UN CONTRATO MÁS CON MI MUEVO JEFE (CAP. 12)

Personajes de Mizuki e Igarsahi

Cuando toqué la tierra en la que nací, en la que me crié hasta mi adolescencia, ya eran las 2 de la mañana. Bajé del avión con mis maletas y me senté en la sala de espera. Nadie fue a esperarme, porque no les avisé a mis padres de que volvería a mi casa para estar con mi familia, junto a ellos.

Después de varios minutos salí. Caminé hasta la línea de taxis del aeropuerto. Un hombre de unos 26 cuando mucho me ayudó con mi equipaje.

─¿A dónde la voy a llevar, señorita? ─me preguntó ese hombre cuando yo ya estaba sentada en el asiento trasero de su taxi.

─Lake... Lakewood ─ese hombre me volteó a ver.

─¡Yo también soy de Lakewood! ... ─se quitó su gorra─ Candy, Candy White, ¿eres tú? ─Yo me sorprendí─ no te acuerdas de mí, soy Anthony Brown Ardlay ─"Solo esto me faltaba", pensé, porque ese Anthony era el sobrino de Albert─. Pero, que sorpresa volver a verte.

─Hola, a mí también me da gusto verte nunca, imaginé encontrarme a alguien conocido en el aeropuerto.

─Es que le di el día libre a uno de mis trabajadores y, pues, ya sabes… tuve que poner en servicio este taxi ─Anthony es el hijo del dueño de la línea de taxis más grande de Lakewood y precisamente yo me tuve que haber subido al que él conducía.

─Entonces me tocó suerte ─mentí, pero, ¿cuál suerte?, sabía que Anthony correría a decirle a Albert que volví.

─A mí también, porque este es mi último viaje que doy por esta noche... hace algunos días también llevé a Tom, Stear y Archie, ellos siempre me llaman para que los recoja cuando vienen al pueblo. Paty y Annie se fueron en otro taxi…

En todo el camino me fue contando de todo lo que había pasado durante estos casi seis años que viví fuera del pueblo. Lo bueno que no me habló de su tío Albert.

─Gracias por traerme ─le dije cuando bajé del taxi. Él bajó mi equipaje.

─Espero hasta que entres a tu casa, Candy.

Toqué a ese enorme portón que tenía la casa de mis padres.

─Voy... voy... ¡Santo Dios!, pero, ¿quién toca a estas horas? ─escuché decir a mi padre.

Cuando se abrió esa puerta miré a mi papá con su pijama puesta, aun estaba como lo recordaba solo que con unas cuantas canas más.

─Hija ─dijo cuando me miró ─por Dios si eres tú, hija. ¿Por qué no avisaste que vendrías para ir a esperarte? ─Me abrazó fuerte.

─Quería darles una sorpresa, papá. Aparte mi madre me amenazó que si no venía mi abuela no iría a su boda ─mi padre se rió─ Muchas gracias, Anthony ─Anthony se subió al taxi.

─¡Bienvenida, Candy! ¡Espero verte mañana en el baile de la boda de tus abuelos! ─dijo Anthony antes de irse.

Entré con mi padre a la casa, él me ayudó con mis maletas. Cuando entramos a esa sala donde había dejado tantos recuerdos, empezó a llamar a mi madre y a mi hermano, quien ya estaba casado.

─¡Luisa, John, despierten, miren quién llegó! ─gritó mi padre.

John fue el primero en bajar─ pero, ¡que sorpresa! ─exclamó mi hermano, quien me dio un abrazo. También bajó Luisa, su esposa.

─Bienvenida a casa, cuñada.

─Oh, por Dios, veo que pronto seré tía ─Luisa estaba embarazada.

─Así es, en tres meses más ─replicó mi cuñada.

─¿Qué es todo ese escándalo?, son casi las cuatro de la mañana ─dijo mi madre cuando iba bajando las escaleras. Se quedó en medio de ellas cuando me miró.

─Hola, mamá ─expresé con lágrimas en mis ojos─ Ya volví ─me encogí de hombros.

─Hijita... díganme que no estoy soñando ─bajó las escaleras y me abrazó.

─Estoy aquí, mamá ─mi madre empezó a llorar. Al igual que yo.

─No sabes lo feliz que estoy, pensé que no te volvería a ver Candy... espero que hayas vuelto para quedarte.

─Sí, madre... bueno espero pasar una larga temporada aquí.

Mi familia estaba feliz de verme al igual que yo. Mi madre me dijo que la misa de la boda de oro de mis abuelos sería a las doce del día. Así que me pidió que durmiera un poco.

Mi hermano y mi padre subieron mi equipaje a mi habitación. Esa habitación estaba igual a como yo la había dejado hace casi seis años, incluso todavía en el tocador tenía todas esas fotos mías y de mis amigos. También fotos donde estaba junto con Albert. En ese lugar tenía tantos recuerdos felices.

─Y pensar Albert que, fuimos una pareja ejemplar ante los ojos de los demás, pero en realidad nuestra relación se encontraba en el peor momento de nuestras vidas ─dije al ver una foto donde estaba con él en el río ─ahora sé la importancia de enfrentar los temores y miedos a tiempo, más aún cuando se trata de la persona que se ama. Ojalá, un día cada uno de nosotros encuentre el amor verdadero ese que está ahí en los buenos y malos momentos.

Me acosté y mis lágrimas mojaban las almohadas. Había dejado en el altar a un hombre, al cual debí confesarle la verdad; huí sin afrontar a tiempo mis dudas e inseguridades, de castigo me enamoré de uno que pretendió callar una verdad tan importante como lo es estar casado, quizás nunca me quiso...

─Hija abre los ojos… ─me despertó mi madre.

─Mamá acabó de llegar, déjame dormir ─me tapé con la sabana.

─Solo quiero avisarte que nos iremos a casa de tus abuelos para irnos a misa. Aquí te dejo las llaves del auto de tu hermano para que te vayas a misa, porque tu abuela ya sabe que estas aquí y quiere verte en la misa de su boda.

─Está bien, déjalas sobre el buró…

─Pero, vas Candy.

─Sí, mamá.

Mi madre salió de mi habitación y, yo quisiera o no tuve que levantarme para ir a esa dichosa misa. Me di una ducha rápida, después empecé a sacar ropa de mis maletas, la mayoría eran vestidos y faldas, porque eso era lo que usaba en mi trabajo. También tenía uno que otro pantalón, pero elegí un hermoso vestido de encaje en color perla casi blanco.

Cuando estuve lista tomé las llaves del auto de mi hermano y me fui a la iglesia del pueblo donde se celebraría la boda de mis abuelos.

El pueblo estaba igual a como lo recordaba con sus calles empedradas y ese kiosco en medio de la plaza. Cuando llegué a la iglesia ya estaban todos mis tíos, tías, primos, primas y algunas personas del pueblo.

Cuando bajé del auto todas las miradas estaban puestas en mí y no dudé en considerar que ya hablaban de mi pasado: "ahí está la que dejó en el altar a Williams Albert Ardlay", quizás eso era lo que estaban diciendo cuando me miraron.

─¡Hijita! ─me llamó mi abuela quien vestía un hermoso vestido blanco.

─¡Abuela! ─La abracé fuerte.

─Sabía que ibas a venir... toda mi familia está presente en el día más importante de mi vida ─dijo mi abuelo quien también me abrazó.

─No me podía perder la boda de oro de mis abuelos ─expresé con efusividad y volteé a ver a la familia, a quienes saludé con gusto al igual que ellos a mí. A la única que no le dio gusto verme fue a mi prima Elisa, y era porque al parecer ella salía con Albert o eso fue lo que Tom me contó.

Mientras Candy disfrutaba de la compañía de sus familiares, Albert se encontraba con sus amigos en el río, donde acostumbraba reunirse con ellos cada sábado, cuando repentinamente su sobrino Anthony llegó.

─¡Hola, bola de huevones! ─saludó Anthony al bajarse de su camioneta.

─Pensé que andarías de chofer ─le dijo Albert quien lo saludó con un apretón de manos─. Anoche te estuvimos esperando en la cantina del pueblo y nunca llegaste.

─Es que tuve que poner en servicio el taxi de uno de mis trabajadores, a quien le di el día libre, pero tuve suerte, porque… ¿a que no sabes a quién traje del aeropuerto a aquí, al pueblo, tío?

─No sé y no me interesa ─respondió Albert, bebiéndose una cerveza.

─Pues, te debería de importar... porque esa persona es nada más y nada menos que Candy White, tu ex novia.

Albert casi se atraganta con la cerveza al escuchar el nombre de su amada.

─Esta es una de tus bromas, ¿verdad, Anthony? ─su sobrino negó.

─No estoy bromeando tío, yo mismo la dejé en la puerta de la casa de sus padres esta madrugada, y te aseguro que en estos momentos está en su casa o en casa de sus abuelos.

Albert no esperó a que su sobrino Anthony le siguiera contando, subió a su camioneta y manejó hasta la casa de los padres de Candy, en donde se cansó de tocar la puerta principal, nadie abrió. Después fue a casa de los abuelos de ella, ahí esperó a que toda la familia llegara de misa, porque una persona que se encontraba allí le dijo que todavía no llegaban.

Albert se quedó adentro de su camioneta, la cual estacionó enfrente de la casa para esperar, a que llegará la mujer que lo dejó en el altar.

Luego de 20 minutos todos empezaron a llegar, miró que la camioneta del padre de Candy se estacionó y bajaron de él: su mamá, su hermano y la cuñada de Candy, pero a ella no la vio.

Se esperó unos minutos más y un auto negro se aparcó delante de él. Reconoció el vehículo, porque era del hermano de Candy... miró que algunos primos de ella bajaron.

Albert sintió que su corazón empezó a latir con más fuerza, cuando vio bajar del auto a aquella mujer de vestido de encaje casi blanco. Candy seguía igual; a pesar de que ya era mayor, a como hace casi seis años.

Candy caminó para cruzar la calle con sus primos. Albert bajó de la camioneta, sentía que sus manos le sudaban. Él seguía sintiendo el mismo amor por aquella mujer rubia de ojos verdes; a pesar de lo que le hizo.

─Candy ─dijo él casi detrás de ella. Ella volteó y sus pies se le congelaron cuando miró a Albert parado frente a ella.

Continuará.

Hola chicas, gracias, por comentar.

En ningún momento me la doy de importante. Esta semana se supone que debería estar descansado, cumpliendo la cuarentena y, resultó un simple sueño para mí, pues soy periodista y debo junto con mis colegas montar las noticias del día a día para informar del acontecer diario, mi compromiso crece aún más con los medios de comunicación, puesto que soy de la sección de Política, más al día debo estar.

Además, yo sufro de fuertes dolores de vientres, intensos, que solo se me calma con ibuprofeno, con la suerte de que nada más tenía acetaminofen lo que me hizo dar sueño, pues el efecto de este último analgésico es el sueño.

Por otro lado, menos mal y no tomé el ibuprofeno, porque me he enterado de que baja las defensas.

Ah, y eso que no les cuento de mi espalda, pues mi silla es de tabla.

Lo único que aspiro es un buen comentario a cambio del trabajo que hago de publicar para los rubios y me tachan de engreída, no hay derecho.

Bueno, feliz día. Dios nos bendiga.