Angel by the Wings

Lo entendía ahora. Entendía por qué Jack no había sacado a Cas del vacío en el primer segundo que tuvo el poder para hacerlo.

Al principio el cazador, luego de que el shock del momento pasara, se sintió molesto, incluso enojado con el "muchacho-Dios", otra vez.

No podía comprender cómo, luego de todas las cosas que Castiel había hecho por él, no lo traía de vuelta.

Pero ahora entendía. Allí parado en el centro del enorme granero, con la paredes repletas de borrosos y percudidos símbolos de protección que alguna vez dibujó con Bobby, lo entendía.

Castiel lo había salvado, de todas las formas imaginables posibles, y ahora él tenía la posibilidad de devolverle el favor; la chance de decirle: "Yo fui el que te tomó con fuerza y... sacó tu maldito y emplumado culo de la perdición".

Además, tuvo tiempo suficiente para procesar lo que sentía.

Luego de todo el embrollo con Chuck, Billie y el vacío, sus emociones eran una caravana de puro desastre. No estaba seguro de haber reaccionado correctamente si Jack le devolvía a Cas en ese mismo momento, en el medio de todo el caos y shock.

Podía ver eso ahora, y estaba agradecido, y emocionado. Una vez que sus sentimientos estuvieron en orden —o todo lo en orden que pueden estar siendo Dean Winchester—, la ansiedad de sacarlo de su pecho, de poder decirle a Cas todo lo que pasaba por se mente y su corazón, aumentaba con cada segundo de espera.

Todo ese tiempo había estado tan concentrado en encontrar el cómo traerlo, que nunca se puso a pensar qué pasaría una vez que lo tuviera de vuelta.

Y eso es lo que piensa mientras está parado frente al pequeño altar preparado en el suelo, listo para realizar el hechizo que podría cambiarlo todo para el resto de su vida.

Toda la excitación y la ansiedad acumulada durante la espera, se reducían hasta ese momento. Levantó la vista del ritual a sus pies, y miró a su hermano a los ojos, asustado y nervioso.

—¿Estás listo?

—No —respondió en un murmullo suave.

Era cierto, estaba asustado, luego de tanto tiempo deseando por ese momento, tenía miedo.

¿Qué si había interpretado mal las palabras del ángel? Era un ángel, después de todo. Quizás no terminaba de comprender las emociones humanas, y estaba confundido. O quizás sus emociones, y lo que entendía por amor, no se traducían exactamente a las emociones humanas.

La incertidumbre lo carcomía lentamente por dentro. No sé había permitido pensar en ese tipo de cosas, hasta ese momento. Él tenía sus sentimientos claros como nunca antes. ¿Serían compatibles con los de Castiel?¿O todo era producto de su estúpida imaginación?

Sea como sea, no podría averiguarlo, no a menos que lo trajera de vuelta. Es era lo importante, tenerlo a su lado. No interesaba si Cas lo quería de la misma forma o no. Viviría con el corazón roto por el resto de su vida, pero al menos lo tendría a él a su lado.

No menos nervioso que antes, pero con decisión, se agachó junto al enorme tazón de bronce que contenía todo lo necesario para abrir el portal. Solo faltaba un ingrediente, que aún reposaba delicadamente sobre el terciopelo azul dentro de la caja de madera.

La tomó con cuidado entre sus manos, sintiendo la suavidad entre sus callosos dedos, disfrutando del cosquilleo que le producía el contacto —justo el mismo que Cas le generaba—, antes de colocarla lentamente dentro del cuenco para completar el hechizo.

Una grieta se comenzó a formar en el medio de aquel olvidado granero, oscura, casi amenazante. Había funcionado.

Dean se puso de pie. Echó una última mirada a su hermano, quien solo asintió con la cabeza una vez, dándole ánimos, y se encaminó con firmes pasos al portal. Apretó con fuerza la espada de ángel que sostenía en su mano derecha, y con lentitud acercó la punta de sus dedos a aquella fisura de luz que se reflejaba en sus ojos.

Lo siguiente que supo, es que no veía nada. Nada frente a él. Sólo los colores que quedaron revoloteando luego de observar algo demasiado brillante por más tiempo del necesario. Se restregó los ojos con el dorso de su mano, intentando aclarar su visión.

La grieta brillaba a sus espaldas, permitiéndole ver qué no había absolutamente nada a su alrededor. Era algo bastante abrumador a decir verdad. Es difícil imaginarse la nada.

—¿Cas? —susurró bajito.

Encendió la linterna que llevaba siempre en el bolsillo interno de su chaqueta, y se sorprendió al ver que la luz emanando del portal no estaba siendo de ayuda en absoluto.

Allí frente a él, solo a unos cinco pasos de distancia, se encontraba el cuerpo de su ángel. Parecía dormido. Se apresuró a su lado.

Todas las dudas, todas las inquietudes que pudiera llegar a tener, carecían de real importancia.

Se arrodilló junto a su cuerpo, tomando el rostro de Castiel entre sus manos. Parecía un ángel durmiendo. Se tomó unos segundos para observarlo, su angelical presencia una última vez.

El plan era simple: no podría sacar a Castiel del vacío si seguía siendo un ángel. Quizás hubiera funcionado, pero no por mucho tiempo. El vacío hubiera encontrado la forma de llevárselo de nuevo.

Con eso en mente, Dean empuñó con fuerza la espada de ángel e hizo con ella un pequeño corte en la garganta de Castiel. De esa forma, lo que quedaba de su gracia comenzó a salir en una especie de humo brillante, introduciéndose en el frasquito que el cazador llevaba colgado en el cuello.

—Dean, Dean, Dean, Dean... Dean Winchester.

Una voz familiar sonó a sus espaldas, arrastrándose amenazante.

—¿Meg?

—No estés tan seguro —repitió la misma voz, materializándose frente a Dean con la forma de la demonio —. ¿Acaso no sabes que no me gusta que interrumpan mi sueño? Castiel me pertenece, hicimos un trato. El ángel es mío.

—Yo no estaría tan seguro —dijo con sorna, apretando a Castiel aún inconsciente contra su cuerpo, y tomando entre sus dedos el recipiente que contenía la gracia del ángel —Verás, acabo de sacarle su jugo —explicó, para luego determinar con un poco más de firmeza —. No puedes tenerlo.

La figura de Meg frunció el ceño con fuerza.

—Ya puedes volver a tu pequeña siesta. —terminó el rubio, poniéndose de pie mientras cargaba el cuerpo de Castiel entre sus brazos. El frasco colgando de su cuello emitía un calor que intensificaba aquel que ya sentía en su pecho; y emitía una tenue luz que reflejaba el rostro de Cas, haciéndole lucir más hermoso aún.

Caminó a paso firme la corta distancia que lo separaba de la grieta, y la atravesó sin mirar atrás.

Se encontró con la mirada de su hermano, que lo observaba con alivio aparente de que estuvieran de vuelta. Lo habían logrado.

Dio unos pocos pasos lejos del portal, mientras Sam se apresura a desmontar el altar, provocando que la grieta comenzara a cerrarse. Se arrodilló en el suelo, incrédulo.

Tenía a Cas entre sus brazos. Tenía a Cas de vuelta. Una pequeña sonrisa se plantó en su rostro, y apretó el cuerpo del otro en un abrazo que tenía mucho tiempo de espera.

Sam veía la escena conmovido, pero decidió que quizás era mejor darle a su hermano algo de privacidad, así que optó por ir a guardar las cosas que habían utilizado al coche.

Se puso de cuclillas y recogió todo rápidamente con cuidado. Lo que encontró lo sorprendió, pero no dijo nada, y se limitó a llevarse todo silenciosamente hasta el auto.

Pasaron largos segundos, quizás minutos, antes de que el cuerpo del ángel comenzara a removerse bajo la atenta mirada de Dean. Cuando por fin abrió lentamente los ojos, lo primero que se encontró fue la mirada esmeralda del humano que lo había hecho caer —en todos los sentidos de la palabra— llenos de emoción, brillantes por las lágrimas que no se habían derramado.

—¿Dean? —murmuró, con la voz profunda, ronca por el tiempo que estuvo sin pronunciar palabra.

¿Era un sueño? Cas no estaba seguro. Se sentía diferente a todos los sueños que tenía sobre Dean en el vacío. Había algo distinto. La sensación que le producía el calor que emanaba el cuerpo de su humano era demasiado agradable, demasiado real como para estar soñando.

—Tenemos que hablar.