Cursed or Not
Castiel parecía confundido.
—Dean. —repitió sin poder creérselo. Como si repetir su nombre le ayudara distinguir si era real o no.
El rubio, casi tan incrédulo como el otro, se sentía en una nube. Lo apretó contra su pecho y le depósito un beso sobre la coronilla, permitiendo que el aroma de su cabello oscuro le llenara los pulmones, al mismo tiempo que pequeñas lágrimas amenazaban con caer de sus ojos. El ángel se dejó hacer, tenía miedo de moverse, y que todo resultará ser un seño y despertar.
—Te tengo, Cas —susurró el cazador emocionado, sin despegarse ni un milímetro del otro.
Era su turno de decirlo. Era su turno, por primera vez en mucho tiempo, de decirle a Cas que estaba ahí para él. Que lo protegería y que haría todo lo que estuviera a su alcance para asegurar su felicidad.
—Dean… ¿c-cómo? ¿Qué pasó? —preguntó dudoso, separándose apenas unos centímetros para poder verlo a los ojos —¿Aún estoy soñando?
El rubio frunció el ceño apenas, e inclinó su cabeza, como muchas veces el ángel lo había hecho. Recordando lo que Castiel había dicho hacía más de una década atrás, en ese exacto lugar, murmuró sin apartar la mirada de esos ojos azules:
—¿Qué? ¿No crees que mereces ser salvado?
Esa respuesta tomó por sorpresa a Cas. El cazador, por su parte, me regaló una hermosa sonrisa de felicidad.
—Te lo dije… Prefiero tenerte —llevó una de sus manos al borde del cuello de la gabardina y bajó la mirada —. Te necesito.
Cas no podía dejar de lado el sentimiento de sorpresa. Había vuelto a la vida otra vez, al parecer, y estaba entre los brazos de su persona favorita, su primer y único amor, diciéndole cosas que no hubiera podido ni siquiera soñar.
—P-pero… El trato. El vacío…
—Sí. Sobre eso —atajó, recordando las noches en las que había estado bebiendo, molesto con Castiel por no haberle contado sobre el maldito trato —. Hiciste un trato. Hiciste un estúpido trato y yo lo rompí… De nada.
Cas era consciente de que había repetido las mismas palabras que él había dicho cuando hizo el trato con Billie años atrás. Pero no importaba. Todo aquello ya no importaba.
—Dean yo…
—Espera. Tengo algo que decirte. Déjame decir esto, por favor…
Cas asintió, observándolo con atención.
—Deberías saber esto… No puedes decirme que me amas, e irte así. No puedes dejarme con las palabras en la boca. No puedes irte así, sin dejarme decirte que no eras sólo tú. No merecías irte pensando que no eras amado. No merecías irte creyendo que lo único que querías, no podías tenerlo. Yo… puedo dártelo… quiero dártelo. Si me aceptas, deberías saber que te amo, que siempre te he amado y que nada, ninguna fuerza en este maldito universo, puede evitar que te ame..
El silencio sepulcral en el granero estaba matando a Dean. Cas solo lo observaba, con los labios entreabiertos y una mirada sorprendida. El cazador dejó salir todo lo que sentía, todo lo que había estado reprimiendo por tantos años.
—¿Es esto real? —susurró Castiel al fin con inseguridad.
Dean levantó la mirada, y con toda la convicción del mundo respondió:
—Tú lo dijiste, Cas… Nosotros somos reales.
No fueron necesarias más palabras. El cazador decidió que si esa era la única oportunidad de hacerlo, lo haría y ya, lidiaría con las consecuencias más tarde. Sin dejar de mirarlo a los ojos, acortó la poca distancia que separaba sus rostros, y besó delicadamente sus labios. No esperaba que Castiel correspondiera, pero cuando el ángel llevó una mano a su cuello para profundizar el beso, todas las preocupaciones se esfumaron.
Fue un beso lento, lleno de emociones que habían estado reprimidas durante demasiado tiempo, disfrutando de cada sensación, de cada roce.
¿Existía algo como el sabor a ángel? Dean no estaba seguro de la respuesta.
Cuando tuvieron que separarse para respirar, ambos estaban con las mejillas enrojecidas, las respiraciones agitadas. Dean llevó una de sus manos al pequeño frasco colgando en su pecho. Tenía que decírselo. Se quitó el cordel pasándolo sobre su cabeza, y se lo extendió a Cas que lo miraba extrañado.
—Cas… Lo siento, tú…
—Lo sé, Dean. Lo noté. Eso no importa ahora.
—Pero…
El ex-ángel cerró la mano sobre la del rubio, dirigiéndola a su pecho de regreso.
—Quiero que lo tengas… Yo ya no lo necesito, de todas formas.
—Sé que no es lo mejor, pero era la única forma…
—Dean. ¿Es que no lo ves? —explicó el moreno con paciencia. —Mi felicidad no está en ser un ángel. Mi felicidad no está en el poder que representa. Mi felicidad eres tú… Y si ser humano, significa que puedo estar contigo, estoy bien con eso. Prefiero vivir lo que me resta de vida humana amándote, que toda la eternidad siendo un ángel.
—Si sirve de algo, para mí, siempre vas a ser mi ángel…
FIN.
