Declaimer: InuYasha y sus personajes no son de mi autoría. Si fuera así, este chico tonto se hubiese decidido desde un primer momento.

Nota: Posible "OoC" (porque escribir a Sesshōmaru es MUY cuesta arriba xDD)


Siete minutos en el paraíso

Nunca pensó que a tan corta edad vería pasar su vida frente a sus ojos. A decir verdad, no estaba a punto de morir... pero se le asemejaba bastante.

El cuerpo le comenzó a temblar y el invisible concreto que sentió sobre las piernas le impedió correr como nunca antes.

«Di algo. ¡Ahora!», se dijo a sí misma, pero sólo pudo abrir la boca como un pez moribundo y patético. Él hizo una mueca extraña, casi asqueado.

—El idiota de mi hermano no está.

Frío y cortante.

Duro y al hueso.

Así era Sesshōmaru Taisho, el hermano mayor de su mejor amigo.

Kagome lo vió arquear una ceja con la clara intensión de cerrarle la puerta de entrada en las narices. Sesshōmaru era conocido por tener poca paciencia, y no le pasó inadvertido que estaba al límite. Apostaba su pellejo.

—¡Vengo a hablar contigo! —chilló en un tono de voz semejante a un grasnido irritante. Casi quiso golpearse al notarlo más enfurecido. Carraspeó—. Perdón... estoy un poco nerviosa.

Odiaba sentirse como un insecto bajo el microscopio, la ponía incómoda y la sacaba de su elemento. Jamás tuvo tanto nerviosismo junto a Sesshōmaru. Ambos solían compartir el mismo espacio sin problema. Había una especie de regla tácita de "yo te ignoro y tú me ignoras" cada vez que visitaba la casa Taisho. Les había funcionado desde la niñez, como un baile hermosamente ejecutado, ante la poca afabilidad de él. Siempre fue reservado en todos sus aspectos. No decía mucho, pero cuando lo hacía solía ser para problemas: nunca salía nada bueno de aquella boca.

O así fue hasta la semana anterior.

Sesshōmaru no emitió sonido, pero se alejó de la puerta de entrada permitiéndole el paso. Lo siguió tensa, como esperando que desde la habitación más cercana se asomara el mismísimo Satanás. Se le hizo un nudo en el estómago cuando llegaron a la sala y él se dirigió al pequeño minibar. Abrió una botella que identificó como sake, sirvió un poco del contenido en un vaso y se lo tendió sin mediar palabra.

—Sabes que no bebo.

Kagome creyó captar una pequeña sonrisa, o más bien un tic involuntario. Con honestidad, era incluso una locura pensarlo. Estaba actuando tan lejano e impersonal como siempre... muy diferente al hombre que la había besado sorpresivamente días atrás.

Se sonrojó casi sin invitarlo y, por miedo a que descubriera su creciente bochorno, tomó el vaso sin mucha delicadeza. Si a él le pareció raro su repentino cambio de postura con respecto a la bebida, no lo dijo.

La culpa era de su fiesta de cumpleaños. Todo, absolutamente todo, se arruinó aquel día. Si él no se hubiese presentado de imprevisto nada sería distinto. Ambos estarían como siempre, sin preocupaciones.

Pero Kōga había tenido que estar ebrio y proponer un juego absurdo: siete minutos en el paraíso.

Y ella tuvo que ser la ingenua que confesase nunca haberlo jugardo en sus veinte años de existencia.

Por Kami, alguno de sus amigos debió de impedir que se sometiera a tal humillación.

No podía parar de pensar en el hecho. La escena se repetía una y otra vez en un espiral constante sin tregua. Incluso la perseguía en sueños, lo que provocaba que despertara en mitad de la noche con el corazón corriendo a todo galope.

A ella siempre le había atraído un poco InuYasha. Era el polo opuesto de su hermano: donde éste era frío e indiferente, InuYasha era cálido y atento... a su modo. Un verdadero y querido amigo, aunque algo tosco con las palabras y cabeza dura. Nunca, ni en sus más locas fantasías, había mirado a Sesshōmaru con otros ojos.

¡Jamás! ¡Ni una sola vez!

InuYasha siempre eclipsó todo, pero ahora no podía parar de pensar en aquel beso... ni mucho menos en el hombre. Un hombre que siempre la trató a distancia, pero que había aprovechado un momentos suyo de distracción para meterla de improvisto al baño, cerrar la puerta y besarla como si el mañana no existiera.

«—Ahora ya sabes cómo se juega.», se había atrevido a decirle, con ese tono tan imposible de definir, luego de alejarse de ella pasados los siete minutos reglamentarios.

¡Y posteriormente se fue de la casa sin decir otra palabra! ¡Nada! ¡Como un secreto que debía ser guardado bajo llave!

—¿Vas a hablar de una vez, Kagome?

Era exasperante. Un hombre que podía generar urticaria hasta en el más santo de los mortales. Que le gritase, pero no estaba para aguantar esa postura de pomposo petulante.

—Eres tan irritante —musitó, con las mejillas rojas como dos candiles—. ¿Qué te he hecho para que juegues conmigo?

Sesshōmaru entrecerró los ojos en dos finas rendijas. ¿Con qué derecho se atrevía a preguntarle algo así? Era todavía una chiquilla que parecía no entender nada. Siempre felíz y sonriendo, tratando de ayudar a todos. Incluso al tonto de su hermano. Pasaba demasiado tiempo pegada a él y, por consiguiente, a esta casa. Había tenía que soportar su presencia día tras día durante años, como una lapa imposible de quitar. La había visto crecer hasta convertirse en una jóven bella, jovial y de carácter combativo. Siempre velando por los más débiles y por las causas que creía justas.

Y a él lo enfurecía porque la vida no era justa. Si lo fuera, no la hubiese añorado de la forma que lo hizo cuando se marchó a la universidad; ni mucho menos se hubiese atrevido a besarla la semana anterior, cuando consideró que ya era lo suficientemente adulta como para no sentirse un degenerado.

Había pasado los últimos cinco años sintiendo atracción por ella. Desde sus miserables veinte años que estaba colado por aquella mujer. ¡Se había interesado por ella cuando aún era una adolescente de quince, por Kami!

Por supuesto, había tenido compañeros de facultad que tonteaban con chicas de preparatoria; así que lo sentía por Kagome no era nada extraño. Pero no podía parar de pensar en que ella recién estaba dando sus primeros pasos en la adolescencia mientras él se aventuraba en los primeros años de la edad adulta.

Joder, se había sentido como un auténtico pedófilo. Aquella mocosa impertinente, con su sola presencia, se logró meter bajo su piel.

Pero ya no era una quinceañera, y estaba arto de luchar contra aquel sentimiento. Aún le enojaba saber que una sola mirada de ella tenía la fuerza necesaria para desarmarlo. Jamás se lo diría, antes muerto. Prefería luchar contra mil demonios o escuchar la letanía reiterada de su hermano menor. E InuYasha sí que era un impertinente a toda regla: impulsivo e idiota. No podía seguir órdenes ni sabía detenerse. Ni siquiera entendía cómo su padre podía soportarlo.

—Pensé que eras más inteligente que mi hermano. Te ha contagiado su idiotez.

Kagome contuvo el insulto en la punta de la lengua. No iba a darle la satisfacción de verla perder su buen vocabulario. Sesshōmaru ya había tomado mucho de ella; si creía que iba a darle algo así, entonces no la conocía. Tenía las armas suficientes como para atacarlo sin caer en palabras mal sonantes.

—Por lo menos no es un cobarde que anda besando mujeres para luego correr.

La gente decía que los demonios no existían, que eran leyendas... porque nunca se habían topado con el hombre que estaba frente a ella y parecía querer asesinarla con la mirada. Sus ojos brillaban de una forma tan cegadora y mortal que retrocedió un paso. Todo el rostro de él estaba descompuesto y, cuando lo vió abrir la boca, supo que su vida peligraba. Había ido demasiado lejos.

—Maldita mocosa —gruñó, antes de estirar las manos hacía ella.

Kagome chilló cuando la asió de los brazos, pero el estupor por el sobresalto de ese primer movimiento se vió eclipsado por la boca de él sobre la suya. De pronto, una de sus fuertes manos la agarró de la cintura mientras la otra fue detrás de su cabeza. Se quejó cuando él le mordió el labio inferior, obligándola a profundizar el beso. Ella lo golpeó en el pecho y trato de empujarlo, pero sólo pareció tener el efecto contrario: la apretó más contra su cuerpo y le ladeó la cabeza de tal modo que ya no pudo resistir el asalto de su boca demandante. Pronto, volvió a sentir las mismas llamaradas y mariposas de la semana anterior. No supo en qué instante, pero sus manos pasaron de golpearlo a aferrarse a su camisa con desesperación. Suspiró y se dejó besar por él, en un beso febril y duro. No había ni una pizca de amabilidad, y no le importó.

Sesshōmaru no disminuyó la intensidad del beso hasta que sintió la rendición completa de la mujer. La guió hasta que logró que ella le rodee el cuello con los brazos y, por fin, puedo acariciar la pequeña porción de suave piel femenina que quedaba descubierta en su espalda. La escuchó gemir bajo y temblar ante las lentas caricias que le proporcionaba. Sólo ahí se alejó de su boca y la contempló un momento. Era absolutamente hermosa, y la quería suya. Kagome era la única mujer que hacía del mundo un lugar más cálido, digno de ser admirado. Amaba a aquella chiquilla revoltosa, y le costaba encontrar las palabras adecuadas.

Le besó las mejillas, los párpados cerrados y los labios antes de descansar la frente en la curvatura de su cuello. ¿Qué se supone que iba a hacer ahora? ¿Cómo debía encarar la situación? ¿Ella le correspondería? Siempre pensó que se sentía levemente atraída por su hermano. A final de cuentas, tenían la misma edad y eran amigos desde la infancia. Demonios, hasta se verían bien en pareja. El sólo pensamiento le quemó las entrañas y deseó golpear al idiota de InuYasha.

—¿Se... Sesshōmaru?

El titubeo en la voz de la mujer era el propio. Jamás se había sentido así, ni siquiera con su primer amor. Nada lo estaba haciendo tan vulnerable como Kagome.

Y lo odiaba.

No quería sentir estos celos enfermizos ni, muchos menos, estas dudas. Desde pequeño fue una persona práctica que rallaba en lo aprensivo. No le asustaba sentir, sólo lo consideraba poco útil. Era igual a su madre.

«—¿Tienes algo que proteger, Sesshōmaru?».

Su padre le había hecho esa pregunta tiempo atrás, antes de dar por terminada la conversación y salir de la casa. Por aquel entonces, no había sabido qué responder. La sorpresa de tales palabras lo logró dejar mudo y perdido en sus pensamientos. Nunca le importó conseguir a ese "alguien especial" por el cual uno daría hasta la vida. Su meta siempre fue el éxito académico y profesional, ser el orgullo de su padre. Quería que él se sintiera complacido con sus logros... pero ahora entendía. Amar de forma devota a una persona, temer por ésta y desear protegerla era el colofón de la vida. Éso era lo que le daba sentido al resto de las cosas.

—Tomaría cualquier cosa que me sea ofrecida con tan de llegar a tí, mujer. No importa qué —confesó, todavía con el rostro pegado al cuello de la jóven—. Detesto la cursilería barata, así que puedes imaginar qué trato de decir.

Kagome se congeló en el lugar y pensó que aquello no podía estar sucediendo.

¡¿Sesshōmaru Taisho se le estaba confesando?!

¡¿En qué loco mundo paralelo se encontraba?!

—¿T-tú estás diciendo que me quieres? —dijo, casi sin aliento y aguantando el deseo de obligarle a que la mirase—. ¿Por eso me besaste en mi cumpleaños siguiendo ese tonto juego?

Sesshōmaru suspiró. ¿Era tan complejo que ella lo entendiera? La diferencia de personalidad casi le provocó sonreír. Supuso que ello fue lo que terminó amando de ella.

—Deja de preguntar tonterías.

La abrazó todavía más fuerte y ella pareció comprender. Las delicadas manos femeninas se aventuraron dentro de su melena para masajear con mimo el cuero cabelludo. Kagome sabía que alguien como él necesitaba relajarse ante la locura y lo inimaginable. Era como saltar al vacío sin paracaídas... ¿pero no se suponía que el amor era así?

—También siento que te quiero —musitó, con el estómago encogido en un puño por los nervios. Todo era tan extraño. Hasta no hace mucho, eran prácticamente dos desconocidos. Si él no la hubiese besado jamás notaría que guardaba tales sentimientos—. Y ojalá que tú lo sigas haciendo cuando veas el desastre de la alfombra. Tiré la bebida.

¿A quién podía importanle algo tan intrascendente? Tal vez a Izayoi, pensó. Amaba esa porquería de alfombra. Pero le daba igual que la esposa de su padre se enfadara con él, aunque dudaba que sucediera. El corazón de la madre de su medio hermano era demasiado blando.

Por un instante, casi se dejó llevar por la risa de Kagome, pero le pareció un mejor plan volver a buscar sus labios. Esta vez fue un beso lento, explorativo. Quería tomarse todo el tiempo del mundo. Y lo tenía, por fin. Gracias a Kami ya no tendría que recurrir a tretas... o contar con escasos siete minutos para estar junto a ella.

Por fuera de toda lógica, besar a Kagome seguía siendo un paraíso... un paraíso del que nunca quería ser expulsado.


De antemano quiero pedir disculpas si alguna de las seguidoras de esta pareja (o fanática del Amo Bonito) notó un pésimo manejo de Sesshōmaru. Es la primera vez que escribo sobre él por un período de tiempo tan largo (aunque el OS sólo tenga un poco más de 2000 palabras xD). Ya me había aventurado con anterioridad en otros escritos, pero siempre su participación fue excesivamente corta. Por eso me pareció pertinente la nota del principio.

Ésto me da pie para decir que también es la 1ra vez que escribo sobre esta pareja. No soy excesivamente fan, pero tampoco me desagrada. Para quienes me conocen, saben que el 99% de mis fics son de Inu/Kag; así que es un terreno completamente nuevo para mí... pero me gustó. Estar siguiendo una historia de esta pareja, creada por una excelente autora, me animó a intentar navegar por este ship.

¡OJALÁ les guste! Caso contrario, pueden decirlo también sin problema ;D. Acá las críticas con buena onda siempre son más que bienvenidas.

¡Tengan un excelente día y casi final de semana! Y... ¡a esperar el sábado! (se viene el capítulo 8 y, por lo que se ve, tendremos que tener pañuelos a la mano).

Saludos enormes,

Lis