisa.

—Cas me dijo que la había elegido para mí… Que de las pocas que le quedaban, esta era la que más le gustaba, la que más conservaba la belleza de sus alas antes de la caída.

—Me da pena usarla para el hechizo —confesó el castaño.

Dean cerró cuidadosamente la caja otra vez y la colocó sobre la mesa.

—Es, probablemente, una de mis posesiones más valiosas, junto con Baby y el diario de papá… —comentó pensativo. —Pero estoy dispuesto a renunciar a todo eso si así consigo tener a Cas de vuelta.

Sam asintió, entendiendo a su hermano perfectamente. Estando tan cerca de conseguirlo, no iba a detenerse por cosas materiales.

—¿Qué más necesitamos? Por favor no me digas algo como popo de unicornio.

—De hecho, creo que tenemos algo de eso —bromeó Sam, para luego continuar con la traducción del hechizo. —Bueno, los ingredientes, están todos. Solo nos falta determinar el lugar correcto para hacer el hechizo.

—¿Lugar?¿Cómo que lugar?

—Sí. Aquí dice que tiene que realizarse en un lugar "marcado" por su presencia o algo así. No es muy específico en realidad, Cas estuvo por todos lados, quizás lo estoy traduciendo mal.

—No, en realidad tiene bastante sentido… Tú dijiste que el hechizo requiere cierto… Vínculo, ¿verdad?

—Tienes razón. Quizás no sea cualquier lugar en el que haya estado… "Marcado" quizás se refiere a que tiene que ser un lugar importante, significativo para él. ¿Tienes idea de dónde puede ser?

Dean negó tristemente con la cabeza, escarbando en lo profundo de su cerebro por alguna pista que pudiera ayudarlos.

—No tengo ni la más jodi… —se detuvo a mitad de la oración.

Las luces del búnker comenzaron a parpadear rápidamente, poniendo a los Winchester en estado de alerta, apuntando hacia todas partes con su arma. Un estallido llamó su atención.

Los focos de luz de uno de los costados de la biblioteca comenzaron a explotar en orden, uno tras otro, dejando caer algo parecido a chispas de fuego, que se arrastraban brillantes y eléctricas hasta el suelo.

Cuando la última lámpara de la hilera se desintegró en un una pequeña explosión de chispas, hubo un segundo de silencio antes de que todas las luces del búnker dejarán de parpadear y volvieran a la normalidad.

—Pero qué diablos… —murmuró Sam, guardando la pistola en la cinturilla de su pantalón.

Dean estaba congelado, con la mirada perdida hacia la última lámpara que estalló. Una imagen que no olvidaría jamás en su vida comenzó a martillar fuerte contra su cráneo, gritando por salir; el recuerdo reproduciéndose en su cabeza como una película.

—¿Dean?

En su mente no paraba de resonar la voz de Jack, sus últimas palabras antes de desaparecer cobrando sentido.

"La respuesta está en ti, desde el inicio de todo. En el momento que se conocieron."

Les había dado una pista, y no lo habían entendido. Ahora sí. Jack les había enviado una señal para aclarar sus ideas.

—Oh, bendito seas, Jack —reaccionó finalmente Dean.

—¿Qué?

—Ya lo tengo, Sam —dijo volteando a ver a su hermano que lo observaba con ojos de cachorro confundido —. Ya sé dónde tenemos que realizar el hechizo.