UN CONTRATO MÁS CON MI NUEVO JEFE (CAP. 7)
Me bebí el agua completa que tenía en mi vaso de un solo jalón, luego, suspiré profundamente, "¿por qué entre tantos bancos que hay en todo Chicago Albert precisamente tenía que elegir donde trabajo yo?".
─Ahora, ¿si me va a decir que fue ese numerito que hizo, señorita White? ─preguntó mi jefe con toda la seriedad y amargura que lo caracterizaba.
─No pienso contarle mi vida personal a usted señor, confórmese nada más con el hecho de que soy su amante ─por supuesto que no le iba a contar mi vida a este señor con el que me estoy acostando.
─Está bien, no le seguiré preguntando, pero tenga en cuenta una cosa, usted es mi asistente y, antes de que los cliente lleguen a mi oficina primero deben pasar por la oficina de usted. El señor Ardlay mañana a primera hora irá al banco por su chequera y tarjetas bancarias, porque como sabe es un cliente muy importante por lo que usted en persona se encargará de atenderlo.
Mi odioso jefe se puso de pie, sacó billetes de su cartera y los colocó sobre la mesa, salió del restaurante.
─Usted no puede obligarme a que yo en persona atienda a Albert ─dije cuando los dos subimos a su auto.
─Entonces usted conoce perfectamente bien a ese hombre, señorita White, porque en ningún momento dije su nombre, solo pronuncié su apellido.
Me abroché el cinturón de seguridad y me crucé de brazos─: sí, lo conozco por eso no quiero que él me vea... si ya fue todo por hoy me gustaría que me llevará a mi departamento.
─Sí, fue todo por hoy, pero no la llevaré a su casa, iremos a mi departamento ─lo miré por encima de mi hombro.
En todo el camino ninguno de los dos habló. Cuando llegamos a su departamento él sacó una laptop, y, se puso a llenar unos informes para que mañana a primera hora Albert pasara al banco.
─Estoy cansada, me gustaría irme a mi departamento a descansar ─le dije sentándome a un lado de él.
─Puede descansar aquí yo más tarde la llevaré a su casa ─Me levanté molesta.
─Al menos: ¿puedo darme un regaderazo?
─Sí ─respondió sin siquiera verme.
Me fui a su habitación, allí me desnudé, luego entré al baño para meterme debajo de la regadera, dejé que cayera el agua tibia por encima de mi cabeza, de mi cuerpo ─nunca pensé volver a verte Albert ─expresé casi en un susurró. En ese instante mi mente viajó para el pasado, para aquella tarde especial por lo menos para mí.
─Cielos Albert, la verdad, tu cabaña es magnífica…
─También es tuya ─había dicho Albert mientras servía vino blanco en unas copas de cristal para celebrar nuestra unión ─tome asiento en la alfombra, mi hermosa princesa ─dijo con una solemnidad propia de los príncipes. Él realmente se veía sensual con ese pantalón de vestir semiajustado color caqui y su camisa blanca impecable desabonada, dejando ver su abdomen y pecho bien tonificados, definitivamente era el sueño húmedo de cualquier mujer.
─Señor Ardlay, recuerde que debemos estar a las seis de la tarde en mi casa para…─le recordé con picardía tratándole de usted para hacerle enojar, le disgustaba que lo tratara como un hombre mayor. Sin embargo, él lo ignoró, contestándome.
─Tenemos tiempo suficiente… ─dijo acercándose cada vez más a mí, cada vez más a mis labios.
─Pensé que esperaríamos a estar casados por la iglesia… ─lamí mi labio inferior mientras él ya se encontraba besando mis pechos.
─También creí que aguantaría hasta ese día ─me decía sin dejar de besarme─, pero eres tan hermosa, oh, Candy, mi hermosa Candy, me vuelves loco, eres divina, deliciosa como ninguna otra mujer, tus cabellos, tu rostro, todo en ti es perfecto. Quiero hacerte mía.
Tragué en seco antes de poder emitir una última frase que nos permitiera retroceder a lo que inevitablemente sucedería, pero era un imposible eludir lo que ya era un hecho irreversible. Él estaba deseoso y yo más. Así que por encima de mis hombros me quitó el vestido de gasa blanco con forro, ceñido a la cintura que traía puesto dejando al descubierto mis senos.
─Eres virgen, sé que debí esperar, lo siento, pero quiero hacerte mía ─hablaba al tiempo que bajaba con delicadeza mis pantys de encaje blanco─, lo haré con cuidado, no te lastimaré ─me advirtió entre tanto su respiración cada vez se hacía más fuerte, respiración que sentía en cada beso que me daba.
Así que me acostó en la alfombra y abrió mis piernas, apartándose de mí un poco para bajarse la cremallera, con una mano se agarró su enorme miembro y lo puso en mi vagina. Lo miré y le dije─: solo hazlo con cuidado yo nunca he estado con un hombre.
─Lo haré con cuidado, sé que te dolerá, pero después de que te meta la punta dolerá menos... agárrate de mis hombros.
Me jaló y me acomodó, sentí como entraba en mí desplegando mis pliegues por dentro, era doloroso ─arg─ él me miró a los ojos y besó mis labios. Se empezó a mover con cuidado, pero entre más entraba más dolía.
─Ya entró la punta, si quieres gritar no lo hagas, no quiero que nadie se entere de esto ─me dijo con su voz ronca y agitada. Otra vez sentí como entraba más, clave mis uñas en su espalda, ese dolor era más de lo que me había imaginado… se movía lentamente, y, sentí como un crac se escuchó como si algo dentro de mí se hubiera roto.
─ Aaaaayyy ─le mordí el pecho..., sentía como entraba y salía de mí una y otra vez, nuestra respiración estaban aceleradas, el dolor se había convertido en ardor.
─Por Dios Candy estás tan cerrada que me cuesta trabajo estar por completo dentro de ti, me presionas tanto mi pene que no aguanto más… ─sus embestidas eran cada vez más rápidas que sentí ese orgasmo que invadió todo mi cuerpo, mis uñas se clavaron más en su espalda y mis dientes en su pecho ─¡mierda!, lo siento no pude contenerme…
"A caso había terminado dentro de mí y, sin usar un condón".
Nos quedamos así hasta que nuestra respiración volvió a la normalidad. Salió con cuidado de mí, miré en la punta de su miembro una gotita blanca acompañada de sangre y esa sangre era mía... Sentí que mi cara se puso roja de la vergüenza.
─Lo siento, Albert, no pensé que sangraría ─bajé mi vista para no verlo a la cara.
─No te de vergüenza, mi princesa, es normal, eras virgen... descansa, debemos recuperar las fuerzas para regresar con tus padres, no te preocupes por un embarazo te llevaré con un amigo para que te recete unas pastillas, quedamos con que seguirías con tus estudios universitarios.
Ese día me ardía mi vagina, pero al menos ya había dejado de sangrar, y me metí a la regadera, quedándome debajo del agua caliente por varios minutos, justo como ahora él se metió a enjabonarme… ─como si de verdad me hubiera amado…
─¿Acaso está hablando sola? ─preguntó mi jefe quien estaba detrás de mí desnudo.
─Solo estaba pensado en voz alta ─respondí.
Me besó y terminamos en su cama.
Yo estaba boca abajo mientras él acariciaba mi espalda desnuda con uno de sus dedos.
─¿De dónde conoce a ese tal Albert?─ me preguntó, volteé a verlo, él estaba recostado sobre un par de almohadas con una mano debajo de su cabeza y su vista al techo.
─No importa ─contesté.
Volteó a verme y me quitó un mechón de cabello, lo puso detrás de mi oreja.
─Sí, importa, porque algo me dice que tu eres esa persona importante que le mandó un mensaje después de cinco años ─yo solo apreté mis dientes.
─Creo que es hora de que me lleve a mi departamento ─dije levantándome de la cama, me empecé a vestir.
─Candy, puedes confiar en mí, ¿por qué no me dices de donde conoces a ese tipo? ─Terry hizo que me sentará en la cama.
─Si le digo: ¿promete que no me obligará a que yo personalmente lo atienda mañana, cuando vaya a firmar para que se le entregué su chequera y sus tarjetas bancarias?
─Está bien, si me dices, yo mismo atiendo a Williams Albert Ardlay en persona... y nunca tendrás que verlo.
Con tal de que no me hiciera ver a Albert empecé a contarle de donde lo conocía.
─A él lo conozco, porque es del mismo pueblo de donde soy yo... yo y él fuimos novios durante dos años hace cinco años ... él fue mi primer novio y él único novio que he tenido.
─Y de seguro terminó rompiéndote el corazón… por eso no quieres verlo ─negué con la cabeza.
─Fue difícil, él conmigo… delante de mí siempre se comportó respetuoso como el novio perfecto, preocupado por mi bienestar. Pensé que había cambiado, que realmente se había enamorado de mí, pero en una tarde le oí hablar por teléfono, diciéndole a su secretario que la adquisición de los terrenos White habían sido adquiridos de forma fácil, no tuvo que hacer un gran pago dada a mi relación con él. Albert me pidió que me casara con él cuando yo apenas iba a cumplir 18 años. Tomé por decisión: huir de él.
─Señorita White, ¿usted en verdad fue capaz de rechazar a ese hombre? Es lógico que no quisiera casarse con él... si apenas usted era una adolescente y al parecer, él es varios años mayor que usted, ese hombre parece casi de mi edad...
─Usted tiene 28 años señor y él cumplió 33... Acepté casarme con él... pero el día de la boda me arrepentí, salí corriendo dejándolo en el altar sin novia y sin esposa. Nunca he tenido el valor de verlo a la cara, para al menos para enfrentarlo, preguntarle ¿por qué me utilizó a mí y a mi familia solo por expandir sus riquezas sin importar a llevarse quien fuera por delante? Fui una cobarde, salí huyendo lejos de él. Desde entonces vivo aquí en Chicago. Hoy cuando miré su nombre en las cuentas de los nuevos clientes nunca pensé que él era la persona con el que se iba a ver en ese restaurante, por eso cuando lo vi me escondí.
Mi jefe se me quedó mirando por varios minutos en silencio.
─¿Por qué no te casaste con él, acaso no estabas enamorada de él? ─me reí entre dientes.
─Ese fue el problema que sí estaba enamorada de él… lo quería mucho... pero yo tenía sueños, quería seguir estudiando, era una joven de apenas 18 años, apenas empezaba a vivir, él ya había terminado la Universidad, yo quería estudiarla para hacer una carrera universitaria, él ya se estaba haciendo cargo de los negocios familiares, yo solo me iba a casar con él para darle gusto a mi madre, me sentí como una especie de mercancía. Además, el matrimonio es un pacto sagrado entre dos personas que se aman, de nada sirve que uno de los dos estuviera dando el todo por el todo, nuestra relación tarde o temprano se iba ir por el caño... porque ella quería ser la madre de la esposa del dueño de una de las destilerías más importantes de toda Escocia y sus alrededores, imagino que por eso cedió los terrenos a un buen precio para asegurar su estatus y él expandir sus negocios, vieron mi matrimonio con él como una forma de cerrar un buen trato, sin importar el amor... y sí, fui yo quien le mandó ese mensaje del cual habló él... se lo mande por Facebook, él todos estos años nunca me ha dejado de mandar mensajes, mensajes que yo nunca miré. Le respondí para agradecerle porque su último mensaje fue para felicitarme por mi cumpleaños.
Mi jefe se puso de pie y se empezó a vestir.
─Pues al parecer ese hombre la sigue asechando, y ese mensaje que le mandó lo estuvo esperando durante estos cinco años.
─No entiendo cómo puede seguir insistiendo.
─Quizás a la final sí, se enamoró de usted.
─¿De mí, después de cinco años, amor verdadero? No lo creo.
─Suele pasar Candy, a veces nos enamoramos de la persona que más daño nos hace, y pese a ello uno las sigue amando, incluso hay veces en que las perdonamos.
Miré que mi jefe se puso muy serio, ¿acaso a él le habían roto el corazón o él le había roto el corazón a alguien? No quise preguntarle, yo no quería saber nada de su vida. Suficiente ya era con ser su amante.
Al día siguiente cuando llegué a mi oficina me encontré una cajita de regalo con una orquídea violeta y una nota.
Feliz cumpleaños señorita White, como no pude darle su regalo antes, hoy se lo regalo, espero y le guste.
Con cariño... Terry Granchester.
No pude evitar formar una sonrisa al leer esa nota. Tomé la orquídea y la olí, olía al perfume de mi jefe. Abrí el regalo, me llevé una mano a la boca, era una hermosa pulsera de oro con pequeñas piedritas violetas.
Me puse la pulsera y, enseguida le mandé un mensaje a mi querido jefe para agradecerle.
Muchas gracias por su regalo, me encantó, pero creo que no debería hacerme regalos tan caros porque no quiero acostumbrarme.
Atte. Candy White
Ubiqué la orquídea en un pequeño florero que tenía en mi escritorio; donde yo a veces ponía una flor para que diera vida a mi oficina.
Me puse a trabajar y la recepcionista del banco no tardó en ponerse en contacto conmigo para avisarme que el señor Williams Albert Ardlay acababa de llegar.
Continuará…
Si quieren que continúe con la historia no duden en decirlo. Primero Dios.
