AVISO: Os ruego, por favor, que leáis esta historia con discreción. Contiene violencia, tanto verbal como física, además de uso de armas.

La inspiración nació de "Red" de Survive said the prophet, el ending de un maravilloso anime llamado "BANANA FISH", el que terminé en un día, en la madrugada, con mi rostro empapado en lágrimas porque fue sufrimiento puro. Conocí el verdadero amor y el verdadero dolor y frustración. Os lo recomiendo al cien por ciento, pero si no estáis estable en temas de salud mental, pasad de él y de esta historia, por favor.

La historia consta de prólogo, cuatro partes y un epílogo, siendo un total de seis publicaciones/actualizaciones.

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LA MANCHA ROJA;
la locura de enamorarse

OO

"In spite of how the world decides to see my life
Would I still have a chance for us to say good bye over and over again?"

Blossom termina de cepillar su cabello, mira su reflejo en el espejo, está muy delgada, tiene unas ojeras oscuras y profundas, no ha podido dormir ni comer bien durante un tiempo. Pasó ambas manos por su rostro y tomó aire profundamente, su respiración estaba entrecortada. Debía ir a ese lugar, quería ir a ese lugar, pero sería tan difícil.

—Todo ha sido mi culpa... Incluso cuando dijiste que así no era, incluso si me lo juraste —comenzó a sollozar—. Todo fue mi culpa, Brick.

Dejad que os cuente cómo sucedió todo.

Brick jamás ha dudado sobre sus pasos, se tenía una enorme confianza cuando se trataba de correr, sobre todo si corría de la policía. Era la quinta vez que robaba la misma tienda, la de aquel viejo engordado con dinero porque la verdad es que era delgado. No se arrepentía de lo que estaba haciendo, si fuera así, no estaría robando por quinta vez. Corrió y corrió, dobló en la calle cerca del mercado, saltó los botes de basura, esos que siempre terminaban rebalsados cuando declinaba la jornada comercial, escuchaba las voces de los policías pidiéndole que se detuviera, pero él no era idiota, no iba a detenerse. Alejándose del mercado, estaba el puente, apoyó su mano sobre el barandal de concreto y pegó un brinco. La policía solía perderlo en ese punto, aunque era posible que ella ya supiera dónde es que se escabullía, quizás ese barandal era la línea de meta; una vez ahí, Brick gana y ella pierde.

No detuvo el paso, siguió corriendo. Estaba cansado, ya no tenía la misma vitalidad de antes, además, en esos entonces, no tenía los problemas de salud que podría estar enfrentando ahora, esos que dan de manera natural por el pasar de los años. Su comunidad ya se veía a lo lejos, solo tenía que bajar hasta el lugar en que la tierra estuviera húmeda, pasando por la zona que siempre espera un desborde del cauce del río, donde la tierra se convierte en lodo y ya no hay rastro de vida verde. La comunidad está en la superficie más baja, cada escupitajo que se lanza desde las alturas del puente, si bien no es directamente, le llega, tarde o temprano, a la gente de abajo.

Entre la comunidad tenían una broma, una que parecía hasta una regla de oro porque podría ocurrir de verdad, y es que tenían prohibido estornudar ya que las casas podrían derrumbarse. Brick a veces deseaba que pudiese tomarse esa broma como lo que era, una broma, pero no podía evitar pensar en que la fragilidad de esos hogares no era parte de ninguna chufla.

—¿Dónde narices te has metido? —le preguntó un molesto Boomer una vez que abrió la delgada puerta de su hogar—. No vengas con majaderías, desapareciste así como así.

—Fui por comida, no seas llorón —dijo—, tampoco es como si me hubiera ido para siempre. Tengan —dejó sobre la pequeña mesa cuadrada hecha de lata la bolsa de papel con un par de tomates, una manzana y un pan—, esto lo conseguí hoy.

—¿Lo conseguiste en la misma tienda? —preguntó Butch, que estaba cerca de la mesa y había empezado a sacar la comida—. Los tomates de ese viejo siempre han tenido el mejor aroma.

—Hay unos mejores, en realidad, pero en esa tienda es tan fácil robar —suspira y se deja caer sobre el colchón de esponja—. Tan fácil... ¿Cómo es que todavía no idean alguna táctica para atraparme? ¿Serán idiotas? —chasqueó la lengua—. Debí haber sacado algunos alberges.

—Todavía no es temporada de alberges —dijo Butch mientras doblaba la bolsa para guardarla—, de seguro estaban insípidos.

—Hala... —Boomer sirvió un vaso de agua para su hermano mayor—, no pueden quejarse, si la comida es robada, no estamos en derecho de hacer exigencias.

—Venga, que ya entendimos, buen samaritano —se queja Brick—. Ya conseguiremos algún empleo o alguna forma para cultivar nuestra propia comida —miró a Butch que pasaba a lavar las verduras—. Oye, tonto, guarda alguna de las semillas de los tomates, quizás podamos germinarlas.

Su hermano le hizo caso, miró a Boomer, este volvía a agarrar la escoba para limpiar la pequeña sala de su hogar. Brick estaba orgulloso de esa casa de un ambiente que lograron levantar, pero al ser el mayor, pensaba que podía darle un mejor futuro a sus hermanos. No es como si ellos fuesen indefensos, pero todavía eran pequeños, Boomer debería estar terminando la escuela, mas jamás a pisado un establecimiento educativo porque eso no formaba parte de sus prioridades. Lo único que podían hacer es buscar comida, su prioridad era comer y llegar al siguiente día. Tenía cierta esperanza de que un día sus vidas serían mejores, él no importaba, pero sus hermanos... Brick daría de todo por la estabilidad de sus hermanos.

—Brick —dijo Boomer—, olvidé comentarte algo.

La postura del menor de verdad demostraba inocencia, inseguridad y hasta un poco de temor por su reacción, era algo totalmente distinto a lo que había visto hace unos instantes y es que Boomer era un maestro de la dualidad. Brick se enderezó en la cama e inclinó su cabeza hacia un lado.

—¿Qué sucedió?

—Vino el señor ese... El mismo de hace dos días —dijo con cierto temor evidente—. Dijo que quiere ayudarnos, que no seas terco y le aceptes la ayuda.

—Ni de coña —responde tajante, miró a su otro hermano para ver su expresión, pero Butch estaba de espaldas en la fuente azul que tenían como lavaplatos mientras pelaba uno de los tomates—. Ya se los he dicho, joder, ese viejo no me da buenas vibras. Sé que se ve muy afable, pero ¿quién en su sano juicio ayudaría a tres tíos? Además, no quiero que vivamos de la caridad.

—Quizás no quiera ayudarnos con caridad —la voz de Boomer era suave, obvio, le daba miedo la posible reacción de Brick—, dijo que nos ofrecía trabajo en su local.

—Vale, ¿y de qué? ¿De traficantes? ¿O te piensas que nos dará planta en su tienda? ¿De verdad pensaste eso?

—Venga, no le hables así a Boomer —intervino Butch—, tú deberías empezar a abrir un poco tu mente.

—¿Estás demente? ¿Y si resulta que solo nos quieren para trabajo fácil?

—Cualquier cosa es mejor que estar robando —dijo Boomer—. Sé que lo haces para que tengamos algo de comer, pero no me gusta que te expongas, Brick. No quiero perderte a ti de nuevo ni a Butch.

Brick guarda silencio, suspira profundamente y vuelve a recostarse sobre el colchón cubriendo sus ojos con las palmas de sus manos.

—Disculpen —dijo al final—, es solo que ya he estado en ese escenario antes, no quiero volver a cometer ese mismo error.

Nadie, en esa estrecha y frágil vivienda, dijo alguna palabra. Brick resopló de nuevo y se puso de pie. Boomer seguía estático con la escoba entre sus manos mientras que Butch volvía a pelar el tomate. El mayor palpó los hombros de su hermano menor, se agachó un poco para poder mirarlo fijamente a los ojos.

—¿El señor aquel te dio algún dato de dónde podríamos encontrarle? Tiene dos tiendas, ya sabes.

Boomer no fue capaz de responder, solo le sonrió, porque el estruendo del vidrio de la única ventana del hogar les interrumpió. Brick reaccionó a cubrir la cabeza de su hermano mientras que Butch dejaba caer el cuchillo y se agachaba por instinto. Aguardaron un par de segundos, se escucharon unos pasos apresurados afuera de su hogar, Brick fue el primero de los tres en alzar la cabeza, quería comprobar de que estaba todo en orden.

—Esos hijos de puta —masculla al darse cuenta de la piedra que estaba sobre el colchón que ocupaba Butch, así como los restos del vidrio que quedó hecho cachos.

Se pone de pie, había dejado de cubrir a su hermano, y se acerca a la piedra, pero antes quiso salir a dar cara si es que todavía estaban por ahí. A pesar del grito de alerta de Butch, Brick abrió la puerta y miró para todos los lados posibles, no había rastro alguno. Cerró de golpe y le señaló a Butch, con el pulgar, el vidrio para que se encargara de eso.

—Pon algún nilón, alguna tela, no sé, no quiero que entre el aire frío —y se acercó a la cama para recoger aquella piedra.

Boomer observaba con miedo y detenimiento el actuar de sus hermanos, pensó que sería buena idea barrer, así que hizo eso, en tanto miraba de reojo a su hermano mayor, no quería perderse de ningún detalle de su reacción.

—Como lo pensé —dijo Brick—, trae una puta nota —quitó el elástico y desdobló el pequeño trozo de papel blanco que se dobló en cuatro.

—¿Qué dice? —preguntó Butch luego de extraer el trozo de nilón que se encontraba bajo el latón de la mesa.

"Primera advertencia, Brick. Pagarás por lo que hiciste. Mañana, una de la tarde en punto, Plaza de Mérida" —chasqueó la lengua—. El remitente es Bud. ¿Será que ese hijo de puta no se cansa? ¿No va a dejarnos en paz? Lo peor es que el problema es conmigo, pero los involucra a ustedes porque son mi familia.

—¿Qué piensas hacer? —preguntó un tímido Boomer.

—Obvio que no dejaré que se siga metiendo con ustedes ni conmigo, voy a pararlo de alguna manera, ya pensaré cómo —vuelve a chasquear la lengua, pero esta vez sonrió irónico.

—¿Qué te pasa? —preguntó Butch todavía con el nilón entre sus delgados y paliduchos dedos.

—Estaba pensando que me es más fácil conseguir, digamos, "armamento" —hizo el gesto de las comillas con los dedos— que un plato de comida. ¡Tsk! Como sea —mete el papel en el bolsillo trasero de su pantalón y procede a quitar la manta del colchón de Butch—. Voy a sacudir esto, cualquiera de los dos, coloquen la manta de mi cama en esta, no los quiero heridos por algún trozo de vidrio, no tienen permitido negarse.

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Existían barrios que estaban a otros niveles de altura, el de Blossom, por ejemplo, estaba en lo más alto de los suburbios cercanos a las montañas. Puede ser una exageración, pero la verdad es que no es mentira cuando digo que, desde la azotea de su hogar, con solo extender su brazo estaría más cerca de las estrellas que cualquier persona en Townsville. Su hogar no solo era grande, sino que también era cálido aunque frío en su composición. Una situación de muchos contrastes, pero esa era la realidad. No importaba qué tan cálido fuese el ambiente, la chimenea siempre ayudaría con eso, la relación familiar era más fría, incluso si existían lazos fuertes. Blossom estaba segura de que sus hermanas no darían la vida por ella y viceversa. Se querían, claro que se querían, pero la sociedad las obligó a competir, y ellas solo habrían querido jugar.

Bubbles, rubia e inocente de diecisiete años, estaba terminando la escolaridad en el establecimiento más caro de la ciudad. Podrá parecer alegre, pero la verdad es que se lamentaba porque no estaba logrando su meta: estar en el cuadro de honor como sí lo estuvo Blossom, tampoco en el cuadro de aquellos becados por sus talentos, como Buttercup, la que fue becada por deportes.

Buttercup entraba recién en los veinte, quería terminar sus estudios de psicología para irse luego de su hogar. No se dejen engañar, ella adoraba a sus hermanas, pero sabía que no podían estar juntas para siempre, precisamente por eso fue que invirtió gran parte de su tiempo en practicar deportes, no solo para encontrarse, sino para alejarse de quienes le ahogaban.

Blossom, en tanto, estaba por titularse de leyes, pensaba hacer una maestría una vez tuviera su título y así colocar el bastón lo más alto posible; era una cosa de orgullo y ego, no para sus hermanas, sino que para sí misma. Ella quería probar que era capaz de hacer muchas cosas, que iba a provecharse de su situación económica para ir escalando más y más alto.

Actualmente, con el crepúsculo cayendo, Blossom arreglaba su cabello y colocaba un mechón tras su oreja, mientras sonreía con suficiencia. El chico que tenía en frente, agachó la cabeza, masajeó su nuca y se encogió de hombros. Ella le miraba, quería evitar soltar una risa porque sería demasiada humillación, no quería que pareciese que se estaba burlando de él, sino que quería burlarse del mundo por dudar de ella o pensar que con una simple declaración de amor ella dejaría sus metas de lado.

—¿Ningún tipo de oportunidad? —balbuceó con lentitud el chico.

—Exactamente —respondió rápido—. No puedo estar con alguien que no tiene ningún tipo de motivación más allá de ganar dinero para mantener una posición social. Si tus ganas de surgir estuviesen relacionadas con crear alguna ONG, invertir en una sociedad por un bien común, algo por el estilo, quizás estarías llamando un poco mi atención, así tanto —le enseñó sus dedos, la yema de su dedo índice y su pulgar estaban casi tocándose—. Será mejor que me dejes en paz, ya te digo, estás afuera de mi casa, montando este tipo de escena, no habla bien de mí, menos de ti —rio con burla—. Así que, adiós, Brendan.

—Soy Brandon —corrigió.

—Me vale —se encogió de hombros, dio media vuelta y se encaminó hasta la entrada—. Tampoco te lo tomes a personal, ¿vale? Un hombre solo terminaría distrayéndome de mi objetivo. No te lo tomes a personal, ¿okay? Tampoco te creas tan relevante en mi vida como para, de verdad, distraerme —agitó una mano—. Hasta nunca —y cerró la puerta.

Dentro de su hogar, había calma, sin embargo, Blossom sabía que sus hermanas estaban escondidas tras el cortinaje de la sala, habían escuchado hasta el más mínimo detalle y, de seguro, hasta le habían imitado. Suspiró pesadamente y se encaminó hasta las escaleras, dio un vistazo a la sala, sus hermanas estaban sentadas, una junto a la otra, en el sofá que daba hacia la ventana.

—Mañana iré al pueblo —les dice—, quiero comprar de esos chocolates artesanales de la otra vez.

—Iría contigo —respondió Buttercup volviendo a su lectura—, pero estoy algo ocupada —arregló su flequillo—. La próxima vez, iré.

—La verdad, Blossom, es que ahora me pondré a hacer mi informe para la clase de Historia y, bueno, mañana debo terminarlo —Bubbles se puso de pie y sacudió su falda tableada, esa de su uniforme—. Perdóname.

—No se preocupen, no hay problema alguno. Les traeré chocolates.

La verdad era que Blossom tampoco quería que sus hermanas le acompañaran, pero el haberles preguntado antes prevenía que se le unieran a último minuto o que le hicieran un interrogatorio innecesario. Disfrutaría de ese momento sola, no cabía duda alguna, además, el trayecto al "pueblo" era largo, más tiempo para pensar en sí misma y desconectarse de la realidad por unas horas. Nada mejor que separarse de su familia en fin de semana.

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Brick golpeteaba su talón contra el muro de ladrillos que había tras él, estaba aguardando. Tenía una vista privilegiada al parque "Plaza de Mérida", había gente paseando, pero en un número reducido considerando que la jornada laboral no había terminado. Palpó su pecho, tosió un poco a causa del humo del cigarrillo que fumaba un señor que pasó delante de él. Brick no fumaba. Estaba ahí, de pie, mirando hacia el parque, hacia la calle, la pista de vehículos, esperaba ver al hijo de puta que le había citado. Chasqueó la lengua, ya empezaba a hacer un poco más de frío, tenía que pasar a ver al señor de la tienda que había ido hasta su hogar, pero Bud parecía querer hacerle esperar un poco más.

Bud siempre les ha odiado porque, según dice él, los hermanos, más bien Brick, lo traicionaron. Ellos ni siquiera aceptaron aliarse a él, Brick fue bastante enfático en decirle, esa noche, que sí, que podían ayudarlo a acarrear sus cajas —llenas de armas, pero eso era desconocido para los hermanos, al menos para ese entonces—, que no habría problema. Pero Bud entendió eso como un "trato", por ende, podía disponer de sus tiempos para que siguieran acarreando mercancía por un poco de dinero. Los hermanos necesitaban comer, necesitaban dinero. Brick fue el que aceptó el trabajo, por eso mismo, por su inocencia, fue sorprendido por la policía mientras cargaba una caja con destino a la otra división de la pandilla de Bud. Eso le costó tres meses a Brick en un reformatorio, no se pudo probar que él era el dueño de las armas.

Ojalá el problema hubiera quedado ahí.

—Nunca pensé que después llegaría la loca de su hermana —masculló para sus adentros.

Miró a su alrededor. La panadería y pastelería, a la derecha, estaban abiertas pero no tenían muchos clientes, la chocolatería siempre tenía clientes, vio salir a un par de chicas, en la vereda de la izquierda, la verdulería ya se preparaba para cerrar, la floristería seguía abierta. Clientes iban y venían, todo parecía normal. Miró la hora en el reloj que estaba a la entrada del parque, hacía media hora que debió haber hecho aparición. Brick tomó una gran bocanada de aire, se quedó mirando a una linda chica rubia que traía el cabello recogido en dos trenzas y usaba unos lentes de marco cuadrado, cuando escuchó el estruendo propio de un disparo.

Era Bud, no había duda alguna, no tenía la necesidad de buscarlo con la mirada, sabía que era él. ¿A qué otro loco se le ocurriría estar disparando de esa manera? Solo a un drogado y eufórico Bud Smith. La gente empezó a huir, él también debía hacerlo si quería responder al ataque. Pero su huida se vio interrumpida por una torpe pelirroja que tropezó con sus propios pies. No podía culparla, es normal que el cuerpo reaccione lentamente cuando se está bajo una situación como esa. No dudó y la agarró del brazo, quizás debió medir su fuerza, pero en ese momento solo quería huir, y ella también. Brick no deseaba que hubiese algún herido por su culpa, en ese momento empezó a cuestionarse el hecho de haber esperado por Bud en un sitio tan expuesto.

Todavía tirando a la chica por el brazo, la condujo a un callejón, pero no se quedaron en la entrada, corrieron hasta el fondo, rodearon el edificio y pasaron otros dos callejones para que no fuese fácil encontrarles. La apoyó contra la pared y la miró a los ojos, pero ella no le miraba, solo lloraba, Brick comenzó a respirar muy fuerte y de manera calmada, de ese modo ella podría seguir el ritmo de su respiración. Él no sabía que, la chica que estaba protegiendo en ese momento, era Blossom Utonium. Ella abrió sus llorosos ojos una vez que pudo seguir la respiración de él.

Las agujas del reloj se posicionaron en una hora exacta. Una de la tarde con treinta y un minutos. Podría ser un dato irrelevante, pero ellos no consideraron el mensaje de los ángeles. Se quedaron ahí, Blossom entre los brazos de Brick, que la miraba fijamente a los ojos.

—¿Estás bien? —le preguntó a ella.

—Sí —respondió con dificultad.

—Vete lo más rápido que puedas, por el callejón trasero, llegarás a la calle, ahí podrás tomar algún transporte. Por ningún motivo mires hacia atrás.

—¿Qué?

—No pierdas el tiempo. ¡Vete! —se aleja de ella y comienza a correr por uno de los callejones que da a la calle frente al parque.

—¡Espera!

—¡Que te vayas! —se voltea y la mira con el ceño fruncido—. ¡Huye! ¡No quiero que te pase nada! ¡No vuelvas por este lugar!

Brick no le dijo nada más, Blossom seguía temblando por el miedo y la adrenalina, pero le hizo caso.

El ritmo de ambos estaba al mismo son, pero lo que a ambos diferenciaba era lo que les esperaba una vez estuvieran fuera de los callejones. Blossom tomaría un autobús y llegaría a su casa para refugiarse en su familia. Brick tendría que ocupar el arma que consiguió prestada luego de prestar un favor nada agradable a la conocida Banda Gangrena para enfrentar a quien le amenazaba la vida a él y a sus hermanos.

Qué realidades tan distintas. ¿En qué habrían estado pensando los ángeles cuando decidieron que el encuentro de esos dos fuese a esa hora?

"A pesar de cómo el mundo decide ver mi vida,
¿todavía tendría la oportunidad de decirte adiós una y otra vez?"

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Gracias por leerme, hasta la próxima actualización.